sábado, 31 de marzo de 2012

El misterioso poder de Kitty

Tomé contacto con esta misteriosa historia en mis tiempos de corresponsal extranjera, mis años de vivir peligrosamente. Hoy soy directora de una importante publicación, ya no llevo flequillo, aumenté de peso y los riesgos y el estrés que vivo son de otro tipo. Llovía a cántaros y llegué al aeropuerto con el tiempo justo de despachar el equipaje y pasar los trámites de embarque reglamentarios. Fui la última en subir al avión. 
La azafata me sonrió y me informó: 
- Solamente quedan asientos en la parte reservada para "no fumadores". Bienvenida a bordo. Sígame, por favor.
La seguí protestando: 
- ¿Pretende usted que cruce el Océano Atlántico sin fumar ni un pitillo?
Ella seguía sonriendo como un robot mientras repetía: 
- Bienvenida a bordo. Aquí tiene su asiento. ¿Corresponsal extranjera, verdad? Asentí.
Ella ayudándome a sentar y colocar mis cosas como si yo fuese tonta me dijo a modo de presentación:
- La señora del asiento contiguo es colega suya... y fumadora.
Una chica rubia, altísima, vestida con unos vaqueros y una cazadora negra me mostró el dedo índice manchado con nicotina.
- Mira, marcas del vicio. Hoy pondremos a prueba nuestra voluntad.
Se echó a reír y me tendió la mano:
- Hola, me llamo Diana Katherine Murray, soy americana, pero trabajo para un periódico inglés.
Me presenté estrechando su mano y le pregunté:
- ¿Tú también vas a la toma de posesión de Alán García?
Ella asintió:
- Sí y es la primera vez que voy a Perú, y tú?
Le contesté que también era mi primer viaje a la tierra de los antiguos Incas y que tenía el plan de viajar a Machu- Pichu una vez concluido mi trabajo. Perú se me antojaba una tierra llena de misterios. Ella me respondió que misterios y sugestión había en todas partes y en todas las cosas. Yo le respondí que no estaba de acuerdo y ella me dijo:
- Te lo puedo demostrar.
El avión se deslizó suavemente por la pista de despegue y remontó vuelo.
Miré a mi colega y compañera ocasional de viaje y le dije con cierta sorna:
- Anda, demuéstraselo. Tenemos que atravesar casi medio mundo, así que vamos con tiempo.
Ella sonrío divertida, dijo que echaba de menos su cigarro, se arrellanó en su asiento y me contó una historia asombrosa mientras la azafata iba y venía ofreciéndonos comida, zumos, toallas húmedas, todo, menos tabaco.
El caso de Kitty, así está clasificado en la Universidad en la que se estudió, mezcla una serie de fenómenos extraños que pueden producirse con el control y poder de la mente.
El tema parecía interesante y me dispuse a escuchar:
- ¿Quién es Kitty?
Ella bebió un trago de naranja con vodka y me contó:
- Kitty era hija de un poderoso industrial americano y una aristócrata de Boston. Cuando la niña contaba seis años sus padres la llevaron a Africa. Ellos iban a participar en un safari con un grupo de amigos y la niña quedaría en Kenia con su institutriz. Al regresar a América, la madre notó que la niña estaba muy decaída. La institutriz dijo que también lo había observado. ¿Estaría acatarrada?
Un atardecer de otoño la madre de Kitty se disponía a ir a una exposición de pintura con unas amigas, cuando, de imprevisto la niña se echó a llorar y le dijo:
- No vayas, mamá, me da pena aquí" y señaló su corazón.
La madre le prometió traerle unas chocolatinas y le pidió que no estuviese triste. Le dio un beso y se fue prometiéndole regresar cuanto antes. Kitty comenzó a transpirar y temblar. La institutriz la cogió en brazos preguntándole qué le sucedia. La niña dijo entre sollozos:
- Nunca más veré a mi mami.
Y así fue. La madre de Kitty murió en un accidente de tráfico antes de llegar a la exposición. Kitty quedó muy triste, casi no comía. Su padre estaba verdaderamente preocupado. Pero la niña reaccionó favorablemente y centró toda su atención en el padre. Desde sus mínimos seis años trataba de reemplazar a su madre en todo. La institutriz que era una mujer con gran experiencia con los niños llamó la atención al padre de Kitty sobre el particular:
- ¿Qué me aconseja hacer?, preguntó él.
La institutriz dijo:
- Deberíamos consultar con un psicólogo. La niña no puede ni debe hacer el rol de la madre. Debe vivir como una niña de seis años. Casi no juega, señor. Está pendiente únicamente de usted y eso no es bueno para ella.
En ese momento se oyó la voz de Kitty desde lo alto de la escalera:
- Nadie me dirá lo que tengo que hacer.
Se balanceó peligrosamente, como víctima de un vahído y cayó después rodando por las escaleras.
Fue ingresada de urgencia en una clínica. No tenía heridas ni fracturas, pero una extraña fiebre la sumió como en un sueño. Debió quedar ingresada allí varias semanas. Durante la fiebre la niña balbuceaba en un raro idioma. Su padre creyó reconocer en esos sonidos palabras africanas. ¿las habría aprendido en Kenia? La fiebre se fue como vino, repentinamente. No se la pudo diagnosticar.
Ya en casa, la institutriz intentó darle un medicamento. La niña dijo:
- No me lo tomaré.
Fijó su mirada en el frasco y éste salió disparado y se estrelló contra la pared. La mujer asustada preguntó:
- ¿Cómo has podido hacerlo?
La niña sonrió de modo extraño, fijó su mirada en un vaso y lo desplazó del lugar sin tocarlo. La institutriz, visiblemente nerviosa, salió del dormitorio. Había que tomar medidas. La niña, luego de la fiebre aquélla, había adquirido extraños poderes. Kitty comprendió que su institutriz la delataría. No debería ejercer estos poderes jamás delante de su padre. Lo tenía claro. Pero también tenía claro que si se concentraba podía mover cosas aunque fueran muy pesadas.
La institutriz habló con el padre, pero la historia no resultó creíble. Kitty resolvió quitarse de encima a la soplona. La institutriz estaba subida a la escalera de la biblioteca. La mujer cayó de bruces y se fracturó una pierna. ¡Un desgraciado accidente! Debió pedir la baja en su trabajo.
Pero Kitty no contaba con algo, Margie. Su padre le habló de ella. La traería a casa, deseaba casarse con Margie. Kitty cogió una gran rabieta. Pero no dijo nada. Trazó un plan. Margie era simpática pero no entraría en la familia. Cuando Margie se despidió y subió a su coche, Kitty centró su fuerza mental en el volante y Margie perdió el control, el coche dio vueltas y vueltas y fue a estrellarse en la casa hiriendo a Kitty.
Margie y su padre la cuidaron con gran amor. Cuando estuvo repuesta, recordaba los hechos pero había perdido sus poderes. Según los parapsicólogos los había usado como una autodefensa al perder la protección materna.
Miré a mi compañera de viaje y le pregunté:
- ¿Puedo conocer a Kitty?
Ella sonrió y dijo:
- Ya la conoces, Kitty, soy yo.

viernes, 30 de marzo de 2012

Una llamada equivocada

Desde el interior de mi casa, intuía la noche extendiéndose sobre la ciudad, inundada por la lluvia y las basuras. El carnaval se deshacía de su última máscara en un día gris y sólo a medias tranquilo. El teléfono no había dejado de sonar, pero no se trataba de nadie conocido, sino de alguien que marcaba equivocadamente mi número una y otra vez. En medio de mi soledad, descolgarlo era esperanzador, pero, al mismo tiempo, resultaba una labor demasiado dolorosa que realizaba como si fuera un contestador automático.
- No, no. Se ha equivocado. Sí, es el mismo teléfono de antes, sí... Deber ser un cruce de líneas... No, no se preocupe; no importa...
La misma conversación se había repetido cuatro veces a lo largo del día. La voz del desconocido empezaba a resultarme familiar, incluso era como un bálsamo para mí, que en aquellos momentos y sin poderlo evitar, soportaba a duras penas una agobiante melancolía y una angustiosa soledad.
El compact estaba sonando. La música de Bryan Ferry se deslizaba turbiamente por todos los rincones de la casa. Era el sonido ideal para mis deprimentes emociones. Hacía más de una hora que permanecía quieta con el cigarrillo apagado entre los dedos. No esperaba a nadie y no tenía intención de salir a la calle, donde sólo me abrazaría el viento helado. A veces, la debilidad me traicionaba y volvía a pensar en Alejandro y en el carnaval del año anterior, cuando nos conocimos. ¡Todo había cambiado tanto desde entonces! Durante casi un año, una pasión frenética y  posesiva me apartó de mis amistades, de mi familia, de todo lo conocido. Sólo quería estar con él; siempre junto a él, solos los dos. Ahora que todo había concluido, sabía que mis amigos me veían como una lunática a la que de vez en cuando dan permiso para salir del hospital. El teléfono volvió a sonar; de nuevo me alejó por un instante de mis pensamientos.
- Lo siento, no sé qué puede pasar. Si quiere, deje el teléfono descolgado por si se trata de un cruce de líneas. Volveré a intentarlo - se disculpó educadamente aquella voz.
- No se preocupe, no estoy haciendo nada - dije, arrepintiéndome de inmediato, pues aquello parecía extender un puente más que telefónico entre nosotros. 
¡Le estaba confesando mi soledad a un desconocido!
Pensé en dejar descolgado, pero no lo hice. (¿Por qué?, pienso ahora). En lugar de eso apagué las luces y el compact y di vueltas por la casa rumiando mi cruel sino que, seguramente, era el de tantas otras mujeres primero enamoradas y engañadas luego por Alejandro. En medio de la oscuridad y del silencio implacable me pregunté por qué tenía que culparme. Yo era celosa y posesiva, sí, lo admitía (al menos ante mí misma), pero no había hecho nada malo, excepto suplicar, rogar y arrastrarme llorando. ¡Qué idiota! ¡Qué idiota!
Consulte la hora. El reloj marcaba las diez, pero mi tiempo, ¿quién lo marcaba? Si al menos el reloj se hubiera detenido en aquellas primeras horas felices que pasé con Alejandro, entonces podría haber escapado de la tristeza con que los recuerdos envenenaban mi alma. Sin poderlo evitar, mi imaginación volvía una y otra vez a la escena del día (aquel horrible día) en que lo encontré en mi cama con aquella rubia de dieciséis años. ¡No lo podía creer! Quise cerrar los ojos y soñar, soñar despierta, con algún suceso relacionado con el futuro, pero no pude. Mi mirada cansada deambulaba sin ver nada, hipnotizada por luces y colores que vagaban por la paredes. Me ardía la boca y me parecía llevar muchos días en un desierto, expuesta a todos los elementos que quisieran agredirme. Un universo me transportaba y me sentía como una hormiga voraz y  satánica. Esta idea me alarmó tanto que me precipité hacia el interruptor de la luz arrojando por el aire mantas, sillas y el sopor que me amenazaba en ese momento. Tenía que reaccionar, pero ¿cómo? No sabía qué hacer. Desee que volviera a sonar el teléfono y, como si el misterioso interlocutor me hubiera escuchado, sonó.
"¡Bien; menos mal!", pensé.
- Perdone - comenzó diciendo -. Soy yo otra vez; tengo algo que decirle. Por favor, no cuelgue; escúcheme. ¿Podemos hablar unos minutos? Sólo unos minutos.
- Diga, diga - respondí yo cautelosa. Me intrigaba saber lo que quería decirme.
- Verá, su número de teléfono aparece en mi agenda como si fuera el de la imprenta y yo... verá... yo no creo en la casualidad. En fin, creo que el destino quiere presentarnos. Perdone mi atrevimiento; no quiero ser descarado, pero pienso que deberíamos conocernos... Si a usted le parece bien, claro.
- ¿Cómo? ¡Así que era eso! ¡Lo que usted pretendía con tantas llamadas era ligar conmigo, conquistarme! - le dije muy indignada.
- Piense lo que quiera. La verdad es que nunca había hecho nada así. Sin embargo, insisto en que me gustaría conocerla. La espero a las doce en el café que hay frente al edificio de Telefónica. Llevaré en la mano un paraguas negro. Pero si no quiere no venga.
Reprimiendo una carcajada, colgué para que no me escuchara. Sabía que sus llamadas ya no interrumpirían más el impávido anochecer y me sentí, si cabe, más angustiada. Sentía curiosidad, pero ¿y si era un desequilibrado, un loco? Tenía que decidirme, llevaba demasiado tiempo aislada y quizá valía la pena. Sí. ¡Iría!
Bajé del taxi e irrumpí en el café con tal entusiasmo que tropecé y casi me caigo. Allí estaba él, al fondo. No fue difícil localizarle, pues no había mucha gente. Su aspecto era seductor, maduro y reservado, pero tenía una mirada triste y solitaria. Me acerqué nerviosa, dudando todavía, pero su cara y sus ojos me decían que todo estaba bien. Las llamadas eran erróneas, pero él no se había equivocado. ¡El amor llega a veces a nuestra vida de forma tan inesperada!

