Todos los personajes de esta historia carecen de nombre. Sólo se sabe que fueron reyes de Portugal hace mucho, mucho tiempo, y que tenían una hija.
La joven era de carácter apacible y abierto, y muy hermosa. Como estaba en edad casadera nunca faltaban pretendientes a su alrededor.
La vida en palacio discurría de modo agradable y sin preocupaciones. Sólo una cosa inquietaba a sus padres: la princesa compraba cada mes un número desorbitado de zapatos.
Al principio los reyes le proporcionaban tantos como necesitaba, pero con el tiempo el gasto llegó a tal extremo que las arcas reales amenazaban con agotarse.
Los reyes, desesperados, decidieron encargar a un famoso artesano varios pares de zapatos de hierro. Pero, en poco días, los siete pares de zapatos de hierro aparecieron gastados y rotos.
El monarca, apremiado por la corte, mandó pregonar un decreto: aquel que descubriera cómo la princesa podía gastar desde la medianoche hasta la mañana siguiente un par de zapatos de hierro tendría como recompensa si era hombre, la mano de la joven, si era mujer, un título nobiliario y una suma de dinero que le permitiera vivir con desahogo hasta el fin de sus días.
Un día se presentó en palacio una muchacha muy joven, casi una niña.
- Majestad, al llegar a Lisboa he leído el decreto real y vengo dispuesta a resolver el problema. Necesitaré tan sólo tres días - dijo la joven con firmeza-.
El monarca la observó detenidamente, con curiosidad, le parecía imposible que aquella niña pudiera averiguar qué hacía la princesa con los zapatos. Pero estaba cansado del asunto, y asintió, diciendo antes a la joven que si fracasaba en su intento sería ejecutada, pues así lo imponían las leyes.
Y llegó la primera noche. La princesa, antes de retirarse, quiso conocer al nuevo candidato, y se quedó sorprendida de que fuera una muchacha. Hablaron agradablemente durante un rato, y antes de dormir, la princesa ofreció a la muchacha una bebida caliente.
Enseguida la joven se quedó dormida, y no se despertó hasta muy entrada la mañana. Después del desayuno, la niña fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró con el rey.
- Buenos días jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca -.
- No, majestad. Todavía nada. Dentro de dos noches lo sabré.
- Bien. Recuerda que si fracasas morirás en la hoguera. Transcurrió el día sin acontecimiento alguno y, al llegar la noche, antes de dormir, la princesa ofreció de nuevo a la muchacha una bebida caliente. Y la niña bebió de neuvo y durmió apaciblemente hasta bien entrada la mañana.
Después del desayuno fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró de nuevo con el rey.
- Buenos días, jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca-.
- No, señor. Todavía nada. Mañana lo sabré.
Y el monarca volvió a recordar a la joven que si fracasaba moriría en la hoguera. Y, al llegar la noche, la princesa visitó a la joven en su alcoba, y por tercera vez le ofreció la bebida caliente. Pero esa noche la muchacha hizo que bebía, pero sólo humedeció sus labios. Y ambas se despidieron enseguida con amabilidad.
En cuanto cerró la puerta la princesa, la joven sacó de su atillo un pequeño frasco y bebió de golpe el líquido que contenía. En un instante su tamaño se redujo al de un pulgar, y así pudo colarse por el ojo de la cerradura para adentrarse en los aposentos de la princesa.
Era medianoche y ésta se había puesto los zapatos de hierro y se disponía a salir por una puerta falsa que se había abierto en la pared. Llegó a los jardines de palacio y se subió a un corcel negro que sujetaban dos hombres altos y hermosos. La niña se había colgado entre los encajes del vestido de la princesa, sin que ella pudiera descubrir su presencia. Enseguida llegaron a un castillo erguido sobre las rocas del océano. Al desmontar los jinetes se abrió una enorme puerta, dando paso a un salón inmenso donde se celebraba un gran baile. Seres gigantescos se entregaban a una danza desenfrenada, y la princesa se unió a ellos, moviendo su cuerpo al compás de una música infernal. De pronto apareció un hombre más grande que los demás, horrible y peludo. Se dirigió a la princesa, y cogiéndola de las manos con fuerza comenzó a girar sobre la pista. La niña se agarraba a las faldas de la hija del rey, y como había descubierto que aquel era el hijo de Satanás, se introdujo en el escote de la princesa y pinchó su piel con un alfiler diminuto. Al instante, por arte de magia, aparecieron las dos en los jardines del palacio real. La niña retomó su tamaño original y explicó al rey cómo su hija había sido hechizada por espíritus diabólicos, destrozando su calzado en una danza satánica que se repetía cada noche. Al hacerla desaparecer antes de que el baile terminara, había sido liberada de su maldición.
Cuentos portugueses.
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