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viernes, 9 de septiembre de 2022

El tesoro escondido (Gran Bretaña)

 Un campesino muy pobre soñó durante tres noches seguidas que debajo de una roca, cerca de su casa, estaba enterrado un tesoro. En aquel sueño él veía cómo salía de casa y se dirigía al bosque. Cerca del río se encontraba una una roca, allí había jugado de pequeño cuando iba al río a pescar con sus amigos. Debajo de aquella piedra llena de recuerdos era precisamente donde él encontraba su maravilloso tesoro.

Después de pensar mucho en ello se dijo: "Dicen que los sueños, a veces, son premonitorios. Por probar no pasa nada. Además, si el tesoro está debajo de la piedra, me convertiré en un hombre rico y podré por fin dar una vida feliz a mi mujer y mis hijos, que tienen que sufrir la amargura y el desconsuelo de la pobreza".

No dijo nada a nadie, ni siquiera a su mujer. Y al día siguiente, cuando la noche caía, cogió un pico y una pala y se dirigió al lugar que había visto en sus sueños. Levantó la piedra y comenzó a cavar.

sábado, 18 de julio de 2020

La camisa blanca (Rusia)

 Mientras estaba de servicio en su regimiento, un valiente soldado recibió cien rublos que le enviaba su familia. El sargento se enteró y le pidió el dinero prestado. Cuando llegó la hora de pagar, sin embargo, el sargento dio al soldado cien golpes en la espalda con un palo y le dijo: "Yo nunca vi tu dinero. ¡Estás inventando!" El soldado se enfureció y se fue corriendo a un espeso bosque; iba a tenderse bajo un árbol a descansar cuando vio a un dragón de seis cabezas que volaba hacia él. El dragón se detuvo junto al soldado, le preguntó sobre su vida y le dijo: 
- "No tienes que quedarte a vagar en estos bosques. Mejor, ven conmigo y sé mi empleado por tres años."
- "Con mucho gusto, dijo el soldado.
- "Monta en mi lomo, entonces", dijo el dragón.
Y el soldado comenzó a ponerle encima todas sus pertenencias.
- "Oye, veterano, ¿para qué quieres traer toda esa basura?"
- "¿Cómo preguntas eso, dragón? A los soldados nos dan de latigazos si perdemos aunque sea un botón, ¿y tú quieres que tire todas mis cosas?"

 El dragón llevó al soldado a su palacio y le ordenó:
- "Siéntate junto a la olla por tres años, mantén el fuego encendido y prepárame mi kasha!"
El propio dragón se fue de viaje por el mundo durante ese tiempo, pero el trabajo del soldado no era difícil: ponía madera bajo la olla, y se sentaba a un lado tomando vodka y comiendo bocadillos (y el vodka del dragón no era como el de nosotros, todo aguado, sino muy fuerte). A los tres años el dragón regresó volando.
- "Muy bien, veterano, ¿ya está listo el kasha?
- "Debe estar, porque en estos tres años mi fuego no se apagó nunca"
El dragón se comió la olla entera de kasha de una sola sentad, alabó al soldado por su fiel servicio y le ofreció empleo por otros tres años más.
Pasaron los tres años, el dragón se comió otra vez su kasha y dejó al soldado por tres años más. Durante dos de ellos el soldado cocinó el kasha, y hacia el fin del tercero pensó: "Aquí estoy, a punto de cumplir nueve años de vivir con el dragón, todo el tiempo cocinándole su kasha, y ni siquera sé qué tal sabe. Lo voy a probar". Levantó la tapa y se encontró a su sargento, sentado dentro de la olla. "Ay, amigo", pensó el soldado, "ahora te voy a dar una buena; te haré pagar por los golpes que me diste". Y llevó toda la madera que pudo conseguir, y la puso bajo la olla, e hizo un fuego tal que no sólo cocinó la carne del sargento sino hasta los huesos, que quedaron hechos pulpa. Regresó el dragón, comió el kasha y alabó al soldado: "Bueno, veterano, el kasha estaba bueno antes, pero esta vez estuvo aún mejor. Escoge lo que quieras como tu recompensa." El soldado miró a su alrededor y eligió un fuere corcel y una camisa de tela gruesa. La camisa no era ordinaria, sino mágica: quien la usaba se convertía en un poderoso campeón.
 El soldado fue con un rey, lo ayudo en una guerra cruenta y se casó con su bella hija. Pero a la princesa le disgustaba estar casada con alguien de origen tan humilde, por lo que intrigó con el príncipe de un reino vecino y aduló y presionó al soldado hasta que éste le reveló de dónde venía su enorme poder. Tras descubrir lo que deseaba, la princesa esperó a que su esposo estuviese dormido para quitarle la camisa y dársela al príncipe del reino vecino. Éste se puso la camisa, tomó una espada, cortó al soldado en pedacitos, los puso todos en un costal de cáñamo y ordenó a los mozos de la cuadra: "Tomen este costal, amárrenlo a cualquier jamelgo y échenlo a campo abierto." Los mozos fueron a cumplir la orden, pero entre tanto el fuerte corcel del soldado se transformó en jamelgo y se puso en el camino de los sirvientes. Éstos lo tomaron, le ataron el saco y lo echaron al campo abierto. El brioso caballo echó a correr más rápido que un ave, llegó al castillo del dragón, se detuvo allí, y por tres noches y tres días relinchó sin descanso.
El dragón dormía profundamente, pero al fin lo despertó el relinchar y el pisotear del corcel, y salió de su palacio. Miró el interior del saco, ¡y vaya que resopló! Tomó los pedazos del soldado, los juntó y los lavó con agua de la muerte, y el cuerpo del soldado estuvo otra vez completo. Entonces lo roció con agua de la vida, y el soldado despertó. "¡Caray!", dijo. "¡He dormido mucho tiempo!", "Hubieras dormido mucho tiempo más sin tu buen caballo!", respondió el dragón, y enseñó al soldado la compleja ciencia de tomar diferentes formas. El soldado se transformó en una paloma, voló a donde el príncipe con quien vivía ahora su esposa infiel, y se posó en el pretil de la ventana de la cocina. La joven cocinera lo vio. "¡Ah!", dijo, "qué bonita palomita". Abrió la ventana y lo dejó entrar en la cocina. La paloma tocó el suelo y se convirtió en un joven hermoso. "Hazme un favor, hermosa doncella", le dijo, "y me casaré contigo." "¿Qué deseas que haga?", "Consigue la camisa de tela gruesa del príncipe." "Pero él nunca se la quita, salvo cuando se baña en el mar."
El soldado averiguó a qué horas se bañaba el príncipe, salió al camino y tomó la forma de una flor. Pronto aparecieron, con rumbo a la playa, el príncipe y la princesa, acompañados por la cocinera, que llevaba ropa limpia. El príncipe vio la flor y la admiró, pero la princesa adivinó al instante quién era: "¡Ah, debe ser ese maldito soldado, con otra apariencia!". Cortó la flor y empezó a aplastarla y arrancarle los pétalos, pero la flor se convirtió en una mosca pequeñita y sin que lo vieran se escondió en el pecho de la cocinera. En cuanto el príncipe se desvistió y se metió en el agua, la mosca salió y se convirtió en un raudo halcón. El halcón tomó la camisa y se la llevó lejos, luego se convirtió en un joven hermoso y se la puso. Entonces el soldado tomó una espada, mató a su esposa traicionera y al amante, y se casó con la joven y adorable cocinera.

(Kasha es un pudín hecho a base de trigo, avena, sémola y leche)

Historia de Urashima (Japón)


