Se lo contaba todo a Joe Lorna, nuestra huésped. Era el único que teníamos, pues mamá, con la pensión que le quedó al morir papá y lo que pagaba el huésped por la comida, cama y lavado de ropa, opinaba que vivíamos estupendamente.
Recuerdo que tenía ocho años. Fue entonces cuando Joe Lorna vino, a raíz de un anuncio que mamá puso en el periódico.
Joe era representante de comercio. Entonces no me di cuenta de la importancia de su oficio como yo tenía sólo ocho años cuando él llegó a casa, le tomé mucho cariño. Crecí a su lado. Por eso me inspiró tantísima confianza.
Vivíamos en Canadá, en Ottawa, concretamente.
Joe viajaba frecuentemente a Montreal y Toronto. Alguna vez, llegaba a Mattawa y North Bay. Siempre esperé su regreso con ilusión, pues para nosotros era como uno más de la familia.
Yo tenía veinte años cuando empezó a cortejarme un chico. Había empezado la carrera de leyes, pero no pude terminar. Gané unas oposiciones en una escuela particular, de la cual era profesora.
Joe debía contar entonces treinta y cuatro años, pues tenía veintidós escasos cuando llegó a nuestra casa.
No sé por qué cuento todo esto. Tal vez se deba al desenlace, inesperado, sin duda, que surgió en mi vida afectiva.
Aquellos días, Joe Lorna se hallaba en cama, debido a un fuerte resfriado.
A mi salida del colegio y después de dar un paseo con Jim, me iba al cuarto de nuestro huésped a contárselo todo.
No me atrevía con mamá y, en cambio, me causaba placer desahogarme con Joe.
- ¿Qué tal esas relaciones? - me preguntó aquel día.
- Cállate - rogué -, te puede oír mamá.
- Algún día tendrás que decírselo.
- ¡No sé cuándo! ¿Estaré enamorada realmente, Joe? ¿Lo estuviste tú alguna vez? Joe emitió una risita.
Moreno, alto, fuerte...Representaba más años de los que tenía en realidad.
No es que tuviese la piel rugosa, ni que sus ojos pardos, muy penetrantes, parecieran cansados. Tal vez su madurez radicaba en la gravedad de su semblante.
Sin embargo, cosa rara (ahora ya no me lo parece), a mí me inspiraba más confianza que mamá.
- El primer amor es sólo una pequeña locura y un cúmulo de curiosidades.
- ¿Qué dices?
Me incliné sobre su lecho mirándole cuidadosamente.
- Sí. Eso pienso que es el primer amor. Pero esta definición no es mía, querida Liz, la hizo Shaw.
- Ah.
- Dime por qué piensas que no estás enamorada.
- No sé - casi me ruboricé -, debe ser porque no me siento del todo a gusto a su lado. Estoy siempre deseando regresar a casa. ¿No te parece raro?
Alargó la mano y asió mis dedos. Me los apretó un poco y luego me pidió en tono bajo:
- Dame un cigarrillo, anda. Olvídate ahora de Jim...
Se lo encendí y yo misma se lo puse en la boca.
- Ojalá que el día de tu boda - dijo Joe gravemente - pueda yo regalarte los anillos de compromiso.
- Tu representación de joyas - pregunté cándidamente -, ¿no te tienta a apoderarte de algo hermoso?
- No soy ambicioso. Egoísta tal vez, pero no ambicioso. Mamá me llamaba desde alguna parte.
- Liz - dijo mamá -, ¿no crees que molestas a Joe? Está descansando. Y pasado mañana tiene que marchar a Toronto. Aún tiene unas décimas de fiebre. No le aturdas, pues, con tu cháchara. La casa parecía vacía aquellos días.
Me sentía un poco ausente de mí misma, como hueca. Sin emociones ni confidencias.
Mamá me preguntó uno de aquellos días:
- ¿Quién es ese chico que te acompaña? Te he visto llegar varias veces...Me gustaría que te casaras, pero ten cuidado. El matrimonio es algo muy serio. Y dos que se unen para toda la vida han de amarse entrañablemente para soportarse con placer.
- Se llama Jim. Es aparejador y trabaja en la inmobiliaria que hay cerca de la escuela.
- ¿Qué edad tiene?
- No se lo pregunté.
No se me ocurrió ni siquiera eso. Notaba que no era totalmente feliz. Faltaba algo, y no precisamente en Jim, que cada día, decía él, me amaba más, sino en mí. ¿Qué esperaba yo de la vida y del amor?
Mamá interrumpió mis pensamientos.
- Para ti la vida ha sido dichosa, Liz. Nunca tuviste muchas preocupaciones. No creas que el matrimonio está exento de ellas. No voy a inmiscuirme en tus cosas, pero te ruego que tengas mucho cuidado. No quisiera que te cegara la ansiedad.
Me fui a la cama muy pensativa. Nunca me miraba mucho al espejo, pero aquel día lo hice, debido, tal vez, a la curiosidad que experimentaba hacia mí misma. Creí, tonta de mí, que en mi rostro se expresarían mis sentimientos o mis contrariedades.
No vi más que unas delicadas facciones. Una boca grande, unos dientes blancos e iguales y unas cejas largas y negras. También mis grandes pestañas y el azul de mis ojos.
Dormí mal. Al amanecer, me preguntaba qué sería el amor y si yo lo sentiría verdaderamente por Jim.
Cuando llegué a casa, entré llamando a mamá. Y fue la voz de Joe la que me contestó.
- Ha salido, Liz.
Sentí un montón de sensaciones extrañas.
Había vuelto Joe. Su voz me producía no sé cuántas cosas. ¿Placer? ¿Ansiedad? Eché a correr y, como una niña sensible, me puse a su lado.
Joe no se asombró.
¡Estaba tan acostumbrado a mis reacciones!
- ¿Cuándo has vuelto? - pregunté feliz.
- Hace una hora. Cuando tu madre salía de casa. ¿Sabes que no tendré que volver a viajar?
- ¿No? ¿Por qué?
- Me quedo aquí de gerente.
- Oh...¿No estás muy contento?
- Imagínate - sonrió gravemente.
Tendré que buscar piso, esposa...formar una familia.
Me quedé anonadada.
- ¿Irte... -titubeé - de esta casa?
- El día que tu te cases tendría que hacerlo igualmente, Liz. A tu marido no le gustará tener en casa otro hombre.
- Si para que te quedes tengo que renunciar a mi boda - sentencié a lo tonto, sin darme cuenta de lo que decía - renuncio desde ahora mismo.
Nunca olvidaré la forma en que Joe me miró. No supe interpretar la expresión de sus ojos. Sé que se puso en pie y fue al balcón.
Por primera vez en mi vida no me atreví a pronunciar palabra. Tenía muchas cosas que decir, pero mi boca se selló de tal modo que preferí marcharme.
- Liz - oí su voz un tanto alterada.
Me quedé inmóvil, pero no volví la cabeza.
Sentí sus pasos acercándose.
- No he dicho que me fuese ahora, Liz. Tengo que madurarlo.
¿Iba a llorar? Estuve a punto de hacerlo. Para evitarlo eché a anda. Joe no me detuvo.
No le vi al día siguiente. Mamá notó la tristeza que me invadía, inexplicable a todas luces.
¿Qué me importaba a mí que Joe se casara?
También yo tenía novio y pensaba hacerlo.
Pero no podía, por muchas razones que me daba a mí misma, quitar aquella espina que llevaba como clavada en la sangre y en el corazón. Perder a Joe, el amigo del alma, a quien se le cuenta todo sin rubor, con claridad, pidiendo un consejo, ayuda para disipar una inquietud...
Mamá debió ver algo raro en mí aquella noche, cuando regresé del colegio.
- A ti te ocurre algo.
- No, no creo.
- ¿Estás segura?
- Claro - titubeé.
- ¿has reñido con ese chico que te acompaña?
¿Jim? Pero si no le había visto, si di la vuelta a la calle para no encontrarlo donde él me esparaba.
De repente me resultaba insoportable su compañía.
- Liz... estás llorando.
- ¿Llorando? - casi grité -. Claro que no.
Mamá me pasó el dedo por los párpados.
- ¿Y esto qué es?
- ¡Oh!
- Liz...soy tu madre, tu amiga...¿qué te ocurre?
¿Cómo iba a decírselo, si ni yo misma lo sabía?
- Te aseguro que no tengo la más mínima idea. No me ocurre nada. Al menos que yo sepa.
- Entonces es que eres tonta.
- ¡Puede que lo sea, mamá!
- ¡Qué niña ésta! - la besó en el pelo.
Nunca me enterneció tanto un beso de mamá.
Y es que ¡estaba tan sensible aquel día!
- Vete a la sala de estar - me dijo -, luego te llamaré para comer.
Entré en la sala y vi a Joe. Se puso en pie.
- Hola, Liz.
- Ah - dije estúpidamente - estás ahí...
Sonó el teléfono en aquel instante. Pasé delante de Joe y fui a sentarme junto a la mesa.
- Diga.
- Liz - decía Jim indignado -, estuve esperando. No sé qué cosa pasó por mí. Creo que odié a Joe por estar allí, por tener que contestarle a Jim estando él mirándome.
- No pude.
- ¿Cómo que no pudiste? - gritaba Jim como energúmeno -. Si te vi cruzar la calle y tomar otra para esquivarme. ¿Sabes lo que te digo? Se acabó todo, Liz. ¿Me oyes bien? Si no me das una explicación a tu actitud, esto se terminó.
No me importaba en absoluto.
Joe dijo con su gravedad habitual:
- ¿Malas noticias?
- ¿Y qué importa?
Me miró desconcertado.
Hizo un gesto con la cabeza y luego comentó:
- Es la primera vez que te comportas incorrectamente.
Ya lo sabía. Y me dolía ser así. Por eso me puse en pie y salí corriendo.
Es muy tarde - dijo mi amiga - ¿Nos vamos?
No lo estaba pasando bien, pero me aturdía aquella tarde.
- Espera.
- Pero si son las nueve y media.
- Un poco más.
- Sólo cinco minutos.
Yo seguí bailando con un chico, el cual, para ser sincera, no me interesaba en absoluto.
- ¿Vienes o no, Liz? - volvió a preguntarme.
- Me quedo - casi grité.
Mi amiga se fue. Al rato vi la figura de Joe Lorna, alto, firme, con aquella personalidad suya casi silenciosa, de pie en el umbral del salón. Atravesó el salón, se detuvo ante mí y me agarró el brazo.
- Vamos, Liz. Es hora.
Mi compañero empezó a engallarse, pero Joe con un gesto le detuvo.
- Me la llevo - afirmó con energía.
No fui capaz de negarme. El joven que bailaba conmigo se quedo indeciso junto a la barra. Estábamos en la calle:
- ¿Quién te llama a redentor?
- Estoy enamorado de tí. - me soltó como un pistoletazo.
No supe lo que sentía.
Sólo me di cuenta de que me turbaba como una tonta y enrojecía y me menguaba.
De repente, noté cómo el brazo de Joe rodeaba mi espalda.
- Anda - dijo bajísimo apretándome con furia -, Anda, tonta, vamos.
- Pero...
- Te ruego que me disculpes, estaba ciego. Pero llegué a casa esta tarde y tu madre me dijo: "Liz no ha vuelto. ¿Quieres ir a buscarla?"
- Y tú... - casi gemí.
- No sé qué me sacudió todo el cuerpo. Fue como si la luz se hiciera en mis tinieblas. Salí de casa y recorrí media ciudad. Hasta que di contigo.
- Pero...
- ¿No crees en mi amor?
Creía. Necesitaba creer desesperadamente. Me hubiera muerto si en aquel instante me dicen que todo es mentira.
Loca de no sé qué me así con las manos a su brazo. Y como una niña ingenua susurré:
- ¿Es verdad?
- ¿Verdad?
- Lo que dices sentir por mí.
- Es - así, como él decía las cosas, sin resquicio para la duda.
- Oh.
- ¿No quieres?
- ¿Querer que tú me quieras?
- Sí.
- Claro - susurré, miréndome.
- Claro.
Joe me apretó contra su pecho y allí, en plena calle, me besó en la boca, frenético, mil veces.
Todo me daba vueltas. Pero le correspondí prohibiéndome a mí misma desfallecer.
- Joe...
- ¿Lo sabes ahora?
Lo sabía. No sólo lo de él, sino lo que yo sentía. Lo que ardía en mi pecho. Lo que antes me inquietó sin saberlo.
Subí corriendo las escaleras y Joe pretendió alcanzarme, pero yo llegué a la cocina antes que él.
- Mamá...nos vamos a casar Joe y yo...
Mamá siguió cocinando. Sólo dijo para mi desconcierto:
- Ya era hora.
- ¿Qué dices?
Se volvió riendo.
- Pensé que no lo ibas a descubrir nunca - y como si no ocurriera nada añadió: ¿Coméis o no?
No tenía ganas y Joe creo que tampoco.
Cuando nos despedimos, le dije bajísimo a espaldas de mamá que seguía dando vueltas sin parar, por la cocina:
- Bésame como antes.
Supe lo que era el amor en toda su expresión. Me di cuenta de lo mucho que significaba en mi vida.
viernes, 31 de agosto de 2012
lunes, 27 de agosto de 2012
¿Por qué el agua del mar es salada? (Estonia)
Hace mucho tiempo, vivían dos hermanos que uno era muy rico y el otro pobre. Cuando llegó la Navidad, como el pobre no tenía nada para llevarse a la boca, fue a pedir limosna al rico. Pero éste le recibió de mal talante, pues no era la primera ve que acudía a él para que le sacara de algún que otro apuro.
- Si haces lo que voy a mandarte - dijo el rico - te regalaré un jamón, un buen jamón curado al humo.
- Estoy dispuesto a hacer lo que tú digas. Todo sea por un buen jamón.
- ¡Pues toma! - dijo su hermano arrojándole el jamón -. ¡Y vete al infierno!
El pobre cogió el jamón, dispuesto a obedecer las órdenes de su hermano. Anduvo todo el día y parte de la noche, hasta que vio una hoguera. Hacía allí se dirigió. Junto al fuego había un hombre anciano cortando leña.
- Buenas noches - saludó cortés el hermano pobre.
- Buenas noches. ¿A dónde te diriges a estas horas?
- Voy al infierno, pero no sé si éste es el camino.
- Sí, éste es el camino, el Infierno está muy cerca. Cuando llegues allí, ten cuidado, porque todos querrán compartir el jamón que llevas contigo. Pero no lo sueltes sólo por dinero, pide el viejo molino de mano que tienes junto a la puerta. Luego, cuando vuelvas a pasar por aquí, yo te enseñaré cómo usarlo, pues has de saber que ese molino tiene unos poderes maravillosos. En cuanto el hombre llegó a las puertas del Averno se vio asediado por una caterva de pequeños diablillos, que se empujaban unos a otros para conseguir el jamón.
Pronto apareció el Príncipe de las Tinieblas y, al ver tan suculento manjar, hizo todo lo posible por conseguirlo.
- Os lo daré a cambio del molino de mano que esta junto a la puerta.
Satanás regateó un poco, pero, viendo el molino de mano medio abandonado junto a la puerta, pensó que no era cosa de pelear por alto tan tonto y consintió en entregárselo al hombre.
- ¡Cógelo! ¡Y vete, antes de que me arrepienta!
De vuelta a su casa, el hombre se encontró de nuevo con el anciano, que le explicó las maravillas del pequeño molino. Al llegar a su hogar, después de escuchar los reproches y las quejas de su malhumorada esposa por su tardanza puso el molino encima de la mesa y dijo:
- ¡Hoy es Nochebuena! ¡Muele velas, manteles, vajillas, viandas y bebidas, todo lo que se necesita para celebrar una gran fiesta!
Y el molino obedeció e hizo todo como el hombre le había ordenado.
Su mujer se quedó estupefacta ante tanta maravilla, pero se quedó con las ganas de que su marido le diera una explicación.
El hermano rico fue invitado a la fiesta, y al ver tanta riqueza, sintió envidia.
- ¿De dónde has sacado todo esto? - preguntó a su hermano enseguida -.
El pobre, que ya había bebido mucho, no supo guardar su secreto y puso el molino encima de la mesa. Desde ese momento, en la mente del rico sólo había un pensamiento: adueñarse como fuera del molino.
Después de mucho discutir, el pobre entregó el molino a su hermano por una cantidad muy elevada de dinero. Un día de pleno verano, el hombre rico dijo a su mujer:
- Hoy irás tú a cortar heno con los campesinos. Yo me quedaré en la casa y prepararé la comida para todos. Y en cuanto su esposa salió por la puerta hacia el campo, le ordenó al molino:
- ¡Venga! ¡A moler arenques y sopa de leche!
