martes, 27 de marzo de 2012

El corazón revelador

De veras! Soy muy nervioso. Lo he sido siempre; pero, ¿por qué decís que estoy loco? La enfermedad ha agudizado mis sentidos, pero no los ha destruido mi embotado. De todos ellos, el más agudo era el del oído. Yo he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra y bastantes del infierno. ¿Cómo, entonces, he de estar loco? Atención. Observad con qué salud, con qué calma puedo contaros toda esta historia.
Es imposible explicar cómo la idea penetró en mi cerebro . Pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. Motivo no había ninguno. Nada tenía que ver con ello la pasión. Yo quería al viejo. Nunca me había hecho daño. Jamás me insultó. No deseaba su oro. Creo que era su ojo. Sí, esto era. Uno de sus ojos se parecía al de un buitre. Un ojo azul pálido, con una catarata. Cuantas veces caía ese ojo sobre mí, se helaba mi sangre. Y así, lentamente, gradualmente, se me metió en la cabeza la idea de matar al anciano y librarme para siempre, de este modo, del ojo aquel. Ahora viene la dificultad. Me creeréis loco. Los locos nada saben de cosa alguna. Pero si me hubieseis visto con qué precaución, con qué cautela, con qué disimulo puse manos a la obra...


Nunca estuve tan amable con él como durante toda la semana que precedió al asesinato. Cada noche, cerca de las doce, descorría el pestillo de su puerta y la abría, ¡oh! muy suavemente. Y entonces, cuando había abierto lo suficiente para que pasara mi cabeza, introducía por la abertura una linterna sorda, bien cerrada, bien cerrada, para que no se filtrara ninguna claridad. Después metía la cabeza. ¡Oh! Os hubierais reído viendo con qué habilidad metía la cabeza. La movía lentamente, muy, muy lentamente, con miedo de turbar el sueño del anciano. Por lo menos, necesitaba una hora para introducir toda mi cabeza por la abertura y ver al viejo acostado en su cama. ¡Ah! ¿Hubiera sido tan prudente un loco? Entonces, cuando mi cabeza estaba dentro de la habitación, abría con precaución mi linterna - ¡oh!, con qué cuidado, con qué cuidado! -, porque la charnela rechinaba un poco. La abría justamente lo necesario para que un hilo imperceptible de luz cayera sobre el ojo del buitre. Hice esto durante siete noches interminables, a las doce precisamente. Pero encontraba siempre el ojo cerrado, y, así, fue imposible realizar mi propósito porque no era el anciano el que me molestaba, sino su maldito ojo. Todas las mañana, cuando amanecía, entraba osadamente en su cuarto y hablábale valerosamente, llamándole por su nombre con voz cordial preguntándole cómo había pasado la noche. Estáis viendo, pues, que había de ser un viejo muy perspicaz para sospechar que todas las noches, precisamente, a las doce, le observaba durante su sueño.


En la octava noche abrí la puerta con mayor precaución que de costumbre. La aguja de un reloj se mueve más deprisa de lo que se movía entonces mi mano. Jamás como aquella noche pude darme tanta cuenta de la magnitud de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas podía dominar mi sensación de triunfo. Pensar que estaba allí abriendo la puerta poco a poco, y que él ni siquiera soñaba con mis acciones o mis pensamientos secretos... A esta idea se me escapó una risita, y tal vez me oyese, porque se movió de pronto en su lecho como si fuera a despertarse. Tal vez creáis ahora que me retiré. Pues no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, tan espesas eran las tinieblas - porque las ventanas estaban cerradas cuidadosamente por miedo a los ladrones -, y, seguro que él no podía ver la puerta entreabierta, continué empujándola un poco más, siempre un poco más.
Había introducido mi cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre el cierre de hierro estañado y el anciano se incorporó en su lecho preguntando:
- ¿Quién anda ahí?
Permanecí completamente inmóvil y nada dije. Durante toda una hora no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a acostarse. Continuaba sentado en la cama, escuchando lo mismo que yo había hecho noche tras noche, oyendo la carcoma en la pared.
De pronto oí un débil gemido.
Me di cuenta de que se trataba de un lamento de terror mortal. No era un lamento de dolor o tristeza, ¡oh, no!, era el murmullo sordo y ahogado que escapa de lo íntimo de un alma oprimida por el espanto. Yo conocía bien ese murmullo. Muchas noches, precisamente al filo de la medianoche, cuando todo dormía, irrumpía en mi propio pecho, excavando con su eco terrible los terrores que me consumían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que estaba sintiendo el viejo, y sentía piedad por él, aunque la risa llenase mi corazón. Sabía que él continuaba despierto desde que, habiendo oído el primer rumor, se movió en la cama. Sus temores habían ido siempre en aumento. Procuraba persuadirse de que eran infundados. Habíase dicho a sí mismo: "No es nada. El viento en la chimenea. Un ratón que corre por el entarimado", o: "Simplemente un grillo que canta." Si; procuró calmarse con estas suposiciones. Pero todo fue inútil. Fue todo inútil porque la muerte que se aproximaba había pasado ante él con su gran sombra negra, envolviendo con ella a su víctima. Y era la influencia fúnebre de su sombra no vistas lo que le hacía sentir - aunque no viera ni escuchase nada -, lo que le hacía sentir la presencia de mi cabeza en su cuarto.


