martes, 17 de abril de 2012

Eleonora

 Vengo de una raza conocida por el vigor de su fantasía y por el ardor de su pasión. Los hombres me han llamado loco; pero no está esclarecida aún la cuestión de si la locura es o no la más elevada inteligencia, si mucho de lo que es glorioso - todo lo que es profundo - no nace de una enfermedad del pensamiento, de unos estados del espíritu exaltado a expensas del intelecto en general. Los que sueñan de día son sabedores de muchas cosas que se escapan a los que únicamente sueñan de noche. En sus grises visiones captan vislumbres de eternidad, y se estremecen al despertar, al hallar que ha estado al borde del gran secreto. A retazos aprenden algo de la sabiduría del bien, y más aún del mero conocimiento del mal. Penetran, no obstante, sin timón y sin brújula, en el vasto océano de la "luz infalible", y de nuevo, como los aventureros del geógrafo nubio, peligrosos son los mares de las tinieblas, para lo que exploran en ellos.


Diremos, pues, que estoy loco. Convengo, al menos, en que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de una razón lúcida, que no ha de discutirse, perteneciente al recuerdo de los sucesos que forma la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y al recuerdo de lo que constituye la segunda gran época de mi ser. Por lo tanto, lo que os diré del primer periodo, creedlo; y a lo que pueda relatar del último tiempo, dadle sólo el crédito que os puede merecer, o dudadlo del todo, o si no podéis dudarlo, representad el papel de Edipo con su enigma.
Aquella a quien amé en mi juventud y sobre quien escribo serena y claramente estos recuerdos, era la hija única de la única hermana de mi madre, muerta hace mucho tiempo. Eleonora era el nombre de mi prima. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el maravilloso Valle de la Hierba Multicolor.
Ningún paso no guiado penetró jamás en aquel valle, porque se hallaba a lo lejos, entre una sierra de gigantes montañas que se elevan y lo dominaban en torno, cerrando a la luz del sol sus cercanías, y para llegar a nuestro hogar feliz era necesario apartar con fuerza el follaje de muchos miles de árboles selváticos y aplastar la gloria de muchos millones de fragantes flores. Así vivimos eternamente solos, sin saber nada del mundo más allá de nuestro valle, yo, mi prima y su madre.
Desde las sombrías y oscuras regiones al otro lado de las montañas situadas en la parte más alta de nuestro cercano dominio, serpenteaba un río estrecho y profundo, más brillante que todo, excepto los ojos de Eleonora, y retorciéndose cautelosamente en cursos laberínticos, desaparecía al cabo a través de un oscuro desfiladero entre montañas aún más sombrías que aquéllas de donde surgía. Lo llamábamos el "Río del Silencio" porque parecía haber en su corriente una apaciguadora influencia. De su lecho no surgía ningún murmullo, y discurría con tanta suavidad que las guijas perlinas que nos gustaba contemplar, en la profundidad de su seno, no se movían, sino que permanecían en una dicha inmóvil, cada una en su sitio, brillando gloriosa y eternamente.


Las orillas del río y de muchos deslumbrantes riachuelos que por tortuosos caminos se deslizaban hacia su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes hasta el lecho de guijos a través de las profundidades de las corrientes; estos lugares, digo, así como toda la superficie del valle desde el río a las montañas que lo circundaban, estaban alfombrados por una hierba verde y suave, espesa, corta perfectamente uniforme, y perfumada de vainilla, pero tan salpicada en su extensión de ranúnculos amarillos, de margaritas blancas, de violetas purpúreas, de asfódelos de color de rubí, que su inconcebible belleza hablaba a nuestros corazones, en tonos muy altos, del amor y de la gloria de Dios.
Y aquí y allá, entre la hierba, como páramos de sueño, brotaban árboles fantásticos, cuyos altos y delgados troncos se elevaban, no rectos, sino graciosamente inclinados hacia la luz que asomaba al mediodía en el centro del valle. Su corteza estaba salpicada por el vivo brillo alterno del ébano y la plata, más suave que todo, excepto las mejillas de Eleonora; de tal manera, que, salvo por el verde brillante de las enormes hojas que se extendían desde sus copas en líneas largas y trémulas que se entretenían con los céfiros, podía tomárselos por gigantescas serpientes de Siria que rendían homenaje a su soberano el sol.