El molino molió lo que le mandaban, hasta llenar todas las soperas y las fuentes. Pero luego, en vez de parar, continuó moliendo. Cuando llegaron la mujer y los campesinos la casa y los establos estaban inundados de sopa y los arenques se amontonaban por todos los rincones. Desesperado, el hermano rico fue a ver al pobre, para devolverle el molino.
- ¡Sólo acepto de nuevo el cambio por una cantidad de dinero similar a la que me diste al comprarlo!
En casa el pobre, el molino obedecía y se detenía cuando él quería. El hombre se hizo inmensamente rico. Tenía todo lo que deseaba. Por capricho de su mujer, había construido junto al mar una preciosa rodeada de jardines.
Por la región se contaban maravillas de aquel prodigioso instrumento, pero nunca nadie se había planteado ir a verlo, la historia parecía demasiado fantástica.
Un día, un navegante que acababa de llegar a la costa al mando de un enorme barco, intrigado por las extrañas habladurías que circulaban por el puerto, deseando satisfacer su curiosidad, fue a visitar al hombre.
- Me han hablado de las maravillas de este molino. Dicen que muele todo lo que le ordenas. ¿Acaso podría también moler sal?
- Ya lo creo. Y todo lo que le pidan. ¿Quiere que se lo demuestre ahora mismo?
- ¡Desde luego que si! ¡Quedaría encantado!
Y el hombre ordenó al molino que moliera todo lo necesario para celebrar esa noche una gran cena.
El eco de la fiesta se propagó por el pueblo, y pronto aparecieron más invitados. Entre la alegría del vino y de la fiesta, todos bailaban despreocupados. El navegante, que sólo pensaba en el molino y en ahorrase millas a bordo de su barco en busca de sal, aprovechando la algarabía de la fiesta, huyó veloz con el molino.
Al llegar al puerto, preparó con urgencia a toda la tripulación y zarpó.
Ya en alta mar, cogió el molino y le ordenó:
- ¡A moler sal!
Y el molino molió tanta sal que llenó la bodega, los camarotes y la cubierta del barco, y poco a poco, la nave fue hundiéndose en el mar. El molino giraba sin parar, frenético, hundiéndose en las profundas aguas. Y ahí continúa todavía el barco salinero y también el molino infernal, que no ha dejado de moler sal desde entonces. Y ésta es la razón por la cual el agua del mar es tan salada.
Antología de cuentos universales.
- Si haces lo que voy a mandarte - dijo el rico - te regalaré un jamón, un buen jamón curado al humo.
- Estoy dispuesto a hacer lo que tú digas. Todo sea por un buen jamón.
- ¡Pues toma! - dijo su hermano arrojándole el jamón -. ¡Y vete al infierno!
El pobre cogió el jamón, dispuesto a obedecer las órdenes de su hermano. Anduvo todo el día y parte de la noche, hasta que vio una hoguera. Hacía allí se dirigió. Junto al fuego había un hombre anciano cortando leña.
- Buenas noches - saludó cortés el hermano pobre.
- Buenas noches. ¿A dónde te diriges a estas horas?
- Voy al infierno, pero no sé si éste es el camino.
- Sí, éste es el camino, el Infierno está muy cerca. Cuando llegues allí, ten cuidado, porque todos querrán compartir el jamón que llevas contigo. Pero no lo sueltes sólo por dinero, pide el viejo molino de mano que tienes junto a la puerta. Luego, cuando vuelvas a pasar por aquí, yo te enseñaré cómo usarlo, pues has de saber que ese molino tiene unos poderes maravillosos. En cuanto el hombre llegó a las puertas del Averno se vio asediado por una caterva de pequeños diablillos, que se empujaban unos a otros para conseguir el jamón.
Pronto apareció el Príncipe de las Tinieblas y, al ver tan suculento manjar, hizo todo lo posible por conseguirlo.
- Os lo daré a cambio del molino de mano que esta junto a la puerta.
Satanás regateó un poco, pero, viendo el molino de mano medio abandonado junto a la puerta, pensó que no era cosa de pelear por alto tan tonto y consintió en entregárselo al hombre.
- ¡Cógelo! ¡Y vete, antes de que me arrepienta!
De vuelta a su casa, el hombre se encontró de nuevo con el anciano, que le explicó las maravillas del pequeño molino. Al llegar a su hogar, después de escuchar los reproches y las quejas de su malhumorada esposa por su tardanza puso el molino encima de la mesa y dijo:
- ¡Hoy es Nochebuena! ¡Muele velas, manteles, vajillas, viandas y bebidas, todo lo que se necesita para celebrar una gran fiesta!
Y el molino obedeció e hizo todo como el hombre le había ordenado.
Su mujer se quedó estupefacta ante tanta maravilla, pero se quedó con las ganas de que su marido le diera una explicación.
El hermano rico fue invitado a la fiesta, y al ver tanta riqueza, sintió envidia.
- ¿De dónde has sacado todo esto? - preguntó a su hermano enseguida -.
El pobre, que ya había bebido mucho, no supo guardar su secreto y puso el molino encima de la mesa. Desde ese momento, en la mente del rico sólo había un pensamiento: adueñarse como fuera del molino.
Después de mucho discutir, el pobre entregó el molino a su hermano por una cantidad muy elevada de dinero. Un día de pleno verano, el hombre rico dijo a su mujer:
- Hoy irás tú a cortar heno con los campesinos. Yo me quedaré en la casa y prepararé la comida para todos. Y en cuanto su esposa salió por la puerta hacia el campo, le ordenó al molino:
- ¡Venga! ¡A moler arenques y sopa de leche!
El molino molió lo que le mandaban, hasta llenar todas las soperas y las fuentes. Pero luego, en vez de parar, continuó moliendo. Cuando llegaron la mujer y los campesinos la casa y los establos estaban inundados de sopa y los arenques se amontonaban por todos los rincones. Desesperado, el hermano rico fue a ver al pobre, para devolverle el molino.
- ¡Sólo acepto de nuevo el cambio por una cantidad de dinero similar a la que me diste al comprarlo!
En casa el pobre, el molino obedecía y se detenía cuando él quería. El hombre se hizo inmensamente rico. Tenía todo lo que deseaba. Por capricho de su mujer, había construido junto al mar una preciosa rodeada de jardines.
Por la región se contaban maravillas de aquel prodigioso instrumento, pero nunca nadie se había planteado ir a verlo, la historia parecía demasiado fantástica.
Un día, un navegante que acababa de llegar a la costa al mando de un enorme barco, intrigado por las extrañas habladurías que circulaban por el puerto, deseando satisfacer su curiosidad, fue a visitar al hombre.
- Me han hablado de las maravillas de este molino. Dicen que muele todo lo que le ordenas. ¿Acaso podría también moler sal?
- Ya lo creo. Y todo lo que le pidan. ¿Quiere que se lo demuestre ahora mismo?
- ¡Desde luego que si! ¡Quedaría encantado!
Y el hombre ordenó al molino que moliera todo lo necesario para celebrar esa noche una gran cena.
El eco de la fiesta se propagó por el pueblo, y pronto aparecieron más invitados. Entre la alegría del vino y de la fiesta, todos bailaban despreocupados. El navegante, que sólo pensaba en el molino y en ahorrase millas a bordo de su barco en busca de sal, aprovechando la algarabía de la fiesta, huyó veloz con el molino.
Al llegar al puerto, preparó con urgencia a toda la tripulación y zarpó.
Ya en alta mar, cogió el molino y le ordenó:
- ¡A moler sal!
Y el molino molió tanta sal que llenó la bodega, los camarotes y la cubierta del barco, y poco a poco, la nave fue hundiéndose en el mar. El molino giraba sin parar, frenético, hundiéndose en las profundas aguas. Y ahí continúa todavía el barco salinero y también el molino infernal, que no ha dejado de moler sal desde entonces. Y ésta es la razón por la cual el agua del mar es tan salada.
Antología de cuentos universales.
viernes, 24 de agosto de 2012
Olvida esta noche
Esther leyó la carta de su ahijada por segunda vez, y en voz alta comentó.
- No sé si habremos hecho bien dejando ir a María a estudiar a París.
- ¿Por qué no? - comentó su marido.
- Tiene sólo diecinueve años. A esa edad debería estar bajo nuestra vigilancia. No es más que una niña. Hemos sido demasiado tolerantes con ella. Si sus padres viviesen, no la hubiesen dejado marchar.
- ¿Por qué no?
- ¿Y lo preguntas?
- ¿Qué importa eso?
- La hija de los Benítez es una chica seria y sensata. Están juntas las dos.
- ¡Ta, ta! Tan niña es la una como la otra.
- No temas. No les ocurrirá nada.
- Tú siempre tan tranquilo.
- Y tú complicándote la vida. Te escribe habitualmente. Sabes que están bien, que progresan en el idioma, ¿qué más quieres? ¿qué tienen un apartamento para ellas solas? También el hijo de los Ruiz está allí en las mismas condiciones.
- No vas a comparar. El es un hombre. Tiene ya veintitrés años. A propósito, María no dice nada de si se ven. El ha pedido la dirección para ir a verlas. Aquí eran amigos.
- Aquí sí, pero allí todo es distinto.
- Las personas son las mismas en cualquier parte.
- ¡Ojalá no te equivoques!
Las cartas de Marta hacían surgir la polémica entre marido y mujer. Como si por haberse ido a estudia a La Sorbona peligrase la conducta de la niña.
Su madrina era una anticuada.
- ¿Has visto a Ricardo Ruiz? - preguntó Alicia.
- Si te refieres a nuestro vecino de Madrid, le he visto.
- ¿Has hablado con él?
- Naturalmente. ¿Por qué no había de hacerlo?
- Suele estar tan entretenido. Parece ser que las francesitas no se le dan del todo mal.
- Eso a mí no me interesa.
- Mujer, ya lo sé. Es sólo un comentario.
- Pues me parece una majadería perder el tiempo hablando de ello. Al fin y al cabo, allá él. Es muy dueño de hacer lo que le venga en gana.
- La verdad es que hay que reconocer que Ricardo está muy bien. No me extraña que tenga éxito.
- Puede ser, pero ¿no te parece que haríamos mejor si dejásemos ese tema y estudiásemos un poco?
- No me apetece demasiado, pero si te empeñas...
Marta prefería estudiar. Le aburría el diálogo de su amiga. Siempre era el mismo tema. A ella también le parecía que estaba muy bien. Pero ¿de qué servía? Ricardo siempre la miraba como a la compañera de estudios, o como a la ahijada de los Villaverde. Sabía que si las llamaba era por compromiso, para quedar bien, pero sabía también que él en París lo pasaba muy bien, a su manera.
De todas formas no podía engañarse a sí misma. Sentía por él algo muy distinto del afecto que se le puede tener a un amigo, pero no se atrevía a reconocerlo. Sabía que no era correspondida.
Tenía el libro delante, y aunque no podía estudiar en aquellos momentos, aparentó hacerlo para no entablar conversación con Alicia.
Alicia descolgó el teléfono, que sonaba insistentemente.
- Es para ti.
- ¿Quién es? - preguntó a su interlocutor.
- ¡Hola! ¿Qué hay?
- ¡Ah! ¿Eres tú?
Se le había hecho un nudo en la garganta.
- Necesitaba que me dejases los apuntes que dieron en la clase de ayer, ¿podrás?
- Sí, pero...
- Si te parece bien, puedo pasar a recogerlos.
- Está bien. Ven cuando quieras. No voy a salir.
- Hasta luego, entonces.
No sabía si había hecho bien o mal, pero ya estaba.
Alicia, al enterarse de que Ricardo pasaría por allí, optó por quedarse en casa, cosa que no solía hacer.
Unas horas después llamaron a la puerta.
Ricardo las saludó afablemente y departió con ellas, particularmente, sobre temas de estudio.
Alicia fue la que más empeño puso en ser agradable.
Marta estuvo la mayor parte del tiempo en silencio. Le molestaba que Alicia coqueteara tan descaradamente, pero no podía evitarlo. Por otra parte, su amiga desconocía sus sentimientos. No tenía, por tanto, nada que reprocharle. ¿Y si se lo confesase ella misma? No. Era demasiado orgullo. Ricardo ya se había levantado para marcharse.
- A propósito. Se me olvidaba deciros que hemos organizado un baile de disfraces para el fin de curso. Tengo preparado mi traje de Arlequín.
Alicia aceptó encantada.
No así Marta, que contestó tajante.
- La mía puedes quedártela. No pienso ir.
- ¿Por qué no? Será divertido.
- A mi no me divierten esas cosas.
- Yo, de todas formas, te dejaré la invitación, por si a última hora te arrepientes.
- Como quieras, pero no creo que cambie de opinión.
- Si me lo permites te diré que haces mal. Llevas una vida que no corresponde a tus años. Tu forma de ser no va con la época actual. Uno puede divertirse sin que su dignidad megüe un ápice.
- No te molestes en animarme - replicó Marta.
Ricardo se despidió de ellas sin importarle demasiado que aceptasen la invitación. Marta una vez se hubo marchado él, se quedó pensando en el baile. Como sabía el disfraz que él usaría, se regocijó con la idea de...
El Arlequín estaba en la barra tomando una bebida.
Vio cómo se le acercaba una joven.
- ¿Bailas conmigo?
- No faltaría más.
No le apetecía mucho, pero estaba aburriéndose. Así, al menos, pasaría el tiempo.
La chica que le había invitado a bailar era morena, de pelo corto. Cubría su rostro con un antifaz plateado. Vestía pantalones negros y llevaba una blusa también plateada, a juego con los zapatos.
Su conservación era de lo más amena. No cabía la menor duda de que se trataba de una chica culta. Se desenvolvía con la misma habilidad en un tema político que en uno religioso o social.
Bailaron incansablemente.
El ejercicio desarrollado era extraordinario.
El conjunto musical que amenizaba el baile hizo una pausa para dar paso a una orquesta que anunció:
- Durante media hora, música para enamorados.
La miró interrogante.
Ella empezaba a sospechar que estaba llegando un poco lejos con su juego. Hasta aquel momento todo había ido muy bien, se estaba divirtiendo de lo lindo, pero ahora el asunto empezaba a tomar otro cariz.
No obstante, no podía resistir la tentación. Después de todo, él no tenía ni la menor idea de quién se trataba. ¿Por qué, pues, sacrificar un deseo tan anhelado?
Sin pensar más asintió con un gesto.
La asió con suavidad.
Ella le rodeó el cuello con sus brazos.
Durante quince minutos bailaron sin decir palabra. Sus caras iban muy juntas y sus cuerpos bien pegados. Parecían enamorados.
La apartó un poco y buscó sus ojos, que correspondieron a su mirada un tanto inquisitiva. ¿Qué había en ellos? Le parecía leer la palabra amor en letras muy grandes, pero no era posible.
De pronto, al atraerla hacia sí, la besó en la boca.
Ella no se resistió. No podía hacerlo, lo estaba deseando. Fue un beso largo, que despertaba en ambos una sensación estremecedora. Un beso de no separarse.
- ¡Perdóname! - dijo él con acento ahogado.
- No...no me pidas perdón. No tengo nada que perdonarte. He sido culpable.
- Dime, entonces, quién eres.
- ¿Qué importa eso? Olvídate de esta noche. Hazte a la idea de que nunca nos hemos conocido.
- No podré olvidarte nunca.
- No seas chiquillo. No vas a decirme que es la primera vez que besas a una mujer.
- No. Claro que no. No podría negarlo.
Pero ésta ha sido distinto. Es como si te conociera de toda la vida. Como si siempre hubiese estado enamorado de ti y no lo hubiese descubierto hasta hoy.
- No irás a decirme que te has enamorado de mí, si ni siquiera sabes quién soy.
- No importa quién seas. Sé que a partir de hoy no podré vivir sin tí.
- ¿Y si supieras que soy una mujer fácil?
- No soy un chiquillo. Las conozco bien. Tú ni siquiera sabes besar. Juraría que he sido el primero.
- Puedes pensar lo que quieras, pero ya no volveremos a vernos.
- ¿Por qué? ¿Por qué me has dejado entonces...?
- Ha sido la noche, la música, el ambiente...
- No irás a convencerme de que sólo ha sido un sueño, que no ha sido una noche real.
- La noche ha sido real. Yo, sólo una máscara.
- ¿Y por qué me has elegido precisamente a mí?
- Ha sido el azar.
- Dime al menos, cómo te llamas.
- ¿Para qué? Se rompería el encanto de un enigma.
- Permíteme tan sólo que te acompañe a tu casa.
- Seré mejor que nos despidamos aquí mismo.
- No voy a insistir más. Si tú lo quieres así, serán inútiles mis súplicas.
Y aprovechando un descuido de él, mientras en la barra pedía una nueva consumición, Marta desapareció.
Él permaneció en el baile hasta el final. Amanecía.
No podía apartar de su imaginación las horas vividas momentos antes. Él, tan mimado por las mujeres, se sentía atraído de pronto por una que no sabía quién era.
Marta no se movió siquiera.
- ¡Qué extraña era aquella chica! - pensó para sí.