jueves, 29 de marzo de 2012

Duendes

Cuando Elaine y yo encontramos la "Trotin Inn", nos pareció, exactamente, lo que habíamos estado buscando. El edificio resultó ser viejo pero se veía bastante bien conservado. La cocina era adecuada y el equipamiento estaba en buenas condiciones. Desde luego, el bar requería una nueva decoración y había muchas mejoras que se podrían introducir, pero teníamos tiempo suficiente para eso. El bar tenía buenos ingresos diarios, y las veladas quedarían resueltas con el servicio de restaurante. Allí estábamos lo bastante cerca de Gettysburg para poder contar con la ventaja del turismo veraniego, y estábamos rodeados por pequeñas ciudades que nos procurarían el negocio suficiente para resistir fuera de temporada. También nos hallábamos próximos a Baltimore, lo que facilitaría el abastecimiento de pescado fresco, la especialidad de la casa. Su propietario quería retirarse debido a su edad, y el precio resultaba razonable. Así que, con un generoso préstamo del banco, compramos el local. Las primeras semanas fueron muy movidas. Elaine y yo éramos gentes del espectáculo retiradas, y cambiar a una cocina y a un servicio de restaurante y bar no nos iba a resultar nada fácil, pero el anciano propietario se quedaría algún tiempo con nosotros hasta que le tomáramos el pulso a las cosas. Al cabo de un mes, seguimos solos, sin ayuda alguna, porque las cosas estaban ya encauzadas en una sencilla rutina. Entonces fue cuando lo oí por primera vez...
Como ya he dicho, "Trottin Inn" es un viejo edificio. Hay una escalera que va de la cocina a un apartamento en el piso de encima, pero como éste requería muchas mejoras para ser habitable, decidimos esperar hasta tener restaurada la parte del negocio antes de hacer lo mismo con esa otra. Después de la primera inspección, ninguno de nosotros había vuelto a subir allí.
Era ya tarde, en un sábado por la noche. El último cliente se había ido y yo había echado los cierres. Elaine estaba fregando vasos detrás de la barra del bar y yo los iba colocando en la cocina. Ambos estábamos cansados y, a excepción de los ruidos apagados de nuestro trajinar, todo permanecía en silencio. Entonces, procedente de arriba, se oyó un golpazo y algo así como el horripilante lamento de un gnomo en la agonía de la muerte. El gemido se extinguió en el silencio, pero hubo un nuevo y contundente golpe en el bar cuando Elaine dejó caer una bandeja llena de vasos. Rodeó, desolada, el mostrador, irrumpiendo en la cocina y echándome los brazos al cuello, temblando como un conejo asustado. Debo admitir que yo me trastorné un poco también pero tuve que hacer uso de mi raciocinio. Habíamos estado muy atareados aquella noche y era muy posible que alguien hubiese andado por allí sin yo saberlo en busca de los lavabos, atravesando la cocina para seguir escaleras arriba y, finalmente, quedarse dormido en una de las viejas camas del apartamento. No hay ninguna entrada hacia las escaleras desde el exterior, de modo que nadie podría estar intentando robar.
Conseguí tranquilizar a Elaine; entonces encendí la luz de la escalera y subí. Entre en el apartamento esperando encontrar a un borracho en el suelo pero allí no había nadie. Miré debajo de las camas, en los armarios; registré el lugar  de cabo a rabo. Estaba vacío. No había nadie allí. Así que volví escaleras abajo.
Mientras recogíamos los cristales rotos detrás del mostrador, intenté explicarle que el ruido tenía que haber sido causado por un desplazamiento del viejo maderamen, o tal vez las vibraciones de los grandes camiones en la autopista hubiesen hecho caer una vieja caja. Por último, Elaine logró dominar su nerviosismo e incluso nos reíamos ya del incidente cuando abandonábamos el local. Ella fue hacia el coche mientras yo apagaba las luces del interior. Entonces, en el momento en que giraba la llave de la cerradura, me llegó desde el piso de arriba la risilla más estúpida que jamás escuchara. Cerré con llave y nos fuimos a casa.


Las tres semanas siguientes fueron de gran ajetreo. Conocimos a las gentes del lugar y nos sentimos contentos de su afable acogida. Los holandeses de Pensylvania son de trato fácil siempre que no intentes presionarles. Les gusta mostrarse un poco agresivos con sus amistades y acogen a un forastero como si fuera uno de ellos a condición de que se comporte y espere. Las cosas funcionaron a pedir de boca. Fue un jueves por la tarde cuando lo oí de nuevo. Elaine había ido de compras a Hanover y yo me había quedado solo en el bar con Cy Rouser, uno de los clientes habituales. El vivía en una granja a unos cinco kilómetros al este del "Inn". Ahora, sus hijos administraban la finca y a él le quedaba mucho tiempo libre. Se había tomado dos dobles de bourbon, dos cervezas y un par de pastelillos de cangrejo como almuerzo y se hallaba sentado en un extremo del bar con la cabeza entre las manos, dormitando, cuando oí el segundo golpazo proveniente de arriba.
Cy ladeó la cabeza para mirar hacia el techo, e hizo una mueca sonriente.
- Ese es nuestro viejo compadre - dijo.
Yo salí disparado a través de la cocina escaleras arriba pero Cy gritó a mis espaldas:
- ¡No encontrarás a nadie ahí! ¡Es un duende!
Regresé al bar.
- Veamos, Cy - le conminé -, explícame con exactitud lo que es un duende y qué demonios está haciendo ahí arriba, encima de mi bar.
- Nada de qué preocuparse... Ha estado aquí desde que este edificio fue construido. Mi padre solía hablarme de él cuando yo era pequeño. Un duende no es más que una clase de fantasma amigable. No molesta a nadie. Le gusta hacer un poco de ruido de vez en cuando para llamar la atención. Ya sabes, como si quisiera indicarnos que está aquí... ¡No hay maldad en estos duendes!
Intenté conformarme con la explicación de Cy, aunque no fue nada fácil. Los ruidos de arriba resultaban desconcertantes en su irregularidad. Si hacía una tarde tranquila, los ruidos tintineaban sobre nuestras cabezas como perdigones rodantes.


En las estrepitosas noches de sábado, los sonidos de arriba semejaban un forcejeo entre King Kong y Superman. Yo investigaba una vez y otra, pero nada se movía en el segundo piso. Hasta el polvo permanecía estático. Al fin me resigné y decidí volver con el duende. Incluso cesé de revisar el segundo piso y empezamos a utilizar la escalera para almacenar las cajas de cerveza. El negocio iba muy bien y yo no quería tolerar que un estúpido fantasma lo estropeara. Pero seguía siendo desconcertante el estar viendo un partido de béisbol en la televisión, por la tarde, y tener que aguantar los sonidos de una montaña rusa que nos llegaban desde el techo, durante los espacios de publicitarios.
Lo extraño era que muy pocos clientes, salvo los habituales, se apercibían de tales ruidos. Estos últimos solían ladear la cabeza con una sonrisa de conocedores y escuchar, mientras los demás continuaban comiendo y bebiendo como si tal cosa.
Y entonces sobrevino el incidente con la botella de J. W. Dant. El Dant es un buen whisky de maíz rancio pero tenemos pocos bebedores de bourbon en esta comarca y la botella estaba sin abrir. Se hallaba en el estante superior del bar junto con los otros whiskies de poca circulación, y se le quitaba el polvo los lunes y los jueves. Acababa de abrir en la mañana del martes y mi primer cliente me pidió whisky de centeno y soda. Puse hielo en un vaso, vertí encima el licor, alargué la mano debajo del mostrador para coger la soda... ¡y saqué la botella de J.W. Dant! Mi primer pensamiento fue que Elaine habría cambiado las botellas con la intención de gastarme una broma pues la botella de soda estaba en el estante del Dant. Así que puse la botella del Dant en su sitio y devolví la soda al suyo. Entonces, se oyeron algunos ruidos escaleras arriba, como un portazo, una risilla y el rumor de minúsculos pies corriendo por el suelo. Yo los oí, pero los clientes no parecieron escuchar nada.
Kenny, nuestro camarero, llegó a las once para ayudar en la hora del almuerzo y yo me tomé un descanso. Me escurrí escaleras arriba, entre las cajas de cerveza, e hice la enésima inspección del apartamento...Lo encontré comome había figurado. Allí no vi a nadie y nada había sido movido. Deambulé por las desiertas habitaciones gruñeando para mis adentros y despotricando a media voz. Entonces, cuando cerraba la puerta e iniciaba el descenso, oí la risilla una vez más. Desde aquel instante, las cosas se convirtieron en una especie de juego. La botella de Dan estuvo casi todo el tiempo en el lugar que le correspondía, pero un día apareció en el refrigerador. La siguiente ocasión, me la encontré escondida detrás de una caja de cervezas en la cámara frigorífica. Otra vez, en la cocina, entre las fuentes. Una mañana estaba campando por sus respetos sobre la máquina automática de tocadiscos. Y me encontré imprecando en voz alta a mi verdugo invisible y, como era usual, recibí un silencio burlón, si bien a veces me pareció haber hecho mella, pues se me recompensó con un discreto porrazo dado arriba o una risilla estúpida.


