Un campesino muy pobre soñó durante tres noches seguidas que debajo de una roca, cerca de su casa, estaba enterrado un tesoro. En aquel sueño él veía cómo salía de casa y se dirigía al bosque. Cerca de un río se encontraba una roca, allí había jugado de pequeño cuando iba al río a pescar con sus amigos. Debajo de aquella piedra llena de recuerdos era precisamente donde él encontraba su maravilloso tesoro.
Después de pensar mucho en ello se dijo: "Dicen que los sueños, a veces, son premonitorios. Por probar no pasa nada. Además, si el tesoro está debajo de la piedra, me convertiré en un hombre rico y podré por fin dar una vida feliz a mi mujer y mis hijos, que tienen que sufrir la amargura y el desconsuelo de la pobreza."
No dijo nada a nadie, ni siquiera a su mujer. Y al día siguiente, cuando la noche caía, cogió un pico y una pala y se dirigió al lugar que había visto en sueños. Levantó la piedra y comenzó a cavar. Enseguida, tropezó con algo duro y, esperanzado continuó excavando.
Al poco rato, se encontró con un gran saco repleto de lingotes de oro y piedras preciosas. No cabía en sí de gozo y, sin saber todavía qué iba a hacer con tanta riqueza, se echó el saco al hombro. Al llegar a su casa, se fue directo al establo, pensando que allí, entre las vacas, estaría bien escondido el precioso tesoro.
Su mujer estaba en la cocina hablando con unas vecinas, y él tuvo la paciencia y la precaución de esperar hasta que se fueran para hablarle de su maravilloso hallazgo.
- ¿Has escupido sobre el tesoro? - preguntó ella muy preocupada.
- No - respondió él.
- Pues has cometido una grave equivocación. Mi padre, que es un entendido en estos asuntos, dice que los tesoros suelen estar encantados y que, si no se tiene la precaución de escupir sobre ellos antes de abrirlos, pueden desaparecer por completo.
- ¡Bah! - Seguro que eso no son más que tonterías. Yo estoy convencido de que ahí dentro hay un tesoro, lo he visto con mis propios ojos y, además, lo he traído a hombros yo mismo. Ponte contenta, mujer, vamos a ser muy ricos, ese saco está lleno de oro y joyas. Luego se fueron los dos al establo, y vieron a las vacas muy asustadas, tirando de sus ronzales, desesperadas, como si quisieran huir.
- ¡Lo ves! - dijo la mujer.
- Los animales tienen miedo de lo que hay dentro del saco. ¿Acaso no has oído nunca que ellos son capaces de ver todas aquellas cosas que nosotros no vemos?
- ¡Déjate de fantasía! y fíjate en ese maravilloso saco que nos va a sacar de la pobreza. Por una vez que nos pasa algo tan maravilloso no creo que sea posible que desaparezca de repente. Y, además, te repito que yo ya vi lo que había dentro y, desde luego, no era malo en absoluto, te lo aseguro.
La mujer se acercó un poco y dio un grito.
- ¡Por todos los demonios! ¿Qué has traído aquí? Estoy segura de que dentro de este saco hay algo vivo, de tesoro, nada.
- ¡Cállate!, siempre tienes que aguarme todas las fiestas - dijo él.
- ¿Es que no ves que el saco se está moviendo?
El marido veía que el saco efectivamente se movía mucho, pero era muy cabezota y no quería darle la razón a su mujer.
- Puede que alguna rata se haya metido dentro, y por eso se mueve tanto.
- Mira, déjate de estupideces y abre el saco mientras yo me encomiendo a todos los santos del cielo para que nos protejan, porque estoy completamente segura de que ahí dentro se mueve algún bicho espantoso.
El marido cogió el saco y, poniéndolo derecho, lo apoyó en la pared. Las vacas comenzaron a mugir y a moverse todavía más inquietas y asustadas que antes.
Cuando el hombre desató el saco y lo abrió se quedó paralizado: ante él apareció la cabeza de una enorme serpiente. Sus ojos eran rojos y brillantes y despedían fuego como la boca de un dragón. El labrador y su mujer se quedaron mudos y paralizados de miedo.
La serpiente comenzó a desenroscarse y a salir del saco, moviendo una enorme lengua. Su cuerpo era tremendamente largo y parecía que no terminaba nunca. Comenzó a arrastrarse por el suelo del establo, bajo las patas de las vacas que no paraban de mugir nerviosas y de dar patadas.
El bicho continuó arrastrándose hasta que, trepando por una viga, fue deslizándose hacia el tejado y, despareció de repente. La pareja se miró perpleja. El saco, vacía, había quedado en el suelo del establo.
- Así que un tesoro, ¿eh? Buena la has hecho. Y todo por no hacer caso de los consejos de mi padre. Nunca quieres escucharme y, al final, soy yo la que tiene la razón siempre. ¡Venga! ¡Echa un poco de paja a las vacas y vámonos a casa! Porque soy muy buena, que si no te dejaba sin cenar nada esta noche.
A partir de ese día el hombre soñaba todas las noches con terribles serpientes que salían de un saco y se le enroscaban por su cuerpo. Las pesadillas fueron cada día a peor y la mujer decidió llevar a su marido a casa de su padre, para ver si él encontraba remedio que le dejara dormir bien.
El padre, que sabía que para poder disfrutar de un tesoro encantado había primero que descubrir la importancia que la salud y la alegría del amor tenían en la vida de cualquier ser humano, le llevó junto a la roca de sus sueños. Allí los dos rieron recordando la felicidad de un pasado de pobreza, pero lleno de amor. Desde aquel día el campesino nunca volvió a soñar con tesoros. Al fin y al cabo los tesoros los llevamos dentro de nosotros.
Cuentos escoceses - Stories short stories
lunes, 30 de abril de 2012
viernes, 27 de abril de 2012
Creía que tenía una rival
Ocultaba sus ojos tras unas gafas oscuras y fumaba casi incansablemente. Los rayos de sol caían con fuerza sobre su cuerpo.
- Hola. ¿Cómo estás?
Marta volvió la cabeza para observar al intruso.
- ¿Por qué no se sienta? Quisiera regresar a París completamente bronceada.
Intentó bromear a la vez que curioseaba a aquel hombre.
- ¿Me ha observado bien? - preguntó un tanto irónico.
La conversación siguió en tono distendido hasta que él preguntó:
- ¿Cenamos juntos?
- ¿Qué dirán mi amigos? No hemos sido presentados...
- Me llamo Gustavo, ¿y tú?
- Marta. Nací en Italia y vivo en París. Ahora disfruto de unas cortas vacaciones.
- ¿Vamos? - dijo él a la vez que le ofrecía la mano para ayudarla a levantarse.
- ¿Qué hacemos? - preguntó.
- Emborracharnos - contestó con una amplia sonrisa.
Juntos, como si se conocieran de toda la vida, se dirigieron al bar. El pidió que le prepararan un cóctel especial, una bebida dorada. Sus miradas parecieron fundirse. Un escalofrío recorrió la espalda de la muchacha, y desvió su mirada. Él buceaba curioso en el fondo de esos ojos que lo esquivaban de aquella manera.
- ¿Por qué te intereso tanto?
- Me gustaría pintarte así.
- ¿Pintarme? ¿Así que eres pintor? Bien, yo soy modelo. ¿Cuándo empezamos?
Continuaron hablando un rato más hasta que, Marta se despidió. Aquel encuentro había sido tan inesperado y divertido para Marta que le faltó tiempo para contárselo a sus amigos. Pero a éstos no pareció gustarles demasiado.
- Hemos oído hablar de él. No es un hombre que tenga un pasado nada claro. Se rumorea que tuvo una novia que murió en extrañas circunstancias...y luego él desapareció una larga temporada.
Pocos días después ella estaba en su apartamento, posando como modelo. Sus sentimientos estaban a flor de piel y ninguno de los dos podía ocultarlo. Él la tomó en sus brazos y besó fugazmente sus labios.
- ¿Te casarás conmigo? Me iré contigo a Francia.
Ella no respondió. Lo amaba, pero sabía tan poco de él...Y la advertencia de sus amigos.
El se dio cuenta de su miedo y quiso explicarle todo.
- Sé que te han contado cosas de mí...Es cierto, yo la maté. No pienso ocultarte nada - pero, ante la mirada horrorizada de ella, prosiguió -. Ten calma, escucharás la historia de mis labios. Era de noche, estábamos en una fiesta y yo había bebido demasiado. Descubrí que me engañaba...y nos íbamos a casar tres días después. El dolor ofuscó mi mente. Los rumores que has oído son ciertos. Pagué mi culpa en largos y duros años, luego...
- Luego...aparecí yo. Nos casaremos, Gustavo. El pasado nada tiene que ver con nuestras vidas.
Marta cerró los ojos. Pensó que en esa otra mujer y estaba segura de que su recuerdo ya no sería un obstáculo, que ya no era una rival.
- Hola. ¿Cómo estás?
Marta volvió la cabeza para observar al intruso.
- ¿Por qué no se sienta? Quisiera regresar a París completamente bronceada.
Intentó bromear a la vez que curioseaba a aquel hombre.
- ¿Me ha observado bien? - preguntó un tanto irónico.
La conversación siguió en tono distendido hasta que él preguntó:
- ¿Cenamos juntos?
- ¿Qué dirán mi amigos? No hemos sido presentados...
- Me llamo Gustavo, ¿y tú?
- Marta. Nací en Italia y vivo en París. Ahora disfruto de unas cortas vacaciones.
- ¿Vamos? - dijo él a la vez que le ofrecía la mano para ayudarla a levantarse.
- ¿Qué hacemos? - preguntó.
- Emborracharnos - contestó con una amplia sonrisa.
Juntos, como si se conocieran de toda la vida, se dirigieron al bar. El pidió que le prepararan un cóctel especial, una bebida dorada. Sus miradas parecieron fundirse. Un escalofrío recorrió la espalda de la muchacha, y desvió su mirada. Él buceaba curioso en el fondo de esos ojos que lo esquivaban de aquella manera.
- ¿Por qué te intereso tanto?
- Me gustaría pintarte así.
- ¿Pintarme? ¿Así que eres pintor? Bien, yo soy modelo. ¿Cuándo empezamos?
Continuaron hablando un rato más hasta que, Marta se despidió. Aquel encuentro había sido tan inesperado y divertido para Marta que le faltó tiempo para contárselo a sus amigos. Pero a éstos no pareció gustarles demasiado.
- Hemos oído hablar de él. No es un hombre que tenga un pasado nada claro. Se rumorea que tuvo una novia que murió en extrañas circunstancias...y luego él desapareció una larga temporada.
Pocos días después ella estaba en su apartamento, posando como modelo. Sus sentimientos estaban a flor de piel y ninguno de los dos podía ocultarlo. Él la tomó en sus brazos y besó fugazmente sus labios.
- ¿Te casarás conmigo? Me iré contigo a Francia.
Ella no respondió. Lo amaba, pero sabía tan poco de él...Y la advertencia de sus amigos.
El se dio cuenta de su miedo y quiso explicarle todo.
- Sé que te han contado cosas de mí...Es cierto, yo la maté. No pienso ocultarte nada - pero, ante la mirada horrorizada de ella, prosiguió -. Ten calma, escucharás la historia de mis labios. Era de noche, estábamos en una fiesta y yo había bebido demasiado. Descubrí que me engañaba...y nos íbamos a casar tres días después. El dolor ofuscó mi mente. Los rumores que has oído son ciertos. Pagué mi culpa en largos y duros años, luego...
- Luego...aparecí yo. Nos casaremos, Gustavo. El pasado nada tiene que ver con nuestras vidas.
Marta cerró los ojos. Pensó que en esa otra mujer y estaba segura de que su recuerdo ya no sería un obstáculo, que ya no era una rival.
miércoles, 25 de abril de 2012
Charles Augustus Milverton
Holmes y yo habíamos salido a dar un paseo y habíamos vuelto a las seis de una fría tarde de invierno cuando, al encender la lámpara del salón, la luz dio sobre una tarjeta que estaba sobre la mesa. Holmes la miró y la arrojó al suelo con una exclamación de asco. Yo la recogí y la leí: "Charles Augustus Milverton. Agente."
- ¿Quién es? - pregunté.
- El peor individuo de Londres - respondió Holmes -. ¿Hay algo detrás de la tarjeta?
- "Volveré a las seis y media." C.A.M.
- Vaya, está a punto de llegar.
- ¿Pero quién es?
- El individuo más repugnante que he conocido jamás, el rey de los chantajistas.
- Pero, sin duda, un tipo así debe estar al alcance de la ley.
- Teóricamente, sí, pero no en la práctica. ¿En qué se beneficiaría, por ejemplo, una dama, consiguiendo que lo encerrasen unos meses si la consecuencia de ellos sería su propia ruina? Si alguna vez chantajea a una persona inocente, entonces le cogeremos, pero es más astuto que el diablo.
- ¿Y por qué viene?
- Porque una ilustre cliente ha puesto su lamentable caso en nuestras manos. Se trata de lady Eva Brackwell, la "debutante" más hermosa de la pasada temporada. Se va a casar dentro de 15 días con el conde de Dovercourt, pero ese demonio tiene algunas cartas imprudentes en sus manos... escritas a un joven caballero sin dinero que vive en el campo. Esas cartas bastarían para que se rompiera el compromiso. Y Milverton las enviará al conde a menos que se le pague una gran suma de dinero. He sido encargado de entrevistarme con él y llegar al acuerdo más favorable posible.
En aquel momento llamaron a la puerta. Un hombre bajo y grueso, de unos 50 años, entró en la habitación. Holmes le dirigió una mirada gélida y él se encogió de hombros, se quitó el abrigo y se sentó.
- Este caballero - dijo señalándome - ¿es discreto?
- El doctor Watson es mi amigo y está al tanto del asunto.
- Entonces, vayamos al negocio.
- ¿Cuáles son sus condiciones?
- Siete mil libras.
- ¿Y si no aceptan?
- Si el dinero no ha sido pagado el día 14, desde luego no habrá boda el 18 - dijo con una sonrisa.
- Me parece que va usted demasiado deprisa - dijo Holmes tras reflexionar unos momentos -. Mi cliente hará lo que yo le diga y yo le aconsejaré que ponga su futuro marido al corriente de todo el asunto. Milverton rió entre dientes.
- Es evidente que no conoce usted al conde.
- ¿Qué hay de malo en las cartas? - preguntó.
- Son "alegres, muy alegres" - respondió Milverton. Pero si usted piensa que el conde no les dará importancia... dejaremos la cosa tal como está...
- Espere un momento - dijo Holmes friamente -. Desde luego, se hará todo lo posible para evitar el escándalo.
- Estaba seguro de que comprendería la delicadeza del asunto.
- Mire, lady Eva no es una mujer rica. Dos mil libras serían una fuerte merma en sus recursos, la suma que usted menciona está por completo fuera de su alcance. Le ruego, por tanto, que modere sus exigencias.
- Conozco la situación de la dama, pero creo que sus amigos y parientes pueden hacer un pequeño esfuerzo...la boda lo merece.
- Es imposible - dijo Holmes.
- ¡Vaya, que mala suerte! - exclamó Milverton mostrándonos un sobre con un emblema heráldico -. Bueno, entonces esto deberá llegar al conde. ¿No es lamentable? Me sorprende usted, señor Holmes - dijo levantándose. Mi amigo se puso rápidamente de pie.
- ¡Colóquese detrás de él, Holmes!, ¡no le deje salir!
- Señor Holmes - dijo Milverton abriendo su chaqueta y mostrando la culata de un revólver - le aseguro que sé muy bien cómo utilizar mi arma, con la seguridad de que la ley estará de mi lado. Y está usted equivocado si cree que he traído las cartas conmigo, no cometo esa clase de estupideces. Y ahora, caballeros, tengo otras entrevistas esta noche.
Tomó su abrigo y se dirigió a la puerta. Yo cogí una silla pero Holmes me hizo un gesto y volví a dejarla. Milverton salió sonriente de la habitación y momentos después oímos el ruido de la puerta cerrándose.
Holmes permaneció silencioso más de media hora, mirando el fuego de la chimenea. Luego, con el ademán de un hombre que ha tomado una decisión, entró en su cuarto. Salió al poco rato, vestido como un joven obrero, con barbita de chivo y aire fanfarrón.
- Estaré fuera un buen rato, Watson.
Durante varios días Holmes entró y salió de la casa constantemente, siempre con ese atuendo. Por fin, una noche ventosa y fría volvió de su última expedición y, después de quitarse el disfraz, se sentó y rió ampliamente.
- Usted no me ve casado, ¿verdad, Watson?
- ¡Desde luego que no!
- Pues debe saber que estoy comprometido.
- ¡Mi querido amigo, le fel...
- Con una doncella de Milverton.
- ¡Santo cielo! ¡Holmes!
- Necesitaba información.
- Pero, ¿no ha ido demasiado lejos?
- Era absolutamente necesario. Soy un fontanero con un próspero negocio, llamado Scott. Las últimas noches he paseado con ella y hemos mantenido interesantes conversaciones. ¡Y qué conversaciones! Ya tengo todo lo que quería.
- ¿Y la muchacha, Holmes?
- Inevitable, Watson - dijo encogiéndose de hombre -. Aunque me alegra saber que tengo un rival que me quitará a la chica en cuanto "me descuide" ¡Qué noche tan maravillosa!
Yo le miré sorprendido.
- Me viene de perlas. Pretendo entrar a robar en casa de Milverton.
- ¡Por el amor de Dios, Holmes!
- Usted me conoce, Watson. No actuaría así si hubiera otra posibilidad, pero no la hay. Sólo pretendo dejarle sin esas cartas, mañana es el último día de plazo.
- Iré con usted.
- No, usted se queda aquí.
- Mi decisión está tomada.
Holmes reflexionó un momento y luego me dio una palmada en el hombro.
- Está bien, mi querido amigo, sea como usted quiere.
- Mire - dijo mostrándome un estuche de cuero repleto de brillantes instrumentos -. Es un equipo de ladrón de primera clase: palanqueta niquelada, cortador de vidrio, llaves maestras, linterna. ¿Tiene usted zapatos con suela de goma?
- Sí, unas zapatillas.
- Excelente. ¿Y antifaz?
- Puedo hacerme uno.
- Muy bien, Watson, veo que está usted en todo. A las once y media iremos en coche hasta Church Row. Y luego a pie hasta Appledore Towers. Milverton tiene el sueño pesado y se acuesta puntualmente a las diez y media. Si tenemos suerte, estaremos de regreso antes de las dos, con las cartas de lady Eva.
Nos vestimos de smoking, para que nos tomaran como dos caballeros que vuelven del teatro, y fuimos hasta la vivienda de Milverton.
- Agatha, mi "novia", me ha dicho que Milverton tiene un fiel secretario que no se mueve en todo el día del despacho, situado en la antesala de su dormitorio donde guarda todos los papeles. Lo más peligroso es el perro, muy fiero, que anda suelto por el jardín. Pero me he visto con Agatha a altas horas las dos últimas noches y encierra al animal para dejarme libre el paso. Esa es la casa - dijo-. Como ve, las luces están ya apagadas.
- Ahí está su dormitorio - susurró Holmes -. Venga por aquí, ese invernadero da a la sala de estar, entremos por ahí.
El invernadero estaba cerrado, pero Holmes lo abrió con una llave maestra. Luego me cogió del brazo y me condujo hacia otra puerta. Entramos en una amplia habitación, que olía a tabaco. La recorrimos y mi amigo abrió esta puerta, a nuestra derecha. Holmes entró de puntillas en el nuevo cuarto, en el que todavía ardía el fuego, y esperó a que yo le siguiera. Estábamos en el despacho de Milverton. A un lado de la chimenea se abría un balcón maplio y al otro extremo estaba una puerta que comunicaba con una baranda. En el centro había un amplio escritorio y frente a él una librería, que ocultaba una caja fuerte. Holmes se dirigió sigilosamente hasta otra puerta, que daba acceso al dormitorio de Milverton, y escuchó atentamente. No se oía ningún ruido.
Yo pensé que, en todo caso, convenía garantizar nuestra huida, así que examiné la otra puerta. Ante mi sorpresa, comprobé que no tenía la llave echada. Cuando se lo indiqué a Holmes él también pareció sorprendido.
- No me gusta nada - susurró en mi oído -; quédese junto a la puerta por si viene alguien, mientras yo abro la caja.