Siempre a lo suyo, pareciendo importarle un rábano lo que ocurría a su alrededor.
Daba la sensación de permanecer ajena al diálogo sostenido entre Alicia y él.
Al menos, eso era lo que Ricardo pensaba.
- Y dices que no tienes ni idea de quién podrías ser la chica por la que te pregunto.
- No. Pero si tanto interés tienes...no creo que sea muy difícil averiguarlo.
- ¿Cómo? - preguntó ansioso de hallar una pista.
- Puedes buscar un detective privado.
- Preferiría encontrarla de otra forma.
- Pues la verdad, yo creo que sería la mejor solución.
- No sé. Creí que podrías ayudarme. Vine aquí convencido de ello, pero veo que no estás dispuesta.
A Alicia le pareció que se había puesto demasiado cargante. NI que no hubiese más mujeres en el mundo. Los hombres eran así de caprichosos. Tenía que ser precisamente aquélla, que no sabía ni quién era.
Ricardo pensó que ya que estaba allí no iba a perder del todo el tiempo. Tomaría unos apuntes. Seguramente que Marta tenía los últimos que el profesor les había dado en clase. Se dirigió a ella. Era la clásica empollona, enterada de todos los pormenores que a estudios concernían.
- Ahí, en el tercer cajón de la derecha, están las notas que he tomado últimamente. Abrió el cajón, sacó la carpeta.
Se sentó dispuesto a escribir. Abrió la carpeta. Allí había un montón de notas interesantes. En medio de los papeles había visto brillar una cosa, pero no le dio importancia. De pronto tuvo como un presentimiento. Buscó ávidamente. Ante sus ojos apareció...la mejor pista que podía hallar. Un antifaz plateado. Lo reconoció enseguida. Tenía una quemadura en la parte derecha, que le había hecho involuntariamente con un pitillo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo habría ido a parar allí?
No acertaba a explicárselo. Tal vez Alicia...Pero no, eso descartado. Era más superficial que la chica que él había conocido.
Marta no se había enterado.
No le había mirado de frente desde que llegó.
Él se acercó con el antifaz en la mano.
Levantándole la barbilla, la miró fijamente.
- ¿Quién es, Marta? Tienes que decirme de quién se trata. Me estás oyendo toda la tarde haciendo preguntas a tu amiga, y tú, cómplice de la otra, ahí tan callada.
- ¿Qué dices? - se sobresaltó.
Él le mostró el antifaz.
Sintió cómo el rubor enrojecía sus mejillas.
- ¿Dónde...dónde lo has encontrado?
- ¿Qué importa eso ahora?
- No estaba en el tercer cajón.
- Estaba en el segundo. Da igual. Me confundí al abrirlo. En vez de abrir el de la derecha, abrí el de la izquierda, pero eso no tiene ahora interés. Lo único importante es que ya podré encontrarla.
- No tienes derecho a descubrir los secretos de los demás.
- Pero ¿cómo? ¿es qué no vas a decírmelo?
- No puedo.
- No me iré de aquí mientras no me lo digas.
- Será... será inútil.
Estaba roja como la grana.
Él se dio cuenta entonces...
- Eres...tú, Marta.
Bajó la cabeza. No sabía qué responder.
- Sí...- murmuró al fin -. Sí, era ayer, pero hoy no.
- Por qué no me lo has dicho, di, ¿por qué?
- Me habrías evitado el desasosiego de pensar que no te encontraría, la inquietud vivida durante horas.
- ¿Y ahora que me has encontrado?
- No te dejaré escapar. Pero dime, ¿cómo eres en realidad?
- Ante todo quiero que seas tú siempre. Así, como ahora. Tan concentrada para una lección de francés como para quererme a mí.
- ¡Oh! Ricardo...¡qué ciego has estado!
- ¿Desde cuando es esto? dime...
- Creo..., creo que desde siempre.
- Y yo sin enterarme. ¡qué tonto he sido!
- Aún estamos a tiempo. ¿no crees?
- Sí, sí. Lo estamos.
La atrajo hacia sí y la besó como lo había hecho la noche anterior.
- ¡Marta! ¡Marta! Preciosa. No nos separemos más.
Alicia que había presenciado todo sin atreverse a intervenir, los dejó solos y pensó para sí: "¡Qué suerte tiene mi amiga!"
- No sé si habremos hecho bien dejando ir a María a estudiar a París.
- ¿Por qué no? - comentó su marido.
- Tiene sólo diecinueve años. A esa edad debería estar bajo nuestra vigilancia. No es más que una niña. Hemos sido demasiado tolerantes con ella. Si sus padres viviesen, no la hubiesen dejado marchar.
- ¿Por qué no?
- ¿Y lo preguntas?
- ¿Qué importa eso?
- La hija de los Benítez es una chica seria y sensata. Están juntas las dos.
- ¡Ta, ta! Tan niña es la una como la otra.
- No temas. No les ocurrirá nada.
- Tú siempre tan tranquilo.
- Y tú complicándote la vida. Te escribe habitualmente. Sabes que están bien, que progresan en el idioma, ¿qué más quieres? ¿qué tienen un apartamento para ellas solas? También el hijo de los Ruiz está allí en las mismas condiciones.
- No vas a comparar. El es un hombre. Tiene ya veintitrés años. A propósito, María no dice nada de si se ven. El ha pedido la dirección para ir a verlas. Aquí eran amigos.
- Aquí sí, pero allí todo es distinto.
- Las personas son las mismas en cualquier parte.
- ¡Ojalá no te equivoques!
Las cartas de Marta hacían surgir la polémica entre marido y mujer. Como si por haberse ido a estudia a La Sorbona peligrase la conducta de la niña.
Su madrina era una anticuada.
- ¿Has visto a Ricardo Ruiz? - preguntó Alicia.
- Si te refieres a nuestro vecino de Madrid, le he visto.
- ¿Has hablado con él?
- Naturalmente. ¿Por qué no había de hacerlo?
- Suele estar tan entretenido. Parece ser que las francesitas no se le dan del todo mal.
- Eso a mí no me interesa.
- Mujer, ya lo sé. Es sólo un comentario.
- Pues me parece una majadería perder el tiempo hablando de ello. Al fin y al cabo, allá él. Es muy dueño de hacer lo que le venga en gana.
- La verdad es que hay que reconocer que Ricardo está muy bien. No me extraña que tenga éxito.
- Puede ser, pero ¿no te parece que haríamos mejor si dejásemos ese tema y estudiásemos un poco?
- No me apetece demasiado, pero si te empeñas...
Marta prefería estudiar. Le aburría el diálogo de su amiga. Siempre era el mismo tema. A ella también le parecía que estaba muy bien. Pero ¿de qué servía? Ricardo siempre la miraba como a la compañera de estudios, o como a la ahijada de los Villaverde. Sabía que si las llamaba era por compromiso, para quedar bien, pero sabía también que él en París lo pasaba muy bien, a su manera.
De todas formas no podía engañarse a sí misma. Sentía por él algo muy distinto del afecto que se le puede tener a un amigo, pero no se atrevía a reconocerlo. Sabía que no era correspondida.
Tenía el libro delante, y aunque no podía estudiar en aquellos momentos, aparentó hacerlo para no entablar conversación con Alicia.
Alicia descolgó el teléfono, que sonaba insistentemente.
- Es para ti.
- ¿Quién es? - preguntó a su interlocutor.
- ¡Hola! ¿Qué hay?
- ¡Ah! ¿Eres tú?
Se le había hecho un nudo en la garganta.
- Necesitaba que me dejases los apuntes que dieron en la clase de ayer, ¿podrás?
- Sí, pero...
- Si te parece bien, puedo pasar a recogerlos.
- Está bien. Ven cuando quieras. No voy a salir.
- Hasta luego, entonces.
No sabía si había hecho bien o mal, pero ya estaba.
Alicia, al enterarse de que Ricardo pasaría por allí, optó por quedarse en casa, cosa que no solía hacer.
Unas horas después llamaron a la puerta.
Ricardo las saludó afablemente y departió con ellas, particularmente, sobre temas de estudio.
Alicia fue la que más empeño puso en ser agradable.
Marta estuvo la mayor parte del tiempo en silencio. Le molestaba que Alicia coqueteara tan descaradamente, pero no podía evitarlo. Por otra parte, su amiga desconocía sus sentimientos. No tenía, por tanto, nada que reprocharle. ¿Y si se lo confesase ella misma? No. Era demasiado orgullo. Ricardo ya se había levantado para marcharse.
- A propósito. Se me olvidaba deciros que hemos organizado un baile de disfraces para el fin de curso. Tengo preparado mi traje de Arlequín.
Alicia aceptó encantada.
No así Marta, que contestó tajante.
- La mía puedes quedártela. No pienso ir.
- ¿Por qué no? Será divertido.
- A mi no me divierten esas cosas.
- Yo, de todas formas, te dejaré la invitación, por si a última hora te arrepientes.
- Como quieras, pero no creo que cambie de opinión.
- Si me lo permites te diré que haces mal. Llevas una vida que no corresponde a tus años. Tu forma de ser no va con la época actual. Uno puede divertirse sin que su dignidad megüe un ápice.
- No te molestes en animarme - replicó Marta.
Ricardo se despidió de ellas sin importarle demasiado que aceptasen la invitación. Marta una vez se hubo marchado él, se quedó pensando en el baile. Como sabía el disfraz que él usaría, se regocijó con la idea de...
El Arlequín estaba en la barra tomando una bebida.
Vio cómo se le acercaba una joven.
- ¿Bailas conmigo?
- No faltaría más.
No le apetecía mucho, pero estaba aburriéndose. Así, al menos, pasaría el tiempo.
La chica que le había invitado a bailar era morena, de pelo corto. Cubría su rostro con un antifaz plateado. Vestía pantalones negros y llevaba una blusa también plateada, a juego con los zapatos.
Su conservación era de lo más amena. No cabía la menor duda de que se trataba de una chica culta. Se desenvolvía con la misma habilidad en un tema político que en uno religioso o social.
Bailaron incansablemente.
El ejercicio desarrollado era extraordinario.
El conjunto musical que amenizaba el baile hizo una pausa para dar paso a una orquesta que anunció:
- Durante media hora, música para enamorados.
La miró interrogante.
Ella empezaba a sospechar que estaba llegando un poco lejos con su juego. Hasta aquel momento todo había ido muy bien, se estaba divirtiendo de lo lindo, pero ahora el asunto empezaba a tomar otro cariz.
No obstante, no podía resistir la tentación. Después de todo, él no tenía ni la menor idea de quién se trataba. ¿Por qué, pues, sacrificar un deseo tan anhelado?
Sin pensar más asintió con un gesto.
La asió con suavidad.
Ella le rodeó el cuello con sus brazos.
Durante quince minutos bailaron sin decir palabra. Sus caras iban muy juntas y sus cuerpos bien pegados. Parecían enamorados.
La apartó un poco y buscó sus ojos, que correspondieron a su mirada un tanto inquisitiva. ¿Qué había en ellos? Le parecía leer la palabra amor en letras muy grandes, pero no era posible.
De pronto, al atraerla hacia sí, la besó en la boca.
Ella no se resistió. No podía hacerlo, lo estaba deseando. Fue un beso largo, que despertaba en ambos una sensación estremecedora. Un beso de no separarse.
- ¡Perdóname! - dijo él con acento ahogado.
- No...no me pidas perdón. No tengo nada que perdonarte. He sido culpable.
- Dime, entonces, quién eres.
- ¿Qué importa eso? Olvídate de esta noche. Hazte a la idea de que nunca nos hemos conocido.
- No podré olvidarte nunca.
- No seas chiquillo. No vas a decirme que es la primera vez que besas a una mujer.
- No. Claro que no. No podría negarlo.
Pero ésta ha sido distinto. Es como si te conociera de toda la vida. Como si siempre hubiese estado enamorado de ti y no lo hubiese descubierto hasta hoy.
- No irás a decirme que te has enamorado de mí, si ni siquiera sabes quién soy.
- No importa quién seas. Sé que a partir de hoy no podré vivir sin tí.
- ¿Y si supieras que soy una mujer fácil?
- No soy un chiquillo. Las conozco bien. Tú ni siquiera sabes besar. Juraría que he sido el primero.
- Puedes pensar lo que quieras, pero ya no volveremos a vernos.
- ¿Por qué? ¿Por qué me has dejado entonces...?
- Ha sido la noche, la música, el ambiente...
- No irás a convencerme de que sólo ha sido un sueño, que no ha sido una noche real.
- La noche ha sido real. Yo, sólo una máscara.
- ¿Y por qué me has elegido precisamente a mí?
- Ha sido el azar.
- Dime al menos, cómo te llamas.
- ¿Para qué? Se rompería el encanto de un enigma.
- Permíteme tan sólo que te acompañe a tu casa.
- Seré mejor que nos despidamos aquí mismo.
- No voy a insistir más. Si tú lo quieres así, serán inútiles mis súplicas.
Y aprovechando un descuido de él, mientras en la barra pedía una nueva consumición, Marta desapareció.
Él permaneció en el baile hasta el final. Amanecía.
No podía apartar de su imaginación las horas vividas momentos antes. Él, tan mimado por las mujeres, se sentía atraído de pronto por una que no sabía quién era.
Marta no se movió siquiera.
- ¡Qué extraña era aquella chica! - pensó para sí.
Siempre a lo suyo, pareciendo importarle un rábano lo que ocurría a su alrededor.
Daba la sensación de permanecer ajena al diálogo sostenido entre Alicia y él.
Al menos, eso era lo que Ricardo pensaba.
- Y dices que no tienes ni idea de quién podrías ser la chica por la que te pregunto.
- No. Pero si tanto interés tienes...no creo que sea muy difícil averiguarlo.
- ¿Cómo? - preguntó ansioso de hallar una pista.
- Puedes buscar un detective privado.
- Preferiría encontrarla de otra forma.
- Pues la verdad, yo creo que sería la mejor solución.
- No sé. Creí que podrías ayudarme. Vine aquí convencido de ello, pero veo que no estás dispuesta.
A Alicia le pareció que se había puesto demasiado cargante. NI que no hubiese más mujeres en el mundo. Los hombres eran así de caprichosos. Tenía que ser precisamente aquélla, que no sabía ni quién era.
Ricardo pensó que ya que estaba allí no iba a perder del todo el tiempo. Tomaría unos apuntes. Seguramente que Marta tenía los últimos que el profesor les había dado en clase. Se dirigió a ella. Era la clásica empollona, enterada de todos los pormenores que a estudios concernían.
- Ahí, en el tercer cajón de la derecha, están las notas que he tomado últimamente. Abrió el cajón, sacó la carpeta.
Se sentó dispuesto a escribir. Abrió la carpeta. Allí había un montón de notas interesantes. En medio de los papeles había visto brillar una cosa, pero no le dio importancia. De pronto tuvo como un presentimiento. Buscó ávidamente. Ante sus ojos apareció...la mejor pista que podía hallar. Un antifaz plateado. Lo reconoció enseguida. Tenía una quemadura en la parte derecha, que le había hecho involuntariamente con un pitillo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo habría ido a parar allí?
No acertaba a explicárselo. Tal vez Alicia...Pero no, eso descartado. Era más superficial que la chica que él había conocido.
Marta no se había enterado.
No le había mirado de frente desde que llegó.
Él se acercó con el antifaz en la mano.
Levantándole la barbilla, la miró fijamente.
- ¿Quién es, Marta? Tienes que decirme de quién se trata. Me estás oyendo toda la tarde haciendo preguntas a tu amiga, y tú, cómplice de la otra, ahí tan callada.
- ¿Qué dices? - se sobresaltó.
Él le mostró el antifaz.
Sintió cómo el rubor enrojecía sus mejillas.
- ¿Dónde...dónde lo has encontrado?
- ¿Qué importa eso ahora?
- No estaba en el tercer cajón.
- Estaba en el segundo. Da igual. Me confundí al abrirlo. En vez de abrir el de la derecha, abrí el de la izquierda, pero eso no tiene ahora interés. Lo único importante es que ya podré encontrarla.
- No tienes derecho a descubrir los secretos de los demás.
- Pero ¿cómo? ¿es qué no vas a decírmelo?
- No puedo.
- No me iré de aquí mientras no me lo digas.
- Será... será inútil.
Estaba roja como la grana.
Él se dio cuenta entonces...
- Eres...tú, Marta.
Bajó la cabeza. No sabía qué responder.
- Sí...- murmuró al fin -. Sí, era ayer, pero hoy no.
- Por qué no me lo has dicho, di, ¿por qué?
- Me habrías evitado el desasosiego de pensar que no te encontraría, la inquietud vivida durante horas.
- ¿Y ahora que me has encontrado?
- No te dejaré escapar. Pero dime, ¿cómo eres en realidad?
- Ante todo quiero que seas tú siempre. Así, como ahora. Tan concentrada para una lección de francés como para quererme a mí.
