No puedo entender por qué te preocupa tanto quién sea o no ese chico. ¿No me habíamos dicho que el próximo año termina la carrera de arquitectura?
- Eso no es suficiente, Helen. Conoces a los míos y sabes que no les sirve cualquiera.
Mis padres no admitirían a un desconocido.
- ¿No irás a llamar uno cualquiera a un arquitecto?
- No lo es; pero también cuenta su origen, ¿no crees?
- ¿tu crees que en la época actual es lógico que te preocupe si un hombre es hijo de unos padres vulgares?
- No sé a ti, pero a mi sí.
- Sinceramente, a mí, no. Pero más quisiera yo que ese fuera mi problema. Lo mío si que es grave.
- Y ¿puede saberse qué es lo que te pasa a tí?
- No lo comprenderías...Bueno, después de lo que me has contado, no debería extrañarte, ¿Cómo se llama?
- Frank Scott, ¿Le conoces?
- No, pero indagaré por ahí. ¿Ya os habéis hecho novios?
- NO sabría decirte si somos novios o qué somos en realidad. Es un tipo un poco raro, pero muy atractivo, aunque un poco descuidado en su indumentaria habitual.
- ¿No me irás a decir que eso también te preocupa?
- ¿Es que tú no das importancia nunca a nada?
- ¡Ay, Ethel! Si tú supieras...¿Cómo iba a dar importancia a cosas tan intrascendentes cuando lo suyo sí era un problema real? Pero no podía contárselo a su amiga; no lo comprendería...
- Pasa Edgar. Necesito informarme sobre un tal Frank Scott. ¿Le conoces?
Edgar se puso pálido y pareció tambalearse.
- Yo...yo...no, lo siento miss Helen. ¿Por qué desea saber quién es Frank Scott?
- ¿Se encuentra usted mal? Siéntese, por favor. Abriré la ventana. Una amiga conoce a un hombre que se llama así y quisiera saber más cosas sobre él y su pasado. Edgar preguntó si la señorita quería algo más y salió de la habitación un tanto precipitadamente. Helen se quedó muy sorprendida, pero pensó que su mayordomo la temía.
- Pero, ¿tú estás loca? - le dijo a los pocos días su amiga, cuando se enteró de que el problema de Helen era que estaba enamorada de su mayordomo Edgar.
- Sabía que te parecería una barbaridad, por eso no te lo he dicho antes.
- No es posible, eso no puede ser verdadero amor.
- Lo es. Tiene una clase extraordinaria. Y sabes que para mis padres lo que cuenta es el mérito personal.
- Eres demasiado ingenua.
- ¿Y qué me dices de tu arquitecto? ¿Ya te has enterado de algo sobre su pasado?
- Aún no. Sólo lo veo los miércoles y los domingos.
- Bueno - dijo cambiando de conversación -. Te espero mañana para merendar en casa, ¿verdad? Conocerás a mi mayordomo.
- De acuerdo, iré. Al menos, me divertiré un rato.
Llegó con un deportivo descapotable haciendo mucho ruido. Helen la esperaba en la terraza tomando el sol. Charlaron un rato, fumaron y Helen tocó el timbre.
- ¿Ha llamado, miss Helen?
- Sí, Edgar, puede servirnos.
Fue oír la voz cuando Helen giró la cabeza y le vio. Ambos se miraron, pero ninguno dijo nada.
- ¿Qué te ha parecido? - preguntó Helen cuando Edgar se marchó.
Sin embargo, en la cara de su amiga advirtió que algo no iba bien.
- Es... es...él. Es Frank.
- ¿Te has vuelto loca?
- Sí, Helen, lo es. Nos ha engañado a las dos. No sé qué piensas hacer tú, pero yo no tengo intención de volver a verle nunca más.
Poco después, cuando se quedaron solos, Edgar pasó a la terraza.
- Miss Helen, hoy soy yo quien desea hablarle; si tiene la amabilidad de escucharme un momento.
- Soy toda oídos. Dígame.
- Se trata de su amiga...¿Se lo ha contado todo?
- Desde luego, ¿Por qué nos ha mentido, Edgar?
- Sólo he mentido a medias. En realidad, soy Frank Scott, lo que he omitido ha sido lo de estar aquí trabajando como mayordomo. Necesitaba el trabajo para pagar mis estudios de arquitectura y éste era bastante cómodo. No sé cómo pude ser tan ingenuo. Miss Ethel jamás aceptará relacionarse con un mayordomo.
- Y yo, Edgar... ¿Le gusto yo?
No hubo más comentarios. Pasó el tiempo, y al cabo de un año, cuando Frank terminó la carrera, fue a hablar con el padre de Helen para despedirse. Justo en ese momento entró ella.
- He oído decir que quiere irse, ¿es cierto?
- Pues bien, Frank, ya que tú no lo has dicho, lo haré yo. Papá, yo me voy con él. Y pronto le pusieron al corriente de la doble personalidad de Frank.
- ¿Pensabais iros juntos sin casaros? - preguntó el padre.
A Frank no le dio tiempo a hablar, porque no le dejaron. Todo lo habían dispuesto ellos; pero no podía ocultar su satisfacción: estaba enamorado. Se casaron quince días después.
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