Holmes sacó dos taladros, una palanqueta y varias ganzúas. Trabajó durante media hora con la habilidad de un cirujano y, por fin, oí un chasquido. La puerta se abrió y pude ver que la caja contenía numerosos fajos de papeles, todos ellos atados, sellados y rotulados. Holmes sacó uno y lo iluminó con la linterna. De pronto le vi inmovilizarse y escuchar atentamente y luego, en un instante, cerrar la puerta de la caja, guardar las herramientas en los bolsillos y abalanzarse tras la cortina del balcón, indicándome a mí que hiciera lo mismo.
Entonces pude oír como una puerta se cerraba a lo lejos y unos pasos acercándose. Alguien entró en la habitación y encendió la luz. El acre olor de un cigarro llegó a nuestros olfatos. Luego oímos el crujir de una silla y ruido de papeles. Atisbé por una rendija y comprobé que justo delante de nosotros, casi al alcance de la mano, estaba la ancha espalda de Milverton. Nos habíamos equivocado de lleno. Era evidente que no había estado en su dormitorio. Y por la forma en que se había acomodado en el asiento, leyendo un extenso documento, parecía que nuestra espera iba a ser larga. Entonces escuchamos un leve ruido procedente de fuera y Milverton miró su reloj. Poco después alguien llamó a la puerta y Milverton se levantó para abrirla.
- Llega con casi media hora de retraso - dijo con tono seco. Esa era, pues, la explicación de la puerta sin cerrar y el hecho de que estuviera levantado.
Milverton se volvió a sentar.
Delante de él se encontraba una mujer alta, delgada, con un velo cubriéndole el rostro. Parecía muy nerviosa.
- Me ha hecho perder bastantes horas de sueño. Espero que valga la pena. ¿No podía venir en otro momento?
La mujer negó con la cabeza.
- Bien, bien. Dice que tiene cinco cartas que comprometen a la condesa d'Albert, ¿no es así? Pero antes de comprárselas comprenderá que debo examinarlas... ¡Cielo santo, pero si usted es...! La mujer se había quitado el velo y pudimos ver que era muy hermosa.
- Si, la mujer a quien ha arruinado la vida...
- Fue usted tan obstinada...
El precio estaba a su alcance pero no quiso pagar...
- Y usted envió las cartas a mi marido. El no pudo soportarlo y murió de una ataque al corazón. Poco le importaron mis súplicas...pero creía que no me volvería a ver jamás, ¿verdad?
- No pretenda intimidarme. Con sólo levantar la voz vendrán mis sirvientes. Pero seré condescendiente con usted. Salga por donde ha entrado y olvidaré todo.
- No arruinará usted más vidas, perro - dijo la mujer, sacando un pequeño revolver. Disparó varias veces contra Milverton hasta que el cargador quedó vacío. El hombre cayó al suelo, mortalmente herido.
La mujer le miró intensamente y le hundió el tacón del zapato en la cara. Luego, sin hacer ruido, despareció de la habitación.
Segundos después Holmes había saltado de su escondrijo y se encontraba en el otro extremo del cuarto. Con absoluta sangre fría cogió los papeles de la caja fuerte y los arrojó al fuego. Luego, mientras oíamos las voces de los sirvientes despertados por los disparos, corrimos al jardín a toda velocidad.
- Por aquí, Watson, podemos escalar el muro del jardín en esa parte.
Para entonces la casa entera resplandecía de luces, la puerta principal estaba abierta y el jardín entero bullía de gente. Un tipo nos vio y empezó a perseguirnos. Holmes parecía conocer el terreno perfectamente, llegamos al muro, que en esa zona tenía una altura de algo menos de dos metros y Holmes lo coronó de un salto. Yo, al ir a hacer lo mismo, sentí una mano tirándome del tobillo, pero me liberé de un puntapié y salté. En la calle echamos a correr a toda velocidad. Finalmente, cuando habíamos recorrido más de dos kilómetros, Holmes se detuvo y escuchó. Nos habíamos librado de nuestros perseguidores.
A la mañana siguiente estábamos terminando de desayunar cuando la criada hizo pasar a la sala al inspector Lestrade, de Sctoland Yard.
- Buenos días. He pensado, señor Holmes, que si no está usted muy ocupado quizá nos pueda ayudar en un caso.
- ¿De qué se trata?
- Del asesinato de un individuo llamado Milverton, un chantajista. Lo vigilábamos desde hace tiempo. Como de la casa no desapareció ningún objeto de valor, es probable que los criminales sólo quisieran destruir los papeles comprometedores que Milverton guardaba, ya que todos fueron quemados.
- ¡Los criminales, en plural!
- Sí, eran dos.
- Lo lamento, Lestrade - dijo Holmes - pero me temo que no podré ayudarle. En este caso mis simpatías están más del lado de los criminales que de la víctima. No, no insista, no cambiaré de opinión.
- ¿Quién es? - pregunté.
- El peor individuo de Londres - respondió Holmes -. ¿Hay algo detrás de la tarjeta?
- "Volveré a las seis y media." C.A.M.
- Vaya, está a punto de llegar.
- ¿Pero quién es?
- El individuo más repugnante que he conocido jamás, el rey de los chantajistas.
- Pero, sin duda, un tipo así debe estar al alcance de la ley.
- Teóricamente, sí, pero no en la práctica. ¿En qué se beneficiaría, por ejemplo, una dama, consiguiendo que lo encerrasen unos meses si la consecuencia de ellos sería su propia ruina? Si alguna vez chantajea a una persona inocente, entonces le cogeremos, pero es más astuto que el diablo.
- ¿Y por qué viene?
- Porque una ilustre cliente ha puesto su lamentable caso en nuestras manos. Se trata de lady Eva Brackwell, la "debutante" más hermosa de la pasada temporada. Se va a casar dentro de 15 días con el conde de Dovercourt, pero ese demonio tiene algunas cartas imprudentes en sus manos... escritas a un joven caballero sin dinero que vive en el campo. Esas cartas bastarían para que se rompiera el compromiso. Y Milverton las enviará al conde a menos que se le pague una gran suma de dinero. He sido encargado de entrevistarme con él y llegar al acuerdo más favorable posible.
En aquel momento llamaron a la puerta. Un hombre bajo y grueso, de unos 50 años, entró en la habitación. Holmes le dirigió una mirada gélida y él se encogió de hombros, se quitó el abrigo y se sentó.
- Este caballero - dijo señalándome - ¿es discreto?
- El doctor Watson es mi amigo y está al tanto del asunto.
- Entonces, vayamos al negocio.
- ¿Cuáles son sus condiciones?
- Siete mil libras.
- ¿Y si no aceptan?
- Si el dinero no ha sido pagado el día 14, desde luego no habrá boda el 18 - dijo con una sonrisa.
- Me parece que va usted demasiado deprisa - dijo Holmes tras reflexionar unos momentos -. Mi cliente hará lo que yo le diga y yo le aconsejaré que ponga su futuro marido al corriente de todo el asunto. Milverton rió entre dientes.
- Es evidente que no conoce usted al conde.
- ¿Qué hay de malo en las cartas? - preguntó.
- Son "alegres, muy alegres" - respondió Milverton. Pero si usted piensa que el conde no les dará importancia... dejaremos la cosa tal como está...
- Espere un momento - dijo Holmes friamente -. Desde luego, se hará todo lo posible para evitar el escándalo.
- Estaba seguro de que comprendería la delicadeza del asunto.
- Mire, lady Eva no es una mujer rica. Dos mil libras serían una fuerte merma en sus recursos, la suma que usted menciona está por completo fuera de su alcance. Le ruego, por tanto, que modere sus exigencias.
- Conozco la situación de la dama, pero creo que sus amigos y parientes pueden hacer un pequeño esfuerzo...la boda lo merece.
- Es imposible - dijo Holmes.
- ¡Vaya, que mala suerte! - exclamó Milverton mostrándonos un sobre con un emblema heráldico -. Bueno, entonces esto deberá llegar al conde. ¿No es lamentable? Me sorprende usted, señor Holmes - dijo levantándose. Mi amigo se puso rápidamente de pie.
- ¡Colóquese detrás de él, Holmes!, ¡no le deje salir!
- Señor Holmes - dijo Milverton abriendo su chaqueta y mostrando la culata de un revólver - le aseguro que sé muy bien cómo utilizar mi arma, con la seguridad de que la ley estará de mi lado. Y está usted equivocado si cree que he traído las cartas conmigo, no cometo esa clase de estupideces. Y ahora, caballeros, tengo otras entrevistas esta noche.
Tomó su abrigo y se dirigió a la puerta. Yo cogí una silla pero Holmes me hizo un gesto y volví a dejarla. Milverton salió sonriente de la habitación y momentos después oímos el ruido de la puerta cerrándose.
Holmes permaneció silencioso más de media hora, mirando el fuego de la chimenea. Luego, con el ademán de un hombre que ha tomado una decisión, entró en su cuarto. Salió al poco rato, vestido como un joven obrero, con barbita de chivo y aire fanfarrón.
- Estaré fuera un buen rato, Watson.
Durante varios días Holmes entró y salió de la casa constantemente, siempre con ese atuendo. Por fin, una noche ventosa y fría volvió de su última expedición y, después de quitarse el disfraz, se sentó y rió ampliamente.
- Usted no me ve casado, ¿verdad, Watson?
- ¡Desde luego que no!
- Pues debe saber que estoy comprometido.
- ¡Mi querido amigo, le fel...
- Con una doncella de Milverton.
- ¡Santo cielo! ¡Holmes!
- Necesitaba información.
- Pero, ¿no ha ido demasiado lejos?
- Era absolutamente necesario. Soy un fontanero con un próspero negocio, llamado Scott. Las últimas noches he paseado con ella y hemos mantenido interesantes conversaciones. ¡Y qué conversaciones! Ya tengo todo lo que quería.
- ¿Y la muchacha, Holmes?
- Inevitable, Watson - dijo encogiéndose de hombre -. Aunque me alegra saber que tengo un rival que me quitará a la chica en cuanto "me descuide" ¡Qué noche tan maravillosa!
Yo le miré sorprendido.
- Me viene de perlas. Pretendo entrar a robar en casa de Milverton.
- ¡Por el amor de Dios, Holmes!
- Usted me conoce, Watson. No actuaría así si hubiera otra posibilidad, pero no la hay. Sólo pretendo dejarle sin esas cartas, mañana es el último día de plazo.
- Iré con usted.
- No, usted se queda aquí.
- Mi decisión está tomada.
Holmes reflexionó un momento y luego me dio una palmada en el hombro.
- Está bien, mi querido amigo, sea como usted quiere.
- Mire - dijo mostrándome un estuche de cuero repleto de brillantes instrumentos -. Es un equipo de ladrón de primera clase: palanqueta niquelada, cortador de vidrio, llaves maestras, linterna. ¿Tiene usted zapatos con suela de goma?
- Sí, unas zapatillas.
- Excelente. ¿Y antifaz?
- Puedo hacerme uno.
- Muy bien, Watson, veo que está usted en todo. A las once y media iremos en coche hasta Church Row. Y luego a pie hasta Appledore Towers. Milverton tiene el sueño pesado y se acuesta puntualmente a las diez y media. Si tenemos suerte, estaremos de regreso antes de las dos, con las cartas de lady Eva.
Nos vestimos de smoking, para que nos tomaran como dos caballeros que vuelven del teatro, y fuimos hasta la vivienda de Milverton.
- Agatha, mi "novia", me ha dicho que Milverton tiene un fiel secretario que no se mueve en todo el día del despacho, situado en la antesala de su dormitorio donde guarda todos los papeles. Lo más peligroso es el perro, muy fiero, que anda suelto por el jardín. Pero me he visto con Agatha a altas horas las dos últimas noches y encierra al animal para dejarme libre el paso. Esa es la casa - dijo-. Como ve, las luces están ya apagadas.
- Ahí está su dormitorio - susurró Holmes -. Venga por aquí, ese invernadero da a la sala de estar, entremos por ahí.
El invernadero estaba cerrado, pero Holmes lo abrió con una llave maestra. Luego me cogió del brazo y me condujo hacia otra puerta. Entramos en una amplia habitación, que olía a tabaco. La recorrimos y mi amigo abrió esta puerta, a nuestra derecha. Holmes entró de puntillas en el nuevo cuarto, en el que todavía ardía el fuego, y esperó a que yo le siguiera. Estábamos en el despacho de Milverton. A un lado de la chimenea se abría un balcón maplio y al otro extremo estaba una puerta que comunicaba con una baranda. En el centro había un amplio escritorio y frente a él una librería, que ocultaba una caja fuerte. Holmes se dirigió sigilosamente hasta otra puerta, que daba acceso al dormitorio de Milverton, y escuchó atentamente. No se oía ningún ruido.
Yo pensé que, en todo caso, convenía garantizar nuestra huida, así que examiné la otra puerta. Ante mi sorpresa, comprobé que no tenía la llave echada. Cuando se lo indiqué a Holmes él también pareció sorprendido.
- No me gusta nada - susurró en mi oído -; quédese junto a la puerta por si viene alguien, mientras yo abro la caja.
Holmes sacó dos taladros, una palanqueta y varias ganzúas. Trabajó durante media hora con la habilidad de un cirujano y, por fin, oí un chasquido. La puerta se abrió y pude ver que la caja contenía numerosos fajos de papeles, todos ellos atados, sellados y rotulados. Holmes sacó uno y lo iluminó con la linterna. De pronto le vi inmovilizarse y escuchar atentamente y luego, en un instante, cerrar la puerta de la caja, guardar las herramientas en los bolsillos y abalanzarse tras la cortina del balcón, indicándome a mí que hiciera lo mismo.
Entonces pude oír como una puerta se cerraba a lo lejos y unos pasos acercándose. Alguien entró en la habitación y encendió la luz. El acre olor de un cigarro llegó a nuestros olfatos. Luego oímos el crujir de una silla y ruido de papeles. Atisbé por una rendija y comprobé que justo delante de nosotros, casi al alcance de la mano, estaba la ancha espalda de Milverton. Nos habíamos equivocado de lleno. Era evidente que no había estado en su dormitorio. Y por la forma en que se había acomodado en el asiento, leyendo un extenso documento, parecía que nuestra espera iba a ser larga. Entonces escuchamos un leve ruido procedente de fuera y Milverton miró su reloj. Poco después alguien llamó a la puerta y Milverton se levantó para abrirla.
- Llega con casi media hora de retraso - dijo con tono seco. Esa era, pues, la explicación de la puerta sin cerrar y el hecho de que estuviera levantado.
Milverton se volvió a sentar.
Delante de él se encontraba una mujer alta, delgada, con un velo cubriéndole el rostro. Parecía muy nerviosa.
- Me ha hecho perder bastantes horas de sueño. Espero que valga la pena. ¿No podía venir en otro momento?
La mujer negó con la cabeza.
- Bien, bien. Dice que tiene cinco cartas que comprometen a la condesa d'Albert, ¿no es así? Pero antes de comprárselas comprenderá que debo examinarlas... ¡Cielo santo, pero si usted es...! La mujer se había quitado el velo y pudimos ver que era muy hermosa.
- Si, la mujer a quien ha arruinado la vida...
- Fue usted tan obstinada...
El precio estaba a su alcance pero no quiso pagar...
- Y usted envió las cartas a mi marido. El no pudo soportarlo y murió de una ataque al corazón. Poco le importaron mis súplicas...pero creía que no me volvería a ver jamás, ¿verdad?
- No pretenda intimidarme. Con sólo levantar la voz vendrán mis sirvientes. Pero seré condescendiente con usted. Salga por donde ha entrado y olvidaré todo.
- No arruinará usted más vidas, perro - dijo la mujer, sacando un pequeño revolver. Disparó varias veces contra Milverton hasta que el cargador quedó vacío. El hombre cayó al suelo, mortalmente herido.
La mujer le miró intensamente y le hundió el tacón del zapato en la cara. Luego, sin hacer ruido, despareció de la habitación.
Segundos después Holmes había saltado de su escondrijo y se encontraba en el otro extremo del cuarto. Con absoluta sangre fría cogió los papeles de la caja fuerte y los arrojó al fuego. Luego, mientras oíamos las voces de los sirvientes despertados por los disparos, corrimos al jardín a toda velocidad.
- Por aquí, Watson, podemos escalar el muro del jardín en esa parte.
Para entonces la casa entera resplandecía de luces, la puerta principal estaba abierta y el jardín entero bullía de gente. Un tipo nos vio y empezó a perseguirnos. Holmes parecía conocer el terreno perfectamente, llegamos al muro, que en esa zona tenía una altura de algo menos de dos metros y Holmes lo coronó de un salto. Yo, al ir a hacer lo mismo, sentí una mano tirándome del tobillo, pero me liberé de un puntapié y salté. En la calle echamos a correr a toda velocidad. Finalmente, cuando habíamos recorrido más de dos kilómetros, Holmes se detuvo y escuchó. Nos habíamos librado de nuestros perseguidores.
A la mañana siguiente estábamos terminando de desayunar cuando la criada hizo pasar a la sala al inspector Lestrade, de Sctoland Yard.
- Buenos días. He pensado, señor Holmes, que si no está usted muy ocupado quizá nos pueda ayudar en un caso.
- ¿De qué se trata?
- Del asesinato de un individuo llamado Milverton, un chantajista. Lo vigilábamos desde hace tiempo. Como de la casa no desapareció ningún objeto de valor, es probable que los criminales sólo quisieran destruir los papeles comprometedores que Milverton guardaba, ya que todos fueron quemados.
- ¡Los criminales, en plural!
- Sí, eran dos.
- Lo lamento, Lestrade - dijo Holmes - pero me temo que no podré ayudarle. En este caso mis simpatías están más del lado de los criminales que de la víctima. No, no insista, no cambiaré de opinión.
martes, 24 de abril de 2012
La cita
¿Quién te reprocharía tus horas visionarias, o denunciaría tu modo de vivir como un despilfarro, cuando no era más que la sobreabundancia de tus inagotables energías?
Fue en Venecia, bajo la arcada cubierta que llaman el Puente de los Suspiros, donde encontré por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo.
Venecia estaba extrañamente oscura. El gran reloj de la Piazza había dado la quinta hora de la noche italiana. Volvía a casa desde la Piazzetta, siguiendo el Gran Canal. Cuando mi góndola llegó ante la boca del canal de San Marcos, oí desde sus profundidades una voz de mujer que exhalaba en la noche un alarido prolongado, histérico y terrible. Me incorporé sobresaltado, mientras el gondolero dejaba resbalar su único remo y lo perdía en la profunda oscuridad, sin que le fuera posible recobrarlo. Quedamos así a merced de la corriente, que en ese punto se mueve desde el canal mayor hacia el pequeño. Semejantes a un pesado cóndor de negras alas nos deslizábamos blandamente en dirección al Puente de los Suspiros, cuando mil antorchas, llameando desde la ventanas y las escalinatas del Palacio Ducal, convirtieron instantáneamente aquella oscuridad en un lívido día preternatural. Escapando de los brazos de su madre, un niño acabada de caer desde una de las ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que se habían cerrado silenciosas sobre su víctima.
Aunque mi góndola era la única a la vista, muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente en su superficie el tesoro que, ¡ay!, sólo habría de encontrarse en el abismo. En las grandes losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos peldaños sobre el agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás después de contemplarla. Era la marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la más alegre y hermosa de las mujeres - allí donde todas eran bellas -, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del hermoso niño.
La marquesa permanecía sola. Y, sin embargo, ¡cosa extraña!, sus grandes y brillantes ojos no miraban hacia abajo; en dirección a la tumba donde su mejor esperanza había sido sepultada, sino que aparecían como clavados en una dirección por completo diferente. La prisión de la antigua República es, según creo, el edificio más majestuoso de Venecia; pero, ¿cómo podía aquella dama contemplarlo tan fijamente, mientras allí abajo se estaba ahogando su único hijo? Un negro, lúgubre nicho hallábase situado exactamente frente a la ventana del aposento de la marquesa. ¿Qué podía haber, pues, en sus sombras, en su arquitectura, en sus solemnes cornisas cubiertas de hiedra, que la dama no hubiese contemplado mil veces antes? ¡Oh, desatino! ¿Quién no recuerda que, en momentos como ése, la mirada, semejante a un espejo trizado, multiplica las imágenes de su desolación y ve en innumerables lugares lejanos la pena más cercana?