Pasado cierto tiempo, el duende pareció cansarse del juego y la botella de Dant permaneció en su sitio habitual durante varias semanas. Para ser franco, aquella falta de actividad empezó a aburrirme, entonces, al abrir las puertas una mañana de sábado, me encontré la botella en el centro del bar, abierta y casi vacía junto a un vaso de whisky y otro de cerveza, este último con dos centímetros de agua.
- ¡No me alteran tus necias jugarretas - vociferé sin poder contenerme levantando la mirada al techo -, pero si quieres beber whisky, consume el del bar! Este es de marca, y muy caro.
Arriba, el ente explotó en una serie de golpetazos y risillas alborozadas. No le di la satisfacción de subir para investigar... Un cliente entró, y el piso de arriba quedó tranquilo todo el día.
Fue un sábado agotador y tuve poco tiempo para reflexionar sobre el duende alcohólico que residía sobre mi cabeza. Era la cansina una de la madrugada del domingo cuando Elaine se fue a casa. Kenny, que ha había limpiado casi todo a la una y media, también se marchó. Los pocos clientes que quedaban fueron desfilando poco a poco hasta que me vi solo con dos bebedores noctámbulos. Ninguno de los dos parecía ser muy hablador. Yo me serví una copa y me fui preparando para una larga espera.


Ambos eran unos desconocidos para mí. El que se encontraba en el extremo derecho del bar, un tipo delgado, de treinta y tantos años, lucía una fea cicatriz debajo del ojo izquierdo. El otro parecía más joven y tenía la constitución de un levantador de pesas. El tipo delgado terminó su bebida y señaló su vaso con la cabeza.
- Sírvanos una a todos.
Le llené el suyo, después el del forzudo y serví otro para mí. Una vez hecho esto, levanté la vista y me encontré mirando la boca de un revólver del 38.
- Vale - dijo el flaco -. Ahora cerramos el local. No necesitamos más compañía. El tono de su voz y la blancura ominosa en torno a los nudillos del puño que enarbolaba el arma acallaron toda discusión en mí. El sujeto me siguió hasta la cocina y allí hice girar la llave en la cerradura de la puerta trasera. El me pisó los talones mientras yo echaba los cerrojos de la puerta lateral y de la principal. Apagué las luces exteriores y volví al bar. Entretanto, el robusto había sacado un revólver también. Me sentí como emparedado.
- Miren - dije en el mismo tono que lo haría cualquier cobarde normal en una situación análoga -, cojan lo que les plazca y márchense. No tengo ganas de jaleos.
- ¿Has oído esto, Joe? Quiere que nos marchemos. ¿No es de lo más gracioso?
- Entonces, se volvió hacia mí, y sentí un escalofrío por la espalda cuando le miré a los ojos. Eran de azul glacial y tenían la pavorosa finalidad de una necrología -. No le importará que terminemos nuestras bebidas antes de marcharnos, ¿verdad? Puede que nos apetezca quedarnos aquí un rato.
El robusto se limitó a gesticular y los dos continuaron jugueteando con sus vasos.
- Apártese de la caja registradora - me ordenó el flaco. Yo caminé hacia el otro extremo del bar, cerca de donde él estaba sentado.
- Ahora, tú coge el dinero - dijo el compinche.
El robusto pasó al otro lado de la barra, hurgó debajo del mostrador, sacó una bolsa de papel y empezó a meter billetes y monedas en ella. De pronto, se oyó un estruendoso estampido procedente del piso de arriba, como si alguien hubiese cerrado, colérico, una puerta. El más fuerte se quedó junto a la registradora.
El flaco miró hacia el techo para después encararse conmigo. El odio y el pavor le endurecieron la mirada.
- ¡Vale, tío listo! ¿Quién está ahí arriba?
- ¡El fantasma del general Custer y toda una tribu de indios! - grité, comprendiendo que decir la verdad era inútil.
- Maldita sea, yo lo averiguaré enseguida, so chiflado - me chilló mientras salía disparado a través de la cocina y escaleras arriba.
Acto seguido se oyó una avalancha de cajas de cerveza y un grito ahogado. El forzudo de J.W. Dant cayó del estante justo a tiempo para que yo la cogiera al vuelo y golpeara con ella el cráneo del forzudo.
Cuando el tipo se desplomó, yo le cogí el arma y corrí a la cocina.
Todo cuanto se veía del flaco era su mano empuñando el revólver. El resto de su cuerpo estaba enterrado bajo las cajas de cartón.
Le pisé la muñeca, arrebatándole el arma, y telefoneé a la Policía.
Había pasado un mes cuando Elaine sugirió que restaurásemos el apartamento de arriba y viviéramos allí. Yo rechacé la idea diciendo que era costosa, pero la verdad fue que no quise perder el inquilino existente.


W. Sherwood Hartman

miércoles, 28 de marzo de 2012

Abbey Grange

No fue hasta después de tomar una taza de té y ya sentados en el tren, camino de Kent, en una fría mañana de invierno, cuando Holmes se decidió a hablar.
Sacó una nota de su bolsillo y la leyó:
"Abbey Grange. Marsham, Kent. 3,30 de la madrugada.
Estimado Sr. Holmes, me encantaría contar con su ayuda en un caso que se presenta muy prometedor. Todo está igual que lo encontré, pero sir Eustace no debería permanecer mucho más tiempo aquí. Atentamente, Stanley Hopkins".
- Hopkins ha recurrido a mí en siete ocasiones, y siempre justificadas - dijo Holmes.
- Esta vez parece que se trata de un asesinato.
- ¿Cree que sir Eustace está muerto?
- Así parece.
La figura juvenil e impaciente del inspector Hopkins nos esperaba en la entrada de la casa.
- ¡Le agradezco que haya venido, Mr. Holmes! Pero me temo que les he molestado sin necesidad. En cuanto recuperó el conocimiento, la dama dio una explicación muy clara y convincente de lo que había ocurrido. ¿Se acuerda de esa banda de ladrones de Lewisham?
- ¿Quiénes?, ¿los Randal?
- Sí, el padre y sus dos hijos. Ha sido obra suya. Hace tan sólo dos semanas dieron un golpe en Sydenham.
- ¿Mataron a sir Eustace?
- Le destrozaron la cabeza con el atizador de la chimenea. ¡Sir Eustace Brackenstall, uno de los hombres más ricos de Kent! Su mujer, lady Brackenstall está en el saloncito.
Lady Brackenstall era una mujer elegante y atractiva.
Sobre una ceja tenía una enorme moratón que su doncella, una mujer alta y seria, empapaba continuamente en agua y vinagre. Estaba tendida sobre un diván y al vernos entrar se puso en guardia.
- Ya le he contado todo lo que ocurrió, Mr. Hopkins. Pero si lo cree necesario lo repetiré a estos señores. "Me casé con sir Eustace hace un año, pero nuestro matrimonio no ha sido feliz. La razón principal es que sir Eustace era un borracho impenitente. ¡Oh, era espantoso! En esta casa todos los sirvientes duermen en el ala nueva, salvo Theresa, mi doncella, que duerme encima de mi habitación. Ningún sonido podría alertar a los que están en el ala más alejada. Los ladrones debían saberlo. Sir Eustace se retiró sobre las diez y media de la noche. Los sirvientes se habían ido ya a sus habitaciones y yo me encontraba en este saloncito absorta en un libro. Poco después de las once, como acostumbro a hacer todas las noches, di una vuelta para comprobar que todo estaba en orden. Fui a la cocina, a la despensa, a la sal de armas, a la de billar, al salón y, por último, al comedor. El frío viento se colaba a través de las pesadas cortinas de la ventana que da al jardín, así que pensé que alguien olvidó cerrarla y me acerqué para hacerlo, cuando vi la cara de un hombre ya entrado en años, de aspecto fuerte, y dos jóvenes tras él. Retrocedí, pero el hombre me golpeó salvajemente con el puño encima del ojo. Debí permanecer varios minutos inconsciente porque al volver a mí descubrí que habían utilizado la cuerda de la campanilla para atarme con ella a un sillón y estaba amordazada con un pañuelo. En aquel instante entró mi infortunado marido. Debía sospechar que algo ocurría puesto que llevaba un garrote en la mano. Pero apenas tuvo tiempo de reaccionar. El hombre viejo le propinó un fortísimo golpe en la cabeza con el atizador de la chimenea. Cayó sin emitir ni un gemido y ya no volvió a moverse. Yo me desmayé de nuevo. Cuando recuperé la conciencia comprobé que seguían allí, bebiendo una botella de vino que había en el comedor y la plata había desaparecido. Luego se marcharon por la misma ventana, cerrándola. Hasta un cuarto de hora después no pude quitarme la mordaza. Entonces empecé a gritar y acudió Theresa, que llamó a la policía.
- Gracias, lady Brackenstall, no la molestaré más. Pero me gustaría conocer la opinión de su doncella - dijo Holmes.
- Anoche estaba sentada junto a la ventana de mi habitación - dijo la doncella- cuando, a la luz de la luna, vi a tres hombres a lo lejos, junto a la caseta del portero. Pero no le di importancia. No oí gritar a la señora hasta una hora después. Corrí hasta aquí y la encontré atada al sillón, y a él tendido en el suelo. ¡Había salpicaduras de sangre por toda la habitación, incluso en su vestido! ¡Aquello era suficiente para enloquecer a cualquiera pero a miss Mary Fraser, de Adelaida, nunca le ha faltado el valor, y lady Brackenstall, de Abbeyt Grange, no ha cambiado de modo de ser! Creo que ya le han interrogado demasiado, señores, ahora la acompañaré a su cuarto para que descanse.
Nosotros nos dirigimos al comedor, una habitación muy amplia.
La ventana en cuestión estaba situada en el extremo más alejado. A su derecha se abrían otras tres ventanas, más pequeñas, y a la izquierda, una espaciosa chimenea. Caído junto a un sillón se encontraba el cordón, de color rojo, con el que habían atado a lady Brackenstall. En el suelo, yacía el cadáver de sir Eustace.
Estaba tumbado de espaldas. Por encima de la cabeza sujetaba un garrote con las dos manos. El atizador con el que le habían pegado estaba a su lado.
- Ese hombre, Randall, debe ser muy fuerte - comentó Holmes.
- Sí - respondió Hopkins. Nos llegaron rumores de que tras su anterior golpe la banda se había ido a América, pero ahora es evidente que continúa aquí.
Pero, ¿qué busca usted, Holmes? 
Este se había arrodillado y miraba con gran atención los nudos del cordón con que habían atado a lady Brackenstall. Luego observó cuidadosamente el punto en que había sido cortado.
- Al arrancarlo, la campanilla debía sonar con fuerza en la cocina.
- Aun así, nadie la hubiera oído, ya que se encuentra en esta zona de la casa.
- ¿Pero sabía el ladrón que nadie la oiría?
- Exacto, Mr. Holmes. Sospecho que conocían muy bien la casa y sus costumbres.
- ¿Y qué se llevaron?
- Poca cosa... media docena de objetos de plata del aparador. Lady Brackenstall cree que ellos también estaban aturdidos por la muerte de sir Eustace y por es no robaron más.
- Podía ser. Pero ¿por qué se entretuvieron bebiendo vino? 
- Seguramente para calmarse.
- Quizá. ¿Ha tocado alguien las tres copas?
- Nadie.
Las tres copas estaban juntas, pero sólo había posos de vino en una de ellas.
- Las copas me desconciertan. Lady Brackenstall afirma que les vio beber.
- Sí, eso dice.
- ¿Y no le choca a usted nada de las copas? Bueno, bueno, déjelo. En fin, Hopkins, le dejamos. No creo poderle ser de utilidad, ya que parece tener todo muy claro. Cuando tenga a Randall avíseme. Vamos, Watson.
Cuando quedamos solos, pude constatar que Holmes 