- ¡Oh! Ricardo...¡qué ciego has estado!
- ¿Desde cuando es esto? dime...
- Creo..., creo que desde siempre.
- Y yo sin enterarme. ¡qué tonto he sido!
- Aún estamos a tiempo. ¿no crees?
- Sí, sí. Lo estamos.
La atrajo hacia sí y la besó como lo había hecho la noche anterior.
- ¡Marta! ¡Marta! Preciosa. No nos separemos más.
Alicia que había presenciado todo sin atreverse a intervenir, los dejó solos y pensó para sí: "¡Qué suerte tiene mi amiga!"
lunes, 20 de agosto de 2012
Gambrinus, rey de la cerveza (Bélgica)
Apuesto mancebo, rubio y sonrosado, Gambrinus era ayudante de un vidriero en la ciudad de Kortrik, en la antigua Flandes. Todas las jóvenes suspiraban al verle. Pero para él sólo existía Margarita, la hija de su patrono. Y como Gambrinus no era vidriero de casta y nunca llegaría a ser maestro, Margarita no podía aceptarle. Desesperado por el desprecio que le profesaba su amada, el muchacho decidió abandonar el taller para siempre. Era muy aficionado a la música y quiso consolarse con ella; se compró una viola y aprendió a tocarla. Pronto se destacó entre todos los músicos de la corte.
Había pasado un año desde su salida de Kortrik, cuando fue invitado por el alcalde de la ciudad para participar en los conciertos de las fiestas del verano. Con la intención de burlarse de un aprendiz de vidriero que pretendía ser músico, todos los habitantes de Kortrik asistieron al concierto. Margarita estaba allí, y esto bastó para que Gambrinus no tocara con acierto ni una sola nota. Desencantado y triste, Gambrinus compró una cuerda y se dirigió al bosque dispuesto a suicidarse.
- El orgullo de una mujer no es motivo de suicidio - dijo una voz-.
Gambrinus descubrió la figura de un anciano muy pequeño.
- No os conozco y me dais un consejo ¿Quién sois?
- Me llaman Ruud.
- ¿Y que deseáis de mí? - dijo Gambrinus mientras deshacía el nudo de la soga y descendía del árbol.
- Vengo del país de los seres pequeños, en las regiones subterráneas de la Tierra. Y deseo ayudaros.
- Extraña es vuestra amabilidad. ¿y a qué queréis ayudarme?
- A olvidar a la dama que os atormenta.
- ¡Algo querréis a cambio!
- Vuestra vida. Dentro de 70 años vendré a buscaros y os llevaré conmigo a los mundos subterráneos.
- ¡De acuerdo! Pero deseo que mi existencia en la Tierra sea feliz.
El anciano hizo un gesto con la mano derecha, y apareció ante Gambrinus una extensión enorme de tierra, con largas filas de varas de abedul sobre las que trepaba una planta con flores amarillas, muy aromáticas. Al fondo se distinguía un edificio enorme de piedra.
- ¿Qué es eso? - preguntó Gambrinus.
- Una plantación de lúpulo. Y aquella casa una fábrica de cerveza. La flor de esa planta curará tu amor. ¡Ven conmigo!
Ruud llevó a Gambrinus a la fábrica de cerveza. La flor de esa planta curará tu amor. ¡Ven conmigo!
Ruud llevó a Gambrinus a la fábrica, y entre cubas y hornillos encendidos, entre toneles y calderas llenos de un extraño líquido amarillo, le dijo:
- Con cebada y lúpulo fabricarás el vino flamenco, que se llamará cerveza. Después de moler la cebada la pondrás a fermentar en estas cubas y luego la pasarás a las calderas para mezclarla con el lúpulo. Después la dejarás envejecer en los toneles.
Tras decir esto, Ruud le dio a probar a Gambrinus el líquido maravilloso. Él dio un sorbo, pero hizo un gesto de desagrado.
- Bebe más - dijo Ruud.
Gambrinus bebió el jarro de un trago y pronto experimentó una agradable sensación de bienestar. Su mente, por primera vez desde que conoció a Margarita, estaba tranquila.
Al día siguiente, Gambrinus regresó a Kortrik y compró una gran extensión de terreno donde plantó lúpulo. Cerca de la plaza del pueblo mandó construir una inmensa fábrica. Como la que le había mostrado Ruud. La gente, al verle, lo tachaba de loco, pero él no hacía caso, muy ocupado en la elaboración del maravilloso líquido. Un domingo de verano colocó en la plaza de Kortrik dos grandes cubas, una con cerveza dorada y otra con cerveza negra. Y cuando la gente salió de la iglesia invitó a todos a beber.
Enseguida los habitantes de Kortrik empezaron a animarse, y comieron y bebieron, al principio con desconfianza, luego con alegría.
Corrió por toda la comarca la noticia de elixir maravilloso. Y la ciudad de Kortrik se hizo famosa. En todo el país se instalaron fábricas, con sus correspondientes cervecerías. Y el vino de cebada se extendió por los Países Bajos, Alemania y Escocia. El rey de los Países Bajos concedió a Gambrinus los títulos de duque de Brabante y conde de Flandes. Pero el que prefería éste era el de rey de la cerveza, que le habían otorgado los habitantes de Kortrik.
Gambrinus nunca volvió a pensar en Margarita. Vivió en paz hasta los 90 años. Entonces, un atardecer de invierno, se presentó ante él un anciano de estatura pequeña llamado Ruud. Gambrinus lo reconoció enseguida y, sin decir nada, abandonó su castillo y partió para siempre al país de los seres pequeños. Allí fue reduciendo su tamaño y continuó viviendo eternamente.
Cuentos flamencos.
Había pasado un año desde su salida de Kortrik, cuando fue invitado por el alcalde de la ciudad para participar en los conciertos de las fiestas del verano. Con la intención de burlarse de un aprendiz de vidriero que pretendía ser músico, todos los habitantes de Kortrik asistieron al concierto. Margarita estaba allí, y esto bastó para que Gambrinus no tocara con acierto ni una sola nota. Desencantado y triste, Gambrinus compró una cuerda y se dirigió al bosque dispuesto a suicidarse.
- El orgullo de una mujer no es motivo de suicidio - dijo una voz-.
Gambrinus descubrió la figura de un anciano muy pequeño.
- No os conozco y me dais un consejo ¿Quién sois?
- Me llaman Ruud.
- ¿Y que deseáis de mí? - dijo Gambrinus mientras deshacía el nudo de la soga y descendía del árbol.
- Vengo del país de los seres pequeños, en las regiones subterráneas de la Tierra. Y deseo ayudaros.
- Extraña es vuestra amabilidad. ¿y a qué queréis ayudarme?
- A olvidar a la dama que os atormenta.
- ¡Algo querréis a cambio!
- Vuestra vida. Dentro de 70 años vendré a buscaros y os llevaré conmigo a los mundos subterráneos.
- ¡De acuerdo! Pero deseo que mi existencia en la Tierra sea feliz.
El anciano hizo un gesto con la mano derecha, y apareció ante Gambrinus una extensión enorme de tierra, con largas filas de varas de abedul sobre las que trepaba una planta con flores amarillas, muy aromáticas. Al fondo se distinguía un edificio enorme de piedra.
- ¿Qué es eso? - preguntó Gambrinus.
- Una plantación de lúpulo. Y aquella casa una fábrica de cerveza. La flor de esa planta curará tu amor. ¡Ven conmigo!
Ruud llevó a Gambrinus a la fábrica de cerveza. La flor de esa planta curará tu amor. ¡Ven conmigo!
Ruud llevó a Gambrinus a la fábrica, y entre cubas y hornillos encendidos, entre toneles y calderas llenos de un extraño líquido amarillo, le dijo:
- Con cebada y lúpulo fabricarás el vino flamenco, que se llamará cerveza. Después de moler la cebada la pondrás a fermentar en estas cubas y luego la pasarás a las calderas para mezclarla con el lúpulo. Después la dejarás envejecer en los toneles.
Tras decir esto, Ruud le dio a probar a Gambrinus el líquido maravilloso. Él dio un sorbo, pero hizo un gesto de desagrado.
- Bebe más - dijo Ruud.
Gambrinus bebió el jarro de un trago y pronto experimentó una agradable sensación de bienestar. Su mente, por primera vez desde que conoció a Margarita, estaba tranquila.
Al día siguiente, Gambrinus regresó a Kortrik y compró una gran extensión de terreno donde plantó lúpulo. Cerca de la plaza del pueblo mandó construir una inmensa fábrica. Como la que le había mostrado Ruud. La gente, al verle, lo tachaba de loco, pero él no hacía caso, muy ocupado en la elaboración del maravilloso líquido. Un domingo de verano colocó en la plaza de Kortrik dos grandes cubas, una con cerveza dorada y otra con cerveza negra. Y cuando la gente salió de la iglesia invitó a todos a beber.
Enseguida los habitantes de Kortrik empezaron a animarse, y comieron y bebieron, al principio con desconfianza, luego con alegría.
Corrió por toda la comarca la noticia de elixir maravilloso. Y la ciudad de Kortrik se hizo famosa. En todo el país se instalaron fábricas, con sus correspondientes cervecerías. Y el vino de cebada se extendió por los Países Bajos, Alemania y Escocia. El rey de los Países Bajos concedió a Gambrinus los títulos de duque de Brabante y conde de Flandes. Pero el que prefería éste era el de rey de la cerveza, que le habían otorgado los habitantes de Kortrik.
Gambrinus nunca volvió a pensar en Margarita. Vivió en paz hasta los 90 años. Entonces, un atardecer de invierno, se presentó ante él un anciano de estatura pequeña llamado Ruud. Gambrinus lo reconoció enseguida y, sin decir nada, abandonó su castillo y partió para siempre al país de los seres pequeños. Allí fue reduciendo su tamaño y continuó viviendo eternamente.
Cuentos flamencos.
El cuñado del demonio (Checoslovaquia)
Hace muchos años vivía en Checoslovaquia un muchacho llamado Pedro. Cuando su padre, un rico labrador, murió, su madrastra se quedó con su herencia y lo echó de casa.
- No quiero verte más. ¡Vete al demonio!
Pedro abandonó su casa y echó a andar. Al llegar a una granja llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - dijo el granjero-.
Volvió a intentarlo en dos granjas más granjas más, llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - le contestaban los granjeros.
Volvió a intentarlo en otra y un hombre vestido con un llamativo traje verde.
- ¡Buenos días nos dé Dios! - dijo Pedro en tono amable.
- ¿Qué te ocurre buen mozo? ¿Te agobia algo?
Pedro le contó que buscaba trabajo y que nadie se lo daba, al contrario, lo mandaban al diablo.
- ¡Seguro que él sería más amable conmigo que esos granjeros!
El hombre sonrió y le preguntó si le daría miedo encontrarse con el demonio.
- ¿Miedo? Después de conocer a mi madrastra ya nada me da miedo.
En ese instante el caballero de verde se volvió de un color oscuro y sus vestidos cambiaron a un rojo púrpura.
- Yo soy el demonio.
Pedro ni se inmutó. El diablo le propuso entrar a su servicio. Tendría que atizar tres enormes calderas en el infierno. Ambos llegaron a un acuerdo, y el muchacho se comprometió a trabajar para él durante siete años. Al cabo de este tiempo Pedro como había servido muy bien al demonio, le pidió su regalo y éste, antes de partir, le entregó una varita mágica.
Cuando desees dinero no tienes más que pedírselo. Pero no olvides que cuando subas a la Tierra la gente te tendrá miedo, pues has tomado el color tostado del infierno y tu pelo y tus uñas están muy largos.
Pedro no se inquietó, pero el diablo le dijo que el color de la piel no se le iría nunca. Podría decir a la gente que era el cuñado del diablo. El muchacho apareció en el mismo bosque donde ambos se habían encontrado. Allí se despidieron y el diablo se ofreció a ayudar a Pedro en lo que necesitara. El muchacho llegó al pueblo más próximo y se paseó por las calles. La gente, al verle, empezaba a gritar:
- ¡El demonio! ¡Ha llegado el demonio!
- ¡No os asustéis! ¡Yo sólo soy el cuñado del demonio! y diciendo esto, ayudado por su varita mágica, les entregaba puñados de dinero. Pedro hizo construir una gran casa y se instaló en el pueblo. Los habitantes del lugar, olvidando su aspecto infernal, iban a visitarle para pedirle dinero. Pedro y su varita mágica fueron pronto famosos por todo el país. Un día, un noble caballero que vivía en los alrededores, se presentó en su casa.
- ¡Buenos días, señor! He oído hablar de vuestros prodigiosos poderes para hacer dinero. Dicen que sois el cuñado del diablo, pero no ha llegado a mis oídos maldad alguna cometida por usted. Todo lo contrario.
- Sin duda - dijo Pedro - estáis interesado en mi dinero. Os daré la cantidad que deseéis, pero tendréis que entregarme a una de vuestras hijas. ¡Me casaré con ella!
El caballero contó a sus tres hijas el encuentro con el extraño muchacho, las dos mayores empezaron a gritar:
- Por dinero quieres entregar a una de tus hijas. Y menos a un hombre tan horrible como el que describes. ¡No! ¡Nunca nos casaremos con él! Pero la más pequeña, Linka, dijo a su padre que estaba dispuesta, al menos a conocer al hombre. Pedro fue presentado a la joven, y ésta, al verlo, casi se desmaya.
- No te preocupes - dijo el muchacho -. Mi aspecto no es muy agradable ahora, pero si tienes paciencia podré hacerte muy feliz.
La joven sonrió con dulzura y aceptó a su pretendiente. Pedro entregó al padre de Linka una gran cantidad de dinero y ambos fijaron la fecha de la boda. Entonces Pedro llamó a su amigo el diablo y le rogó que le ayudara a recuperar el blanquecino color de su piel.
Y así el muchacho, ayudado por el demonio, se presentó el día de la boda limpio, bien vestido y muy atractivo. Linka, su prometida, no dudó un instante y pronunció un rotundo "Sí". Sus dos hermanas mayores, muertas de envidia, espiaban la comitiva desde su alcoba. Entonces se les presentó Lucifer.
Vengo por vosotras para haceros mis esposas. Así, desde ahora, Pedro podrá decir con mucha razón que es el cuñado del demonio.
Antología de leyendas universales.
- No quiero verte más. ¡Vete al demonio!
Pedro abandonó su casa y echó a andar. Al llegar a una granja llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - dijo el granjero-.
Volvió a intentarlo en dos granjas más granjas más, llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - le contestaban los granjeros.
Volvió a intentarlo en otra y un hombre vestido con un llamativo traje verde.
- ¡Buenos días nos dé Dios! - dijo Pedro en tono amable.
- ¿Qué te ocurre buen mozo? ¿Te agobia algo?
Pedro le contó que buscaba trabajo y que nadie se lo daba, al contrario, lo mandaban al diablo.
- ¡Seguro que él sería más amable conmigo que esos granjeros!
El hombre sonrió y le preguntó si le daría miedo encontrarse con el demonio.
- ¿Miedo? Después de conocer a mi madrastra ya nada me da miedo.
En ese instante el caballero de verde se volvió de un color oscuro y sus vestidos cambiaron a un rojo púrpura.
- Yo soy el demonio.
Pedro ni se inmutó. El diablo le propuso entrar a su servicio. Tendría que atizar tres enormes calderas en el infierno. Ambos llegaron a un acuerdo, y el muchacho se comprometió a trabajar para él durante siete años. Al cabo de este tiempo Pedro como había servido muy bien al demonio, le pidió su regalo y éste, antes de partir, le entregó una varita mágica.
Cuando desees dinero no tienes más que pedírselo. Pero no olvides que cuando subas a la Tierra la gente te tendrá miedo, pues has tomado el color tostado del infierno y tu pelo y tus uñas están muy largos.
Pedro no se inquietó, pero el diablo le dijo que el color de la piel no se le iría nunca. Podría decir a la gente que era el cuñado del diablo. El muchacho apareció en el mismo bosque donde ambos se habían encontrado. Allí se despidieron y el diablo se ofreció a ayudar a Pedro en lo que necesitara. El muchacho llegó al pueblo más próximo y se paseó por las calles. La gente, al verle, empezaba a gritar:
- ¡El demonio! ¡Ha llegado el demonio!
- ¡No os asustéis! ¡Yo sólo soy el cuñado del demonio! y diciendo esto, ayudado por su varita mágica, les entregaba puñados de dinero. Pedro hizo construir una gran casa y se instaló en el pueblo. Los habitantes del lugar, olvidando su aspecto infernal, iban a visitarle para pedirle dinero. Pedro y su varita mágica fueron pronto famosos por todo el país. Un día, un noble caballero que vivía en los alrededores, se presentó en su casa.
- ¡Buenos días, señor! He oído hablar de vuestros prodigiosos poderes para hacer dinero. Dicen que sois el cuñado del diablo, pero no ha llegado a mis oídos maldad alguna cometida por usted. Todo lo contrario.