Varios escalones más arriba que la marquesa y dentro del arco de la compuerta se veía a Mentoni, todavía con su traje de fiesta, semejante a un sátiro. Ocupábase por momentos de rasguear las cuerdas de una guitarra y parecía aburrido, mientras, de cuando en cuando, daba instrucciones para el salvamento de su hijo. Todos los esfuerzos parecían vanos. Los más decididos en la búsqueda empezaban a cansarse y se entregaban a una profunda tristeza. Poca esperanza quedaba ya de salvar al niño (¡y cuánto más desesperada estaría la madre!). Pero entonces, desde el interior de aquel oscuro nicho que he mencionado como parte integrante de la prisión de la antigua República - y que quedaba frente a las ventanas de la marquesa -, una silueta embozada avanzó hasta las luces y, luego de hacer una pausa al borde del abismo líquido, zambullóse de cabeza en el canal. Un minuto después, al emerger llevando en sus brazos al niño que aún respiraba y alzarse en los peldaños de mármol del lado de la marquesa, la empapada capa se soltó de sus hombros y, cayéndose a sus pies, mostró a los estupefactos espectadores la graciosa figura de un hombre joven, cuyo nombre resonaba entonces en toda Europa.
¿Y la marquesa?...Sus labios, sus hermosos labios temblaban; las lágrimas se arracimaban en sus ojos, y de pronto todo el cuerpo se aquella mujer se estremeció con un temblor que le venía del alma...
¡Y la estatua recobró vida! Vi súbitamente cómo la palidez marmórea de sus facciones, el alentar de su seno y la pureza de sus blancos pies se anegaban en una incontenible marea carmesí. Y un leve temblor agitó su delicado cuerpo, como la brisa gentil de Nápoles agita los plateados lirios en el campo.
¿Por qué se sonrojaba la dama? ¿Y esos ojos que imploraban desesperadamente? ¿Y el tumulto del agitado seno? ¿Y la convulsiva presión de aquella mano temblorosa que en momentos en que Mentoni retornaba al palacio, se posó accidentalmente sobre la mano del desconocido? ¿Y qué razón podía haber para aquellas palabras en voz baja, en voz tan extrañamente baja, aquellas palabras sin sentido que la dama murmuró presurosamente en el instante de despedirlo?
- Has vencido - dijo, a menos que el murmullo del agua me engañara-. Has vencido...Una hora después de la salida del sol...¡Así sea!
El tumulto se había apaciguado, murieron las luces en el interior del palacio y el desconocido, a quien yo, sin embargo, había reconocido, permanecía solo en la escalinata. Estremecióse con inconcebible agitación y sus ojos miraron en todas direcciones buscando una góndola. No podía menos de ofrecerle la mía, y la aceptó. Luego de obtener un remo en una compuerta, continuamos juntos hasta su residencia, mientras mi huésped recobraba el dominio de sí mismo y se refería a nuestra superficial relación en términos de gran cordialidad.
Frente a ciertos temas, me gusta ser minucioso. La persona del desconocido - permitidme llamarlo así, ya que lo era todavía para el mundo entero -, la persona del desconocido constituye uno de esos temas. Su estatura era algo inferior a la mediana, aunque en momentos de intensa pasión su cuerpo crecía como para desmentir esa afirmación. La liviana y esbelta simetría de su figura antes anunciaba la vivaz actividad demostrada en el Puente de los Suspiros, que la hercúlea fuerza que, en ocasiones de mayor peligro, había desplegado sin aparente esfuerzo. Su boca y mentón eran los de una deidad; los ojos, singulares, ardientes, enormes, líquidos, de una tonalidad fluctuando entre el puro castaño y el más intenso y brillante azabache; una profusión de cabello negro y rizado, bajo el cual se destacaba una frente de no común anchura, que por momentos resplandecía como marfil iluminado; tales eran sus rasgos, tan clásicamente regulares que jamás he visto otros semejantes, salvo, quizá, en las imágenes del emperador Cómodo. Y, sin embargo, su rostro era de esos que todo hombre ha visto en algún momento de su vida, pero no ha vuelto a encontrar nunca más. No tenía nada peculiar, ninguna expresión predominante que fijar en la memoria; un rostro visto e instantáneamente olvidado, pero olvidado con un vago y continuo deseo de recordarlo otra vez.
Al despedirnos, la noche de aquella aventura me pidió, de una manera que me pareció urgente, que no dejara de visitarlo muy temprano por la mañana. Poco después de la salida del sol llegué a su palazzo, uno de aquellos enormes edificios de sombría y fantástica pompa que se alzan sobre las aguas del Gran Canal, en la vecindad del Rialto. Fui conducido por una ancha escalinata de mosaico hasta un aposento cuyo incomparable esplendor irrumpía por las puertas abiertas, con lujo tal que me cegó y me confundió. Saltando de un lado a otro, en mil refracciones, desde las cortinas que bajaban de sus cornisas que bajaban de sus cornisas como cataratas de plata fundida, los rayos del astro rey se mezclaban por fin con luz artificial y caían en masas vencidas y temblorosas sobre una alfombra tejida con riquísimo oro de Chile, que daba la impresión de líquido.
- ¡Ja,ja,ja! - rió el señor de aquel palacio, ofreciéndome asiento y tendiéndome en una otomana -. Bien veo - agregó al advertir que no alcanzaba a adaptarme inmediatamente a un recibimiento tan singular -, bien veo que está usted asombrado de mi cámara, mis estatuas, mis pinturas, la originalidad de mi concepción en materia de arquitectura y tapicería... ¿Verdad que se siente como embriagado frente a mi magnificencia? Pero, perdóneme usted, querido señor - y aquí el tono de su voz descendió hasta tocar el espíritu mismo de la cordialidad -, perdóneme mi poco caritativa risa. ¡Parecía usted tan completamente asombrado! Por lo demás, ciertas cosas son a tal punto cómicas, que uno tiene que reír o morirse. ¡Morirse de risa debe ser el más glorioso de los fines! Pero en este momento -agregó, mientras su voz y su actitud variaban extrañamente - no tengo derecho de estar alegre a expensas de usted. Y no me extraña que se haya quedado estupefacto al entrar. Europa no es capaz de producir nada tan hermoso como mi pequeño gabinete real. El resto de las habitaciones no se le parecen para nada; son simples ejemplos de insipidez a la moda. Pero esto es mejor que la moda, ¿no le parece? Y sin embargo, bastaría que vieran este aposento para que se iniciara la moda más furiosa... entre aquellos, claro está, que pudieran pagarla al precio de su entero patrimonio. Pero me he cuidado de semejante profanación. Salvo una persona, es usted el único ser humano, fuera de mí y de mi criado, que ha sido admitido en los misterios de estos aposentos...
Me incliné en señal de agradecimiento, ya que aquel lujo sobrecogedor, los perfumes, la música y la inesperada excentricidad del tono y la actitud de mi huésped me impedían expresar con palabras lo que de otra manera hubieran constituido un elogio.
- Aquí - dijo él, levantándose y apoyándose en mi brazo, mientras íbamos de un lado a otro de la estancia -, aquí hay pinturas desde los griegos hasta Cimabue, y de Cimabue hasta la hora actual. Muchas han sido escogidas, como puede usted ver, con muy poco respeto por las opiniones de los entendidos. Y, sin embargo, constituyen una decoración adecuada para un aposento como éste. Hay asimismo algunas obras maestras de grandes desconocidos...y aquí figuran dibujos inconclusos de hombres que fueron celebrados en su día y cuyos nombres han quedado reservados al silencio y a mí, gracias a la perspicacia de las academias.
- ¿Qué piensa usted -dijo, volviéndose bruscamente mientras hablaba- de esta Madonna della Pietá?
- ¡Es la obra de Guido! - exclamé con todo el entusiasmo de mi espíritu, pues había estado contemplando intensamente su incomparable hermosura -. ¡Es la obra de Guido! ¿Cómo pudo usted obtenerla? ¡No cabe duda de que es en pintura lo que la Venus en escultura...!
- ¡Ah! -dijo pensativamente -. Venus...la hermosa Venus... ¿La Venus de Médicis? ¿La de la pequeña cabeza y el resplandeciente cabello? Parte del brazo izquierdo - aquí su voz se tornó tan baja que me costó oírla - y todo el derecho han sido restaurados; pienso que en la coquetería de ese brazo derecho reside la quintaesencia de la afectación. ¡Para mi, la Venus de Canova! El mismo Apolo es una copia... no cabe la menor duda...¡Oh, estúpido y ciego que soy, incapaz de alcanzar la tan mentada inspiración del Apolo! Perdóneme usted, pero no puedo evitar una preferencia por el Antinoo.
Se ha afirmado -o debería afirmarse- que en la actitud del verdadero caballero cabe advertir siempre una diferencia con el comportamiento del hombre vulgar, sin que en el instante pueda precisarse en qué consiste. Suponiendo que dicha observación se aplicara con toda su fuerza a la conducta exterior de mi amigo, aquella memorable mañana sentí que correspondía referirla aún más a su temperamento moral y a su carácter. Para definir esa peculiaridad de espíritu que parecía apartarlo esencialmente del resto de los seres humanos, la llamaré un hábito de intenso y continuo pensamiento, que invadía incluso sus acciones más triviales, penetraba en sus momentos de gozo y se entrelazaba con sus estallidos de alegría, como los áspides que surgen de los ojos de las máscaras sonrientes en las cornisas de los templos de Persépolis.
No pude menos de observar, sin embargo que, a pesar del tono alternado de liviandad y solemnidad que mi huésped adoptaba para referirse a cuestiones de menuda importancia, había en él una cierta vacilación, algo como un fervor nervioso en la acción y la palabra, una inquieta excitabilidad de conducta que en todo momento me pareció inexplicable y que a ratos llegó a alarmarme. Con frecuencia, deteniéndose a mitad de una frase cuyo comienzo había aparentemente olvidado, quedábase escuchando con la más profunda atención, tal como si esperara la llegada de un visitante u oyera sonidos que sólo existían en su imaginación.
Ocurrió que, durante una de esas ensoñaciones o pausas de aparente abstracción, me puse a hojear la hermosa tragedia del poeta y humanista Poliziano, Orfeo - la primera tragedia italiana -, que había encontrado a mi alcance sobre una otomana. Al hacerlo descubrí una pasaje subrayado con lápiz. Correspondía al final del tercer acto, y era un fragmento apasionadamente emocionante, un pasaje que, aunque manchado de impurezas, no podría ser leído por hombre alguno sin despertar en él nuevos estremecimientos y hacer suspirar a las mujeres. Aquella página estaba borrosa de lágrimas recién vertidas y, en la parte en blanco del folio opuesto, leí los siguientes versos en inglés, escritos con una letra singular de mi amigo, que al principio me costó darme cuenta de que era la misma:
"Tú fuiste para mi, oh amor,
todo lo que mi espíritu anhelaba,
isla verde en el mar,
fuente y santuario,
con guirnaldas de frutas y de flores,
Oh amor, que fueron mías.
¡Ay, en qué aciago día
por el mar te llevaron
robándote al amor, para entregarte
a caducos blasones mancillados!
¡Robándote a mi amor!"
Que aquellos versos hubieran sido escritos en inglés - idioma con el cual no creía familiarizado a mi huésped- me sorprendió un poco. Demasiado sabía la extensión de sus conocimientos y el singular placer que experimentaba en ocultarlos a los demás. Pero el lugar donde estaba fechado el poema me causó, debo admitirlo, no poca confusión. La palabra original era Londres, y, aunque aparecía cuidadosamente tachada, podía, sin embargo, ser descifrada por un ojo escrutador. He dicho que me causó no poca confusión, pues bien recordaba una conversación anterior con mi amigo durante la cual le preguntaba si alguna vez había conocido en Londres a la marquesa de Mentoni (la cual residía en aquella capital antes de su matrimonio); si no me equivoco, su respuesta me dio a entender que jamás había pisado la metrópoli inglesa. Bien puedo mencionar de paso que muchas veces había oído decir (sin dar crédito a un rumor, al parecer, tan improbable) que el hombre de quien habló era no sólo por su nacimiento, sino por su educación, inglés.
- Hay una pintura - dijo él, sin advertir que yo había estado leyendo la tragedia - que todavía no ha visto usted.
Y descubrió un retrato de la marquesa Afrodita.
El arte humano no podía haber hecho más en el trazado de su belleza sobrehumana. La misma etérea figura que se alzaba ante mí la noche anterior en la escalinata del Palacio Ducal volvía a ofrecerse a mis ojos. Pero en la expresión de su rostro, que resplandecía sonriente, se insinuaba esa incierta melancolía, que siempre será inseparable de la perfección de la hermosura.
El brazo derecho de la marquesa aparecía doblado sobre el seno. Con el izquierdo del cuadro, un vaso de extraña factura.
Mis ojos pasaron de la pintura a la figura de mi amigo, y las vigorosas palabras del Bussy d'Ambois de Chapman subieron instintivamente a mis labios:
Está erguido
Como una estatua romana
¡Y así permanecerá
hasta la muerte lo que haya vuelto mármol"
- ¡Vamos! - exclamó por fin, volviéndose hacia una mesa de plata maciza, ricamente esmaltada, sobre la cual aparecían algunas copas fantásticamente coloreadas, juntamente con dos grandes vasos etruscos, semejantes en su factura al extraordinario modelo que aparecía en la parte inferior del retrato, y llenos de un exquisito vino.
- ¡Vamos! - repitió bruscamente -. Es muy temprano, pero lo mismo beberemos. Sí, ciertamente es temprano - continuó pensativo, en momentos en que un querubín descargaba su pesado martillo de oro, haciendo resonar la estancia con la primera hora posterior a la salida del sol -.
¡Oh, sí, es temprano! Pero, ¿qué importa? ¡Bebamos! ¡Brindemos como ofrenda a ese solemne sol que nuestras brillantes lámparas e incensarios se obstinan en someter!
Y, después de brindar conmigo, bebió sucesivamente varias copas de vino.
- Soñar - continuó, recobrando el tono de su inconexa conversación -, soñar ha constituido, como ve usted, este lugar para los sueños. ¿Podría haber creado uno mejor en pleno corazón de Venecia? Cierto que lo que se percibe es una mezcla de ornamentación arquitectónicas. La castidad jónica se ve ofendida por las formas antediluvianas, y las esfinges egipcias se tienden sobre alfombras de oro. Sin embargo, el efecto sólo resulta incongruente para un espíritu tímido. Las unidades, las convenciones de lugar y sobre todo, de tiempo, son los espantajos que aterran a la humanidad y la apartan de la contemplación de las magnificencias. Y mismo profesé en un tiempo ese rigor, pero semejante sublimación de la locura acabó por estragar mi alma. Lo que ahora me rodea es lo más adecuado a mi propósito. Como esos incensarios de arabescos, mi espíritu se retuerce en el fuego, y el delirio de esta escena me prepara a las visiones más exaltadas de esa tierra de sueños reales hacia donde voy a partir enseguida.
Detúvose bruscamente, dejó caer la cabeza sobre el pecho y pareció escuchar un sonido que mis oídos no percibían. Por fin, enderezándose, miró en los versos del obispo de Chichester:
¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte
En el profundo valle.
Un instante después, cedido a la fuerza del vino, se dejó caer sobre una otomana.
Oyéronse pasos presurosos en la escalera y resonaron pesados golpes en la puerta.
Me disponía a impedir que volvieran a molestarnos cuando un paje de la casa de Mentoni irrumpió en el aposento y gritó, con palabras que la emoción ahogaba y volvía incoherentes:
- ¡Mi señora...envenenada...! ¡Oh la hermosa Afrodita!
Estupefacto, me precipité a la otomana y traté de que el durmiente recobrara el uso de los sentidos. Pero sus miembros estaban rígidos, lívidos los labios, y aquellos ojos brillantes aparecían ahora fijos para siempre por la muerte. Retrocedí tambaleándome hasta la mesa y mi mano cayó sobre una copa rota y ennegrecida. Y la conciencia de la terrible verdad, se abrió paso como un rayo en mi alma.
Aunque mi góndola era la única a la vista, muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente en su superficie el tesoro que, ¡ay!, sólo habría de encontrarse en el abismo. En las grandes losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos peldaños sobre el agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás después de contemplarla. Era la marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la más alegre y hermosa de las mujeres - allí donde todas eran bellas -, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del hermoso niño.
La marquesa permanecía sola. Y, sin embargo, ¡cosa extraña!, sus grandes y brillantes ojos no miraban hacia abajo; en dirección a la tumba donde su mejor esperanza había sido sepultada, sino que aparecían como clavados en una dirección por completo diferente. La prisión de la antigua República es, según creo, el edificio más majestuoso de Venecia; pero, ¿cómo podía aquella dama contemplarlo tan fijamente, mientras allí abajo se estaba ahogando su único hijo? Un negro, lúgubre nicho hallábase situado exactamente frente a la ventana del aposento de la marquesa. ¿Qué podía haber, pues, en sus sombras, en su arquitectura, en sus solemnes cornisas cubiertas de hiedra, que la dama no hubiese contemplado mil veces antes? ¡Oh, desatino! ¿Quién no recuerda que, en momentos como ése, la mirada, semejante a un espejo trizado, multiplica las imágenes de su desolación y ve en innumerables lugares lejanos la pena más cercana?
Varios escalones más arriba que la marquesa y dentro del arco de la compuerta se veía a Mentoni, todavía con su traje de fiesta, semejante a un sátiro. Ocupábase por momentos de rasguear las cuerdas de una guitarra y parecía aburrido, mientras, de cuando en cuando, daba instrucciones para el salvamento de su hijo. Todos los esfuerzos parecían vanos. Los más decididos en la búsqueda empezaban a cansarse y se entregaban a una profunda tristeza. Poca esperanza quedaba ya de salvar al niño (¡y cuánto más desesperada estaría la madre!). Pero entonces, desde el interior de aquel oscuro nicho que he mencionado como parte integrante de la prisión de la antigua República - y que quedaba frente a las ventanas de la marquesa -, una silueta embozada avanzó hasta las luces y, luego de hacer una pausa al borde del abismo líquido, zambullóse de cabeza en el canal. Un minuto después, al emerger llevando en sus brazos al niño que aún respiraba y alzarse en los peldaños de mármol del lado de la marquesa, la empapada capa se soltó de sus hombros y, cayéndose a sus pies, mostró a los estupefactos espectadores la graciosa figura de un hombre joven, cuyo nombre resonaba entonces en toda Europa.
¿Y la marquesa?...Sus labios, sus hermosos labios temblaban; las lágrimas se arracimaban en sus ojos, y de pronto todo el cuerpo se aquella mujer se estremeció con un temblor que le venía del alma...
¡Y la estatua recobró vida! Vi súbitamente cómo la palidez marmórea de sus facciones, el alentar de su seno y la pureza de sus blancos pies se anegaban en una incontenible marea carmesí. Y un leve temblor agitó su delicado cuerpo, como la brisa gentil de Nápoles agita los plateados lirios en el campo.
¿Por qué se sonrojaba la dama? ¿Y esos ojos que imploraban desesperadamente? ¿Y el tumulto del agitado seno? ¿Y la convulsiva presión de aquella mano temblorosa que en momentos en que Mentoni retornaba al palacio, se posó accidentalmente sobre la mano del desconocido? ¿Y qué razón podía haber para aquellas palabras en voz baja, en voz tan extrañamente baja, aquellas palabras sin sentido que la dama murmuró presurosamente en el instante de despedirlo?
- Has vencido - dijo, a menos que el murmullo del agua me engañara-. Has vencido...Una hora después de la salida del sol...¡Así sea!
El tumulto se había apaciguado, murieron las luces en el interior del palacio y el desconocido, a quien yo, sin embargo, había reconocido, permanecía solo en la escalinata. Estremecióse con inconcebible agitación y sus ojos miraron en todas direcciones buscando una góndola. No podía menos de ofrecerle la mía, y la aceptó. Luego de obtener un remo en una compuerta, continuamos juntos hasta su residencia, mientras mi huésped recobraba el dominio de sí mismo y se refería a nuestra superficial relación en términos de gran cordialidad.
Frente a ciertos temas, me gusta ser minucioso. La persona del desconocido - permitidme llamarlo así, ya que lo era todavía para el mundo entero -, la persona del desconocido constituye uno de esos temas. Su estatura era algo inferior a la mediana, aunque en momentos de intensa pasión su cuerpo crecía como para desmentir esa afirmación. La liviana y esbelta simetría de su figura antes anunciaba la vivaz actividad demostrada en el Puente de los Suspiros, que la hercúlea fuerza que, en ocasiones de mayor peligro, había desplegado sin aparente esfuerzo. Su boca y mentón eran los de una deidad; los ojos, singulares, ardientes, enormes, líquidos, de una tonalidad fluctuando entre el puro castaño y el más intenso y brillante azabache; una profusión de cabello negro y rizado, bajo el cual se destacaba una frente de no común anchura, que por momentos resplandecía como marfil iluminado; tales eran sus rasgos, tan clásicamente regulares que jamás he visto otros semejantes, salvo, quizá, en las imágenes del emperador Cómodo. Y, sin embargo, su rostro era de esos que todo hombre ha visto en algún momento de su vida, pero no ha vuelto a encontrar nunca más. No tenía nada peculiar, ninguna expresión predominante que fijar en la memoria; un rostro visto e instantáneamente olvidado, pero olvidado con un vago y continuo deseo de recordarlo otra vez.
