Holmes y yo habíamos salido a dar un paseo y habíamos vuelto a las seis de una fría tarde de invierno cuando, al encender la lámpara del salón, la luz dio sobre una tarjeta que estaba sobre la mesa. Holmes la miró y la arrojó al suelo con una exclamación de asco. Yo la recogí y la leí: "Charles Augustus Milverton. Agente."
- ¿Quién es? - pregunté.
- El peor individuo de Londres - respondió Holmes -. ¿Hay algo detrás de la tarjeta?
- "Volveré a las seis y media." C.A.M.
- Vaya, está a punto de llegar.
- ¿Pero quién es?
- El individuo más repugnante que he conocido jamás, el rey de los chantajistas.
- Pero, sin duda, un tipo así debe estar al alcance de la ley.
- Teóricamente, sí, pero no en la práctica. ¿En qué se beneficiaría, por ejemplo, una dama, consiguiendo que lo encerrasen unos meses si la consecuencia de ellos sería su propia ruina? Si alguna vez chantajea a una persona inocente, entonces le cogeremos, pero es más astuto que el diablo.
- ¿Y por qué viene?
- Porque una ilustre cliente ha puesto su lamentable caso en nuestras manos. Se trata de lady Eva Brackwell, la "debutante" más hermosa de la pasada temporada. Se va a casar dentro de 15 días con el conde de Dovercourt, pero ese demonio tiene algunas cartas imprudentes en sus manos... escritas a un joven caballero sin dinero que vive en el campo. Esas cartas bastarían para que se rompiera el compromiso. Y Milverton las enviará al conde a menos que se le pague una gran suma de dinero. He sido encargado de entrevistarme con él y llegar al acuerdo más favorable posible.
En aquel momento llamaron a la puerta. Un hombre bajo y grueso, de unos 50 años, entró en la habitación. Holmes le dirigió una mirada gélida y él se encogió de hombros, se quitó el abrigo y se sentó.
- Este caballero - dijo señalándome - ¿es discreto?
- El doctor Watson es mi amigo y está al tanto del asunto.
- Entonces, vayamos al negocio.
- ¿Cuáles son sus condiciones?
- Siete mil libras.
- ¿Y si no aceptan?
- Si el dinero no ha sido pagado el día 14, desde luego no habrá boda el 18 - dijo con una sonrisa.
- Me parece que va usted demasiado deprisa - dijo Holmes tras reflexionar unos momentos -. Mi cliente hará lo que yo le diga y yo le aconsejaré que ponga su futuro marido al corriente de todo el asunto. Milverton rió entre dientes.
- Es evidente que no conoce usted al conde.
- ¿Qué hay de malo en las cartas? - preguntó.
- Son "alegres, muy alegres" - respondió Milverton. Pero si usted piensa que el conde no les dará importancia... dejaremos la cosa tal como está...
- Espere un momento - dijo Holmes friamente -. Desde luego, se hará todo lo posible para evitar el escándalo.
- Estaba seguro de que comprendería la delicadeza del asunto.
- Mire, lady Eva no es una mujer rica. Dos mil libras serían una fuerte merma en sus recursos, la suma que usted menciona está por completo fuera de su alcance. Le ruego, por tanto, que modere sus exigencias.
- Conozco la situación de la dama, pero creo que sus amigos y parientes pueden hacer un pequeño esfuerzo...la boda lo merece.
- Es imposible - dijo Holmes.
- ¡Vaya, que mala suerte! - exclamó Milverton mostrándonos un sobre con un emblema heráldico -. Bueno, entonces esto deberá llegar al conde. ¿No es lamentable? Me sorprende usted, señor Holmes - dijo levantándose. Mi amigo se puso rápidamente de pie.
- ¡Colóquese detrás de él, Holmes!, ¡no le deje salir!
- Señor Holmes - dijo Milverton abriendo su chaqueta y mostrando la culata de un revólver - le aseguro que sé muy bien cómo utilizar mi arma, con la seguridad de que la ley estará de mi lado. Y está usted equivocado si cree que he traído las cartas conmigo, no cometo esa clase de estupideces. Y ahora, caballeros, tengo otras entrevistas esta noche.
Tomó su abrigo y se dirigió a la puerta. Yo cogí una silla pero Holmes me hizo un gesto y volví a dejarla. Milverton salió sonriente de la habitación y momentos después oímos el ruido de la puerta cerrándose.
Holmes permaneció silencioso más de media hora, mirando el fuego de la chimenea. Luego, con el ademán de un hombre que ha tomado una decisión, entró en su cuarto. Salió al poco rato, vestido como un joven obrero, con barbita de chivo y aire fanfarrón.
- Estaré fuera un buen rato, Watson.
Durante varios días Holmes entró y salió de la casa constantemente, siempre con ese atuendo. Por fin, una noche ventosa y fría volvió de su última expedición y, después de quitarse el disfraz, se sentó y rió ampliamente.
- Usted no me ve casado, ¿verdad, Watson?
- ¡Desde luego que no!
- Pues debe saber que estoy comprometido.
- ¡Mi querido amigo, le fel...
- Con una doncella de Milverton.
- ¡Santo cielo! ¡Holmes!
- Necesitaba información.
- Pero, ¿no ha ido demasiado lejos?
- Era absolutamente necesario. Soy un fontanero con un próspero negocio, llamado Scott. Las últimas noches he paseado con ella y hemos mantenido interesantes conversaciones. ¡Y qué conversaciones! Ya tengo todo lo que quería.
- ¿Y la muchacha, Holmes?
- Inevitable, Watson - dijo encogiéndose de hombre -. Aunque me alegra saber que tengo un rival que me quitará a la chica en cuanto "me descuide" ¡Qué noche tan maravillosa!
Yo le miré sorprendido.
- Me viene de perlas. Pretendo entrar a robar en casa de Milverton.
- ¡Por el amor de Dios, Holmes!
- Usted me conoce, Watson. No actuaría así si hubiera otra posibilidad, pero no la hay. Sólo pretendo dejarle sin esas cartas, mañana es el último día de plazo.
- Iré con usted.
- No, usted se queda aquí.
- Mi decisión está tomada.
Holmes reflexionó un momento y luego me dio una palmada en el hombro.
- Está bien, mi querido amigo, sea como usted quiere.
- Mire - dijo mostrándome un estuche de cuero repleto de brillantes instrumentos -. Es un equipo de ladrón de primera clase: palanqueta niquelada, cortador de vidrio, llaves maestras, linterna. ¿Tiene usted zapatos con suela de goma?
- Sí, unas zapatillas.
- Excelente. ¿Y antifaz?
- Puedo hacerme uno.
- Muy bien, Watson, veo que está usted en todo. A las once y media iremos en coche hasta Church Row. Y luego a pie hasta Appledore Towers. Milverton tiene el sueño pesado y se acuesta puntualmente a las diez y media. Si tenemos suerte, estaremos de regreso antes de las dos, con las cartas de lady Eva.
Nos vestimos de smoking, para que nos tomaran como dos caballeros que vuelven del teatro, y fuimos hasta la vivienda de Milverton.
- Agatha, mi "novia", me ha dicho que Milverton tiene un fiel secretario que no se mueve en todo el día del despacho, situado en la antesala de su dormitorio donde guarda todos los papeles. Lo más peligroso es el perro, muy fiero, que anda suelto por el jardín. Pero me he visto con Agatha a altas horas las dos últimas noches y encierra al animal para dejarme libre el paso. Esa es la casa - dijo-. Como ve, las luces están ya apagadas.
- Ahí está su dormitorio - susurró Holmes -. Venga por aquí, ese invernadero da a la sala de estar, entremos por ahí.
El invernadero estaba cerrado, pero Holmes lo abrió con una llave maestra. Luego me cogió del brazo y me condujo hacia otra puerta. Entramos en una amplia habitación, que olía a tabaco. La recorrimos y mi amigo abrió esta puerta, a nuestra derecha. Holmes entró de puntillas en el nuevo cuarto, en el que todavía ardía el fuego, y esperó a que yo le siguiera. Estábamos en el despacho de Milverton. A un lado de la chimenea se abría un balcón maplio y al otro extremo estaba una puerta que comunicaba con una baranda. En el centro había un amplio escritorio y frente a él una librería, que ocultaba una caja fuerte. Holmes se dirigió sigilosamente hasta otra puerta, que daba acceso al dormitorio de Milverton, y escuchó atentamente. No se oía ningún ruido.
Yo pensé que, en todo caso, convenía garantizar nuestra huida, así que examiné la otra puerta. Ante mi sorpresa, comprobé que no tenía la llave echada. Cuando se lo indiqué a Holmes él también pareció sorprendido.
- No me gusta nada - susurró en mi oído -; quédese junto a la puerta por si viene alguien, mientras yo abro la caja.
Holmes sacó dos taladros, una palanqueta y varias ganzúas. Trabajó durante media hora con la habilidad de un cirujano y, por fin, oí un chasquido. La puerta se abrió y pude ver que la caja contenía numerosos fajos de papeles, todos ellos atados, sellados y rotulados. Holmes sacó uno y lo iluminó con la linterna. De pronto le vi inmovilizarse y escuchar atentamente y luego, en un instante, cerrar la puerta de la caja, guardar las herramientas en los bolsillos y abalanzarse tras la cortina del balcón, indicándome a mí que hiciera lo mismo.
Entonces pude oír como una puerta se cerraba a lo lejos y unos pasos acercándose. Alguien entró en la habitación y encendió la luz. El acre olor de un cigarro llegó a nuestros olfatos. Luego oímos el crujir de una silla y ruido de papeles. Atisbé por una rendija y comprobé que justo delante de nosotros, casi al alcance de la mano, estaba la ancha espalda de Milverton. Nos habíamos equivocado de lleno. Era evidente que no había estado en su dormitorio. Y por la forma en que se había acomodado en el asiento, leyendo un extenso documento, parecía que nuestra espera iba a ser larga. Entonces escuchamos un leve ruido procedente de fuera y Milverton miró su reloj. Poco después alguien llamó a la puerta y Milverton se levantó para abrirla.
- Llega con casi media hora de retraso - dijo con tono seco. Esa era, pues, la explicación de la puerta sin cerrar y el hecho de que estuviera levantado.
Milverton se volvió a sentar.
Delante de él se encontraba una mujer alta, delgada, con un velo cubriéndole el rostro. Parecía muy nerviosa.
- Me ha hecho perder bastantes horas de sueño. Espero que valga la pena. ¿No podía venir en otro momento?
La mujer negó con la cabeza.
- Bien, bien. Dice que tiene cinco cartas que comprometen a la condesa d'Albert, ¿no es así? Pero antes de comprárselas comprenderá que debo examinarlas... ¡Cielo santo, pero si usted es...! La mujer se había quitado el velo y pudimos ver que era muy hermosa.
- Si, la mujer a quien ha arruinado la vida...
- Fue usted tan obstinada...
El precio estaba a su alcance pero no quiso pagar...
- Y usted envió las cartas a mi marido. El no pudo soportarlo y murió de una ataque al corazón. Poco le importaron mis súplicas...pero creía que no me volvería a ver jamás, ¿verdad?
- No pretenda intimidarme. Con sólo levantar la voz vendrán mis sirvientes. Pero seré condescendiente con usted. Salga por donde ha entrado y olvidaré todo.
- No arruinará usted más vidas, perro - dijo la mujer, sacando un pequeño revolver. Disparó varias veces contra Milverton hasta que el cargador quedó vacío. El hombre cayó al suelo, mortalmente herido.
La mujer le miró intensamente y le hundió el tacón del zapato en la cara. Luego, sin hacer ruido, despareció de la habitación.
Segundos después Holmes había saltado de su escondrijo y se encontraba en el otro extremo del cuarto. Con absoluta sangre fría cogió los papeles de la caja fuerte y los arrojó al fuego. Luego, mientras oíamos las voces de los sirvientes despertados por los disparos, corrimos al jardín a toda velocidad.
- Por aquí, Watson, podemos escalar el muro del jardín en esa parte.
Para entonces la casa entera resplandecía de luces, la puerta principal estaba abierta y el jardín entero bullía de gente. Un tipo nos vio y empezó a perseguirnos. Holmes parecía conocer el terreno perfectamente, llegamos al muro, que en esa zona tenía una altura de algo menos de dos metros y Holmes lo coronó de un salto. Yo, al ir a hacer lo mismo, sentí una mano tirándome del tobillo, pero me liberé de un puntapié y salté. En la calle echamos a correr a toda velocidad. Finalmente, cuando habíamos recorrido más de dos kilómetros, Holmes se detuvo y escuchó. Nos habíamos librado de nuestros perseguidores.
A la mañana siguiente estábamos terminando de desayunar cuando la criada hizo pasar a la sala al inspector Lestrade, de Sctoland Yard.
- Buenos días. He pensado, señor Holmes, que si no está usted muy ocupado quizá nos pueda ayudar en un caso.
- ¿De qué se trata?
- Del asesinato de un individuo llamado Milverton, un chantajista. Lo vigilábamos desde hace tiempo. Como de la casa no desapareció ningún objeto de valor, es probable que los criminales sólo quisieran destruir los papeles comprometedores que Milverton guardaba, ya que todos fueron quemados.
- ¡Los criminales, en plural!
- Sí, eran dos.
- Lo lamento, Lestrade - dijo Holmes - pero me temo que no podré ayudarle. En este caso mis simpatías están más del lado de los criminales que de la víctima. No, no insista, no cambiaré de opinión.
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miércoles, 25 de abril de 2012
miércoles, 18 de abril de 2012
El jorobado
Tengo entre manos uno de los casos más extraños que pueda imaginarse, querido Watson -me dijo Holmes aquella noche-. El asunto presenta algunos rasgos realmente excepcionales. Lo he repasado detenidamente y creo haber encontrado la solución. Pero aún queda un último paso por dar y me gustaría contar con su ayuda.
- Estaré encantado.
- ¿Puede ir usted mañana a Aldershot?
- No hay inconveniente.
Se trata del aparente asesinato del coronel Barclay, de los Royal Mallows, en Aldershot. Lo estoy investigando.
- No he oído ni una palabra al respecto.
- Los hechos tuvieron lugar hace tan sólo dos días. Se los contaré: el Royal Mallows es, como sabe, uno de los más célebres regimientos irlandases del ejército británico. Sus hazañas en Crimea son notorias y siempre ha destacado. Hasta el lunes lo mandaba James Barclay, un valiente veterano que empezó como soldado raso, ascendió a oficial en la época de la sublevación de los cipayos (tropas nativas indias del ejército inglés que se sublevaron en 1857) y finalmente quedó al frente del regimiento.
El coronel Barclay cuando llegó a sargento se casó con la hija de un abanderado de la misma unidad, Nancy Devoy. La vida del coronel Barclay parece haber transcurrido en una constante felicidad. El mayor Murphy, quien ha sido mi principal informador, asegura que nunca tuvo conocimiento de ninguna desavenencia entre la pareja, aunque piensa que el coronel amaba más a su mujer que ésta a él. Un hecho que también sorprendería al mayor Murphy y a tres de los otros cinco oficiales con los que hablé, era que en ocasiones parecía considerablemente deprimido sin razón aparente. Los Barclay no tenían hijos y las servidumbre está compuesta por un cochero y dos doncellas.
Pero centrémonos en lo que aconteció el lunes, entre las nueve y las diez de la noche. La señora Barclay es católica y estaba muy interesada en la Hermandad de San Jorge, creada para proporcionar ropa a los pobres. Aquella noche, a las ocho, se celebraba una reunión de la hermandad y la señora Barclay asistía a ella. Cuando salía de la casa el cochero oyó que le decía a su marido que no tardaría en volver. Luego fue a buscar a la señorita Morrison, una joven que vive en la casa vecina, y juntas acudieron a la reunión, que duró cuarenta minutos. A las nueve y cuarto la señora Barclay estaba de regreso en casa, tras dejar en la suya a la señorita Morrison. Contra lo que era su costumbre, la señora Barclay se dirigió al saloncito de mañana, una habitación que da al jardín y se abre con una gran puerta de doble hoja de cristal, situada a unos treinta metros de la carretera. Y cosa más extraña aún, pidió a la doncella que le trajera una taza de café.
La camarera acudió con la taza a los diez minutos pero al llegar a la puerta se sorprendió al oír a sus señores enzarzados en una fuerte discusión.Tras llamar a la puerta sin que la abrieran hizo girar el pomo, pero comprobó que estaba cerrada por dentro. Así que volvió a la cocina, se lo contó a la cocinera y al cochero y juntos se dirigieron al saloncito. La discusión seguía y se oían tanto las voces del coronel como las de su mujer; pero sólo se entendía a esta última, que gritaba a su marido, una y otra vez, "cobarde, cobarde, ¡devuélveme la libertad!". La discusión terminó repentinamente con un espantoso grito de hombre, seguido de un ruido sordo y de un chillido de la mujer. El cochero, pensando que algo trágico había sucedido, trató de forzar la puerta pero no lo consiguió. Así que dio media vuelta y salió de la casa, corriendo por el jardín hasta la puerta de cristal del saloncito. Una de las puertas estaba abierta, as´si que pudo entrar. La señora Barclay estaba desmayada sobre el sofá, mientras que el coronel yacía muerto, en medio de un gran charco de sangre, con los pies sobre el lazo de un sillón y la cabeza en el suelo, cerca del borde de la chimenea.
