domingo, 1 de abril de 2012

De la cama a la ducha

Que mi amiga Andrea llegue de Nueva York mañana sábado en el vuelo de las seis y media de la mañana, me permite prepararme de la mejor manera: me meteré en la cama con todos los recuerdos que tengo. Sé que voy a soñar con ella toda la noche y que nuestro abrazo va a ser un auténtico reencuentro, aunque hayan pasado casi dos años sin vernos.
Lo duro es levantarme mientras todos los demás duermen. En realidad, no estoy diciendo estrictamente la verdad. Eso lo puedo soportar perfectamente. Lo que odio es perderme uno de mis ritos sagrados: el insustituible paseo matinal de la cama a la ducha. Aunque se trate de un trayecto de veinte metros, puedo tardar hasta una hora.
Hace muchos años, cuando yo todavía vivía con mis padres y estaba en los primeros años de facultad, conocí a Andrea, una chica un poco mayor que yo que despertaba mi admiración porque vivía sola, trabajaba en lo que le gustaba, tenía el pelo más largo que yo y conducía su propio coche. Un día la llamé para que me prestara uno de los libros que ella devoraba, y quedamos a primera hora del día siguiente. Me presenté en su casa poco antes de las nueve de la mañana, pero Andrea abrió la puerta diciendo que llegaba tarde al trabajo. Y entonces me explicó algo que nunca he podido olvidar y que ahora practico diariamente.
- Lo siento, pero para mí, primera hora de la mañana significa las ocho o antes. A las siete ya estoy despierta, me doy algunas vueltas por casa, pongo algo de orden, caliento el café, leo, escribo alguna carta atrasada... En realidad, nada, pero la mejor hora del día está entre la cama y la ducha y yo procuro alargarla al máximo.
Ahora que por fin tengo mi casa, yo también hago cosas por las mañanas. Desde que salto de la cama hasta que me meto bajo el chorro caliente de la ducha pasan, como mínimo, unos cuarenta y cinco minutos. Andrea tenía razón, siempre hay algo que hacer. Ese paseo sirve, además, para acabar de desperezarme, para componer esa odiosa voz de recién despertada, para saber que aún me quedan un par de horas antes de enfrentarme al mundo (y asumirlo), para ordenar mi cabeza, para decidir a conciencia qué ropa me voy a poner, para hacer alguna lista de cosas que faltan, para resolver alguno de esos asuntos que te han rondado por la cabeza toda la noche...
Mientras voy de la cama a la ducha le doy el puesto correspondiente en mi lista. El problema que esta noche me preocupa es que mañana sábado no podré hacer mi ronda habitual por casa, tendré que postergar incluso el café reponedor para beberlo quizá en el aeropuerto, a toda prisa, mientras vigilo los paneles con las llegadas de los vuelos.
Ya es sábado por la mañana y no sé por qué me preocupaba tanto. He salido ligera como el viento de casa para no perderme un solo minuto de la llegada de Andrea. Quedan unos instantes para que aparezca y acaba de asaltarme una duda feroz: ¿cómo haremos Andrea y yo para habitar dentro de una misma casas si las dos tenemos las mismas manías? En fin, da igual. Mañana por la mañana, cuando la noche quede atrás, no quedará para nosotras ningún problema sin solución.

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