Al despedirnos, la noche de aquella aventura me pidió, de una manera que me pareció urgente, que no dejara de visitarlo muy temprano por la mañana. Poco después de la salida del sol llegué a su palazzo, uno de aquellos enormes edificios de sombría y fantástica pompa que se alzan sobre las aguas del Gran Canal, en la vecindad del Rialto. Fui conducido por una ancha escalinata de mosaico hasta un aposento cuyo incomparable esplendor irrumpía por las puertas abiertas, con lujo tal que me cegó y me confundió. Saltando de un lado a otro, en mil refracciones, desde las cortinas que bajaban de sus cornisas que bajaban de sus cornisas como cataratas de plata fundida, los rayos del astro rey se mezclaban por fin con luz artificial y caían en masas vencidas y temblorosas sobre una alfombra tejida con riquísimo oro de Chile, que daba la impresión de líquido.
- ¡Ja,ja,ja! - rió el señor de aquel palacio, ofreciéndome asiento y tendiéndome en una otomana -. Bien veo - agregó al advertir que no alcanzaba a adaptarme inmediatamente a un recibimiento tan singular -, bien veo que está usted asombrado de mi cámara, mis estatuas, mis pinturas, la originalidad de mi concepción en materia de arquitectura y tapicería... ¿Verdad que se siente como embriagado frente a mi magnificencia? Pero, perdóneme usted, querido señor - y aquí el tono de su voz descendió hasta tocar el espíritu mismo de la cordialidad -, perdóneme mi poco caritativa risa. ¡Parecía usted tan completamente asombrado! Por lo demás, ciertas cosas son a tal punto cómicas, que uno tiene que reír o morirse. ¡Morirse de risa debe ser el más glorioso de los fines! Pero en este momento -agregó, mientras su voz y su actitud variaban extrañamente - no tengo derecho de estar alegre a expensas de usted. Y no me extraña que se haya quedado estupefacto al entrar. Europa no es capaz de producir nada tan hermoso como mi pequeño gabinete real. El resto de las habitaciones no se le parecen para nada; son simples ejemplos de insipidez a la moda. Pero esto es mejor que la moda, ¿no le parece? Y sin embargo, bastaría que vieran este aposento para que se iniciara la moda más furiosa... entre aquellos, claro está, que pudieran pagarla al precio de su entero patrimonio. Pero me he cuidado de semejante profanación. Salvo una persona, es usted el único ser humano, fuera de mí y de mi criado, que ha sido admitido en los misterios de estos aposentos...
Me incliné en señal de agradecimiento, ya que aquel lujo sobrecogedor, los perfumes, la música y la inesperada excentricidad del tono y la actitud de mi huésped me impedían expresar con palabras lo que de otra manera hubieran constituido un elogio.
- Aquí - dijo él, levantándose y apoyándose en mi brazo, mientras íbamos de un lado a otro de la estancia -, aquí hay pinturas desde los griegos hasta Cimabue, y de Cimabue hasta la hora actual. Muchas han sido escogidas, como puede usted ver, con muy poco respeto por las opiniones de los entendidos. Y, sin embargo, constituyen una decoración adecuada para un aposento como éste. Hay asimismo algunas obras maestras de grandes desconocidos...y aquí figuran dibujos inconclusos de hombres que fueron celebrados en su día y cuyos nombres han quedado reservados al silencio y a mí, gracias a la perspicacia de las academias.
- ¿Qué piensa usted -dijo, volviéndose bruscamente mientras hablaba- de esta Madonna della Pietá?
- ¡Es la obra de Guido! - exclamé con todo el entusiasmo de mi espíritu, pues había estado contemplando intensamente su incomparable hermosura -. ¡Es la obra de Guido! ¿Cómo pudo usted obtenerla? ¡No cabe duda de que es en pintura lo que la Venus en escultura...!
- ¡Ah! -dijo pensativamente -. Venus...la hermosa Venus... ¿La Venus de Médicis? ¿La de la pequeña cabeza y el resplandeciente cabello? Parte del brazo izquierdo - aquí su voz se tornó tan baja que me costó oírla - y todo el derecho han sido restaurados; pienso que en la coquetería de ese brazo derecho reside la quintaesencia de la afectación. ¡Para mi, la Venus de Canova! El mismo Apolo es una copia... no cabe la menor duda...¡Oh, estúpido y ciego que soy, incapaz de alcanzar la tan mentada inspiración del Apolo! Perdóneme usted, pero no puedo evitar una preferencia por el Antinoo.
Se ha afirmado -o debería afirmarse- que en la actitud del verdadero caballero cabe advertir siempre una diferencia con el comportamiento del hombre vulgar, sin que en el instante pueda precisarse en qué consiste. Suponiendo que dicha observación se aplicara con toda su fuerza a la conducta exterior de mi amigo, aquella memorable mañana sentí que correspondía referirla aún más a su temperamento moral y a su carácter. Para definir esa peculiaridad de espíritu que parecía apartarlo esencialmente del resto de los seres humanos, la llamaré un hábito de intenso y continuo pensamiento, que invadía incluso sus acciones más triviales, penetraba en sus momentos de gozo y se entrelazaba con sus estallidos de alegría, como los áspides que surgen de los ojos de las máscaras sonrientes en las cornisas de los templos de Persépolis.
No pude menos de observar, sin embargo que, a pesar del tono alternado de liviandad y solemnidad que mi huésped adoptaba para referirse a cuestiones de menuda importancia, había en él una cierta vacilación, algo como un fervor nervioso en la acción y la palabra, una inquieta excitabilidad de conducta que en todo momento me pareció inexplicable y que a ratos llegó a alarmarme. Con frecuencia, deteniéndose a mitad de una frase cuyo comienzo había aparentemente olvidado, quedábase escuchando con la más profunda atención, tal como si esperara la llegada de un visitante u oyera sonidos que sólo existían en su imaginación.
Ocurrió que, durante una de esas ensoñaciones o pausas de aparente abstracción, me puse a hojear la hermosa tragedia del poeta y humanista Poliziano, Orfeo - la primera tragedia italiana -, que había encontrado a mi alcance sobre una otomana. Al hacerlo descubrí una pasaje subrayado con lápiz. Correspondía al final del tercer acto, y era un fragmento apasionadamente emocionante, un pasaje que, aunque manchado de impurezas, no podría ser leído por hombre alguno sin despertar en él nuevos estremecimientos y hacer suspirar a las mujeres. Aquella página estaba borrosa de lágrimas recién vertidas y, en la parte en blanco del folio opuesto, leí los siguientes versos en inglés, escritos con una letra singular de mi amigo, que al principio me costó darme cuenta de que era la misma:
"Tú fuiste para mi, oh amor,
todo lo que mi espíritu anhelaba,
isla verde en el mar,
fuente y santuario,
con guirnaldas de frutas y de flores,
Oh amor, que fueron mías.
¡Ay, en qué aciago día
por el mar te llevaron
robándote al amor, para entregarte
a caducos blasones mancillados!
¡Robándote a mi amor!"
Que aquellos versos hubieran sido escritos en inglés - idioma con el cual no creía familiarizado a mi huésped- me sorprendió un poco. Demasiado sabía la extensión de sus conocimientos y el singular placer que experimentaba en ocultarlos a los demás. Pero el lugar donde estaba fechado el poema me causó, debo admitirlo, no poca confusión. La palabra original era Londres, y, aunque aparecía cuidadosamente tachada, podía, sin embargo, ser descifrada por un ojo escrutador. He dicho que me causó no poca confusión, pues bien recordaba una conversación anterior con mi amigo durante la cual le preguntaba si alguna vez había conocido en Londres a la marquesa de Mentoni (la cual residía en aquella capital antes de su matrimonio); si no me equivoco, su respuesta me dio a entender que jamás había pisado la metrópoli inglesa. Bien puedo mencionar de paso que muchas veces había oído decir (sin dar crédito a un rumor, al parecer, tan improbable) que el hombre de quien habló era no sólo por su nacimiento, sino por su educación, inglés.
- Hay una pintura - dijo él, sin advertir que yo había estado leyendo la tragedia - que todavía no ha visto usted.
Y descubrió un retrato de la marquesa Afrodita.
El arte humano no podía haber hecho más en el trazado de su belleza sobrehumana. La misma etérea figura que se alzaba ante mí la noche anterior en la escalinata del Palacio Ducal volvía a ofrecerse a mis ojos. Pero en la expresión de su rostro, que resplandecía sonriente, se insinuaba esa incierta melancolía, que siempre será inseparable de la perfección de la hermosura.
El brazo derecho de la marquesa aparecía doblado sobre el seno. Con el izquierdo del cuadro, un vaso de extraña factura.
Mis ojos pasaron de la pintura a la figura de mi amigo, y las vigorosas palabras del Bussy d'Ambois de Chapman subieron instintivamente a mis labios:
Está erguido
Como una estatua romana
¡Y así permanecerá
hasta la muerte lo que haya vuelto mármol"
- ¡Vamos! - exclamó por fin, volviéndose hacia una mesa de plata maciza, ricamente esmaltada, sobre la cual aparecían algunas copas fantásticamente coloreadas, juntamente con dos grandes vasos etruscos, semejantes en su factura al extraordinario modelo que aparecía en la parte inferior del retrato, y llenos de un exquisito vino.
- ¡Vamos! - repitió bruscamente -. Es muy temprano, pero lo mismo beberemos. Sí, ciertamente es temprano - continuó pensativo, en momentos en que un querubín descargaba su pesado martillo de oro, haciendo resonar la estancia con la primera hora posterior a la salida del sol -.
¡Oh, sí, es temprano! Pero, ¿qué importa? ¡Bebamos! ¡Brindemos como ofrenda a ese solemne sol que nuestras brillantes lámparas e incensarios se obstinan en someter!
Y, después de brindar conmigo, bebió sucesivamente varias copas de vino.
- Soñar - continuó, recobrando el tono de su inconexa conversación -, soñar ha constituido, como ve usted, este lugar para los sueños. ¿Podría haber creado uno mejor en pleno corazón de Venecia? Cierto que lo que se percibe es una mezcla de ornamentación arquitectónicas. La castidad jónica se ve ofendida por las formas antediluvianas, y las esfinges egipcias se tienden sobre alfombras de oro. Sin embargo, el efecto sólo resulta incongruente para un espíritu tímido. Las unidades, las convenciones de lugar y sobre todo, de tiempo, son los espantajos que aterran a la humanidad y la apartan de la contemplación de las magnificencias. Y mismo profesé en un tiempo ese rigor, pero semejante sublimación de la locura acabó por estragar mi alma. Lo que ahora me rodea es lo más adecuado a mi propósito. Como esos incensarios de arabescos, mi espíritu se retuerce en el fuego, y el delirio de esta escena me prepara a las visiones más exaltadas de esa tierra de sueños reales hacia donde voy a partir enseguida.
Detúvose bruscamente, dejó caer la cabeza sobre el pecho y pareció escuchar un sonido que mis oídos no percibían. Por fin, enderezándose, miró en los versos del obispo de Chichester:
¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte
En el profundo valle.
Un instante después, cedido a la fuerza del vino, se dejó caer sobre una otomana.
Oyéronse pasos presurosos en la escalera y resonaron pesados golpes en la puerta.
Me disponía a impedir que volvieran a molestarnos cuando un paje de la casa de Mentoni irrumpió en el aposento y gritó, con palabras que la emoción ahogaba y volvía incoherentes:
- ¡Mi señora...envenenada...! ¡Oh la hermosa Afrodita!
Estupefacto, me precipité a la otomana y traté de que el durmiente recobrara el uso de los sentidos. Pero sus miembros estaban rígidos, lívidos los labios, y aquellos ojos brillantes aparecían ahora fijos para siempre por la muerte. Retrocedí tambaleándome hasta la mesa y mi mano cayó sobre una copa rota y ennegrecida. Y la conciencia de la terrible verdad, se abrió paso como un rayo en mi alma.
lunes, 23 de abril de 2012
Egle, la reina de los áspides (Lituania)
Hace muchísimos años, tanto que ya ni se recuerdan, vivía un matrimonio de ancianos. Tenían doce hijos y tres hijas: la menor se llamaba Egle. Un atardecer de verano, las tres hermanas fueron a bañarse. Jugaron en el agua hasta que se puso el sol. Entonces volvieron a la orilla para vestirse. Pero Egle encontró un áspid dentro de la manga de su camisa; se asustó y comenzó a gritar. La hermana mayor cogió una estaca para ahuyentar al áspid. Y de pronto, éste dijo a Egle con voz humana:
- Egle, prométeme que te casarás conmigo y me iré sin haceros daño.
La niña se echó a llorar. ¡Cómo iba a casarse con un áspid!
- ¡Devuélveme mi camisa y vete! - le dijo.
- ¡Sólo si prometes casarte conmigo! - dijo el áspid.
Egle tuvo que prometer al áspid que se casaría con él. En ese momento, el áspid salió de la camisa y se sumergió en el mar.
A los tres días, apareció en el jardín de la casa de Egle un regimiento de áspides, reptando lentamente. Unos treparon por la valla y otros se enrollaron en los troncos de los árboles. Los encargados del casamiento entraron en la casa para hablar con los ancianos padres, y éstos no tuvieron más remedio que entregar a su hija.
Los áspides y la joven llegaron a la orilla del mar. Y al instante, se levantaron dos enormes olas, y en lugar de un áspid apareció un muchacho joven y muy atractivo: el rey de las aguas.
En el fondo del mar se celebró un gran banquete y Egle se casó con el áspid. Con el paso del tiempo la muchacha se tranquilizó y se acostumbró a la vida bajo las aguas. Olvidó a los suyos y olvidó su tierra.
Pasaron nueve años. Egle tuvo tres hijos y una hija. El mayor se llamaba Roble, el segundo, Fresno, el tercero Alamo y la niña, Alamo Temblón. Un día, el mayor dijo a su madre:
- Madre, nunca nos ha hablado de tu familia. ¿Dónde viven tus padres?
Entonces, Egle se acordó de sus padres y hermanos, recordó su tierra. Y sintió la necesidad de volver a su país, quería ver a los suyos. El áspid acompañó a Egle y sus cuatro hijos a la orilla del mar.
- Dentro de un mes debéis regresar, que nadie os acompañe. Cuando llegues a la orilla llámame así: "Áspid, áspid. Si estás vivo, espuma de leche. Si estás muerto, espuma de sangre". Si estoy vivo, vendré a buscaros. Pero si la espuma es roja, sabrás que he muerto. No descubrirás a nadie cómo debéis llamarme. Egle y sus hijos volvieron a su tierra. Sus padres y hermanos se alegraron mucho de verlos, y escucharon fascinados lo que Egle les contó sobre sus vidas bajo las aguas. Pero cuando les dijo que tenía que regresar en un mes, sus hermanos idearon un plan para retener a su hermana y sus sobrinos con ellos para siempre, en la tierra.
Una noche, llevaron a los cuatro niños al bosque, encendieron una hoguera y, uno a uno, les obligaron a decir cómo podrían hacer salir a su padre a la superficie del mar. Los chicos, a pesar de los golpes que les propinaban sus tíos, no dijeron una palabra. Pero la niña estaba asustada y no tardó en revelar el secreto.
Al amanecer, los hermanos de Egle cogieron unas guadañas y se dirigieron a la orilla del mar. Llamaron al áspid y, cuando éste apareció entre la espuma, le cortaron la cabeza con la guadaña. Pasó el mes y Egle y sus hijos debían volver junto al áspid. Los hermanos no dijeron nada y la dejaron partir.
- Aspid, áspid.
Si estás vivo, espuma de leche. Si estás muerto, espuma de sangre - dijo Egle.
El mar se agitó desde sus profundidades, y se destacó entre las demás una enorme ola de espuma roja. Egle escuchó la voz de su marido entre el rugido del mar.
- Tus hermanos me mataron con guadañas. Nuestra hija, Alamo Temblón, nos ha traicionado.
Desesperada, Egle miró a sus hijos y dijo:
- Que mi hija pequeña se convierta en Alamo Temblón, que tiemble día y noche, que las lluvias le purifiquen la boca, que el viento le peine los cabellos. Y vosotros, mis queridos hijos, sed desde ahora árboles firmes. Yo seré un abeto.
Y todos quedaron convertidos en árboles.
Por eso, el roble, el fresno y el álamo son árboles fuertes, y el álamo temblón se estremece al menor soplo de viento.
Antología de cuentos universales. Cuento de Lituania.
- Egle, prométeme que te casarás conmigo y me iré sin haceros daño.
La niña se echó a llorar. ¡Cómo iba a casarse con un áspid!
- ¡Devuélveme mi camisa y vete! - le dijo.
- ¡Sólo si prometes casarte conmigo! - dijo el áspid.
Egle tuvo que prometer al áspid que se casaría con él. En ese momento, el áspid salió de la camisa y se sumergió en el mar.
A los tres días, apareció en el jardín de la casa de Egle un regimiento de áspides, reptando lentamente. Unos treparon por la valla y otros se enrollaron en los troncos de los árboles. Los encargados del casamiento entraron en la casa para hablar con los ancianos padres, y éstos no tuvieron más remedio que entregar a su hija.
Los áspides y la joven llegaron a la orilla del mar. Y al instante, se levantaron dos enormes olas, y en lugar de un áspid apareció un muchacho joven y muy atractivo: el rey de las aguas.
En el fondo del mar se celebró un gran banquete y Egle se casó con el áspid. Con el paso del tiempo la muchacha se tranquilizó y se acostumbró a la vida bajo las aguas. Olvidó a los suyos y olvidó su tierra.
Pasaron nueve años. Egle tuvo tres hijos y una hija. El mayor se llamaba Roble, el segundo, Fresno, el tercero Alamo y la niña, Alamo Temblón. Un día, el mayor dijo a su madre:
- Madre, nunca nos ha hablado de tu familia. ¿Dónde viven tus padres?
Entonces, Egle se acordó de sus padres y hermanos, recordó su tierra. Y sintió la necesidad de volver a su país, quería ver a los suyos. El áspid acompañó a Egle y sus cuatro hijos a la orilla del mar.
- Dentro de un mes debéis regresar, que nadie os acompañe. Cuando llegues a la orilla llámame así: "Áspid, áspid. Si estás vivo, espuma de leche. Si estás muerto, espuma de sangre". Si estoy vivo, vendré a buscaros. Pero si la espuma es roja, sabrás que he muerto. No descubrirás a nadie cómo debéis llamarme. Egle y sus hijos volvieron a su tierra. Sus padres y hermanos se alegraron mucho de verlos, y escucharon fascinados lo que Egle les contó sobre sus vidas bajo las aguas. Pero cuando les dijo que tenía que regresar en un mes, sus hermanos idearon un plan para retener a su hermana y sus sobrinos con ellos para siempre, en la tierra.
Una noche, llevaron a los cuatro niños al bosque, encendieron una hoguera y, uno a uno, les obligaron a decir cómo podrían hacer salir a su padre a la superficie del mar. Los chicos, a pesar de los golpes que les propinaban sus tíos, no dijeron una palabra. Pero la niña estaba asustada y no tardó en revelar el secreto.
Al amanecer, los hermanos de Egle cogieron unas guadañas y se dirigieron a la orilla del mar. Llamaron al áspid y, cuando éste apareció entre la espuma, le cortaron la cabeza con la guadaña. Pasó el mes y Egle y sus hijos debían volver junto al áspid. Los hermanos no dijeron nada y la dejaron partir.
- Aspid, áspid.
Si estás vivo, espuma de leche. Si estás muerto, espuma de sangre - dijo Egle.
El mar se agitó desde sus profundidades, y se destacó entre las demás una enorme ola de espuma roja. Egle escuchó la voz de su marido entre el rugido del mar.
- Tus hermanos me mataron con guadañas. Nuestra hija, Alamo Temblón, nos ha traicionado.
Desesperada, Egle miró a sus hijos y dijo:
- Que mi hija pequeña se convierta en Alamo Temblón, que tiemble día y noche, que las lluvias le purifiquen la boca, que el viento le peine los cabellos. Y vosotros, mis queridos hijos, sed desde ahora árboles firmes. Yo seré un abeto.
