sábado, 24 de marzo de 2012

El retrato asesino

Recluido en su gran mansión y dedicado por entero a la pintura, vivía apartado de la sociedad.


Amable lector, hay historias que mejor sería no contarlas nunca, pero que para bien de sus más directos testigos, es necesario que vean la luz. Esta que ahora narraré es posible que no la crean, pero mi intención no es hacerla creíble, sino librarme del horrible lastre que ha dejado sobre mi frágil espíritu.
Hace ya algunos años, fui invitado a pasar una temporada en casa de un buen amigo que dedicaba sus horas y su fortuna a la siempre encomiable tarea de pintar. Su afán y esmero le habían conducido a la consecución de obras de cierto valor. Vivía apartado de la sociedad, en una gran mansión, recluido en ella con la única compañía de su fiel criado Alfredo. Cuando llegué a la mansión de mi amigo Carlos, quedé vivamente impresionado. Era la primera vez que la veía, pues, aunque hacía dos años que se había instalado en ella, yo no tenía noticias de él desde hacía tres. Sabía que mi amigo era rico, pero no tenía idea de hasta dónde alcanzaba su fortuna. Llamé al magnífico portón.
- Buenos día, señor. Le estábamos esperando.
- Hola, Alfredo. ¡Menudo cambio! Esta casa es una verdadera maravilla.
Como había dicho Alfredo, ya me estaban esperando. Mi habitación estaba a punto y en la mesa aguardaba mi cubierto. Mientras comía un delicioso pato guisado, Carlos hablaba sin cesar. Pese al extenso período de tiempo que nos había separado, nuestra amistad seguía firme, lo cual supuso una enorme alegría para ambos.
- ¿Sigues pintando?
Mi amigo asintió con vivo afán. Nunca en la vida he encontrado a un hombre tan entregado y satisfecho.
- Desde luego. Ven, deseo que veas la última obra en la que estoy trabajando.
Sin haber terminado la comida nos dirigimos a su estudio, que se encontraba en el sótano de la casa. Esta decisión repentina puede dar al lector una idea de su espontainedad y frivolidad frente a la vida. El estudio era estupendo. Había mesas de madera con decenas de paletas y pinturas sobre ellas. Lienzos en blanco se apilaban contra las sillas y de las paredes colgaban cuadros soberbiamente enmarcados. Me señaló un trípode y contemplé el cuadro en que estaba trabajando. Me impresionó. Una mujer, de aspecto siniestro, ojos negros, cabello largo y azabache, vestida sólo con una liviana túnica blanca, flotaba sobre un jardín maravilloso, con un estanque al fondo.
- Me encanta. Creo que es lo mejor que has hecho. Tiene fuerza, aunque...
- ¿Aunque? - inquirió mi amigo con nerviosismo.
- No sé, me asusta un poco. Resulta un tanto lóbrego.
En los días que siguieron nos dedicamos por entero a disfrutar de nuestra recobrada amistad. Por las tardes, sin embargo, Carlos se encerraba en su estudio y permanecía allí durante horas, trabajando duramente. Yo dedicaba aquel tiempo a la lectura, metido entre las cuatro paredes de su estupenda biblioteca.
De forma lenta, el comportamiento de Carlos fue sufriendo una progresiva metamorfosis que yo advertía claramente. Se hizo más huraño y se tornó celoso de su intimidad. Cada día pasaba más tiempo en el estudio y su aspecto era por momentos lamentable. Unas terribles ojeras se habían instalado bajo sus párpados inferiores, concediéndole una presencia siniestra y demacrada. Su forma de actuar, cada vez más esquiva y taimada, me obligó a tratar el asunto con Alfredo.
- Yo opino lo mismo que usted, señor; pero ¿cómo abordarlo sin despertar sus iras? Cada día lo encuentro más hosco y temo lo peor.
El que Alfredo corroborara mis sospechas no hizo sino aumentar mi preocupación. Carlos había renunciado definitivamente al diálogo y pasaba casi todo el tiempo encerrado en su estudio. Temíamos por su salud, tanto física como mental. Aterrrado, pensé en marcharme, pero un absurdo sentimiento de amistad me hizo rechazar esta idea. Aquella misma noche, un espantoso alarido proveniente de la habitación de Carlos me despertó. Corrí hasta su cuarto y lo encontré temblando, trémulo como una hoja agitada por el viento. Alfredo, que estaba junto a él, sufría un fuerte shock del que se fue recuperando lentamente. Acosté a Carlos, que permanecía con la vista ida, como si soñara despierto. Alfredo me explicó que no hacía más que repetir: "Ella, ella quiere matarme, ella quiere matarme". Regresé a mi cuarto, pero pasé una noche bastante intranquila. Nunca imaginé que el despertador pudiera depararme un nuevo y fatal sobresalto: Carlos yacía muerto en su cama, con una herida de puñal atravesándole el pecho. El instinto me guió hasta el estudio. La estancia estaba desordenada. Invadido por el espanto, descubrí el caballete donde estaba el último cuadro de mi amigo. El terror ahogó mis pensamientos y sólo pude emitir un grito horripilante y feroz. En el cuadro aparecía una figura de mi amigo, muerto, herido por un puñal que asía una mujer vestida únicamente con una liviana túnica blanca. La mujer volvía su pálido rostro hacía mi y me miraba, me miraba fijamente con un halo de malévola satisfacción en el inquietante brillo de sus grandes ojos.

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