lunes, 26 de marzo de 2012

Los hombres sin ciudad (Madrid)

Cuando terminó la guerra de Troya, los habitantes que no consiguieron huir murieron bajo la espada enemiga o fueron sometidos a la más dura esclavitud.
El príncipe Bianor fue afortunado al conseguir escapar a la cruenta barbarie organizada tras la invasión griega. Recorrió la Grecia clásica y después la Grecia europea y, al llegar a Albania, fundó un reino.
Pasado un tiempo murió Bianor y su hijo Tiberio heredó el trono. Pero él también murió poco después ahogado en el río.
Tiberio tenía dos hijos. Uno era legítimo, llevaba el mismo nombre que su padre y heredó el reino de Albania. El otro nació de una campesina llamada Mantio y fue llamado Bianor. Para que en el futuro los dos hermanos no pudieron pugnar por el reino, Mantio emprendió camino hacia Italia con su hijo entre los brazos. Y en las tierras del Norte, con las riquezas que le había dado el padre del niño, la campesina fundó la bella ciudad que lleva su nombre: Manuta.
El niño creció y se convirtió en un hombre. Su madre quiso cederle el trono, pero Bianor lo rechazó diciendo:
- Madre, esta noche he tenido un sueño. Aparecía Apolo arrojando flechas sobre la ciudad de Mantua.
Cuando le pregunté por qué lo hacía, respondió: "para matar los malos espíritus que destruirán la ciudad con una devastadora peste". En el sueño, Apolo terminó diciendo a Bianor que si quería salvar su reino tenía que huir de Mantua y llegar al lugar donde muere el sol. Allí y sólo allí se le volvería a aparecer.


Durante más de diez años viajó Bianor atravesando ríos y cordilleras montañosas. Y siempre siguiendo al sol en el ocaso llegó a un lugar donde de nuevo se le apareció Apolo.
- Tu peregrinación ha terminado Bianor.
- ¿Puedo entonces regresar a Mantua?
- No. Tu madre ha muerto y tu reino ha sido ocupado por los romanos hace mucho tiempo. Ahora debes fundar una nueva ciudad. Pero para que en ella reine la felicidad deberás entregarle tu vida. 
Bianor despertó de su sueño y observó maravillado el lugar en que se encontraba: un abrupto cerro a la orilla de un río; había allí abundancia de fuentes y manantiales y el lugar era rico en bosques de encinas y madroños. Por los montes circundantes se repartían pequeñas chozas habitadas por gentes sencillas y amables. Bianor preguntó por el jefe del poblado, y un anciano de aspecto venerable salió a su encuentro.
- Somos de la raza de los carpetanos, "los hombres sin ciudad". Nuestros antepasados vinieron a esta península hace mucho tiempo, y en la costa construyeron grandes ciudades. Pero luego vinieron otros pueblos conquistadores y nosotros nos refugiamos aquí, en el interior.
- ¿Y por qué no habéis fundado otra ciudad aquí? - preguntó Bianor.
- Nuestro gran sacerdote ha dicho que para ello debemos esperar una señal concreta de los dioses.
- Vuestro destino ya ha sido decidido por los dioses: el dios Apolo se me ha aparecido en sueños y me ha ordenado que construya en este lugar una ciudad especial para vosotros.


Bianor dijo también al anciano que él no reinaría en ella. Por el contrario, debía ofrecer su vida por la felicidad de la nueva ciudad. Los "hombres sin ciudad", ayudados por Bianor, comenzaron a trazar la ciudad. Cuando todo estuvo terminado quiso Bianor consagrarla al dios Apolo. Pero los carpetanos no estuvieron de acuerdo, pues deseaban ofrecerla a sus ídolos; toros y verracos de piedra. Al anochecer Bianor rogó a Apolo que apareciera: en sueños y le ayudara con su sabiduría.
- Debéis consagrar la ciudad a la "diosa Metragirta, llamada también Cibeles, la diosa de la Tierra, hija de Saturno. Además, has de saber Bianor que ha llegado tu hora; ofreciendo tu vida cesará la discordia en la ciudad. Si no el destino de sus habitantes será la muerte segura.
Bianor reunió a ancianos y sacerdotes y les contó su sueño. Silenciosos, los jóvenes del pueblo cavaron una gran fosa, Bianor, después de purificarse, ciño su frente con una corona de flores y abrazó a los sacerdotes uno a uno. A continuación, descendió al profundo pozo, que al punto fue cubierto por una gran losa.
Era luna nueva. Y el pueblo sentado en círculo alrededor de la fosa esperó orando y cantando hasta la luna llena. Esa noche se desató una horrible tormenta; entre los fulgores de los relámpagos se pudo distinguir una nube en forma de carro con la figura de una mujer.
- ¡Es Metragirta! - gritó el jefe de los ancianos.
Y con las luces del alba, cuando levantaron la gran losa que cubría el pozo, comprobaron con asombro que en su fondo, vacío, había crecido la hierba.
Metragirta fue entonces el nombre de la ciudad, y este vocablo, con el paso de los siglos, pasó a ser Magerit, ahora Madrid.


"Leyendas y misterios de Madrid" y "El Madrid musulmán".

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