- Sin duda - dijo Pedro - estáis interesado en mi dinero. Os daré la cantidad que deseéis, pero tendréis que entregarme a una de vuestras hijas. ¡Me casaré con ella!
El caballero contó a sus tres hijas el encuentro con el extraño muchacho, las dos mayores empezaron a gritar:
- Por dinero quieres entregar a una de tus hijas. Y menos a un hombre tan horrible como el que describes. ¡No! ¡Nunca nos casaremos con él! Pero la más pequeña, Linka, dijo a su padre que estaba dispuesta, al menos a conocer al hombre. Pedro fue presentado a la joven, y ésta, al verlo, casi se desmaya.
- No te preocupes - dijo el muchacho -. Mi aspecto no es muy agradable ahora, pero si tienes paciencia podré hacerte muy feliz.
La joven sonrió con dulzura y aceptó a su pretendiente. Pedro entregó al padre de Linka una gran cantidad de dinero y ambos fijaron la fecha de la boda. Entonces Pedro llamó a su amigo el diablo y le rogó que le ayudara a recuperar el blanquecino color de su piel.
Y así el muchacho, ayudado por el demonio, se presentó el día de la boda limpio, bien vestido y muy atractivo. Linka, su prometida, no dudó un instante y pronunció un rotundo "Sí". Sus dos hermanas mayores, muertas de envidia, espiaban la comitiva desde su alcoba. Entonces se les presentó Lucifer.
Vengo por vosotras para haceros mis esposas. Así, desde ahora, Pedro podrá decir con mucha razón que es el cuñado del demonio.
Antología de leyendas universales.
viernes, 17 de agosto de 2012
No eras como yo pensaba
Su comida, señor Aguirre.
- ¡Ah! - levantó los ojos del libro -. Ya voy. Le costaba mirarla a la cara. Cuando entró de huésped en aquella casa, ¿qué edad tenía? Trece años - Era delgaducha, escuálida.
- ¿Agua, señor Aguirre?
- Agua, sí. Gracias, Sofía.
Se oyó la voz suave al otro lado del tabique.
- Sofía, no te olvides de poner ensalada para el señor.
- Dile a tu madre que no se moleste por mí, Sofía.
La joven lo miró con sus enormes ojos. Eran azules. ¿Quién iba a decir siete años antes que aquellos ojos sin expresión se convertirían en los ojos más hermosos del mundo? ¿Y aquel cuerpo esmirriado, en una figura esbelta?
- ¿Más sopa, señor?
- No, gracias.
- ¿Toma el café aquí, señor?
- No, Sofía. Me voy al club. Me examino dentro de unos días.
- He puesto una vela a la Virgen, señor Aguirre.
¿No era un sacrilegio que una chica como Sofía pusiera una vela a la Virgen?
Terminó de comer. Sofía recogió el servicio. ¿No era una estupidez que él, opositor a notaría, huésped de aquellas personas desde hacía siete años, se enamorarse de una chica que se iba por las noches y no volvía hasta el amanecer?
Sacudió la cabeza furioso. Pero, aún así, la vio alejarse y no apartó los ojos de aquel cuerpo esbelto.
Oyó la voz del ferroviario murmurando:
- Ya le di la comida a tu madre, Sofía. Ahora puedes descansar. Yo recogeré la cocina. Además eso. Los padres, cómplices de las fechorías de su hija. Sólo tenía veinte años. Que la madre lo ignorara, aún pasaba. Estaba enferma. Pero el padre...
Los fines de semana los pasaba en su casa. Su madre, viuda de un notario, era una dama muy distinguida. Vivía con su hija Virginia, casada con un médico.
Él iba en tren todos los fines de semana.
Aquel día deseaba hablar con su cuñado. Por eso buscó a Diego en la consulta.
- ¡Ah! - exclamó al ver a Carlos -, pasa, cuñado. Ahora mismo dejaba esto. Iremos a tomar una copa al casino.
Carlos no se movió. Diego lo miró con fijeza.
- ¿De qué se trata? ¿Tienes algo que decirme?
- La pensión.
- ¿Qué pasa? ¿Te echan?
- Quisiera dejarla.
Diego se sentó en el brazo de una butaca.
- De eso me hablaste hace cosa de seis meses, pero sigues allí. Nunca me dijiste por qué. Dímelo ahora.
- Me da apuro.
- ¿Apuro de qué?
- Dejarlos. Durante estos años todo ha ido bien. La chica era una niña, estudiaba el bachiller elemental. Después lo dejó.
- ¿Y eso qué? ¿No te atienden?
- Claro , eso sí. Muy bien. Ni en un hotel estaría tan limpio y considerado. Pero...
- ¿Ha crecido la chica?
- Imagínate. Han transcurrido siete años. Cuando empecé, jamás pensé que transcurrieran tantos años estudiando y ahora la preparación de estas dichosas oposiciones. Son muy duras.
- ¿Es por eso? No le darás a tu madre el disgusto de dejarlo todo.
- No, no. De ninguna manera. Seguiré hasta conseguirlo. Tengo esperanzas de que este año...- se alzó de hombros -. Pero...
- Si no es por eso...¿por qué?
- Estoy enamorado de la chica.
- ¡Ah! Eso es más gordo. No te puede casar mientras no termines esas oposiciones.
- Tampoco se trata de eso. La chia hace una vida irregular. La madre, enferma, el padre rodando por las estaciones del ferrocarril. La muchacha sale a las once de la noche y no regresa hasta las tantas de la madrugada.
- ¡Huy, huy! Carlos, eso ya es más peligroso. ¿Nunca la has seguido? ¿No le has dicho que lo sabes?
- He descubierto ayer que el padre no lo ignora.
- ¡Caramba! ¡Valiente gente!
- Cuando llegué, la muchacha, es decir, Sofía, no era así. Tenía trece años, imáginate.
- ¿Y la amas desde entonces?
- Te estás burlando de mi. Claro que no. Empecé a fijarme en ella hace dos o tres meses. Entra en uno...Tiene unos ojos y una boca y un todo...
Diego Hurtado se levantó del brazo del sillón.
- Se te pasará enseguida. Cítala.
- ¿Cómo?
- Eso. Que la cites y vivas con ella una aventura, a espaldas de sus padres.
- Eso es una canallada.
- ¡Qué estupidez! ¿No dices que es de todos? ¿Qué más da tú u otro?
Carlos tenía treinta años. Le dolía en extremo vivir una aventura con la mujer que amaba para casarse con ella. Pero, claro, no había que pensar en eso. Casarse con una muchacha nocturna...Cómo se pondría su madre. Y además de él...Bueno, le repugnaba sólo pensar en ello.
- No es método - dijo -. Tendré que salir de esa casa. Veremos cómo lo digo. La madre está enferma. La chica no debe ser...muy cara, perdona la expresión vulgar. Me parece que pasan apuros.
- Vamos al casino y olvídate de eso. Un consejo: cuando tengas ocasión invítala a salir. Propónle un fin de semana fura. Se te pasará el amor. Te dará asco después. Suele ocurrir así.
- Lo intentaré...
La puerta estaba entreabierta y oía la voz tenue de la enferma. La de Sofía era casi imperceptible.
- Duermes poco, Sofía. ¿Por qué no descansas ahora?
- Tengo que planchar las camisas de Don Carlos.
- Es verdad. Pero déjalo para mañana. Don Carlos tiene muchas que ponerse.
Encima eso. La madre cuidaba de la hija.
¿Pero es que la madre no sabía que la hija lo pasaba bomba por las noches?
Seguro que no. El padre, en cambio, sí. ¿Cómplice el padre del deshonor de su bella hija? Por eso no podía mirarle a la cara.
Casi siempre llegaba a las ocho de la noche, daba las buenas tardes. Él contestaba entre dientes.
El contenido del libro de texto no entraba en su cerebro. La culpa de todo la tenía aquella conversación, de la madre y la hija.
- Come, mamá.
- Si no tengo apetito. Además estoy preocupada por ti. Toda la noche levantada...
Carlos cerró el libro con fiereza. ¿De modo que la madre también lo sabía?
No podía soportar aquello.
Al dejar el cuarto se encontró con Sofía.
- Buenas tardes, señor Aguirre.
¿Y si se decidiese? No. Nunca se atrevería. Además le daba asco.
- ¿Quiere que le prepare un café?
Hasta el cálido acento de su voz le ofendía.
Se puso el abrigo y el sombrero y salió sin responder. Se había vuelto muy descortés. Sobre todo de un tiempo a esta parte. Levantó la mano y limpió las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos. Se ido cuenta de lo mucho que la quería. Era domingo. No sabía qué hacer. Estaba tremendamente inquieto. No tenía otro remedio. Fue en los postres. Cuando ella le sirvió el café.
- ¿tienes plan para esta tarde? - preguntó.
Sofía que sostenía la bandeja, estuvo a punto de soltarla sin darse cuenta.
- Pues...
Él estaba acelerado.
La odiaba y la amaba al mismo tiempo.
- ¿Lo tienes o no lo tienes?
Resultaba grosero.
Sofía lo amaba mucho, de lo contrario, le mandaría a paseo en aquel mismo instante.
- Hasta las siete tengo que atender a mamá.
- ¿Sólo una hora? - preguntó él despechado -. Por que a las ocho vuelves para darle la cena.
- No. Hoy está papá y se la da él.
- Pero a las once regresas - dijo, con manifiesto desprecio -.
Sofía bajó los ojos.
Había rubor en sus mejillas. Temblor en su voz.
- Eso sí.
- A las siete y medite te espero abajo - le gritó pasando delante de ella -.
Sofía se agitó. Sintió el escozor de una lágrima. Era la primera vez que la invitaba, y de qué forma lo hacía. Como si la odiara. ¿Por qué?
- ¿Quién gritaba?
- Pues...
Su madre alargó la mano, prendió los dejos de su hija y se los oprimió con ansiedad.
- No sufras. Tienes que olvidar al señor Aguirre.
- Mamá.
- Lo he notado desde hace tiempo, Sofía, hijita, yo viviré poco tiempo. Después ya no tendrás que salir por las noches.
- ¡Mamá!
- Tu padre trabajará para ti. No pienses en cosas imposibles. Él es rico. Está de pensión en nuestra casa porque lo envió don Anselmo. Antes de casarme fui la criada de don Anselmo, ya sabes. Me conoce bien. Supo que atendería bien al señorito Carlos, ¿Comprendes, verdad?
- Mamá, yo...
- Tienes que hacer un esfuerzo y olvidarlo. Yo comprendo, ¿sabes? Tantos años...Peor hay cosas que no pueden ser. Te das cuenta, ¿no es cierto? Él aprobará un día y se irá. Yo bien quisiera lo mejor para ti, pero...
Si le dijera a su madre que la había citado para salir. No, no se lo diría. Sería un dolor que añadir, y su madre ya tenía tantos...
- A las siete y media voy a salir un rato, mamá. Papá ha pasado la noche trabajando y lo despertaré ahora para que se quede contigo.
- Si, sí, hijita. Distráete. Bien lo necesitas.
Regresó de nuevo a las nueve y media. ¡Dos horas esperando!
Era una crueldad haberla engañado. Sentía un profundo dolor. Le parecía que toda su inmensa dignidad se agolpaba en el pecho.
Pero... ¿qué podía decirle?
Eso pensó.
Regresó a casa y lo vio sentado tranquilamente en la salita mirándola con expresión irónica.
Cruzó el pasillo y fue a su cuarto a desvertirse. No se lo reprocharía. Su actitud sería la misma, pero totalmente silenciosa.
Poco después estaba en la cocina preparando la cena.
Cuando estuvo lista, fue a la salita.
- ¿Le sirvo la comida, señor Aguirre?
Odió su sonrisa sarcástica, era perverso. ¿Se mofaba de ella? ¿Sabía que lo amaba y abusaba de aquella ternura que sentía hacia él?
- Puedes hacerlo. Supongo que a las once te irás.
- Sí, señor - contestó con la mayor tranquilidad.
Era lo que le descomponía, por eso faltó a la cita. Porque la amaba demasiado para humillarla y a la vez admiraba su serenidad y su falsa dignidad. Sofía, ajena a sus pensamientos, le sirvió la comida. Después se evaporó. Fue a llorar a su cuarto.
Él no la vió salir, pero cuando se acostó en la cama apretó la boca contra la almohada. Los odiaba a todos. A los padres por consentirlo. A los hombres por aprovecharse de su belleza, a la noche por albergarla.
Oyó las campanadas del reloj. A las cinco percibió el llavín en la cerradura. Se presentaba a examen al día siguiente y odiaba el aula, los profesores, los compañeros y a sí mismo por pensar en ella. Por fin era notario.
No volvió a casa. Se corrió la gran juerga con los compañeros, que, como él, aprobaron la oposición.
- Vamos a un lugar divertido - le dijo uno -. ¿Qué te parece a una sala de fiestas?
Al día siguiente se despedía de doña Elena. Después de siete años, era hora. Volvería a su pueblo. Se casaría allí. Con una muchacha a quien no amaría como a Sofía, pero que le daría hijos y junto a la cual viviría una vida apacible y digna.
Cuando entró con su pandilla de amigos en la sala de fiestas, uno de ellos le dijo al oído.
- Vamos a dejar los abrigos en el guardarropa. Hay una chica allí impresionante.
- ¿No podemos sacarla a bailar?
El otro se las sabía todas.
- ¡Qué va! Esa es tabú. En una ocasión le ofrecí un abrigo de visón. Me propinó una bofetada que me dejó roja la cara por un mes.
- Vamos.
- ¿Estás seguro de que es tabú?
- Claro - gritó el otro -. Lo sabe todo el mundo. La han pretendido desde un marqués a un estudiante de económicas. Sale sola, pero su padre la espera en la esquina. Y menuda cara tiene el papá.
La vio enseguida. Quedó paralizado.
Ella le miró a su vez. No dijo ni una palabra, pero su expresión triste conmovió a Carlos hasta la fibra más sensible. Aquella muchacha era Sofía.
No dijo ni una palabra. Tampoco dejó el abrigo. Giró en redondo y cuando los amigos le llamaron, gritó como un histérico:
- No entro. Me quedo fuera a esperar a mi novia.
Sofía salió. Levantó el cuello del abrigo y se lanzó a la calle. Allá abajo esperaba el ferroviario.
- Sofía.
Ella se paró en seco.
Carlos se acercó tembloroso.
- He terminado, ¿sabes?
- Ya.
- Quiero casarme contigo. Yo pensé...que te ganabas la vida de otra manera.
Sofía se estremeció.
- No me voy sin ti, Sofía. Yo pensé...
- Ahora sé lo que pensabas - dijo ella bajísimo -. De mí, pensaste tú eso...
- Sí, sí y nunca me arrepentiré lo bastante. Perdóname. ¿Quieres, quieres casarte conmigo?
Sofía volvió a estremecerse, se olvidó de todo, y colgándose literalmente del cuello de Carlos, se besaron apasionadamente.
Poco después, caminaban muy juntos, cogidos del brazo.
- ¡Ah! - levantó los ojos del libro -. Ya voy. Le costaba mirarla a la cara. Cuando entró de huésped en aquella casa, ¿qué edad tenía? Trece años - Era delgaducha, escuálida.
- ¿Agua, señor Aguirre?
- Agua, sí. Gracias, Sofía.
Se oyó la voz suave al otro lado del tabique.
- Sofía, no te olvides de poner ensalada para el señor.
- Dile a tu madre que no se moleste por mí, Sofía.
La joven lo miró con sus enormes ojos. Eran azules. ¿Quién iba a decir siete años antes que aquellos ojos sin expresión se convertirían en los ojos más hermosos del mundo? ¿Y aquel cuerpo esmirriado, en una figura esbelta?
- ¿Más sopa, señor?
- No, gracias.
- ¿Toma el café aquí, señor?
- No, Sofía. Me voy al club. Me examino dentro de unos días.
- He puesto una vela a la Virgen, señor Aguirre.
¿No era un sacrilegio que una chica como Sofía pusiera una vela a la Virgen?
Terminó de comer. Sofía recogió el servicio. ¿No era una estupidez que él, opositor a notaría, huésped de aquellas personas desde hacía siete años, se enamorarse de una chica que se iba por las noches y no volvía hasta el amanecer?
Sacudió la cabeza furioso. Pero, aún así, la vio alejarse y no apartó los ojos de aquel cuerpo esbelto.
Oyó la voz del ferroviario murmurando:
- Ya le di la comida a tu madre, Sofía. Ahora puedes descansar. Yo recogeré la cocina. Además eso. Los padres, cómplices de las fechorías de su hija. Sólo tenía veinte años. Que la madre lo ignorara, aún pasaba. Estaba enferma. Pero el padre...
Los fines de semana los pasaba en su casa. Su madre, viuda de un notario, era una dama muy distinguida. Vivía con su hija Virginia, casada con un médico.
