miércoles, 25 de abril de 2012

Charles Augustus Milverton

Holmes y yo habíamos salido a dar un paseo y habíamos vuelto a las seis de una fría tarde de invierno cuando, al encender la lámpara del salón, la luz dio sobre una tarjeta que estaba sobre la mesa. Holmes la miró y la arrojó al suelo con una exclamación de asco. Yo la recogí y la leí: "Charles Augustus Milverton. Agente."
- ¿Quién es? - pregunté.
- El peor individuo de Londres - respondió Holmes -. ¿Hay algo detrás de la tarjeta?
- "Volveré a las seis y media." C.A.M.
- Vaya, está a punto de llegar.
- ¿Pero quién es?
- El individuo más repugnante que he conocido jamás, el rey de los chantajistas. 
- Pero, sin duda, un tipo así debe estar al alcance de la ley.
- Teóricamente, sí, pero no en la práctica. ¿En qué se beneficiaría, por ejemplo, una dama, consiguiendo que lo encerrasen unos meses si la consecuencia de ellos sería su propia ruina? Si alguna vez chantajea a una persona inocente, entonces le cogeremos, pero es más astuto que el diablo.
- ¿Y por qué viene?
- Porque una ilustre cliente ha puesto su lamentable caso en nuestras manos. Se trata de lady Eva Brackwell, la "debutante" más hermosa de la pasada temporada. Se va a casar dentro de 15 días con el conde de Dovercourt, pero ese demonio tiene algunas cartas imprudentes en sus manos... escritas a un joven caballero sin dinero que vive en el campo. Esas cartas bastarían para que se rompiera el compromiso. Y Milverton las enviará al conde a menos que se le pague una gran suma de dinero. He sido encargado de entrevistarme con él y llegar al acuerdo más favorable posible.
En aquel momento llamaron a la puerta. Un hombre bajo y grueso, de unos 50 años, entró en la habitación. Holmes le dirigió una mirada gélida y él se encogió de hombros, se quitó el abrigo y se sentó.
- Este caballero - dijo señalándome - ¿es discreto?
- El doctor Watson es mi amigo y está al tanto del asunto.
- Entonces, vayamos al negocio.
- ¿Cuáles son sus condiciones?
- Siete mil libras.
- ¿Y si no aceptan?
- Si el dinero no ha sido pagado el día 14, desde luego no habrá boda el 18 - dijo con una sonrisa.
- Me parece que va usted demasiado deprisa - dijo Holmes tras reflexionar unos momentos -. Mi cliente hará lo que yo le diga y yo le aconsejaré que ponga su futuro marido al corriente de todo el asunto. Milverton rió entre dientes.
- Es evidente que no conoce usted al conde.
- ¿Qué hay de malo en las cartas? - preguntó.
- Son "alegres, muy alegres" - respondió Milverton. Pero si usted piensa que el conde no les dará importancia... dejaremos la cosa tal como está...
- Espere un momento - dijo Holmes friamente -. Desde luego, se hará todo lo posible para evitar el escándalo.
- Estaba seguro de que comprendería la delicadeza del asunto.
- Mire, lady Eva no es una mujer rica. Dos mil libras serían una fuerte merma en sus recursos, la suma que usted menciona está por completo fuera de su alcance. Le ruego, por tanto, que modere sus exigencias.
- Conozco la situación de la dama, pero creo que sus amigos y parientes pueden hacer un pequeño esfuerzo...la boda lo merece.
- Es imposible - dijo Holmes.
- ¡Vaya, que mala suerte! - exclamó Milverton mostrándonos un sobre con un emblema heráldico -. Bueno, entonces esto deberá llegar al conde. ¿No es lamentable? Me sorprende usted, señor Holmes - dijo levantándose. Mi amigo se puso rápidamente de pie.
- ¡Colóquese detrás de él, Holmes!, ¡no le deje salir!
- Señor Holmes - dijo Milverton abriendo su chaqueta y mostrando la culata de un revólver - le aseguro que sé muy bien cómo utilizar mi arma, con la seguridad de que la ley estará de mi lado. Y está usted equivocado si cree que he traído las cartas conmigo, no cometo esa clase de estupideces. Y ahora, caballeros, tengo otras entrevistas esta noche.
Tomó su abrigo y se dirigió a la puerta. Yo cogí una silla pero Holmes me hizo un gesto y volví a dejarla. Milverton salió sonriente de la habitación y momentos después oímos el ruido de la puerta cerrándose.
Holmes permaneció silencioso más de media hora, mirando el fuego de la chimenea. Luego, con el ademán de un hombre que ha tomado una decisión, entró en su cuarto. Salió al poco rato, vestido como un joven obrero, con barbita de chivo y aire fanfarrón.