 Urashima vivió,hace cientos y cientos de años, en una de las islas situadas al oeste del archipiélago japonés. Era el único hijo de un matrimonio de pescadores. Una red y una barquichuela constituían toda la fortuna de la pareja. Sin embargo, el matrimonio veía compensada su pobreza con a bondad de su hijo.
 Y sucedió que cierto día el muchacho caminaba por una de las calles de la aldea, cuando de pronto vio a unos cuantos chiquillos que maltrataban a una enorme tortuga. De seguir de aquel modo mucho tiempo, hubieran acabado por matarla, y Urashima decidió impedirlo. Se dirigió a los chicos, y reprendiéndoles por su mala acción, les quitó la tortuga. Cuando la tuvo en sus manos, pensó dejarla en libertad, y para ello fue hacia la playa. Una vez allí, la llevó a la orilla y la dejó en el mar. Vio cómo la tortuga se alejaba poco a poco y cuando la perdió de vista, Urashima regresó a su casa. Sentía una gran satisfacción por haber librado al animal de sus pequeños verdugos.
 Transcurrió algún tiempo desde aquel día. Una mañana, el muchacho fue a pescar. Tomó el camino que conducía a la playa y cuando llegó puso la barca en el agua, montó en ella y remó hacia dentro. Llevaba largo rato remando y perdió de vista la orilla; decidió echar al agua su red, y cuando tiró para sacarla hacia fuera, notó que le pesaba más que de costumbre. Logró subirla, y con gran sorpresa vio que dentro de la red estaba la tortuga que él mismo había echado en el mar. Ésta, dirigiéndose a él le dijo que el rey de los mares, que había visto su buen corazón, lo buscaba para conducirle a su palacio y casarle con su hija, la princesa Otohime. A Urashima le entusiasmaban las aventuras y accedió muy gustoso. Juntos se fueron mar adentro, hasta que llegaron a Riugú, la ciudad del reino del mar. era maravillosa. Sus casas eran de esmeralda y los tejidos de oro; el suelo estaba cubierto de perlas y grandes y grandes árboles de coral daban sobra en los jardines; sus hojas eran de nácar y sus frutos de las más bellas pedrerías. Hacia los asombrados ojos de Urashima avanzó una hermosísima doncella: era Otohime, la hija del rey del mar. Lo recibió como a un esposo y juntos vivieron varios días en una completa felicidad. Todos colmaban al pescador de todo género de atenciones, y entre tanta delicia, Urashima no sintió que el tiempo pasaba. No podía precisar desde cuándo estaba allí.¿Para qué habría de saberlo? No debía importarle. La vida en aquel lugar maravilloso le parecía inmejorable; nunca pudo soñar nada semejante.
Pero sucedió que un día se acordó de sus padres. ¿Qué será de ellos? Sin duda sufrirían mucho sin saber lo que había sido de él. Y desde aquel momento la tristeza se apoderó de todo su ser. Nada lograba distraerle; ya no encontraba aquel lugar tan encantador y hasta le pareció menos bello. Sólo deseaba una cosa: volver junto a sus queridos padres. Y así se lo comunicó una mañana a su esposa, cuando ésta procuraba por todos los medios averiguar la causa de su pena. Al decirle Urashima lo que quería, Otohime se entristeció; procuró convencerle de que se quedara junto a ella, pero nada logró. El pescador estaba firme en su propósito. Así pues, prometió devolverlo a su aldea, y con un cortejo numeroso y elegante lo acompañó hasta la playa. Cuando al fin llegaron, la princesa entregó a Urashima una pequeña caja de laca, atada con un cordón de seda. Le recomendó que, su quería volver a verla, nunca la abriese. Después se despidió de él y con su acompañamiento se internó en el mar.
Pronto Urashima la perdió de vista. Con la cajita en sus manos, miraba fijamente a las aguas. Así estuvo algún tiempo; después recorrió la playa. De nuevo estaba en su pueblecito. Las mismas arenas, las rocas de siempre, el mismo sitio donde de pequeño tantas veces había ido a jugar; le parecía que su vida en la ciudad del mar había sido un sueño. ¡Qué lejos todo aquello! Entonces encaminó sus pasos hacia su casa; pero cuando entró en la aldea no supo por dónde ir. La encontraba completamente cambiada: no la reconocía. Las casas eran más grandes; tejados de pizarra habían sustituido a los de paja que él había visto. La gente se vestía con vistoso kimonos bordados. Parecía otro lugar. Y, sin embargo, era su pueblo; estaba seguro. La misma playa, las mismas montañas. Sólo las casas y la gente habían cambiado.
Entonces decidió preguntar a unos muchachos en dónde se encontraba la casa del pescador Urashima, puesto que éste era también el nombre de su padre. Los muchachos no supieron responderle; no conocían a tal pescador. Entró en un comercio e hizo igual pregunta al dueño; pero le dijo lo mismo que los chicos: nunca había oído hablar de tal pescador, y eso que creía conocer a todo el pueblo. En esto acertó a pasar por allí un hombre que debía de tener muchos años, a juzgar por su apariencia. Era conocido por saber mil historias antiguas del pueblo y conocer las vidas de sus antiguos habitantes. Urashima se dirigió a él, por indicación del dueño de la tienda, y le preguntó dónde estaba la casa del pescador Urashima. El viejo no contestó; se quedó un momento pensativo, y al cabo de un rato dijo que casi lo había olvidado, porque habían pasado más de cien años desde la muerte de aquel matrimonio. Su único hijo, explicó, había salido a pescar un día, y a partir de entonces nadie había vuelto a saber de él. Urashima empezó a comprender: mientras había vivido en la ciudad del mar había perdido ka noción del tiempo. Lo que le habían parecido sólo unos cuantos días habían sido más de cien años.
No supo qué hacer, se encontraba completamente solo en un pueblo que, aunque era el suyo, le era absolutamente extraño. Entonces se dirigió a la playa; puesto que había perdido a sus padres, volvería con la princesa Otohime. Pero, ¿cómo llegar a ella? En su precipitación por ver a sus padres, olvidó, cuando se despidieron, preguntarle de qué medio se valdría para volver a verla. De pronto, recordó la cajita que tenía entre las manos, se olvidó de que no debía abrirla, y pensó que, haciéndolo, quizá pudiera ir junto a Otohime.
 Desató sus cordones y la destapó. Al instante salió de ella una nubecilla que se fue elevando, elevando, hasta perderse de vista. En vano Urashima intentó alcanzarla. Entonces recordó la recomendación de la princesa y, de pronto, sintió que sus  fuerzas le abandonaban, sus cabellos encanecían, innumerables arrugas surcaron su piel, su corazón cesó de latir y al fin cayó al suelo. Cuando a la mañana siguiente fueron los muchachos a bañarse, vieron tendido en la arena a un hombre decrépito, sin vida. Era Urashima que había muerto de viejo.


lunes, 10 de septiembre de 2012

La lámpara mágica (India)

En un tiempo pasado vivía una viuda pobre que tenía un hijo guapo y distinguido. Un día llegó a su casa un mercader que venía de un lejano país, asegurando que era el hermano mayor de su difunto marido. La mujer le hospedó en su casa una temporada. Una mañana dijo a la mujer:
- Tu hijo y yo vamos a buscar flores de oro. Prepara un hatillo con comida. La viuda así lo hizo y partieron muy de mañana.
Después de haber caminado durante muchas horas, el joven, agotado, propuso a su tío descansar un rato. Pero éste se negó y le obligó a continuar andando. Poco  después, el mancebo volvió a pedir descanso; pero el tío, por toda contestación, le propinó un golpe. Prosiguieron el camino y, al llegar a un montecillo, el hombre ordenó a su sobrino que juntara un montón de leña. Cuando lo hubo preparado, le obligó a que soplara con todas sus fuerzas para encenderla.
El chico obedeció, pero no consiguió encender ni una sola rama. Cansado, preguntó a su tío:
- ¿Cómo voy a encender una leña sin fuego?
- Sopla, o te daré una buena paliza - contestó éste.
El muchacho continuó soplando y por fin la leña se encendió. Cuando el fuego se consumió apareció bajo las cenizas una abertura en la tierra, cubierta por una plancha de hierro. Y el hombre ordenó al chico que la levantara. Este lo intentó con todas sus fuerzas, pero no consiguió nada. Después de recibir un nuevo golpe, consiguió levantar la pesada plancha. Y ante sus ojos apareció una maravillosa cueva subterránea, iluminada por una lámpara y llena de flores de oro. El hombre mandó a su sobrino descender a la cueva y coger la lámpara y un buen puñado de flores de oro. El chico obedeció, pero cuando quiso subir no pudo porque iba muy cargado. El tío, desde arriba, gritaba furioso:
- ¡Sube como puedas!
- ¡Cógeme al menos las flores de oro! ¡No puedo subir yo solo con todo!
Pero el hombre, enfadado, dio una patada en el suelo y la cueva se cerró.
El muchacho quedó encerrado en la cueva. Un día que meditaba sobre su mala suerte con la lámpara entre las manos, sin darse cuenta la rozó con un anillo que llevaba y apareció un pequeño genio ante él.
- Pide lo que quieras y lo tendrás - dijo el duende.
- ¡Quiero salir de esta cueva enseguida!
Y la cueva se abrió y el joven partió feliz junto a su madre, con la lámpara en las manos. En cuanto llegó a su casa, pidió de comer, pero la despensa estaba vacía. El muchacho se acordó de la lámpara y la rozó con su anillo, al instante aparecieron ante ellos todo tipo de manjares, y madre e hijo se hartaron de comer. Desde entonces ambos fueron felices, pues simplemente con rozar la lámpara con el anillo tenían todo lo que deseaban. El muchacho vio un día a la joven princesa salir de los baños. Como era muy hermosa se enamoró apasionadamente de ella y suplicó a su madre que fuera a hablar con el rajá para pedir su mano. Y así la madre pidió audiencia en palacio y rogó para su hijo la mano de la joven princesa. El rajá respondió que accedería si su hijo aportaba más dinero que el que había en las arcas reales. Cuando el muchacho supo las condiciones, pidió al genio el dinero y mandó llevarlo al palacio del rajá. Éste, sorprendido por tanta riqueza, pidió, además, que construyeran para su hija un magnífico palacio, según lo exigían la categoría y el rango de la bella princesa.
El joven frotó la lámpara con el anillo y el genio, en una sola noche, construyó el palacio. Finalmente se celebró un gran fiesta para celebrar la boda.
Pasó el tiempo. El rajá y su yerno acostumbraban a ir de caza. Una mañana en que ambos habían salido temprano hacia el bosque, se presentó en palacio un hombre que deseaba ver a la princesa, llevando en sus manos una lámpara vieja.
- Buenos días, princesa. Quisiera cambiar esta bonita lámpara por alguna vieja que tengáis arrinconada.
La princesa no conocía las maravillosas cualidades de la lámpara de su marido y se la entregó al hombre, que no era otra que el malvado tío de éste. En cuanto la tuvo en su poder la frotó con la mano y dijo:
- ¡Transporta este palacio, con todo lo que hay en él, a mi país!
El rajá, enfurecido al descubrir la desaparición de la princesa y el palacio, dio un plazo de trece días al joven para devolverle a su hija; si no lo lograba, moriría.
El último día del plazo, el joven, tumbado en una roca, pensaba en su mala suerte cuando al rozar la piedra con su anillo apareció un genio, y el chico dijo:
- He perdido a mi esposa y mi palacio. Si sabes dónde están, llévame allí.
El genio le condujo a las puertas del palacio, donde el joven tomó la forma de un perro, y entró en él. Allí descubrió a su mujer llorando y, después de consolarla, le preguntó por la lámpara.
- Tu tío la lleva siempre colgada del cuello y no deja que nadie la toque.
Después de pensar mucho en una solución, la princesa se comprometió a deshacerse del hombre. Y por la noche, puso veneno en el arroz de la cena. El tío se lo comió con avidez y murió al instante. Entonces, el joven le quitó la lámpara y la frotó con su anillo.
- ¡Transporta el palacio, a mi esposa y a mí al país del rajá ahora mismo!
El palacio y sus moradores volvieron al lugar primitivo. Y el rajá entregó la mitad de su reino a su yerno, y ambos gobernaron en paz hasta el fin de sus días.