La primera idea del cochero, al ver que nada podía hacerse ya, fue abrir la puerta, pero se encontró con que la llave no estaba puesta en la cerradura y tampoco pudo encontrarla en la habitación. Volvió a salir, por tanto, por la puerta de cristal y llamó a la policía y a un médico. La señora Barclay, contra la que se vuelven lógicas sospechas, fue trasladada a su cuarto, todavía inconsciente, y el policía procedió a examinar detenidamente el lugar de la tragedia. El infortunado militar tenía un profundo corte, en la nuca, producido, sin lugar a dudas, por un arma roma. No fue difícil adivinar de qué arma se trataba. En el suelo, cerca del cuerpo, había un bastón con el mango de hueso. Como toda la casa estaba repleta de armas y recuerdos traídos de los distintos países en los que había estado destinado, la policía dedujo que ese objeto formaba parte de la colección, aunque la servidumbre aseguraba no haberla visto antes. En cuanto a la llave de la puerta, no pude ser hallada en ningún lugar, por lo que finalmente hubo que recurrir al cerrajero.
Así estaban las cosas, Watson, cuando el marte por la mañana, a petición del mayor Murphy, me trasladé a Adelshot para ayudar al policía en la investigación. Antes de examinar el lugar de los hechos hablé con los sirvientes, pero no obtuve nada distinto de lo que ya le he relatado salvo un curioso detalle. La camarera, Jane Steward, recordó haber oído la palabra "David" pronunciada dos veces por la señora. Pero el nombre de pila del coronel es, como le he dicho, James.
Otro detalle causó un gran impresión a todo el mundo: el rostro del coronel estaba congelado en una expresión de profundo horror, como si hubiera anticipado lo que le iba a suceder.
Por la policía supe que la señorita Morrison, con la que, como recordará, había salido aquella noche, aseguró desconocer completamente qué podía haber causado el mal humor de la señorita Barclay. Tras haber reunido todos los datos me puse a pensar en ellos. De todos, el más sugerente era, sin duda, la misteriosa desaparición de la llave. Ya no se encontró en poder de nadie de la casa, todo hacía suponer que algún desconocido había entrado en la habitación, por la cristalera abierta. Así que me puse a buscar huellas tanto en la habitación como en el jardín. Y acabé descubriéndolas, pero bien distintas de las que esperaba.Un hombre, procedente de la carretera, había cruzado el jardín y entrado en el saloncito. Pero no fue ese hombre el que me sorprendió sino su acompañante.
- ¿Su acompañante?
Holmes se sacó de un bolsillo una gran hoja y la desplegó. Estaba cubierta por los calcos de las huellas de algún animal pequeño. Había indicios de las largas uñas y, en conjunto, la pisada tendría el tamaño aproximado de una cuchara de postre.
- Supongo que son de un perro.
- ¿Ha visto alguna vez a un perro trepar por una cortina?
- ¿Un mono, entonces?
- No, no son huellas de mono.
- ¿Pues qué animal?
- Ninguno que nos sea familiar. He tratado de deducir su aspecto a partir de las huellas. Aquí tenemos cuatro de cuanto estaba inmóvil. Apenas hay 40 centímetros de distancia entre las patas delanteras. Añada a esto la longitud de la cabeza y el cuello y nos encontramos ante una criatura de unos 65 centímetros de longitud, probablemente más si tiene cola. El animal se movía y tenemos la longitud de sus pisadas, que en ningún caso son superiores a los cinco centímetros. Por tanto, debe tratarse de un animal de cuerpo largo y patas muy cortas. ¡Ah!, y es carnívoro.
- ¿Cómo lo sabe?
- Porque trepó por la cortina, y en la ventana hay una jaula con un canario al que, aparentemente, quería atrapar.
- Entonces, ¿de qué animal se trataba?
- Oh, si lo supiera habríamos dado un gran paso. Probablemente, de la familia de las comadrejas, aunque de mayor tamaño.
- Pero ¿qué relación hay entre el animal y el crimen?
- De momento no lo sé. Pero hemos avanzado bastante. Sabemos que un individuo entró en la habitación acompañado de un extraño animal y que, si no fue quien golpeó al coronel, éste se cayó de puro miedo al verle, golpeándose contra el borde de la chimenea. Y está el detalle curioso de que el intruso se llevara consigo la llave de la puerta al huir.
- Estoy seguro de que cuando la señora Barclay salió de casa a las siete y media estaba en buenas relaciones con su marido. Por lo tanto, algo ocurrió entre las siete y media y las nueve, algo que cambió por completo sus sentimientos hacia él. La señorita Morrison había estado junto a ella esa hora y media. Así que, pese a haberlo negado, es seguro que tenía que saber algo del asunto.
Me decidí a visitarla y le expliqué que su amiga podía verse en el banquillo, acusada de asesinato, a menos que el asunto se aclarara.
Se quedó meditando mis palabras y luego, con aire decidido, me contó lo siguiente.
"Le prometí a mi amiga que no diría nada. Pero ya que ella se encuentra enferma y no puede justificarse, y dada la gravedad del asunto, creo que quedó absuelta de mi promesa. Le contaré todo lo que sé: regresábamos de la hermandad, a las nueve menos cuarto de la noche, e íbamos caminando por Hudson Street, una calle muy tranquila iluminada por una sola farola, situada en el lado izquierdo. Al acercarnos a la luz vimos que un hombre venía hacia nosotras. Tenía la espalda muy encorvada, caminaba con las rodillas arqueadas, la cabeza ladeada y llevaba algo así como una caja sobre los hombros. Cuando pasamos a su lado levantó la cabeza hacia nosotras y entonces se detuvo y exclamó, con una voz terrible: "¡Dios mío, si es Nancy!". La señora Barclay se puso más blanca que la cera y hubiera caído al suelo si aquella criatura de aspecto tan espantoso no la hubiera sostenido. Yo estaba ya dispuesta a avisar a la policía, pero ella, ante mi sorpresa, la habló muy cortesmente al individuo.
- Creía que habías muerto hace treinta años, Henry - dijo con voz entrecortada.
- Adelántate un poco, querida - dijo la señora Barclay -. Me gustaría hablar un momento con este caballero. No hay nada que temer.
Ella trataba de parecer tranquila, pero apenas le salían las palabras de los labios y seguía mortalmente pálida. Hablaron durante unos minutos y luego acudió a mi encuentro, con los ojos llameantes, y vi que el pobre jorobado alzaba furiosamente los puños en el aire. Nancy me pidió que no contara a nadie lo ocurrido. "Es un viejo conocido al que le han ido muy mal las cosas", me explicó. Yo le prometí que así lo haría"
Todo empezaba a encajar. Mi siguiente paso consistía, obviamente, en alcanzar al jorobado. Un hombre como él, deforme, sería fácil de encontrar, tenía que haber llamado la atención. Empleé un día de la búsqueda y esa misma noche le tenía localizado. Se llamaba Henry Wood. Vive en una pensión de la misma calle donde se lo encontraron las dos mujeres. Sólo lleva cinco días en la población. Haciéndome pasar por un funcionario del Ayuntamiento tuve una charla muy interesante con su patrona. Ese hombre trabaja como mago y titiritero y todas las noches va de bar en bar proporcionando un poco de entretenimiento. Va acompañado de cierto animal que utiliza en algunos de sus números y acerca del cual la mujer parece sentir un gran recelo, jamás había visto uno igual. Está perfectamente claro, Watson, ese hombre siguió a las dos mujeres, presenció la pelea a través de la ventana entre marido y mujer, y es la única persona en el mundo que puede explicarnos qué ocurrió en aquella habitación.
- ¿Piensa usted preguntárselo?
- Desde luego...pero en presencia de un testigo.
- ¿Y soy yo ese testigo?
- Se lo agradecería mucho.
Era mediodía cuando llegamos al lugar de la tragedia.
- En esta calle - dijo, entrando en un callejón. Un diminuto pilluelo vino corriendo hacia nosotros.
- ¡Estupendo, Simpson! - dijo Holmes, dándole unos golpecitos en la espalda. Esta es la casa, vamos Watson.
Pocos minutos después estábamos ante nuestro hombre. Se encontraba sentado en una silla frente al fuego.
- ¿El señor Henry Wood? - preguntó Holmes afablemente. Quisiera hablarle de la muerte del coronel Barclay.
- No se quién es usted - gritó el hombre visiblemente alterado - ni que pretende de mí. ¿A qué ha venido?
- Bueno - contestó Holmes -, la policía sólo está a la espera de que la señora Barclay recupere el sentido para acusarla de asesinato.
- ¡Pero ella es inocente!
- Entonces - contestó Holmes -, ¿quién mató al coronel Barclay?
- Fue la justa Providencia. ¿Quiere que le cuente una historia triste?
"Hubo un tiempo en que el cabo Henry Wood era el galán más aguerrido de todo el batallón 117. Barclay era un sargento en la misma compañía y la que ahora es su viuda, la chica más preciosa que jamás haya respirado en esta tierra. Bien, pese a contar yo con su amor, su padre insistía en casarla con Barclay. A pesar de todo ello, Nancy me era fiel y parecía que yo iba a ganar la partida. Pero entonces estalló la sublevación.
Quedamos sitiados en Bhurtee junto a gran número de civiles, muchos de ellos mujeres y niños. Fuera había diez mil rebeldes y no existía forma de romper el cerco. Pronto nos quedamos sin agua. Teníamos que alertar al general Neill y a sus fuerzas acerca del peligro que corríamos, así que yo me presenté como voluntario. Hablé con Barclay, quien conocía bien el terreno, y esa misma noche amparado por la oscuridad, partí. De mí dependía la suerte de mil vidas, pero sólo me preocupaba una. Mi itinerario estaba trazado para evitar que me descubrieran los centinelas enemigos. Sin embargo, al salir de un recodo me topé de lleno con seis de ellos, que permanecían acurrucados en la oscuridad, esperándome. Me dejaron sin sentido de un golpe, pero el verdadero dolor lo sentí cuando al volver en mí oí la suficiente conversación para saber que mi camarada, valiéndose de un sirviente nativo, me había traicionado informando al enemigo del itinerario que él mismo había preparado.
Ahora ya saben de qué es capaz Barclay. Al día siguiente, el pueblo fue liberado por Neill, pero yo fui llevado con los rebeldes en su huida. Me torturaron una y otra vez. Ustedes mismos pueden comprobar el estado en que quedé. Pasaron varios años hasta que logré escapar, ¿pero de qué serviría un pobre lisiado como yo volver a Inglaterra o darme a conocer entre mis viejos camaradas? Volví a Inglaterra al hacerme más viejo, obedeciendo a un deseo de ver la patria antes de morir. Y aquí me he ganado la vida igual que en la India después de escaparme; haciendo trucos de magia que allí aprendí."
- Su historia es en verdad interesante - dijo Holmes -. Estoy enterado de su reciente encuentro con la señora Barclay y cómo se reconocieron. Deduzco que usted la siguió después hasta su casa y presenció el altercado con su marido. Finalmente, sin poder contenerse más, irrumpió en la habitación.
- Así fue, exactamente. Al verme, el rostro de Barclay se demudó por el horror, y luego se desplomó, golpeándose contra el borde de la chimenea.
- ¿Y luego?
- Nancy se desmayó, yo cogí la llave de su mano para abrir la puerta y pedir ayuda. Pero en el momento de hacerlo, cambié de idea y me marché porque el asunto podía complicarse, y, de cualquier modo, mi secreto sería revelado si me pillaban. Con las prisas, metí la llave en el bolsillo y dejé caer mi bastón mientras perseguía a Teddy, que había trepado por una cortina. Cuando logré meterle de nuevo en su caja, huí.
- ¿Quién es Teddy? - preguntó Holmes.
- ¡Es un mangosta! - exclamé sorprendido.
- Bueno, algunos lo llaman así y otros iceneumón. Yo las llamo cazaserpientes, y a Teddy se le dan a las mil maravillas las cobras.
- Es posible que le volvamos a necesitar si la señora Barclay tiene problemas.
- En ese caso, naturalmente me presentaría.
- Pero si no, no veo la necesidad de provocar un escándalo en torno a un hombre muerto, por muy condenable que haya sido su comportamiento. Al menos, tiene usted la satisfacción de saber que durante treinta años su conciencia le reprochó amargamente su malvada acción.
Ah! Por el otro lado de la calle veo al mayor Murphy. ¡Adiós, Wood, quiero saber si ha sucedido algo nuevo desde ayer! Alcanzamos al mayor antes de que doblara la esquina.
- Ah, Holmes! - exclamó -, supongo que ya sabrá que todo el alboroto ha concluido.
- ¿Cómo?
- Sí. Ha acabado la diligencia judicial. Las pruebas médicas son concluyentes. Barclay murió por apoplejía.
- Oh! Notablemente superficial - dijo Holmes sonriendo-. Vamos Watson, no creo que nos sigan necesitando en Aldershot.
- Hay un detalle - dijo yo, mientras nos dirigíamos a la estación. Si el nombre de pila de Barclay era James y ese otro se llama Henry, ¿quién es ese tal David al que aludía la señora Barclay en la discusión con su esposo?
- Querido Watson, como recordará, la señora Barclay es muy religiosa. Pues bien, aunque mis conocimientos bíblicos son escasos, seguramente no ha olvidado aquel asuntillo de Urías y Betsabé. Sí, David se descarriaba un poco de vez en cuando, al igual que lo hizo el sargento James Barclay. Encontrará usted esa historia en el primer o segundo libro de Samuel.
- Estaré encantado.
- ¿Puede ir usted mañana a Aldershot?
- No hay inconveniente.
Se trata del aparente asesinato del coronel Barclay, de los Royal Mallows, en Aldershot. Lo estoy investigando.
- No he oído ni una palabra al respecto.
- Los hechos tuvieron lugar hace tan sólo dos días. Se los contaré: el Royal Mallows es, como sabe, uno de los más célebres regimientos irlandases del ejército británico. Sus hazañas en Crimea son notorias y siempre ha destacado. Hasta el lunes lo mandaba James Barclay, un valiente veterano que empezó como soldado raso, ascendió a oficial en la época de la sublevación de los cipayos (tropas nativas indias del ejército inglés que se sublevaron en 1857) y finalmente quedó al frente del regimiento.
El coronel Barclay cuando llegó a sargento se casó con la hija de un abanderado de la misma unidad, Nancy Devoy. La vida del coronel Barclay parece haber transcurrido en una constante felicidad. El mayor Murphy, quien ha sido mi principal informador, asegura que nunca tuvo conocimiento de ninguna desavenencia entre la pareja, aunque piensa que el coronel amaba más a su mujer que ésta a él. Un hecho que también sorprendería al mayor Murphy y a tres de los otros cinco oficiales con los que hablé, era que en ocasiones parecía considerablemente deprimido sin razón aparente. Los Barclay no tenían hijos y las servidumbre está compuesta por un cochero y dos doncellas.
Pero centrémonos en lo que aconteció el lunes, entre las nueve y las diez de la noche. La señora Barclay es católica y estaba muy interesada en la Hermandad de San Jorge, creada para proporcionar ropa a los pobres. Aquella noche, a las ocho, se celebraba una reunión de la hermandad y la señora Barclay asistía a ella. Cuando salía de la casa el cochero oyó que le decía a su marido que no tardaría en volver. Luego fue a buscar a la señorita Morrison, una joven que vive en la casa vecina, y juntas acudieron a la reunión, que duró cuarenta minutos. A las nueve y cuarto la señora Barclay estaba de regreso en casa, tras dejar en la suya a la señorita Morrison. Contra lo que era su costumbre, la señora Barclay se dirigió al saloncito de mañana, una habitación que da al jardín y se abre con una gran puerta de doble hoja de cristal, situada a unos treinta metros de la carretera. Y cosa más extraña aún, pidió a la doncella que le trajera una taza de café.
La camarera acudió con la taza a los diez minutos pero al llegar a la puerta se sorprendió al oír a sus señores enzarzados en una fuerte discusión.Tras llamar a la puerta sin que la abrieran hizo girar el pomo, pero comprobó que estaba cerrada por dentro. Así que volvió a la cocina, se lo contó a la cocinera y al cochero y juntos se dirigieron al saloncito. La discusión seguía y se oían tanto las voces del coronel como las de su mujer; pero sólo se entendía a esta última, que gritaba a su marido, una y otra vez, "cobarde, cobarde, ¡devuélveme la libertad!". La discusión terminó repentinamente con un espantoso grito de hombre, seguido de un ruido sordo y de un chillido de la mujer. El cochero, pensando que algo trágico había sucedido, trató de forzar la puerta pero no lo consiguió. Así que dio media vuelta y salió de la casa, corriendo por el jardín hasta la puerta de cristal del saloncito. Una de las puertas estaba abierta, as´si que pudo entrar. La señora Barclay estaba desmayada sobre el sofá, mientras que el coronel yacía muerto, en medio de un gran charco de sangre, con los pies sobre el lazo de un sillón y la cabeza en el suelo, cerca del borde de la chimenea.
La primera idea del cochero, al ver que nada podía hacerse ya, fue abrir la puerta, pero se encontró con que la llave no estaba puesta en la cerradura y tampoco pudo encontrarla en la habitación. Volvió a salir, por tanto, por la puerta de cristal y llamó a la policía y a un médico. La señora Barclay, contra la que se vuelven lógicas sospechas, fue trasladada a su cuarto, todavía inconsciente, y el policía procedió a examinar detenidamente el lugar de la tragedia. El infortunado militar tenía un profundo corte, en la nuca, producido, sin lugar a dudas, por un arma roma. No fue difícil adivinar de qué arma se trataba. En el suelo, cerca del cuerpo, había un bastón con el mango de hueso. Como toda la casa estaba repleta de armas y recuerdos traídos de los distintos países en los que había estado destinado, la policía dedujo que ese objeto formaba parte de la colección, aunque la servidumbre aseguraba no haberla visto antes. En cuanto a la llave de la puerta, no pude ser hallada en ningún lugar, por lo que finalmente hubo que recurrir al cerrajero.