martes, 27 de marzo de 2012

El corazón revelador

De veras! Soy muy nervioso. Lo he sido siempre; pero, ¿por qué decís que estoy loco? La enfermedad ha agudizado mis sentidos, pero no los ha destruido mi embotado. De todos ellos, el más agudo era el del oído. Yo he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra y bastantes del infierno. ¿Cómo, entonces, he de estar loco? Atención. Observad con qué salud, con qué calma puedo contaros toda esta historia.
Es imposible explicar cómo la idea penetró en mi cerebro . Pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. Motivo no había ninguno. Nada tenía que ver con ello la pasión. Yo quería al viejo. Nunca me había hecho daño. Jamás me insultó. No deseaba su oro. Creo que era su ojo. Sí, esto era. Uno de sus ojos se parecía al de un buitre. Un ojo azul pálido, con una catarata. Cuantas veces caía ese ojo sobre mí, se helaba mi sangre. Y así, lentamente, gradualmente, se me metió en la cabeza la idea de matar al anciano y librarme para siempre, de este modo, del ojo aquel. Ahora viene la dificultad. Me creeréis loco. Los locos nada saben de cosa alguna. Pero si me hubieseis visto con qué precaución, con qué cautela, con qué disimulo puse manos a la obra...


Nunca estuve tan amable con él como durante toda la semana que precedió al asesinato. Cada noche, cerca de las doce, descorría el pestillo de su puerta y la abría, ¡oh! muy suavemente. Y entonces, cuando había abierto lo suficiente para que pasara mi cabeza, introducía por la abertura una linterna sorda, bien cerrada, bien cerrada, para que no se filtrara ninguna claridad. Después metía la cabeza. ¡Oh! Os hubierais reído viendo con qué habilidad metía la cabeza. La movía lentamente, muy, muy lentamente, con miedo de turbar el sueño del anciano. Por lo menos, necesitaba una hora para introducir toda mi cabeza por la abertura y ver al viejo acostado en su cama. ¡Ah! ¿Hubiera sido tan prudente un loco? Entonces, cuando mi cabeza estaba dentro de la habitación, abría con precaución mi linterna - ¡oh!, con qué cuidado, con qué cuidado! -, porque la charnela rechinaba un poco. La abría justamente lo necesario para que un hilo imperceptible de luz cayera sobre el ojo del buitre. Hice esto durante siete noches interminables, a las doce precisamente. Pero encontraba siempre el ojo cerrado, y, así, fue imposible realizar mi propósito porque no era el anciano el que me molestaba, sino su maldito ojo. Todas las mañana, cuando amanecía, entraba osadamente en su cuarto y hablábale valerosamente, llamándole por su nombre con voz cordial preguntándole cómo había pasado la noche. Estáis viendo, pues, que había de ser un viejo muy perspicaz para sospechar que todas las noches, precisamente, a las doce, le observaba durante su sueño.


En la octava noche abrí la puerta con mayor precaución que de costumbre. La aguja de un reloj se mueve más deprisa de lo que se movía entonces mi mano. Jamás como aquella noche pude darme tanta cuenta de la magnitud de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas podía dominar mi sensación de triunfo. Pensar que estaba allí abriendo la puerta poco a poco, y que él ni siquiera soñaba con mis acciones o mis pensamientos secretos... A esta idea se me escapó una risita, y tal vez me oyese, porque se movió de pronto en su lecho como si fuera a despertarse. Tal vez creáis ahora que me retiré. Pues no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, tan espesas eran las tinieblas - porque las ventanas estaban cerradas cuidadosamente por miedo a los ladrones -, y, seguro que él no podía ver la puerta entreabierta, continué empujándola un poco más, siempre un poco más.
Había introducido mi cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre el cierre de hierro estañado y el anciano se incorporó en su lecho preguntando:
- ¿Quién anda ahí?
Permanecí completamente inmóvil y nada dije. Durante toda una hora no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a acostarse. Continuaba sentado en la cama, escuchando lo mismo que yo había hecho noche tras noche, oyendo la carcoma en la pared.
De pronto oí un débil gemido.
Me di cuenta de que se trataba de un lamento de terror mortal. No era un lamento de dolor o tristeza, ¡oh, no!, era el murmullo sordo y ahogado que escapa de lo íntimo de un alma oprimida por el espanto. Yo conocía bien ese murmullo. Muchas noches, precisamente al filo de la medianoche, cuando todo dormía, irrumpía en mi propio pecho, excavando con su eco terrible los terrores que me consumían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que estaba sintiendo el viejo, y sentía piedad por él, aunque la risa llenase mi corazón. Sabía que él continuaba despierto desde que, habiendo oído el primer rumor, se movió en la cama. Sus temores habían ido siempre en aumento. Procuraba persuadirse de que eran infundados. Habíase dicho a sí mismo: "No es nada. El viento en la chimenea. Un ratón que corre por el entarimado", o: "Simplemente un grillo que canta." Si; procuró calmarse con estas suposiciones. Pero todo fue inútil. Fue todo inútil porque la muerte que se aproximaba había pasado ante él con su gran sombra negra, envolviendo con ella a su víctima. Y era la influencia fúnebre de su sombra no vistas lo que le hacía sentir - aunque no viera ni escuchase nada -, lo que le hacía sentir la presencia de mi cabeza en su cuarto.


Después de haber esperado largo rato, con toda paciencia, sin oír que se acostara de nuevo, me aventuré a abrir un poco, muy poco, la linterna. La abrí tan furtivamente, tan furtivamente, como no podréis imaginároslo, hasta que, al fin, un único y pálido rayo, como un hilo de telaraña, salió por la ranura y descendió sobre su ojo de buitre.
Estaba abierto, enteramente abierto, y, al verlo, me encolaricé. Lo vi con nitidez perfecta. Todo él de un azul mate y cubierto por una horrorosa nube que me helaba la médula de los huesos. Pero no podía ver la cara ni el cuerpo del anciano, porque dirigía el hilo de luz, como por instinto, precisamente sobre el maldito lugar.
¿No os he dicho ya que apenas es una hiperestesia de los sentidos aquello que consideráis locura? Entonces, os digo, un rumor sordo, ahogado, continuo, llegó a mis oídos, semejante al producido por un reloj envuelto en algodón. Inmediatamente reconocí ese sonido. Era el corazón del viejo, latiendo. Excitó mi furor como el redoble del tambor excita el valor del soldado.
Me dominé, no obstante, y continué sin moverme. Apenas respiraba. Tenía quieta en las manos la linterna. Esforzábame en conservar el rayo de luz fijo sobre el ojo. Al mismo tiempo, la palpitación infernal del corazón era cada vez más fuerte, más apresurada, y sobre todo, más sonora. El pánico del anciano debió de ser tremendo. Este latir, ya lo he dicho, volvíase más fuerte cada momento. ¿Me oís bien?, ya os he dicho que era nervioso. Realmente lo soy, y entonces, en pleno corazón de la noche, en medio del terrible silencio de aquella vieja casa, un ruido extraño hizo que se apoderase de mí un pavor irresistible. Durante algunos minutos me contuve y continué mi trabajo. Pero la pulsación se hizo cada vez más fuerte, siempre más fuerte. Creí que el corazón iba a estallar, y era que una nueva angustia hacia presa en mí: el rumor podía ser oído por algún vecino. Había sonado la hora del viejo. Con un gran alarido, abrí de pronto la linterna y me precipité en la alcoba. El viejo dejó escapar un grito, uno solo. En un momento le derribé al suelo, depositando sobre él el tremendo peso del lecho. Sonreí entonces complacido, viendo tan adelantada mi obra. Durante algunos minutos, el corazón, sin embargo, batió con un sonido ahogado. No obstante ya no me atormentaba. No podía oírse a través de las paredes. Por fin cesó. El viejo estaba muerto. Levanté la cama y examiné el cuerpo. Si; estaba muerto, muerto como una piedra. Puse mi mano sobre su corazón y permanecí así durante algunos minutos. No advertí latido alguno. Estaba muerto como una piedra. En adelante su ojo no me atormentaría más.
Si insistís en considerarme loco, vuestra opinión se desvanecerá cuando os describa las inteligentes precauciones que tomé para esconder el cadáver. Avanzaba la noche y yo trabajaba con prisa, pero en silencio. Lo primero que hice fue desmembrar el cuerpo. Corté la cabeza, los brazos y las piernas.
En seguida arranqué tres tablas del entarimado y lo coloqué todo bajo el piso de madera. Después volví a poner las tablas con tanta habilidad y destreza, que ningún ojo humano - ni siquiera el suyo -, hubiera podido descubrir allí nada alarmante. Nada había que lavar. Ni una mancha, ni la menor señal de sangre. No se me escapó nada. Una cubeta lo hizo desaparecer todo...