"Las mil y una noches"

lunes, 3 de septiembre de 2012

La historia del laúd (China)

En el siglo II antes de J.C., vivía en la corte de Tsin un célebre letrado llamado Yu Choei, aunque sus amigos le llamaban Po-yu. Una vez, fue enviado como embajador a la corte de Tsou, ciudad en la que había nacido. Además de cumplir sus deberes con la corte, aprovechó la ocasión para visitar las tumbas de sus antepasados y saludar a todos sus parientes y amigos. Al despedirse, el rey Tsou le regaló un precioso laúd y puso a su disposición un velero, para evitar el regreso por tierra, siempre penoso y mucho más largo. Po-Yu embarcó rodeado de amigos y altos dignatarios de la corte de Tsou, que habían ido a despedirle. A los pocos días de travesía llegaron a la desembocadura del río Han-Yang. Era mediados de otoño y la luna brillaba sobre la montaña. La embarcación, anclada al pie de una de ellas, estaba en la sombra. Po-Yu se instaló en cubierta, mandó a unos de los criados colocar el laúd sobre la mesa y quemar un poco de incienso. Luego cogió el instrumento, lo afinó y comenzó a tocar. De repente, una de las cuerdas se rompió. Po-Yu sabía que eso quería decir que había alguien escuchando en las cercanías. Dio orden de que los marineros desembarcaran y recorrieran los alrededores. De pronto se escuchó una voz que venía de tierra:
- Soy un leñador que vuelvo al trabajo. Pero al escuchar esa música tan maravillosa me he detenido.
A Po-Yu no le disgustó la respuesta y preguntó al desconocido si sabía cuál era la bonita canción que había comenzado a tocar.
- Sí - respondió -, era el lamento de Confucio a la muerte de su querido discípulo Yen-Wei.
El leñador subió a cubierta. Po-Yu se había propuesto averiguar hasta dónde llegaba la sabiduría del joven leñador y le preguntó si conocía la historia del laúd. El leñador fue invitado a tomar asiento y comenzó a hablar: 
"Fo-Hsi, el príncipe legendario que descubrió el fuego, vio una vez caer sobre las ramas de un plátano chispas de cinco planetas; otra día vio varias aves fenix columpiándose en sus ramas; entonces comprendió que la madera del plátano contenía la esencia del universo y, por tanto, era la madera ideal para fabricar un instrumento musical. Mandó talar uno de aquellos árboles y partirlo en tres: el trozo del cielo, el trozo de la tierra y el trozo del hombre. El primero dio un sonido excesivamente claro y ligero; el segundo resultaba demasiado grave. Sólo el del centro, el de la tierra, armonizaba todos los matices, y por eso fue elegido. Se le tuvo sumergido en la corriente del río setenta y dos días y luego se puso a secar a la sombra. El príncipe Fo-Hsi esperó a que llegara un día de buen augurio, entonces encargó al artífice más hábil de la región que convirtiera aquel trozo de madera en un laúd. El instrumento medía de largo tres pies, seis pulgadas y un décimo, correspondientes a los 361 grados de la circunferencia celeste. Medía ocho pulgadas de ancho, en un extremo, y cuatro en el otro, en recuerdo de las cuatro estaciones y de las ocho fiestas del año, respectivamente. Su grosor era de dos pulgadas, para simbolizar la dualidad de la Luna y el Sol. Sus doce teclas simbolizaban las doce lunas del año, y una tecla aislada representaba la luna que se interpolariza en los calendarios. Sus cinco cuerdas eran los cinco elementos del universo: agua, fuego, madera, metal y tierra, y correspondían a las cinco notas principales de la escala: kung, chan, kiao, tcheu, yo.
Con este laúd de cinco cuerdas - prosiguió el leñador - el emperador Soven conseguía mantener en paz a su pueblo. Cuando el príncipe Wen, su sucesor; fue hecho prisionero por sus enemigos, su propio hijo añadió una cuerda más para que cantara su tristeza: "la cuerda de Wen".
Y continuaba el leñador: "Hay cinco cosas nefastas para la música del laúd: el gran frío, el viento fuerte, la lluvia intensa, el trueno y la nieve. Hay siete condiciones en que está prohibido tocarlo: en caso de duelo, de agitación en la corte, de complicaciones en los negocios, de impureza en el cuerpo, de desorden en el vestido y en aquellos casos en que no se dispone de incienso o no hay un conocedor de la música para escucharla. Cuando las teclas del laúd se pulsan con suavidad, el sonido es tan dulce que los tigres se olvidan de rugir. Su música es la más perfecta y permite expresar hasta las más imperceptibles inclinaciones del corazón, y los pensamientos más escondidos.
Po-Yu, asombrado y entusiasmado, felicitó a su huésped. Durante muchas horas siguieron hablando. Cuando llegó el momento de levar el ancla, Po-Yu volvería a la desembocadura del río a reunirse con su amigo. Antes de desembarcar, Tseu-Tsi tuvo que aceptar como regalo dos lingotes de oro que le ofrecía su amigo.
Los meses fueron pasando lentamente, y llegó el otoño. Po-Yu pidió permiso al rey para ausentarse y volvió a la desembocadura del río para reunirse con su amigo. Mientras esperaba, Po-Yu sacó el laúd y se puso a tocar.
Apenas habían sonado los primeros compases, cuando notó en la segunda cuerda un sonido agudo y triste.
Enseguida pensó que le había ocurrido algo a su muy querido amigo.
Corrió en busca, y en un cruce de caminos vio acercarse un anciano apoyado en un bastón de leñador. Po-Yu le preguntó entonces si conocía a Tseu-Tsi, un joven leñador.
- Mi hijo acaba de morir. Hace un año un gran señor de la corte de Tsou le ofreció como regalo dos lingotes de oro. Con ellos, Tseu-Tsi se había comprado libros y había estudiado y leído tanto que, al fin, no pudo resistir el gran esfuerzo de aquel trabajo, que se añadía al de leñador, y murió.
Po-Yu se fue, cabizbajo, a la tumba de su amigo y dejó unas ofrendas sobre una mesita de piedra y dijo:
- Mi laúd muere contigo, no deseo volver a tocarlo.
Después de decir esto, cogió el laúd entre sus manos y lo golpeó fuertemente contra la mesita de ofrendas. Y el laúd voló, hecho mil pedazos por el aire.

Cuentos Chinos. Miraguano Ediciones. Madrid. 1987.

lunes, 27 de agosto de 2012

¿Por qué el agua del mar es salada? (Estonia)

Hace mucho tiempo, vivían dos hermanos que uno era muy rico y el otro pobre. Cuando llegó la Navidad, como el pobre no tenía nada para llevarse a la boca, fue a pedir limosna al rico. Pero éste le recibió de mal talante, pues no era la primera ve que acudía a él para que le sacara de algún que otro apuro.
- Si haces lo que voy a mandarte - dijo el rico - te regalaré un jamón, un buen jamón curado al humo.
- Estoy dispuesto a hacer lo que tú digas. Todo sea por un buen jamón.
- ¡Pues toma! - dijo su hermano arrojándole el jamón -. ¡Y vete al infierno!
El pobre cogió el jamón, dispuesto a obedecer las órdenes de su hermano. Anduvo todo el día y parte de la noche, hasta que vio una hoguera. Hacía allí se dirigió. Junto al fuego había un hombre anciano cortando leña.
- Buenas noches - saludó cortés el hermano pobre.
- Buenas noches. ¿A dónde te diriges a estas horas?
- Voy al infierno, pero no sé si éste es el camino.
- Sí, éste es el camino, el Infierno está muy cerca. Cuando llegues allí, ten cuidado, porque todos querrán compartir el jamón que llevas contigo. Pero no lo sueltes sólo por dinero, pide el viejo molino de mano que tienes junto a la puerta. Luego, cuando vuelvas a pasar por aquí, yo te enseñaré cómo usarlo, pues has de saber que ese molino tiene unos poderes maravillosos. En cuanto el hombre llegó a las puertas del Averno se vio asediado por una caterva de pequeños diablillos, que se empujaban unos a otros para conseguir el jamón.
Pronto apareció el Príncipe de las Tinieblas y, al ver tan suculento manjar, hizo todo lo posible por conseguirlo.
- Os lo daré a cambio del molino de mano que esta junto a la puerta.
Satanás regateó un poco, pero, viendo el molino de mano medio abandonado junto a la puerta, pensó que no era cosa de pelear por alto tan tonto y consintió en entregárselo al hombre.
- ¡Cógelo! ¡Y vete, antes de que me arrepienta!
De vuelta a su casa, el hombre se encontró de nuevo con el anciano, que le explicó las maravillas del pequeño molino. Al llegar a su hogar, después de escuchar los reproches y las quejas de su malhumorada esposa por su tardanza puso el molino encima de la mesa y dijo:
- ¡Hoy es Nochebuena! ¡Muele velas, manteles, vajillas, viandas y bebidas, todo lo que se necesita para celebrar una gran fiesta!
Y el molino obedeció e hizo todo como el hombre le había ordenado.
Su mujer se quedó estupefacta ante tanta maravilla, pero se quedó con las ganas de que su marido le diera una explicación.
El hermano rico fue invitado a la fiesta, y al ver tanta riqueza, sintió envidia.
- ¿De dónde has sacado todo esto? - preguntó a su hermano enseguida -.
El pobre, que ya había bebido mucho, no supo guardar su secreto y puso el molino encima de la mesa. Desde ese momento, en la mente del rico sólo había un pensamiento: adueñarse como fuera del molino.
Después de mucho discutir, el pobre entregó el molino a su hermano por una cantidad muy elevada de dinero. Un día de pleno verano, el hombre rico dijo a su mujer:
- Hoy irás tú a cortar heno con los campesinos. Yo me quedaré en la casa y prepararé la comida para todos. Y en cuanto su esposa salió por la puerta hacia el campo, le ordenó al molino:
- ¡Venga! ¡A moler arenques y sopa de leche!
El molino molió lo que le mandaban, hasta llenar todas las soperas y las fuentes. Pero luego, en vez de parar, continuó moliendo. Cuando llegaron la mujer y los campesinos la casa y los establos estaban inundados de sopa y los arenques se amontonaban por todos los rincones. Desesperado, el hermano rico fue a ver al pobre, para devolverle el molino.
- ¡Sólo acepto de nuevo el cambio por una cantidad de dinero similar a la que me diste al comprarlo!
En casa el pobre, el molino obedecía y se detenía cuando él quería. El hombre se hizo inmensamente rico. Tenía todo lo que deseaba. Por capricho de su mujer, había construido junto al mar una preciosa rodeada de jardines.
Por la región se contaban maravillas de aquel prodigioso instrumento, pero nunca nadie se había planteado ir a verlo, la historia parecía demasiado fantástica.
Un día, un navegante que acababa de llegar a la costa al mando de un enorme barco, intrigado por las extrañas habladurías que circulaban por el puerto, deseando satisfacer su curiosidad, fue a visitar al hombre.
- Me han hablado de las maravillas de este molino. Dicen que muele todo lo que le ordenas. ¿Acaso podría también moler sal?
- Ya lo creo. Y todo lo que le pidan. ¿Quiere que se lo demuestre ahora mismo?
- ¡Desde luego que si! ¡Quedaría encantado!
Y el hombre ordenó al molino que moliera todo lo necesario para celebrar esa noche una gran cena.
El eco de la fiesta se propagó por el pueblo, y pronto aparecieron más invitados. Entre la alegría del vino y de la fiesta, todos bailaban despreocupados. El navegante, que sólo pensaba en el molino y en ahorrase millas a bordo de su barco en busca de sal, aprovechando la algarabía de la fiesta, huyó veloz con el molino.
Al llegar al puerto, preparó con urgencia a toda la tripulación y zarpó.
Ya en alta mar, cogió el molino y le ordenó:
- ¡A moler sal!
Y el molino molió tanta sal que llenó la bodega, los camarotes y la cubierta del barco, y poco a poco, la nave fue hundiéndose en el mar. El molino giraba sin parar, frenético, hundiéndose en las profundas aguas. Y ahí continúa todavía el barco salinero y también el molino infernal, que no ha dejado de moler sal desde entonces. Y ésta es la razón por la cual el agua del mar es tan salada.