Así estaban las cosas, Watson, cuando el marte por la mañana, a petición del mayor Murphy, me trasladé a Adelshot para ayudar al policía en la investigación. Antes de examinar el lugar de los hechos hablé con los sirvientes, pero no obtuve nada distinto de lo que ya le he relatado salvo un curioso detalle. La camarera, Jane Steward, recordó haber oído la palabra "David" pronunciada dos veces por la señora. Pero el nombre de pila del coronel es, como le he dicho, James.
Otro detalle causó un gran impresión a todo el mundo: el rostro del coronel estaba congelado en una expresión de profundo horror, como si hubiera anticipado lo que le iba a suceder.
Por la policía supe que la señorita Morrison, con la que, como recordará, había salido aquella noche, aseguró desconocer completamente qué podía haber causado el mal humor de la señorita Barclay. Tras haber reunido todos los datos me puse a pensar en ellos. De todos, el más sugerente era, sin duda, la misteriosa desaparición de la llave. Ya no se encontró en poder de nadie de la casa, todo hacía suponer que algún desconocido había entrado en la habitación, por la cristalera abierta. Así que me puse a buscar huellas tanto en la habitación como en el jardín. Y acabé descubriéndolas, pero bien distintas de las que esperaba.Un hombre, procedente de la carretera, había cruzado el jardín y entrado en el saloncito. Pero no fue ese hombre el que me sorprendió sino su acompañante.
- ¿Su acompañante?
Holmes se sacó de un bolsillo una gran hoja y la desplegó. Estaba cubierta por los calcos de las huellas de algún animal pequeño. Había indicios de las largas uñas y, en conjunto, la pisada tendría el tamaño aproximado de una cuchara de postre.
- Supongo que son de un perro.
- ¿Ha visto alguna vez a un perro trepar por una cortina?
- ¿Un mono, entonces?
- No, no son huellas de mono.
- ¿Pues qué animal?
- Ninguno que nos sea familiar. He tratado de deducir su aspecto a partir de las huellas. Aquí tenemos cuatro de cuanto estaba inmóvil. Apenas hay 40 centímetros de distancia entre las patas delanteras. Añada a esto la longitud de la cabeza y el cuello y nos encontramos ante una criatura de unos 65 centímetros de longitud, probablemente más si tiene cola. El animal se movía y tenemos la longitud de sus pisadas, que en ningún caso son superiores a los cinco centímetros. Por tanto, debe tratarse de un animal de cuerpo largo y patas muy cortas. ¡Ah!, y es carnívoro.
- ¿Cómo lo sabe?
- Porque trepó por la cortina, y en la ventana hay una jaula con un canario al que, aparentemente, quería atrapar.
- Entonces, ¿de qué animal se trataba?
- Oh, si lo supiera habríamos dado un gran paso. Probablemente, de la familia de las comadrejas, aunque de mayor tamaño.
- Pero ¿qué relación hay entre el animal y el crimen?
- De momento no lo sé. Pero hemos avanzado bastante. Sabemos que un individuo entró en la habitación acompañado de un extraño animal y que, si no fue quien golpeó al coronel, éste se cayó de puro miedo al verle, golpeándose contra el borde de la chimenea. Y está el detalle curioso de que el intruso se llevara consigo la llave de la puerta al huir.
- Estoy seguro de que cuando la señora Barclay salió de casa a las siete y media estaba en buenas relaciones con su marido. Por lo tanto, algo ocurrió entre las siete y media y las nueve, algo que cambió por completo sus sentimientos hacia él. La señorita Morrison había estado junto a ella esa hora y media. Así que, pese a haberlo negado, es seguro que tenía que saber algo del asunto.
Me decidí a visitarla y le expliqué que su amiga podía verse en el banquillo, acusada de asesinato, a menos que el asunto se aclarara.
Se quedó meditando mis palabras y luego, con aire decidido, me contó lo siguiente.
"Le prometí a mi amiga que no diría nada. Pero ya que ella se encuentra enferma y no puede justificarse, y dada la gravedad del asunto, creo que quedó absuelta de mi promesa. Le contaré todo lo que sé: regresábamos de la hermandad, a las nueve menos cuarto de la noche, e íbamos caminando por Hudson Street, una calle muy tranquila iluminada por una sola farola, situada en el lado izquierdo. Al acercarnos a la luz vimos que un hombre venía hacia nosotras. Tenía la espalda muy encorvada, caminaba con las rodillas arqueadas, la cabeza ladeada y llevaba algo así como una caja sobre los hombros. Cuando pasamos a su lado levantó la cabeza hacia nosotras y entonces se detuvo y exclamó, con una voz terrible: "¡Dios mío, si es Nancy!". La señora Barclay se puso más blanca que la cera y hubiera caído al suelo si aquella criatura de aspecto tan espantoso no la hubiera sostenido. Yo estaba ya dispuesta a avisar a la policía, pero ella, ante mi sorpresa, la habló muy cortesmente al individuo.
- Creía que habías muerto hace treinta años, Henry - dijo con voz entrecortada.
- Adelántate un poco, querida - dijo la señora Barclay -. Me gustaría hablar un momento con este caballero. No hay nada que temer.
Ella trataba de parecer tranquila, pero apenas le salían las palabras de los labios y seguía mortalmente pálida. Hablaron durante unos minutos y luego acudió a mi encuentro, con los ojos llameantes, y vi que el pobre jorobado alzaba furiosamente los puños en el aire. Nancy me pidió que no contara a nadie lo ocurrido. "Es un viejo conocido al que le han ido muy mal las cosas", me explicó. Yo le prometí que así lo haría"
Todo empezaba a encajar. Mi siguiente paso consistía, obviamente, en alcanzar al jorobado. Un hombre como él, deforme, sería fácil de encontrar, tenía que haber llamado la atención. Empleé un día de la búsqueda y esa misma noche le tenía localizado. Se llamaba Henry Wood. Vive en una pensión de la misma calle donde se lo encontraron las dos mujeres. Sólo lleva cinco días en la población. Haciéndome pasar por un funcionario del Ayuntamiento tuve una charla muy interesante con su patrona. Ese hombre trabaja como mago y titiritero y todas las noches va de bar en bar proporcionando un poco de entretenimiento. Va acompañado de cierto animal que utiliza en algunos de sus números y acerca del cual la mujer parece sentir un gran recelo, jamás había visto uno igual. Está perfectamente claro, Watson, ese hombre siguió a las dos mujeres, presenció la pelea a través de la ventana entre marido y mujer, y es la única persona en el mundo que puede explicarnos qué ocurrió en aquella habitación.
- ¿Piensa usted preguntárselo?
- Desde luego...pero en presencia de un testigo.
- ¿Y soy yo ese testigo?
- Se lo agradecería mucho.
Era mediodía cuando llegamos al lugar de la tragedia.
- En esta calle - dijo, entrando en un callejón. Un diminuto pilluelo vino corriendo hacia nosotros.
- ¡Estupendo, Simpson! - dijo Holmes, dándole unos golpecitos en la espalda. Esta es la casa, vamos Watson.
Pocos minutos después estábamos ante nuestro hombre. Se encontraba sentado en una silla frente al fuego.
- ¿El señor Henry Wood? - preguntó Holmes afablemente. Quisiera hablarle de la muerte del coronel Barclay.
- No se quién es usted - gritó el hombre visiblemente alterado - ni que pretende de mí. ¿A qué ha venido?
- Bueno - contestó Holmes -, la policía sólo está a la espera de que la señora Barclay recupere el sentido para acusarla de asesinato.
- ¡Pero ella es inocente!
- Entonces - contestó Holmes -, ¿quién mató al coronel Barclay?
- Fue la justa Providencia. ¿Quiere que le cuente una historia triste?
"Hubo un tiempo en que el cabo Henry Wood era el galán más aguerrido de todo el batallón 117. Barclay era un sargento en la misma compañía y la que ahora es su viuda, la chica más preciosa que jamás haya respirado en esta tierra. Bien, pese a contar yo con su amor, su padre insistía en casarla con Barclay. A pesar de todo ello, Nancy me era fiel y parecía que yo iba a ganar la partida. Pero entonces estalló la sublevación.
Quedamos sitiados en Bhurtee junto a gran número de civiles, muchos de ellos mujeres y niños. Fuera había diez mil rebeldes y no existía forma de romper el cerco. Pronto nos quedamos sin agua. Teníamos que alertar al general Neill y a sus fuerzas acerca del peligro que corríamos, así que yo me presenté como voluntario. Hablé con Barclay, quien conocía bien el terreno, y esa misma noche amparado por la oscuridad, partí. De mí dependía la suerte de mil vidas, pero sólo me preocupaba una. Mi itinerario estaba trazado para evitar que me descubrieran los centinelas enemigos. Sin embargo, al salir de un recodo me topé de lleno con seis de ellos, que permanecían acurrucados en la oscuridad, esperándome. Me dejaron sin sentido de un golpe, pero el verdadero dolor lo sentí cuando al volver en mí oí la suficiente conversación para saber que mi camarada, valiéndose de un sirviente nativo, me había traicionado informando al enemigo del itinerario que él mismo había preparado.
Ahora ya saben de qué es capaz Barclay. Al día siguiente, el pueblo fue liberado por Neill, pero yo fui llevado con los rebeldes en su huida. Me torturaron una y otra vez. Ustedes mismos pueden comprobar el estado en que quedé. Pasaron varios años hasta que logré escapar, ¿pero de qué serviría un pobre lisiado como yo volver a Inglaterra o darme a conocer entre mis viejos camaradas? Volví a Inglaterra al hacerme más viejo, obedeciendo a un deseo de ver la patria antes de morir. Y aquí me he ganado la vida igual que en la India después de escaparme; haciendo trucos de magia que allí aprendí."
- Su historia es en verdad interesante - dijo Holmes -. Estoy enterado de su reciente encuentro con la señora Barclay y cómo se reconocieron. Deduzco que usted la siguió después hasta su casa y presenció el altercado con su marido. Finalmente, sin poder contenerse más, irrumpió en la habitación.
- Así fue, exactamente. Al verme, el rostro de Barclay se demudó por el horror, y luego se desplomó, golpeándose contra el borde de la chimenea.
- ¿Y luego?
- Nancy se desmayó, yo cogí la llave de su mano para abrir la puerta y pedir ayuda. Pero en el momento de hacerlo, cambié de idea y me marché porque el asunto podía complicarse, y, de cualquier modo, mi secreto sería revelado si me pillaban. Con las prisas, metí la llave en el bolsillo y dejé caer mi bastón mientras perseguía a Teddy, que había trepado por una cortina. Cuando logré meterle de nuevo en su caja, huí.
- ¿Quién es Teddy? - preguntó Holmes.
- ¡Es un mangosta! - exclamé sorprendido.
- Bueno, algunos lo llaman así y otros iceneumón. Yo las llamo cazaserpientes, y a Teddy se le dan a las mil maravillas las cobras.
- Es posible que le volvamos a necesitar si la señora Barclay tiene problemas.
- En ese caso, naturalmente me presentaría.
- Pero si no, no veo la necesidad de provocar un escándalo en torno a un hombre muerto, por muy condenable que haya sido su comportamiento. Al menos, tiene usted la satisfacción de saber que durante treinta años su conciencia le reprochó amargamente su malvada acción.
Ah! Por el otro lado de la calle veo al mayor Murphy. ¡Adiós, Wood, quiero saber si ha sucedido algo nuevo desde ayer! Alcanzamos al mayor antes de que doblara la esquina.
- Ah, Holmes! - exclamó -, supongo que ya sabrá que todo el alboroto ha concluido.
- ¿Cómo?
- Sí. Ha acabado la diligencia judicial. Las pruebas médicas son concluyentes. Barclay murió por apoplejía.
- Oh! Notablemente superficial - dijo Holmes sonriendo-. Vamos Watson, no creo que nos sigan necesitando en Aldershot.
- Hay un detalle - dijo yo, mientras nos dirigíamos a la estación. Si el nombre de pila de Barclay era James y ese otro se llama Henry, ¿quién es ese tal David al que aludía la señora Barclay en la discusión con su esposo?
- Querido Watson, como recordará, la señora Barclay es muy religiosa. Pues bien, aunque mis conocimientos bíblicos son escasos, seguramente no ha olvidado aquel asuntillo de Urías y Betsabé. Sí, David se descarriaba un poco de vez en cuando, al igual que lo hizo el sargento James Barclay. Encontrará usted esa historia en el primer o segundo libro de Samuel.
miércoles, 11 de abril de 2012
El empleado del agente de bolsa
Desde que me casé apenas había visto a Holmes. Por tanto, me sorprendió cuando cierta mañana de junio se presentó en mi casa pidiéndome que le acompañara a Birmingham.
- ¿De qué se trata?
- Se lo contaré más tarde en el tren. Mi cliente espera fuera, en un coche.
Su cliente era un hombre joven, llamado Hall Pycroft. Tenía un bigote rubio, expresión franca y aire distinguido. sin embargo, parecía preocupado. Ya en el tren, Holmes le pidió al joven que me pusiera en antecedentes.
- Bien, sr. Watson, no se me da muy bien contar historias, pero lo intentaré.
Yo trabajaba hace poco en Coxon & Woodhouse, de Draper's Garden, pero la empresa quebró. Los empleados fuimos despedidos. Durante algún tiempo no encontré nada, pero luego me enteré de que había una vacante en Mawson & Williams, la conocida firma de agentes de bolsa de Lombard Street. Envié mi currículum, la verdad con pocas esperanzas, pero a la semana siguiente recibí respuesta pidiéndome que me presentara el lunes para empezar de inmediato. El sueldo era de cuatro libras semanales, una más que en mi trabajo anterior, así que me sentí feliz. La misma tarde, después de recibir la carta, entró l a casera con una tarjeta de un tal Arthur Pinner, agente de finanzas. No lo conocía, pero, naturalmente, dije que pasara. Era un hombre de ojos oscuros y barba negra, con la punta de la nariz algo brillante. Hablaba con mucha rapidez y entró de inmediato en el tema.
- ¿Trabajaba usted hace poco en Coxon & Woodhouse?
- Así es.
- Y ahora, ¿está empleado en Mawson?
- Pues...sí.
- Mire, un antiguo compañero suyo, Parker, el gerente de Coxon, me ha dicho que posee usted un increíble talento para las finanzas...
- Sí, leo a diario las cotizaciones.
- Le diré el motivo de mi visita. Le ofrezco ser el gerente de Franco-Midland Hardwer Company. La empresa se dedica al comercio de la quincallería y tiene 134 sucursales repartidas por Francia, otra en Bruselas y otra además en San Remo.
- Nunca he oído hablar de ella - dije sorprendido.
- Es normal. Se ha llevado la cosa discretamente, porque el capital se suscribió en privado y es una asunto demasiado bueno para que se conozca. Mi hermano, Harry Pinner, es uno de los promotores y el director. Me ha pedido que buscara a alguien con talento... un hombre joven, emprendedor, con garra. Parker me habló de usted... ¡Y aquí me tiene! Sólo podemos ofrecerle 500 libras anuales para empezar... pero se llevará además una comisión de 1% sobre todos los negocios que concluyan sus agentes, y le aseguro que esto le supondrá más del sueldo. Aquí tiene un pagaré de 100 libras. Si cree que podemos hacer negocios juntos, bastará con que se lo guarde como adelanto sobre su sueldo.
- Es usted muy amable. ¿Cuánto tendría que empezar?
- Esté en Birminghan mañana a la una. Debe ponerse en contacto con mi hermano. Le encontrará en el 126 B de Corporation Street, que es donde están situadas provisionalmente las oficinas. Naturalmente, él tiene que dar la conformidad a su empleo, pero estoy seguro que no habrá ningún problema.
- Realmente, no sé cómo expresarle mi gratitud - repuse.
- Nada, nada, muchacho. Sólo le doy lo que se merece. Hay algunas formalidades que debo arreglar con usted. Ahí tiene un papel. Tenga la amabilidad de escribir. "Estoy absolutamente conforme en trabajar como gerente de la Franco- Midland Company, por un salario mínimo de 500 libras".
Hice lo que me pedía y se guardó el papel en el bolsillo.
- Hay otro detalle, ¿qué piensa hacer usted respecto a Mawson?
- Escribiré renunciando al puesto.
- He tenido una discusión sobre usted con el gerente de esa empresa. Al final perdí el control y le dije que si quería a gente buena que le pagaran mejor. Él repuso que usted preferiría trabajar con ellos. Le apuesto cinco libras, le dije yo, a que cuando reciba mi oferta no volverá a oír hablar de él.
- Hecho, repuso él. Le hemos sacado del arroyo y no nos dejará tan fácilmente. Esas fueron sus palabras.
- ¡Qué engreído! - exclamé -. Desde luego, no le escribiré, si así lo prefiere usted.
- Muy bien, tengo su palabra. Ahora debo irme.
No pegué ojo en toda la noche y al día siguiente me dirigí a Birmingham. Cogí una habitación en un hotel de New Street y luego fui a la dirección que aquel hombre me había dado.
- ¿Es usted el sr. Hall Pycroft?
- Si, soy yo.
- Le esperaba, pero llega usted con adelanto. He recibido una nota de mi hermano esta mañana y le elogia a usted muchísimo.
- Estaba buscando la oficina.
- Todavía no hemos puesto el nombre porque sólo llevamos instalados unos días. Acompáñeme y hablaremos despacio del asunto.