A lo largo de quince años, Eleonora y yo, cogidos de la mano, vagamos por este valle antes de que el amor penetrase en nuestros corazones. Fue un atardecer, al final del tercer lustro de su vida y del cuarto de la mía, estando sentados, unidos en estrecho abrazo, bajo los serpentinos árboles, mirando nuestra imagen en las aguas del "Río del Silencio". No hablamos durante el resto de aquel dulce día, y aún a la mañana siguiente nuestras palabras fueron escasas y trémulas. Habíamos sacado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido en nosotros las ardorosas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que habían distinguido a nuestra raza durante siglos acudían en tropel con las fantasías por las cuales se habían hecho igualmente notables, y juntas exhalaban una delirante felicidad sobre el Valle de la Hierba Multicolor. Se verificó un cambio en todas las cosas. Flores extrañas, brotaron en los árboles donde antes no se conocían las flores. Los tonos de la verde alfombra se hicieron más intensos; y cuando, una por una, desaparecieron las blancas margaritas, surgieron en su lugar diez asfódelos de color de rubí. Y la vida brotó en nuestros senderos, pues el alto flamenco no visto hasta entonces, con todos los alegres pájaros de colores brillantes, desplegó su plumaje escarlata ante nosotros. Pero de oro y de plata poblaron del río, de cuyo seno surgió poco a poco un murmullo que crecía, trocándose al fin en una melodía arrulladora más divina que el arpa de Eolo, más dulce que todo, excepto la voz de Eleonora. Y entonces una nube voluminosa, que habíamos estado viendo hacía tiempo en las regiones de Hérpero, flotó en ellas, brillante de carmín y oro, y quedándose apaciblemente sobre nosotros, descendió día tras día, cada vez más baja, hasta que sus bordes descansaron sobre la cima de las montañas, tornando su oscuridad en magnificencia, y encerrándose como para siempre en una mágica prisión de esplendor y de gloria.


Tenía Eleonora el encanto de los serafines, pues era una doncella ingenua e inocente como la breve vida que había llevado entre las flores. Ninguna astucia disfrazaba el fervor del amor que animaba su corazón, y examinó conmigo los más íntimos escondrijos de éste, mientras paseábamos juntos por el Valle de la Hierba Multicolor y hablábamos de los poderosos cambios que habían ocurrido recientemente.
Al fin, habiéndome hablado un día, llorando, del triste cambio que había de acontecer por último a la Humanidad, no pensó en adelante sino en este doloroso tema, mezclándolo en todas nuestras conversaciones, de la misma forma que en los cantos del barbo Schiraz se hallan las mismas imágenes, una y otra vez, en cada impresionante variación de frase.
Ella había visto que el dedo de la muerte estaba sobre su seno, y que, como lo efímero, había sido creada de perfecta hermosura sólo para morir; mas para ella los errores de la tumba residían sólo en la consideración que me había revelado una tarde, en el crepúsculo, a orillas del "Río del Silencio". La atormentaba pensar que, cuando la hubiera sepultado en el Valle de la Hierba Multicolor, yo abandonaría para siempre aquellos retiros, dedicando el amor que ahora era tan apasionadamente suyo a alguna doncella del mundo exterior y cotidiano. Y de vez en cuando me arrojaba rápidamente a los pies de Eleonora, y le ofrecía hacer el voto, ante ella y ante el cielo, de que jamás me uniría en matrimonio a ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno sería infiel a su amado recuerdo ni a la memoria del piadoso amor con que me había bendecido. Y apelé al Sumo Regulador del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi voto. Y la maldición que invoqué de El y de ella - una santa del Paraíso - si llegaba a traicionar aquella promesa, envolvía un castigo cuyo espantoso horror no puedo trasladar aquí. Y, al oír mis palabras, los brillantes ojos de Eleonora relucieron más aún, y suspiró como si un peso mortal se le hubiera quitado del pecho, y tembló y lloró amargamente; pero aceptó aquel voto (pues ¿qué era ella sino una niña?) y le hizo fácil su lecho de muerte.