Antología de cuentos universales.

lunes, 20 de agosto de 2012

Gambrinus, rey de la cerveza (Bélgica)

Apuesto mancebo, rubio y sonrosado, Gambrinus era ayudante de un vidriero en la ciudad de Kortrik, en la antigua Flandes. Todas las jóvenes suspiraban al verle. Pero para él sólo existía Margarita, la hija de su patrono. Y como Gambrinus no era vidriero de casta y nunca llegaría a ser maestro, Margarita no podía aceptarle. Desesperado por el desprecio que le profesaba su amada, el muchacho decidió abandonar el taller para siempre. Era muy aficionado a la música y quiso consolarse con ella; se compró una viola y aprendió a tocarla. Pronto se destacó entre todos los músicos de la corte.
Había pasado un año desde su salida de Kortrik, cuando fue invitado por el alcalde de la ciudad para participar en los conciertos de las fiestas del verano. Con la intención de burlarse de un aprendiz de vidriero que pretendía ser músico, todos los habitantes de Kortrik asistieron al concierto. Margarita estaba allí, y esto bastó para que Gambrinus no tocara con acierto ni una sola nota. Desencantado y triste, Gambrinus compró una cuerda y se dirigió al bosque dispuesto a suicidarse.
- El orgullo de una mujer no es motivo de suicidio - dijo una voz-.
Gambrinus descubrió la figura de un anciano muy pequeño.
- No os conozco y me dais un consejo ¿Quién sois?
- Me llaman Ruud.
- ¿Y que deseáis de mí? - dijo Gambrinus mientras deshacía el nudo de la soga y descendía del árbol.
- Vengo del país de los seres pequeños, en las regiones subterráneas de la Tierra. Y deseo ayudaros.
- Extraña es vuestra amabilidad. ¿y a qué queréis ayudarme?
- A olvidar a la dama que os atormenta.
- ¡Algo querréis a cambio!
- Vuestra vida. Dentro de 70 años vendré a buscaros y os llevaré conmigo a los mundos subterráneos.
- ¡De acuerdo! Pero deseo que mi existencia en la Tierra sea feliz.
El anciano hizo un gesto con la mano derecha, y apareció ante Gambrinus una extensión enorme de tierra, con largas filas de varas de abedul sobre las que trepaba una planta con flores amarillas, muy aromáticas. Al fondo se distinguía un edificio enorme de piedra.
- ¿Qué es eso? - preguntó Gambrinus.
- Una plantación de lúpulo. Y aquella casa una fábrica de cerveza. La flor de esa planta curará tu amor. ¡Ven conmigo!
Ruud llevó a Gambrinus a la fábrica de cerveza. La flor de esa planta curará tu amor. ¡Ven conmigo!
Ruud llevó a Gambrinus a la fábrica, y entre cubas y hornillos encendidos, entre toneles y calderas llenos de un extraño líquido amarillo, le dijo:
- Con cebada y lúpulo fabricarás el vino flamenco, que se llamará cerveza. Después de moler la cebada la pondrás a fermentar en estas cubas y luego la pasarás a las calderas para mezclarla con el lúpulo. Después la dejarás envejecer en los toneles.
Tras decir esto, Ruud le dio a probar a Gambrinus el líquido maravilloso. Él dio un sorbo, pero hizo un gesto de desagrado.
- Bebe más - dijo Ruud.
Gambrinus bebió el jarro de un trago y pronto experimentó una agradable sensación de bienestar. Su mente, por primera vez desde que conoció a Margarita, estaba tranquila.
Al día siguiente, Gambrinus regresó a Kortrik y compró una gran extensión de terreno donde plantó lúpulo. Cerca de la plaza del pueblo mandó construir una inmensa fábrica. Como la que le había mostrado Ruud. La gente, al verle, lo tachaba de loco, pero él no hacía caso, muy ocupado en la elaboración del maravilloso líquido. Un domingo de verano colocó en la plaza de Kortrik dos grandes cubas, una con cerveza dorada y otra con cerveza negra. Y cuando la gente salió de la iglesia invitó a todos a beber.
Enseguida los habitantes de Kortrik empezaron a animarse, y comieron y bebieron, al principio con desconfianza, luego con alegría.
Corrió por toda la comarca la noticia de elixir maravilloso. Y la ciudad de Kortrik se hizo famosa. En todo el país se instalaron fábricas, con sus correspondientes cervecerías. Y el vino de cebada se extendió por los Países Bajos, Alemania y Escocia. El rey de los Países Bajos concedió a Gambrinus los títulos de duque de Brabante y conde de Flandes. Pero el que prefería éste era el de rey de la cerveza, que le habían otorgado los habitantes de Kortrik.
Gambrinus nunca volvió a pensar en Margarita. Vivió en paz hasta los 90 años. Entonces, un atardecer de invierno, se presentó ante él un anciano de estatura pequeña llamado Ruud. Gambrinus lo reconoció enseguida y, sin decir nada, abandonó su castillo y partió para siempre al país de los seres pequeños. Allí fue reduciendo su tamaño y continuó viviendo eternamente.

Cuentos flamencos.

El cuñado del demonio (Checoslovaquia)

Hace muchos años vivía en Checoslovaquia un muchacho llamado Pedro. Cuando su padre, un rico labrador, murió, su madrastra se quedó con su herencia y lo echó de casa.
- No quiero verte más. ¡Vete al demonio!
Pedro abandonó su casa y echó a andar. Al llegar a una granja llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - dijo el granjero-.
Volvió a intentarlo en dos granjas más granjas más, llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - le contestaban los granjeros.
Volvió a intentarlo en otra y un hombre vestido con un llamativo traje verde.
- ¡Buenos días nos dé Dios! - dijo Pedro en tono amable.
- ¿Qué te ocurre buen mozo? ¿Te agobia algo?
Pedro le contó que buscaba trabajo y que nadie se lo daba, al contrario, lo mandaban al diablo.
- ¡Seguro que él sería más amable conmigo que esos granjeros!
El hombre sonrió y le preguntó si le daría miedo encontrarse con el demonio.
- ¿Miedo? Después de conocer a mi madrastra ya nada me da miedo.
En ese instante el caballero de verde se volvió de un color oscuro y sus vestidos cambiaron a un rojo púrpura.
- Yo soy el demonio.
Pedro ni se inmutó. El diablo le propuso entrar a su servicio. Tendría que atizar tres enormes calderas en el infierno. Ambos llegaron a un acuerdo, y el muchacho se comprometió a trabajar para él durante siete años. Al cabo de este tiempo Pedro como había servido muy bien al demonio, le pidió su regalo y éste, antes de partir, le entregó una varita mágica.
Cuando desees dinero no tienes más que pedírselo. Pero no olvides que cuando subas a la Tierra la gente te tendrá miedo, pues has tomado el color tostado del infierno y tu pelo y tus uñas están muy largos.
Pedro no se inquietó, pero el diablo le dijo que el color de la piel no se le iría nunca. Podría decir a la gente que era el cuñado del diablo. El muchacho apareció en el mismo bosque donde ambos se habían encontrado. Allí se despidieron y el diablo se ofreció a ayudar a Pedro en lo que necesitara. El muchacho llegó al pueblo más próximo y se paseó por las calles. La gente, al verle, empezaba a gritar:
- ¡El demonio! ¡Ha llegado el demonio!
- ¡No os asustéis! ¡Yo sólo soy el cuñado del demonio! y diciendo esto, ayudado por su varita mágica, les entregaba puñados de dinero. Pedro hizo construir una gran casa y se instaló en el pueblo. Los habitantes del lugar, olvidando su aspecto infernal, iban a visitarle para pedirle dinero. Pedro y su varita mágica fueron pronto famosos por todo el país. Un día, un noble caballero que vivía en los alrededores, se presentó en su casa.
- ¡Buenos días, señor! He oído hablar de vuestros prodigiosos poderes para hacer dinero. Dicen que sois el cuñado del diablo, pero no ha llegado a mis oídos maldad alguna cometida por usted. Todo lo contrario.
- Sin duda - dijo Pedro - estáis interesado en mi dinero. Os daré la cantidad que deseéis, pero tendréis que entregarme a una de vuestras hijas. ¡Me casaré con ella!
El caballero contó a sus tres hijas el encuentro con el extraño muchacho, las dos mayores empezaron a gritar:
- Por dinero quieres entregar a una de tus hijas. Y menos a un hombre tan horrible como el que describes. ¡No! ¡Nunca nos casaremos con él! Pero la más pequeña, Linka, dijo a su padre que estaba dispuesta, al menos a conocer al hombre. Pedro fue presentado a la joven, y ésta, al verlo, casi se desmaya.
- No te preocupes - dijo el muchacho -. Mi aspecto no es muy agradable ahora, pero si tienes paciencia podré hacerte muy feliz.
La joven sonrió con dulzura y aceptó a su pretendiente. Pedro entregó al padre de Linka una gran cantidad de dinero y ambos fijaron la fecha de la boda. Entonces Pedro llamó a su amigo el diablo y le rogó que le ayudara a recuperar el blanquecino color de su piel.
Y así el muchacho, ayudado por el demonio, se presentó el día de la boda limpio, bien vestido y muy atractivo. Linka, su prometida, no dudó un instante y pronunció un rotundo "Sí". Sus dos hermanas mayores, muertas de envidia, espiaban la comitiva desde su alcoba. Entonces se les presentó Lucifer.
Vengo por vosotras para haceros mis esposas. Así, desde ahora, Pedro podrá decir con mucha razón que es el cuñado del demonio.

