miércoles, 21 de marzo de 2012

La diadema de berilos

Nuestro visitante llegó muy de mañana. Tardó un rato en calmarse hasta que por fin pudo explicarnos el motivo de su visita.
- ¡Es terrible! - exclamó -. No sólo afecta a mi reputación, sino a todo el país.
- Por favor, serénese y dígame quién es usted y qué desea.
- Soy Alexander Holder, de la firma bancaria Holder & Stevenson.
Su nombre nos resultó familiar. En efecto, se trataba ni más ni menos que del socio más antiguo del segundo banco más importante de la city. Como es lógico, sabrán que el éxito de un negocio bancario depende tanto de saber invertir adecuadamente como de aumentar la lista de nuestros clientes. Una de las formas de invertir dinero más eficaz es la de hacer préstamos cuando la garantía no ofrece dudas. Durante los últimos cinco años hemos hecho muchas operaciones de esta clase. Ayer estaba en mi despacho cuando uno de los empleados me trajo una tarjeta. Di un respingo al leer el nombre porque era nada menos que de...Bueno, quizá ni a usted mismo debo decirle el nombre, sólo que se trata de uno de los personajes más ilustres de Inglaterra. Le hice pasar de inmediato. 
- "Señor Holder - dijo sin preámbulos -, me he enterado de que usted acostumbra a hacer préstamos. Me es imprescindible disponer en el acto de 50.000 libras."
- "¿Puedo preguntarle durante cuánto tiempo necesitará usted esa cantidad?!
- "El lunes próximo tengo que cobrar una elevada suma de dinero y ese mismo día le reembolsaré el préstamo".
- "Me sentiría muy feliz de poder entregársela ahora mismo, sin más trámites, pero la firma me exige una serie de garantías".
- "Si ese es el problema, no se preocupe - dijo sacando un estuche -. Habrá oído hablar de la diadema de berilos, una de las joyas públicas más preciosas del Imperio. Aquí la tiene. Confío en que usted sea discreto y se abstenga de hablar con nadie de este asunto y, sobre todo, que conserve la diadema con toda clase de precauciones. Si sufriera cualquier deterioro el escándalo sería tremendo. El lunes por la mañana vendré personalmente a buscarla".
Viendo que mi cliente estaba ansioso por marcharse, no dije nada más. Llamé a mi cajero y le pedí que le entregase el dinero solicitado, y guardé en mi caja fuerte el preciado tesoro, sintiendo cierta inquietud. Finalmente, decidí que lo mejor sería llevar y traer conmigo a diario la diadema, para así tenerla siempre al alcance de la mano. La servidumbre de la casa es de entera confianza. El lacayo y su ayudante duermen fuera y hay tres criadas que llevan casi toda la vida sirviéndome. Sólo la cuarta, Lucy Parr, lleva unos meses a mi servicio. Sus referencias eran excelentes. Se trata de una joven muy bella, con bastantes admiradores, que a veces rondan la casa. Ese es el único inconveniente que le hemos encontrado, por lo demás su conducta es intachable. Por otra parte, soy viudo y sólo tengo un hijo, Arturo. Como es natural, yo esperaba que me sucediera en los negocios, sin embargo no parece tener talento para ello. Es díscolo, muy alborotador y, para serle franco, no me atrevo a confiarle el manejo de sumas importantes de dinero. El caso es que... se ha vuelto muy aficionado al juego y muchas veces me he visto obligado a saldar sus deudas. Ha intentado cortar con esto, pero la peligrosa influencia de su amigo sir George Burnwell lo ha impedido. No me gusta lo más mínimo ese hombre, y lo mismo opina Mary, mi sobrina, que vive en casa desde hace cinco años. Mi hijo está enamorado de ella, pero Mary se niega a casarse.
Bueno, prosigamos con esta dolorosa historia. Aquella noche estábamos los tres tomando café en la salita y les relaté lo ocurrido, aunque sin mencionar el nombre de mi cliente. Lucy, la doncella, nos había servido el café y ya se había ido cuando les hablé de la joya, pero no puedo asegurar que la puerta estuviera bien cerrada. Mary y Arturo querían ver la joya. Me preguntaron sónde la había guardado y yo les dije que en el cajón de la cómoda, bajo llave. Arturo comentó que la cómoda era muy fácil de abrir, pues él mismo lo había hecho cuando era pequeño con la llave del aparador del cuarto de baúles. Yo no le hice demasiado caso porque es bastante aficionado a fantasear. Aquella noche, antes de acostarnos, Arturo me pidió 200 libras. Era la tercera vez que lo hacía en ese mes. 
