lunes, 16 de abril de 2012

Del amor y la muerte (Transilvania)

Existió una vez una joven muy hermosa que vivía en un pueblo de las montañas. No tenía padre, ni madre, ni hermanos ni ningún familiar; todos habían muerto. Vivía sola en una casa de piedra en un extremo del pueblo, nadie iba a verla y ella nunca visitaba a nadie; no conocía amigos, ni pretendientes.
Una vez, cuando cumplió los quince años, decidió irse a una ciudad cercana porque no quería estar sola. Allí había pasado un año, pero cuando pasó éste volvió a casa. Se había dado cuenta de que la soledad no era mala si uno era capaz de vivir feliz con lo que tenía. La joven se pasaba el día cosiendo al sol, sentada en su huerta, entre manzanos y zarzamoras. Era feliz; tenía un vestido para cada día de la semana, era amiga de los pájaros y sus padres le habían dejado dinero suficiente para vivir desahogada hasta el fin de sus días.
Conocía hasta el sendero más recóndito del valle en que vivía. Varias veces había recorrido las montañas, para ver otros valles, no muy lejanos y deleitarse con el canto de los pájaros y los preciosos paisajes recónditos de su comarca.
Le encantaba caminar. Una tarde, un hombre desconocido llamó a su puerta:
- Soy un viajero. Vengo de muy lejos. Desearía descansar aquí.
- Quédate - respondió la muchacha -. Te daré de comer y de beber y mulliré un colchón para que descanses.
Y, si lo deseas, te puedo mostrar los rincones más hermosos del valle.
El viajero entró y se sentó en la cocina mientras la joven preparaba algo para cenar. Comieron juntos, charlando con animación hasta que el sol comenzó a aparecer por el horizonte. Entonces, con la primera luz de la mañana, recorrieron los campos que llevan al arroyo. Allí, la joven se desnudó y se sumergió en las aguas. Muy juntos volvieron a casa. Al llegar, el viajero dijo a la muchacha:
- Estoy muy cansado. Desearía dormir. Ha pasado mucho tiempo desde que descansé en una cama la última vez.
- ¿Cuánto? - preguntó la joven.
- Yo no duermo más que una semana cada mil años.
- ¿Quieres burlarte de mí? - dijo ella molesta.
Pero el hombre no respondió. De repente, se había quedado profundamente dormido. La muchacha no insistió más y le dejó descansar plácidamente.
A la mañana siguiente, el hombre se levantó y dijo:
- Si lo deseas, puedo quedarme contigo una semana entera. Después, me iré para siempre. Ella consintió feliz. Nunca había conocido a nadie como aquel desconocido. Con él se sentía a gusto y había roto sus lazos con la soledad. El tiempo pasó veloz, como un suspiro. El viajero y la joven atravesaron las montañas y vieron otros valles. Jugaron en las aguas del río y fueron muy felices durante aquellos días.
Una noche, mientras dormían, ella se despertó sobresaltada y exclamó:
- Querido mío. He tenido un sueño horrible. Te convertías en un ser frío y pálido. Viajábamos en un hermoso carro tirado por seis caballos blancos. Tú hacías sonar un potente cuerno y una multitud de muertos salían a nuestro encuentro y se unían a nosotros enseguida. Tú eras su rey.
Muy serio, él se incorporó en el lecho y dijo:
- Querida mía, debo marcharme. He de explicarte que no ha muerto ni una sola alma en el mundo desde que estoy aquí contigo. Debo irme.
Pero ella se echó a llorar suplicando:
- Te lo ruego. No te vayas. Quédate a vivir conmigo aquí para siempre. Nuncha he sido tan feliz como lo soy contigo y sé que nunca volveré a encontrar un hombre tan maravilloso como tú.
- No puedo. Debo marcharme. Y cuando él tomó delicadamente su mano para despedirse, ella le dijo:
- Dime al menos cuál es tu nombre. Necesito saberlo. Tal vez sea lo único que me quede de ti en esta vida.
- El que sabe mi nombre, muere - dijo el viajero -. No puedo decirte quién soy, sería tu perdición.
- Sufriré cualquier cosa, me he enamorado de ti y desde el día que te conocí eres lo más importante para mí. Dime quién eres, por favor.
- Si te digo mi nombre tendrás que venir conmigo. Yo soy la Muerte.
La muchacha sintió frío y un profundo estremecimiento. Y en un instante, murió.


Cuentos gitanos. Cuento de Transilvania.

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