Antología de leyendas universales.

lunes, 13 de agosto de 2012

Los zapatos de hierro (Portugal)

Todos los personajes de esta historia carecen de nombre. Sólo se sabe que fueron reyes de Portugal hace mucho, mucho tiempo, y que tenían una hija.
La joven era de carácter apacible y abierto, y muy hermosa. Como estaba en edad casadera nunca faltaban pretendientes a su alrededor.
La vida en palacio discurría de modo agradable y sin preocupaciones. Sólo una cosa inquietaba a sus padres: la princesa compraba cada mes un número desorbitado de zapatos.
Al principio los reyes le proporcionaban tantos como necesitaba, pero con el tiempo el gasto llegó a tal extremo que las arcas reales amenazaban con agotarse.
Los reyes, desesperados, decidieron encargar a un famoso artesano varios pares de zapatos de hierro. Pero, en poco días, los siete pares de zapatos de hierro aparecieron gastados y rotos.
El monarca, apremiado por la corte, mandó pregonar un decreto: aquel que descubriera cómo la princesa podía gastar desde la medianoche hasta la mañana siguiente un par de zapatos de hierro tendría como recompensa si era hombre, la mano de la joven, si era mujer, un título nobiliario y una suma de dinero que le permitiera vivir con desahogo hasta el fin de sus días.
Un día se presentó en palacio una muchacha muy joven, casi una niña.
- Majestad, al llegar a Lisboa he leído el decreto real y vengo dispuesta a resolver el problema. Necesitaré tan sólo tres días - dijo la joven con firmeza-.
El monarca la observó detenidamente, con curiosidad, le parecía imposible que aquella niña pudiera averiguar qué hacía la princesa con los zapatos. Pero estaba cansado del asunto, y asintió, diciendo antes a la joven que si fracasaba en su intento sería ejecutada, pues así lo imponían las leyes.
Y llegó la primera noche. La princesa, antes de retirarse, quiso conocer al nuevo candidato, y se quedó sorprendida de que fuera una muchacha. Hablaron agradablemente durante un rato, y antes de dormir, la princesa ofreció a la muchacha una bebida caliente.
Enseguida la joven se quedó dormida, y no se despertó hasta muy entrada la mañana. Después del desayuno, la niña fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró con el rey.
- Buenos días jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca -.
- No, majestad. Todavía nada. Dentro de dos noches lo sabré.
- Bien. Recuerda que si fracasas morirás en la hoguera. Transcurrió el día sin acontecimiento alguno y, al llegar la noche, antes de dormir, la princesa ofreció de nuevo a la muchacha una bebida caliente. Y la niña bebió de neuvo y durmió apaciblemente hasta bien entrada la mañana.
Después del desayuno fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró de nuevo con el rey.
- Buenos días, jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca-.
- No, señor. Todavía nada. Mañana lo sabré.
Y el monarca volvió a recordar a la joven que si fracasaba moriría en la hoguera. Y, al llegar la noche, la princesa visitó a la joven en su alcoba, y por tercera vez le ofreció la bebida caliente. Pero esa noche la muchacha hizo que bebía, pero sólo humedeció sus labios. Y ambas se despidieron enseguida con amabilidad.
En cuanto cerró la puerta la princesa, la joven sacó de su atillo un pequeño frasco y bebió de golpe el líquido que contenía. En un instante su tamaño se redujo al de un pulgar, y así pudo colarse por el ojo de la cerradura para adentrarse en los aposentos de la princesa.
Era medianoche y ésta se había puesto los zapatos de hierro y se disponía a salir por una puerta falsa que se había abierto en la pared. Llegó a los jardines de palacio y se subió a un corcel negro que sujetaban dos hombres altos y hermosos. La niña se había colgado entre los encajes del vestido de la princesa, sin que ella pudiera descubrir su presencia. Enseguida llegaron a un castillo erguido sobre las rocas del océano. Al desmontar los jinetes se abrió una enorme puerta, dando paso a un salón inmenso donde se celebraba un gran baile. Seres gigantescos se entregaban a una danza desenfrenada, y la princesa se unió a ellos, moviendo su cuerpo al compás de una música infernal. De pronto apareció un hombre más grande que los demás, horrible y peludo. Se dirigió a la princesa, y cogiéndola de las manos con fuerza comenzó a girar sobre la pista. La niña se agarraba a las faldas de la hija del rey, y como había descubierto que aquel era el hijo de Satanás, se introdujo en el escote de la princesa y pinchó su piel con un alfiler diminuto. Al instante, por arte de magia, aparecieron las dos en los jardines del palacio real. La niña retomó su tamaño original y explicó al rey cómo su hija había sido hechizada por espíritus diabólicos, destrozando su calzado en una danza satánica que se repetía cada noche. Al hacerla desaparecer antes de que el baile terminara, había sido liberada de su maldición.

Cuentos portugueses.

lunes, 6 de agosto de 2012

La leyenda del Rey Ciro (Persia)

En la antigua región oriental de Media vivía un rey valiente y poderoso, Astiajes, que tenía una hija llamada Mandane. Durante tres noches seguidas soñó el rey que del vientre de su hija nacía una vid que se extendía por Asia.
El monarca no supo descifrar el sueño y reunió a todos los adivinos del reino para escuchar sus interpretaciones. Todos coincidieron: la princesa Mandane tendría un hijo que llegaría a ser rey y le arrebataría el reino a su abuelo.Cuando Madane tuvo edad casadera, su padre la envió a Persia, para que contrajera matrimonio con Cambises, hombre sin linaje y de poca importancia social, pues pensaba que así no se cumpliría el sueño. Pronto supo que su hija estaba embarazada; ordenó entonces que la trajeran a palacio. Llego la hora del parto y la princesa trajo al mundo un niño muy hermoso. Astiajes tuvo miedo, y ordenó a Harpago, noble de su confianza, que cogiera al niño y lo llevara a las afueras de la ciudad para matarle. Harpago llegó al bosque, pero no se atrevió a darle muerte a la criatura y entregó el niño a un pastor al llegar la noche. El pastor dejó el infante sobre unas hojas de helecho y regresó a su cabaña. Allí encontró el pastor a su mujer llorando con desesperación: acababa de dar a luz a su hijo que había nacido muerto. El pastor contó a su mujer lo sucedido en el bosque, y ambos convinieron en cambiar a los niños y abandonar en el bosque a la criatura muerta, envuelta en los pañales reales.
El nieto del rey crecía feliz junto a sus padres adoptivos, que le había puesto de nombre Ciro, pues la mujer del pastor se llamaba Cira. Un día, el muchacho, que ya contaba con diez años, jugaba con sus amigos a elegir un rey, al que tendrían que obedecer los demás. Por unanimidad todos eligieron a Ciro y le juraron obediencia. Sólo uno se resistió. Entonces el falso rey ordenó que lo azotaran. El muchacho apaleado por sus compañeros de juego, fue corriendo a contárselo a su padre.
- Ciro, el hijo del pastor, me ha azotado, porque jugando fue elegido rey y yo no hice voto de obediencia.
El padre del muchacho, furioso, pidió audiencia ante el rey Astiajes y le contó lo ocurrido. Astiajes quiso conocer a Ciro y ordenó que lo llevaran a su presencia. Llegó el muchacho y el rey reprochó su actuación.
- Mi señor, mis compañeros me eligieron rey y juraron obedecerme. Uno se resistió y tuve que castigarle, pues desobedecer al rey es una falta grave.
Astiajes, viendo el parecido de Ciro con su hija Mandane y la desenvoltura del muchacho, sospechó que aquel era su nieto, al que había mandado matar cuando nació. Para asegurarse, ordenó que llevaran al pastor rápidamente a su presencia.
Este no quiso decir la verdad al rey, asegurando que Ciro era su hijo realmente. Pero cuando comenzaron a torturarle, el pastor comenzó a gritar y juró que diría toda la verdad.
Finalmente Astiajes vio confirmada su sospecha pero, creyendo que al ser Ciro elegido rey de los muchachos ya se habían cumplido los vaticinios de los adivinos podía quedarse tranquilo y dejó libre al pastor y acogió al niño, al que pensó educar como a un verdadero príncipe. Sin embargo pensando que Harpago había desobedecido sus órdenes, le dio un castigo terrible: hizo matar a uno de sus hijos y ordenó a los cocineros que lo prepararan como manjar. Aquel día invitó a Harpago a la mesa, prometiéndole un exquisito banquete. Harpago probó el plato y el monarca le preguntó si sabia bien.
- Sí, señor, es delicioso.
- Pues es tu hijo menor al que te has comido - dijo el rey con crueldad -.
Harpago cayó desvanecido ante el horror que le produjo la venganza real. Cuando volvió en su, su único pensamiento era vengarse del rey. Así, escribió a Ciro, a quien su abuelo había enviado a Persia para aprender el arte militar. En la carta le contaba la verdad, y le explicaba que si vivía era gracias a él, porque su abuelo, al nacer, había ordenado que lo mataran. Le hablaba también de la terrible muerte de su hijo menor a manos de su cruel abuelo. Y terminaba invitándole a tomar las armas contra el asesino Astiajes.
Ciro recibió el mensaje, reunió un ejército poderoso y se dirigió a Media. Los soldados que vigilaban el palacio de Astiajes vieron, desde las atalayas, que se acercaba un gran ejército y avisaron a su rey. Este llamó a Harpago y le ordenó que convocara a su ejército para luchar contra el enemigo. Harpago aceptó el mando pero, cuando llegó junto a las tropas de Ciro, en lugar de enfrentarse, se unió a ellas. Astiajes, al conocer la noticia, montó en cólera, reunió un nuevo ejército y se puso al frente para combatir a Harpago y a Ciro. Tras una dura batalla, Astiajes logró la victoria, y su nieto y su ministro emprendieron huida con el ejército, temiendo la crueldad del monarca. Pero cuando los vencidos corrían despavoridos salieron todas las mujeres al campo de batalla, gritando y tachándoles de cobardes. Entonces Ciro y Harpago se sintieron avergonzados y volvieron a empuñar las armas, enfrentándose con bravura a las tropas de Astiajes, que al final fue derrotado.
Ciro quedó vencedor, pero no quiso matar a su abuelo, simplemente lo desterró. Desde entonces fue rey, y gobernó con Harpago como primer ministro hasta el final de sus días.