Y todos quedaron convertidos en árboles.
Por eso, el roble, el fresno y el álamo son árboles fuertes, y el álamo temblón se estremece al menor soplo de viento.
Antología de cuentos universales. Cuento de Lituania.
sábado, 21 de abril de 2012
Ludo Garel
Era solamente un criado, pero su espíritu se ocupaba sin cesar de cosas en las que no piensa normalmente la gente corriente. Sus continuas meditaciones le habían llevado muy lejos. El mismo confesaba que poseía, poco más o menos, el fondo de todo aquello que conoce un hombre sabio.
"Pero - pensaba - existe todavía un punto que me preocupa, y sobre el cual no poseo ninguna luz: la separación del cuerpo y el alma".
Su señor, uno de los últimos supervivientes de la noble casa de Quinquiz, tenía en él mucha confianza, y le consideraba un hombre de buenos consejos. Un día, le llamó a su gabinete.
- Mi querido Ludo - le dijo -. Hoy no me encuentro muy bien. Creo que estoy incubando alguna extraña enfermedad y tengo el presentimiento de que no voy a vivir mucho. ¡Si por lo menos mis asuntos estuvieran en orden!... Ese maldito proceso que tengo en Rennes no deja de preocuparme. Hace ya casi dos años que espero su resolución. Si antes de morir pudiera verlo resuelto en mi favor, me iría con el corazón más ligero. Mañana te pondrás en camino. Visitarás a cada uno de los jueces, y les rogarás que, lo antes posible, se pronuncien en mi favor o en mi contra. Como eres inteligente, espero que encuentres los medios para disponerles en mi favor. Yo me voy a acostar. ¡Ruega a Dios que no me lleve de este mundo antes de tu regreso!
Le despertó el canto del gallo, y como pensó que anunciaba la llegada del alba decidió ponerse en camino. Era pleno invierno. Apenas se podía distinguir el sendero. Al rato, se topó de frente con una pared que le impedía continuar. Bordeándola, llegó a una escalera. Era la escalera del cementerio. De pronto vio que una sombra salía de la tierra y se dirigía hacia él por una de las avenidas laterales. Cuando estuvo más próxima, pudo distinguir la figura de un hombre de rostro distinguido. Saludó al visitante.
- Buenos días - dijo éste -. Viaja muy temprano.
- En realidad no sé qué hora es, voy a Rennes y debía de salir pronto.
- Yo también voy hacia allí - explicó el visitante -. Si quiere, caminamos juntos. El rostro y el tono del extraño inspiraban confianza. Ludo, aunque inquieto al principio, no tardó en sentirse encantado con su compañía. Comenzaron a hablar. Y, poco a poco, el criado fue haciéndose más expansivo. Puso al desconocido al tanto de todo lo que le preocupaba: la enfermedad misteriosa de su amo, los sombríos presentimientos que éste había tenido...
El tiempo pasaba y la noche continuaba en una total oscuridad. La conservación fue languideciendo y terminó por apagarse. Ludo comenzaba a observar a su compañero por el rabillo del ojo, y a encontrarle un aspecto singular. Deseaba con todas sus fuerzas que llegara el día. Por fin pudieron distinguirse los primeros resplandores del amanecer. El desconocido dijo a Ludo:
- La próxima vez intente asegurarse de la hora. Si no le hubiera acompañado hasta este momento, le habría acontecido más de una enojosa aventura.
- Gracias - dijo Ludo.
- No tiene por qué. Debo indicarle también que es inútil que continúe su camino. Los jueces ya se han pronunciado en favor de su amo. Vuelva pues, para anunciarle la buena noticia.
- ¡Dios mío! Mucho mejor. El señor conde va a curarse.
- No. Va a morir. Por esta razón, Ludo Garel, os estará permitido presenciar la separación del cuerpo y el alma. Sé que lo desea desde hace mucho tiempo.
- ¿Se lo he dicho yo? - exclamó Ludo, pensando que había hablado demasiado.
- No, usted no me lo ha dicho. Pero aquel que me ha enviado en su ayuda le conoce muy bien.
- ¿Y podré ver la separación del cuerpo y el alma?
- Sí. Su amo morirá entre las diez y las diez y media. Permanezca a la cabecera de su cama y no aparte la vista de su rostro. Cuando muera, verá salir de su boca un ratón blanco. Es el alma de su amo. Este ratón escapará en seguida por algún agujero. No se preocupe. Vaya a la iglesia y espere. No entre antes que él. Limítese a seguirle. Si se ciñe estrictamente a mis recomendaciones, antes de la noche conocerá usted eso que ha deseado desde hace tanto tiempo. Y ahora, Ludo Garel,¡adiós!
Al decir esto, el extraño personaje despareció en medio de un ligero vapor.
Ludo llegó a Quinquiz.
- ¡Alabado sea Dios! - dijo su amo al verle aparecer -. Has hecho bien en darte prisa, pues me encuentro muy mal. Si hubieras tardado media hora más, no me habrías encontrado con vida. ¿Cómo ha ido todo en Rennes?
- Ha ganado usted.
- Gracias a ti puedo morir tranquilo, amigo mío.
Esta vez el criado no intentó reconfortar a su señor con palabras de aliento. Sabía que el destino debía cumplirse. Se situó con tristeza junto a la cabecera de la cama. La habitación estaba repleta de gente que lloraba. Al llegar la hora predicha, el conde empezó a agonizar y, expirando suavemente, dejó de existir. Ludo comprobó que el hombre del cementerio había dicho la verdad. Vio salir de la boca de su amo un pequeño ratón blanco que desapareció con rapidez por una de las paredes.
Ludo se dirigió a la iglesia, el ratón llegó casi al mismo tiempo. El animalito entró en la nave y se puso a dar saltitos menudos y rápidos. El criado se movía a grandes zancadas y pudo seguirle sin dificultad. Dieron tres vueltas a la iglesia, y, a la tercera, el ratón escapó hacia los campos. Tras recorrerlos tomaron la dirección de la casa. Al llegar a la era se encaminaron hacia una caseta donde se guardaban los aperos de labranza. El animalito puso su patita sobre cada uno, y de cada uno se despidió. Luego entró en la casa. Trepó sobre el cadáver y se introdujo en el ataúd. Cuando el clérigo vertió el agua bendita y los parientes cercaron echaron las primeras motas de tierra, Ludo vio salir al ratón blanco. Le siguió con rapidez. Atravesaron bosques, lagunas, aldeas, hasta llegar a un gran monte sobre el que se erigía el tronco medio seco de un árbol. Su interior estaba hueco. El ratón se deslizó por una de las hendiduras y Ludo vio aparecer al señor de Quinquiz en la corteza del árbol.
- ¿Qué hace usted aquí?
- Todo hombre debe cumplir su penitencia.
- ¿Puedo al menos ayudarle de alguna forma?
- Sí, puedes.
- ¿Cómo?
- Ayunando por mí durante un año y un día. Después seré liberado para siempre.
- Lo haré - dijo Ludo.
Mantuvo su promesa. Cumplió su ayuno y murió.
"Pero - pensaba - existe todavía un punto que me preocupa, y sobre el cual no poseo ninguna luz: la separación del cuerpo y el alma".
Su señor, uno de los últimos supervivientes de la noble casa de Quinquiz, tenía en él mucha confianza, y le consideraba un hombre de buenos consejos. Un día, le llamó a su gabinete.
- Mi querido Ludo - le dijo -. Hoy no me encuentro muy bien. Creo que estoy incubando alguna extraña enfermedad y tengo el presentimiento de que no voy a vivir mucho. ¡Si por lo menos mis asuntos estuvieran en orden!... Ese maldito proceso que tengo en Rennes no deja de preocuparme. Hace ya casi dos años que espero su resolución. Si antes de morir pudiera verlo resuelto en mi favor, me iría con el corazón más ligero. Mañana te pondrás en camino. Visitarás a cada uno de los jueces, y les rogarás que, lo antes posible, se pronuncien en mi favor o en mi contra. Como eres inteligente, espero que encuentres los medios para disponerles en mi favor. Yo me voy a acostar. ¡Ruega a Dios que no me lleve de este mundo antes de tu regreso!
Le despertó el canto del gallo, y como pensó que anunciaba la llegada del alba decidió ponerse en camino. Era pleno invierno. Apenas se podía distinguir el sendero. Al rato, se topó de frente con una pared que le impedía continuar. Bordeándola, llegó a una escalera. Era la escalera del cementerio. De pronto vio que una sombra salía de la tierra y se dirigía hacia él por una de las avenidas laterales. Cuando estuvo más próxima, pudo distinguir la figura de un hombre de rostro distinguido. Saludó al visitante.
- Buenos días - dijo éste -. Viaja muy temprano.
- En realidad no sé qué hora es, voy a Rennes y debía de salir pronto.
- Yo también voy hacia allí - explicó el visitante -. Si quiere, caminamos juntos. El rostro y el tono del extraño inspiraban confianza. Ludo, aunque inquieto al principio, no tardó en sentirse encantado con su compañía. Comenzaron a hablar. Y, poco a poco, el criado fue haciéndose más expansivo. Puso al desconocido al tanto de todo lo que le preocupaba: la enfermedad misteriosa de su amo, los sombríos presentimientos que éste había tenido...
El tiempo pasaba y la noche continuaba en una total oscuridad. La conservación fue languideciendo y terminó por apagarse. Ludo comenzaba a observar a su compañero por el rabillo del ojo, y a encontrarle un aspecto singular. Deseaba con todas sus fuerzas que llegara el día. Por fin pudieron distinguirse los primeros resplandores del amanecer. El desconocido dijo a Ludo:
- La próxima vez intente asegurarse de la hora. Si no le hubiera acompañado hasta este momento, le habría acontecido más de una enojosa aventura.
- Gracias - dijo Ludo.
- No tiene por qué. Debo indicarle también que es inútil que continúe su camino. Los jueces ya se han pronunciado en favor de su amo. Vuelva pues, para anunciarle la buena noticia.
- ¡Dios mío! Mucho mejor. El señor conde va a curarse.
- No. Va a morir. Por esta razón, Ludo Garel, os estará permitido presenciar la separación del cuerpo y el alma. Sé que lo desea desde hace mucho tiempo.
- ¿Se lo he dicho yo? - exclamó Ludo, pensando que había hablado demasiado.
- No, usted no me lo ha dicho. Pero aquel que me ha enviado en su ayuda le conoce muy bien.
- ¿Y podré ver la separación del cuerpo y el alma?
- Sí. Su amo morirá entre las diez y las diez y media. Permanezca a la cabecera de su cama y no aparte la vista de su rostro. Cuando muera, verá salir de su boca un ratón blanco. Es el alma de su amo. Este ratón escapará en seguida por algún agujero. No se preocupe. Vaya a la iglesia y espere. No entre antes que él. Limítese a seguirle. Si se ciñe estrictamente a mis recomendaciones, antes de la noche conocerá usted eso que ha deseado desde hace tanto tiempo. Y ahora, Ludo Garel,¡adiós!
Al decir esto, el extraño personaje despareció en medio de un ligero vapor.
Ludo llegó a Quinquiz.
- ¡Alabado sea Dios! - dijo su amo al verle aparecer -. Has hecho bien en darte prisa, pues me encuentro muy mal. Si hubieras tardado media hora más, no me habrías encontrado con vida. ¿Cómo ha ido todo en Rennes?
- Ha ganado usted.
- Gracias a ti puedo morir tranquilo, amigo mío.
Esta vez el criado no intentó reconfortar a su señor con palabras de aliento. Sabía que el destino debía cumplirse. Se situó con tristeza junto a la cabecera de la cama. La habitación estaba repleta de gente que lloraba. Al llegar la hora predicha, el conde empezó a agonizar y, expirando suavemente, dejó de existir. Ludo comprobó que el hombre del cementerio había dicho la verdad. Vio salir de la boca de su amo un pequeño ratón blanco que desapareció con rapidez por una de las paredes.
Ludo se dirigió a la iglesia, el ratón llegó casi al mismo tiempo. El animalito entró en la nave y se puso a dar saltitos menudos y rápidos. El criado se movía a grandes zancadas y pudo seguirle sin dificultad. Dieron tres vueltas a la iglesia, y, a la tercera, el ratón escapó hacia los campos. Tras recorrerlos tomaron la dirección de la casa. Al llegar a la era se encaminaron hacia una caseta donde se guardaban los aperos de labranza. El animalito puso su patita sobre cada uno, y de cada uno se despidió. Luego entró en la casa. Trepó sobre el cadáver y se introdujo en el ataúd. Cuando el clérigo vertió el agua bendita y los parientes cercaron echaron las primeras motas de tierra, Ludo vio salir al ratón blanco. Le siguió con rapidez. Atravesaron bosques, lagunas, aldeas, hasta llegar a un gran monte sobre el que se erigía el tronco medio seco de un árbol. Su interior estaba hueco. El ratón se deslizó por una de las hendiduras y Ludo vio aparecer al señor de Quinquiz en la corteza del árbol.
- ¿Qué hace usted aquí?
- Todo hombre debe cumplir su penitencia.
- ¿Puedo al menos ayudarle de alguna forma?
- Sí, puedes.
- ¿Cómo?
- Ayunando por mí durante un año y un día. Después seré liberado para siempre.
- Lo haré - dijo Ludo.
Mantuvo su promesa. Cumplió su ayuno y murió.
viernes, 20 de abril de 2012
Os voy a presentar
El coche de Miguel, un utilitario algo desvencijado, corría por las calles parisinas.
- ¿Estarás mucho tiempo en París? - preguntó sin dejar de conducir -. Yo iré las próximas navidades a España. No sabes las ganas que tengo de ver a mi familia.
- Yo iré también por esas fechas, pero volveré de nuevo. Estoy estudiando una nueva maquinaria para nuestra empresa.
- ¿Cuándo te casas?
Pablo rió con ironía.
- No he pensado en ello. Si ni siquiera tengo novia...
- Pues está muy solo. Al fin y al cabo, yo aún tengo padres y hermanos, pero tú...
La muerte de Santi, su hermano gemelo, acaecida hacía tan sólo dos años, le había dejado francamente solo. Fue un duro golpe. Tenía una enfermedad incurable y él siempre supo que se moriría joven, pero...
El automóvil se detuvo ante un edificio altísimo.
- La escritora vive aquí.
- Es curioso. Una escritora española y que es posible, según ha dicho ella, que no regrese nunca a su país. ¿Has llegado a conocerla?
- Sí, es una belleza.
- ¿Qué edad tiene?
- Unos 27 años, pero no los aparenta. Tiene el aspecto de una criatura melancólica, si bien sus obras demuestran que es una mujer con mucha experiencia.
Llegaron a la puerta principal. Una doncella pedía las tarjetas a los asistentes. Miguel se presentó:
- Yo soy el periodista, y él, reportero gráfico.
- Pasen, por favor.
Había en el salón más de una veintena de hombres: unos con cámaras colgadas al hombro; otros, fumando cigarrillos y mostrando cuadernos y lápices en ristre. Hablaban entre sí mientras una doncella iba pasando entre ellos, portando una bandeja de bebidas y canapés.
Recostado contra una columna, Pablo miraba abstraído cuanto ocurría a su alrededor. De repente, en lo alto de la escalinata apareció Olga. Entones se quedó paralizado, con una mano sujetando un cigarrillo y con la otra metida en la profundidad de su bolsillo, apretando violentamente los dedos. Habían transcurrido seis años pero él no podría olvidar jamás el rostro exótico con grandes ojos azules de Olga Vélez... Y ella estaba allí, vestida con elegancia, peinada con sencillez. Una mujer joven con belleza natural, sin pose alguna. Pablo apretó los labios. ¿Por qué? ¿Cómo era posible que aquella niña mimada que él conoció, aquella muchachita ideal que tanto amó Santi... y él, estuviese allí convertida en una mujer famosa? Pálido, desencajado, la vio bajar y oyó cuantas preguntas le hacían los periodistas. Olga contestaba a todo serenamente. Cuando le preguntaron si nunca estuvo enamorada, contestó sin vacilar.
- Lo estuve en el pasado.
Pablo se estremeció a su pesar. ¿De quién? De él, no. ¿De Santi...? Tampoco. Cuando Santi le dijo que la amaba, al día siguiente Olga desapareció de la casa de su abuela y no volvió jamás al pueblo veraniego donde, desde hacía muchos años, se reunían todos... Bruscamente, en un segundo, giró en redondo. No salió de la casa. Sigilosamente buscó una estancia donde ocultarse y se hundió en un sillón con las dos manos bajo la boca.
Esperó hasta que todos se hubieran marchado y Olga se quedara totalmente sola, sentada en el sofá de la sala. Despacio, Pablo avanzó hacia el punto de luz de una lámpara de pie que iluminaba el rostro femenino. Ella preguntó asustada:
- ¿Quién anda ahí?
La alta figura de Pablo se plantó delante de ella. Hubo una vacilación. Olga cerró y abrió los ojos varias veces. Después se pasó la fina mano por los párpados.
- Estás viendo bien, Olga.
Ella se puso en pie.
- Tú... ¿eres tú de verdad?
- El mismo - dijo Pablo.
- Pero, ¿de dónde sales?
Pablo no respondió en seguida. Extendió la mano. Fue algo automático el ademán de Olga, como si una fuerza le obligara a extender la suya. El la aprisionó entre sus dedos de forma violenta.
Hablaron largo rato del pasado, de sus familias. Todos habían muerto. Evocaron aquella infancia en el pueblo. Los inviernos en la capital y los veraneos cerca del mar, en casa anexas. Fue fácil amar a Olga. Y doloroso saber que Santi la amaba a su vez. ¿Qué podía hacer? Sacrificar su amor, sus paseos con Olga. Sus charlas interminables. Huyó, sí, huyó como un cobarde después de decir a Olga que Santi la amaba, con lo cual le indicaba que él jamás pensó en ella como posible esposa.
- Huiste.
- ¿Yo? - se sorprendió Olga.
Lastimábanse los ojos al mirarse tan fijamente.
- Antes; tú huiste antes.
- Ahora ya pasó todo - dijo Pablo, soltando sus manos y mirando al frente. Ya no importa que te lo diga. Yo te amaba, pero descubrí que Santi también te quería.
- Tú... me amabas.
- ¿Nunca lo has sabido?
- Lo pensé al principio. Después..., cuando me hablaste del amor de Santi, pensé que te burlabas de mi.
- Me... me cuesta trabajo entender lo que dices.
- Yo también te quería a ti Pablo; además no me sentía con fuerzas para ser la esposa de un inválido. Comprendes, ¿verdad?
- Pero... no lo dijiste.
- He vuelto por eso - susurró, apretándose contra él -. Para casarme contigo, si es que tú me quieres. Por encima de la novelista está la mujer, la mujer que te ama.
- ¿Estarás mucho tiempo en París? - preguntó sin dejar de conducir -. Yo iré las próximas navidades a España. No sabes las ganas que tengo de ver a mi familia.
- Yo iré también por esas fechas, pero volveré de nuevo. Estoy estudiando una nueva maquinaria para nuestra empresa.
- ¿Cuándo te casas?
Pablo rió con ironía.
- No he pensado en ello. Si ni siquiera tengo novia...
- Pues está muy solo. Al fin y al cabo, yo aún tengo padres y hermanos, pero tú...
La muerte de Santi, su hermano gemelo, acaecida hacía tan sólo dos años, le había dejado francamente solo. Fue un duro golpe. Tenía una enfermedad incurable y él siempre supo que se moriría joven, pero...
El automóvil se detuvo ante un edificio altísimo.
- La escritora vive aquí.
- Es curioso. Una escritora española y que es posible, según ha dicho ella, que no regrese nunca a su país. ¿Has llegado a conocerla?
- Sí, es una belleza.
- ¿Qué edad tiene?
- Unos 27 años, pero no los aparenta. Tiene el aspecto de una criatura melancólica, si bien sus obras demuestran que es una mujer con mucha experiencia.
Llegaron a la puerta principal. Una doncella pedía las tarjetas a los asistentes. Miguel se presentó:
- Yo soy el periodista, y él, reportero gráfico.
- Pasen, por favor.
Había en el salón más de una veintena de hombres: unos con cámaras colgadas al hombro; otros, fumando cigarrillos y mostrando cuadernos y lápices en ristre. Hablaban entre sí mientras una doncella iba pasando entre ellos, portando una bandeja de bebidas y canapés.