Después de haber esperado largo rato, con toda paciencia, sin oír que se acostara de nuevo, me aventuré a abrir un poco, muy poco, la linterna. La abrí tan furtivamente, tan furtivamente, como no podréis imaginároslo, hasta que, al fin, un único y pálido rayo, como un hilo de telaraña, salió por la ranura y descendió sobre su ojo de buitre.
Estaba abierto, enteramente abierto, y, al verlo, me encolaricé. Lo vi con nitidez perfecta. Todo él de un azul mate y cubierto por una horrorosa nube que me helaba la médula de los huesos. Pero no podía ver la cara ni el cuerpo del anciano, porque dirigía el hilo de luz, como por instinto, precisamente sobre el maldito lugar.
¿No os he dicho ya que apenas es una hiperestesia de los sentidos aquello que consideráis locura? Entonces, os digo, un rumor sordo, ahogado, continuo, llegó a mis oídos, semejante al producido por un reloj envuelto en algodón. Inmediatamente reconocí ese sonido. Era el corazón del viejo, latiendo. Excitó mi furor como el redoble del tambor excita el valor del soldado.
Me dominé, no obstante, y continué sin moverme. Apenas respiraba. Tenía quieta en las manos la linterna. Esforzábame en conservar el rayo de luz fijo sobre el ojo. Al mismo tiempo, la palpitación infernal del corazón era cada vez más fuerte, más apresurada, y sobre todo, más sonora. El pánico del anciano debió de ser tremendo. Este latir, ya lo he dicho, volvíase más fuerte cada momento. ¿Me oís bien?, ya os he dicho que era nervioso. Realmente lo soy, y entonces, en pleno corazón de la noche, en medio del terrible silencio de aquella vieja casa, un ruido extraño hizo que se apoderase de mí un pavor irresistible. Durante algunos minutos me contuve y continué mi trabajo. Pero la pulsación se hizo cada vez más fuerte, siempre más fuerte. Creí que el corazón iba a estallar, y era que una nueva angustia hacia presa en mí: el rumor podía ser oído por algún vecino. Había sonado la hora del viejo. Con un gran alarido, abrí de pronto la linterna y me precipité en la alcoba. El viejo dejó escapar un grito, uno solo. En un momento le derribé al suelo, depositando sobre él el tremendo peso del lecho. Sonreí entonces complacido, viendo tan adelantada mi obra. Durante algunos minutos, el corazón, sin embargo, batió con un sonido ahogado. No obstante ya no me atormentaba. No podía oírse a través de las paredes. Por fin cesó. El viejo estaba muerto. Levanté la cama y examiné el cuerpo. Si; estaba muerto, muerto como una piedra. Puse mi mano sobre su corazón y permanecí así durante algunos minutos. No advertí latido alguno. Estaba muerto como una piedra. En adelante su ojo no me atormentaría más.
Si insistís en considerarme loco, vuestra opinión se desvanecerá cuando os describa las inteligentes precauciones que tomé para esconder el cadáver. Avanzaba la noche y yo trabajaba con prisa, pero en silencio. Lo primero que hice fue desmembrar el cuerpo. Corté la cabeza, los brazos y las piernas.
En seguida arranqué tres tablas del entarimado y lo coloqué todo bajo el piso de madera. Después volví a poner las tablas con tanta habilidad y destreza, que ningún ojo humano - ni siquiera el suyo -, hubiera podido descubrir allí nada alarmante. Nada había que lavar. Ni una mancha, ni la menor señal de sangre. No se me escapó nada. Una cubeta lo hizo desaparecer todo...