Antología de leyendas universales.

lunes, 30 de julio de 2012

Amigo y enemigo (Irán)

Existió una vez un hombre bueno y muy amable. Era muy generoso con la gente, todos le llamaban Amigo. Un día, decidió hacer un viaje, vendió todo lo que poseía, compró un caballo fuerte y salió de la ciudad. No había cabalgado mucho cuando observó que otro jinete iba detrás de él. Amigo detuvo a su caballo y esperó al viajero.
- Mi nombre es Enemigo - dijo el forastero -. ¿Y el tuyo?
- Amigo - contestó el otro.
Decidieron viajar juntos y cabalgaron hasta que llegaron a una fuente de agua muy limpia. Se sentaron a la sombra de un árbol y se pusieron a comer. Enemigo dijo:
- Como somos compañeros de viaje, vamos a compartir la comida. Podemos empezar con tus provisiones; cuando se terminen nos comeremos las mías.
Amigo pensó que era una buena idea, abrió sus alforjas y compartió su comida. Pasaron algunos días de viaje, Amigo continuaba compartiendo sus cosas con Enemigo, hasta que se acabaron sus provisiones. Le tocaba el turno a la de Enemigo. Pero cuando llegó la hora de comer, éste se alejó a cierta distancia y consumió su comida solo. Amigo, que era cortés y tímido, no dijo nada. Pero a los dos días, debilitado y hambriento, dijo a Enemigo:
- Habíamos decidido compartir nuestra comida durante el viaje. Tú ya has comido de la mía. ¡Déjame compartir la tuya ahora!
- Yo soy hombre sabio - dijo Enemigo -. Nuestra jornada va a ser muy larga, si comparto mi comida contigo no tardará en desaparecer. Pero si la conservo para mí solo, podré sobrevivir.
- Si esos son tus pensamientos - dijo Amigo -, no podemos viajar juntos y tomaron caminos diferentes.
Amigo cabalgó todo el día. Al llegar la noche se detuvo en un viejo molino abandonado. Dejó su caballo pastando, se adentró en el molino y enseguida se quedó dormido. Pronto le despertaron unas voces. Miró por un resquicio y a la luz de la luna vio a un león, un tigre, un lobo y una zorra que estaban hablando. Aterrorizado, escuchó que el león decía:
- Yo conozco un secreto muy cercano a nosotros. En este molino viven unos hombres pequeños que guardan montañas de monedas de oro. Las noches de luna llena sacan su tesoro y lo esparcen por el campo. A la luz de la luna bailan entre el oro brillante. Cuando llega el día cogen sus monedas y vuelven a sus escondites.
- Yo he oído - dijo el lobo -, que la hija del rey se ha vuelto loca. Ha perdido mucho peso y está en la cama, enferma. Sólo una hierba podrá curarla. Un pastor la cultiva y alimenta a sus ovejas con sus raíces. Las raíces de esta hierba cocida en leche podrán curar a la princesa.
Cuando los animales se alejaron del molino, Amigo salió para ver si lo que contaban es cierto. Enfrente, en lo alto de un montículo, bailaban unos hombrecillos a la luz de la luna, rodeados de monedas de oro. Amigo tiró una enorme piedra y éstos huyeron. Entonces él llenó sus alforjas de monedas y salió cabalgando hacia el pueblo más próximo. Al día siguiente recorriendo los alrededores se encontró a un pastor y le preguntó por aquella hierba tan especial. Al principio, éste no contestó, pero al ver las monedas en la mano de Amigo, se ofreció el mismo a arrancar las raíces. Con las hierbas en las alforjas fue directamente a la ciudad donde vivía la princesa enferma. Al llegar al palacio pidió un poco de leche y coció las raíces que llevaba. La muchacha bebió, y a las pocas horas estaba totalmente recuperada. Amigo se quedó en la ciudad, se casó con la princesa y vivió feliz.
Un día se presentó en la casa un forastero. Habían pasado los años, pero Amigo pudo distinguir quién era. Se trataba de Enemigo, su antiguo compañero de viaje. Amigo le contó lo que desde entonces le había sucedido. Entonces, Enemigo tuvo envidia y quiso probar fortuna en el viejo molino. Esperó a que llegara la noche y cuando salió la luna pudo ver a los hombrecillos que bailaban entre monedas de oro, pero, tan pronto como levantó la gran piedra para aplastarlos, ésta cayó sobre él, aplastándole para siempre.

Cuentos orientales.

lunes, 23 de julio de 2012

El espíritu de la luz (Alemania)

Dentro de una bombilla que colgaba del techo del vestíbulo de una casa de campo vivía un pequeño espíritu, el espíritu de la luz. Todo el día se pasaba quejándose.
- ¡Qué vida tan miserable la mía! Mi existencia es parecida a la de los vigilantes nocturnos. En toda la noche no puedo pegar ojo y me tengo que conformar con dormir de día. Y la culpa la tiene la gente que habita en esta casa. En cuanto empiezo a quedarme dormido viene alguien y, ¡zas!, aprieta la llave de la luz y me despierta. Seguro que si estuviera dentro de una lámpara más importante, por ejemplo, la del comedor, sólo me molestarían en las grandes ocasiones. Estoy cansado. Creo que esta noche dormiré a mis anchas y no permitiré que nadie me despierte.
Aquella noche, el dueño de la casa volvió tarde. Al entrar en el vestíbulo dio la vuelta al interruptor, pero el espíritu de luz había decidido no trabajar y se quedó apagado. Por esta razón, el hombre tuvo que subir a oscuras las escaleras y, como era poco torpe, resbaló y se cayó, rompiéndose con ello una pierna.
Cuando el espíritu de la luz vio lo que había ocurrido, para compensar los daños, decidió lucir todas las noches, sin esperar a que nadie le despertara prendiendo el interruptor, de esta forma todos estarían felices con su trabajo y orgullosos de tener una luz que se apagase.
Ala noche siguiente, a altas horas, un hombre entró silencioso en la casa  y comenzó a subir por las escaleras. Llevaba en la mano un manojo de llaves que se le cayó al suelo, haciendo un ruido tremendo. Los habitantes de la casa se despertaron y, al ver lo que ocurría en la escalera, cogieron al ladrón y lo llevaron a la Policía.
- ¡Todo por su culpa! - dijo el hombre mirando al espíritu de la luz -. Si no hubieras brillado tanto habría podido ocultarme sin ser descubierto por los dueños de la casa. El espíritu de la luz estaba cada vez más confuso. Ya no sabía cómo actuar, pues no era capaz de distinguir entre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Entonces, decidió salir al mundo y recorrerlo. Quizá alguien podría explicarle cuál era el mejor modo de que todos estuvieran contentos.
En el camino se encontró a una mujer completamente vestida de negro, y una mirada arrogante y fría, llena de misterio y oscuridad.
- ¿Quién eres? - preguntó con miedo, pero decidido, el espíritu de la luz.
- Soy la noche - dijo la mujer - y tú eres mi peor enemigo. Cuando los hombres llegan a casa cansados después del trabajo, yo extiendo mi manto negro y elimino sus preocupaciones, velando su sueño. Pero tú destruyes parte de mi poder, oponiéndote con tu luz a mis tinieblas. Y, como tú, hay millones de pequeñas luces que pueden hacer que mi grandeza parezca menor.
- Disculpe señora, eso no volverá a ocurrir.
Y el espíritu de la luz, todavía más entristecido, continuó su camino, intentando descubrir qué debía hacer. Por la mañana se encontró a un ser enorme, con una cabeza redonda y muy grande, cubierta de sudor. Al ver al espíritu de la luz la gran bola soló una gran carcajada que retumbó en todos los rincones de la Tierra. Parecía que no iba a terminar nunca aquel ruido insoportable.
- Dime quién eres y por qué te burlas de mí, no creo que yo te haya hecho nada malo - preguntó furioso el espíritu de la luz.
- Yo soy el Sol. Y me río de ti porque tienes la osadía de competir conmigo. No eres consciente de mi grandeza, de la fuerza y la luminosidad de mis rayos. ¿Piensas, pequeño e insignificante ser que la luz que emites puede compararse con la potencia con la que yo irradio? Lo único que debería hacer  es avergonzarte. Tu trabajo no sirve para nada. El espíritu de la luz volvió apesadumbrado a su bombilla, en el techo del vestíbulo de la casa de campo. Y, desde las alturas, vestido con una frágil cubierta de cristal dijo a la lámpara del comedor:
- Me siento incapaz de complacer a todos. Nadie está contento con lo que hago. Lo que favorece a unos, entorpece a otros. Estoy cansado y triste, y voy a abandonar la Tierra.
Y sin decir más se tumbó en el suelo de cristal de la bombilla y, expirando, apagó su luminosidad.
A la mañana siguiente, la lámpara del comedor escuchó que la dueña de la casa decía a la criada:
- Dagmar, la bombilla del vestíbulo se ha fundido. Ve a la tienda y compra otra.

Norberto Lebermann - Cuentos alemanes

lunes, 16 de julio de 2012

El bueno de Francoer

Hace muchísimos años, existió un hombre bueno que se llamaba Francoer, que tenía fama de ser muy inteligente, era bastante pobre y vivía a las afueras del pueblo en una pequeña y destartalada choza. Su única propiedad era una vaca muy flaca que terminó enfermando y un día murió.
Intentando beneficiarse de aquella pérdida, Francoer la desolló, guardó la carne con la que comería al menos un par de días y puso la piel a secar. Cuando estuvo seca, pensó que quizá le darían algo por ella y decidió ir al pueblo e intentar venderla. Así lo hizo, pero el camino era tan largo que, después de algunas horas, tuvo que pararse a descansar bajo un árbol. En medio de su descanso Francoer escuchó un ruido. Se trataba de una banda de cuarenta ladrones que llegaban a caballo. El pobre hombre tuvo tanto miedo que se encaramó a la copa del árbol con su piel de vaca cubriéndole la cabeza. Los ladrones llegaron, se sentaron justo bajo el árbol donde estaba Francoer y se pusieron a contar su botín. Cuando el buen hombre vio aquel enorme montón de oro y plata, se puso a temblar de pies a cabeza y la piel de vaca se le escurrió. Fue a parar justo encima de los ladrones y éstos, que con el espeso ramaje del árbol no veían a Francoer, creyeron que aquella piel sobre sus cabezas era un castigo divino por sus fechorías, se asustaron muchísimo, saltaron sobre sus caballos y huyeron a galope, abandonando el botín.
Francoer, aliviado al ver que no le habían descubierto, bajó del árbol, cogió el botín y se fue a su casa. Por su puesto, su vida cambió por completo, y cuando el rey se entero de que Francoer tenía una fortuna le hizo llamar para interrogarlo:
- Dime - dijo el rey -. ¿De dónde has sacado tanto dinero?
- Yo tenía una vaca - explicó tranquilamente Francoer -. Mi vaca estaba tan enferma que se murió. La desollé y puse su piel a secar. Luego, sólo tuve que venderla y me dieron por ella mucho dinero.
El rey tuvo envidia y quiso hacer lo mismo. Una vez secas las pieles de todo su ganado, las mandó vender. Sin embargo, nadie las quiso. El rey estaba furioso y decidió ir en persona a casa de Francoer. Llevaba tal cortejo que a Francoer no le fue difícil enterarse de su llegada mucho antes de que ésta se produjese. Tuvo tiempo más que suficiente para prepararse. Primero puso al fuego una marmita de sopa. Cuando estaba hirviendo, la retiró del fuego y la colocó en el camino, sobre la tierra. La marmita estaba muy caliente y Francoer cogió un látigo y empezó a azotarla.
- ¿Qué estás haciendo? - le preguntó el rey, que estaba tan sorprendido que se olvidó del engaño de la piel de vaca que le había costado todo su ganado.
- Estoy hirviendo sopa. ¿No ves con tus propios ojos que el agua salta en la marmita? ¿Querrías hacerme el honor de comer conmigo?
El rey no pudo negarse, pero terminó pronto y, disculpándose, volvió a su palacio. Nada más llegar, se dirigió a la cocina y dijo muy serio a su cocinero:
- Coloca la marmita en medio del camino, coge un buen látigo y azótala. La sopa hervirá sola.
El cocinero la azotó con todas sus fuerzas, pero sólo consiguió que la marmita cayera al suelo derramando todo su contenido. El rey, completamente enojando, ordenó a cuatro de sus guardias que prendieran a Francoer y lo llevaran de inmediato ante su presencia.
Esto no resultó nada difícil. Los guardias lo cogieron, lo metieron en un saco y se lo cargaron al hombro. Sin embargo, en el camino encontraron una taberna y pasaron a beber un trago, dejando el saco junto a la puerta, a la sombra. Al principio Francoer protestó mucho, pero como nadie le hacía caso, decidió esperar tranquilamente a ver qué pasaba. Al cabo de un rato, oyó los pasos de alguien que se acercaba y se puso a gritar:
- ¡Ay de mi! ¿Quién vendrá en mi ayuda? ¿Quién me socorrerá? Quieren casarme con la hija del rey, que es una muchacha joven y hermosa, pero yo ya no estoy para este tipo de fiestas.
Atraído por los gritos y muy intrigado, el pastor cuyos pasos había oído Francoer, se acercó al saco y lo desató. Después de escucharle y pensando que, sin duda saldría ventajoso, le dijo:
- ¡Bueno, hombre! Si tú quieres, yo ocuparé con gusto tu lugar.
El hombre ayudó a Francoer a salir y luego se metió él dentro. Cuando los soldados salieron de la taberna, todo estaba otra vez en su lugar. Cogieron de nuevo el saco y lo llevaron al palacio, sin darse cuenta de que Francoer seguía toda la operación con interés, oculto a una distancia prudente.
Al llegar, el rey ordenó que ataran una pesada piedra al saco y lo tiraran en la parte más profunda del río.
Dos o tres días después, Francoer fue a palacio con trescientos carneros tras él y le dijo al rey:
- Muchas gracias, señor, de verdad, muchas gracias. Estoy muy agradecido de que me hayáis tirado al río, pues me habéis hecho un gran favor. Cuando venda los trescientos carneros que he cogido allí, volveré a por más. Estoy seguro de que conseguiré mucho dinero.
El rey, encolerizado y sorprendido, dijo entonces:
- ¡Metedme en un saco y arrojadme al estanque! Yo también quiero beneficiarme de la venta de carneros. Bajo ningún concepto puedo consentir que este hombre sea más rico que yo.
Cuando arrojaron al rey al río se hizo en el agua un círculo muy grande y el saco cayó al fondo. Y Francoer volvió a su casa riendo.