Recostado contra una columna, Pablo miraba abstraído cuanto ocurría a su alrededor. De repente, en lo alto de la escalinata apareció Olga. Entones se quedó paralizado, con una mano sujetando un cigarrillo y con la otra metida en la profundidad de su bolsillo, apretando violentamente los dedos. Habían transcurrido seis años pero él no podría olvidar jamás el rostro exótico con grandes ojos azules de Olga Vélez... Y ella estaba allí, vestida con elegancia, peinada con sencillez. Una mujer joven con belleza natural, sin pose alguna. Pablo apretó los labios. ¿Por qué? ¿Cómo era posible que aquella niña mimada que él conoció, aquella muchachita ideal que tanto amó Santi... y él, estuviese allí convertida en una mujer famosa? Pálido, desencajado, la vio bajar y oyó cuantas preguntas le hacían los periodistas. Olga contestaba a todo serenamente. Cuando le preguntaron si nunca estuvo enamorada, contestó sin vacilar.
- Lo estuve en el pasado.
Pablo se estremeció a su pesar. ¿De quién? De él, no. ¿De Santi...? Tampoco. Cuando Santi le dijo que la amaba, al día siguiente Olga desapareció de la casa de su abuela y no volvió jamás al pueblo veraniego donde, desde hacía muchos años, se reunían todos... Bruscamente, en un segundo, giró en redondo. No salió de la casa. Sigilosamente buscó una estancia donde ocultarse y se hundió en un sillón con las dos manos bajo la boca.
Esperó hasta que todos se hubieran marchado y Olga se quedara totalmente sola, sentada en el sofá de la sala. Despacio, Pablo avanzó hacia el punto de luz de una lámpara de pie que iluminaba el rostro femenino. Ella preguntó asustada:
- ¿Quién anda ahí?
La alta figura de Pablo se plantó delante de ella. Hubo una vacilación. Olga cerró y abrió los ojos varias veces. Después se pasó la fina mano por los párpados.
- Estás viendo bien, Olga.
Ella se puso en pie.
- Tú... ¿eres tú de verdad?
- El mismo - dijo Pablo.
- Pero, ¿de dónde sales?
Pablo no respondió en seguida. Extendió la mano. Fue algo automático el ademán de Olga, como si una fuerza le obligara a extender la suya. El la aprisionó entre sus dedos de forma violenta.
Hablaron largo rato del pasado, de sus familias. Todos habían muerto. Evocaron aquella infancia en el pueblo. Los inviernos en la capital y los veraneos cerca del mar, en casa anexas. Fue fácil amar a Olga. Y doloroso saber que Santi la amaba a su vez. ¿Qué podía hacer? Sacrificar su amor, sus paseos con Olga. Sus charlas interminables. Huyó, sí, huyó como un cobarde después de decir a Olga que Santi la amaba, con lo cual le indicaba que él jamás pensó en ella como posible esposa.
- Huiste.
- ¿Yo? - se sorprendió Olga.
Lastimábanse los ojos al mirarse tan fijamente.
- Antes; tú huiste antes.
- Ahora ya pasó todo - dijo Pablo, soltando sus manos y mirando al frente. Ya no importa que te lo diga. Yo te amaba, pero descubrí que Santi también te quería.
- Tú... me amabas.
- ¿Nunca lo has sabido?
- Lo pensé al principio. Después..., cuando me hablaste del amor de Santi, pensé que te burlabas de mi.
- Me... me cuesta trabajo entender lo que dices.
- Yo también te quería a ti Pablo; además no me sentía con fuerzas para ser la esposa de un inválido. Comprendes, ¿verdad?
- Pero... no lo dijiste.
- He vuelto por eso - susurró, apretándose contra él -. Para casarme contigo, si es que tú me quieres. Por encima de la novelista está la mujer, la mujer que te ama.
miércoles, 18 de abril de 2012
El jorobado
Tengo entre manos uno de los casos más extraños que pueda imaginarse, querido Watson -me dijo Holmes aquella noche-. El asunto presenta algunos rasgos realmente excepcionales. Lo he repasado detenidamente y creo haber encontrado la solución. Pero aún queda un último paso por dar y me gustaría contar con su ayuda.
- Estaré encantado.
- ¿Puede ir usted mañana a Aldershot?
- No hay inconveniente.
Se trata del aparente asesinato del coronel Barclay, de los Royal Mallows, en Aldershot. Lo estoy investigando.
- No he oído ni una palabra al respecto.
- Los hechos tuvieron lugar hace tan sólo dos días. Se los contaré: el Royal Mallows es, como sabe, uno de los más célebres regimientos irlandases del ejército británico. Sus hazañas en Crimea son notorias y siempre ha destacado. Hasta el lunes lo mandaba James Barclay, un valiente veterano que empezó como soldado raso, ascendió a oficial en la época de la sublevación de los cipayos (tropas nativas indias del ejército inglés que se sublevaron en 1857) y finalmente quedó al frente del regimiento.
El coronel Barclay cuando llegó a sargento se casó con la hija de un abanderado de la misma unidad, Nancy Devoy. La vida del coronel Barclay parece haber transcurrido en una constante felicidad. El mayor Murphy, quien ha sido mi principal informador, asegura que nunca tuvo conocimiento de ninguna desavenencia entre la pareja, aunque piensa que el coronel amaba más a su mujer que ésta a él. Un hecho que también sorprendería al mayor Murphy y a tres de los otros cinco oficiales con los que hablé, era que en ocasiones parecía considerablemente deprimido sin razón aparente. Los Barclay no tenían hijos y las servidumbre está compuesta por un cochero y dos doncellas.
Pero centrémonos en lo que aconteció el lunes, entre las nueve y las diez de la noche. La señora Barclay es católica y estaba muy interesada en la Hermandad de San Jorge, creada para proporcionar ropa a los pobres. Aquella noche, a las ocho, se celebraba una reunión de la hermandad y la señora Barclay asistía a ella. Cuando salía de la casa el cochero oyó que le decía a su marido que no tardaría en volver. Luego fue a buscar a la señorita Morrison, una joven que vive en la casa vecina, y juntas acudieron a la reunión, que duró cuarenta minutos. A las nueve y cuarto la señora Barclay estaba de regreso en casa, tras dejar en la suya a la señorita Morrison. Contra lo que era su costumbre, la señora Barclay se dirigió al saloncito de mañana, una habitación que da al jardín y se abre con una gran puerta de doble hoja de cristal, situada a unos treinta metros de la carretera. Y cosa más extraña aún, pidió a la doncella que le trajera una taza de café.
La camarera acudió con la taza a los diez minutos pero al llegar a la puerta se sorprendió al oír a sus señores enzarzados en una fuerte discusión.Tras llamar a la puerta sin que la abrieran hizo girar el pomo, pero comprobó que estaba cerrada por dentro. Así que volvió a la cocina, se lo contó a la cocinera y al cochero y juntos se dirigieron al saloncito. La discusión seguía y se oían tanto las voces del coronel como las de su mujer; pero sólo se entendía a esta última, que gritaba a su marido, una y otra vez, "cobarde, cobarde, ¡devuélveme la libertad!". La discusión terminó repentinamente con un espantoso grito de hombre, seguido de un ruido sordo y de un chillido de la mujer. El cochero, pensando que algo trágico había sucedido, trató de forzar la puerta pero no lo consiguió. Así que dio media vuelta y salió de la casa, corriendo por el jardín hasta la puerta de cristal del saloncito. Una de las puertas estaba abierta, as´si que pudo entrar. La señora Barclay estaba desmayada sobre el sofá, mientras que el coronel yacía muerto, en medio de un gran charco de sangre, con los pies sobre el lazo de un sillón y la cabeza en el suelo, cerca del borde de la chimenea.
La primera idea del cochero, al ver que nada podía hacerse ya, fue abrir la puerta, pero se encontró con que la llave no estaba puesta en la cerradura y tampoco pudo encontrarla en la habitación. Volvió a salir, por tanto, por la puerta de cristal y llamó a la policía y a un médico. La señora Barclay, contra la que se vuelven lógicas sospechas, fue trasladada a su cuarto, todavía inconsciente, y el policía procedió a examinar detenidamente el lugar de la tragedia. El infortunado militar tenía un profundo corte, en la nuca, producido, sin lugar a dudas, por un arma roma. No fue difícil adivinar de qué arma se trataba. En el suelo, cerca del cuerpo, había un bastón con el mango de hueso. Como toda la casa estaba repleta de armas y recuerdos traídos de los distintos países en los que había estado destinado, la policía dedujo que ese objeto formaba parte de la colección, aunque la servidumbre aseguraba no haberla visto antes. En cuanto a la llave de la puerta, no pude ser hallada en ningún lugar, por lo que finalmente hubo que recurrir al cerrajero.
Así estaban las cosas, Watson, cuando el marte por la mañana, a petición del mayor Murphy, me trasladé a Adelshot para ayudar al policía en la investigación. Antes de examinar el lugar de los hechos hablé con los sirvientes, pero no obtuve nada distinto de lo que ya le he relatado salvo un curioso detalle. La camarera, Jane Steward, recordó haber oído la palabra "David" pronunciada dos veces por la señora. Pero el nombre de pila del coronel es, como le he dicho, James.
Otro detalle causó un gran impresión a todo el mundo: el rostro del coronel estaba congelado en una expresión de profundo horror, como si hubiera anticipado lo que le iba a suceder.
Por la policía supe que la señorita Morrison, con la que, como recordará, había salido aquella noche, aseguró desconocer completamente qué podía haber causado el mal humor de la señorita Barclay. Tras haber reunido todos los datos me puse a pensar en ellos. De todos, el más sugerente era, sin duda, la misteriosa desaparición de la llave. Ya no se encontró en poder de nadie de la casa, todo hacía suponer que algún desconocido había entrado en la habitación, por la cristalera abierta. Así que me puse a buscar huellas tanto en la habitación como en el jardín. Y acabé descubriéndolas, pero bien distintas de las que esperaba.Un hombre, procedente de la carretera, había cruzado el jardín y entrado en el saloncito. Pero no fue ese hombre el que me sorprendió sino su acompañante.
- ¿Su acompañante?
Holmes se sacó de un bolsillo una gran hoja y la desplegó. Estaba cubierta por los calcos de las huellas de algún animal pequeño. Había indicios de las largas uñas y, en conjunto, la pisada tendría el tamaño aproximado de una cuchara de postre.
- Supongo que son de un perro.
- ¿Ha visto alguna vez a un perro trepar por una cortina?
- ¿Un mono, entonces?
- No, no son huellas de mono.
- ¿Pues qué animal?
- Ninguno que nos sea familiar. He tratado de deducir su aspecto a partir de las huellas. Aquí tenemos cuatro de cuanto estaba inmóvil. Apenas hay 40 centímetros de distancia entre las patas delanteras. Añada a esto la longitud de la cabeza y el cuello y nos encontramos ante una criatura de unos 65 centímetros de longitud, probablemente más si tiene cola. El animal se movía y tenemos la longitud de sus pisadas, que en ningún caso son superiores a los cinco centímetros. Por tanto, debe tratarse de un animal de cuerpo largo y patas muy cortas. ¡Ah!, y es carnívoro.
- ¿Cómo lo sabe?
- Porque trepó por la cortina, y en la ventana hay una jaula con un canario al que, aparentemente, quería atrapar.
- Entonces, ¿de qué animal se trataba?
- Oh, si lo supiera habríamos dado un gran paso. Probablemente, de la familia de las comadrejas, aunque de mayor tamaño.
- Pero ¿qué relación hay entre el animal y el crimen?
- De momento no lo sé. Pero hemos avanzado bastante. Sabemos que un individuo entró en la habitación acompañado de un extraño animal y que, si no fue quien golpeó al coronel, éste se cayó de puro miedo al verle, golpeándose contra el borde de la chimenea. Y está el detalle curioso de que el intruso se llevara consigo la llave de la puerta al huir.
- Estoy seguro de que cuando la señora Barclay salió de casa a las siete y media estaba en buenas relaciones con su marido. Por lo tanto, algo ocurrió entre las siete y media y las nueve, algo que cambió por completo sus sentimientos hacia él. La señorita Morrison había estado junto a ella esa hora y media. Así que, pese a haberlo negado, es seguro que tenía que saber algo del asunto.
Me decidí a visitarla y le expliqué que su amiga podía verse en el banquillo, acusada de asesinato, a menos que el asunto se aclarara.
Se quedó meditando mis palabras y luego, con aire decidido, me contó lo siguiente.
"Le prometí a mi amiga que no diría nada. Pero ya que ella se encuentra enferma y no puede justificarse, y dada la gravedad del asunto, creo que quedó absuelta de mi promesa. Le contaré todo lo que sé: regresábamos de la hermandad, a las nueve menos cuarto de la noche, e íbamos caminando por Hudson Street, una calle muy tranquila iluminada por una sola farola, situada en el lado izquierdo. Al acercarnos a la luz vimos que un hombre venía hacia nosotras. Tenía la espalda muy encorvada, caminaba con las rodillas arqueadas, la cabeza ladeada y llevaba algo así como una caja sobre los hombros. Cuando pasamos a su lado levantó la cabeza hacia nosotras y entonces se detuvo y exclamó, con una voz terrible: "¡Dios mío, si es Nancy!". La señora Barclay se puso más blanca que la cera y hubiera caído al suelo si aquella criatura de aspecto tan espantoso no la hubiera sostenido. Yo estaba ya dispuesta a avisar a la policía, pero ella, ante mi sorpresa, la habló muy cortesmente al individuo.
- Creía que habías muerto hace treinta años, Henry - dijo con voz entrecortada.
- Adelántate un poco, querida - dijo la señora Barclay -. Me gustaría hablar un momento con este caballero. No hay nada que temer.
Ella trataba de parecer tranquila, pero apenas le salían las palabras de los labios y seguía mortalmente pálida. Hablaron durante unos minutos y luego acudió a mi encuentro, con los ojos llameantes, y vi que el pobre jorobado alzaba furiosamente los puños en el aire. Nancy me pidió que no contara a nadie lo ocurrido. "Es un viejo conocido al que le han ido muy mal las cosas", me explicó. Yo le prometí que así lo haría"
Todo empezaba a encajar. Mi siguiente paso consistía, obviamente, en alcanzar al jorobado. Un hombre como él, deforme, sería fácil de encontrar, tenía que haber llamado la atención. Empleé un día de la búsqueda y esa misma noche le tenía localizado. Se llamaba Henry Wood. Vive en una pensión de la misma calle donde se lo encontraron las dos mujeres. Sólo lleva cinco días en la población. Haciéndome pasar por un funcionario del Ayuntamiento tuve una charla muy interesante con su patrona. Ese hombre trabaja como mago y titiritero y todas las noches va de bar en bar proporcionando un poco de entretenimiento. Va acompañado de cierto animal que utiliza en algunos de sus números y acerca del cual la mujer parece sentir un gran recelo, jamás había visto uno igual. Está perfectamente claro, Watson, ese hombre siguió a las dos mujeres, presenció la pelea a través de la ventana entre marido y mujer, y es la única persona en el mundo que puede explicarnos qué ocurrió en aquella habitación.
- ¿Piensa usted preguntárselo?
- Desde luego...pero en presencia de un testigo.
- ¿Y soy yo ese testigo?
- Se lo agradecería mucho.
Era mediodía cuando llegamos al lugar de la tragedia.
- En esta calle - dijo, entrando en un callejón. Un diminuto pilluelo vino corriendo hacia nosotros.
- ¡Estupendo, Simpson! - dijo Holmes, dándole unos golpecitos en la espalda. Esta es la casa, vamos Watson.
Pocos minutos después estábamos ante nuestro hombre. Se encontraba sentado en una silla frente al fuego.
- ¿El señor Henry Wood? - preguntó Holmes afablemente. Quisiera hablarle de la muerte del coronel Barclay.
- No se quién es usted - gritó el hombre visiblemente alterado - ni que pretende de mí. ¿A qué ha venido?
- Bueno - contestó Holmes -, la policía sólo está a la espera de que la señora Barclay recupere el sentido para acusarla de asesinato.
- ¡Pero ella es inocente!
- Entonces - contestó Holmes -, ¿quién mató al coronel Barclay?
- Fue la justa Providencia. ¿Quiere que le cuente una historia triste?
"Hubo un tiempo en que el cabo Henry Wood era el galán más aguerrido de todo el batallón 117. Barclay era un sargento en la misma compañía y la que ahora es su viuda, la chica más preciosa que jamás haya respirado en esta tierra. Bien, pese a contar yo con su amor, su padre insistía en casarla con Barclay. A pesar de todo ello, Nancy me era fiel y parecía que yo iba a ganar la partida. Pero entonces estalló la sublevación.
Quedamos sitiados en Bhurtee junto a gran número de civiles, muchos de ellos mujeres y niños. Fuera había diez mil rebeldes y no existía forma de romper el cerco. Pronto nos quedamos sin agua. Teníamos que alertar al general Neill y a sus fuerzas acerca del peligro que corríamos, así que yo me presenté como voluntario. Hablé con Barclay, quien conocía bien el terreno, y esa misma noche amparado por la oscuridad, partí. De mí dependía la suerte de mil vidas, pero sólo me preocupaba una. Mi itinerario estaba trazado para evitar que me descubrieran los centinelas enemigos. Sin embargo, al salir de un recodo me topé de lleno con seis de ellos, que permanecían acurrucados en la oscuridad, esperándome. Me dejaron sin sentido de un golpe, pero el verdadero dolor lo sentí cuando al volver en mí oí la suficiente conversación para saber que mi camarada, valiéndose de un sirviente nativo, me había traicionado informando al enemigo del itinerario que él mismo había preparado.
Ahora ya saben de qué es capaz Barclay. Al día siguiente, el pueblo fue liberado por Neill, pero yo fui llevado con los rebeldes en su huida. Me torturaron una y otra vez. Ustedes mismos pueden comprobar el estado en que quedé. Pasaron varios años hasta que logré escapar, ¿pero de qué serviría un pobre lisiado como yo volver a Inglaterra o darme a conocer entre mis viejos camaradas? Volví a Inglaterra al hacerme más viejo, obedeciendo a un deseo de ver la patria antes de morir. Y aquí me he ganado la vida igual que en la India después de escaparme; haciendo trucos de magia que allí aprendí."
- Su historia es en verdad interesante - dijo Holmes -. Estoy enterado de su reciente encuentro con la señora Barclay y cómo se reconocieron. Deduzco que usted la siguió después hasta su casa y presenció el altercado con su marido. Finalmente, sin poder contenerse más, irrumpió en la habitación.
- Así fue, exactamente. Al verme, el rostro de Barclay se demudó por el horror, y luego se desplomó, golpeándose contra el borde de la chimenea.
- ¿Y luego?
- Nancy se desmayó, yo cogí la llave de su mano para abrir la puerta y pedir ayuda. Pero en el momento de hacerlo, cambié de idea y me marché porque el asunto podía complicarse, y, de cualquier modo, mi secreto sería revelado si me pillaban. Con las prisas, metí la llave en el bolsillo y dejé caer mi bastón mientras perseguía a Teddy, que había trepado por una cortina. Cuando logré meterle de nuevo en su caja, huí.
- ¿Quién es Teddy? - preguntó Holmes.
- ¡Es un mangosta! - exclamé sorprendido.
- Bueno, algunos lo llaman así y otros iceneumón. Yo las llamo cazaserpientes, y a Teddy se le dan a las mil maravillas las cobras.
- Es posible que le volvamos a necesitar si la señora Barclay tiene problemas.
- En ese caso, naturalmente me presentaría.
- Pero si no, no veo la necesidad de provocar un escándalo en torno a un hombre muerto, por muy condenable que haya sido su comportamiento. Al menos, tiene usted la satisfacción de saber que durante treinta años su conciencia le reprochó amargamente su malvada acción.
Ah! Por el otro lado de la calle veo al mayor Murphy. ¡Adiós, Wood, quiero saber si ha sucedido algo nuevo desde ayer! Alcanzamos al mayor antes de que doblara la esquina.
- Ah, Holmes! - exclamó -, supongo que ya sabrá que todo el alboroto ha concluido.
- ¿Cómo?
- Sí. Ha acabado la diligencia judicial. Las pruebas médicas son concluyentes. Barclay murió por apoplejía.
- Oh! Notablemente superficial - dijo Holmes sonriendo-. Vamos Watson, no creo que nos sigan necesitando en Aldershot.
- Hay un detalle - dijo yo, mientras nos dirigíamos a la estación. Si el nombre de pila de Barclay era James y ese otro se llama Henry, ¿quién es ese tal David al que aludía la señora Barclay en la discusión con su esposo?