Y pocos días después, al morir sosegadamente, me dijo que, a causa de lo que había hecho yo por el consuelo de su alma, velaría por mí con aquella misma alma cuando muriese, y que, si le fuera permitido, volvería a mí en forma visible durante las vigilias de la noche; pero que si esto sobrepasase el poder de las almas en el Paraíso, ella, al menos, me daría frecuentes pruebas de su presencia, suspirando sobre mí en las brisas del atardecer, o llenando el aire que yo respirase con el aroma de los incensarios de los ángeles. Y con estas palabras en los labios, entregó su vida inocente, poniendo fin a la primera época de la mía.


Hasta ahora he hablado fielmente. Pero cuando paso la barrera del sendero del Tiempo, formada por la muerte de mi amada, y empiezo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra invade mi cerebro, y desconfío de la perfecta cordura del recuerdo. Pero dejadme continuar. Los años se arrastraron pesadamente, y seguí viviendo en el Valle de la Hierba Multicolor. Pero un segundo y sorprendente cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no volvieron a brotar. Los tonos de la verde alfombra se apagaron; uno por uno, y surgieron en su lugar diez oscuras violetas semejantes a ojos, que se retorcían dolorosamente, rebosantes de rocío. Y la vida abandonó nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegó su plumaje escarlata ante nosotros, sino que voló tristemente del valle a las colinas, con todos los alegres pájaros de colores brillantes que con él llegaron. Y los peces de oro y de plata huyeron nadando por el desfiladero, hacia el extremo inferior de nuestros dominios, y jamás volvieron a engalanar el dulce río. Y la arrulladora melodía que era más suave que el arpa de Eolo y más divina que todo, excepto la voz de Eleonora, se extinguió poco a poco, en murmullos cada vez más bajos, hasta que la corriente recobró por completo la solemnidad de su primitivo silencio. Y luego, al fin, ascendió la voluminosa nube y abandonando las cimas de las montañas a su oscuridad original, volvió a las regiones de Héspero, llevándose consigo todas las múltiples glorias doradas y esplendorosas del Valle de la Hierba Multicolor.


Sin embargo, las promesas de Eleonora no habían sido olvidadas, porque oí el rumor del balanceo de los incensarios de los ángeles, y corrientes de aromas santos flotaban siempre en el valle, y en las horas de soledad, cuando mi corazón latía pesadamente, las brisas que bañaban mi frente llegaban hasta mí cargadas de suaves suspiros, y confusos rumores llenaban con frecuencia el aire de la noche; y una vez - ¡oh, sólo una vez! - fui despertado de mi sueño, parecido al sueño de la muerte, por la presión de unos labios inmateriales sobre los míos. 
Pero aún así, el vacío de mi corazón se negó a colmarse. Ansiaba el amor que antes lo llenara hasta rebosar. Al fin, el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre por las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.
Me encontré en una ciudad extraña, donde todas las cosas podían haber servido para borrar el recuerdo los dulces sueños que soñé tanto tiempo en el Valle de la Hierba Multicolor. Las pompas y faustos de la soberbia corte, y el loco estruendo de las armas, y la radiante hermosura de las mujeres, aturdían y embriagaban mi cerebro. Pero mi alma permanecía fiel a sus votos, y los signos de la presencia de Eleonora me llegaban en las silenciosas horas de la noche.


Repentinamente cesaron estas manifestaciones, y el mundo se oscureció ante mis ojos, y me sentí espantado antes los ardientes pensamientos que me embargaban, ante las terribles tentaciones que me acosaban; porque llegó de una lejana y desconocida tierra, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella se entregó por entero mi desleal corazón, ante cuyo escabel me entregué sin lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración de amor. ¿Qué era, en verdad mi pasión por la joven del valle, en comparación con el fervor, el delirio y el arrebatador éxtasis de idolatría con que derramé el alama entera en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarde? ¡Oh, cuán brillante era la seráfica Ermengarde! Y al mirar en las profundidades de sus ojos memorables, sólo pensé en ellos... y en ella.
Me casé, sin temer la maldición que había invocado; y su amargura no llegó hasta mí. Y una vez -sólo una vez en el silencio de la noche- me llegaron, a través de mi celosía, los suaves suspiros que me habían abandonado; y se modularon en una dulce voz familiar que decía: 
-¡Duerme en paz! Que el Espíritu del Amor reine y gobierne, y al acoger en tu apasionado corazón a la que se llama Ermengarde, estás absuelto, por razones que te serán dadas a conocer en el cielo, de tus votos para con Eleonora.

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