Cuentos populares del todo el mundo.

lunes, 9 de julio de 2012

Dos fuera del zurrón (Finlandia)

Un hombre anciano vivía con su esposa en un pueblo del interior de Finlandia, casi lindando con Rusia. La mujer era una cascarrabias y estaba todo el día buscando motivo de pelea con su esposo.
El viejo no tenía más que un consuelo: salir al campo y preparar trampas para pájaros y conejos, que luego llevaba contento a casa.
Una mañana encontró en una de las trampas que había dejado preparadas la noche anterior, una cigüeña.
- ¡Qué bien! - se dijo -. Me la llevaré a casa y mi mujer la asará para la cena.
Pero la cigüeña, con voz humana le dijo entonces:
- No me mates, por favor te lo pido. Si me sueltas pondré en tus manos un regalo. No te arrepentirás.
Y el pobre viejo, asombrado ante la cigüeña parlante, la puso en libertad.
Volvió a casa con las manos vacías y su mujer, por no perder la costumbre, discutió con él y lo mandó a dormir al establo. A la mañana siguiente partió el hombre a disponer sus trampas. Y al rato se encontró con sorpresa a la cigüeña.
- Te traigo un regalo. ¡Mira! Y dejando en la tierra un zurrón que traía en su larguísimo pico, dijo: 
- ¡Dos fuera del zurrón!
Como por arte de magia salieron del zurrón dos jóvenes, con unas tablas de madera en la mano, que pusieron en el suelo y cubrieron de platos repletos de exquisitas viandas y de deliciosos vinos.
El viejo comió y bebió hasta hartarse, y después de dar las gracias a la cigüeña, volvió muy contento a su hogar. En el camino quiso detenerse en casa de una sobrina.
- Querida sobrina, te ruego me des algo de cenar. La sobrina puso sobre la mesa lo poco que tenía en el horno para comer.
- Muy pobre es la comida que me das. Ahora, yo voy a ofrecerte una buena cena. Y sin decir más cogió el zurrón y exclamó:
- ¡Dos fuera del zurrón!
Al momento aparecieron los dos muchachos y cubrieron la mesa con una espléndida vajilla, sobre la que aparecieron exquisitos manjares.
La sobrina y su marido quedaron asombrados y se hartaron de comer y de beber. La mujer, muerta de envidia, no tardó en idear plan para apropiarse del zurrón.
- Mi querido tío, te encuentro muy fatigado. ¿Por qué no pasas la noche con nosotros en esta casa?
El anciano pensó que sería muy agradable tomar un relajante baño caliente y no se hizo de rogar. Mientras colgaba en un clavo en la pared el zurrón maravilloso, agradeció a su sobrina la invitación que le acababa de hacer.
Cuando el viejo estaba en el baño, la mujer, apresuradamente, confeccionó un zurrón exactamente igual al que llevaba su tío. A la mañana siguiente, el anciano se levantó tranquilo y, sin advertir el cambio, cogió el zurrón y se encaminó hacia su casa.
- ¡Felicítame mujer! Traigo un asombroso regalo que me ha entregado una cigüeña.
Y, depositando el zurrón en el suelo, exclamó:
- ¡Dos fuera del zurrón!
Pero, para su asombro, no ocurrió nada extraño.
Y la vieja, como era costumbre, comenzó a gritar y a pegarle con un palo.
Triste y desolado volvió el viejo al lugar en que había encontrado a la cigüeña. Y allí la encontró, con otro zurrón en su pico.
- ¿Quieres otro zurrón? Seguro que te será tan útil como el primero.
Y el viejo lo tomó contento y emprendió camino a su casa. Pero, como le vino una duda, decidió probarlo una vez, y exclamó:
- ¡Dos fuera del zurrón!
Al momento salieron los dos jóvenes que, con dos fuertes garrotes, comenzaron a pegarle, diciendo:
- ¿No te has dado cuenta que tu sobrina te ha engañado cambiándote el zurrón? Y después desaparecieron.
El hombre se encaminó a casa de su sobrina, dispuesto a darle su merecido.
- Te ruego, querida sobrina, que me dejes pasar otra vez la noche con vosotros.
- Con mucho gusto - dijo encantada la mujer.
El viejo se encaminó al cuarto de baño y no tuvo ninguna prisa en bañarse.
Y ella, para ver qué traía el nuevo zurrón, dijo:
- ¡Dos fuera del zurrón!
Al momento aparecieron los dos jóvenes. Pero esta vez venían con garrotes y no tardaron en dar una soberana paliza a la mujer.
- ¡Devolved el zurrón a vuestro tío - repetían sin cesar los mozos.
Al rato salió el viejo del baño y recuperó su zurrón maravilloso. Contento, se dirigió deprisa a su casa.
- ¡Mira, mujer, qué regalo más bonito te he traído!
La vieja ya estaba dispuesta a asestarle un garrotazo al hombre, pero, enseguida, dijo la frase mágica:
- ¡Dos fuera del zurrón!
Inmediatamente aparecieron los dos mozos cargados de regalos. La anciana, por primera vez en su vida, pidió perdón a su marido.

Cuentos populares finlandeses.

lunes, 2 de julio de 2012

Entre brujos anda el juego (Rusia)

Un soldado llegó a una aldea y pidió a un campesino que le dejara pasar la noche en su casa.
- Consentiría gustoso, soldado, pero vamos a celebrar una boda y no tengo lugar dónde acostarte.
- No te preocupes, un soldado como yo en cualquier sitio se acomoda.
- Si es así, entra.
El soldado vio que el campesino tenía un hermoso caballo enganchado a un trineo y le preguntó:
- ¿Adónde vas?
- Aquí es costumbre que, quien celebra una boda, lleve un regalo al brujo. Si no le llevas nada te agua la fiesta enseguida.
- No te preocupes, no le lleves nada, pues todo se arreglará muy pronto.
Y el campesino le hizo caso y no le llevó nada.
Dieron comienzo a la boda, llevaron a los novios a la iglesia, y por el camino vieron un toro que bramaba y revolvía la tierra con los cuernos. Todos se asustaron pero al soldado ni siquiera le tembló el bigote. Como por arte de magia, de entre sus piernas salió un perro que se precipitó hacia el toro y le clavó los colmillos en el cuello. El toro se desplomó, enseguida, muerto.
Siguieron adelante, y al encuentro del cortejo salió un oso enorme.
- No temáis - gritó el soldado -, yo no consentiré que ocurra nada malo.
Y de nuevo volvió a salir de entre sus piernas el perro, que desolló al oso.
Pasado el susto, el cortejo siguió su camino, pero enseguida salió una liebre que cruzó el camino, casi rozando las patas delanteras de la troica que iba a la cabeza. Los caballos se detuvieron, relinchaban y no se querían mover del sitio.
- ¡Deja de hacer el tonto, liebre, -gritó el soldado-. Ya hablaremos tú y yo un poquito más tarde.
De nuevo todo el cortejo se puso en marcha. Llegaron sin novedad a la iglesia, casaron los novios y se dirigieron de nuevo a la aldea. Cuando ya llegaban a la isba (cabaña), vieron en el portón un cuervo negro que graznaba muy nervioso. Los caballos se volvieron a detener.
- ¡No hagas el tonto, cuervo! - gritó el soldado-. Ya hablaremos tú y yo un poquito más tarde.
El cuervo levantó el vuelo y entonces los caballos se adentraron por el portón.
Sentaron a la mesa los recién casados. Los invitados ocuparon sus asientos, según el orden establecido, y todos se pusieron a comer, beber y divertirse. Todo el pueblo había venido a la boda y se sentían muy felices al ver a los dos jóvenes ya casados y contentos.
Mientras tanto, al brujo de la aldea se lo llevaban los diablos: no le habían hecho ningún regalo, ni siquiera le habían invitado al banquete. Y así se presentó en la isba, sin quitarse siquiera el gorro y sin rezar ante las imágenes. Sin saludar a la gente dijo al soldado:
- Estoy enfadado contigo.
- ¿Por qué? No te debo dinero ni tampoco te he pedido ningún favor que recuerde. Mejor será que te sientes con nosotros y bebamos y nos lo pasemos bien.
- ¡Venga! - dijo el brujo.
Y tomando de encima de la mesa un jarro enorme de cerveza, llenó un vaso y se lo ofreció al soldado.
- ¡Bebe, soldadito! ¡Bebe! ¡Esto te sentará muy bien! Bebió el soldado y, para asombro de todos los comensales, se le cayeron todos los dientes de la boca, dentro del jarro.
- ¡Ay amigo! ¿Qué has hecho con mis dientes? ¿Cómo voy yo a poder comer ahora las galletas?
Y para mayor sorpresa de los invitados, el soldado cogió los dientes y se los puso de nuevo en la boca.
- Ahora yo te agasajaré a ti. ¡Bebe de este vaso de cerveza que te ofrezco! es la mejor de la temporada, según dice el amo. ¡Bebe!, -dijo el soldado al brujo-.
Y el brujo bebió la cerveza y se le saltaron los ojos. Todos los invitados se quedaron atónitos pensando en qué magia haría que el brujo para recuperarlos.
El soldado, con la rapidez de un felino, cogió rápido el jarro con los ojos del brujo y lo tiró al fuego.
Y así, el brujo quedó ciego para toda la vida, y juró que nunca más asustaría a la gente de la aldea. Los campesinos y sus mujeres agradecieron al soldado su ayuda y pidieron a Dios que le colmara de bondades.