- Querido Watson, como recordará, la señora Barclay es muy religiosa. Pues bien, aunque mis conocimientos bíblicos son escasos, seguramente no ha olvidado aquel asuntillo de Urías y Betsabé. Sí, David se descarriaba un poco de vez en cuando, al igual que lo hizo el sargento James Barclay. Encontrará usted esa historia en el primer o segundo libro de Samuel.
- Estaré encantado.
- ¿Puede ir usted mañana a Aldershot?
- No hay inconveniente.
Se trata del aparente asesinato del coronel Barclay, de los Royal Mallows, en Aldershot. Lo estoy investigando.
- No he oído ni una palabra al respecto.
- Los hechos tuvieron lugar hace tan sólo dos días. Se los contaré: el Royal Mallows es, como sabe, uno de los más célebres regimientos irlandases del ejército británico. Sus hazañas en Crimea son notorias y siempre ha destacado. Hasta el lunes lo mandaba James Barclay, un valiente veterano que empezó como soldado raso, ascendió a oficial en la época de la sublevación de los cipayos (tropas nativas indias del ejército inglés que se sublevaron en 1857) y finalmente quedó al frente del regimiento.
El coronel Barclay cuando llegó a sargento se casó con la hija de un abanderado de la misma unidad, Nancy Devoy. La vida del coronel Barclay parece haber transcurrido en una constante felicidad. El mayor Murphy, quien ha sido mi principal informador, asegura que nunca tuvo conocimiento de ninguna desavenencia entre la pareja, aunque piensa que el coronel amaba más a su mujer que ésta a él. Un hecho que también sorprendería al mayor Murphy y a tres de los otros cinco oficiales con los que hablé, era que en ocasiones parecía considerablemente deprimido sin razón aparente. Los Barclay no tenían hijos y las servidumbre está compuesta por un cochero y dos doncellas.
Pero centrémonos en lo que aconteció el lunes, entre las nueve y las diez de la noche. La señora Barclay es católica y estaba muy interesada en la Hermandad de San Jorge, creada para proporcionar ropa a los pobres. Aquella noche, a las ocho, se celebraba una reunión de la hermandad y la señora Barclay asistía a ella. Cuando salía de la casa el cochero oyó que le decía a su marido que no tardaría en volver. Luego fue a buscar a la señorita Morrison, una joven que vive en la casa vecina, y juntas acudieron a la reunión, que duró cuarenta minutos. A las nueve y cuarto la señora Barclay estaba de regreso en casa, tras dejar en la suya a la señorita Morrison. Contra lo que era su costumbre, la señora Barclay se dirigió al saloncito de mañana, una habitación que da al jardín y se abre con una gran puerta de doble hoja de cristal, situada a unos treinta metros de la carretera. Y cosa más extraña aún, pidió a la doncella que le trajera una taza de café.
La camarera acudió con la taza a los diez minutos pero al llegar a la puerta se sorprendió al oír a sus señores enzarzados en una fuerte discusión.Tras llamar a la puerta sin que la abrieran hizo girar el pomo, pero comprobó que estaba cerrada por dentro. Así que volvió a la cocina, se lo contó a la cocinera y al cochero y juntos se dirigieron al saloncito. La discusión seguía y se oían tanto las voces del coronel como las de su mujer; pero sólo se entendía a esta última, que gritaba a su marido, una y otra vez, "cobarde, cobarde, ¡devuélveme la libertad!". La discusión terminó repentinamente con un espantoso grito de hombre, seguido de un ruido sordo y de un chillido de la mujer. El cochero, pensando que algo trágico había sucedido, trató de forzar la puerta pero no lo consiguió. Así que dio media vuelta y salió de la casa, corriendo por el jardín hasta la puerta de cristal del saloncito. Una de las puertas estaba abierta, as´si que pudo entrar. La señora Barclay estaba desmayada sobre el sofá, mientras que el coronel yacía muerto, en medio de un gran charco de sangre, con los pies sobre el lazo de un sillón y la cabeza en el suelo, cerca del borde de la chimenea.
La primera idea del cochero, al ver que nada podía hacerse ya, fue abrir la puerta, pero se encontró con que la llave no estaba puesta en la cerradura y tampoco pudo encontrarla en la habitación. Volvió a salir, por tanto, por la puerta de cristal y llamó a la policía y a un médico. La señora Barclay, contra la que se vuelven lógicas sospechas, fue trasladada a su cuarto, todavía inconsciente, y el policía procedió a examinar detenidamente el lugar de la tragedia. El infortunado militar tenía un profundo corte, en la nuca, producido, sin lugar a dudas, por un arma roma. No fue difícil adivinar de qué arma se trataba. En el suelo, cerca del cuerpo, había un bastón con el mango de hueso. Como toda la casa estaba repleta de armas y recuerdos traídos de los distintos países en los que había estado destinado, la policía dedujo que ese objeto formaba parte de la colección, aunque la servidumbre aseguraba no haberla visto antes. En cuanto a la llave de la puerta, no pude ser hallada en ningún lugar, por lo que finalmente hubo que recurrir al cerrajero.
Así estaban las cosas, Watson, cuando el marte por la mañana, a petición del mayor Murphy, me trasladé a Adelshot para ayudar al policía en la investigación. Antes de examinar el lugar de los hechos hablé con los sirvientes, pero no obtuve nada distinto de lo que ya le he relatado salvo un curioso detalle. La camarera, Jane Steward, recordó haber oído la palabra "David" pronunciada dos veces por la señora. Pero el nombre de pila del coronel es, como le he dicho, James.
Otro detalle causó un gran impresión a todo el mundo: el rostro del coronel estaba congelado en una expresión de profundo horror, como si hubiera anticipado lo que le iba a suceder.
Por la policía supe que la señorita Morrison, con la que, como recordará, había salido aquella noche, aseguró desconocer completamente qué podía haber causado el mal humor de la señorita Barclay. Tras haber reunido todos los datos me puse a pensar en ellos. De todos, el más sugerente era, sin duda, la misteriosa desaparición de la llave. Ya no se encontró en poder de nadie de la casa, todo hacía suponer que algún desconocido había entrado en la habitación, por la cristalera abierta. Así que me puse a buscar huellas tanto en la habitación como en el jardín. Y acabé descubriéndolas, pero bien distintas de las que esperaba.Un hombre, procedente de la carretera, había cruzado el jardín y entrado en el saloncito. Pero no fue ese hombre el que me sorprendió sino su acompañante.
- ¿Su acompañante?
Holmes se sacó de un bolsillo una gran hoja y la desplegó. Estaba cubierta por los calcos de las huellas de algún animal pequeño. Había indicios de las largas uñas y, en conjunto, la pisada tendría el tamaño aproximado de una cuchara de postre.
- Supongo que son de un perro.
- ¿Ha visto alguna vez a un perro trepar por una cortina?
- ¿Un mono, entonces?
- No, no son huellas de mono.
- ¿Pues qué animal?
- Ninguno que nos sea familiar. He tratado de deducir su aspecto a partir de las huellas. Aquí tenemos cuatro de cuanto estaba inmóvil. Apenas hay 40 centímetros de distancia entre las patas delanteras. Añada a esto la longitud de la cabeza y el cuello y nos encontramos ante una criatura de unos 65 centímetros de longitud, probablemente más si tiene cola. El animal se movía y tenemos la longitud de sus pisadas, que en ningún caso son superiores a los cinco centímetros. Por tanto, debe tratarse de un animal de cuerpo largo y patas muy cortas. ¡Ah!, y es carnívoro.
- ¿Cómo lo sabe?
- Porque trepó por la cortina, y en la ventana hay una jaula con un canario al que, aparentemente, quería atrapar.
- Entonces, ¿de qué animal se trataba?
- Oh, si lo supiera habríamos dado un gran paso. Probablemente, de la familia de las comadrejas, aunque de mayor tamaño.
- Pero ¿qué relación hay entre el animal y el crimen?
- De momento no lo sé. Pero hemos avanzado bastante. Sabemos que un individuo entró en la habitación acompañado de un extraño animal y que, si no fue quien golpeó al coronel, éste se cayó de puro miedo al verle, golpeándose contra el borde de la chimenea. Y está el detalle curioso de que el intruso se llevara consigo la llave de la puerta al huir.
- Estoy seguro de que cuando la señora Barclay salió de casa a las siete y media estaba en buenas relaciones con su marido. Por lo tanto, algo ocurrió entre las siete y media y las nueve, algo que cambió por completo sus sentimientos hacia él. La señorita Morrison había estado junto a ella esa hora y media. Así que, pese a haberlo negado, es seguro que tenía que saber algo del asunto.
Me decidí a visitarla y le expliqué que su amiga podía verse en el banquillo, acusada de asesinato, a menos que el asunto se aclarara.
Se quedó meditando mis palabras y luego, con aire decidido, me contó lo siguiente.
"Le prometí a mi amiga que no diría nada. Pero ya que ella se encuentra enferma y no puede justificarse, y dada la gravedad del asunto, creo que quedó absuelta de mi promesa. Le contaré todo lo que sé: regresábamos de la hermandad, a las nueve menos cuarto de la noche, e íbamos caminando por Hudson Street, una calle muy tranquila iluminada por una sola farola, situada en el lado izquierdo. Al acercarnos a la luz vimos que un hombre venía hacia nosotras. Tenía la espalda muy encorvada, caminaba con las rodillas arqueadas, la cabeza ladeada y llevaba algo así como una caja sobre los hombros. Cuando pasamos a su lado levantó la cabeza hacia nosotras y entonces se detuvo y exclamó, con una voz terrible: "¡Dios mío, si es Nancy!". La señora Barclay se puso más blanca que la cera y hubiera caído al suelo si aquella criatura de aspecto tan espantoso no la hubiera sostenido. Yo estaba ya dispuesta a avisar a la policía, pero ella, ante mi sorpresa, la habló muy cortesmente al individuo.
- Creía que habías muerto hace treinta años, Henry - dijo con voz entrecortada.
- Adelántate un poco, querida - dijo la señora Barclay -. Me gustaría hablar un momento con este caballero. No hay nada que temer.
Ella trataba de parecer tranquila, pero apenas le salían las palabras de los labios y seguía mortalmente pálida. Hablaron durante unos minutos y luego acudió a mi encuentro, con los ojos llameantes, y vi que el pobre jorobado alzaba furiosamente los puños en el aire. Nancy me pidió que no contara a nadie lo ocurrido. "Es un viejo conocido al que le han ido muy mal las cosas", me explicó. Yo le prometí que así lo haría"
Todo empezaba a encajar. Mi siguiente paso consistía, obviamente, en alcanzar al jorobado. Un hombre como él, deforme, sería fácil de encontrar, tenía que haber llamado la atención. Empleé un día de la búsqueda y esa misma noche le tenía localizado. Se llamaba Henry Wood. Vive en una pensión de la misma calle donde se lo encontraron las dos mujeres. Sólo lleva cinco días en la población. Haciéndome pasar por un funcionario del Ayuntamiento tuve una charla muy interesante con su patrona. Ese hombre trabaja como mago y titiritero y todas las noches va de bar en bar proporcionando un poco de entretenimiento. Va acompañado de cierto animal que utiliza en algunos de sus números y acerca del cual la mujer parece sentir un gran recelo, jamás había visto uno igual. Está perfectamente claro, Watson, ese hombre siguió a las dos mujeres, presenció la pelea a través de la ventana entre marido y mujer, y es la única persona en el mundo que puede explicarnos qué ocurrió en aquella habitación.
- ¿Piensa usted preguntárselo?
- Desde luego...pero en presencia de un testigo.
- ¿Y soy yo ese testigo?
- Se lo agradecería mucho.
Era mediodía cuando llegamos al lugar de la tragedia.
- En esta calle - dijo, entrando en un callejón. Un diminuto pilluelo vino corriendo hacia nosotros.
- ¡Estupendo, Simpson! - dijo Holmes, dándole unos golpecitos en la espalda. Esta es la casa, vamos Watson.
Pocos minutos después estábamos ante nuestro hombre. Se encontraba sentado en una silla frente al fuego.
- ¿El señor Henry Wood? - preguntó Holmes afablemente. Quisiera hablarle de la muerte del coronel Barclay.
- No se quién es usted - gritó el hombre visiblemente alterado - ni que pretende de mí. ¿A qué ha venido?
- Bueno - contestó Holmes -, la policía sólo está a la espera de que la señora Barclay recupere el sentido para acusarla de asesinato.
- ¡Pero ella es inocente!
- Entonces - contestó Holmes -, ¿quién mató al coronel Barclay?
- Fue la justa Providencia. ¿Quiere que le cuente una historia triste?
"Hubo un tiempo en que el cabo Henry Wood era el galán más aguerrido de todo el batallón 117. Barclay era un sargento en la misma compañía y la que ahora es su viuda, la chica más preciosa que jamás haya respirado en esta tierra. Bien, pese a contar yo con su amor, su padre insistía en casarla con Barclay. A pesar de todo ello, Nancy me era fiel y parecía que yo iba a ganar la partida. Pero entonces estalló la sublevación.
Quedamos sitiados en Bhurtee junto a gran número de civiles, muchos de ellos mujeres y niños. Fuera había diez mil rebeldes y no existía forma de romper el cerco. Pronto nos quedamos sin agua. Teníamos que alertar al general Neill y a sus fuerzas acerca del peligro que corríamos, así que yo me presenté como voluntario. Hablé con Barclay, quien conocía bien el terreno, y esa misma noche amparado por la oscuridad, partí. De mí dependía la suerte de mil vidas, pero sólo me preocupaba una. Mi itinerario estaba trazado para evitar que me descubrieran los centinelas enemigos. Sin embargo, al salir de un recodo me topé de lleno con seis de ellos, que permanecían acurrucados en la oscuridad, esperándome. Me dejaron sin sentido de un golpe, pero el verdadero dolor lo sentí cuando al volver en mí oí la suficiente conversación para saber que mi camarada, valiéndose de un sirviente nativo, me había traicionado informando al enemigo del itinerario que él mismo había preparado.
Ahora ya saben de qué es capaz Barclay. Al día siguiente, el pueblo fue liberado por Neill, pero yo fui llevado con los rebeldes en su huida. Me torturaron una y otra vez. Ustedes mismos pueden comprobar el estado en que quedé. Pasaron varios años hasta que logré escapar, ¿pero de qué serviría un pobre lisiado como yo volver a Inglaterra o darme a conocer entre mis viejos camaradas? Volví a Inglaterra al hacerme más viejo, obedeciendo a un deseo de ver la patria antes de morir. Y aquí me he ganado la vida igual que en la India después de escaparme; haciendo trucos de magia que allí aprendí."
- Su historia es en verdad interesante - dijo Holmes -. Estoy enterado de su reciente encuentro con la señora Barclay y cómo se reconocieron. Deduzco que usted la siguió después hasta su casa y presenció el altercado con su marido. Finalmente, sin poder contenerse más, irrumpió en la habitación.
- Así fue, exactamente. Al verme, el rostro de Barclay se demudó por el horror, y luego se desplomó, golpeándose contra el borde de la chimenea.
- ¿Y luego?
- Nancy se desmayó, yo cogí la llave de su mano para abrir la puerta y pedir ayuda. Pero en el momento de hacerlo, cambié de idea y me marché porque el asunto podía complicarse, y, de cualquier modo, mi secreto sería revelado si me pillaban. Con las prisas, metí la llave en el bolsillo y dejé caer mi bastón mientras perseguía a Teddy, que había trepado por una cortina. Cuando logré meterle de nuevo en su caja, huí.
- ¿Quién es Teddy? - preguntó Holmes.
- ¡Es un mangosta! - exclamé sorprendido.
- Bueno, algunos lo llaman así y otros iceneumón. Yo las llamo cazaserpientes, y a Teddy se le dan a las mil maravillas las cobras.
- Es posible que le volvamos a necesitar si la señora Barclay tiene problemas.
- En ese caso, naturalmente me presentaría.
- Pero si no, no veo la necesidad de provocar un escándalo en torno a un hombre muerto, por muy condenable que haya sido su comportamiento. Al menos, tiene usted la satisfacción de saber que durante treinta años su conciencia le reprochó amargamente su malvada acción.
Ah! Por el otro lado de la calle veo al mayor Murphy. ¡Adiós, Wood, quiero saber si ha sucedido algo nuevo desde ayer! Alcanzamos al mayor antes de que doblara la esquina.
- Ah, Holmes! - exclamó -, supongo que ya sabrá que todo el alboroto ha concluido.
- ¿Cómo?
- Sí. Ha acabado la diligencia judicial. Las pruebas médicas son concluyentes. Barclay murió por apoplejía.
- Oh! Notablemente superficial - dijo Holmes sonriendo-. Vamos Watson, no creo que nos sigan necesitando en Aldershot.
- Hay un detalle - dijo yo, mientras nos dirigíamos a la estación. Si el nombre de pila de Barclay era James y ese otro se llama Henry, ¿quién es ese tal David al que aludía la señora Barclay en la discusión con su esposo?
- Querido Watson, como recordará, la señora Barclay es muy religiosa. Pues bien, aunque mis conocimientos bíblicos son escasos, seguramente no ha olvidado aquel asuntillo de Urías y Betsabé. Sí, David se descarriaba un poco de vez en cuando, al igual que lo hizo el sargento James Barclay. Encontrará usted esa historia en el primer o segundo libro de Samuel.
martes, 17 de abril de 2012
Eleonora
Vengo de una raza conocida por el vigor de su fantasía y por el ardor de su pasión. Los hombres me han llamado loco; pero no está esclarecida aún la cuestión de si la locura es o no la más elevada inteligencia, si mucho de lo que es glorioso - todo lo que es profundo - no nace de una enfermedad del pensamiento, de unos estados del espíritu exaltado a expensas del intelecto en general. Los que sueñan de día son sabedores de muchas cosas que se escapan a los que únicamente sueñan de noche. En sus grises visiones captan vislumbres de eternidad, y se estremecen al despertar, al hallar que ha estado al borde del gran secreto. A retazos aprenden algo de la sabiduría del bien, y más aún del mero conocimiento del mal. Penetran, no obstante, sin timón y sin brújula, en el vasto océano de la "luz infalible", y de nuevo, como los aventureros del geógrafo nubio, peligrosos son los mares de las tinieblas, para lo que exploran en ellos.
Diremos, pues, que estoy loco. Convengo, al menos, en que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de una razón lúcida, que no ha de discutirse, perteneciente al recuerdo de los sucesos que forma la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y al recuerdo de lo que constituye la segunda gran época de mi ser. Por lo tanto, lo que os diré del primer periodo, creedlo; y a lo que pueda relatar del último tiempo, dadle sólo el crédito que os puede merecer, o dudadlo del todo, o si no podéis dudarlo, representad el papel de Edipo con su enigma.
Aquella a quien amé en mi juventud y sobre quien escribo serena y claramente estos recuerdos, era la hija única de la única hermana de mi madre, muerta hace mucho tiempo. Eleonora era el nombre de mi prima. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el maravilloso Valle de la Hierba Multicolor.
Ningún paso no guiado penetró jamás en aquel valle, porque se hallaba a lo lejos, entre una sierra de gigantes montañas que se elevan y lo dominaban en torno, cerrando a la luz del sol sus cercanías, y para llegar a nuestro hogar feliz era necesario apartar con fuerza el follaje de muchos miles de árboles selváticos y aplastar la gloria de muchos millones de fragantes flores. Así vivimos eternamente solos, sin saber nada del mundo más allá de nuestro valle, yo, mi prima y su madre.
Desde las sombrías y oscuras regiones al otro lado de las montañas situadas en la parte más alta de nuestro cercano dominio, serpenteaba un río estrecho y profundo, más brillante que todo, excepto los ojos de Eleonora, y retorciéndose cautelosamente en cursos laberínticos, desaparecía al cabo a través de un oscuro desfiladero entre montañas aún más sombrías que aquéllas de donde surgía. Lo llamábamos el "Río del Silencio" porque parecía haber en su corriente una apaciguadora influencia. De su lecho no surgía ningún murmullo, y discurría con tanta suavidad que las guijas perlinas que nos gustaba contemplar, en la profundidad de su seno, no se movían, sino que permanecían en una dicha inmóvil, cada una en su sitio, brillando gloriosa y eternamente.
Las orillas del río y de muchos deslumbrantes riachuelos que por tortuosos caminos se deslizaban hacia su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes hasta el lecho de guijos a través de las profundidades de las corrientes; estos lugares, digo, así como toda la superficie del valle desde el río a las montañas que lo circundaban, estaban alfombrados por una hierba verde y suave, espesa, corta perfectamente uniforme, y perfumada de vainilla, pero tan salpicada en su extensión de ranúnculos amarillos, de margaritas blancas, de violetas purpúreas, de asfódelos de color de rubí, que su inconcebible belleza hablaba a nuestros corazones, en tonos muy altos, del amor y de la gloria de Dios.