Le seguí hasta el último piso. Me introdujo en unas habitacioncillas vacías y polvorientas, sin alfombras ni cortinas. La verdad, yo había imaginado un despacho lujoso con numerosos empleados y aquello me preocupó.
- ¿Cuáles son mis obligaciones?
- Dirigirá usted los almacenes de París, que suministrarán bisutería inglesa a las restantes tiendas que tenemos en Francia. Pero de momento, permanecerá en Birmingham esta semana echándonos una mano.
- ¿De qué modo?
- Esto es un anuario de París. Lléveselo a su casa y copie todos los comerciantes de bisutería con sus direcciones. Me será enormemente útil. Tráigame la lista el lunes a las doce. Buenos días, sr. Pycroft.
Volví al hotel con el enorme libro bajo el brazo y todavía más desconcertado. Aquello no me gustaba, pero el peso de las cien libras en mi bolsillo pudo más. Me pasé todo el domingo trabajando sin parar, pero el lunes sólo había llegado a la H. Volví a ver a mi jefe, en la misma habitación destartalada, me dijo que siguiera con lo que hacía hasta el miércoles y que entonces volviera. Pero como el miércoles todavía no había terminado me pidió que siguiera. Por fin se lo entregué el viernes, es decir, ayer.
- Muchas gracias - me dijo -. Ahora quiero que haga usted una lista de las tiendas de muebles, porque en todas ellas venden quincalla.
Se reía mientras hablaba y me di cuenta, con un estremecimiento, de que una de sus muelas había sido muy mal arreglada con oro. Aquello me sorprendió muchísimo porque casualmente había visto que su hermano tenía esa misma pieza arreglada del mismo modo. Entonces me paré a pensar. El peso, la altura, todo coincidía, la única diferencia estribaba en que uno tenía barba y otro no... algo que se puede arreglar con una cuchilla de afeitar. No entendía nada... Súbitamente pensé que aquello que a mí me parecía tan oscuro podría resultar muy claro para el sr. Sherlock Holmes. Cogí el tren a Londres de inmediato, le pedí que me ayudara y... eso es todo.
Aquella tarde, a las siete, los tres andábamos por Corporation Street en dirección a la compañía.
- No servirá de nada llegar antes de la hora, dijo Pycroft, porque cre que sólo acude allí para verme. ¡Diablos! ¿qué les decía? ¡ahí está, andando delante de nosotros!
Subimos detrás de él, cinco plantas hasta llegar a la oficina. Pycroft llamó y alguien gritó ¡entre!
Leía el periódico con expresión apesadumbrada, casi de horror. Tenía la frente perlada de sudor y estaba mortalmente pálido. Miró a su empleado como si no le reconociera.
- ¿Se encuentra bien, sr. Pinner? - le preguntó Pycroft.
- El sr. Harris y el sr. Price. Son amigos míos. Ambos se encuentran sin empleo, pero tienen mucha experiencia. Tenía la esperanza de que pudieran trabajar en la compañía.
- Es posible - exclamó el sr. Pinner con una sonrisa lúgubre -. Esperen un minuto - añadió levantándose y pasando a otra habitación, cuya puerta cerró.
- ¿Y ahora qué? - susurró Holmes - ¿Va a darnos esquinazo?
- Imposible - dijo Pycroft -. No hay otra salida.
- Ese hombre parece aterrorizado. ¿Qué puede haberle asustado tanto?
- ¿Por qué diablos estará llamando a su propia puerta? - exclamó Pycroft.
Se repitieron los sonidos, esta vez más fuertes. Luego oímos un sordo ruido gorgoteante y un vivo repiqueteo sobre madera. Holmes se abalanzó sobre la puerta, pero estaba cerrada por dentro. Por fin, se abatió con gran estruendo. El director de France-Midland pendía de un gancho que colgaba del techo. Se había colgado con sus propios tirantes. El repiqueteo que oímos hacía sido producido por sus zapatos golpeando contra la puerta cerrada. Su aspecto era espantoso.
- ¿Por qué habrá querido suicidarse? - preguntó Pycroft.
- Todo el asunto gira en torno a dos puntos - respondió Holmes -. El primero es el hehco de hacerle escribir a usted una declaración según la cual entraba al servicio de esta absurda compañía. ¿Se da cuenta de lo sugerente que es esto?
- Me temo que no - respondió el joven.
- Está claro, lo que realmente buscaba era una muestra de su letra.
- ¿Para qué?
- Sólo se me ocurre una razón. Alguien quería aprender a imitar su letra.
- En cuanto al segundo punto, consiste en la petición del sr. Pinner de que no escribiera usted renunciando a su empleo en Mawson. Con ello confiaba en que el gerente de esa firma siguiera esperando que el día convenido se presentara el sr. Hall Pycroft, al que no había visto nunca. Asimismo, tenía que impedirle que entrara en contacto con alguien de Mawson. En consecuencia, le pidió venir a Birmingham y le dio suficiente trabajo para tenerle ocupado asegurándose que usted no iría a Londres.
- ¿Y por qué ese hombre fingía ser su propio hermano?
- Evidentemente, son dos los que están metidos en el asunto. El otro está ya suplantándole en Mawson. Pero para que la cosa pareciera más creíble, se inventó a un director, su "hermano". Si no llega a ser por el detalle de la muela, usted no habría sospechado.
- ¡Santo Dios! ¿y qué habrá estado haciendo en Mawson ese individuo que me ha suplantado? ¿Qué debo hacer, sr. Holmes?
- Lo primero, telegrafiar a Mawson.
- Mandaremos el telegrama y así sabremos si hay alguien trabajando allí con su nombre.
- ¡El periódico! - exclamó Holmes.
- ¡Aquí está! Es la edición vespertina del londinense Evening Standart. Miré los titulares: "Crimen en la City. Asesinato en Mawson & Williams. Gigantesco intento de robo. Detenido el criminal." Continuamos leyendo: "Un desesperado intento de robo, que ha culminado con la muerte de un hombre y la detención del criminal, ha tenido lugar esta tarde en la City. Desde hace tiempo la firma Mawson tenía en su custodia valores cuya suma supera considerablemente el millón de libras y que se guardaban en las cajas fuertes. Al parecer, Beddington, conocido falsificador, consiguió bajo nombre falso un empleo en la oficina. Esto le permitió obtener los moldes de las cerraduras y un profundo conocimiento de la cámara acorazada y de las cajas fuertes. Los sábados los empleados salen a las doce, por lo que el sargento Tason, de la Policía, se quedó un tanto sorprendido al ver a un hombre bajar por las escaleras de la entrada, con una cartera, a la una y veinte. Sospechando algo, el sargento le siguió y con la ayuda del agente Pollok consiguió detenerle tras vencer su desesperada resistencia. Quedó claro de inmediato que se trataba de un robo, ya que dentro de la cartera se encontraron cerca de cien mil libras esterlinas en bonos y acciones. Al registrar los locales se descubrió el cadáver del desafortunado guardián, que había sido introducido dentro de una de las cajas fuertes. Tenía la cabeza destrozada por un fuerte golpe, producido con un objeto macizo. La Policía está realizando todo tipo de investigaciones para conocer si el hermano de Beddington está también implicado en el asunto.
- ¿De qué se trata?
- Se lo contaré más tarde en el tren. Mi cliente espera fuera, en un coche.
Su cliente era un hombre joven, llamado Hall Pycroft. Tenía un bigote rubio, expresión franca y aire distinguido. sin embargo, parecía preocupado. Ya en el tren, Holmes le pidió al joven que me pusiera en antecedentes.
- Bien, sr. Watson, no se me da muy bien contar historias, pero lo intentaré.
Yo trabajaba hace poco en Coxon & Woodhouse, de Draper's Garden, pero la empresa quebró. Los empleados fuimos despedidos. Durante algún tiempo no encontré nada, pero luego me enteré de que había una vacante en Mawson & Williams, la conocida firma de agentes de bolsa de Lombard Street. Envié mi currículum, la verdad con pocas esperanzas, pero a la semana siguiente recibí respuesta pidiéndome que me presentara el lunes para empezar de inmediato. El sueldo era de cuatro libras semanales, una más que en mi trabajo anterior, así que me sentí feliz. La misma tarde, después de recibir la carta, entró l a casera con una tarjeta de un tal Arthur Pinner, agente de finanzas. No lo conocía, pero, naturalmente, dije que pasara. Era un hombre de ojos oscuros y barba negra, con la punta de la nariz algo brillante. Hablaba con mucha rapidez y entró de inmediato en el tema.
- ¿Trabajaba usted hace poco en Coxon & Woodhouse?
- Así es.
- Y ahora, ¿está empleado en Mawson?
- Pues...sí.
- Mire, un antiguo compañero suyo, Parker, el gerente de Coxon, me ha dicho que posee usted un increíble talento para las finanzas...
- Sí, leo a diario las cotizaciones.
- Le diré el motivo de mi visita. Le ofrezco ser el gerente de Franco-Midland Hardwer Company. La empresa se dedica al comercio de la quincallería y tiene 134 sucursales repartidas por Francia, otra en Bruselas y otra además en San Remo.
- Nunca he oído hablar de ella - dije sorprendido.
- Es normal. Se ha llevado la cosa discretamente, porque el capital se suscribió en privado y es una asunto demasiado bueno para que se conozca. Mi hermano, Harry Pinner, es uno de los promotores y el director. Me ha pedido que buscara a alguien con talento... un hombre joven, emprendedor, con garra. Parker me habló de usted... ¡Y aquí me tiene! Sólo podemos ofrecerle 500 libras anuales para empezar... pero se llevará además una comisión de 1% sobre todos los negocios que concluyan sus agentes, y le aseguro que esto le supondrá más del sueldo. Aquí tiene un pagaré de 100 libras. Si cree que podemos hacer negocios juntos, bastará con que se lo guarde como adelanto sobre su sueldo.
- Es usted muy amable. ¿Cuánto tendría que empezar?
- Esté en Birminghan mañana a la una. Debe ponerse en contacto con mi hermano. Le encontrará en el 126 B de Corporation Street, que es donde están situadas provisionalmente las oficinas. Naturalmente, él tiene que dar la conformidad a su empleo, pero estoy seguro que no habrá ningún problema.
- Realmente, no sé cómo expresarle mi gratitud - repuse.
- Nada, nada, muchacho. Sólo le doy lo que se merece. Hay algunas formalidades que debo arreglar con usted. Ahí tiene un papel. Tenga la amabilidad de escribir. "Estoy absolutamente conforme en trabajar como gerente de la Franco- Midland Company, por un salario mínimo de 500 libras".
Hice lo que me pedía y se guardó el papel en el bolsillo.
- Hay otro detalle, ¿qué piensa hacer usted respecto a Mawson?
- Escribiré renunciando al puesto.
- He tenido una discusión sobre usted con el gerente de esa empresa. Al final perdí el control y le dije que si quería a gente buena que le pagaran mejor. Él repuso que usted preferiría trabajar con ellos. Le apuesto cinco libras, le dije yo, a que cuando reciba mi oferta no volverá a oír hablar de él.
- Hecho, repuso él. Le hemos sacado del arroyo y no nos dejará tan fácilmente. Esas fueron sus palabras.
- ¡Qué engreído! - exclamé -. Desde luego, no le escribiré, si así lo prefiere usted.
- Muy bien, tengo su palabra. Ahora debo irme.
No pegué ojo en toda la noche y al día siguiente me dirigí a Birmingham. Cogí una habitación en un hotel de New Street y luego fui a la dirección que aquel hombre me había dado.
- ¿Es usted el sr. Hall Pycroft?
- Si, soy yo.
- Le esperaba, pero llega usted con adelanto. He recibido una nota de mi hermano esta mañana y le elogia a usted muchísimo.
- Estaba buscando la oficina.
- Todavía no hemos puesto el nombre porque sólo llevamos instalados unos días. Acompáñeme y hablaremos despacio del asunto.
Le seguí hasta el último piso. Me introdujo en unas habitacioncillas vacías y polvorientas, sin alfombras ni cortinas. La verdad, yo había imaginado un despacho lujoso con numerosos empleados y aquello me preocupó.
- ¿Cuáles son mis obligaciones?
- Dirigirá usted los almacenes de París, que suministrarán bisutería inglesa a las restantes tiendas que tenemos en Francia. Pero de momento, permanecerá en Birmingham esta semana echándonos una mano.
- ¿De qué modo?
- Esto es un anuario de París. Lléveselo a su casa y copie todos los comerciantes de bisutería con sus direcciones. Me será enormemente útil. Tráigame la lista el lunes a las doce. Buenos días, sr. Pycroft.
Volví al hotel con el enorme libro bajo el brazo y todavía más desconcertado. Aquello no me gustaba, pero el peso de las cien libras en mi bolsillo pudo más. Me pasé todo el domingo trabajando sin parar, pero el lunes sólo había llegado a la H. Volví a ver a mi jefe, en la misma habitación destartalada, me dijo que siguiera con lo que hacía hasta el miércoles y que entonces volviera. Pero como el miércoles todavía no había terminado me pidió que siguiera. Por fin se lo entregué el viernes, es decir, ayer.
- Muchas gracias - me dijo -. Ahora quiero que haga usted una lista de las tiendas de muebles, porque en todas ellas venden quincalla.
Se reía mientras hablaba y me di cuenta, con un estremecimiento, de que una de sus muelas había sido muy mal arreglada con oro. Aquello me sorprendió muchísimo porque casualmente había visto que su hermano tenía esa misma pieza arreglada del mismo modo. Entonces me paré a pensar. El peso, la altura, todo coincidía, la única diferencia estribaba en que uno tenía barba y otro no... algo que se puede arreglar con una cuchilla de afeitar. No entendía nada... Súbitamente pensé que aquello que a mí me parecía tan oscuro podría resultar muy claro para el sr. Sherlock Holmes. Cogí el tren a Londres de inmediato, le pedí que me ayudara y... eso es todo.
Aquella tarde, a las siete, los tres andábamos por Corporation Street en dirección a la compañía.
- No servirá de nada llegar antes de la hora, dijo Pycroft, porque cre que sólo acude allí para verme. ¡Diablos! ¿qué les decía? ¡ahí está, andando delante de nosotros!
Subimos detrás de él, cinco plantas hasta llegar a la oficina. Pycroft llamó y alguien gritó ¡entre!
Leía el periódico con expresión apesadumbrada, casi de horror. Tenía la frente perlada de sudor y estaba mortalmente pálido. Miró a su empleado como si no le reconociera.
- ¿Se encuentra bien, sr. Pinner? - le preguntó Pycroft.
- El sr. Harris y el sr. Price. Son amigos míos. Ambos se encuentran sin empleo, pero tienen mucha experiencia. Tenía la esperanza de que pudieran trabajar en la compañía.
- Es posible - exclamó el sr. Pinner con una sonrisa lúgubre -. Esperen un minuto - añadió levantándose y pasando a otra habitación, cuya puerta cerró.
- ¿Y ahora qué? - susurró Holmes - ¿Va a darnos esquinazo?
- Imposible - dijo Pycroft -. No hay otra salida.
- Ese hombre parece aterrorizado. ¿Qué puede haberle asustado tanto?
- ¿Por qué diablos estará llamando a su propia puerta? - exclamó Pycroft.
Se repitieron los sonidos, esta vez más fuertes. Luego oímos un sordo ruido gorgoteante y un vivo repiqueteo sobre madera. Holmes se abalanzó sobre la puerta, pero estaba cerrada por dentro. Por fin, se abatió con gran estruendo. El director de France-Midland pendía de un gancho que colgaba del techo. Se había colgado con sus propios tirantes. El repiqueteo que oímos hacía sido producido por sus zapatos golpeando contra la puerta cerrada. Su aspecto era espantoso.
- ¿Por qué habrá querido suicidarse? - preguntó Pycroft.
- Todo el asunto gira en torno a dos puntos - respondió Holmes -. El primero es el hehco de hacerle escribir a usted una declaración según la cual entraba al servicio de esta absurda compañía. ¿Se da cuenta de lo sugerente que es esto?
- Me temo que no - respondió el joven.
- Está claro, lo que realmente buscaba era una muestra de su letra.
- ¿Para qué?
- Sólo se me ocurre una razón. Alguien quería aprender a imitar su letra.
- En cuanto al segundo punto, consiste en la petición del sr. Pinner de que no escribiera usted renunciando a su empleo en Mawson. Con ello confiaba en que el gerente de esa firma siguiera esperando que el día convenido se presentara el sr. Hall Pycroft, al que no había visto nunca. Asimismo, tenía que impedirle que entrara en contacto con alguien de Mawson. En consecuencia, le pidió venir a Birmingham y le dio suficiente trabajo para tenerle ocupado asegurándose que usted no iría a Londres.
- ¿Y por qué ese hombre fingía ser su propio hermano?
- Evidentemente, son dos los que están metidos en el asunto. El otro está ya suplantándole en Mawson. Pero para que la cosa pareciera más creíble, se inventó a un director, su "hermano". Si no llega a ser por el detalle de la muela, usted no habría sospechado.
- ¡Santo Dios! ¿y qué habrá estado haciendo en Mawson ese individuo que me ha suplantado? ¿Qué debo hacer, sr. Holmes?
- Lo primero, telegrafiar a Mawson.
- Mandaremos el telegrama y así sabremos si hay alguien trabajando allí con su nombre.
- ¡El periódico! - exclamó Holmes.