Él iba en tren todos los fines de semana.
Aquel día deseaba hablar con su cuñado. Por eso buscó a Diego en la consulta.
- ¡Ah! - exclamó al ver a Carlos -, pasa, cuñado. Ahora mismo dejaba esto. Iremos a tomar una copa al casino.
Carlos no se movió. Diego lo miró con fijeza.
- ¿De qué se trata? ¿Tienes algo que decirme?
- La pensión.
- ¿Qué pasa? ¿Te echan?
- Quisiera dejarla.
Diego se sentó en el brazo de una butaca.
- De eso me hablaste hace cosa de seis meses, pero sigues allí. Nunca me dijiste por qué. Dímelo ahora.
- Me da apuro.
- ¿Apuro de qué?
- Dejarlos. Durante estos años todo ha ido bien. La chica era una niña, estudiaba el bachiller elemental. Después lo dejó.
- ¿Y eso qué? ¿No te atienden?
- Claro , eso sí. Muy bien. Ni en un hotel estaría tan limpio y considerado. Pero...
- ¿Ha crecido la chica?
- Imagínate. Han transcurrido siete años. Cuando empecé, jamás pensé que transcurrieran tantos años estudiando y ahora la preparación de estas dichosas oposiciones. Son muy duras.
- ¿Es por eso? No le darás a tu madre el disgusto de dejarlo todo.
- No, no. De ninguna manera. Seguiré hasta conseguirlo. Tengo esperanzas de que este año...- se alzó de hombros -. Pero...
- Si no es por eso...¿por qué?
- Estoy enamorado de la chica.
- ¡Ah! Eso es más gordo. No te puede casar mientras no termines esas oposiciones.
- Tampoco se trata de eso. La chia hace una vida irregular. La madre, enferma, el padre rodando por las estaciones del ferrocarril. La muchacha sale a las once de la noche y no regresa hasta las tantas de la madrugada.
- ¡Huy, huy! Carlos, eso ya es más peligroso. ¿Nunca la has seguido? ¿No le has dicho que lo sabes?
- He descubierto ayer que el padre no lo ignora.
- ¡Caramba! ¡Valiente gente!
- Cuando llegué, la muchacha, es decir, Sofía, no era así. Tenía trece años, imáginate.
- ¿Y la amas desde entonces?
- Te estás burlando de mi. Claro que no. Empecé a fijarme en ella hace dos o tres meses. Entra en uno...Tiene unos ojos y una boca y un todo...
Diego Hurtado se levantó del brazo del sillón.
- Se te pasará enseguida. Cítala.
- ¿Cómo?
- Eso. Que la cites y vivas con ella una aventura, a espaldas de sus padres.
- Eso es una canallada.
- ¡Qué estupidez! ¿No dices que es de todos? ¿Qué más da tú u otro?
Carlos tenía treinta años. Le dolía en extremo vivir una aventura con la mujer que amaba para casarse con ella. Pero, claro, no había que pensar en eso. Casarse con una muchacha nocturna...Cómo se pondría su madre. Y además de él...Bueno, le repugnaba sólo pensar en ello.
- No es método - dijo -. Tendré que salir de esa casa. Veremos cómo lo digo. La madre está enferma. La chica no debe ser...muy cara, perdona la expresión vulgar. Me parece que pasan apuros.
- Vamos al casino y olvídate de eso. Un consejo: cuando tengas ocasión invítala a salir. Propónle un fin de semana fura. Se te pasará el amor. Te dará asco después. Suele ocurrir así.
- Lo intentaré...
La puerta estaba entreabierta y oía la voz tenue de la enferma. La de Sofía era casi imperceptible.
- Duermes poco, Sofía. ¿Por qué no descansas ahora?
- Tengo que planchar las camisas de Don Carlos.
- Es verdad. Pero déjalo para mañana. Don Carlos tiene muchas que ponerse.
Encima eso. La madre cuidaba de la hija.
¿Pero es que la madre no sabía que la hija lo pasaba bomba por las noches?
Seguro que no. El padre, en cambio, sí. ¿Cómplice el padre del deshonor de su bella hija? Por eso no podía mirarle a la cara.
Casi siempre llegaba a las ocho de la noche, daba las buenas tardes. Él contestaba entre dientes.
El contenido del libro de texto no entraba en su cerebro. La culpa de todo la tenía aquella conversación, de la madre y la hija.
- Come, mamá.
- Si no tengo apetito. Además estoy preocupada por ti. Toda la noche levantada...
Carlos cerró el libro con fiereza. ¿De modo que la madre también lo sabía?
No podía soportar aquello.
Al dejar el cuarto se encontró con Sofía.
- Buenas tardes, señor Aguirre.
¿Y si se decidiese? No. Nunca se atrevería. Además le daba asco.
- ¿Quiere que le prepare un café?
Hasta el cálido acento de su voz le ofendía.
Se puso el abrigo y el sombrero y salió sin responder. Se había vuelto muy descortés. Sobre todo de un tiempo a esta parte. Levantó la mano y limpió las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos. Se ido cuenta de lo mucho que la quería. Era domingo. No sabía qué hacer. Estaba tremendamente inquieto. No tenía otro remedio. Fue en los postres. Cuando ella le sirvió el café.
- ¿tienes plan para esta tarde? - preguntó.
Sofía que sostenía la bandeja, estuvo a punto de soltarla sin darse cuenta.
- Pues...
Él estaba acelerado.
La odiaba y la amaba al mismo tiempo.
- ¿Lo tienes o no lo tienes?
Resultaba grosero.
Sofía lo amaba mucho, de lo contrario, le mandaría a paseo en aquel mismo instante.
- Hasta las siete tengo que atender a mamá.
- ¿Sólo una hora? - preguntó él despechado -. Por que a las ocho vuelves para darle la cena.
- No. Hoy está papá y se la da él.
- Pero a las once regresas - dijo, con manifiesto desprecio -.
Sofía bajó los ojos.
Había rubor en sus mejillas. Temblor en su voz.
- Eso sí.
- A las siete y medite te espero abajo - le gritó pasando delante de ella -.
Sofía se agitó. Sintió el escozor de una lágrima. Era la primera vez que la invitaba, y de qué forma lo hacía. Como si la odiara. ¿Por qué?
- ¿Quién gritaba?
- Pues...
Su madre alargó la mano, prendió los dejos de su hija y se los oprimió con ansiedad.
- No sufras. Tienes que olvidar al señor Aguirre.
- Mamá.
- Lo he notado desde hace tiempo, Sofía, hijita, yo viviré poco tiempo. Después ya no tendrás que salir por las noches.
- ¡Mamá!
- Tu padre trabajará para ti. No pienses en cosas imposibles. Él es rico. Está de pensión en nuestra casa porque lo envió don Anselmo. Antes de casarme fui la criada de don Anselmo, ya sabes. Me conoce bien. Supo que atendería bien al señorito Carlos, ¿Comprendes, verdad?
- Mamá, yo...
- Tienes que hacer un esfuerzo y olvidarlo. Yo comprendo, ¿sabes? Tantos años...Peor hay cosas que no pueden ser. Te das cuenta, ¿no es cierto? Él aprobará un día y se irá. Yo bien quisiera lo mejor para ti, pero...
Si le dijera a su madre que la había citado para salir. No, no se lo diría. Sería un dolor que añadir, y su madre ya tenía tantos...
- A las siete y media voy a salir un rato, mamá. Papá ha pasado la noche trabajando y lo despertaré ahora para que se quede contigo.
- Si, sí, hijita. Distráete. Bien lo necesitas.
Regresó de nuevo a las nueve y media. ¡Dos horas esperando!
Era una crueldad haberla engañado. Sentía un profundo dolor. Le parecía que toda su inmensa dignidad se agolpaba en el pecho.
Pero... ¿qué podía decirle?
Eso pensó.
Regresó a casa y lo vio sentado tranquilamente en la salita mirándola con expresión irónica.
Cruzó el pasillo y fue a su cuarto a desvertirse. No se lo reprocharía. Su actitud sería la misma, pero totalmente silenciosa.
Poco después estaba en la cocina preparando la cena.
Cuando estuvo lista, fue a la salita.
- ¿Le sirvo la comida, señor Aguirre?
Odió su sonrisa sarcástica, era perverso. ¿Se mofaba de ella? ¿Sabía que lo amaba y abusaba de aquella ternura que sentía hacia él?
- Puedes hacerlo. Supongo que a las once te irás.
- Sí, señor - contestó con la mayor tranquilidad.
Era lo que le descomponía, por eso faltó a la cita. Porque la amaba demasiado para humillarla y a la vez admiraba su serenidad y su falsa dignidad. Sofía, ajena a sus pensamientos, le sirvió la comida. Después se evaporó. Fue a llorar a su cuarto.
Él no la vió salir, pero cuando se acostó en la cama apretó la boca contra la almohada. Los odiaba a todos. A los padres por consentirlo. A los hombres por aprovecharse de su belleza, a la noche por albergarla.
Oyó las campanadas del reloj. A las cinco percibió el llavín en la cerradura. Se presentaba a examen al día siguiente y odiaba el aula, los profesores, los compañeros y a sí mismo por pensar en ella. Por fin era notario.
No volvió a casa. Se corrió la gran juerga con los compañeros, que, como él, aprobaron la oposición.
- Vamos a un lugar divertido - le dijo uno -. ¿Qué te parece a una sala de fiestas?
Al día siguiente se despedía de doña Elena. Después de siete años, era hora. Volvería a su pueblo. Se casaría allí. Con una muchacha a quien no amaría como a Sofía, pero que le daría hijos y junto a la cual viviría una vida apacible y digna.
Cuando entró con su pandilla de amigos en la sala de fiestas, uno de ellos le dijo al oído.
- Vamos a dejar los abrigos en el guardarropa. Hay una chica allí impresionante.
- ¿No podemos sacarla a bailar?
El otro se las sabía todas.
- ¡Qué va! Esa es tabú. En una ocasión le ofrecí un abrigo de visón. Me propinó una bofetada que me dejó roja la cara por un mes.
- Vamos.
- ¿Estás seguro de que es tabú?
- Claro - gritó el otro -. Lo sabe todo el mundo. La han pretendido desde un marqués a un estudiante de económicas. Sale sola, pero su padre la espera en la esquina. Y menuda cara tiene el papá.
La vio enseguida. Quedó paralizado.
Ella le miró a su vez. No dijo ni una palabra, pero su expresión triste conmovió a Carlos hasta la fibra más sensible. Aquella muchacha era Sofía.
No dijo ni una palabra. Tampoco dejó el abrigo. Giró en redondo y cuando los amigos le llamaron, gritó como un histérico:
- No entro. Me quedo fuera a esperar a mi novia.
Sofía salió. Levantó el cuello del abrigo y se lanzó a la calle. Allá abajo esperaba el ferroviario.
- Sofía.
Ella se paró en seco.
Carlos se acercó tembloroso.
- He terminado, ¿sabes?
- Ya.
- Quiero casarme contigo. Yo pensé...que te ganabas la vida de otra manera.
Sofía se estremeció.
- No me voy sin ti, Sofía. Yo pensé...
- Ahora sé lo que pensabas - dijo ella bajísimo -. De mí, pensaste tú eso...
- Sí, sí y nunca me arrepentiré lo bastante. Perdóname. ¿Quieres, quieres casarte conmigo?
Sofía volvió a estremecerse, se olvidó de todo, y colgándose literalmente del cuello de Carlos, se besaron apasionadamente.
Poco después, caminaban muy juntos, cogidos del brazo.
lunes, 13 de agosto de 2012
Los zapatos de hierro (Portugal)
Todos los personajes de esta historia carecen de nombre. Sólo se sabe que fueron reyes de Portugal hace mucho, mucho tiempo, y que tenían una hija.
La joven era de carácter apacible y abierto, y muy hermosa. Como estaba en edad casadera nunca faltaban pretendientes a su alrededor.
La vida en palacio discurría de modo agradable y sin preocupaciones. Sólo una cosa inquietaba a sus padres: la princesa compraba cada mes un número desorbitado de zapatos.
Al principio los reyes le proporcionaban tantos como necesitaba, pero con el tiempo el gasto llegó a tal extremo que las arcas reales amenazaban con agotarse.
Los reyes, desesperados, decidieron encargar a un famoso artesano varios pares de zapatos de hierro. Pero, en poco días, los siete pares de zapatos de hierro aparecieron gastados y rotos.
El monarca, apremiado por la corte, mandó pregonar un decreto: aquel que descubriera cómo la princesa podía gastar desde la medianoche hasta la mañana siguiente un par de zapatos de hierro tendría como recompensa si era hombre, la mano de la joven, si era mujer, un título nobiliario y una suma de dinero que le permitiera vivir con desahogo hasta el fin de sus días.
Un día se presentó en palacio una muchacha muy joven, casi una niña.
- Majestad, al llegar a Lisboa he leído el decreto real y vengo dispuesta a resolver el problema. Necesitaré tan sólo tres días - dijo la joven con firmeza-.
El monarca la observó detenidamente, con curiosidad, le parecía imposible que aquella niña pudiera averiguar qué hacía la princesa con los zapatos. Pero estaba cansado del asunto, y asintió, diciendo antes a la joven que si fracasaba en su intento sería ejecutada, pues así lo imponían las leyes.
Y llegó la primera noche. La princesa, antes de retirarse, quiso conocer al nuevo candidato, y se quedó sorprendida de que fuera una muchacha. Hablaron agradablemente durante un rato, y antes de dormir, la princesa ofreció a la muchacha una bebida caliente.
Enseguida la joven se quedó dormida, y no se despertó hasta muy entrada la mañana. Después del desayuno, la niña fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró con el rey.
- Buenos días jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca -.
- No, majestad. Todavía nada. Dentro de dos noches lo sabré.
- Bien. Recuerda que si fracasas morirás en la hoguera. Transcurrió el día sin acontecimiento alguno y, al llegar la noche, antes de dormir, la princesa ofreció de nuevo a la muchacha una bebida caliente. Y la niña bebió de neuvo y durmió apaciblemente hasta bien entrada la mañana.
Después del desayuno fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró de nuevo con el rey.
- Buenos días, jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca-.
- No, señor. Todavía nada. Mañana lo sabré.
Y el monarca volvió a recordar a la joven que si fracasaba moriría en la hoguera. Y, al llegar la noche, la princesa visitó a la joven en su alcoba, y por tercera vez le ofreció la bebida caliente. Pero esa noche la muchacha hizo que bebía, pero sólo humedeció sus labios. Y ambas se despidieron enseguida con amabilidad.
En cuanto cerró la puerta la princesa, la joven sacó de su atillo un pequeño frasco y bebió de golpe el líquido que contenía. En un instante su tamaño se redujo al de un pulgar, y así pudo colarse por el ojo de la cerradura para adentrarse en los aposentos de la princesa.
Era medianoche y ésta se había puesto los zapatos de hierro y se disponía a salir por una puerta falsa que se había abierto en la pared. Llegó a los jardines de palacio y se subió a un corcel negro que sujetaban dos hombres altos y hermosos. La niña se había colgado entre los encajes del vestido de la princesa, sin que ella pudiera descubrir su presencia. Enseguida llegaron a un castillo erguido sobre las rocas del océano. Al desmontar los jinetes se abrió una enorme puerta, dando paso a un salón inmenso donde se celebraba un gran baile. Seres gigantescos se entregaban a una danza desenfrenada, y la princesa se unió a ellos, moviendo su cuerpo al compás de una música infernal. De pronto apareció un hombre más grande que los demás, horrible y peludo. Se dirigió a la princesa, y cogiéndola de las manos con fuerza comenzó a girar sobre la pista. La niña se agarraba a las faldas de la hija del rey, y como había descubierto que aquel era el hijo de Satanás, se introdujo en el escote de la princesa y pinchó su piel con un alfiler diminuto. Al instante, por arte de magia, aparecieron las dos en los jardines del palacio real. La niña retomó su tamaño original y explicó al rey cómo su hija había sido hechizada por espíritus diabólicos, destrozando su calzado en una danza satánica que se repetía cada noche. Al hacerla desaparecer antes de que el baile terminara, había sido liberada de su maldición.
Cuentos portugueses.
La joven era de carácter apacible y abierto, y muy hermosa. Como estaba en edad casadera nunca faltaban pretendientes a su alrededor.
La vida en palacio discurría de modo agradable y sin preocupaciones. Sólo una cosa inquietaba a sus padres: la princesa compraba cada mes un número desorbitado de zapatos.
Al principio los reyes le proporcionaban tantos como necesitaba, pero con el tiempo el gasto llegó a tal extremo que las arcas reales amenazaban con agotarse.
Los reyes, desesperados, decidieron encargar a un famoso artesano varios pares de zapatos de hierro. Pero, en poco días, los siete pares de zapatos de hierro aparecieron gastados y rotos.