Cuando terminé todas estas operaciones era las cuatro y estaba tan oscuro como medianoche. En el momento en que el reloj señalaba la hora, llamaron a la puerta de la calle. Bajé a abrir confiado, porque, ¿qué era lo que tenía que temer entonces? Entraron tres hombres, que se presentaron a mí cortésmente como agentes de policía. Un vecino había oído un grito durante la noche y le hizo sospechar que algo malo había ocurrido. En la delegación había sido presentada una denuncia, y aquellos caballeros - los agentes - habían sido enviados para practicar un reconocimiento.
Sonreí, porque, ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a aquellos caballeros.
- El grito - les dije - lo lancé yo, soñando. El viejo - añadí - está de viaje por la comarca.
Conduje a mis visitantes por toda la casa. Les invité a que buscaran, a que buscaran bien. Por fin, los conduje a su cuarto,. Les mostré sus tesoros, seguros, en perfecto orden. Entusiasmado con mi confianza, les llevé unas sillas a la habitación y les supliqué que se sentaran, mientras yo, con la desbordada audacia del triunfo absoluto, coloqué mi propia silla exactamente en el lugar que ocultaba el cuerpo de la víctima.
Los agentes estaban satisfechos. Mi actitud les había convencido. Sentíame singularmente bien. Sentáronse y hablaron de cosas familiares, a las que contesté jovialmente. Pero, al poco rato, me di cuenta de que palidecía y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me parecía que mis oídos zumbaban. Sin embargo, ellos continuaban sentados, y proseguían la conversación. El zumbido hízose más claro. Persistió y volvióse cada vez más perceptible. Empecé a hablar copiosamente para liberarme de tal sensación. Pero ésta resistió, reiterándose de tal modo, que no tardé en descubrir, por último, que el rumor no era de mis oídos. Sin duda, me puse entonces muy pálido. Pero seguía hablando sin tino, elevando el tono de mi voz. El ruido aumentaba siempre. ¿Qué podía hacer? Era un ruido sordo, ahogado, continuo, semejante al producido por un reloj envuelto en algodón. Respiraba con dificultad. Los agentes nada oían aún. Hablé más deprisa, con mayor vehemencia. Pero el rumor crecía incesantemente. Me levanté y discutí sobre tonterías, con voz muy alta y violenta gesticulación. Pero el rumor crecía, crecía siempre. ¿Por qué ellos no se querían marchar? Comencé a andar de un lado para otro de la habitación, pesadamente, dando grandes pasos, como exasperado por sus observaciones. Pero el rumor crecía incesantemente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía yo hacer? Echaba espumarajos, desvariaba, pateaba. Movía la silla en que estaba sentado y la hacía resonar sobre el suelo. Pero el rumor lo dominaba todo y crecía continuamente. Hacíase más fuerte cada vez, más fuerte, siempre más fuerte. Y los hombres continuaban hablando, bromeando, sonriendo. ¿Sería posible que nada oyeran? ¡Dios! ¡No, no! ¡Estaban oyendo, estaban sospechando! ¡Sabían! ¡Estaban divirtiéndose con mi terror! Así lo creía y lo creo ahora. Pero había algo peor que aquella agonía, algo más insoportable que aquella burla. No podía tolerar por más tiempo aquellas hipócritas sonrisas. Me di cuenta de que era preciso gritar o morir, y entonces...
¿Lo oís? ¡Escuchad! ¡Cuán alto, cuán alto, siempre más alto, siempre más alto!
- ¡Miserables! - exclamé - ¡No disimulen por más tiempo! ¡Lo confieso todo! ¡Arranquen esas tablas! ¡Aquí, aquí! ¡Es el latido de su horrible corazón!

lunes, 26 de marzo de 2012

Los hombres sin ciudad (Madrid)

Cuando terminó la guerra de Troya, los habitantes que no consiguieron huir murieron bajo la espada enemiga o fueron sometidos a la más dura esclavitud.
El príncipe Bianor fue afortunado al conseguir escapar a la cruenta barbarie organizada tras la invasión griega. Recorrió la Grecia clásica y después la Grecia europea y, al llegar a Albania, fundó un reino.
Pasado un tiempo murió Bianor y su hijo Tiberio heredó el trono. Pero él también murió poco después ahogado en el río.
Tiberio tenía dos hijos. Uno era legítimo, llevaba el mismo nombre que su padre y heredó el reino de Albania. El otro nació de una campesina llamada Mantio y fue llamado Bianor. Para que en el futuro los dos hermanos no pudieron pugnar por el reino, Mantio emprendió camino hacia Italia con su hijo entre los brazos. Y en las tierras del Norte, con las riquezas que le había dado el padre del niño, la campesina fundó la bella ciudad que lleva su nombre: Manuta.
El niño creció y se convirtió en un hombre. Su madre quiso cederle el trono, pero Bianor lo rechazó diciendo:
- Madre, esta noche he tenido un sueño. Aparecía Apolo arrojando flechas sobre la ciudad de Mantua.
Cuando le pregunté por qué lo hacía, respondió: "para matar los malos espíritus que destruirán la ciudad con una devastadora peste". En el sueño, Apolo terminó diciendo a Bianor que si quería salvar su reino tenía que huir de Mantua y llegar al lugar donde muere el sol. Allí y sólo allí se le volvería a aparecer.


Durante más de diez años viajó Bianor atravesando ríos y cordilleras montañosas. Y siempre siguiendo al sol en el ocaso llegó a un lugar donde de nuevo se le apareció Apolo.
- Tu peregrinación ha terminado Bianor.
- ¿Puedo entonces regresar a Mantua?
- No. Tu madre ha muerto y tu reino ha sido ocupado por los romanos hace mucho tiempo. Ahora debes fundar una nueva ciudad. Pero para que en ella reine la felicidad deberás entregarle tu vida. 
Bianor despertó de su sueño y observó maravillado el lugar en que se encontraba: un abrupto cerro a la orilla de un río; había allí abundancia de fuentes y manantiales y el lugar era rico en bosques de encinas y madroños. Por los montes circundantes se repartían pequeñas chozas habitadas por gentes sencillas y amables. Bianor preguntó por el jefe del poblado, y un anciano de aspecto venerable salió a su encuentro.
- Somos de la raza de los carpetanos, "los hombres sin ciudad". Nuestros antepasados vinieron a esta península hace mucho tiempo, y en la costa construyeron grandes ciudades. Pero luego vinieron otros pueblos conquistadores y nosotros nos refugiamos aquí, en el interior.
- ¿Y por qué no habéis fundado otra ciudad aquí? - preguntó Bianor.
- Nuestro gran sacerdote ha dicho que para ello debemos esperar una señal concreta de los dioses.
- Vuestro destino ya ha sido decidido por los dioses: el dios Apolo se me ha aparecido en sueños y me ha ordenado que construya en este lugar una ciudad especial para vosotros.


Bianor dijo también al anciano que él no reinaría en ella. Por el contrario, debía ofrecer su vida por la felicidad de la nueva ciudad. Los "hombres sin ciudad", ayudados por Bianor, comenzaron a trazar la ciudad. Cuando todo estuvo terminado quiso Bianor consagrarla al dios Apolo. Pero los carpetanos no estuvieron de acuerdo, pues deseaban ofrecerla a sus ídolos; toros y verracos de piedra. Al anochecer Bianor rogó a Apolo que apareciera: en sueños y le ayudara con su sabiduría.
- Debéis consagrar la ciudad a la "diosa Metragirta, llamada también Cibeles, la diosa de la Tierra, hija de Saturno. Además, has de saber Bianor que ha llegado tu hora; ofreciendo tu vida cesará la discordia en la ciudad. Si no el destino de sus habitantes será la muerte segura.
Bianor reunió a ancianos y sacerdotes y les contó su sueño. Silenciosos, los jóvenes del pueblo cavaron una gran fosa, Bianor, después de purificarse, ciño su frente con una corona de flores y abrazó a los sacerdotes uno a uno. A continuación, descendió al profundo pozo, que al punto fue cubierto por una gran losa.
Era luna nueva. Y el pueblo sentado en círculo alrededor de la fosa esperó orando y cantando hasta la luna llena. Esa noche se desató una horrible tormenta; entre los fulgores de los relámpagos se pudo distinguir una nube en forma de carro con la figura de una mujer.
- ¡Es Metragirta! - gritó el jefe de los ancianos.
Y con las luces del alba, cuando levantaron la gran losa que cubría el pozo, comprobaron con asombro que en su fondo, vacío, había crecido la hierba.
Metragirta fue entonces el nombre de la ciudad, y este vocablo, con el paso de los siglos, pasó a ser Magerit, ahora Madrid.


"Leyendas y misterios de Madrid" y "El Madrid musulmán".

domingo, 25 de marzo de 2012

La manía de apuntarlo todo

Escribir lo que hay que hacer es a veces la única fórmula para recordarlo.


Me encerré por fin en mi apartamento, después de saludar al portero, a la cuñada de una vecina y a un niño travieso que estaba en el ascensor. No tuve fuerzas para vaciar la bolsa de la compra y la dejé en el pasillo, después de hacer un rápido cálculo mental: no, no había nada que pudiera estropearse. Antes de colgar mi chaqueta, revisé los bolsillos y encontré la lista de la compra, que arrugué inmediatamente, y la lista de las cosas que tenía que hacer esa tarde en casa: ordenar el armario, sacudir las alfombras, tirar las revistas viejas, pedir hora para el ginecólogo, llamar a mi hermana, preparar la cena, descolgar las cortinas y quitar las fundas del sofá para llevarlas al tinte, reunir los papeles que necesitaría para preparar la clase de pasado mañana, intentar ver la película de Buñuel de la una de la madrugada, y luego, finalmente, dormirme.
Tengo la mala costumbre de apuntar con detalle todo lo que debo hacer. Lo único que he dejado de anotar son las llamadas a mi novio, pues la primera vez que vio su nombre en una de mis listas de deberes, como las llamaba él, me dijo que si debía recurrir a una lista para recordar que tenía que llamarlo, dentro de poco tiempo tendría que escribir su nombre en la mesilla de noche para no olvidar que tenía un novio. Estaba realmente cabreado, así que dije "¡vale!", y cambié de tema. Ahora tengo más cuidado con mis papeles personales. ¿Cómo podía hacerle entender que una lista no es un recordatorio, sino un mapa para saber moverme por los días? Sin una lista, no sabría por dónde empezar. Con su ayuda, miro mi panorama desde fuera, como mera espectadora, y puedo catalogar, dar prioridades, postergar, eliminar lo fútil y lo más importante, empezar de una vez para ejercer el placer total, ese que llega al final: tachar una a una las secciones de mi lista. Sin embargo, nunca he logrado tachar todos los renglones de mis listas. Sólo la de la compra, pero eso no es ningún mérito. Las trampas consisten en cavilar de la siguiente manera: "En realidad, no es necesario que..." Y, zas, lo tacho. Quedo con un leve cargo de conciencia, pero en el fondo me siento satisfecha de haber zanjado así el asunto. He llegado a la perfección de hacer listas acerca, incluso, de los temas en los cuales tengo que pensar.
La verdad es que en un momento dado me empezó a inquietar el tema. Imaginé que mi dependencia de las listas podría ser una patología reconocida en los organismos internacionales de psiquiatría y que a lo mejor ya tenía cura. Llamé a mi hermana, que es psicóloga, y le comenté mi preocupación. Afortunadamente es algo mucho más normal de lo que creía y me aseguró que se trataba de una manera un poco exagerada de organizarme, que la mayoría de la gente era capaz de controlar su vida sin apuntar nada, pero que, desde luego, no me hacía falta una camisa de fuerza. He hecho listas de los chicos que me han besado, de la gente a la que he prestado dinero, de las veces que me he dormido a las siete de la mañana... Sólo por hacerlas, claro, porque las tiro a la basura inmediatamente. Además, no podría consentir que las viese mi novio. Aunque no sé muy bien por qué. Yo nunca le he recriminado su manía de comprar herramientas. Me gustaría saber quién no tiene una excentricidad. Mi madre, por ejemplo, me obligaba a tomar una sopa intragable. Con la cantidad de sopas que podía hacer, siempre hacía la misma, porque quería. Mi abuelo estaba suscrito a una revista religiosa, pero era ateo. En realidad la gente es muy injusta, sobre todo conmigo, que soy una persona muy normal. Ahora, tengo un papel en blanco delante de mí y una de mis plumas favoritas (es importante el color de la tinta y el tipo de bolígrafo que se emplea al confeccionar una lista) y estoy pensando en la gente normal que conozco. Mi jefe tiene razón: los anormales son los demás, y los normales somos pocos. En mi lista todavía no hay nadie.

sábado, 24 de marzo de 2012

El retrato asesino

Recluido en su gran mansión y dedicado por entero a la pintura, vivía apartado de la sociedad.