- ¡Aquí está! Es la edición vespertina del londinense Evening Standart. Miré los titulares: "Crimen en la City. Asesinato en Mawson & Williams. Gigantesco intento de robo. Detenido el criminal." Continuamos leyendo: "Un desesperado intento de robo, que ha culminado con la muerte de un hombre y la detención del criminal, ha tenido lugar esta tarde en la City. Desde hace tiempo la firma Mawson tenía en su custodia valores cuya suma supera considerablemente el millón de libras y que se guardaban en las cajas fuertes. Al parecer, Beddington, conocido falsificador, consiguió bajo nombre falso un empleo en la oficina. Esto le permitió obtener los moldes de las cerraduras y un profundo conocimiento de la cámara acorazada y de las cajas fuertes. Los sábados los empleados salen a las doce, por lo que el sargento Tason, de la Policía, se quedó un tanto sorprendido al ver a un hombre bajar por las escaleras de la entrada, con una cartera, a la una y veinte. Sospechando algo, el sargento le siguió y con la ayuda del agente Pollok consiguió detenerle tras vencer su desesperada resistencia. Quedó claro de inmediato que se trataba de un robo, ya que dentro de la cartera se encontraron cerca de cien mil libras esterlinas en bonos y acciones. Al registrar los locales se descubrió el cadáver del desafortunado guardián, que había sido introducido dentro de una de las cajas fuertes. Tenía la cabeza destrozada por un fuerte golpe, producido con un objeto macizo. La Policía está realizando todo tipo de investigaciones para conocer si el hermano de Beddington está también implicado en el asunto.
jueves, 5 de abril de 2012
Un escándalo en Bohemia
Hacía meses que no veía a mi amigo. Mi matrimonio y mi vuelta a la medicina me tenían muy ocupado. Pero una noche, al regresar de visitar a un paciente que vivía cerca de Baker Street, no pude resistir la tentación de ir a charlar con él.
- Le sienta bien el matrimonio - dijo a modo de bienvenida -, veo que ha engordado. Llega en buen momento. Estoy seguro de que le gustará conocer el contenido de esta carta.
Me mostró una hoja de papel rosa sobre la mesa.
- La recibí en el último correo. No tenía fecha, ni firma, ni dirección. Decia: "Esta noche, a las ocho menos cuarto, irá a visitarle un caballero que desea consultarle sobre un asunto del más alto interés. Le ruego que lo reciba y no se tome a mal que vaya enmascarado".
- Esto sí que es raro. ¿De qué cree que se trata?
- Todavía no tengo datos suficientes. Pero sí no me equivoco aquí está nuestro visitante para aclarar las dudas.
Se oyeron unos golpes en la puerta.
- ¡Adelante! - dijo Holmes.
- ¿Recibió usted la carta? - preguntó el visitante con voz profunda y ronca, de fuerte acento alemán.
- Siéntese, por favor. Este es mi amigo, el doctor Watson. ¿Con quién tengo el honor de hablar?
- Puede hacerlo como si yo fuese el conde Von Kramm. Doy por supuesto que este caballero es discreto y puedo hablar en su presencia.
- Desde luego - respondió Holmes.
- Ustedes disculparán este antifaz, pero la augusta persona que me envía prefiere que sea así. Se trata de un asunto muy delicado, que podría comprometer seriamente a una de las familias reinantes en Europa. Hablando claro, está implicada la gran casa de Ormstein, dinastía reinante en Bohemia.
- Si su majestad se dignase a exponer el caso - dijo Holmes con cierta impaciencia - estaría en mejores condiciones para aconsejarle.
- Así que ha adivinado usted... sí, soy el rey - dijo, arrancándose repentinamente el antifaz - ¿Por qué habría de ocultárselo?
- Naturalmente, ¿por qué? Nada más empezar a hablar me di cuenta de que estaba tratando con Wilhelm Gottsreich Sigismond von Ormstein, gran duque de CasselFastein y soberano del reino de Bohemia.
- Pero comprenderá usted - dijo nuestro visitante - que no estoy acostumbrado a realizar personalmente esta clase de gestiones. Se trata, sin embargo, de un asunto tan delicado que no podía confiárselo a nadie. He venido de incógnito desde Praga con el propósito de hablar con usted.
- Pues consúlteme.
- He aquí los hechos brevemente expuestos: Hace unos cinco años, mientras me encontraba en Varsovia, conocía a la célebre... aventurera Irene Adler.
- Imagino - interrumpió Holmes - que su majestad escribió ciertas cartas comprometedoras a esa dama y ahora desea recuperarlas.
- Exactamente.
- Aún así, no creo que pudieran comprometerle.
- Existe una fotografía en la que aparecemos los dos.
- ¡Vaya, vaya!, su majestad cometió una indiscreción.
- Estaba fuera de mí, loco. Y era muy joven. Es preciso recuperar esa fotografía.
- ¿No podría comprársela?
- Se niega a vendérmela.
- ¿Y qué se propone hacer con la foto?
- Arruinarme.
- ¿Cómo?
- Estoy a punto de contraer matrimonio con Clotilde Lothman von Sax-Meningen, hija segunda del rey de Escandinavia. Quizá sepa usted que es una familia de principios muy estrictos.
- ¿Y qué dice Irene Adler?
- Amenaza con enviarles la fotografía. Y estoy seguro de que lo hará. Es fría como el acero. Es capaz de llegar a cualquier extremo antes de que me case con otra.
- ¿Está seguro de que no la ha enviado ya?
- Me aseguró que no lo haría hasta el día que se anuncie oficialmente el compromiso, y eso será el próximo lunes.
- Tenemos tres días para recuperarla. Supongo que su majestad permanecerá de momento en Londres.
- Desde luego. Me encontrará en el Langham, bajo el nombre de conde Von Kramm.
- Le enviaré unas líneas para informarle de cómo llevamos el asunto. ¿Cuál es la dirección de esa señorita?
- Pabellón Briony. Serpentine Avenue, St. John's.
- Otra cosa, ¿la foto era de tamaño grande?
- Así es.
- Entonces, majestad, buenas noches, espero enviarle pronto buenas noticias.
La tarde siguiente, a las tres, acudí de nuevo a Baker Street, como me había pedido Holmes. Pero mi amigo no estaba allí. El ama de llaves me dijo que había salido por la mañana muy temprano. Eran casi las cuatro cuando entró en la habitación un mozo de caballos, con aspecto borrachín y desaseado. A pesar de estar acostumbrado a la habilidad de mi amigo para disfrazarse, tuve que examinarle varias veces hasta convencerme de que era él.
- Estoy seguro de que nunca adivinaría qué he hecho esta mañana - dijo riéndose a carcajadas.
- No puedo imaginarlo, pero supongo que ha estado rondando la casa de la srta. Adler.
- Exacto. Esta mañana, vestido de esta guisa, me acerqué al pabellón Briony, pretextando que buscaba trabajo. Se trata de un precioso chalé. La puerta tiene cerradura sencilla, y hay un cuarto de estar con ventanas que alcanzan el suelo, fáciles de abrir hasta para un niño. Caminé alrededor de la casa y lo examiné todo detenidamente, aunque sin descubrir ningún detalle de interés. Luego me fui paseando calle adelante y, como esperaba, encontré unos establos en una travesía que corre a lo largo de una de las tapias del jardín. Eché una mano a los mozos de cuadra y me lo pagaron invitándome a comer y contándome todo lo que deseaba saber sobre Irene Adler.
- ¿Y que le dijeron de ella?
- Pues vera. Tiene locos a todos los hombres que viven por allí, todos coinciden en que es hermosísima. Lleva una vida tranquila, canta conciertos, sale todos los días en carruaje a las cinco de la tarde y vuelve a las siete. Salvo cuando tiene que cantar, es raro que haga otras salidas. Tiene pocas visitas, sólo acude a la casa a diario un hombre moreno, atractivo e impetuoso. Se trata del sr. Godfrey Norton, abogado, que reside en el colegio Inner Temple. ¿Es ella cliente de este hombre o su amante? Este punto es muy importante puesto que en el primer caso es posible que le haya entregado la fotografía, pero no así en el segundo. Estaba dándole vueltas al asunto cuando se detuvo delante del chalé un coche de caballos y bajó un caballero. Era, sin duda, el hombre del que me habían hablado. Permaneció en la casas media hora, y luego salió con mucha prisa. Miró el reloj con ansiedad y le pidió al cochero que corriera a Gross y Hankey, en Regent Street, y luego a la iglesia de Santa Mónica, en Edgware Road. Yo me estaba preguntando si no debería seguirle cuando un landó se detuvo frente a la puerta. Nada más hacerlo, Irene Adler salió corriendo de la casa, subió al carruaje y le dijo al cochero que fuera a toda prisa a la Iglesia de Santa Mónica. En ese instante vi acercarse un coche de alquiler, y sin darle tiempo al cochero a que se parara a pensar sobre mi aspecto, le prometí medio soberano si llegaba en cinco minutos a Santa Mónica. Una vez allí entré. No había un alma salvo los dos a quienes había venido siguiendo y un clérigo vestido con sobrepelliz. Estaban en el altar. Yo me instalé en un banco trasero, como si fuera alguien que había acudido a rezar, pero de pronto los tres se volvieron y se dirigieron a mí.
- ¡Venga, venga! - dijo el abogado - usted nos servirá
- ¿Qué ocurre?- pregunté, mientras me arrastraba hacia el altar
Antes de que tuviera oportunidad de protestar, me encontré actuando como testigo de su boda. La ceremonia apenas duró tres minutos. Fue la situación más absurda en que me he visto nunca. La novia me regaló un soberano, que llevaré en la cadena del reloj como recuerdo.
- Las cosas han tomado un giro inesperado. ¿Qué vamos a hacer ahora?
- Yo temí que se fueran juntos de allí de inmediato. Sin embargo, al salir de la iglesia casa uno cogió su coche.Ella le susurró: "pasearé, como siempre, a las cinco por el parque"; y no alcancé a oír nada más. Ahora, Watson, necesito tu colaboración. Son casi las cinco y es preciso que yo me encuentre a las siete de la tarde en el chalé de Irene Adler, para recibirla cuando vuelva de su paseo. Me gustaría que usted me acompañara y permaneciera escondido cerca de la casa. Pretendo montar algún incidente que obligue a que me lleven al interior de la casa. Pero usted no intervenga, pase lo que pase. Cinco minutos más tarde se abrirá la ventana del cuarto de estar y usted debe situarse cerca de ella. ¿Entendido?
- Entendido.
- Y cuando yo levante la mano arrojará usted dentro de la habitación algo que le daré, al tiempo que gritará ¡fuego!, ¿me sigue?
- Sí.
- Se trata de un cohete de humo, armado en sus extremos con sendas cápsulas para que se encienda automáticamente. Una vez que lo lance, debe marcharse al extremo de la calle. Yo acudiré diez minutos más tarde.
- Puede confiar en mí.
- Magnifico. Ahora debo caracterizarme para mi nuevo papel.
Al cabo de varios minutos, Holmes se presentó ante mi con el aspecto de un clérigo bondadoso y sencillo. Llegamos a Serpentine Avenue diez minutos antes.
- La fotografía es demasiado grande como para que ella la lleve habitualmente encima - dijo Holmes mientras esperábamos -. Sospecho que la guarda en algún lugar de su domicilio. Mire, ya llega el carruaje, tenga cuidado y cumpla mis instrucciones como le he dicho. Al detenerse el landó frente a la casa, un vagabundo corrió a abrir la puerta para ganarse una moneda, pero otro trató de hacer lo mismo y se enzarzaron en una disputa. Varios soldados que había cerca intentaron poner paz y un afilador que pasaba se sumó a la riña. Holmes se lanzó de lleno en medio y justo cuando la dama abría la portezuela, lanzó un grito y al instante su cara se tiñó de rojo. Al verlo, los soldados pusieron pies en polvorosa y los vagabundos hicieron lo propio, mientras que varias personas que habían presenciado la pelea sin intervenir acudieron a socorrerle.
- Está herido, no se le puede dejar tirado en la calle - dijo alguien -, ¿podría introducirlo en su casa? - añadió dirigiéndose a Irene Adler.
- ¡Desde luego! Pásenlo al sofá que hay en el cuarto de estar.
Desde mi puesto junto a las ventana pude observar cómo depositaban a Holmes en el sofá. Entonces saqué del bolsillo del gabán el cohete de humo, al ver que Holmes se había incorporado accionando como si le faltara el aire, ante lo cual una doncella corrió presurosa a abrir la ventana. En ese mismo instante levantó la mano y yo tiré el cohete al interior del cuarto, al tiempo que gritaba ¡fuego!, palabra que fue coreada por todos los presentes. Espesas nubes ondulantes inundaron la habitación y todo el mundo echó a correr afuera. Me deslicé entre la multitud vociferante y 10 minutos más tarde tuve la alegría de sentir que mi amigo deslizaba su brazo en el mío. Caminamos rápidamente y en silencio unos minutos, hasta alejarnos del lugar.
- ¿Tiene usted la fotografía?
- No, pero sé dónde está.
- ¿Cómo lo averiguó?
- Me imagino que se habrá dado cuenta de que todos los que estaban en la calle eran cómplices. Los contraté para que armaran la trifulca. La sangre no era sino pintura roja, como también habrá adivinado.
- Esos sospeché.
- Bien, el supuesto incendio era esencial, puesto que era indudable que ella trataría de salvar del peligro aquello que considerara más valioso. ¿Y qué, sino la fotografía? Esta se encuentra en un escondite que hay detrás de un panel corredizo, encima mismo de la campanilla de llamada. Pero al comprobar que se trataba de una falsa alarma, la dama volvió a colocarla en su lugar. Yo pensé en cogerla, pero en ese momento entró el cochero y me fue imposible.
- ¿Qué piensa hacer ahora?
- Mañana acudiremos a la casa con el rey. Nos pasarán al cuarto de estar mientras avisan a la señora, pero cuando ella se presente es probable que no nos encuentre ni a nosotros ni a la fotografía.
- ¿A qué hora iremos?
- Muy temprano, a las ocho de la mañana. Ella no se habrá levantado todavía de forma que tendremos el campo libre.
Habíamos llegado a Baker Street, cuando alguien dijo al pasar: "Buenas noches, Sr. Holmes"
- Yo he oído antes esa voz ¿quién puede ser? - dijo mi amigo sorprendido.
A la mañana siguiente, muy temprano, nos trasladamos junto con el rey al pabellón Briony.
- Irene Adler se ha casado.
- ¡Que se ha casado! ¿cuándo?
- Ayer.
- ¿Y con quién?
- Con un abogado llamado Norton.
El rey cayó en un silencio ceñudo y no volvió a hablar hasta que llegamos.
La puerta se encontraba abierta y vimos a una mujer anciana en lo alto de la escalera. Nos miró con ojos burlones y dijo:
- El sr. Holmes, ¿verdad?
- Soy yo - respondió.
- Me lo imaginé. Mi señora me dijo que probablemente vendría. Se fue esta madrugada con su esposo con destino al continente. Y aseguró que no tiene intención de volver nunca.
Ante esas palabras, Holmes se precipitó, seguido del rey, al interior de la casa. Todo estaba revuelto y tirado, como si aquella dama hubiera saqueado la casa antes de su partida. Mi amigo se dirigió de inmediato al escondite, metió la mano y extrajo un sobre. Había una fotografía, pero era sólo de Irene, en traje de noche, y una carta dirigida a Holmes, que decía: "Mi querido amigo, la verdad es que lo hizo usted muy bien. No sospeché nada hasta después del fuego, pero entonces al darme cuenta de que había descubierto mi escondite, me puse a pensar. Yo sabía que si el rey recurría a alguien, ése no podría ser otro que usted. Así que me disfracé de hombre (yo también he sido actriz) y le seguí hasta su casa. Entonces, no pude resistirme y le di las buenas noches. Luego me marché en busca de mi marido. Decidimos que lo mejor era salir del país. Pero el rey no debe temer por la fotografía. Estoy enamorada de un hombre que vale más que él. Así que está en libertad de obrar como le plazca, sin que yo se lo vaya a impedir, a pesar de que me hirió profundamente. Conservo sólo la foto a título de salvaguardia mía, como arma para defenderme de cualquier acción que él pudiera emprender contra mí en el futuro. En su lugar dejo esa otra fotografía, que quizá le agrade conservar."
- Le sienta bien el matrimonio - dijo a modo de bienvenida -, veo que ha engordado. Llega en buen momento. Estoy seguro de que le gustará conocer el contenido de esta carta.
Me mostró una hoja de papel rosa sobre la mesa.
- La recibí en el último correo. No tenía fecha, ni firma, ni dirección. Decia: "Esta noche, a las ocho menos cuarto, irá a visitarle un caballero que desea consultarle sobre un asunto del más alto interés. Le ruego que lo reciba y no se tome a mal que vaya enmascarado".
- Esto sí que es raro. ¿De qué cree que se trata?
- Todavía no tengo datos suficientes. Pero sí no me equivoco aquí está nuestro visitante para aclarar las dudas.
Se oyeron unos golpes en la puerta.
- ¡Adelante! - dijo Holmes.
- ¿Recibió usted la carta? - preguntó el visitante con voz profunda y ronca, de fuerte acento alemán.
- Siéntese, por favor. Este es mi amigo, el doctor Watson. ¿Con quién tengo el honor de hablar?
- Puede hacerlo como si yo fuese el conde Von Kramm. Doy por supuesto que este caballero es discreto y puedo hablar en su presencia.
- Desde luego - respondió Holmes.
- Ustedes disculparán este antifaz, pero la augusta persona que me envía prefiere que sea así. Se trata de un asunto muy delicado, que podría comprometer seriamente a una de las familias reinantes en Europa. Hablando claro, está implicada la gran casa de Ormstein, dinastía reinante en Bohemia.
- Si su majestad se dignase a exponer el caso - dijo Holmes con cierta impaciencia - estaría en mejores condiciones para aconsejarle.
