sábado, 31 de marzo de 2012

El misterioso poder de Kitty

Tomé contacto con esta misteriosa historia en mis tiempos de corresponsal extranjera, mis años de vivir peligrosamente. Hoy soy directora de una importante publicación, ya no llevo flequillo, aumenté de peso y los riesgos y el estrés que vivo son de otro tipo. Llovía a cántaros y llegué al aeropuerto con el tiempo justo de despachar el equipaje y pasar los trámites de embarque reglamentarios. Fui la última en subir al avión. 
La azafata me sonrió y me informó: 
- Solamente quedan asientos en la parte reservada para "no fumadores". Bienvenida a bordo. Sígame, por favor.
La seguí protestando: 
- ¿Pretende usted que cruce el Océano Atlántico sin fumar ni un pitillo?
Ella seguía sonriendo como un robot mientras repetía: 
- Bienvenida a bordo. Aquí tiene su asiento. ¿Corresponsal extranjera, verdad? Asentí.
Ella ayudándome a sentar y colocar mis cosas como si yo fuese tonta me dijo a modo de presentación:
- La señora del asiento contiguo es colega suya... y fumadora.
Una chica rubia, altísima, vestida con unos vaqueros y una cazadora negra me mostró el dedo índice manchado con nicotina.
- Mira, marcas del vicio. Hoy pondremos a prueba nuestra voluntad.
Se echó a reír y me tendió la mano:
- Hola, me llamo Diana Katherine Murray, soy americana, pero trabajo para un periódico inglés.
Me presenté estrechando su mano y le pregunté:
- ¿Tú también vas a la toma de posesión de Alán García?
Ella asintió:
- Sí y es la primera vez que voy a Perú, y tú?
Le contesté que también era mi primer viaje a la tierra de los antiguos Incas y que tenía el plan de viajar a Machu- Pichu una vez concluido mi trabajo. Perú se me antojaba una tierra llena de misterios. Ella me respondió que misterios y sugestión había en todas partes y en todas las cosas. Yo le respondí que no estaba de acuerdo y ella me dijo:
- Te lo puedo demostrar.
El avión se deslizó suavemente por la pista de despegue y remontó vuelo.
Miré a mi colega y compañera ocasional de viaje y le dije con cierta sorna:
- Anda, demuéstraselo. Tenemos que atravesar casi medio mundo, así que vamos con tiempo.
Ella sonrío divertida, dijo que echaba de menos su cigarro, se arrellanó en su asiento y me contó una historia asombrosa mientras la azafata iba y venía ofreciéndonos comida, zumos, toallas húmedas, todo, menos tabaco.
El caso de Kitty, así está clasificado en la Universidad en la que se estudió, mezcla una serie de fenómenos extraños que pueden producirse con el control y poder de la mente.
El tema parecía interesante y me dispuse a escuchar:
- ¿Quién es Kitty?
Ella bebió un trago de naranja con vodka y me contó:
- Kitty era hija de un poderoso industrial americano y una aristócrata de Boston. Cuando la niña contaba seis años sus padres la llevaron a Africa. Ellos iban a participar en un safari con un grupo de amigos y la niña quedaría en Kenia con su institutriz. Al regresar a América, la madre notó que la niña estaba muy decaída. La institutriz dijo que también lo había observado. ¿Estaría acatarrada?
Un atardecer de otoño la madre de Kitty se disponía a ir a una exposición de pintura con unas amigas, cuando, de imprevisto la niña se echó a llorar y le dijo:
- No vayas, mamá, me da pena aquí" y señaló su corazón.
La madre le prometió traerle unas chocolatinas y le pidió que no estuviese triste. Le dio un beso y se fue prometiéndole regresar cuanto antes. Kitty comenzó a transpirar y temblar. La institutriz la cogió en brazos preguntándole qué le sucedia. La niña dijo entre sollozos:
- Nunca más veré a mi mami.
Y así fue. La madre de Kitty murió en un accidente de tráfico antes de llegar a la exposición. Kitty quedó muy triste, casi no comía. Su padre estaba verdaderamente preocupado. Pero la niña reaccionó favorablemente y centró toda su atención en el padre. Desde sus mínimos seis años trataba de reemplazar a su madre en todo. La institutriz que era una mujer con gran experiencia con los niños llamó la atención al padre de Kitty sobre el particular:
- ¿Qué me aconseja hacer?, preguntó él.
La institutriz dijo:
- Deberíamos consultar con un psicólogo. La niña no puede ni debe hacer el rol de la madre. Debe vivir como una niña de seis años. Casi no juega, señor. Está pendiente únicamente de usted y eso no es bueno para ella.
En ese momento se oyó la voz de Kitty desde lo alto de la escalera:
- Nadie me dirá lo que tengo que hacer.
Se balanceó peligrosamente, como víctima de un vahído y cayó después rodando por las escaleras.
Fue ingresada de urgencia en una clínica. No tenía heridas ni fracturas, pero una extraña fiebre la sumió como en un sueño. Debió quedar ingresada allí varias semanas. Durante la fiebre la niña balbuceaba en un raro idioma. Su padre creyó reconocer en esos sonidos palabras africanas. ¿las habría aprendido en Kenia? La fiebre se fue como vino, repentinamente. No se la pudo diagnosticar.
Ya en casa, la institutriz intentó darle un medicamento. La niña dijo:
- No me lo tomaré.
Fijó su mirada en el frasco y éste salió disparado y se estrelló contra la pared. La mujer asustada preguntó:
- ¿Cómo has podido hacerlo?
La niña sonrió de modo extraño, fijó su mirada en un vaso y lo desplazó del lugar sin tocarlo. La institutriz, visiblemente nerviosa, salió del dormitorio. Había que tomar medidas. La niña, luego de la fiebre aquélla, había adquirido extraños poderes. Kitty comprendió que su institutriz la delataría. No debería ejercer estos poderes jamás delante de su padre. Lo tenía claro. Pero también tenía claro que si se concentraba podía mover cosas aunque fueran muy pesadas.
La institutriz habló con el padre, pero la historia no resultó creíble. Kitty resolvió quitarse de encima a la soplona. La institutriz estaba subida a la escalera de la biblioteca. La mujer cayó de bruces y se fracturó una pierna. ¡Un desgraciado accidente! Debió pedir la baja en su trabajo.
Pero Kitty no contaba con algo, Margie. Su padre le habló de ella. La traería a casa, deseaba casarse con Margie. Kitty cogió una gran rabieta. Pero no dijo nada. Trazó un plan. Margie era simpática pero no entraría en la familia. Cuando Margie se despidió y subió a su coche, Kitty centró su fuerza mental en el volante y Margie perdió el control, el coche dio vueltas y vueltas y fue a estrellarse en la casa hiriendo a Kitty.
Margie y su padre la cuidaron con gran amor. Cuando estuvo repuesta, recordaba los hechos pero había perdido sus poderes. Según los parapsicólogos los había usado como una autodefensa al perder la protección materna.
Miré a mi compañera de viaje y le pregunté:
- ¿Puedo conocer a Kitty?
Ella sonrió y dijo:
- Ya la conoces, Kitty, soy yo.

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