La vía estaba cortada y llegaría tarde a su cita. Una mujer le propuso un juego aparentemente sencillo.
Llevaba dos horas en aquel tren con destino a Barcelona. Había quedado con unos amigos en el aeropuerto para irnos al Caribe. Iba fantaseando sobre mis vacaciones, mirando el paisaje, cuando el tren aminoró la marcha hasta detenerse. No había estación; la confusión se extendió y los viajeros bajaron sin importarles exponerse a un sol ardiente. Yo me quedé en el vagón que compartía con una mujer mayor muy silenciosa y de aspecto distinguido. Por la ventana podía ver cómo los pasajeros hablaban acalorados, agolpados junto a las vías. Decidí salir yo también para saber qué ocurría, pero, de pronto, un revisor nos dijo que un incendio había cortado la vía.
- ¡Vaya! - dije sin poder contenerme -. ¡Para una vez que tengo un plan decente, no llegaré a tiempo!
- Pues yo siempre llego a tiempo - habló la mujer.
- ¿Si? ¡Qué suerte! - dije con ironía. - ¿Cómo lo haces?
- Sencillamente, subo al tren fantasma - contestó.
Pensé que era una loca y me dije a mí misma que era mejor callarme. Abrí un libro y en ese momento la mujer preguntó:
- ¿Te apetecería jugar una partida de dados? - y al ver que yo titubeaba, añadió - Si ganas tú, te enseñaré a subir al tren fantasma.
No puedo resistirme a los juegos y acepté. Con gestos parsimoniosos sacó unos dados transparentes y los extendió sobre un paño de terciopelo color malva.
- Elige seis - indicó -; yo tomaré otros seis.
Al tocarlos, tuve una alucinación y me pareció escuchar el silbido de un tren.
- Es el tren fantasma - dijo -.
Siempre viene a buscarme en situaciones como ésta.
Pensé que, además de demente, era ventrílocua.
- Jugaremos al póquer descubierto- ¡Ah! Me olvidaba. Para que tenga emoción, si pierdes me darás algo.
- ¿Qué? - pregunté pensando que tal vez no estaba tan loca como había creído.
- Pues tu juventud, ¿qué otra cosa podría ser? - contestó y, como si adivinara mis pensamientos, añadió -: A mí me sobra el dinero.
Decidí seguirle el juego. La suerte me acompañaba y fui la primera en tirar, pero a ella tampoco se le daba mal.
La partida fue como un pulso de titanes. Estuvimos así diez minutos. Estábamos tan absortas que la voz del revisor nos asustó:
- Saldremos en unos minutos. Llegaremos a Barcelona a las diez de la noche.
- ¿Y yo qué hago? - dije en alto -. Mi avión sale a las 8.
- Juega - dijo la mujer -. El tren se acerca. Si me ganas, podrás subir a él; si no, me tendrás que dar tu juventud.
- Ya estoy cansada de jugar - dije poniéndome en pie -. Además, me tiene sin cuidado su tren fantasma.
- No digas eso - me interrumpió -. Sería terrible. Me hace tanta falta tu juventud...
No sé muy bien por qué, pero al decir aquello, miré mis manos y vi que se habían arrugado y se habían convertido en las de una anciana. Aún apretaba en una de ellas los dados. Entonces tiré con fuerza.
- Está bien - dije con rabia y pánico -; ahí va mi última jugada. Supérala si puedes...Era un repóquer de seises que no logró igualar. Entonces, el vagón fue invadido por un viento helado y se apagaron todas las luces.
- ¡Es el tren fantasma! - gritó ella en la oscuridad -. ¡Agárrate a mí! ¡Has ganado!
Estreché la mano que me tendía y me sentí transportada en una especie de tubo herméticamente cerrado. Cuando el extraño vehículo paró, me encontraba ya en el aeropuerto. Mis amigos estaban esperándome, pero no me reconocieron. Sin embargo, se dirigieron efusivamente a alguien que venía detrás de mí. Me volví para ver de quién se trataba y vi mi imagen reflejada en un cristal. Aturdida, comprobé que había envejecido. Vi a mis amigos saludando a alguien igual que yo, pero que no era yo. ¡La mujer me hizo trampa!
Por Gloria Garrido
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