- Estaré fuera un buen rato, Watson.
Durante varios días Holmes entró y salió de la casa constantemente, siempre con ese atuendo. Por fin, una noche ventosa y fría volvió de su última expedición y, después de quitarse el disfraz, se sentó y rió ampliamente.
- Usted no me ve casado, ¿verdad, Watson?
- ¡Desde luego que no!
- Pues debe saber que estoy comprometido.
- ¡Mi querido amigo, le fel...
- Con una doncella de Milverton.
- ¡Santo cielo! ¡Holmes!
- Necesitaba información.
- Pero, ¿no ha ido demasiado lejos?
- Era absolutamente necesario. Soy un fontanero con un próspero negocio, llamado Scott. Las últimas noches he paseado con ella y hemos mantenido interesantes conversaciones. ¡Y qué conversaciones! Ya tengo todo lo que quería.
- ¿Y la muchacha, Holmes?
- Inevitable, Watson - dijo encogiéndose de hombre -. Aunque me alegra saber que tengo un rival que me quitará a la chica en cuanto "me descuide" ¡Qué noche tan maravillosa!
Yo le miré sorprendido.
- Me viene de perlas. Pretendo entrar a robar en casa de Milverton.
- ¡Por el amor de Dios, Holmes!
- Usted me conoce, Watson. No actuaría así si hubiera otra posibilidad, pero no la hay. Sólo pretendo dejarle sin esas cartas, mañana es el último día de plazo.
- Iré con usted.
- No, usted se queda aquí.
- Mi decisión está tomada.
Holmes reflexionó un momento y luego me dio una palmada en el hombro.
- Está bien, mi querido amigo, sea como usted quiere. 
- Mire - dijo mostrándome un estuche de cuero repleto de brillantes instrumentos -. Es un equipo de ladrón de primera clase: palanqueta niquelada, cortador de vidrio, llaves maestras, linterna. ¿Tiene usted zapatos con suela de goma?
- Sí, unas zapatillas.
- Excelente. ¿Y antifaz?
- Puedo hacerme uno.
- Muy bien, Watson, veo que está usted en todo. A las once y media iremos en coche hasta Church Row. Y luego a pie hasta Appledore Towers. Milverton tiene el sueño pesado y  se acuesta puntualmente a las diez y media. Si tenemos suerte, estaremos de regreso antes de las dos, con las cartas de lady Eva.
Nos vestimos de smoking, para que nos tomaran como dos caballeros que vuelven del teatro, y fuimos hasta la vivienda de Milverton.
- Agatha, mi "novia", me ha dicho que Milverton tiene un fiel secretario que no se mueve en todo el día del despacho, situado en la antesala de su dormitorio donde guarda todos los papeles. Lo más peligroso es el perro, muy fiero, que anda suelto por el jardín. Pero me he visto con Agatha a altas horas las dos últimas noches y encierra al animal para dejarme libre el paso. Esa es la casa - dijo-. Como ve, las luces están ya apagadas.
- Ahí está su dormitorio - susurró Holmes -. Venga por aquí, ese invernadero da a la sala de estar, entremos por ahí.
El invernadero estaba cerrado, pero Holmes lo abrió con una llave maestra. Luego me cogió del brazo y me condujo hacia otra puerta. Entramos en una amplia habitación, que olía a tabaco. La recorrimos y mi amigo abrió esta puerta, a nuestra derecha. Holmes entró de puntillas en el nuevo cuarto, en el que todavía ardía el fuego, y esperó a que yo le siguiera. Estábamos en el despacho de Milverton. A un lado de la chimenea se abría un balcón maplio y al otro extremo estaba una puerta que comunicaba con una baranda. En el centro había un amplio escritorio y frente a él una librería, que ocultaba una caja fuerte. Holmes se dirigió sigilosamente hasta otra puerta, que daba acceso al dormitorio de Milverton, y escuchó atentamente. No se oía ningún ruido.
Yo pensé que, en todo caso, convenía garantizar nuestra huida, así que examiné la otra puerta. Ante mi sorpresa, comprobé que no tenía la llave echada. Cuando se lo indiqué a Holmes él también pareció sorprendido.
- No me gusta nada - susurró en mi oído -; quédese junto a la puerta por si viene alguien, mientras yo abro la caja.
Holmes sacó dos taladros, una palanqueta y varias ganzúas. Trabajó durante media hora con la habilidad de un cirujano y, por fin, oí un chasquido. La puerta se abrió y pude ver que la caja contenía numerosos fajos de papeles, todos ellos atados, sellados y rotulados. Holmes sacó uno y lo iluminó con la linterna. De pronto le vi inmovilizarse y escuchar atentamente y luego, en un instante, cerrar la puerta de la caja, guardar las herramientas en los bolsillos y abalanzarse tras la cortina del balcón, indicándome a mí que hiciera lo mismo.