- Así que ha adivinado usted... sí, soy el rey - dijo, arrancándose repentinamente el antifaz - ¿Por qué habría de ocultárselo?
- Naturalmente, ¿por qué? Nada más empezar a hablar me di cuenta de que estaba tratando con Wilhelm Gottsreich Sigismond von Ormstein, gran duque de CasselFastein y soberano del reino de Bohemia.
- Pero comprenderá usted - dijo nuestro visitante - que no estoy acostumbrado a realizar personalmente esta clase de gestiones. Se trata, sin embargo, de un asunto tan delicado que no podía confiárselo a nadie. He venido de incógnito desde Praga con el propósito de hablar con usted.
- Pues consúlteme.
- He aquí los hechos brevemente expuestos: Hace unos cinco años, mientras me encontraba en Varsovia, conocía a la célebre... aventurera Irene Adler.
- Imagino - interrumpió Holmes - que su majestad escribió ciertas cartas comprometedoras a esa dama y ahora desea recuperarlas.
- Exactamente.
- Aún así, no creo que pudieran comprometerle.
- Existe una fotografía en la que aparecemos los dos.
- ¡Vaya, vaya!, su majestad cometió una indiscreción.
- Estaba fuera de mí, loco. Y era muy joven. Es preciso recuperar esa fotografía.
- ¿No podría comprársela?
- Se niega a vendérmela.
- ¿Y qué se propone hacer con la foto?
- Arruinarme.
- ¿Cómo?
- Estoy a punto de contraer matrimonio con Clotilde Lothman von Sax-Meningen, hija segunda del rey de Escandinavia. Quizá sepa usted que es una familia de principios muy estrictos.
- ¿Y qué dice Irene Adler?
- Amenaza con enviarles la fotografía. Y estoy seguro de que lo hará. Es fría como el acero. Es capaz de llegar a cualquier extremo antes de que me case con otra.
- ¿Está seguro de que no la ha enviado ya?
- Me aseguró que no lo haría hasta el día que se anuncie oficialmente el compromiso, y eso será el próximo lunes.
- Tenemos tres días para recuperarla. Supongo que su majestad permanecerá de momento en Londres.
- Desde luego. Me encontrará en el Langham, bajo el nombre de conde Von Kramm.
- Le enviaré unas líneas para informarle de cómo llevamos el asunto. ¿Cuál es la dirección de esa señorita?
- Pabellón Briony. Serpentine Avenue, St. John's.
- Otra cosa, ¿la foto era de tamaño grande?
- Así es.
- Entonces, majestad, buenas noches, espero enviarle pronto buenas noticias.
La tarde siguiente, a las tres, acudí de nuevo a Baker Street, como me había pedido Holmes. Pero mi amigo no estaba allí. El ama de llaves me dijo que había salido por la mañana muy temprano. Eran casi las cuatro cuando entró en la habitación un mozo de caballos, con aspecto borrachín y desaseado. A pesar de estar acostumbrado a la habilidad de mi amigo para disfrazarse, tuve que examinarle varias veces hasta convencerme de que era él.
- Estoy seguro de que nunca adivinaría qué he hecho esta mañana - dijo riéndose a carcajadas.
- No puedo imaginarlo, pero supongo que ha estado rondando la casa de la srta. Adler.
- Exacto. Esta mañana, vestido de esta guisa, me acerqué al pabellón Briony, pretextando que buscaba trabajo. Se trata de un precioso chalé. La puerta tiene cerradura sencilla, y hay un cuarto de estar con ventanas que alcanzan el suelo, fáciles de abrir hasta para un niño. Caminé alrededor de la casa y lo examiné todo detenidamente, aunque sin descubrir ningún detalle de interés. Luego me fui paseando calle adelante y, como esperaba, encontré unos establos en una travesía que corre a lo largo de una de las tapias del jardín. Eché una mano a los mozos de cuadra y me lo pagaron invitándome a comer y contándome todo lo que deseaba saber sobre Irene Adler.
- ¿Y que le dijeron de ella?
- Pues vera. Tiene locos a todos los hombres que viven por allí, todos coinciden en que es hermosísima. Lleva una vida tranquila, canta conciertos, sale todos los días en carruaje a las cinco de la tarde y vuelve a las siete. Salvo cuando tiene que cantar, es raro que haga otras salidas. Tiene pocas visitas, sólo acude a la casa a diario un hombre moreno, atractivo e impetuoso. Se trata del sr. Godfrey Norton, abogado, que reside en el colegio Inner Temple. ¿Es ella cliente de este hombre o su amante? Este punto es muy importante puesto que en el primer caso es posible que le haya entregado la fotografía, pero no así en el segundo. Estaba dándole vueltas al asunto cuando se detuvo delante del chalé un coche de caballos y bajó un caballero. Era, sin duda, el hombre del que me habían hablado. Permaneció en la casas media hora, y luego salió con mucha prisa. Miró el reloj con ansiedad y le pidió al cochero que corriera a Gross y Hankey, en Regent Street, y luego a la iglesia de Santa Mónica, en Edgware Road. Yo me estaba preguntando si no debería seguirle cuando un landó se detuvo frente a la puerta. Nada más hacerlo, Irene Adler salió corriendo de la casa, subió al carruaje y le dijo al cochero que fuera a toda prisa a la Iglesia de Santa Mónica. En ese instante vi acercarse un coche de alquiler, y sin darle tiempo al cochero a que se parara a pensar sobre mi aspecto, le prometí medio soberano si llegaba en cinco minutos a Santa Mónica. Una vez allí entré. No había un alma salvo los dos a quienes había venido siguiendo y un clérigo vestido con sobrepelliz. Estaban en el altar. Yo me instalé en un banco trasero, como si fuera alguien que había acudido a rezar, pero de pronto los tres se volvieron y se dirigieron a mí.
- ¡Venga, venga! - dijo el abogado - usted nos servirá
- ¿Qué ocurre?- pregunté, mientras me arrastraba hacia el altar
Antes de que tuviera oportunidad de protestar, me encontré actuando como testigo de su boda. La ceremonia apenas duró tres minutos. Fue la situación más absurda en que me he visto nunca. La novia me regaló un soberano, que llevaré en la cadena del reloj como recuerdo.
- Las cosas han tomado un giro inesperado. ¿Qué vamos a hacer ahora?
- Yo temí que se fueran juntos de allí de inmediato. Sin embargo, al salir de la iglesia casa uno cogió su coche.Ella le susurró: "pasearé, como siempre, a las cinco por el parque"; y no alcancé a oír nada más. Ahora, Watson, necesito tu colaboración. Son casi las cinco y es preciso que yo me encuentre a las siete de la tarde en el chalé de Irene Adler, para recibirla cuando vuelva de su paseo. Me gustaría que usted me acompañara y permaneciera escondido cerca de la casa. Pretendo montar algún incidente que obligue a que me lleven al interior de la casa. Pero usted no intervenga, pase lo que pase. Cinco minutos más tarde se abrirá la ventana del cuarto de estar y usted debe situarse cerca de ella. ¿Entendido?
- Entendido.
- Y cuando yo levante la mano arrojará usted dentro de la habitación algo que le daré, al tiempo que gritará ¡fuego!, ¿me sigue?
- Sí.
- Se trata de un cohete de humo, armado en sus extremos con sendas cápsulas para que se encienda automáticamente. Una vez que lo lance, debe marcharse al extremo de la calle. Yo acudiré diez minutos más tarde.
- Puede confiar en mí.
- Magnifico. Ahora debo caracterizarme para mi nuevo papel.
Al cabo de varios minutos, Holmes se presentó ante mi con el aspecto de un clérigo bondadoso y sencillo. Llegamos a Serpentine Avenue diez minutos antes.
- La fotografía es demasiado grande como para que ella la lleve habitualmente encima - dijo Holmes mientras esperábamos -. Sospecho que la guarda en algún lugar de su domicilio. Mire, ya llega el carruaje, tenga cuidado y cumpla mis instrucciones como le he dicho. Al detenerse el landó frente a la casa, un vagabundo corrió a abrir la puerta para ganarse una moneda, pero otro trató de hacer lo mismo y se enzarzaron en una disputa. Varios soldados que había cerca intentaron poner paz y un afilador que pasaba se sumó a la riña. Holmes se lanzó de lleno en medio y justo cuando la dama abría la portezuela, lanzó un grito y al instante su cara se tiñó de rojo. Al verlo, los soldados pusieron pies en polvorosa y los vagabundos hicieron lo propio, mientras que varias personas que habían presenciado la pelea sin intervenir acudieron a socorrerle.
- Está herido, no se le puede dejar tirado en la calle - dijo alguien -, ¿podría introducirlo en su casa? - añadió dirigiéndose a Irene Adler.
- ¡Desde luego! Pásenlo al sofá que hay en el cuarto de estar.
Desde mi puesto junto a las ventana pude observar cómo depositaban a Holmes en el sofá. Entonces saqué del bolsillo del gabán el cohete de humo, al ver que Holmes se había incorporado accionando como si le faltara el aire, ante lo cual una doncella corrió presurosa a abrir la ventana. En ese mismo instante levantó la mano y yo tiré el cohete al interior del cuarto, al tiempo que gritaba ¡fuego!, palabra que fue coreada por todos los presentes. Espesas nubes ondulantes inundaron la habitación y todo el mundo echó a correr afuera. Me deslicé entre la multitud vociferante y 10 minutos más tarde tuve la alegría de sentir que mi amigo deslizaba su brazo en el mío. Caminamos rápidamente y en silencio unos minutos, hasta alejarnos del lugar.
- ¿Tiene usted la fotografía?
- No, pero sé dónde está.
- ¿Cómo lo averiguó?
- Me imagino que se habrá dado cuenta de que todos los que estaban en la calle eran cómplices. Los contraté para que armaran la trifulca. La sangre no era sino pintura roja, como también habrá adivinado.
- Esos sospeché.
- Bien, el supuesto incendio era esencial, puesto que era indudable que ella trataría de salvar del peligro aquello que considerara más valioso. ¿Y qué, sino la fotografía? Esta se encuentra en un escondite que hay detrás de un panel corredizo, encima mismo de la campanilla de llamada. Pero al comprobar que se trataba de una falsa alarma, la dama volvió a colocarla en su lugar. Yo pensé en cogerla, pero en ese momento entró el cochero y me fue imposible.
- ¿Qué piensa hacer ahora?
- Mañana acudiremos a la casa con el rey. Nos pasarán al cuarto de estar mientras avisan a la señora, pero cuando ella se presente es probable que no nos encuentre ni a nosotros ni a la fotografía.
- ¿A qué hora iremos?
- Muy temprano, a las ocho de la mañana. Ella no se habrá levantado todavía de forma que tendremos el campo libre.
Habíamos llegado a Baker Street, cuando alguien dijo al pasar: "Buenas noches, Sr. Holmes"
- Yo he oído antes esa voz ¿quién puede ser? - dijo mi amigo sorprendido.
A la mañana siguiente, muy temprano, nos trasladamos junto con el rey al pabellón Briony.
- Irene Adler se ha casado.
- ¡Que se ha casado! ¿cuándo?
- Ayer.
- ¿Y con quién?
- Con un abogado llamado Norton.
El rey cayó en un silencio ceñudo y no volvió a hablar hasta que llegamos.
La puerta se encontraba abierta y vimos a una mujer anciana en lo alto de la escalera. Nos miró con ojos burlones y dijo:
- El sr. Holmes, ¿verdad?
- Soy yo - respondió.
- Me lo imaginé. Mi señora me dijo que probablemente vendría. Se fue esta madrugada con su esposo con destino al continente. Y aseguró que no tiene intención de volver nunca.
Ante esas palabras, Holmes se precipitó, seguido del rey, al interior de la casa. Todo estaba revuelto y tirado, como si aquella dama hubiera saqueado la casa antes de su partida. Mi amigo se dirigió de inmediato al escondite, metió la mano y extrajo un sobre. Había una fotografía, pero era sólo de Irene, en traje de noche, y una carta dirigida a Holmes, que decía: "Mi querido amigo, la verdad es que lo hizo usted muy bien. No sospeché nada hasta después del fuego, pero entonces al darme cuenta de que había descubierto mi escondite, me puse a pensar. Yo sabía que si el rey recurría a alguien, ése no podría ser otro que usted. Así que me disfracé de hombre (yo también he sido actriz) y le seguí hasta su casa. Entonces, no pude resistirme y le di las buenas noches. Luego me marché en busca de mi marido. Decidimos que lo mejor era salir del país. Pero el rey no debe temer por la fotografía. Estoy enamorada de un hombre que vale más que él. Así que está en libertad de obrar como le plazca, sin que yo se lo vaya a impedir, a pesar de que me hirió profundamente. Conservo sólo la foto a título de salvaguardia mía, como arma para defenderme de cualquier acción que él pudiera emprender contra mí en el futuro. En su lugar dejo esa otra fotografía, que quizá le agrade conservar."
miércoles, 28 de marzo de 2012
Abbey Grange
No fue hasta después de tomar una taza de té y ya sentados en el tren, camino de Kent, en una fría mañana de invierno, cuando Holmes se decidió a hablar.
Sacó una nota de su bolsillo y la leyó:
"Abbey Grange. Marsham, Kent. 3,30 de la madrugada.
Estimado Sr. Holmes, me encantaría contar con su ayuda en un caso que se presenta muy prometedor. Todo está igual que lo encontré, pero sir Eustace no debería permanecer mucho más tiempo aquí. Atentamente, Stanley Hopkins".
- Hopkins ha recurrido a mí en siete ocasiones, y siempre justificadas - dijo Holmes.
- Esta vez parece que se trata de un asesinato.
- ¿Cree que sir Eustace está muerto?
- Así parece.
La figura juvenil e impaciente del inspector Hopkins nos esperaba en la entrada de la casa.
- ¡Le agradezco que haya venido, Mr. Holmes! Pero me temo que les he molestado sin necesidad. En cuanto recuperó el conocimiento, la dama dio una explicación muy clara y convincente de lo que había ocurrido. ¿Se acuerda de esa banda de ladrones de Lewisham?
- ¿Quiénes?, ¿los Randal?
- Sí, el padre y sus dos hijos. Ha sido obra suya. Hace tan sólo dos semanas dieron un golpe en Sydenham.
- ¿Mataron a sir Eustace?
- Le destrozaron la cabeza con el atizador de la chimenea. ¡Sir Eustace Brackenstall, uno de los hombres más ricos de Kent! Su mujer, lady Brackenstall está en el saloncito.
Lady Brackenstall era una mujer elegante y atractiva.
Sobre una ceja tenía una enorme moratón que su doncella, una mujer alta y seria, empapaba continuamente en agua y vinagre. Estaba tendida sobre un diván y al vernos entrar se puso en guardia.
- Ya le he contado todo lo que ocurrió, Mr. Hopkins. Pero si lo cree necesario lo repetiré a estos señores. "Me casé con sir Eustace hace un año, pero nuestro matrimonio no ha sido feliz. La razón principal es que sir Eustace era un borracho impenitente. ¡Oh, era espantoso! En esta casa todos los sirvientes duermen en el ala nueva, salvo Theresa, mi doncella, que duerme encima de mi habitación. Ningún sonido podría alertar a los que están en el ala más alejada. Los ladrones debían saberlo. Sir Eustace se retiró sobre las diez y media de la noche. Los sirvientes se habían ido ya a sus habitaciones y yo me encontraba en este saloncito absorta en un libro. Poco después de las once, como acostumbro a hacer todas las noches, di una vuelta para comprobar que todo estaba en orden. Fui a la cocina, a la despensa, a la sal de armas, a la de billar, al salón y, por último, al comedor. El frío viento se colaba a través de las pesadas cortinas de la ventana que da al jardín, así que pensé que alguien olvidó cerrarla y me acerqué para hacerlo, cuando vi la cara de un hombre ya entrado en años, de aspecto fuerte, y dos jóvenes tras él. Retrocedí, pero el hombre me golpeó salvajemente con el puño encima del ojo. Debí permanecer varios minutos inconsciente porque al volver a mí descubrí que habían utilizado la cuerda de la campanilla para atarme con ella a un sillón y estaba amordazada con un pañuelo. En aquel instante entró mi infortunado marido. Debía sospechar que algo ocurría puesto que llevaba un garrote en la mano. Pero apenas tuvo tiempo de reaccionar. El hombre viejo le propinó un fortísimo golpe en la cabeza con el atizador de la chimenea. Cayó sin emitir ni un gemido y ya no volvió a moverse. Yo me desmayé de nuevo. Cuando recuperé la conciencia comprobé que seguían allí, bebiendo una botella de vino que había en el comedor y la plata había desaparecido. Luego se marcharon por la misma ventana, cerrándola. Hasta un cuarto de hora después no pude quitarme la mordaza. Entonces empecé a gritar y acudió Theresa, que llamó a la policía.
- Gracias, lady Brackenstall, no la molestaré más. Pero me gustaría conocer la opinión de su doncella - dijo Holmes.
- Anoche estaba sentada junto a la ventana de mi habitación - dijo la doncella- cuando, a la luz de la luna, vi a tres hombres a lo lejos, junto a la caseta del portero. Pero no le di importancia. No oí gritar a la señora hasta una hora después. Corrí hasta aquí y la encontré atada al sillón, y a él tendido en el suelo. ¡Había salpicaduras de sangre por toda la habitación, incluso en su vestido! ¡Aquello era suficiente para enloquecer a cualquiera pero a miss Mary Fraser, de Adelaida, nunca le ha faltado el valor, y lady Brackenstall, de Abbeyt Grange, no ha cambiado de modo de ser! Creo que ya le han interrogado demasiado, señores, ahora la acompañaré a su cuarto para que descanse.
