Desde el interior de mi casa, intuía la noche extendiéndose sobre la ciudad, inundada por la lluvia y las basuras. El carnaval se deshacía de su última máscara en un día gris y sólo a medias tranquilo. El teléfono no había dejado de sonar, pero no se trataba de nadie conocido, sino de alguien que marcaba equivocadamente mi número una y otra vez. En medio de mi soledad, descolgarlo era esperanzador, pero, al mismo tiempo, resultaba una labor demasiado dolorosa que realizaba como si fuera un contestador automático.
- No, no. Se ha equivocado. Sí, es el mismo teléfono de antes, sí... Deber ser un cruce de líneas... No, no se preocupe; no importa...
La misma conversación se había repetido cuatro veces a lo largo del día. La voz del desconocido empezaba a resultarme familiar, incluso era como un bálsamo para mí, que en aquellos momentos y sin poderlo evitar, soportaba a duras penas una agobiante melancolía y una angustiosa soledad.
El compact estaba sonando. La música de Bryan Ferry se deslizaba turbiamente por todos los rincones de la casa. Era el sonido ideal para mis deprimentes emociones. Hacía más de una hora que permanecía quieta con el cigarrillo apagado entre los dedos. No esperaba a nadie y no tenía intención de salir a la calle, donde sólo me abrazaría el viento helado. A veces, la debilidad me traicionaba y volvía a pensar en Alejandro y en el carnaval del año anterior, cuando nos conocimos. ¡Todo había cambiado tanto desde entonces! Durante casi un año, una pasión frenética y posesiva me apartó de mis amistades, de mi familia, de todo lo conocido. Sólo quería estar con él; siempre junto a él, solos los dos. Ahora que todo había concluido, sabía que mis amigos me veían como una lunática a la que de vez en cuando dan permiso para salir del hospital. El teléfono volvió a sonar; de nuevo me alejó por un instante de mis pensamientos.
- Lo siento, no sé qué puede pasar. Si quiere, deje el teléfono descolgado por si se trata de un cruce de líneas. Volveré a intentarlo - se disculpó educadamente aquella voz.
- No se preocupe, no estoy haciendo nada - dije, arrepintiéndome de inmediato, pues aquello parecía extender un puente más que telefónico entre nosotros.
¡Le estaba confesando mi soledad a un desconocido!
Pensé en dejar descolgado, pero no lo hice. (¿Por qué?, pienso ahora). En lugar de eso apagué las luces y el compact y di vueltas por la casa rumiando mi cruel sino que, seguramente, era el de tantas otras mujeres primero enamoradas y engañadas luego por Alejandro. En medio de la oscuridad y del silencio implacable me pregunté por qué tenía que culparme. Yo era celosa y posesiva, sí, lo admitía (al menos ante mí misma), pero no había hecho nada malo, excepto suplicar, rogar y arrastrarme llorando. ¡Qué idiota! ¡Qué idiota!
Consulte la hora. El reloj marcaba las diez, pero mi tiempo, ¿quién lo marcaba? Si al menos el reloj se hubiera detenido en aquellas primeras horas felices que pasé con Alejandro, entonces podría haber escapado de la tristeza con que los recuerdos envenenaban mi alma. Sin poderlo evitar, mi imaginación volvía una y otra vez a la escena del día (aquel horrible día) en que lo encontré en mi cama con aquella rubia de dieciséis años. ¡No lo podía creer! Quise cerrar los ojos y soñar, soñar despierta, con algún suceso relacionado con el futuro, pero no pude. Mi mirada cansada deambulaba sin ver nada, hipnotizada por luces y colores que vagaban por la paredes. Me ardía la boca y me parecía llevar muchos días en un desierto, expuesta a todos los elementos que quisieran agredirme. Un universo me transportaba y me sentía como una hormiga voraz y satánica. Esta idea me alarmó tanto que me precipité hacia el interruptor de la luz arrojando por el aire mantas, sillas y el sopor que me amenazaba en ese momento. Tenía que reaccionar, pero ¿cómo? No sabía qué hacer. Desee que volviera a sonar el teléfono y, como si el misterioso interlocutor me hubiera escuchado, sonó.
"¡Bien; menos mal!", pensé.
- Perdone - comenzó diciendo -. Soy yo otra vez; tengo algo que decirle. Por favor, no cuelgue; escúcheme. ¿Podemos hablar unos minutos? Sólo unos minutos.
- Diga, diga - respondí yo cautelosa. Me intrigaba saber lo que quería decirme.
- Verá, su número de teléfono aparece en mi agenda como si fuera el de la imprenta y yo... verá... yo no creo en la casualidad. En fin, creo que el destino quiere presentarnos. Perdone mi atrevimiento; no quiero ser descarado, pero pienso que deberíamos conocernos... Si a usted le parece bien, claro.
- ¿Cómo? ¡Así que era eso! ¡Lo que usted pretendía con tantas llamadas era ligar conmigo, conquistarme! - le dije muy indignada.
- Piense lo que quiera. La verdad es que nunca había hecho nada así. Sin embargo, insisto en que me gustaría conocerla. La espero a las doce en el café que hay frente al edificio de Telefónica. Llevaré en la mano un paraguas negro. Pero si no quiere no venga.
Reprimiendo una carcajada, colgué para que no me escuchara. Sabía que sus llamadas ya no interrumpirían más el impávido anochecer y me sentí, si cabe, más angustiada. Sentía curiosidad, pero ¿y si era un desequilibrado, un loco? Tenía que decidirme, llevaba demasiado tiempo aislada y quizá valía la pena. Sí. ¡Iría!
Bajé del taxi e irrumpí en el café con tal entusiasmo que tropecé y casi me caigo. Allí estaba él, al fondo. No fue difícil localizarle, pues no había mucha gente. Su aspecto era seductor, maduro y reservado, pero tenía una mirada triste y solitaria. Me acerqué nerviosa, dudando todavía, pero su cara y sus ojos me decían que todo estaba bien. Las llamadas eran erróneas, pero él no se había equivocado. ¡El amor llega a veces a nuestra vida de forma tan inesperada!
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