El monarca, apremiado por la corte, mandó pregonar un decreto: aquel que descubriera cómo la princesa podía gastar desde la medianoche hasta la mañana siguiente un par de zapatos de hierro tendría como recompensa si era hombre, la mano de la joven, si era mujer, un título nobiliario y una suma de dinero que le permitiera vivir con desahogo hasta el fin de sus días.
Un día se presentó en palacio una muchacha muy joven, casi una niña.
- Majestad, al llegar a Lisboa he leído el decreto real y vengo dispuesta a resolver el problema. Necesitaré tan sólo tres días - dijo la joven con firmeza-.
El monarca la observó detenidamente, con curiosidad, le parecía imposible que aquella niña pudiera averiguar qué hacía la princesa con los zapatos. Pero estaba cansado del asunto, y asintió, diciendo antes a la joven que si fracasaba en su intento sería ejecutada, pues así lo imponían las leyes.
Y llegó la primera noche. La princesa, antes de retirarse, quiso conocer al nuevo candidato, y se quedó sorprendida de que fuera una muchacha. Hablaron agradablemente durante un rato, y antes de dormir, la princesa ofreció a la muchacha una bebida caliente.
Enseguida la joven se quedó dormida, y no se despertó hasta muy entrada la mañana. Después del desayuno, la niña fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró con el rey.
- Buenos días jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca -.
- No, majestad. Todavía nada. Dentro de dos noches lo sabré.
- Bien. Recuerda que si fracasas morirás en la hoguera. Transcurrió el día sin acontecimiento alguno y, al llegar la noche, antes de dormir, la princesa ofreció de nuevo a la muchacha una bebida caliente. Y la niña bebió de neuvo y durmió apaciblemente hasta bien entrada la mañana.
Después del desayuno fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró de nuevo con el rey.
- Buenos días, jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca-.
- No, señor. Todavía nada. Mañana lo sabré.
Y el monarca volvió a recordar a la joven que si fracasaba moriría en la hoguera. Y, al llegar la noche, la princesa visitó a la joven en su alcoba, y por tercera vez le ofreció la bebida caliente. Pero esa noche la muchacha hizo que bebía, pero sólo humedeció sus labios. Y ambas se despidieron enseguida con amabilidad.
En cuanto cerró la puerta la princesa, la joven sacó de su atillo un pequeño frasco y bebió de golpe el líquido que contenía. En un instante su tamaño se redujo al de un pulgar, y así pudo colarse por el ojo de la cerradura para adentrarse en los aposentos de la princesa.
Era medianoche y ésta se había puesto los zapatos de hierro y se disponía a salir por una puerta falsa que se había abierto en la pared. Llegó a los jardines de palacio y se subió a un corcel negro que sujetaban dos hombres altos y hermosos. La niña se había colgado entre los encajes del vestido de la princesa, sin que ella pudiera descubrir su presencia. Enseguida llegaron a un castillo erguido sobre las rocas del océano. Al desmontar los jinetes se abrió una enorme puerta, dando paso a un salón inmenso donde se celebraba un gran baile. Seres gigantescos se entregaban a una danza desenfrenada, y la princesa se unió a ellos, moviendo su cuerpo al compás de una música infernal. De pronto apareció un hombre más grande que los demás, horrible y peludo. Se dirigió a la princesa, y cogiéndola de las manos con fuerza comenzó a girar sobre la pista. La niña se agarraba a las faldas de la hija del rey, y como había descubierto que aquel era el hijo de Satanás, se introdujo en el escote de la princesa y pinchó su piel con un alfiler diminuto. Al instante, por arte de magia, aparecieron las dos en los jardines del palacio real. La niña retomó su tamaño original y explicó al rey cómo su hija había sido hechizada por espíritus diabólicos, destrozando su calzado en una danza satánica que se repetía cada noche. Al hacerla desaparecer antes de que el baile terminara, había sido liberada de su maldición.
Cuentos portugueses.
viernes, 10 de agosto de 2012
Te elijo a tí
Otra vez el timbre. Sonó muchas veces aquella tarde. Que si un recado de Doris. Que si un paquete de Susan. Siempre fastidiando. May, resignadamente, recogió la plancha y se dirigió hacia la puerta.
- ¡Oh! - exclamó sorprendido -, es usted, Mr. Braxton.
- Me citó Doris aquí.
- Pero no ha llegado aún. ¿Quiere pasar o la espera abajo?
John Braxton dudó un segundo.
Linda muchacha. Sin duda, la sirvienta, pensó:
- Pasaré - dijo -. ¿Le importa que espere? - y a continuación -: ¿hace mucho que está en esta casa?
- Siempre he estado - puntualizó -. Desde los diez años. Estudié en una academia aquí cerca...
"Muy pronto empezó a servir", pensó John algo molesto, pues le fastidiaban las injusticias sociales.
- Puede esperar en la salida - señaló May.
- Gracias.
- Puede tomar algo, si lo desea.
- No, no gracias. ¿Cree que Doris tardará mucho? - y de súbito -: Es la primera vez que vengo a este piso. ¿De qué me conoce usted?
Era lindísima, pese a la ropa vulgar que vestía (falda estrecha de basto paño y un suéter de algodón). Su pelo era rubio cenizo, brillante y sedoso, recogido tras la nuca con una goma negra.
- No lo sé, Mr. Braxton. Nunca se sabe cuándo llega. En cuanto a conocerle a usted, es fácil. Todos en Dretroit, conocen a los Braxton.
- Soy yo solo - rió John -. Mi padre falleció el mes pasado.
- Sí. Lo leí en los periódicos. Además se lo oí decir a Doris. Lo siento, señor. Tengo mucho que hacer. Si quiere un poco de hielo...
- No, gracias. Esperaré diez minutos. Si en ese tiempo no llega Doris, me iré. Sólo vengo a despedirme. Salgo para Chicago esta noche. No pude comunicarme con ella, por eso subí.
- ¿Se va por mucho tiempo?
- Dos semanas.
- ¡Ah! - dijo y salió.
John Braxton quedó impresionado. ¡Vaya con Doris y con Susan! ¡Cómo se rodean de chicas guapas!
Amaba a Doris. Al menos eso creía. Buscaba una mujer a su medida. Tenía mucho dinero y una terrible soledad. Últimamente tenía una idea obsesiva: casarse y formar un hogar.
Escuchó los pasos de Doris que acababa de entrar. "¡Linda chica!", pensó.
- Qué fastidio de día - oyó la voz de Doris. Y después -: ¿A qué fin ese delantal de flores? ¿No tienes otro más en consonancia con tu condición?
- Perdona...
La voz de la criada (qué raro que se tutearan) tenía un deje amargo.
- Te lo he dicho muchas veces. ¿Has planchado mis vestido? Tengo una fiesta esta noche. ¿Me oyes? Estás ahí parada como un pasamarote.
- Es que...
- No me digas nada. No me des una disculpa. ¿Has planchado el de Susan? Si viene y no lo tienes preparado, se pondrá furiosa. Ella no es tan indulgente contigo como yo. Después de lo que hicimos por ti...¿me oyes bien?
- Es que...
Quería decirle que en la salita tenía una visita.
Pero Doris, alzando la voz, gritó:
- Si dentro de cinco minutos no tengo el vestido listo, esta noche duerme en la escalera.
John Braxton frunció el ceño. Siempre pensó que Doris no tenía genio. ¡Era tan modosita! ¡Tan mimosa!
Claro que una mujer sin carácter...
En cuanto a la doncellita, quizá fuese holgazana.
Cabía en lo posible. Pero los modales de Doris, su manera de tratar a la muchacha no encajaban con su modo de pensar.
- ¿Qué esperas ahí? - oyó la voz de Doris nada discreta -. Eres una estúpida. Encima de que te recogimos...No lo hicimos por ti. Fue por tío Jim. Tu padre era de otra manera, pero era hermano del nuestro. Tú no merecías nuestra generosidad.
La voz de la muchacha tenía un matiz suave y tenue.
- Tiene una visita en el salón.
- ¿Qué? - y la voz de Doris casi pareció silbante, con gran disgusto del hombre que la esperaba.
Súbitamente se dirigió a la puerta, y por eso oyó la voz de Doris, queda, pero airada, exclamando:
- ¡Eres una mala persona! Una...
- Se trata de Mr. Braxton - susurró la muchachita.
- ¡Estúpida!
Entró muy nerviosa, susurrando con acento muy distinto al empleado de su prima:
- John, cariño. Si hubiese sabido que me estabas esperando...- se acercó melosa -. Cariño mío...
John la besó en el pelo.
Iba a su casa a participarle su viaje y también a comunicarle su deseo de casarse al regreso. Pero sólo dijo:
- Es que me voy de viaje.
- May debió de llamarme a la tienda. Estuve cerrando yo. Podía haberlo hecho cualquiera de las dependientas. Ya sabes, yo soy la jefa de sección.
- Sí, claro, pero no tuve tiempo de avisar.
- May pudo hacerlo.
- Tu...- titubeó - tu prima...
Doris se agitó un poco. Estaba extrañamente alterada.
- Es tan desaprensiva...Se olvida de todo. No sé si lo hace adrede o por olvido. Estamos peleando con ella desde que falleció mi tío, pero no hay manera de hacerla entrar en razón.
- ¿Ella...no trabaja?
- Claro. En casa y mal. Hemos de tener mucha paciencia.
- ¿Es...prima hermana? No sabía...Bueno, claro. Ya sabes que yo nunca me ocupo de cosas así...
- Es natural.
- ¿Os...- inquirió con suma cautela - os hace...de sirvienta?
- Sí, claro - consultó el reloj -. Bueno, cariño, tengo que irme. Tomo el avión de las nueve quince. Tengo el tiempo justo para ir al aeropuerto.
- ¿Cuándo volverás? - se colgó de su brazo coqueta y melosa.
- No lo sé. Dentro de dos o tres semanas...Ya sabes cómo son los negocios.
La besó de nuevo fugazmente y se dirigió a la puerta seguido de Doris.
- Te voy a echar de menos - y como al descuido ya en el umbral -: tu prima es una cría ¿cuántos años tiene?
- Dieciocho, pero como si tuviera diez.
A él le pareció una chica estupenda.
- Adiós, cariño - susurró él en voz baja.
Volvió a besarla y salió.
Se quedó junto a la puerta mientras se ponía el abrigo y los guantes. Así pudo oír la trifulca que se armó.
- Eres una malvada. ¿No sabes que es casi mi novio?
- Te lo intenté decir - apuntó May suavemente. Pero tú entraste dándome gritos.
- Eres una majadera. He estado a punto de estropearlo todo. ¿No sabes que tengo una fiesta esta noche? Peter me espera, y si John no se declara de una maldita vez, no tengo más remedio que echarle el gancho a Peter.
- Pero...¿no estás enamorada de John? - oyó éste con estupor.
- Bueno, el amor...¿qué es el amor? - oyó gruñir a Doris -. Ya tengo veintisiete años, querida. Justo es que cace al que más pronto se ponga a tiro. Estoy harta de ser dependienta. ¿tienes el vestido listo?
- No pude hacerlo, Doris - oyó John la voz temerosa de May -. Me encargáis demasiadas cosas. Susan me mandó lavarle la ropa interior que tiene en el armario. Tú...coserte los bajos del vestido...
¡¡Paff!!
John se quedó asombrado.
¿Una bofetada de Doris a su prima?
¡Qué sorprendente! Parecía tan modosita.
- Para que aprendas. Hace ocho años que te estoy enseñando y no progresarás jamás.
John se escapó escaleras abajo.
El llanto de May le impresionaba profundamente, tanto como sus ojos color violeta, en cuyas pupilas, allá en el fondo, había como una sombra de melancolía.
Un auto chirrió cerca al frenar casi de golpe.
- May...
Se quedó de piedra, con la cesta de la compra apretada en los dedos.
- ¿No me conoces? ¿Quién no conocía en Detroit a John Braxton?
- Sube, May - suplicó -. Voy en dirección a tu casa. Ya estaba de vuelta.
¿Como es que Doris se lamentaba todos los días de su ausencia? Parecía ser que Peter no se dejaba conquistar y que daba la esperanza del millonario.
- ¿No subes?
Cubría su esbelto cuerpo con una raída gabardina. Calzaba botas altas de goma. La cesta de la compra no era precisamente muy elegante.
- Pero es que... puedo ir a pie, Mr. Braxton.
- Es un placer.
Se encogió en el asiento.
- Doris no sabe que usted ha llegado.
- Háblame de tú - dijo él riendo con una sonrisa fascinadora -. ¿Qué haces, además de trabajar en casa y recibir bofetadas?
Enrojeció.
El auto corría en dirección contraria a la que ella llevaba.
- Tengo que volver a casa y hacer la comida.
- ¿No puedes comer conmigo?
- Le aseguro...
- Lo escuché todo el otro día. Oí también cómo te abofeteaba... ¿Toleras siempre la crueldad de tus primas?
- May...te llamas así, ¿verdad? Bien, pues te invito a comer.
- ¡Oh, no!
- ¿Temes que ellas lo sepan? No debes pasarte la vida como criada de tus primas.
- Soy menor, señor, y ellas son mis tutoras.
- Cásate.
- No puedo, ni tengo... novio.
John se dedicó a observarla durante el poco tiempo que estuvieron juntos. Cuando se despidió de ella, le dijo:
- Como tus dos primas son dependientas y tiene horario fijo nunca sabrán que sales conmigo. Vendré a buscarte a las cuatro en punto y te traeré a las siete. ¿Qué te parece?
- No puedo - casi gimió May, roja como la grana -. Tengo que trabajar.
- Lo sé. Por eso traeré a tu casa a una de mis muchachas de servicio para que te haga lo que tú tendrías que hacer en el tiempo que estás conmigo.
- Salir...no, no.
- Sí.
Fue aquel día, y al otro y al otro, y muchos más.
Doris comentaba por la noche con su hermana:
- Creo que John ha regresado. Al menos estuvo con su novia...
- ¿Novia?
May les servía, temblando de pies a cabeza.
- Sí, sí. No me mires así, Susan. Tiene novia. El muy cerdo...Una novia que nunca retratan los periódicos. Pero estuvo con ella todos estos días jugando al golf. Les han visto a los dos en el club.
- ¿Cómo es ella?
- ¿Y qué sé yo? Joven, por supuesto. ¡Qué gustos!
- ¿y te vas a dejar desbancar así?
- Le voy a llamar ahora mismo. Tienes razón. El me quería. Desde el día que vino a casa, no volví a verle nuevamente.
- ¿Por qué piensas que habrá sido?
- ¡Bah! Le parecería demasiado pobre mi casa.
- ¿Es rica la novia que dices que tiene?
El servicio de té que sostenía May cayó al suelo.
Susan se levantó de un salto y cruzó el rostro de su prima por dos veces.
- Para que aprendas. Y ahora me quitaré el vestido y por la noche quiero verlo como nuevo. ¡Estúpida...!
- Mosquita muera, inútil - apostrofó Doris -. ¿Qué te importa a ti lo que hablamos? Todo por haberla recogido, Susan. ¿Que te parece si la abandonamos?
- No tendríamos una criada mejor, pese a su torpeza. ¿Qué esperas? - May las miraba de modo raro -. ¿Quieres irte de una maldita vez? Trae un cubo y una bayeta. Tienes que fregar el suelo. May desapareció.
Doris fue a hablar por teléfono.
- Cerdo - le dijo luego a su hermana -. ¿Sabes qué me ha dicho? Que se casaba la semana próxima. Así. Con una muchacha encantadora.
- Tendré que pescar a Peter.
- Yo ando, medio, medio con Sam.
May lloraba apretada en sus brazos.
- No me atrevo.
- ¿Eres tonta? ¿No te han echado ellas? Algún día tendrás que dejarlas.
- Pero así...Suponte que... Me da mucho miedo.
- Estando conmigo - la apretaba en sus brazos, acariciándole el pelo, besándola delicadamente en los labios -. Tonta...Verás cómo todo se arregla.
- ¿Qué hora es?
- Las ocho.
- Oh, oh... - tiraba de él -. Llévame a casa. Seguro que una de ellas ya regresó.
- Dile que estás casada. Que soy tu marido, que...
May casi lloraba. Tenía un terror tal, reflejado en el rostro, que John la atrajo hacia sí y le acarició las sienes con ternura.
- Nos hemos casado hoy, May, a las cuatro de la tarde en punto. Nadie sabe nada, excepto tú y yo. Llevamos aquí cuatro horas - susurró atrayéndola de nuevo hacia sí -. Las más hermosas de mi vida, amor mío.
- Oh...qué dirán. Hoy...hoy - temblaba huyendo de sus brazos -, Hoy me pegarán mucho.
John se puso rígido.
- ¿Pegarte? Verás lo hacemos. Ya verás. Escucha... ¿Qué haces? Ponte la ropa que yo te regalé.
- Pero ellas.