- Si no me das el dinero me echarán del club.
Yo me seguí negando y él gritó:
- Muy bien, entonces lo tendré que conseguir por otros medios.
Antes de acostarme comprobé que la llave continuaba en el mismo lugar. Cerré el mueble y di una vuelta por la casa para asegurarme que todo estaba en orden. Lucy estaba junto a la ventana del vestíbulo.
- Tío, ¿le diste permiso a Lucy para salir esta noche?
- No, claro que no.
- Pues acabo de verla entrar por la puerta posterior.
- Mañana mismo hablaré con ella, Mary.
- ¿Has comprobado que todo está bien cerrado?
- Sí, todo están en orden.
- Pues entonces, hasta mañana.
Le di un beso y poco después ya estaba dormido en mi habitación. Sin embargo, a eso de las dos de la madrugada me despertó un ruido. Oí pasos en la habitación contigua y abrí lentamente la puerta del gabinete.
- ¡Miserable! ¿Cómo te atreves a tocar la diadema, Arturo?
Al escuchar mi voz se puso pálido y soltó la joya. La cogí de inmediato, comprobando, horrorizado que faltaba uno de los ángulos de oro y los tres berilos que llevaba engarzados.
- ¡Canalla, la has estropeado!
- ¿Dónde están las piedras que faltan?
- Yo no he arrancado ninguna piedra.
- Además de ladrón, ¡mentiroso! ¡Devuélvemelas de inmediato!
- No aguanto más, mañana mismo me marcho de esta casa.
- Saldrás de aquí, pero en manos de la policía.
Para entonces, toda la casa se había puesto en pie, pues los gritos les habían despertado. La primera en entrar corriendo fue Mary, que con una sola mirada comprendió lo sucedido. Envié a una doncella en busca de la policía. Mientras esperábamos, supliqué a mi hijo que me devolviera las joyas, asegurándole que le perdonaría si me las entregaba.
- Guarda tu perdón para quien te lo pida.
No había nada que hacer, y cuando vino el inspector no tuve más remedio que pedirle que le detuviera.
Holmes permaneció unos minutos callado, con el ceño fruncido.
- ¿Recibe muchas visitas?
- No, no soy muy aficionado a las acciones sociales. Arturo, sí. Mi sobrina tampoco suele salir.
- Eso es muy raro en una joven.
Fairbank era una casa cuadrada, grande, un poco alejada de la carretera. Dos caminos conducían desde las dos puertas del jardín hasta la mansión. Había un pequeño bosquecillo a la derecha, del que salía un diminuto sendero que daba a la puerta de la cocina. A mano izquierda, otro camino daba directamente a la calle y conducía a las cuadras. Holmes se separó de nosotros y comenzó a recorrer el jardín palmo a palmo. Holder y yo entramos en la casa. Estábamos en la sala, sentados, cuando entró una esbelta joven, muy alta y de hermosos ojos negros. Estaba terriblemente pálida y con los ojos hinchados, posiblemente de llorar. Se dirigió hacia su tío y le pasó una mano por la cabeza, en un gesto de simpatía.
- Tío, creo que Arturo es inocente. No tengo pruebas, pero lo intuyo. ¡Es espantoso pensar que está en la cárcel!
- Mary, el cariño que sientes por Arturo te ciega. Este señor - dijo señalándome  y otro que está fuera han venido para esclarecer los hechos.
- Yo también creo que su primo es inocente - dijo Holmes entrando por la puerta -. Usted debe ser Mary Holder, ¿le importaría que le hiciera algunas preguntas?
- Desde luego que no.
- ¿Escuchó algún ruido la noche pasada?
- Ninguno, hasta que mi tío empezó a gritar.
- Fue usted quien cerró anoche las puertas y ventanas, según me dijo su tío. ¿Estaban todas bien cerradas por dentro?
- Así es.
- Al parecer, una de las doncellas salió anoche de la casa sin permiso.
- Sí, la misma muchacha que sirvió el café y que pudo oír lo que mi tío decía de la diadema.
- Comprendo. Quizá ella salió para contárselo a su novio y los dos planearon el robo. ¿La vio regresar?