Amable lector, hay historias que mejor sería no contarlas nunca, pero que para bien de sus más directos testigos, es necesario que vean la luz. Esta que ahora narraré es posible que no la crean, pero mi intención no es hacerla creíble, sino librarme del horrible lastre que ha dejado sobre mi frágil espíritu.
Hace ya algunos años, fui invitado a pasar una temporada en casa de un buen amigo que dedicaba sus horas y su fortuna a la siempre encomiable tarea de pintar. Su afán y esmero le habían conducido a la consecución de obras de cierto valor. Vivía apartado de la sociedad, en una gran mansión, recluido en ella con la única compañía de su fiel criado Alfredo. Cuando llegué a la mansión de mi amigo Carlos, quedé vivamente impresionado. Era la primera vez que la veía, pues, aunque hacía dos años que se había instalado en ella, yo no tenía noticias de él desde hacía tres. Sabía que mi amigo era rico, pero no tenía idea de hasta dónde alcanzaba su fortuna. Llamé al magnífico portón.
- Buenos día, señor. Le estábamos esperando.
- Hola, Alfredo. ¡Menudo cambio! Esta casa es una verdadera maravilla.
Como había dicho Alfredo, ya me estaban esperando. Mi habitación estaba a punto y en la mesa aguardaba mi cubierto. Mientras comía un delicioso pato guisado, Carlos hablaba sin cesar. Pese al extenso período de tiempo que nos había separado, nuestra amistad seguía firme, lo cual supuso una enorme alegría para ambos.
- ¿Sigues pintando?
Mi amigo asintió con vivo afán. Nunca en la vida he encontrado a un hombre tan entregado y satisfecho.
- Desde luego. Ven, deseo que veas la última obra en la que estoy trabajando.
Sin haber terminado la comida nos dirigimos a su estudio, que se encontraba en el sótano de la casa. Esta decisión repentina puede dar al lector una idea de su espontainedad y frivolidad frente a la vida. El estudio era estupendo. Había mesas de madera con decenas de paletas y pinturas sobre ellas. Lienzos en blanco se apilaban contra las sillas y de las paredes colgaban cuadros soberbiamente enmarcados. Me señaló un trípode y contemplé el cuadro en que estaba trabajando. Me impresionó. Una mujer, de aspecto siniestro, ojos negros, cabello largo y azabache, vestida sólo con una liviana túnica blanca, flotaba sobre un jardín maravilloso, con un estanque al fondo.
- Me encanta. Creo que es lo mejor que has hecho. Tiene fuerza, aunque...
- ¿Aunque? - inquirió mi amigo con nerviosismo.
- No sé, me asusta un poco. Resulta un tanto lóbrego.
En los días que siguieron nos dedicamos por entero a disfrutar de nuestra recobrada amistad. Por las tardes, sin embargo, Carlos se encerraba en su estudio y permanecía allí durante horas, trabajando duramente. Yo dedicaba aquel tiempo a la lectura, metido entre las cuatro paredes de su estupenda biblioteca.
De forma lenta, el comportamiento de Carlos fue sufriendo una progresiva metamorfosis que yo advertía claramente. Se hizo más huraño y se tornó celoso de su intimidad. Cada día pasaba más tiempo en el estudio y su aspecto era por momentos lamentable. Unas terribles ojeras se habían instalado bajo sus párpados inferiores, concediéndole una presencia siniestra y demacrada. Su forma de actuar, cada vez más esquiva y taimada, me obligó a tratar el asunto con Alfredo.
- Yo opino lo mismo que usted, señor; pero ¿cómo abordarlo sin despertar sus iras? Cada día lo encuentro más hosco y temo lo peor.
El que Alfredo corroborara mis sospechas no hizo sino aumentar mi preocupación. Carlos había renunciado definitivamente al diálogo y pasaba casi todo el tiempo encerrado en su estudio. Temíamos por su salud, tanto física como mental. Aterrrado, pensé en marcharme, pero un absurdo sentimiento de amistad me hizo rechazar esta idea. Aquella misma noche, un espantoso alarido proveniente de la habitación de Carlos me despertó. Corrí hasta su cuarto y lo encontré temblando, trémulo como una hoja agitada por el viento. Alfredo, que estaba junto a él, sufría un fuerte shock del que se fue recuperando lentamente. Acosté a Carlos, que permanecía con la vista ida, como si soñara despierto. Alfredo me explicó que no hacía más que repetir: "Ella, ella quiere matarme, ella quiere matarme". Regresé a mi cuarto, pero pasé una noche bastante intranquila. Nunca imaginé que el despertador pudiera depararme un nuevo y fatal sobresalto: Carlos yacía muerto en su cama, con una herida de puñal atravesándole el pecho. El instinto me guió hasta el estudio. La estancia estaba desordenada. Invadido por el espanto, descubrí el caballete donde estaba el último cuadro de mi amigo. El terror ahogó mis pensamientos y sólo pude emitir un grito horripilante y feroz. En el cuadro aparecía una figura de mi amigo, muerto, herido por un puñal que asía una mujer vestida únicamente con una liviana túnica blanca. La mujer volvía su pálido rostro hacía mi y me miraba, me miraba fijamente con un halo de malévola satisfacción en el inquietante brillo de sus grandes ojos.

viernes, 23 de marzo de 2012

Esperando a Carlo

Se habían criado juntos desde niños. Juntos habían correteado y jugado. Vivían en chalés contiguos y, cuando Teddy no pasaba al de Patty, era ésta la que pasaba al de él.
Contaba Patty dieciséis años cuando conoció a Carlo.
Fue con motivo de un viaje a Venecia, cuando fue a pasar unos días en casa de una compañera de colegio. Carlo, que contaba con veintidós años, la deslumbró con su aire de hombre mundano que está de vuelta de todo. Patty se enamoró de él casi de forma instantánea: fue, lo que se dice, un flechazo. Cuando ya volvía a Roma, Carlo prometió ir a verla.
Terminó sus estudios en el instituto. Patty ingresó en la escuela de Bellas Artes. Había cumplido veinte años y continuaba esperando a Carlo. Ya no tenía esperanza en que llegase, pero el recuerdo que ella tenía de él, el tiempo, en lugar de apagarlo, hizo que se convirtiese en una constante obsesión.
Teddy, su amigo de la infancia, la amaba más, si cabe, cada día; pero nunca se lo dijo. Se limitaba a escucharla, y la dejaba hablar de aquel Carlo que le había robado el corazón.
- Todos creen que tú y Teddy sois novios - le decía su madre con frecuencia.
- Pues se equivocan, mamá.
- Pero, ¿no crees que si en realidad no lo sois, ni pensáis serlo, hacéis mal saliendo juntos constantemente?
- No creo que hagamos mal a nadie con ello. Es con Teddy con el único que puedo hablar de todo. Me comprende mejor que nadie.
- Todo eso me parece muy bien. Lo que yo no comprendo es la idea que tenéis vosotros sobre el amor.
Ella sabía muy bien que el amor era algo más que comprensión y afecto, pero se guardó de decírselo.
Un día, cuando ya no esperaba nada de Carlo porque creía que ya se habría casado, recibió una tarjeta suya. Le decía que iba a Roma aquellos días. Se quedó muy sorprendida, y corrió a decírselo a Teddy.
- Ahora que él va a venir no sé cuáles son mis sentimientos. ¿Puede ser esto amor? Teddy, ¿tú que crees?
- Esa respuesta no puedo dártela yo. Será el mismo Carlo el que pueda dártela, o tú misma. Teddy lo que pensaba en realidad es que Carlo era un aprovechado, pero se guardó de decírselo a su amiga Patty.
Salió con Carlo. Se quedó desconcertada. ¿Es que ya no sentía nada por él? Empezó a analizarlo fríamente. Lo encontró frívolo, vacío, superficial, egoísta. ¿Qué había podido ver ella en Carlo hacía cinco años?
- Te encuentro muy cambiada, querida Patty.
- Ahora soy una mujer, Carlo. Cuando tú me conociste era tan sólo una niña.
- Sin embargo, me gustabas bastante más antes.
Patty no pensaba aclararle las cosas, tampoco estaba dispuesta a seguir perdiendo más tiempo con él.
Lo único que Patty no acertaba a explicarse era cómo había podido estar tan ciega para haber hecho una imagen de Carlo tan distinta a como era él en realidad.
- ¿No me contestas, Patty?
- Perdona, Carlo, ¿es que me habías preguntado algo?
- Creo que ya no te intereso para nada.
- En absoluto.
- Entonces, será mejor que me busque otro cicerone.
- No sabes cuánto te lo agradezco.


- ¿Se puede? - preguntó, golpeando la puerta de su cuarto con los nudillos.
- ¡Patty! Suponía que estabas con Carlo. ¿Se ha ido?
- Para mí, sí, Teddy, él se ha ido para siempre.
Le explicó todo y también la alegría que eso le producía. Esperó a que él le dijese algo, pero él se abstuvo de hacerlo. Se levantó de la silla en la que estaba sentado y, levantándola a ella de la suya, la tomó en sus brazos y la besó en la boca. Patty pudo por fin despertar a la realidad y comprender que su amor era Teddy, y ya lo sería para siempre.

jueves, 22 de marzo de 2012

Sospecha, sospecha

Muchísimas personas de Banesville creían que la linda Cora Spindler era una asesina que había matado a sangre fría, y con perversa deliberación, a su marido, Fred. Naturalmente, no hubo pruebas. De hecho, nunca tuvo lugar una acusación legal de aquel crimen, ni nadie, abiertamente, la había culpado de ello. Ni siquiera existía la evidencia de un motivo concreto.
Era cierto que el difunto Fred Spindler tenía un seguro de vida de diez mil dólares. Sin embargo, casi todo el mundo tiene un seguro de vida, ¿no es verdad? Incluso ella misma, Cora, tenía un seguro de cierta importancia. Además, todo el mundo se muere a la corta o la larga, ¿no es verdad? Por una o por otra causa...
El bueno de Fred, con un empleo fijo y otro empleo en horas extraordinarias, llevaba a casa unos diez mil al año, de modo que, ¿para qué librarse de él? ¿Por qué matar una gallina con un único huevo de oro y, por consiguiente, poner fin repentino a todo el potencial? Realmente no sería práctico, ¿no es verdad?


Al parecer, Fred había muerto de una sobredosis de píldoras para dormir. Trabajando en dos empleos, como hacía, había estado ayudando a la naturaleza desde hacía algún tiempo tomando píldoras. Siempre estaba cansado, exhausto, agotado al máximo. Incluso una dosis normal, que le atrapase en un momento de extremo agotamiento, hubiera bastado, sin duda, para enviarle al hoyo.
Cora había trabajado, parte del día, durante dos o tres años, en la farmacia de Simm Bentley. En ese tiempo, naturalmente, se había familiarizado con la farmacopea diversa de los estantes y con sus propiedades terapéuticas, buenas y malas. Cuando Fred necesitaba píldoras, ella se las llevaba. Cosa muy natural, ya que trabajaba en un establecimiento farmacéutico, que era además, el único de la ciudad.
Pero - según expuso Ben Roberts, el alguacil de la ciudad, cuando los rumores continuaron propagándose - no se puede andar por ahí haciendo autopsias y arrestando gente por sospechar que haya habido crimen cada vez que muere un cónyuge. Eso sería arrojar una nube maldita sobre todo el que pierde a un ser querido. ¡Una situación intolerable! Y, de todos modos, en este caso, ¿cuál sería el motivo? Sin embargo, en una pequeña ciudad como Banesville existen tantas mentes suspicaces como habitantes. Yo no sé qué sera; pero algunas personas parecen disfrutar teniendo algo morboso de que hablar, y parecen obtener un extraño placer en hundir un poco a los demás siempre que se les presenta la ocasión. De modo que el rumor continuó: Cora era una asesina. Ella se había cargado a su marido, de una manera o de otra, con motivo o sin él.