- ¿Tanto les temes?
- Tú no sabes...
- Me voy a percatar ahora. Vamos cámbiate de ropa. Jamás te pondrás de nuevo esos andrajos.
- John...amor mío.
- ¿Sabes lo que supone ser la señora Braxton? Todas las casas de moda, joyerías, perfumerías y peleterías a tus pies, May. Y yo...como un reyezuelo vanidoso, dueño tuyo. ¿Entiendes lo que te digo?
Lo sabía, pero...¿cómo decirles a sus primas que nunca más sería su cenicienta, que estaba casada con el hombre que ellas deseaban, que era feliz a su lado.
- Escucha...Ponte muy bonita. Yo te ayudaré. Así...Ahora obedece, amor mío. Se oyó el llavín en la cerradura. Doris lanzó una exclamación de cólera.
- Ahí la tenemos. ¿Sabes qué haré Doris? Le daré la paliza mayor de su vida.
Salió al pasillo. No se fijó en la linda figurina elegantísima que avanzaba por el pasillo. Sólo se fijó en John.
- John, cariño, al fin te veo de nuevo - gritó Doris corriendo hacia él. Susan miraba, pero no a John, sino a May.
- Pero...¿qué haces tú vestida así? Mira, Doris...
May temblaba.
Doris dejó de mirar a John para fijar los ojos en su prima. fue hacia ella y la cogió de un brazo.
- ¿Quién te ha dado esta ropa?
- Es que May se ha casado hoy. Ha interrumpido su luna de miel para venir a saludaros - dijo John.
-¿Qué?
John ya estaba junto a May. Esta se pegó a su costado. Las dos hermanas parecían estatuas.
- ¿Casada May? ¿Con quién, John?
- Conmigo - dijo feliz.
- Eres una...
John la retuvo contra sí.
- Lo siento, Susan. Sólo hemos venido a deciros eso. Nos marchamos de viaje esta misma noche.
- ¡Dios santo! - exclamaron a dúo.
- Tendréis que buscar otra criada - dijo John riendo -. Esta es la señora de mi casa - y después con ternura -: Vamos May, amor mío...
- ¡Oh! - exclamó sorprendido -, es usted, Mr. Braxton.
- Me citó Doris aquí.
- Pero no ha llegado aún. ¿Quiere pasar o la espera abajo?
John Braxton dudó un segundo.
Linda muchacha. Sin duda, la sirvienta, pensó:
- Pasaré - dijo -. ¿Le importa que espere? - y a continuación -: ¿hace mucho que está en esta casa?
- Siempre he estado - puntualizó -. Desde los diez años. Estudié en una academia aquí cerca...
"Muy pronto empezó a servir", pensó John algo molesto, pues le fastidiaban las injusticias sociales.
- Puede esperar en la salida - señaló May.
- Gracias.
- Puede tomar algo, si lo desea.
- No, no gracias. ¿Cree que Doris tardará mucho? - y de súbito -: Es la primera vez que vengo a este piso. ¿De qué me conoce usted?
Era lindísima, pese a la ropa vulgar que vestía (falda estrecha de basto paño y un suéter de algodón). Su pelo era rubio cenizo, brillante y sedoso, recogido tras la nuca con una goma negra.
- No lo sé, Mr. Braxton. Nunca se sabe cuándo llega. En cuanto a conocerle a usted, es fácil. Todos en Dretroit, conocen a los Braxton.
- Soy yo solo - rió John -. Mi padre falleció el mes pasado.
- Sí. Lo leí en los periódicos. Además se lo oí decir a Doris. Lo siento, señor. Tengo mucho que hacer. Si quiere un poco de hielo...
- No, gracias. Esperaré diez minutos. Si en ese tiempo no llega Doris, me iré. Sólo vengo a despedirme. Salgo para Chicago esta noche. No pude comunicarme con ella, por eso subí.
- ¿Se va por mucho tiempo?
- Dos semanas.
- ¡Ah! - dijo y salió.
John Braxton quedó impresionado. ¡Vaya con Doris y con Susan! ¡Cómo se rodean de chicas guapas!
Amaba a Doris. Al menos eso creía. Buscaba una mujer a su medida. Tenía mucho dinero y una terrible soledad. Últimamente tenía una idea obsesiva: casarse y formar un hogar.
Escuchó los pasos de Doris que acababa de entrar. "¡Linda chica!", pensó.
- Qué fastidio de día - oyó la voz de Doris. Y después -: ¿A qué fin ese delantal de flores? ¿No tienes otro más en consonancia con tu condición?
- Perdona...
La voz de la criada (qué raro que se tutearan) tenía un deje amargo.
- Te lo he dicho muchas veces. ¿Has planchado mis vestido? Tengo una fiesta esta noche. ¿Me oyes? Estás ahí parada como un pasamarote.
- Es que...
- No me digas nada. No me des una disculpa. ¿Has planchado el de Susan? Si viene y no lo tienes preparado, se pondrá furiosa. Ella no es tan indulgente contigo como yo. Después de lo que hicimos por ti...¿me oyes bien?
- Es que...
Quería decirle que en la salita tenía una visita.
Pero Doris, alzando la voz, gritó:
- Si dentro de cinco minutos no tengo el vestido listo, esta noche duerme en la escalera.
John Braxton frunció el ceño. Siempre pensó que Doris no tenía genio. ¡Era tan modosita! ¡Tan mimosa!
Claro que una mujer sin carácter...
En cuanto a la doncellita, quizá fuese holgazana.
Cabía en lo posible. Pero los modales de Doris, su manera de tratar a la muchacha no encajaban con su modo de pensar.
- ¿Qué esperas ahí? - oyó la voz de Doris nada discreta -. Eres una estúpida. Encima de que te recogimos...No lo hicimos por ti. Fue por tío Jim. Tu padre era de otra manera, pero era hermano del nuestro. Tú no merecías nuestra generosidad.
La voz de la muchacha tenía un matiz suave y tenue.
- Tiene una visita en el salón.
- ¿Qué? - y la voz de Doris casi pareció silbante, con gran disgusto del hombre que la esperaba.
Súbitamente se dirigió a la puerta, y por eso oyó la voz de Doris, queda, pero airada, exclamando:
- ¡Eres una mala persona! Una...
- Se trata de Mr. Braxton - susurró la muchachita.
- ¡Estúpida!
Entró muy nerviosa, susurrando con acento muy distinto al empleado de su prima:
- John, cariño. Si hubiese sabido que me estabas esperando...- se acercó melosa -. Cariño mío...
John la besó en el pelo.
Iba a su casa a participarle su viaje y también a comunicarle su deseo de casarse al regreso. Pero sólo dijo:
- Es que me voy de viaje.
- May debió de llamarme a la tienda. Estuve cerrando yo. Podía haberlo hecho cualquiera de las dependientas. Ya sabes, yo soy la jefa de sección.
- Sí, claro, pero no tuve tiempo de avisar.
- May pudo hacerlo.
- Tu...- titubeó - tu prima...
Doris se agitó un poco. Estaba extrañamente alterada.
- Es tan desaprensiva...Se olvida de todo. No sé si lo hace adrede o por olvido. Estamos peleando con ella desde que falleció mi tío, pero no hay manera de hacerla entrar en razón.
- ¿Ella...no trabaja?
- Claro. En casa y mal. Hemos de tener mucha paciencia.
- ¿Es...prima hermana? No sabía...Bueno, claro. Ya sabes que yo nunca me ocupo de cosas así...
- Es natural.
- ¿Os...- inquirió con suma cautela - os hace...de sirvienta?
- Sí, claro - consultó el reloj -. Bueno, cariño, tengo que irme. Tomo el avión de las nueve quince. Tengo el tiempo justo para ir al aeropuerto.
- ¿Cuándo volverás? - se colgó de su brazo coqueta y melosa.
- No lo sé. Dentro de dos o tres semanas...Ya sabes cómo son los negocios.
La besó de nuevo fugazmente y se dirigió a la puerta seguido de Doris.
- Te voy a echar de menos - y como al descuido ya en el umbral -: tu prima es una cría ¿cuántos años tiene?
- Dieciocho, pero como si tuviera diez.
A él le pareció una chica estupenda.
- Adiós, cariño - susurró él en voz baja.
Volvió a besarla y salió.
Se quedó junto a la puerta mientras se ponía el abrigo y los guantes. Así pudo oír la trifulca que se armó.
- Eres una malvada. ¿No sabes que es casi mi novio?
- Te lo intenté decir - apuntó May suavemente. Pero tú entraste dándome gritos.
- Eres una majadera. He estado a punto de estropearlo todo. ¿No sabes que tengo una fiesta esta noche? Peter me espera, y si John no se declara de una maldita vez, no tengo más remedio que echarle el gancho a Peter.
- Pero...¿no estás enamorada de John? - oyó éste con estupor.
- Bueno, el amor...¿qué es el amor? - oyó gruñir a Doris -. Ya tengo veintisiete años, querida. Justo es que cace al que más pronto se ponga a tiro. Estoy harta de ser dependienta. ¿tienes el vestido listo?
- No pude hacerlo, Doris - oyó John la voz temerosa de May -. Me encargáis demasiadas cosas. Susan me mandó lavarle la ropa interior que tiene en el armario. Tú...coserte los bajos del vestido...
¡¡Paff!!
John se quedó asombrado.
¿Una bofetada de Doris a su prima?
¡Qué sorprendente! Parecía tan modosita.
- Para que aprendas. Hace ocho años que te estoy enseñando y no progresarás jamás.
John se escapó escaleras abajo.
El llanto de May le impresionaba profundamente, tanto como sus ojos color violeta, en cuyas pupilas, allá en el fondo, había como una sombra de melancolía.
Un auto chirrió cerca al frenar casi de golpe.
- May...
Se quedó de piedra, con la cesta de la compra apretada en los dedos.
- ¿No me conoces? ¿Quién no conocía en Detroit a John Braxton?
- Sube, May - suplicó -. Voy en dirección a tu casa. Ya estaba de vuelta.
¿Como es que Doris se lamentaba todos los días de su ausencia? Parecía ser que Peter no se dejaba conquistar y que daba la esperanza del millonario.
- ¿No subes?
Cubría su esbelto cuerpo con una raída gabardina. Calzaba botas altas de goma. La cesta de la compra no era precisamente muy elegante.
- Pero es que... puedo ir a pie, Mr. Braxton.
- Es un placer.
Se encogió en el asiento.
- Doris no sabe que usted ha llegado.
- Háblame de tú - dijo él riendo con una sonrisa fascinadora -. ¿Qué haces, además de trabajar en casa y recibir bofetadas?
Enrojeció.
El auto corría en dirección contraria a la que ella llevaba.
- Tengo que volver a casa y hacer la comida.
- ¿No puedes comer conmigo?
- Le aseguro...
- Lo escuché todo el otro día. Oí también cómo te abofeteaba... ¿Toleras siempre la crueldad de tus primas?
- May...te llamas así, ¿verdad? Bien, pues te invito a comer.
- ¡Oh, no!
- ¿Temes que ellas lo sepan? No debes pasarte la vida como criada de tus primas.
- Soy menor, señor, y ellas son mis tutoras.
- Cásate.
- No puedo, ni tengo... novio.
John se dedicó a observarla durante el poco tiempo que estuvieron juntos. Cuando se despidió de ella, le dijo:
- Como tus dos primas son dependientas y tiene horario fijo nunca sabrán que sales conmigo. Vendré a buscarte a las cuatro en punto y te traeré a las siete. ¿Qué te parece?
- No puedo - casi gimió May, roja como la grana -. Tengo que trabajar.
- Lo sé. Por eso traeré a tu casa a una de mis muchachas de servicio para que te haga lo que tú tendrías que hacer en el tiempo que estás conmigo.
- Salir...no, no.
- Sí.
Fue aquel día, y al otro y al otro, y muchos más.
Doris comentaba por la noche con su hermana:
- Creo que John ha regresado. Al menos estuvo con su novia...
- ¿Novia?
May les servía, temblando de pies a cabeza.
- Sí, sí. No me mires así, Susan. Tiene novia. El muy cerdo...Una novia que nunca retratan los periódicos. Pero estuvo con ella todos estos días jugando al golf. Les han visto a los dos en el club.
- ¿Cómo es ella?
- ¿Y qué sé yo? Joven, por supuesto. ¡Qué gustos!
- ¿y te vas a dejar desbancar así?
- Le voy a llamar ahora mismo. Tienes razón. El me quería. Desde el día que vino a casa, no volví a verle nuevamente.
- ¿Por qué piensas que habrá sido?
- ¡Bah! Le parecería demasiado pobre mi casa.
- ¿Es rica la novia que dices que tiene?
El servicio de té que sostenía May cayó al suelo.
Susan se levantó de un salto y cruzó el rostro de su prima por dos veces.
- Para que aprendas. Y ahora me quitaré el vestido y por la noche quiero verlo como nuevo. ¡Estúpida...!
- Mosquita muera, inútil - apostrofó Doris -. ¿Qué te importa a ti lo que hablamos? Todo por haberla recogido, Susan. ¿Que te parece si la abandonamos?
- No tendríamos una criada mejor, pese a su torpeza. ¿Qué esperas? - May las miraba de modo raro -. ¿Quieres irte de una maldita vez? Trae un cubo y una bayeta. Tienes que fregar el suelo. May desapareció.
Doris fue a hablar por teléfono.
- Cerdo - le dijo luego a su hermana -. ¿Sabes qué me ha dicho? Que se casaba la semana próxima. Así. Con una muchacha encantadora.
- Tendré que pescar a Peter.
- Yo ando, medio, medio con Sam.
May lloraba apretada en sus brazos.
- No me atrevo.
- ¿Eres tonta? ¿No te han echado ellas? Algún día tendrás que dejarlas.
- Pero así...Suponte que... Me da mucho miedo.
- Estando conmigo - la apretaba en sus brazos, acariciándole el pelo, besándola delicadamente en los labios -. Tonta...Verás cómo todo se arregla.
- ¿Qué hora es?
- Las ocho.
- Oh, oh... - tiraba de él -. Llévame a casa. Seguro que una de ellas ya regresó.
- Dile que estás casada. Que soy tu marido, que...
May casi lloraba. Tenía un terror tal, reflejado en el rostro, que John la atrajo hacia sí y le acarició las sienes con ternura.
- Nos hemos casado hoy, May, a las cuatro de la tarde en punto. Nadie sabe nada, excepto tú y yo. Llevamos aquí cuatro horas - susurró atrayéndola de nuevo hacia sí -. Las más hermosas de mi vida, amor mío.
- Oh...qué dirán. Hoy...hoy - temblaba huyendo de sus brazos -, Hoy me pegarán mucho.
John se puso rígido.
- ¿Pegarte? Verás lo hacemos. Ya verás. Escucha... ¿Qué haces? Ponte la ropa que yo te regalé.
- Pero ellas.
- ¿Tanto les temes?
- Tú no sabes...
- Me voy a percatar ahora. Vamos cámbiate de ropa. Jamás te pondrás de nuevo esos andrajos.
- John...amor mío.
- ¿Sabes lo que supone ser la señora Braxton? Todas las casas de moda, joyerías, perfumerías y peleterías a tus pies, May. Y yo...como un reyezuelo vanidoso, dueño tuyo. ¿Entiendes lo que te digo?
Lo sabía, pero...¿cómo decirles a sus primas que nunca más sería su cenicienta, que estaba casada con el hombre que ellas deseaban, que era feliz a su lado.
- Escucha...Ponte muy bonita. Yo te ayudaré. Así...Ahora obedece, amor mío. Se oyó el llavín en la cerradura. Doris lanzó una exclamación de cólera.
- Ahí la tenemos. ¿Sabes qué haré Doris? Le daré la paliza mayor de su vida.
Salió al pasillo. No se fijó en la linda figurina elegantísima que avanzaba por el pasillo. Sólo se fijó en John.
- John, cariño, al fin te veo de nuevo - gritó Doris corriendo hacia él. Susan miraba, pero no a John, sino a May.
- Pero...¿qué haces tú vestida así? Mira, Doris...
May temblaba.
Doris dejó de mirar a John para fijar los ojos en su prima. fue hacia ella y la cogió de un brazo.
- ¿Quién te ha dado esta ropa?
- Es que May se ha casado hoy. Ha interrumpido su luna de miel para venir a saludaros - dijo John.
-¿Qué?
John ya estaba junto a May. Esta se pegó a su costado. Las dos hermanas parecían estatuas.
- ¿Casada May? ¿Con quién, John?
- Conmigo - dijo feliz.
- Eres una...
John la retuvo contra sí.
- Lo siento, Susan. Sólo hemos venido a deciros eso. Nos marchamos de viaje esta misma noche.
- ¡Dios santo! - exclamaron a dúo.
- Tendréis que buscar otra criada - dijo John riendo -. Esta es la señora de mi casa - y después con ternura -: Vamos May, amor mío...
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