lunes, 3 de septiembre de 2012

La historia del laúd (China)

En el siglo II antes de J.C., vivía en la corte de Tsin un célebre letrado llamado Yu Choei, aunque sus amigos le llamaban Po-yu. Una vez, fue enviado como embajador a la corte de Tsou, ciudad en la que había nacido. Además de cumplir sus deberes con la corte, aprovechó la ocasión para visitar las tumbas de sus antepasados y saludar a todos sus parientes y amigos. Al despedirse, el rey Tsou le regaló un precioso laúd y puso a su disposición un velero, para evitar el regreso por tierra, siempre penoso y mucho más largo. Po-Yu embarcó rodeado de amigos y altos dignatarios de la corte de Tsou, que habían ido a despedirle. A los pocos días de travesía llegaron a la desembocadura del río Han-Yang. Era mediados de otoño y la luna brillaba sobre la montaña. La embarcación, anclada al pie de una de ellas, estaba en la sombra. Po-Yu se instaló en cubierta, mandó a unos de los criados colocar el laúd sobre la mesa y quemar un poco de incienso. Luego cogió el instrumento, lo afinó y comenzó a tocar. De repente, una de las cuerdas se rompió. Po-Yu sabía que eso quería decir que había alguien escuchando en las cercanías. Dio orden de que los marineros desembarcaran y recorrieran los alrededores. De pronto se escuchó una voz que venía de tierra:
- Soy un leñador que vuelvo al trabajo. Pero al escuchar esa música tan maravillosa me he detenido.
A Po-Yu no le disgustó la respuesta y preguntó al desconocido si sabía cuál era la bonita canción que había comenzado a tocar.
- Sí - respondió -, era el lamento de Confucio a la muerte de su querido discípulo Yen-Wei.
El leñador subió a cubierta. Po-Yu se había propuesto averiguar hasta dónde llegaba la sabiduría del joven leñador y le preguntó si conocía la historia del laúd. El leñador fue invitado a tomar asiento y comenzó a hablar: 
"Fo-Hsi, el príncipe legendario que descubrió el fuego, vio una vez caer sobre las ramas de un plátano chispas de cinco planetas; otra día vio varias aves fenix columpiándose en sus ramas; entonces comprendió que la madera del plátano contenía la esencia del universo y, por tanto, era la madera ideal para fabricar un instrumento musical. Mandó talar uno de aquellos árboles y partirlo en tres: el trozo del cielo, el trozo de la tierra y el trozo del hombre. El primero dio un sonido excesivamente claro y ligero; el segundo resultaba demasiado grave. Sólo el del centro, el de la tierra, armonizaba todos los matices, y por eso fue elegido. Se le tuvo sumergido en la corriente del río setenta y dos días y luego se puso a secar a la sombra. El príncipe Fo-Hsi esperó a que llegara un día de buen augurio, entonces encargó al artífice más hábil de la región que convirtiera aquel trozo de madera en un laúd. El instrumento medía de largo tres pies, seis pulgadas y un décimo, correspondientes a los 361 grados de la circunferencia celeste. Medía ocho pulgadas de ancho, en un extremo, y cuatro en el otro, en recuerdo de las cuatro estaciones y de las ocho fiestas del año, respectivamente. Su grosor era de dos pulgadas, para simbolizar la dualidad de la Luna y el Sol. Sus doce teclas simbolizaban las doce lunas del año, y una tecla aislada representaba la luna que se interpolariza en los calendarios. Sus cinco cuerdas eran los cinco elementos del universo: agua, fuego, madera, metal y tierra, y correspondían a las cinco notas principales de la escala: kung, chan, kiao, tcheu, yo.
Con este laúd de cinco cuerdas - prosiguió el leñador - el emperador Soven conseguía mantener en paz a su pueblo. Cuando el príncipe Wen, su sucesor; fue hecho prisionero por sus enemigos, su propio hijo añadió una cuerda más para que cantara su tristeza: "la cuerda de Wen".
Y continuaba el leñador: "Hay cinco cosas nefastas para la música del laúd: el gran frío, el viento fuerte, la lluvia intensa, el trueno y la nieve. Hay siete condiciones en que está prohibido tocarlo: en caso de duelo, de agitación en la corte, de complicaciones en los negocios, de impureza en el cuerpo, de desorden en el vestido y en aquellos casos en que no se dispone de incienso o no hay un conocedor de la música para escucharla. Cuando las teclas del laúd se pulsan con suavidad, el sonido es tan dulce que los tigres se olvidan de rugir. Su música es la más perfecta y permite expresar hasta las más imperceptibles inclinaciones del corazón, y los pensamientos más escondidos.
Po-Yu, asombrado y entusiasmado, felicitó a su huésped. Durante muchas horas siguieron hablando. Cuando llegó el momento de levar el ancla, Po-Yu volvería a la desembocadura del río a reunirse con su amigo. Antes de desembarcar, Tseu-Tsi tuvo que aceptar como regalo dos lingotes de oro que le ofrecía su amigo.
Los meses fueron pasando lentamente, y llegó el otoño. Po-Yu pidió permiso al rey para ausentarse y volvió a la desembocadura del río para reunirse con su amigo. Mientras esperaba, Po-Yu sacó el laúd y se puso a tocar.
Apenas habían sonado los primeros compases, cuando notó en la segunda cuerda un sonido agudo y triste.
Enseguida pensó que le había ocurrido algo a su muy querido amigo.
Corrió en busca, y en un cruce de caminos vio acercarse un anciano apoyado en un bastón de leñador. Po-Yu le preguntó entonces si conocía a Tseu-Tsi, un joven leñador.
- Mi hijo acaba de morir. Hace un año un gran señor de la corte de Tsou le ofreció como regalo dos lingotes de oro. Con ellos, Tseu-Tsi se había comprado libros y había estudiado y leído tanto que, al fin, no pudo resistir el gran esfuerzo de aquel trabajo, que se añadía al de leñador, y murió.
Po-Yu se fue, cabizbajo, a la tumba de su amigo y dejó unas ofrendas sobre una mesita de piedra y dijo:
- Mi laúd muere contigo, no deseo volver a tocarlo.
Después de decir esto, cogió el laúd entre sus manos y lo golpeó fuertemente contra la mesita de ofrendas. Y el laúd voló, hecho mil pedazos por el aire.

Cuentos Chinos. Miraguano Ediciones. Madrid. 1987.

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