Después, cuando había transcurrido poco más de un año de la defunción de Fred, cuando Cora de pronto se casó con su jefe, Simm Bentley, propietario de la farmacia y uno de los principales hombres de negocios de la ciudad, las sospechas se solidificaron. ¡Allí estaba el motivo, tan evidente como su nariz!
- Pero, veamos - argüía el alguacil Roberts, ligeramente irritado -, es muy natural que se hayan casado. Hace mucho tiempo que se conocen, por trabajar Cora en la tienda y todo eso. Simm había perdido a su mujer hacía dos o tres años, ¿no es cierto?, y vivía totalmente solo, ¿no es cierto? Si alguien necesitaba una esposa, era él, ¿no es verdad? Bueno, ¡Pues ahí lo tenéis!
Sí, Simm había perdido a su mujer, de acuerdo. Había muerto de una extraña enfermedad que el doctor Bronson no había sabido diagnosticar a tiempo. Oh, cierto, el doctor Bronson había intentado desesperadamente salvarla; no cabía duda alguna acerca de ello. Lo intenó con distintas recetas, que el propio Simm Beantly preparaba en la farmacia, siendo un farmacéutico licenciado y colegiado. Sin embargo, ninguno de sus esfuerzos consiguió los resultados apetecidos, y no quedó nada por hacer, sino escribir el certificado final: "Muerte debida a causas naturales".
Inmediatamente después de su casamiento con Simm, Cora había dejado de trabajar en la tienda y se ocupó en preparar su hogar feliz para su nuevo marido. Las cosas parecían irles muy bien, y Simm contrató una ayudante a horas para la tienda: una linda y simpática jovencita veinteañera. Todo el mundo se sentía bastante satisfecho al ver que las cosas le iban bien a Simm, después de su tragedia. Habiendo vivido solo durante los últimos años, se merecía compañía y una vida hogareña confortable, ¿no es verdad?


No obstante, algunas personas todavía eran algo escépticas en cuanto se refería a Cora. Sobre ella todavía se cernía una nube. Como he dicho antes, en una pequeña ciudad como Banesville existen casi tanta mentes suspicaces como personas. Nadie hablaba de ello abiertamente, claro está; pero uno podía sentirlo como flotando en el ambiente. ¿Sufriría quizá Simm, a la corta o a la larga, la misma suerte que Cora había destinado a su primer marido, Fred? Sí, uno podía sentir que en el ambiente flotaba una especie de presentimiento.
Ignoro si Cora lo percibía o no; pero, si era así, no lo daba a entender a nadie. Continúo preparando una buena casa para Simm y haciendo todo lo posible por mantenerle feliz, hasta que de pronto se puso enferma. El doctor Bronson fue llamado inmediatamente, y acabó diagnosticando que Cora padecía una enfermedad similar a la que había terminado con la primera mujer de Simm. Naturalmente, todo el mundo sintió lástima del farmacéutico e intervinieron e hicieron todo lo posible por ayudarle. El doctor Bronson hizo algunas recetas para que Simm las preparase; pero, bueno, supongo yo que así son a veces las cosas. El doctor Bronson ya no pudo hacer más que declarar en el certificado que la muerte de Cora había sido debida a causas naturales. Simm, naturalmente, se llevó un gran disgusto, y durante algún tiempo estuvo muy abatido. Ciertamente, Simm había recibido el seguro de su primera esposa y después el de Cora, junto con los diez mil dólares que ella había recibido de Fred, más algunas cosillas de acá y de allá; pero todo eso, en realidad, era una pequeña compensación que no podía paliar la tragedia que se había cernido sobre su vida, ¿no es verdad?


Las cosas han cambiado y serás mejores para Simm. Por lo menos, así lo espera todo el mundo. Su tercera mujer, esa linda jovencita que había ocupado el empleo parcial de Cora en la tienda, parece estar haciendo todolo que puede para hacerle feliz y proporcionarle una cómoda vida hogareña, y Simm ha encontrado finalmente otra ayudante a horas para la tienda, un pequeña pelirroja recién salida de la universidad. Sí, las cosas parece que le van muy bien a Simm. Todo el mundo habla todavía de Cora, sin embargo. Pero, bueno, usted ya sabe lo que pasa cuando las sospechas comienzan en una pequeña ciudad como Banesville...