Alexander Afanásiev - Cuentos populares rusos.

lunes, 25 de junio de 2012

Salkindaria, el traidor (Navarra)

Hace ya cientos de años, cuando Navarra estaba habitada por recios montañeses, los extranjeros de las tierras llanas vinieron a hacernos la guerra.
En aquella época había menos pueblos que ahora, y todo el país era una inmensa selva; así es que los extranjeros ni encontraban donde guarecerse ni adelantaban un palmo de terreno. Intentó el enemigo salir de tan penosa situación y quiso a toda costa apoderarse de una pequeña aldea de la que le separaba un desfiladero estrecho y  profundo; pero atravesar aquella angostura era empresa difícil, y apoderarse del castillo que se alzaba en un extremo, dominando y protegiendo el valle, resultaba más que imposible. El dueño de aquella sombría fortaleza era Salkindaria un señor de ilustre abolengo, joven, apuesto y valiente; pero de ambición insaciable y mal avenido con los sencillos usos y leyes de estas tierras. A pesar de las escasas simpatías que despertaba en sus convecinos, los montañeses le reconocían como a su jefe. El guardaba las pesadas hachas y las enmohecidas armas que en los momentos de peligro distribuía entre ellos, para luego combatir juntos al enemigo.
Varias veces repitió éste sus furiosos ataques, y otras tantas tuvo que huir. Mas aconteció que un día cerca de las hogueras que los montañeses tenían en el monte, se presentaron en son de paz algunos soldados extranjeros, y su jefe manifestó deseos de hablar con el señor del castillo. Fue conducido éste a su presencia, y a las pocas horas volvieron ambos en cordial compañía.
Al poco, anunció a sus hombres el señor del castillo que iba a pasar al campo enemigo para tratar del bien de sus tierras. ¿Qué sucedió en aquella entrevista? Nadie lo sabe; pero después de dos días de ausencia, volvió el señor tan sombrío y preocupado como antes era alegre y bullicioso. Reunió a los principales montañeses y les manifestó que la guerra podía darse finalmente por terminada y que por consiguiente, desde entonces debían ellos volver a sus aldeas y caseríos para descansar de las fatigas.
Estas palabras fueron oídas por casi todos con inmensa alegría, recelosos, manifestaron que las promesas de los extranjeros ocultaban alguna infame trampa, porque de otro modo resultaba incomprensible que no hubieran abandonado ya el país. Las opiniones se dividieron; pero al final prevaleció el parecer de los más viejos, y todos declararon que no abandonarían las armas hasta que el último enemigo hubiera salido de sus tierras. El señor del castillo, con asombro de todos, manifestó el disgusto que le causaba la terquedad de sus hombres y declaró al retirarse que les exigía que al punto ellos entregaran las armas que les había confiado.
La reunión se disolvió en medio de una horrible confusión, y rápidamente circuló por la comarca la noticia de lo ocurrido.
Pasaron algunos días en medio de una aparente calma. Nadie había vuelto a ver al señor del castillo, pero en los caseríos se susurraba que tenía frecuentes entrevistas con los extranjeros. Y las viejas, siempre murmuradoras, añadían por lo bajo que éstos le habían enviado pesadas arcas, ricas joyas, armas preciosas y hermosísimos caballos como regalos. Una noche de horrible tempestad, un confuso clamor llegó hasta los guerreros navarros desde el fondo del valle; corrieron y vieron con espanto a sus mujeres y a sus hijos huyendo y sus caseríos incendiándose, el castillo ocupado por el enemigo, y a su señor capitaneándolo.
Entonces lo comprendieron todo; ¡El traidor los había vendido! Deslumbrado por las riquezas de los extranjeros y por las brillantes promesas que le habían hecho, el miserable les había franqueado su fortaleza.
En medio de la confusión y del estruendo alzóse un formidable grito de venganza; los navarros, desesperados, prendieron fuego a los bosques. Brilló todo el país y las llamas cortaron el paso.
Quiso éste retroceder, pero se encontró encerrado por todas partes en un inmenso círculo de fuego. Entonces, dominando a los bramidos del incendio y a los de la tempestad, resonó un trueno ensordecedor. Cayeron los montañeses sobre sus contrarios y los barrancos se llenaron de cadáveres.
Cuando cesó el incendio y del gran castillo sólo quedaban unos desmoronados paredones, todo quedó en la oscuridad y en el silencio. No se escucharon lamentos de dolor ni gritos de triunfo: los invasores habían muerto, y los montañeses, rendidos de fatiga, descansaban sobre los cuerpos de sus enemigos. Y cuando vino el sol a iluminar aquel terrible cuadro, se encontró entre las ruinas de la fortaleza el cadáver ennegrecido del traidor.

lunes, 18 de junio de 2012

Las tres naranjas del amor (Asturias)

Hace mucho tiempo vivió un príncipe que decían que no reía nuca. La noticia había corrido por todo el reino y había llegado a oídos de una joven hechicera.
- A este príncipe yo le hará reír y llorar.
Y se vistió con un traje de cacharros enhebrados en cuerdas, se dejó caer el pelo sobre los hombros y, al son del pandero, se puso a bailar frente al príncipe.
La hechicera bailaba dando grandes saltos y, en uno de ellos, se rompió una cuerda que sostenía los cacharros y se quedó desnuda en medio de la calle. El príncipe empezó a reírse.
La mujer furiosa, le dijo:
- Permita Dios que no vuelva a reírse hasta que encuentre las tres naranjas del amor.
Desde aquel momento la tristeza fue ganando el corazón del príncipe. El tiempo fue pasando y, un día, harto ya de su vida sombría y aburrida, dijo para sí:
- Necesito alegrarme y reír. Estoy dispuesto a ir a buscar las tres naranjas del amor.
Caminó de pueblo en pueblo, hasta que una mañana se encontró con la hechicera.
Ella le preguntó:
- ¿A dónde vas?
- Voy a buscar las tres naranjas del amor.
- Están muy lejos de aquí, en una cueva. Camina hacia el norte y la encontrarás en medio de un peñascal.
El príncipe continuó su camino. Al llegar al peñascal se adentró en la gruta.
Llegó a una gran sala donde había una mesa de oro, sobre la que se encontraban tres cajas: cada una contenía una naranja del amor.
Después de caminar unas horas se sentó bajo un fresno y decidió abrir una de las cajas. La naranja guardada en su interior habló:
- ¡Agua, que si no muero!
Y como el príncipe no tenía agua, la naranja murió.
Emprendió de nuevo el camino y llegó a un mesón; allí pidió comida, una jarra de vino y una de agua. Abrió la segunda caja y la naranja dijo:
- ¡Agua, que si no muero!
Pero el príncipe, en lugar de arle la jarra de agua, cogió por error la de vino, echó el líquido en la caja y la segunda naranja también murió.
Emprendió de nuevo el camino y al atravesar un monte encontró un río. Allí abrió la tercera caja.
- ¡Agua, que si no muero!
- Bien sabe Dios que por falta de agua no morirás - dijo el príncipe al tiempo que echaba la caja al río.
Se formó en el agua un montón de espuma y de entre ella salió una hermosa joven.
El hijo del rey la llevó consigo, y en el primer pueblo que encontraron se casaron.
Al año siguiente de deambular por el mundo, la muchacha dio a luz a un niño, y la pareja decidió entonces volver a su reino, para dar la buena nueva al padre del príncipe. Al llegar, el marido dijo:
- Quédate aquí, junto a esta fuente, mientras yo voy a avisar a mi padre, el rey.
Junto a la fuente había una encina, y la joven se sentó a la sombra con su hijo. Al poco tiempo pasó por allí la joven hechicera. Se acercó a la fuente para beber y vio a la hermosa joven.
- ¿Qué hace usted aquí? le preguntó.
- Estoy esperando a mi madrido, el príncipe.
Observándola más detenidamente, miró al niño y más tranquila dijo:
- ¡Qué niño más hermoso tiene! ¡Déjemelo un rato!
La princesa le dejó al niño, aunque de mala gana.
La hechicera, alabó la larga melena de la joven y se ofreció a hacerle un moño. Y con fingida amabilidad se acercó a ella y le clavó9 un alfiler en la cabeza; en ese instante la princesa se convirtió en paloma.
Y la mujer, como tenía el poder de la transformación, tomó la forma de la princesa, puso al niño en su regazo y se sentó bajo la encina a esperar al príncipe; éste, al volver, la tomó por su joven esposa y la llevó a palacio.
Pasó el tiempo, el rey murió y la hechicera, junto a su marido, heredó el trono. Todas las mañanas, al paloma volaba sobre la huerta del palacio, se posaba a comer fruta y decía:
- Hortelano del rey, ¿qué hacen el rey y la reina?
- Comer y beber y estar en la sombra - contestaba él.
- Y el niño, ¿qué hace?
- Unas veces canta y otras llora.
- ¡Pobrecita su madre, que anda por el monte sola!
El hortelano contó al rey lo que sucedía cada mañana en la huerta. Y así decidieron coger al pájaro y dárselo al niño para que jugara.
Una tarde observó el infante que la paloma se rascaba la cabeza con la pata y descubrió que tenía un alfiler clavado. El niño se lo arrancó y la paloma recuperó la forma humana.
La hechicera fue quemada en la plaza pública.


Archivo de tradiciones populares. Cuentos asturianos escogidos de la tradición oral.

El tesoro escondido (Gran Bretaña)

 Un campesino muy pobre soñó durante tres noches seguidas que debajo de una roca, cerca de su casa, estaba enterrado un tesoro. En aquel sue...