Entonces pude oír como una puerta se cerraba a lo lejos y unos pasos acercándose. Alguien entró en la habitación y encendió la luz. El acre olor de un cigarro llegó a nuestros olfatos. Luego oímos el crujir de una silla y ruido de papeles. Atisbé por una rendija y comprobé que justo delante de nosotros, casi al alcance de la mano, estaba la ancha espalda de Milverton. Nos habíamos equivocado de lleno. Era evidente que no había estado en su dormitorio. Y por la forma en que se había acomodado en el asiento, leyendo un extenso documento, parecía que nuestra espera iba a ser larga. Entonces escuchamos un leve ruido procedente de fuera y Milverton miró su reloj. Poco después alguien llamó a la puerta y Milverton se levantó para abrirla.
- Llega con casi media hora de retraso - dijo con tono seco. Esa era, pues, la explicación de la puerta sin cerrar y el hecho de que estuviera levantado.
Milverton se volvió a sentar.
Delante de él se encontraba una mujer alta, delgada, con un velo cubriéndole el rostro. Parecía muy nerviosa.
- Me ha hecho perder bastantes horas de sueño. Espero que valga la pena. ¿No podía venir en otro momento? 
La mujer negó con la cabeza.
- Bien, bien. Dice que tiene cinco cartas que comprometen a la condesa d'Albert, ¿no es así? Pero antes de comprárselas comprenderá que debo examinarlas... ¡Cielo santo, pero si usted es...! La mujer se había quitado el velo y pudimos ver que era muy hermosa.
- Si, la mujer a quien ha arruinado la vida...
- Fue usted tan obstinada...
El precio estaba a su alcance pero no quiso pagar...
- Y usted envió las cartas a mi marido. El no pudo soportarlo y murió de una ataque al corazón. Poco le importaron mis súplicas...pero creía que no me volvería a ver jamás, ¿verdad?
- No pretenda intimidarme. Con sólo levantar la voz vendrán mis sirvientes. Pero seré condescendiente con usted. Salga por donde ha entrado y olvidaré todo.
- No arruinará usted más vidas, perro - dijo la mujer, sacando un pequeño revolver. Disparó varias veces contra Milverton hasta que el cargador quedó vacío. El hombre cayó al suelo, mortalmente herido.
La mujer le miró intensamente y le hundió el tacón del zapato en la cara. Luego, sin hacer ruido, despareció de la habitación.
Segundos después Holmes había saltado de su escondrijo y se encontraba en el otro extremo del cuarto. Con absoluta sangre fría cogió los papeles de la caja fuerte y los arrojó al fuego. Luego, mientras oíamos las voces de los sirvientes despertados por los disparos, corrimos al jardín a toda velocidad.
- Por aquí, Watson, podemos escalar el muro del jardín en esa parte.
Para entonces la casa entera resplandecía de luces, la puerta principal estaba abierta y el jardín entero bullía de gente. Un tipo nos vio y empezó a perseguirnos. Holmes parecía conocer el terreno perfectamente, llegamos al muro, que en esa zona tenía una altura de algo menos de dos metros y Holmes lo coronó de un salto. Yo, al ir a hacer lo mismo, sentí una mano tirándome del tobillo, pero me liberé de un puntapié y salté. En la calle echamos a correr a toda velocidad. Finalmente, cuando habíamos recorrido más de dos kilómetros, Holmes se detuvo y escuchó. Nos habíamos librado de nuestros perseguidores.
A la mañana siguiente estábamos terminando de desayunar cuando la criada hizo pasar a la sala al inspector Lestrade, de Sctoland Yard.
- Buenos días. He pensado, señor Holmes, que si no está usted muy ocupado quizá nos pueda ayudar en un caso.
- ¿De qué se trata?
- Del asesinato de un individuo llamado Milverton, un chantajista. Lo vigilábamos desde hace tiempo. Como de la casa no desapareció ningún objeto de valor, es probable que los criminales sólo quisieran destruir los papeles comprometedores que Milverton guardaba, ya que todos fueron quemados.
- ¡Los criminales, en plural!
- Sí, eran dos.
- Lo lamento, Lestrade - dijo Holmes - pero me temo que no podré ayudarle. En este caso mis simpatías están más del lado de los criminales que de la víctima. No, no insista, no cambiaré de opinión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El tesoro escondido (Gran Bretaña)

 Un campesino muy pobre soñó durante tres noches seguidas que debajo de una roca, cerca de su casa, estaba enterrado un tesoro. En aquel sue...