Nosotros nos dirigimos al comedor, una habitación muy amplia.
La ventana en cuestión estaba situada en el extremo más alejado. A su derecha se abrían otras tres ventanas, más pequeñas, y a la izquierda, una espaciosa chimenea. Caído junto a un sillón se encontraba el cordón, de color rojo, con el que habían atado a lady Brackenstall. En el suelo, yacía el cadáver de sir Eustace.
Estaba tumbado de espaldas. Por encima de la cabeza sujetaba un garrote con las dos manos. El atizador con el que le habían pegado estaba a su lado.
- Ese hombre, Randall, debe ser muy fuerte - comentó Holmes.
- Sí - respondió Hopkins. Nos llegaron rumores de que tras su anterior golpe la banda se había ido a América, pero ahora es evidente que continúa aquí.
Pero, ¿qué busca usted, Holmes?
Este se había arrodillado y miraba con gran atención los nudos del cordón con que habían atado a lady Brackenstall. Luego observó cuidadosamente el punto en que había sido cortado.
- Al arrancarlo, la campanilla debía sonar con fuerza en la cocina.
- Aun así, nadie la hubiera oído, ya que se encuentra en esta zona de la casa.
- ¿Pero sabía el ladrón que nadie la oiría?
- Exacto, Mr. Holmes. Sospecho que conocían muy bien la casa y sus costumbres.
- ¿Y qué se llevaron?
- Poca cosa... media docena de objetos de plata del aparador. Lady Brackenstall cree que ellos también estaban aturdidos por la muerte de sir Eustace y por es no robaron más.
- Podía ser. Pero ¿por qué se entretuvieron bebiendo vino?
- Seguramente para calmarse.
- Quizá. ¿Ha tocado alguien las tres copas?
- Nadie.
Las tres copas estaban juntas, pero sólo había posos de vino en una de ellas.
- Las copas me desconciertan. Lady Brackenstall afirma que les vio beber.
- Sí, eso dice.
- ¿Y no le choca a usted nada de las copas? Bueno, bueno, déjelo. En fin, Hopkins, le dejamos. No creo poderle ser de utilidad, ya que parece tener todo muy claro. Cuando tenga a Randall avíseme. Vamos, Watson.
Cuando quedamos solos, pude constatar que Holmes
Sacó una nota de su bolsillo y la leyó:
"Abbey Grange. Marsham, Kent. 3,30 de la madrugada.
Estimado Sr. Holmes, me encantaría contar con su ayuda en un caso que se presenta muy prometedor. Todo está igual que lo encontré, pero sir Eustace no debería permanecer mucho más tiempo aquí. Atentamente, Stanley Hopkins".
- Hopkins ha recurrido a mí en siete ocasiones, y siempre justificadas - dijo Holmes.
- Esta vez parece que se trata de un asesinato.
- ¿Cree que sir Eustace está muerto?
- Así parece.
La figura juvenil e impaciente del inspector Hopkins nos esperaba en la entrada de la casa.
- ¡Le agradezco que haya venido, Mr. Holmes! Pero me temo que les he molestado sin necesidad. En cuanto recuperó el conocimiento, la dama dio una explicación muy clara y convincente de lo que había ocurrido. ¿Se acuerda de esa banda de ladrones de Lewisham?
- ¿Quiénes?, ¿los Randal?
- Sí, el padre y sus dos hijos. Ha sido obra suya. Hace tan sólo dos semanas dieron un golpe en Sydenham.
- ¿Mataron a sir Eustace?
- Le destrozaron la cabeza con el atizador de la chimenea. ¡Sir Eustace Brackenstall, uno de los hombres más ricos de Kent! Su mujer, lady Brackenstall está en el saloncito.
Lady Brackenstall era una mujer elegante y atractiva.
Sobre una ceja tenía una enorme moratón que su doncella, una mujer alta y seria, empapaba continuamente en agua y vinagre. Estaba tendida sobre un diván y al vernos entrar se puso en guardia.
- Ya le he contado todo lo que ocurrió, Mr. Hopkins. Pero si lo cree necesario lo repetiré a estos señores. "Me casé con sir Eustace hace un año, pero nuestro matrimonio no ha sido feliz. La razón principal es que sir Eustace era un borracho impenitente. ¡Oh, era espantoso! En esta casa todos los sirvientes duermen en el ala nueva, salvo Theresa, mi doncella, que duerme encima de mi habitación. Ningún sonido podría alertar a los que están en el ala más alejada. Los ladrones debían saberlo. Sir Eustace se retiró sobre las diez y media de la noche. Los sirvientes se habían ido ya a sus habitaciones y yo me encontraba en este saloncito absorta en un libro. Poco después de las once, como acostumbro a hacer todas las noches, di una vuelta para comprobar que todo estaba en orden. Fui a la cocina, a la despensa, a la sal de armas, a la de billar, al salón y, por último, al comedor. El frío viento se colaba a través de las pesadas cortinas de la ventana que da al jardín, así que pensé que alguien olvidó cerrarla y me acerqué para hacerlo, cuando vi la cara de un hombre ya entrado en años, de aspecto fuerte, y dos jóvenes tras él. Retrocedí, pero el hombre me golpeó salvajemente con el puño encima del ojo. Debí permanecer varios minutos inconsciente porque al volver a mí descubrí que habían utilizado la cuerda de la campanilla para atarme con ella a un sillón y estaba amordazada con un pañuelo. En aquel instante entró mi infortunado marido. Debía sospechar que algo ocurría puesto que llevaba un garrote en la mano. Pero apenas tuvo tiempo de reaccionar. El hombre viejo le propinó un fortísimo golpe en la cabeza con el atizador de la chimenea. Cayó sin emitir ni un gemido y ya no volvió a moverse. Yo me desmayé de nuevo. Cuando recuperé la conciencia comprobé que seguían allí, bebiendo una botella de vino que había en el comedor y la plata había desaparecido. Luego se marcharon por la misma ventana, cerrándola. Hasta un cuarto de hora después no pude quitarme la mordaza. Entonces empecé a gritar y acudió Theresa, que llamó a la policía.
- Gracias, lady Brackenstall, no la molestaré más. Pero me gustaría conocer la opinión de su doncella - dijo Holmes.
- Anoche estaba sentada junto a la ventana de mi habitación - dijo la doncella- cuando, a la luz de la luna, vi a tres hombres a lo lejos, junto a la caseta del portero. Pero no le di importancia. No oí gritar a la señora hasta una hora después. Corrí hasta aquí y la encontré atada al sillón, y a él tendido en el suelo. ¡Había salpicaduras de sangre por toda la habitación, incluso en su vestido! ¡Aquello era suficiente para enloquecer a cualquiera pero a miss Mary Fraser, de Adelaida, nunca le ha faltado el valor, y lady Brackenstall, de Abbeyt Grange, no ha cambiado de modo de ser! Creo que ya le han interrogado demasiado, señores, ahora la acompañaré a su cuarto para que descanse.
Nosotros nos dirigimos al comedor, una habitación muy amplia.
La ventana en cuestión estaba situada en el extremo más alejado. A su derecha se abrían otras tres ventanas, más pequeñas, y a la izquierda, una espaciosa chimenea. Caído junto a un sillón se encontraba el cordón, de color rojo, con el que habían atado a lady Brackenstall. En el suelo, yacía el cadáver de sir Eustace.
Estaba tumbado de espaldas. Por encima de la cabeza sujetaba un garrote con las dos manos. El atizador con el que le habían pegado estaba a su lado.
- Ese hombre, Randall, debe ser muy fuerte - comentó Holmes.
- Sí - respondió Hopkins. Nos llegaron rumores de que tras su anterior golpe la banda se había ido a América, pero ahora es evidente que continúa aquí.
Pero, ¿qué busca usted, Holmes?
Este se había arrodillado y miraba con gran atención los nudos del cordón con que habían atado a lady Brackenstall. Luego observó cuidadosamente el punto en que había sido cortado.
- Al arrancarlo, la campanilla debía sonar con fuerza en la cocina.
- Aun así, nadie la hubiera oído, ya que se encuentra en esta zona de la casa.
- ¿Pero sabía el ladrón que nadie la oiría?
- Exacto, Mr. Holmes. Sospecho que conocían muy bien la casa y sus costumbres.
- ¿Y qué se llevaron?
- Poca cosa... media docena de objetos de plata del aparador. Lady Brackenstall cree que ellos también estaban aturdidos por la muerte de sir Eustace y por es no robaron más.
- Podía ser. Pero ¿por qué se entretuvieron bebiendo vino?
- Seguramente para calmarse.
- Quizá. ¿Ha tocado alguien las tres copas?
- Nadie.
Las tres copas estaban juntas, pero sólo había posos de vino en una de ellas.
- Las copas me desconciertan. Lady Brackenstall afirma que les vio beber.
- Sí, eso dice.
- ¿Y no le choca a usted nada de las copas? Bueno, bueno, déjelo. En fin, Hopkins, le dejamos. No creo poderle ser de utilidad, ya que parece tener todo muy claro. Cuando tenga a Randall avíseme. Vamos, Watson.
Cuando quedamos solos, pude constatar que Holmes
miércoles, 21 de marzo de 2012
La diadema de berilos
Nuestro visitante llegó muy de mañana. Tardó un rato en calmarse hasta que por fin pudo explicarnos el motivo de su visita.
- ¡Es terrible! - exclamó -. No sólo afecta a mi reputación, sino a todo el país.
- Por favor, serénese y dígame quién es usted y qué desea.
- Soy Alexander Holder, de la firma bancaria Holder & Stevenson.
Su nombre nos resultó familiar. En efecto, se trataba ni más ni menos que del socio más antiguo del segundo banco más importante de la city. Como es lógico, sabrán que el éxito de un negocio bancario depende tanto de saber invertir adecuadamente como de aumentar la lista de nuestros clientes. Una de las formas de invertir dinero más eficaz es la de hacer préstamos cuando la garantía no ofrece dudas. Durante los últimos cinco años hemos hecho muchas operaciones de esta clase. Ayer estaba en mi despacho cuando uno de los empleados me trajo una tarjeta. Di un respingo al leer el nombre porque era nada menos que de...Bueno, quizá ni a usted mismo debo decirle el nombre, sólo que se trata de uno de los personajes más ilustres de Inglaterra. Le hice pasar de inmediato.
- "Señor Holder - dijo sin preámbulos -, me he enterado de que usted acostumbra a hacer préstamos. Me es imprescindible disponer en el acto de 50.000 libras."
- "¿Puedo preguntarle durante cuánto tiempo necesitará usted esa cantidad?!
- "El lunes próximo tengo que cobrar una elevada suma de dinero y ese mismo día le reembolsaré el préstamo".
- "Me sentiría muy feliz de poder entregársela ahora mismo, sin más trámites, pero la firma me exige una serie de garantías".
- "Si ese es el problema, no se preocupe - dijo sacando un estuche -. Habrá oído hablar de la diadema de berilos, una de las joyas públicas más preciosas del Imperio. Aquí la tiene. Confío en que usted sea discreto y se abstenga de hablar con nadie de este asunto y, sobre todo, que conserve la diadema con toda clase de precauciones. Si sufriera cualquier deterioro el escándalo sería tremendo. El lunes por la mañana vendré personalmente a buscarla".
Viendo que mi cliente estaba ansioso por marcharse, no dije nada más. Llamé a mi cajero y le pedí que le entregase el dinero solicitado, y guardé en mi caja fuerte el preciado tesoro, sintiendo cierta inquietud. Finalmente, decidí que lo mejor sería llevar y traer conmigo a diario la diadema, para así tenerla siempre al alcance de la mano. La servidumbre de la casa es de entera confianza. El lacayo y su ayudante duermen fuera y hay tres criadas que llevan casi toda la vida sirviéndome. Sólo la cuarta, Lucy Parr, lleva unos meses a mi servicio. Sus referencias eran excelentes. Se trata de una joven muy bella, con bastantes admiradores, que a veces rondan la casa. Ese es el único inconveniente que le hemos encontrado, por lo demás su conducta es intachable. Por otra parte, soy viudo y sólo tengo un hijo, Arturo. Como es natural, yo esperaba que me sucediera en los negocios, sin embargo no parece tener talento para ello. Es díscolo, muy alborotador y, para serle franco, no me atrevo a confiarle el manejo de sumas importantes de dinero. El caso es que... se ha vuelto muy aficionado al juego y muchas veces me he visto obligado a saldar sus deudas. Ha intentado cortar con esto, pero la peligrosa influencia de su amigo sir George Burnwell lo ha impedido. No me gusta lo más mínimo ese hombre, y lo mismo opina Mary, mi sobrina, que vive en casa desde hace cinco años. Mi hijo está enamorado de ella, pero Mary se niega a casarse.
Bueno, prosigamos con esta dolorosa historia. Aquella noche estábamos los tres tomando café en la salita y les relaté lo ocurrido, aunque sin mencionar el nombre de mi cliente. Lucy, la doncella, nos había servido el café y ya se había ido cuando les hablé de la joya, pero no puedo asegurar que la puerta estuviera bien cerrada. Mary y Arturo querían ver la joya. Me preguntaron sónde la había guardado y yo les dije que en el cajón de la cómoda, bajo llave. Arturo comentó que la cómoda era muy fácil de abrir, pues él mismo lo había hecho cuando era pequeño con la llave del aparador del cuarto de baúles. Yo no le hice demasiado caso porque es bastante aficionado a fantasear. Aquella noche, antes de acostarnos, Arturo me pidió 200 libras. Era la tercera vez que lo hacía en ese mes.
- Si no me das el dinero me echarán del club.
Yo me seguí negando y él gritó:
- Muy bien, entonces lo tendré que conseguir por otros medios.
Antes de acostarme comprobé que la llave continuaba en el mismo lugar. Cerré el mueble y di una vuelta por la casa para asegurarme que todo estaba en orden. Lucy estaba junto a la ventana del vestíbulo.
- Tío, ¿le diste permiso a Lucy para salir esta noche?
- No, claro que no.
- Pues acabo de verla entrar por la puerta posterior.
- Mañana mismo hablaré con ella, Mary.
- ¿Has comprobado que todo está bien cerrado?
- Sí, todo están en orden.
- Pues entonces, hasta mañana.
Le di un beso y poco después ya estaba dormido en mi habitación. Sin embargo, a eso de las dos de la madrugada me despertó un ruido. Oí pasos en la habitación contigua y abrí lentamente la puerta del gabinete.
- ¡Miserable! ¿Cómo te atreves a tocar la diadema, Arturo?
Al escuchar mi voz se puso pálido y soltó la joya. La cogí de inmediato, comprobando, horrorizado que faltaba uno de los ángulos de oro y los tres berilos que llevaba engarzados.
- ¡Canalla, la has estropeado!
- ¿Dónde están las piedras que faltan?
- Yo no he arrancado ninguna piedra.
- Además de ladrón, ¡mentiroso! ¡Devuélvemelas de inmediato!
- No aguanto más, mañana mismo me marcho de esta casa.
- Saldrás de aquí, pero en manos de la policía.
Para entonces, toda la casa se había puesto en pie, pues los gritos les habían despertado. La primera en entrar corriendo fue Mary, que con una sola mirada comprendió lo sucedido. Envié a una doncella en busca de la policía. Mientras esperábamos, supliqué a mi hijo que me devolviera las joyas, asegurándole que le perdonaría si me las entregaba.
- Guarda tu perdón para quien te lo pida.
No había nada que hacer, y cuando vino el inspector no tuve más remedio que pedirle que le detuviera.
Holmes permaneció unos minutos callado, con el ceño fruncido.
- ¿Recibe muchas visitas?
- No, no soy muy aficionado a las acciones sociales. Arturo, sí. Mi sobrina tampoco suele salir.
- Eso es muy raro en una joven.
Fairbank era una casa cuadrada, grande, un poco alejada de la carretera. Dos caminos conducían desde las dos puertas del jardín hasta la mansión. Había un pequeño bosquecillo a la derecha, del que salía un diminuto sendero que daba a la puerta de la cocina. A mano izquierda, otro camino daba directamente a la calle y conducía a las cuadras. Holmes se separó de nosotros y comenzó a recorrer el jardín palmo a palmo. Holder y yo entramos en la casa. Estábamos en la sala, sentados, cuando entró una esbelta joven, muy alta y de hermosos ojos negros. Estaba terriblemente pálida y con los ojos hinchados, posiblemente de llorar. Se dirigió hacia su tío y le pasó una mano por la cabeza, en un gesto de simpatía.
- Tío, creo que Arturo es inocente. No tengo pruebas, pero lo intuyo. ¡Es espantoso pensar que está en la cárcel!
- Mary, el cariño que sientes por Arturo te ciega. Este señor - dijo señalándome y otro que está fuera han venido para esclarecer los hechos.
- Yo también creo que su primo es inocente - dijo Holmes entrando por la puerta -. Usted debe ser Mary Holder, ¿le importaría que le hiciera algunas preguntas?
- Desde luego que no.
- ¿Escuchó algún ruido la noche pasada?
- Ninguno, hasta que mi tío empezó a gritar.
- Fue usted quien cerró anoche las puertas y ventanas, según me dijo su tío. ¿Estaban todas bien cerradas por dentro?
- Así es.
- Al parecer, una de las doncellas salió anoche de la casa sin permiso.
- Sí, la misma muchacha que sirvió el café y que pudo oír lo que mi tío decía de la diadema.
- Comprendo. Quizá ella salió para contárselo a su novio y los dos planearon el robo. ¿La vio regresar?