- Si, cuando fui a comprobar si la puerta de la cocina estaba bien cerrada tropecé con ella, que entraba subrepticiamente. Fuera había un hombre.
- ¿Le conocía a usted?
- Claro que sí. Era el verdulero, al que compramos normalmente, Francis Prosper.
- ¿Tiene una pierna de palo?
- Vaya, es usted adivino, ¿cómo lo sabe?
- Ahora me gustaría subir al piso de arriba, pero antes quiero examinar las ventanas.
Holmes se detuvo ante la más grande, examinó con atención el antepecho y luego dijo que subiéramos.
El gabinete del banquero estaba amueblado con sencillez; Holmes observó la cómoda.
- ¿Qué llave utilizaron para abrirla?
- La del aparador del cuarto de los cajones viejos. Es es que está ahí, encima de la cómoda.
- La cerradura es silenciosa. Echemos ahora un vistazo a la diadema.
- Veamos cuán resistente es esta joya.
Entonces, ante nuestro espanto, Holmes intentó arrancar el otro ángulo con toda su fuerza, pero sin resultado alguno.
- ¡Imposible! Harían falta herramientas muy especiales para lograrlo y el ruido producido sería enorme. ¿Quiere hacerme creer que esto ocurrió a escasos metros de su cama y usted ni se enteró? El banquero le miraba perplejo.
- Veamos, ¿qué zapatos llevaba su hijo anoche?
- Iba descalzo, en camisa de dormir.
- Gracias, señor Holder. Ahora proseguiré con mis investigaciones fuera.
Regresó al cabo de una hora, con los zapatos llenos de nieve.
- Ya he visto todo lo que tenía que ver. Ahora regresaré a mi casa.
- ¿Pero dónde están las joyas?
- No lo puedo decir todavía.
- ¿Y qué piensa de mi hijo?
- No he cambiado de opinión respecto a él.
- Le ruego que me explique lo que sabe.
- Venga a visitarme mañana por la mañana, entre las nueve y las diez. Doy por supuesto que tengo carta blanca para actuar con tal de que le devuelva las piedras preciosas.
- ¡Daría mi fortuna por recuperarlas!
- Bien, entonces me voy, aunque es posible que vuelva al anochecer.
Regresamos a casa sin que Holmes se dignase contarme qué había descubierto. Subió a su habitación y a los pocos minutos regresó vestido como un auténtico pordiosero y, sin más, se marchó. Estaba tomando el té cuando regresó. Parecía muy contento y traía una bota de goma en la mano. Se sirvió una taza, soltó la bota y dijo que volvía a marcharse al West End, pero antes tenía que vestirse normalmente. Yo no sé qué hora era cuando regresó. A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, estaba esperándome. A los pocos minutos sonó la campanilla y el banquero entró dando muestras de un enorme cansancio.
- ¡Es terrible! - dijo -. Parece que no hay una desgracia sin dos. Mi sobrina Mary me ha abandonado.
- ¿Qué le ha abandonado?
- Sí, esta mañana apareció intacta su cama y en el vestíbulo apareció una carta para mí. Anoche yo le había dicho que quizá, si ella se hubiera casado con Arturo, nada de esto hubiera ocurrido. La misiva decía: "Queridísimo tío. Soy consciente de que si yo hubiera actuado de distinta forma esta desgracia no le habría ocurrido. Con este pensamiento no puedo ser ya feliz bajo este techo. No te preocupes por mi porvenir, pues está asegurado. Y no me busques, porque con ello me perjudicarías. Te quiero, Mary"
- Creo, señor Holder, que es lo mejor que podía hacer.
- ¿Qué quiere decir? ¿Dónde están las piedras preciosas?
- Tendrá que pagar 3.000 libras esterlinas por ellas. Y algo de recompensa. Si tiene su talonario, extienda un cheque por 4.000 libras.
El banquero extendió el cheque con cara de asombro. Holmes fue a su escritorio, sacó de un cajón una pequeña pieza triangular de oro con tres piedras engarzadas y la dejó sobre la mesa.
Nuestro cliente la cogió, dando un grito de alegría, y exclamó:
- ¡Estoy salvado!
- Tiene usted todavía otro pequeña deuda - dijo Holmes.
- ¿Una deuda? Diga la cantidad y firmaré - dijo cogiendo el talonario.