Y aquí y allá, entre la hierba, como páramos de sueño, brotaban árboles fantásticos, cuyos altos y delgados troncos se elevaban, no rectos, sino graciosamente inclinados hacia la luz que asomaba al mediodía en el centro del valle. Su corteza estaba salpicada por el vivo brillo alterno del ébano y la plata, más suave que todo, excepto las mejillas de Eleonora; de tal manera, que, salvo por el verde brillante de las enormes hojas que se extendían desde sus copas en líneas largas y trémulas que se entretenían con los céfiros, podía tomárselos por gigantescas serpientes de Siria que rendían homenaje a su soberano el sol.
A lo largo de quince años, Eleonora y yo, cogidos de la mano, vagamos por este valle antes de que el amor penetrase en nuestros corazones. Fue un atardecer, al final del tercer lustro de su vida y del cuarto de la mía, estando sentados, unidos en estrecho abrazo, bajo los serpentinos árboles, mirando nuestra imagen en las aguas del "Río del Silencio". No hablamos durante el resto de aquel dulce día, y aún a la mañana siguiente nuestras palabras fueron escasas y trémulas. Habíamos sacado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido en nosotros las ardorosas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que habían distinguido a nuestra raza durante siglos acudían en tropel con las fantasías por las cuales se habían hecho igualmente notables, y juntas exhalaban una delirante felicidad sobre el Valle de la Hierba Multicolor. Se verificó un cambio en todas las cosas. Flores extrañas, brotaron en los árboles donde antes no se conocían las flores. Los tonos de la verde alfombra se hicieron más intensos; y cuando, una por una, desaparecieron las blancas margaritas, surgieron en su lugar diez asfódelos de color de rubí. Y la vida brotó en nuestros senderos, pues el alto flamenco no visto hasta entonces, con todos los alegres pájaros de colores brillantes, desplegó su plumaje escarlata ante nosotros. Pero de oro y de plata poblaron del río, de cuyo seno surgió poco a poco un murmullo que crecía, trocándose al fin en una melodía arrulladora más divina que el arpa de Eolo, más dulce que todo, excepto la voz de Eleonora. Y entonces una nube voluminosa, que habíamos estado viendo hacía tiempo en las regiones de Hérpero, flotó en ellas, brillante de carmín y oro, y quedándose apaciblemente sobre nosotros, descendió día tras día, cada vez más baja, hasta que sus bordes descansaron sobre la cima de las montañas, tornando su oscuridad en magnificencia, y encerrándose como para siempre en una mágica prisión de esplendor y de gloria.
Tenía Eleonora el encanto de los serafines, pues era una doncella ingenua e inocente como la breve vida que había llevado entre las flores. Ninguna astucia disfrazaba el fervor del amor que animaba su corazón, y examinó conmigo los más íntimos escondrijos de éste, mientras paseábamos juntos por el Valle de la Hierba Multicolor y hablábamos de los poderosos cambios que habían ocurrido recientemente.
Al fin, habiéndome hablado un día, llorando, del triste cambio que había de acontecer por último a la Humanidad, no pensó en adelante sino en este doloroso tema, mezclándolo en todas nuestras conversaciones, de la misma forma que en los cantos del barbo Schiraz se hallan las mismas imágenes, una y otra vez, en cada impresionante variación de frase.
Ella había visto que el dedo de la muerte estaba sobre su seno, y que, como lo efímero, había sido creada de perfecta hermosura sólo para morir; mas para ella los errores de la tumba residían sólo en la consideración que me había revelado una tarde, en el crepúsculo, a orillas del "Río del Silencio". La atormentaba pensar que, cuando la hubiera sepultado en el Valle de la Hierba Multicolor, yo abandonaría para siempre aquellos retiros, dedicando el amor que ahora era tan apasionadamente suyo a alguna doncella del mundo exterior y cotidiano. Y de vez en cuando me arrojaba rápidamente a los pies de Eleonora, y le ofrecía hacer el voto, ante ella y ante el cielo, de que jamás me uniría en matrimonio a ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno sería infiel a su amado recuerdo ni a la memoria del piadoso amor con que me había bendecido. Y apelé al Sumo Regulador del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi voto. Y la maldición que invoqué de El y de ella - una santa del Paraíso - si llegaba a traicionar aquella promesa, envolvía un castigo cuyo espantoso horror no puedo trasladar aquí. Y, al oír mis palabras, los brillantes ojos de Eleonora relucieron más aún, y suspiró como si un peso mortal se le hubiera quitado del pecho, y tembló y lloró amargamente; pero aceptó aquel voto (pues ¿qué era ella sino una niña?) y le hizo fácil su lecho de muerte.
Y pocos días después, al morir sosegadamente, me dijo que, a causa de lo que había hecho yo por el consuelo de su alma, velaría por mí con aquella misma alma cuando muriese, y que, si le fuera permitido, volvería a mí en forma visible durante las vigilias de la noche; pero que si esto sobrepasase el poder de las almas en el Paraíso, ella, al menos, me daría frecuentes pruebas de su presencia, suspirando sobre mí en las brisas del atardecer, o llenando el aire que yo respirase con el aroma de los incensarios de los ángeles. Y con estas palabras en los labios, entregó su vida inocente, poniendo fin a la primera época de la mía.
Hasta ahora he hablado fielmente. Pero cuando paso la barrera del sendero del Tiempo, formada por la muerte de mi amada, y empiezo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra invade mi cerebro, y desconfío de la perfecta cordura del recuerdo. Pero dejadme continuar. Los años se arrastraron pesadamente, y seguí viviendo en el Valle de la Hierba Multicolor. Pero un segundo y sorprendente cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no volvieron a brotar. Los tonos de la verde alfombra se apagaron; uno por uno, y surgieron en su lugar diez oscuras violetas semejantes a ojos, que se retorcían dolorosamente, rebosantes de rocío. Y la vida abandonó nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegó su plumaje escarlata ante nosotros, sino que voló tristemente del valle a las colinas, con todos los alegres pájaros de colores brillantes que con él llegaron. Y los peces de oro y de plata huyeron nadando por el desfiladero, hacia el extremo inferior de nuestros dominios, y jamás volvieron a engalanar el dulce río. Y la arrulladora melodía que era más suave que el arpa de Eolo y más divina que todo, excepto la voz de Eleonora, se extinguió poco a poco, en murmullos cada vez más bajos, hasta que la corriente recobró por completo la solemnidad de su primitivo silencio. Y luego, al fin, ascendió la voluminosa nube y abandonando las cimas de las montañas a su oscuridad original, volvió a las regiones de Héspero, llevándose consigo todas las múltiples glorias doradas y esplendorosas del Valle de la Hierba Multicolor.
Sin embargo, las promesas de Eleonora no habían sido olvidadas, porque oí el rumor del balanceo de los incensarios de los ángeles, y corrientes de aromas santos flotaban siempre en el valle, y en las horas de soledad, cuando mi corazón latía pesadamente, las brisas que bañaban mi frente llegaban hasta mí cargadas de suaves suspiros, y confusos rumores llenaban con frecuencia el aire de la noche; y una vez - ¡oh, sólo una vez! - fui despertado de mi sueño, parecido al sueño de la muerte, por la presión de unos labios inmateriales sobre los míos.
Pero aún así, el vacío de mi corazón se negó a colmarse. Ansiaba el amor que antes lo llenara hasta rebosar. Al fin, el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre por las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.
Me encontré en una ciudad extraña, donde todas las cosas podían haber servido para borrar el recuerdo los dulces sueños que soñé tanto tiempo en el Valle de la Hierba Multicolor. Las pompas y faustos de la soberbia corte, y el loco estruendo de las armas, y la radiante hermosura de las mujeres, aturdían y embriagaban mi cerebro. Pero mi alma permanecía fiel a sus votos, y los signos de la presencia de Eleonora me llegaban en las silenciosas horas de la noche.
Repentinamente cesaron estas manifestaciones, y el mundo se oscureció ante mis ojos, y me sentí espantado antes los ardientes pensamientos que me embargaban, ante las terribles tentaciones que me acosaban; porque llegó de una lejana y desconocida tierra, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella se entregó por entero mi desleal corazón, ante cuyo escabel me entregué sin lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración de amor. ¿Qué era, en verdad mi pasión por la joven del valle, en comparación con el fervor, el delirio y el arrebatador éxtasis de idolatría con que derramé el alama entera en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarde? ¡Oh, cuán brillante era la seráfica Ermengarde! Y al mirar en las profundidades de sus ojos memorables, sólo pensé en ellos... y en ella.
Me casé, sin temer la maldición que había invocado; y su amargura no llegó hasta mí. Y una vez -sólo una vez en el silencio de la noche- me llegaron, a través de mi celosía, los suaves suspiros que me habían abandonado; y se modularon en una dulce voz familiar que decía:
-¡Duerme en paz! Que el Espíritu del Amor reine y gobierne, y al acoger en tu apasionado corazón a la que se llama Ermengarde, estás absuelto, por razones que te serán dadas a conocer en el cielo, de tus votos para con Eleonora.
Diremos, pues, que estoy loco. Convengo, al menos, en que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de una razón lúcida, que no ha de discutirse, perteneciente al recuerdo de los sucesos que forma la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y al recuerdo de lo que constituye la segunda gran época de mi ser. Por lo tanto, lo que os diré del primer periodo, creedlo; y a lo que pueda relatar del último tiempo, dadle sólo el crédito que os puede merecer, o dudadlo del todo, o si no podéis dudarlo, representad el papel de Edipo con su enigma.
Aquella a quien amé en mi juventud y sobre quien escribo serena y claramente estos recuerdos, era la hija única de la única hermana de mi madre, muerta hace mucho tiempo. Eleonora era el nombre de mi prima. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el maravilloso Valle de la Hierba Multicolor.
Ningún paso no guiado penetró jamás en aquel valle, porque se hallaba a lo lejos, entre una sierra de gigantes montañas que se elevan y lo dominaban en torno, cerrando a la luz del sol sus cercanías, y para llegar a nuestro hogar feliz era necesario apartar con fuerza el follaje de muchos miles de árboles selváticos y aplastar la gloria de muchos millones de fragantes flores. Así vivimos eternamente solos, sin saber nada del mundo más allá de nuestro valle, yo, mi prima y su madre.
Desde las sombrías y oscuras regiones al otro lado de las montañas situadas en la parte más alta de nuestro cercano dominio, serpenteaba un río estrecho y profundo, más brillante que todo, excepto los ojos de Eleonora, y retorciéndose cautelosamente en cursos laberínticos, desaparecía al cabo a través de un oscuro desfiladero entre montañas aún más sombrías que aquéllas de donde surgía. Lo llamábamos el "Río del Silencio" porque parecía haber en su corriente una apaciguadora influencia. De su lecho no surgía ningún murmullo, y discurría con tanta suavidad que las guijas perlinas que nos gustaba contemplar, en la profundidad de su seno, no se movían, sino que permanecían en una dicha inmóvil, cada una en su sitio, brillando gloriosa y eternamente.
Las orillas del río y de muchos deslumbrantes riachuelos que por tortuosos caminos se deslizaban hacia su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes hasta el lecho de guijos a través de las profundidades de las corrientes; estos lugares, digo, así como toda la superficie del valle desde el río a las montañas que lo circundaban, estaban alfombrados por una hierba verde y suave, espesa, corta perfectamente uniforme, y perfumada de vainilla, pero tan salpicada en su extensión de ranúnculos amarillos, de margaritas blancas, de violetas purpúreas, de asfódelos de color de rubí, que su inconcebible belleza hablaba a nuestros corazones, en tonos muy altos, del amor y de la gloria de Dios.
Y aquí y allá, entre la hierba, como páramos de sueño, brotaban árboles fantásticos, cuyos altos y delgados troncos se elevaban, no rectos, sino graciosamente inclinados hacia la luz que asomaba al mediodía en el centro del valle. Su corteza estaba salpicada por el vivo brillo alterno del ébano y la plata, más suave que todo, excepto las mejillas de Eleonora; de tal manera, que, salvo por el verde brillante de las enormes hojas que se extendían desde sus copas en líneas largas y trémulas que se entretenían con los céfiros, podía tomárselos por gigantescas serpientes de Siria que rendían homenaje a su soberano el sol.
A lo largo de quince años, Eleonora y yo, cogidos de la mano, vagamos por este valle antes de que el amor penetrase en nuestros corazones. Fue un atardecer, al final del tercer lustro de su vida y del cuarto de la mía, estando sentados, unidos en estrecho abrazo, bajo los serpentinos árboles, mirando nuestra imagen en las aguas del "Río del Silencio". No hablamos durante el resto de aquel dulce día, y aún a la mañana siguiente nuestras palabras fueron escasas y trémulas. Habíamos sacado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido en nosotros las ardorosas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que habían distinguido a nuestra raza durante siglos acudían en tropel con las fantasías por las cuales se habían hecho igualmente notables, y juntas exhalaban una delirante felicidad sobre el Valle de la Hierba Multicolor. Se verificó un cambio en todas las cosas. Flores extrañas, brotaron en los árboles donde antes no se conocían las flores. Los tonos de la verde alfombra se hicieron más intensos; y cuando, una por una, desaparecieron las blancas margaritas, surgieron en su lugar diez asfódelos de color de rubí. Y la vida brotó en nuestros senderos, pues el alto flamenco no visto hasta entonces, con todos los alegres pájaros de colores brillantes, desplegó su plumaje escarlata ante nosotros. Pero de oro y de plata poblaron del río, de cuyo seno surgió poco a poco un murmullo que crecía, trocándose al fin en una melodía arrulladora más divina que el arpa de Eolo, más dulce que todo, excepto la voz de Eleonora. Y entonces una nube voluminosa, que habíamos estado viendo hacía tiempo en las regiones de Hérpero, flotó en ellas, brillante de carmín y oro, y quedándose apaciblemente sobre nosotros, descendió día tras día, cada vez más baja, hasta que sus bordes descansaron sobre la cima de las montañas, tornando su oscuridad en magnificencia, y encerrándose como para siempre en una mágica prisión de esplendor y de gloria.
Tenía Eleonora el encanto de los serafines, pues era una doncella ingenua e inocente como la breve vida que había llevado entre las flores. Ninguna astucia disfrazaba el fervor del amor que animaba su corazón, y examinó conmigo los más íntimos escondrijos de éste, mientras paseábamos juntos por el Valle de la Hierba Multicolor y hablábamos de los poderosos cambios que habían ocurrido recientemente.
Al fin, habiéndome hablado un día, llorando, del triste cambio que había de acontecer por último a la Humanidad, no pensó en adelante sino en este doloroso tema, mezclándolo en todas nuestras conversaciones, de la misma forma que en los cantos del barbo Schiraz se hallan las mismas imágenes, una y otra vez, en cada impresionante variación de frase.
Ella había visto que el dedo de la muerte estaba sobre su seno, y que, como lo efímero, había sido creada de perfecta hermosura sólo para morir; mas para ella los errores de la tumba residían sólo en la consideración que me había revelado una tarde, en el crepúsculo, a orillas del "Río del Silencio". La atormentaba pensar que, cuando la hubiera sepultado en el Valle de la Hierba Multicolor, yo abandonaría para siempre aquellos retiros, dedicando el amor que ahora era tan apasionadamente suyo a alguna doncella del mundo exterior y cotidiano. Y de vez en cuando me arrojaba rápidamente a los pies de Eleonora, y le ofrecía hacer el voto, ante ella y ante el cielo, de que jamás me uniría en matrimonio a ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno sería infiel a su amado recuerdo ni a la memoria del piadoso amor con que me había bendecido. Y apelé al Sumo Regulador del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi voto. Y la maldición que invoqué de El y de ella - una santa del Paraíso - si llegaba a traicionar aquella promesa, envolvía un castigo cuyo espantoso horror no puedo trasladar aquí. Y, al oír mis palabras, los brillantes ojos de Eleonora relucieron más aún, y suspiró como si un peso mortal se le hubiera quitado del pecho, y tembló y lloró amargamente; pero aceptó aquel voto (pues ¿qué era ella sino una niña?) y le hizo fácil su lecho de muerte.
Y pocos días después, al morir sosegadamente, me dijo que, a causa de lo que había hecho yo por el consuelo de su alma, velaría por mí con aquella misma alma cuando muriese, y que, si le fuera permitido, volvería a mí en forma visible durante las vigilias de la noche; pero que si esto sobrepasase el poder de las almas en el Paraíso, ella, al menos, me daría frecuentes pruebas de su presencia, suspirando sobre mí en las brisas del atardecer, o llenando el aire que yo respirase con el aroma de los incensarios de los ángeles. Y con estas palabras en los labios, entregó su vida inocente, poniendo fin a la primera época de la mía.
Hasta ahora he hablado fielmente. Pero cuando paso la barrera del sendero del Tiempo, formada por la muerte de mi amada, y empiezo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra invade mi cerebro, y desconfío de la perfecta cordura del recuerdo. Pero dejadme continuar. Los años se arrastraron pesadamente, y seguí viviendo en el Valle de la Hierba Multicolor. Pero un segundo y sorprendente cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no volvieron a brotar. Los tonos de la verde alfombra se apagaron; uno por uno, y surgieron en su lugar diez oscuras violetas semejantes a ojos, que se retorcían dolorosamente, rebosantes de rocío. Y la vida abandonó nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegó su plumaje escarlata ante nosotros, sino que voló tristemente del valle a las colinas, con todos los alegres pájaros de colores brillantes que con él llegaron. Y los peces de oro y de plata huyeron nadando por el desfiladero, hacia el extremo inferior de nuestros dominios, y jamás volvieron a engalanar el dulce río. Y la arrulladora melodía que era más suave que el arpa de Eolo y más divina que todo, excepto la voz de Eleonora, se extinguió poco a poco, en murmullos cada vez más bajos, hasta que la corriente recobró por completo la solemnidad de su primitivo silencio. Y luego, al fin, ascendió la voluminosa nube y abandonando las cimas de las montañas a su oscuridad original, volvió a las regiones de Héspero, llevándose consigo todas las múltiples glorias doradas y esplendorosas del Valle de la Hierba Multicolor.
Sin embargo, las promesas de Eleonora no habían sido olvidadas, porque oí el rumor del balanceo de los incensarios de los ángeles, y corrientes de aromas santos flotaban siempre en el valle, y en las horas de soledad, cuando mi corazón latía pesadamente, las brisas que bañaban mi frente llegaban hasta mí cargadas de suaves suspiros, y confusos rumores llenaban con frecuencia el aire de la noche; y una vez - ¡oh, sólo una vez! - fui despertado de mi sueño, parecido al sueño de la muerte, por la presión de unos labios inmateriales sobre los míos.
Pero aún así, el vacío de mi corazón se negó a colmarse. Ansiaba el amor que antes lo llenara hasta rebosar. Al fin, el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre por las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.
Me encontré en una ciudad extraña, donde todas las cosas podían haber servido para borrar el recuerdo los dulces sueños que soñé tanto tiempo en el Valle de la Hierba Multicolor. Las pompas y faustos de la soberbia corte, y el loco estruendo de las armas, y la radiante hermosura de las mujeres, aturdían y embriagaban mi cerebro. Pero mi alma permanecía fiel a sus votos, y los signos de la presencia de Eleonora me llegaban en las silenciosas horas de la noche.
Repentinamente cesaron estas manifestaciones, y el mundo se oscureció ante mis ojos, y me sentí espantado antes los ardientes pensamientos que me embargaban, ante las terribles tentaciones que me acosaban; porque llegó de una lejana y desconocida tierra, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella se entregó por entero mi desleal corazón, ante cuyo escabel me entregué sin lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración de amor. ¿Qué era, en verdad mi pasión por la joven del valle, en comparación con el fervor, el delirio y el arrebatador éxtasis de idolatría con que derramé el alama entera en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarde? ¡Oh, cuán brillante era la seráfica Ermengarde! Y al mirar en las profundidades de sus ojos memorables, sólo pensé en ellos... y en ella.
Me casé, sin temer la maldición que había invocado; y su amargura no llegó hasta mí. Y una vez -sólo una vez en el silencio de la noche- me llegaron, a través de mi celosía, los suaves suspiros que me habían abandonado; y se modularon en una dulce voz familiar que decía:
-¡Duerme en paz! Que el Espíritu del Amor reine y gobierne, y al acoger en tu apasionado corazón a la que se llama Ermengarde, estás absuelto, por razones que te serán dadas a conocer en el cielo, de tus votos para con Eleonora.
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