martes, 13 de marzo de 2012

Una noche contigo

Abrió la puerta y se deslizó dentro. Se quitó el abrigo y lo depositó en el perchero. Tal era su decaimiento que parecía que toda ella era de goma.
- Pía - dijo en voz alta.
Se volvió bruscamente.
- ¿Qué haces aquí?
Ana se echó a reír, mostrando la llave.
- Abrí con ella. Te esperaba. ¿No tienes tú una de mi apartamento? Pues yo tengo otra del tuyo...
- Me pillaste de sorpresa. No pensaba en ti en este preciso instante.
Fue a sentarse a su lado.
- Verás, supuse que el egoísta de Damián no te llevaría con él. Entonces le dije a Abel: "¿Invitamos a Pía a salir con nosotros?
- No voy con Damián, pero tampoco deseo salir.
- Mujer, en una noche tan especial como ésta...
- Aún así.
- Abel se pondrá furioso. Ya sabes cómo te aprecia. Tenemos una mesa reservada para cuatro en un restaurante estupendo, donde luego se celebrará una gran fiesta de fin de año.
- No me tientes.
- Irá con nosotros un chico que siempre está solo. Ya sabes, Julio Crespo.
- ¿No va Damián con quien le parece?
Conocía a Julián. Siempre estaba con Abel a la puerta del garaje que ambos poseían en sociedad. Era un chico alto y delgado, con la piel muy morena y unos ojos desmesuradamente grises.
- Anda - la animó Ana -. Por favor, no nos dejes solos esta noche. Seremos cuatro para divertirnos.
- Esta bien - se decidió casi airada -. Voy a vestirme.
Era muy hermosa y aquella noche lo estaba más que nunca. Julio la miraba a hurtadillas. De cuando en cuando, le decía algo en voz baja y Pía reía de buena gana.
- ¿Bailamos, Pía?
No lo dudó ni un momento. El champagne, el ambiente, la mirada de Julio, la animación de todos... cualquier cosa, o todo, podía tener la culpa. Pero lo cierto es que ella tenía unos deseos extraordinarios de divertirse.
- Bueno - dijo, poniéndose de pie rápidamente.
Julio, muy delicadamente, le pasó el brazo por los hombros y la llevó hasta la pista, donde la enlazó muy fuerte.
- Julio... Así no, por favor.
- Perdona - pero no la aflojó nada -. ¿Quieres que te diga una cosa? Está guapísima.
Siguieron bailando. Estaba rabiosamente feliz.
Ana y Abel bailaban en el otro extremo, como si estuvieran solos. Pidió a Julio que la llevase a descansar.
- Te traeré un poco de champagne. Sólo son las tres de la madrugada. Luego iremos a tomar chocolate.
La gente se divertía en plena calle. Pandillas de jóvenes cubiertos con serpentinas y sombreros de papel de colores gritaban y reían. Las calles estaban profusamente iluminadas. Ana se colgó del brazo de su novio, y Pía se encogía de frío en su abrigo hasta que Julio le pasó el brazo sobre los hombros y la atrajo tiernamente hacia su cuerpo.
- No temas - le dijo al oído -, no voy a forzarte nunca a que me escuches, per te esperaré siempre. Esperaré a que comprendas lo poco que le interesas a Damián.
Hacía frío. O ella lo sentía. No estaba habituada al halago ni a la delicadeza. Damián sólo fue delicado y bueno al principio. Después se convirtió en un egoísta que, si bien tenía novia, también tenía amigos, a los cuales no dejaba nunca para atenderla a ella.
- Estás temblando - susurró Julio muy cerca de ella.
La apretó contra sí. No pudo separarse. Era grato sentir el calor de un cariño así, sin dar nada a cambio.
Entraron en una sala de fiestas. Todo el mundo gritaba y reía, y hasta alguno lloraba por la emoción íntima que salía sola al exterior.
- Estás cansada - le dijo Julio muy cerca -. ¿Quieres volver a tu casa?
- No, no. Pero me gustaría sentarme en un rincón.
- Ven; Ana y Abel están bailando. Esos no se cansan nunca. Es su último año de solteros. Hacen bien. Son felices, se comprenden.
Y sin transición, empujándola hacia un rincón, dijo:
- Allí hay un diván libre. Vamos a sentarnos. Tal vez te aburras a mi lado - se dolió ella -. Soy una chica bastante monótona y, a veces, podría resultarte poco animada.
- Aprenderás a serlo en el futuro. Siéntate, por favor.
La empujaba suavemente.
Ella sentía algo dentro, como una ternura viva que nacía en la voz de Julio, filtrándose en su ser, y la bañaba toda, como adueñándose de su voluntad. Se sentó y cerró los ojos. Un tenue suspiro salió de sus labios.
- Pía...
- Sé...,sé que estás ahí.
- ¿Te agrada que esté?
- Sí, sí - y como si le naciera una fuerza nueva -; me gusta que estés a mi lado.
- Gracias, de verdad.
- Lo decía todo aquella conversación y los dedos enredados en los suyos.
Poco a poco iba llegando el amanecer, y las dos parejas salieron juntas en dirección a una cafetería solitaria. Algunos rezagados pedían churros y chocolate. Ellos también lo hicieron. Silenciosos, como evocando la emoción de una noche que ya era inolvidable.
Fue después, al separarse junto al portal a las ocho de la mañana,, como envueltos en la bruma, cuando ella le dijo en voz baja:
- Sí, Julio.
- ¿Sí qué?
- Te..., te lo agradezco.
- Pero no correspondes a mis sentimientos.
- Pues...
- No me contestes ahora. Piénsalo. Me lo dirás el día que lo hayas decidido. Sabré esperar pacientemente.
- Tú sabes...
- Sé que un hombre que ama a una mujer no la deja sola una noche como esta. Ni ninguna. Eso es lo que sé. Le apretó la mano. Sintió algo muy raro al contacto con aquellos dedos tan suaves y huyó. Se unió a Ana en el ascensor, pero ya sabía la respuesta que daría a Julio dos semanas más tarde. Se casarían y serían inmensamente felices rodeados de sus hijos, sus amigos y del resto de su familia.

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