- No es conmigo, es con su hijo. Es un noble muchacho y en este asunto se ha conducido de tal modo, que yo, si fuera su padre, estaría orgulloso de él.
- ¿Entonces no fue Arturo quien las robó?
- Ya le dije ayer que no.
- Pues démonos prisa en cominicárselo.
- Ya está al corriente de todo.
- Por amor de Dios, desvéleme de una vez el misterio.
- Si así lo desea... Debe saber en primer lugar que sir George Burnwell y su sobrina se entendían y han huido juntos.
- ¡Mary! ¡Eso es imposible!
- Me temo que no. Ese hombre es un verdadero canalla, sin corazón ni conciencia. Su sobrina cayó en sus redes.
- ¡No puedo creerlo!
- Le voy a contar entonces lo que ocurrió en su casa hace dos noches. Cuando su sobrina creyó que usted se había acostado, se deslizó a la planta baja y habló con su enamorado por la ventana que da al sendero de los establos. Le contó lo de la diadema y él la convenció para que la robara. No me cabe duda de que su sobrina le quería a usted, pero el amor de ese canalla le cegó. Al oír que usted bajaba por la escalera, cerró corriendo la ventana. Como excusa, le contó lo de la doncella y su novio, el de la pierna de palo, lo que por otra parte era completamente cierto. Su hijo Arturo se había acostado ya, pero unos pasos delante de su habitación le despertaron a medianoche. Se quedó sorprendido al ver que se trataba de Mary y que entraba en su gabinete. A los pocos minutos la vio salir de nuevo, con la diadema en la mano. La siguió, procurando no hacer ruido; así descubrió cómo ella le entregaba la joya a alguien a través de la ventana y volvía de nuevo a su cuarto apresuradamente. Entonces, tal como estaba, con los pies descalzos, Arturo saltó al jardín y corrió hacia la silueta que se alejaba. Sir George Burnwell intentó huir, pero su hijo le alcanzó. Agarró la diadema por un lado, pero el otro tiraba del otro extremo. Arturo le hizo a Sir George un corte por encima del ojo. De pronto sonó un chasquido, su hijo vio que le había arrebatado la joya y corrió con ella hacia la casa. Sólo cuando estuvo en su gabinete se dio cuenta de que estaba rota. En ese momento fue cuando entró usted.
- ¡Oh, Dios mío! ¡Qué ciego y estúpido he sido!
- Cuando llegué a su casa - prosiguió Holmes - examiné el jardín, como recordará. Había huellas grandes de botas y otras de pies descalzos. Por lo que usted me había contado, deduje en seguida que las descalzas correspondían a su hijo. Seguí las señales y así descubrí que habían mantenido un forcejeo. Seguí el camino de las huellas de las botas y otras gotas de sangre me mostraron que ese era el individuo herido. Las huellas terminaban junto a la carretera, puesto que la nieve había sido limpiada allí. Tenía ya una idea bastante clara de lo que había ocurrido, pero todavía no estaba seguro de quién era el ladrón. Sabía que no era su hijo, ni tampoco usted. La única explicación era que se tratara de Mary, de quien su hijo estaba enamorado y dispuesto a protegerla a toda costa. Luego recordé a sir George Burnwell y la mala opinión que usted tenía de él. Me presenté en su casa vestido de vagabundo, me las ingenié para hablar con su ayudante de cámara, y supe por éste que su señor había sufrido un corte en la cara la noche anterior. Por último, a cambio de seis chelines, conseguí que me diera las botas de sir George, que éste acababa de desechar. Luego regresé a su casa y comparé las huellas. Las botas encajaban a la perfección. No lo dudé más y fui a visitar a ese canalla. No voy a entrar en detalles, basta con decirle que se avino a contarme todo lo sucedido cuando a su amenazadora porra respondí con mi revólver. Para evitarle a usted un escándalo, le dije que estaba dispuesto a darle 3.000 libras por las piedras. Conseguí que me diera la dirección del perista que se las compró, prometiéndole que no presentaríamos denuncia. Salí de  allí y, después de mucha insistencia, conseguía las tres piedras a mil libras cada una.
- Caballero, no encuentro palabras suficientes para darle las gracias por lo que ha hecho usted, pero intentaré recompensarle adecuadamente. Ahora tiene que perdonarme. Debo irme de inmediato para suplicarle a mi querido hijo que me perdone.

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