miércoles, 21 de marzo de 2012

La diadema de berilos

Nuestro visitante llegó muy de mañana. Tardó un rato en calmarse hasta que por fin pudo explicarnos el motivo de su visita.
- ¡Es terrible! - exclamó -. No sólo afecta a mi reputación, sino a todo el país.
- Por favor, serénese y dígame quién es usted y qué desea.
- Soy Alexander Holder, de la firma bancaria Holder & Stevenson.
Su nombre nos resultó familiar. En efecto, se trataba ni más ni menos que del socio más antiguo del segundo banco más importante de la city. Como es lógico, sabrán que el éxito de un negocio bancario depende tanto de saber invertir adecuadamente como de aumentar la lista de nuestros clientes. Una de las formas de invertir dinero más eficaz es la de hacer préstamos cuando la garantía no ofrece dudas. Durante los últimos cinco años hemos hecho muchas operaciones de esta clase. Ayer estaba en mi despacho cuando uno de los empleados me trajo una tarjeta. Di un respingo al leer el nombre porque era nada menos que de...Bueno, quizá ni a usted mismo debo decirle el nombre, sólo que se trata de uno de los personajes más ilustres de Inglaterra. Le hice pasar de inmediato. 
- "Señor Holder - dijo sin preámbulos -, me he enterado de que usted acostumbra a hacer préstamos. Me es imprescindible disponer en el acto de 50.000 libras."
- "¿Puedo preguntarle durante cuánto tiempo necesitará usted esa cantidad?!
- "El lunes próximo tengo que cobrar una elevada suma de dinero y ese mismo día le reembolsaré el préstamo".
- "Me sentiría muy feliz de poder entregársela ahora mismo, sin más trámites, pero la firma me exige una serie de garantías".
- "Si ese es el problema, no se preocupe - dijo sacando un estuche -. Habrá oído hablar de la diadema de berilos, una de las joyas públicas más preciosas del Imperio. Aquí la tiene. Confío en que usted sea discreto y se abstenga de hablar con nadie de este asunto y, sobre todo, que conserve la diadema con toda clase de precauciones. Si sufriera cualquier deterioro el escándalo sería tremendo. El lunes por la mañana vendré personalmente a buscarla".
Viendo que mi cliente estaba ansioso por marcharse, no dije nada más. Llamé a mi cajero y le pedí que le entregase el dinero solicitado, y guardé en mi caja fuerte el preciado tesoro, sintiendo cierta inquietud. Finalmente, decidí que lo mejor sería llevar y traer conmigo a diario la diadema, para así tenerla siempre al alcance de la mano. La servidumbre de la casa es de entera confianza. El lacayo y su ayudante duermen fuera y hay tres criadas que llevan casi toda la vida sirviéndome. Sólo la cuarta, Lucy Parr, lleva unos meses a mi servicio. Sus referencias eran excelentes. Se trata de una joven muy bella, con bastantes admiradores, que a veces rondan la casa. Ese es el único inconveniente que le hemos encontrado, por lo demás su conducta es intachable. Por otra parte, soy viudo y sólo tengo un hijo, Arturo. Como es natural, yo esperaba que me sucediera en los negocios, sin embargo no parece tener talento para ello. Es díscolo, muy alborotador y, para serle franco, no me atrevo a confiarle el manejo de sumas importantes de dinero. El caso es que... se ha vuelto muy aficionado al juego y muchas veces me he visto obligado a saldar sus deudas. Ha intentado cortar con esto, pero la peligrosa influencia de su amigo sir George Burnwell lo ha impedido. No me gusta lo más mínimo ese hombre, y lo mismo opina Mary, mi sobrina, que vive en casa desde hace cinco años. Mi hijo está enamorado de ella, pero Mary se niega a casarse.
Bueno, prosigamos con esta dolorosa historia. Aquella noche estábamos los tres tomando café en la salita y les relaté lo ocurrido, aunque sin mencionar el nombre de mi cliente. Lucy, la doncella, nos había servido el café y ya se había ido cuando les hablé de la joya, pero no puedo asegurar que la puerta estuviera bien cerrada. Mary y Arturo querían ver la joya. Me preguntaron sónde la había guardado y yo les dije que en el cajón de la cómoda, bajo llave. Arturo comentó que la cómoda era muy fácil de abrir, pues él mismo lo había hecho cuando era pequeño con la llave del aparador del cuarto de baúles. Yo no le hice demasiado caso porque es bastante aficionado a fantasear. Aquella noche, antes de acostarnos, Arturo me pidió 200 libras. Era la tercera vez que lo hacía en ese mes. 
- Si no me das el dinero me echarán del club.
Yo me seguí negando y él gritó:
- Muy bien, entonces lo tendré que conseguir por otros medios.
Antes de acostarme comprobé que la llave continuaba en el mismo lugar. Cerré el mueble y di una vuelta por la casa para asegurarme que todo estaba en orden. Lucy estaba junto a la ventana del vestíbulo.
- Tío, ¿le diste permiso a Lucy para salir esta noche?
- No, claro que no.
- Pues acabo de verla entrar por la puerta posterior.
- Mañana mismo hablaré con ella, Mary.
- ¿Has comprobado que todo está bien cerrado?
- Sí, todo están en orden.
- Pues entonces, hasta mañana.
Le di un beso y poco después ya estaba dormido en mi habitación. Sin embargo, a eso de las dos de la madrugada me despertó un ruido. Oí pasos en la habitación contigua y abrí lentamente la puerta del gabinete.
- ¡Miserable! ¿Cómo te atreves a tocar la diadema, Arturo?
Al escuchar mi voz se puso pálido y soltó la joya. La cogí de inmediato, comprobando, horrorizado que faltaba uno de los ángulos de oro y los tres berilos que llevaba engarzados.
- ¡Canalla, la has estropeado!
- ¿Dónde están las piedras que faltan?
- Yo no he arrancado ninguna piedra.
- Además de ladrón, ¡mentiroso! ¡Devuélvemelas de inmediato!
- No aguanto más, mañana mismo me marcho de esta casa.
- Saldrás de aquí, pero en manos de la policía.
Para entonces, toda la casa se había puesto en pie, pues los gritos les habían despertado. La primera en entrar corriendo fue Mary, que con una sola mirada comprendió lo sucedido. Envié a una doncella en busca de la policía. Mientras esperábamos, supliqué a mi hijo que me devolviera las joyas, asegurándole que le perdonaría si me las entregaba.
- Guarda tu perdón para quien te lo pida.
No había nada que hacer, y cuando vino el inspector no tuve más remedio que pedirle que le detuviera.
Holmes permaneció unos minutos callado, con el ceño fruncido.
- ¿Recibe muchas visitas?
- No, no soy muy aficionado a las acciones sociales. Arturo, sí. Mi sobrina tampoco suele salir.
- Eso es muy raro en una joven.
Fairbank era una casa cuadrada, grande, un poco alejada de la carretera. Dos caminos conducían desde las dos puertas del jardín hasta la mansión. Había un pequeño bosquecillo a la derecha, del que salía un diminuto sendero que daba a la puerta de la cocina. A mano izquierda, otro camino daba directamente a la calle y conducía a las cuadras. Holmes se separó de nosotros y comenzó a recorrer el jardín palmo a palmo. Holder y yo entramos en la casa. Estábamos en la sala, sentados, cuando entró una esbelta joven, muy alta y de hermosos ojos negros. Estaba terriblemente pálida y con los ojos hinchados, posiblemente de llorar. Se dirigió hacia su tío y le pasó una mano por la cabeza, en un gesto de simpatía.
- Tío, creo que Arturo es inocente. No tengo pruebas, pero lo intuyo. ¡Es espantoso pensar que está en la cárcel!
- Mary, el cariño que sientes por Arturo te ciega. Este señor - dijo señalándome  y otro que está fuera han venido para esclarecer los hechos.
- Yo también creo que su primo es inocente - dijo Holmes entrando por la puerta -. Usted debe ser Mary Holder, ¿le importaría que le hiciera algunas preguntas?
- Desde luego que no.
- ¿Escuchó algún ruido la noche pasada?
- Ninguno, hasta que mi tío empezó a gritar.
- Fue usted quien cerró anoche las puertas y ventanas, según me dijo su tío. ¿Estaban todas bien cerradas por dentro?
- Así es.
- Al parecer, una de las doncellas salió anoche de la casa sin permiso.
- Sí, la misma muchacha que sirvió el café y que pudo oír lo que mi tío decía de la diadema.
- Comprendo. Quizá ella salió para contárselo a su novio y los dos planearon el robo. ¿La vio regresar?
- Si, cuando fui a comprobar si la puerta de la cocina estaba bien cerrada tropecé con ella, que entraba subrepticiamente. Fuera había un hombre.
- ¿Le conocía a usted?
- Claro que sí. Era el verdulero, al que compramos normalmente, Francis Prosper.
- ¿Tiene una pierna de palo?
- Vaya, es usted adivino, ¿cómo lo sabe?
- Ahora me gustaría subir al piso de arriba, pero antes quiero examinar las ventanas.
Holmes se detuvo ante la más grande, examinó con atención el antepecho y luego dijo que subiéramos.
El gabinete del banquero estaba amueblado con sencillez; Holmes observó la cómoda.
- ¿Qué llave utilizaron para abrirla?
- La del aparador del cuarto de los cajones viejos. Es es que está ahí, encima de la cómoda.
- La cerradura es silenciosa. Echemos ahora un vistazo a la diadema.
- Veamos cuán resistente es esta joya.
Entonces, ante nuestro espanto, Holmes intentó arrancar el otro ángulo con toda su fuerza, pero sin resultado alguno.
- ¡Imposible! Harían falta herramientas muy especiales para lograrlo y el ruido producido sería enorme. ¿Quiere hacerme creer que esto ocurrió a escasos metros de su cama y usted ni se enteró? El banquero le miraba perplejo.
- Veamos, ¿qué zapatos llevaba su hijo anoche?
- Iba descalzo, en camisa de dormir.
- Gracias, señor Holder. Ahora proseguiré con mis investigaciones fuera.
Regresó al cabo de una hora, con los zapatos llenos de nieve.
- Ya he visto todo lo que tenía que ver. Ahora regresaré a mi casa.
- ¿Pero dónde están las joyas?
- No lo puedo decir todavía.
- ¿Y qué piensa de mi hijo?
- No he cambiado de opinión respecto a él.
- Le ruego que me explique lo que sabe.
- Venga a visitarme mañana por la mañana, entre las nueve y las diez. Doy por supuesto que tengo carta blanca para actuar con tal de que le devuelva las piedras preciosas.
- ¡Daría mi fortuna por recuperarlas!
- Bien, entonces me voy, aunque es posible que vuelva al anochecer.
Regresamos a casa sin que Holmes se dignase contarme qué había descubierto. Subió a su habitación y a los pocos minutos regresó vestido como un auténtico pordiosero y, sin más, se marchó. Estaba tomando el té cuando regresó. Parecía muy contento y traía una bota de goma en la mano. Se sirvió una taza, soltó la bota y dijo que volvía a marcharse al West End, pero antes tenía que vestirse normalmente. Yo no sé qué hora era cuando regresó. A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, estaba esperándome. A los pocos minutos sonó la campanilla y el banquero entró dando muestras de un enorme cansancio.
- ¡Es terrible! - dijo -. Parece que no hay una desgracia sin dos. Mi sobrina Mary me ha abandonado.
- ¿Qué le ha abandonado?
- Sí, esta mañana apareció intacta su cama y en el vestíbulo apareció una carta para mí. Anoche yo le había dicho que quizá, si ella se hubiera casado con Arturo, nada de esto hubiera ocurrido. La misiva decía: "Queridísimo tío. Soy consciente de que si yo hubiera actuado de distinta forma esta desgracia no le habría ocurrido. Con este pensamiento no puedo ser ya feliz bajo este techo. No te preocupes por mi porvenir, pues está asegurado. Y no me busques, porque con ello me perjudicarías. Te quiero, Mary"
- Creo, señor Holder, que es lo mejor que podía hacer.
- ¿Qué quiere decir? ¿Dónde están las piedras preciosas?
- Tendrá que pagar 3.000 libras esterlinas por ellas. Y algo de recompensa. Si tiene su talonario, extienda un cheque por 4.000 libras.
El banquero extendió el cheque con cara de asombro. Holmes fue a su escritorio, sacó de un cajón una pequeña pieza triangular de oro con tres piedras engarzadas y la dejó sobre la mesa.
Nuestro cliente la cogió, dando un grito de alegría, y exclamó:
- ¡Estoy salvado!
- Tiene usted todavía otro pequeña deuda - dijo Holmes.
- ¿Una deuda? Diga la cantidad y firmaré - dijo cogiendo el talonario.
- No es conmigo, es con su hijo. Es un noble muchacho y en este asunto se ha conducido de tal modo, que yo, si fuera su padre, estaría orgulloso de él.
- ¿Entonces no fue Arturo quien las robó?
- Ya le dije ayer que no.
- Pues démonos prisa en cominicárselo.
- Ya está al corriente de todo.
- Por amor de Dios, desvéleme de una vez el misterio.
- Si así lo desea... Debe saber en primer lugar que sir George Burnwell y su sobrina se entendían y han huido juntos.
- ¡Mary! ¡Eso es imposible!
- Me temo que no. Ese hombre es un verdadero canalla, sin corazón ni conciencia. Su sobrina cayó en sus redes.
- ¡No puedo creerlo!
- Le voy a contar entonces lo que ocurrió en su casa hace dos noches. Cuando su sobrina creyó que usted se había acostado, se deslizó a la planta baja y habló con su enamorado por la ventana que da al sendero de los establos. Le contó lo de la diadema y él la convenció para que la robara. No me cabe duda de que su sobrina le quería a usted, pero el amor de ese canalla le cegó. Al oír que usted bajaba por la escalera, cerró corriendo la ventana. Como excusa, le contó lo de la doncella y su novio, el de la pierna de palo, lo que por otra parte era completamente cierto. Su hijo Arturo se había acostado ya, pero unos pasos delante de su habitación le despertaron a medianoche. Se quedó sorprendido al ver que se trataba de Mary y que entraba en su gabinete. A los pocos minutos la vio salir de nuevo, con la diadema en la mano. La siguió, procurando no hacer ruido; así descubrió cómo ella le entregaba la joya a alguien a través de la ventana y volvía de nuevo a su cuarto apresuradamente. Entonces, tal como estaba, con los pies descalzos, Arturo saltó al jardín y corrió hacia la silueta que se alejaba. Sir George Burnwell intentó huir, pero su hijo le alcanzó. Agarró la diadema por un lado, pero el otro tiraba del otro extremo. Arturo le hizo a Sir George un corte por encima del ojo. De pronto sonó un chasquido, su hijo vio que le había arrebatado la joya y corrió con ella hacia la casa. Sólo cuando estuvo en su gabinete se dio cuenta de que estaba rota. En ese momento fue cuando entró usted.
- ¡Oh, Dios mío! ¡Qué ciego y estúpido he sido!
- Cuando llegué a su casa - prosiguió Holmes - examiné el jardín, como recordará. Había huellas grandes de botas y otras de pies descalzos. Por lo que usted me había contado, deduje en seguida que las descalzas correspondían a su hijo. Seguí las señales y así descubrí que habían mantenido un forcejeo. Seguí el camino de las huellas de las botas y otras gotas de sangre me mostraron que ese era el individuo herido. Las huellas terminaban junto a la carretera, puesto que la nieve había sido limpiada allí. Tenía ya una idea bastante clara de lo que había ocurrido, pero todavía no estaba seguro de quién era el ladrón. Sabía que no era su hijo, ni tampoco usted. La única explicación era que se tratara de Mary, de quien su hijo estaba enamorado y dispuesto a protegerla a toda costa. Luego recordé a sir George Burnwell y la mala opinión que usted tenía de él. Me presenté en su casa vestido de vagabundo, me las ingenié para hablar con su ayudante de cámara, y supe por éste que su señor había sufrido un corte en la cara la noche anterior. Por último, a cambio de seis chelines, conseguí que me diera las botas de sir George, que éste acababa de desechar. Luego regresé a su casa y comparé las huellas. Las botas encajaban a la perfección. No lo dudé más y fui a visitar a ese canalla. No voy a entrar en detalles, basta con decirle que se avino a contarme todo lo sucedido cuando a su amenazadora porra respondí con mi revólver. Para evitarle a usted un escándalo, le dije que estaba dispuesto a darle 3.000 libras por las piedras. Conseguí que me diera la dirección del perista que se las compró, prometiéndole que no presentaríamos denuncia. Salí de  allí y, después de mucha insistencia, conseguía las tres piedras a mil libras cada una.
- Caballero, no encuentro palabras suficientes para darle las gracias por lo que ha hecho usted, pero intentaré recompensarle adecuadamente. Ahora tiene que perdonarme. Debo irme de inmediato para suplicarle a mi querido hijo que me perdone.

El tesoro escondido (Gran Bretaña)

 Un campesino muy pobre soñó durante tres noches seguidas que debajo de una roca, cerca de su casa, estaba enterrado un tesoro. En aquel sue...