- Si, cuando fui a comprobar si la puerta de la cocina estaba bien cerrada tropecé con ella, que entraba subrepticiamente. Fuera había un hombre.
- ¿Le conocía a usted?
- Claro que sí. Era el verdulero, al que compramos normalmente, Francis Prosper.
- ¿Tiene una pierna de palo?
- Vaya, es usted adivino, ¿cómo lo sabe?
- Ahora me gustaría subir al piso de arriba, pero antes quiero examinar las ventanas.
Holmes se detuvo ante la más grande, examinó con atención el antepecho y luego dijo que subiéramos.
El gabinete del banquero estaba amueblado con sencillez; Holmes observó la cómoda.
- ¿Qué llave utilizaron para abrirla?
- La del aparador del cuarto de los cajones viejos. Es es que está ahí, encima de la cómoda.
- La cerradura es silenciosa. Echemos ahora un vistazo a la diadema.
- Veamos cuán resistente es esta joya.
Entonces, ante nuestro espanto, Holmes intentó arrancar el otro ángulo con toda su fuerza, pero sin resultado alguno.
- ¡Imposible! Harían falta herramientas muy especiales para lograrlo y el ruido producido sería enorme. ¿Quiere hacerme creer que esto ocurrió a escasos metros de su cama y usted ni se enteró? El banquero le miraba perplejo.
- Veamos, ¿qué zapatos llevaba su hijo anoche?
- Iba descalzo, en camisa de dormir.
- Gracias, señor Holder. Ahora proseguiré con mis investigaciones fuera.
Regresó al cabo de una hora, con los zapatos llenos de nieve.
- Ya he visto todo lo que tenía que ver. Ahora regresaré a mi casa.
- ¿Pero dónde están las joyas?
- No lo puedo decir todavía.
- ¿Y qué piensa de mi hijo?
- No he cambiado de opinión respecto a él.
- Le ruego que me explique lo que sabe.
- Venga a visitarme mañana por la mañana, entre las nueve y las diez. Doy por supuesto que tengo carta blanca para actuar con tal de que le devuelva las piedras preciosas.
- ¡Daría mi fortuna por recuperarlas!
- Bien, entonces me voy, aunque es posible que vuelva al anochecer.
Regresamos a casa sin que Holmes se dignase contarme qué había descubierto. Subió a su habitación y a los pocos minutos regresó vestido como un auténtico pordiosero y, sin más, se marchó. Estaba tomando el té cuando regresó. Parecía muy contento y traía una bota de goma en la mano. Se sirvió una taza, soltó la bota y dijo que volvía a marcharse al West End, pero antes tenía que vestirse normalmente. Yo no sé qué hora era cuando regresó. A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, estaba esperándome. A los pocos minutos sonó la campanilla y el banquero entró dando muestras de un enorme cansancio.
- ¡Es terrible! - dijo -. Parece que no hay una desgracia sin dos. Mi sobrina Mary me ha abandonado.
- ¿Qué le ha abandonado?
- Sí, esta mañana apareció intacta su cama y en el vestíbulo apareció una carta para mí. Anoche yo le había dicho que quizá, si ella se hubiera casado con Arturo, nada de esto hubiera ocurrido. La misiva decía: "Queridísimo tío. Soy consciente de que si yo hubiera actuado de distinta forma esta desgracia no le habría ocurrido. Con este pensamiento no puedo ser ya feliz bajo este techo. No te preocupes por mi porvenir, pues está asegurado. Y no me busques, porque con ello me perjudicarías. Te quiero, Mary"
- Creo, señor Holder, que es lo mejor que podía hacer.
- ¿Qué quiere decir? ¿Dónde están las piedras preciosas?
- Tendrá que pagar 3.000 libras esterlinas por ellas. Y algo de recompensa. Si tiene su talonario, extienda un cheque por 4.000 libras.
El banquero extendió el cheque con cara de asombro. Holmes fue a su escritorio, sacó de un cajón una pequeña pieza triangular de oro con tres piedras engarzadas y la dejó sobre la mesa.
Nuestro cliente la cogió, dando un grito de alegría, y exclamó:
- ¡Estoy salvado!
- Tiene usted todavía otro pequeña deuda - dijo Holmes.
- ¿Una deuda? Diga la cantidad y firmaré - dijo cogiendo el talonario.
- No es conmigo, es con su hijo. Es un noble muchacho y en este asunto se ha conducido de tal modo, que yo, si fuera su padre, estaría orgulloso de él.
- ¿Entonces no fue Arturo quien las robó?
- Ya le dije ayer que no.
- Pues démonos prisa en cominicárselo.
- Ya está al corriente de todo.
- Por amor de Dios, desvéleme de una vez el misterio.
- Si así lo desea... Debe saber en primer lugar que sir George Burnwell y su sobrina se entendían y han huido juntos.
- ¡Mary! ¡Eso es imposible!
- Me temo que no. Ese hombre es un verdadero canalla, sin corazón ni conciencia. Su sobrina cayó en sus redes.
- ¡No puedo creerlo!
- Le voy a contar entonces lo que ocurrió en su casa hace dos noches. Cuando su sobrina creyó que usted se había acostado, se deslizó a la planta baja y habló con su enamorado por la ventana que da al sendero de los establos. Le contó lo de la diadema y él la convenció para que la robara. No me cabe duda de que su sobrina le quería a usted, pero el amor de ese canalla le cegó. Al oír que usted bajaba por la escalera, cerró corriendo la ventana. Como excusa, le contó lo de la doncella y su novio, el de la pierna de palo, lo que por otra parte era completamente cierto. Su hijo Arturo se había acostado ya, pero unos pasos delante de su habitación le despertaron a medianoche. Se quedó sorprendido al ver que se trataba de Mary y que entraba en su gabinete. A los pocos minutos la vio salir de nuevo, con la diadema en la mano. La siguió, procurando no hacer ruido; así descubrió cómo ella le entregaba la joya a alguien a través de la ventana y volvía de nuevo a su cuarto apresuradamente. Entonces, tal como estaba, con los pies descalzos, Arturo saltó al jardín y corrió hacia la silueta que se alejaba. Sir George Burnwell intentó huir, pero su hijo le alcanzó. Agarró la diadema por un lado, pero el otro tiraba del otro extremo. Arturo le hizo a Sir George un corte por encima del ojo. De pronto sonó un chasquido, su hijo vio que le había arrebatado la joya y corrió con ella hacia la casa. Sólo cuando estuvo en su gabinete se dio cuenta de que estaba rota. En ese momento fue cuando entró usted.
- ¡Oh, Dios mío! ¡Qué ciego y estúpido he sido!
- Cuando llegué a su casa - prosiguió Holmes - examiné el jardín, como recordará. Había huellas grandes de botas y otras de pies descalzos. Por lo que usted me había contado, deduje en seguida que las descalzas correspondían a su hijo. Seguí las señales y así descubrí que habían mantenido un forcejeo. Seguí el camino de las huellas de las botas y otras gotas de sangre me mostraron que ese era el individuo herido. Las huellas terminaban junto a la carretera, puesto que la nieve había sido limpiada allí. Tenía ya una idea bastante clara de lo que había ocurrido, pero todavía no estaba seguro de quién era el ladrón. Sabía que no era su hijo, ni tampoco usted. La única explicación era que se tratara de Mary, de quien su hijo estaba enamorado y dispuesto a protegerla a toda costa. Luego recordé a sir George Burnwell y la mala opinión que usted tenía de él. Me presenté en su casa vestido de vagabundo, me las ingenié para hablar con su ayudante de cámara, y supe por éste que su señor había sufrido un corte en la cara la noche anterior. Por último, a cambio de seis chelines, conseguí que me diera las botas de sir George, que éste acababa de desechar. Luego regresé a su casa y comparé las huellas. Las botas encajaban a la perfección. No lo dudé más y fui a visitar a ese canalla. No voy a entrar en detalles, basta con decirle que se avino a contarme todo lo sucedido cuando a su amenazadora porra respondí con mi revólver. Para evitarle a usted un escándalo, le dije que estaba dispuesto a darle 3.000 libras por las piedras. Conseguí que me diera la dirección del perista que se las compró, prometiéndole que no presentaríamos denuncia. Salí de allí y, después de mucha insistencia, conseguía las tres piedras a mil libras cada una.
- Caballero, no encuentro palabras suficientes para darle las gracias por lo que ha hecho usted, pero intentaré recompensarle adecuadamente. Ahora tiene que perdonarme. Debo irme de inmediato para suplicarle a mi querido hijo que me perdone.
- Yo también creo que su primo es inocente - dijo Holmes entrando por la puerta -. Usted debe ser Mary Holder, ¿le importaría que le hiciera algunas preguntas?
- Desde luego que no.
- ¿Escuchó algún ruido la noche pasada?
- Ninguno, hasta que mi tío empezó a gritar.
- Fue usted quien cerró anoche las puertas y ventanas, según me dijo su tío. ¿Estaban todas bien cerradas por dentro?
- Así es.
- Al parecer, una de las doncellas salió anoche de la casa sin permiso.
- Sí, la misma muchacha que sirvió el café y que pudo oír lo que mi tío decía de la diadema.
- Comprendo. Quizá ella salió para contárselo a su novio y los dos planearon el robo. ¿La vio regresar?
- Si, cuando fui a comprobar si la puerta de la cocina estaba bien cerrada tropecé con ella, que entraba subrepticiamente. Fuera había un hombre.
- ¿Le conocía a usted?
- Claro que sí. Era el verdulero, al que compramos normalmente, Francis Prosper.
- ¿Tiene una pierna de palo?
- Vaya, es usted adivino, ¿cómo lo sabe?
- Ahora me gustaría subir al piso de arriba, pero antes quiero examinar las ventanas.
Holmes se detuvo ante la más grande, examinó con atención el antepecho y luego dijo que subiéramos.
El gabinete del banquero estaba amueblado con sencillez; Holmes observó la cómoda.
- ¿Qué llave utilizaron para abrirla?
- La del aparador del cuarto de los cajones viejos. Es es que está ahí, encima de la cómoda.
- La cerradura es silenciosa. Echemos ahora un vistazo a la diadema.
- Veamos cuán resistente es esta joya.
Entonces, ante nuestro espanto, Holmes intentó arrancar el otro ángulo con toda su fuerza, pero sin resultado alguno.
- ¡Imposible! Harían falta herramientas muy especiales para lograrlo y el ruido producido sería enorme. ¿Quiere hacerme creer que esto ocurrió a escasos metros de su cama y usted ni se enteró? El banquero le miraba perplejo.
- Veamos, ¿qué zapatos llevaba su hijo anoche?
- Iba descalzo, en camisa de dormir.
- Gracias, señor Holder. Ahora proseguiré con mis investigaciones fuera.
Regresó al cabo de una hora, con los zapatos llenos de nieve.
- Ya he visto todo lo que tenía que ver. Ahora regresaré a mi casa.
- ¿Pero dónde están las joyas?
- No lo puedo decir todavía.
- ¿Y qué piensa de mi hijo?
- No he cambiado de opinión respecto a él.
- Le ruego que me explique lo que sabe.
- Venga a visitarme mañana por la mañana, entre las nueve y las diez. Doy por supuesto que tengo carta blanca para actuar con tal de que le devuelva las piedras preciosas.
- ¡Daría mi fortuna por recuperarlas!
- Bien, entonces me voy, aunque es posible que vuelva al anochecer.
Regresamos a casa sin que Holmes se dignase contarme qué había descubierto. Subió a su habitación y a los pocos minutos regresó vestido como un auténtico pordiosero y, sin más, se marchó. Estaba tomando el té cuando regresó. Parecía muy contento y traía una bota de goma en la mano. Se sirvió una taza, soltó la bota y dijo que volvía a marcharse al West End, pero antes tenía que vestirse normalmente. Yo no sé qué hora era cuando regresó. A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, estaba esperándome. A los pocos minutos sonó la campanilla y el banquero entró dando muestras de un enorme cansancio.
- ¡Es terrible! - dijo -. Parece que no hay una desgracia sin dos. Mi sobrina Mary me ha abandonado.
- ¿Qué le ha abandonado?
- Sí, esta mañana apareció intacta su cama y en el vestíbulo apareció una carta para mí. Anoche yo le había dicho que quizá, si ella se hubiera casado con Arturo, nada de esto hubiera ocurrido. La misiva decía: "Queridísimo tío. Soy consciente de que si yo hubiera actuado de distinta forma esta desgracia no le habría ocurrido. Con este pensamiento no puedo ser ya feliz bajo este techo. No te preocupes por mi porvenir, pues está asegurado. Y no me busques, porque con ello me perjudicarías. Te quiero, Mary"
- Creo, señor Holder, que es lo mejor que podía hacer.
- ¿Qué quiere decir? ¿Dónde están las piedras preciosas?
- Tendrá que pagar 3.000 libras esterlinas por ellas. Y algo de recompensa. Si tiene su talonario, extienda un cheque por 4.000 libras.
El banquero extendió el cheque con cara de asombro. Holmes fue a su escritorio, sacó de un cajón una pequeña pieza triangular de oro con tres piedras engarzadas y la dejó sobre la mesa.
Nuestro cliente la cogió, dando un grito de alegría, y exclamó:
- ¡Estoy salvado!
- Tiene usted todavía otro pequeña deuda - dijo Holmes.
- ¿Una deuda? Diga la cantidad y firmaré - dijo cogiendo el talonario.
- No es conmigo, es con su hijo. Es un noble muchacho y en este asunto se ha conducido de tal modo, que yo, si fuera su padre, estaría orgulloso de él.
- ¿Entonces no fue Arturo quien las robó?
- Ya le dije ayer que no.
- Pues démonos prisa en cominicárselo.
- Ya está al corriente de todo.
- Por amor de Dios, desvéleme de una vez el misterio.
- Si así lo desea... Debe saber en primer lugar que sir George Burnwell y su sobrina se entendían y han huido juntos.
- ¡Mary! ¡Eso es imposible!
- Me temo que no. Ese hombre es un verdadero canalla, sin corazón ni conciencia. Su sobrina cayó en sus redes.
- ¡No puedo creerlo!
- Le voy a contar entonces lo que ocurrió en su casa hace dos noches. Cuando su sobrina creyó que usted se había acostado, se deslizó a la planta baja y habló con su enamorado por la ventana que da al sendero de los establos. Le contó lo de la diadema y él la convenció para que la robara. No me cabe duda de que su sobrina le quería a usted, pero el amor de ese canalla le cegó. Al oír que usted bajaba por la escalera, cerró corriendo la ventana. Como excusa, le contó lo de la doncella y su novio, el de la pierna de palo, lo que por otra parte era completamente cierto. Su hijo Arturo se había acostado ya, pero unos pasos delante de su habitación le despertaron a medianoche. Se quedó sorprendido al ver que se trataba de Mary y que entraba en su gabinete. A los pocos minutos la vio salir de nuevo, con la diadema en la mano. La siguió, procurando no hacer ruido; así descubrió cómo ella le entregaba la joya a alguien a través de la ventana y volvía de nuevo a su cuarto apresuradamente. Entonces, tal como estaba, con los pies descalzos, Arturo saltó al jardín y corrió hacia la silueta que se alejaba. Sir George Burnwell intentó huir, pero su hijo le alcanzó. Agarró la diadema por un lado, pero el otro tiraba del otro extremo. Arturo le hizo a Sir George un corte por encima del ojo. De pronto sonó un chasquido, su hijo vio que le había arrebatado la joya y corrió con ella hacia la casa. Sólo cuando estuvo en su gabinete se dio cuenta de que estaba rota. En ese momento fue cuando entró usted.
- ¡Oh, Dios mío! ¡Qué ciego y estúpido he sido!
- Cuando llegué a su casa - prosiguió Holmes - examiné el jardín, como recordará. Había huellas grandes de botas y otras de pies descalzos. Por lo que usted me había contado, deduje en seguida que las descalzas correspondían a su hijo. Seguí las señales y así descubrí que habían mantenido un forcejeo. Seguí el camino de las huellas de las botas y otras gotas de sangre me mostraron que ese era el individuo herido. Las huellas terminaban junto a la carretera, puesto que la nieve había sido limpiada allí. Tenía ya una idea bastante clara de lo que había ocurrido, pero todavía no estaba seguro de quién era el ladrón. Sabía que no era su hijo, ni tampoco usted. La única explicación era que se tratara de Mary, de quien su hijo estaba enamorado y dispuesto a protegerla a toda costa. Luego recordé a sir George Burnwell y la mala opinión que usted tenía de él. Me presenté en su casa vestido de vagabundo, me las ingenié para hablar con su ayudante de cámara, y supe por éste que su señor había sufrido un corte en la cara la noche anterior. Por último, a cambio de seis chelines, conseguí que me diera las botas de sir George, que éste acababa de desechar. Luego regresé a su casa y comparé las huellas. Las botas encajaban a la perfección. No lo dudé más y fui a visitar a ese canalla. No voy a entrar en detalles, basta con decirle que se avino a contarme todo lo sucedido cuando a su amenazadora porra respondí con mi revólver. Para evitarle a usted un escándalo, le dije que estaba dispuesto a darle 3.000 libras por las piedras. Conseguí que me diera la dirección del perista que se las compró, prometiéndole que no presentaríamos denuncia. Salí de allí y, después de mucha insistencia, conseguía las tres piedras a mil libras cada una.
- Caballero, no encuentro palabras suficientes para darle las gracias por lo que ha hecho usted, pero intentaré recompensarle adecuadamente. Ahora tiene que perdonarme. Debo irme de inmediato para suplicarle a mi querido hijo que me perdone.
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