Cuando terminé todas estas operaciones era las cuatro y estaba tan oscuro como medianoche. En el momento en que el reloj señalaba la hora, llamaron a la puerta de la calle. Bajé a abrir confiado, porque, ¿qué era lo que tenía que temer entonces? Entraron tres hombres, que se presentaron a mí cortésmente como agentes de policía. Un vecino había oído un grito durante la noche y le hizo sospechar que algo malo había ocurrido. En la delegación había sido presentada una denuncia, y aquellos caballeros - los agentes - habían sido enviados para practicar un reconocimiento.
Sonreí, porque, ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a aquellos caballeros.
- El grito - les dije - lo lancé yo, soñando. El viejo - añadí - está de viaje por la comarca.
Conduje a mis visitantes por toda la casa. Les invité a que buscaran, a que buscaran bien. Por fin, los conduje a su cuarto,. Les mostré sus tesoros, seguros, en perfecto orden. Entusiasmado con mi confianza, les llevé unas sillas a la habitación y les supliqué que se sentaran, mientras yo, con la desbordada audacia del triunfo absoluto, coloqué mi propia silla exactamente en el lugar que ocultaba el cuerpo de la víctima.
Los agentes estaban satisfechos. Mi actitud les había convencido. Sentíame singularmente bien. Sentáronse y hablaron de cosas familiares, a las que contesté jovialmente. Pero, al poco rato, me di cuenta de que palidecía y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me parecía que mis oídos zumbaban. Sin embargo, ellos continuaban sentados, y proseguían la conversación. El zumbido hízose más claro. Persistió y volvióse cada vez más perceptible. Empecé a hablar copiosamente para liberarme de tal sensación. Pero ésta resistió, reiterándose de tal modo, que no tardé en descubrir, por último, que el rumor no era de mis oídos. Sin duda, me puse entonces muy pálido. Pero seguía hablando sin tino, elevando el tono de mi voz. El ruido aumentaba siempre. ¿Qué podía hacer? Era un ruido sordo, ahogado, continuo, semejante al producido por un reloj envuelto en algodón. Respiraba con dificultad. Los agentes nada oían aún. Hablé más deprisa, con mayor vehemencia. Pero el rumor crecía incesantemente. Me levanté y discutí sobre tonterías, con voz muy alta y violenta gesticulación. Pero el rumor crecía, crecía siempre. ¿Por qué ellos no se querían marchar? Comencé a andar de un lado para otro de la habitación, pesadamente, dando grandes pasos, como exasperado por sus observaciones. Pero el rumor crecía incesantemente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía yo hacer? Echaba espumarajos, desvariaba, pateaba. Movía la silla en que estaba sentado y la hacía resonar sobre el suelo. Pero el rumor lo dominaba todo y crecía continuamente. Hacíase más fuerte cada vez, más fuerte, siempre más fuerte. Y los hombres continuaban hablando, bromeando, sonriendo. ¿Sería posible que nada oyeran? ¡Dios! ¡No, no! ¡Estaban oyendo, estaban sospechando! ¡Sabían! ¡Estaban divirtiéndose con mi terror! Así lo creía y lo creo ahora. Pero había algo peor que aquella agonía, algo más insoportable que aquella burla. No podía tolerar por más tiempo aquellas hipócritas sonrisas. Me di cuenta de que era preciso gritar o morir, y entonces...
¿Lo oís? ¡Escuchad! ¡Cuán alto, cuán alto, siempre más alto, siempre más alto!
- ¡Miserables! - exclamé - ¡No disimulen por más tiempo! ¡Lo confieso todo! ¡Arranquen esas tablas! ¡Aquí, aquí! ¡Es el latido de su horrible corazón!

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