Lorne Talboll miraba a su abogado con expresión casi enloquecida.
- Y dices que yo, a mis veintitrés años y ocupado como estoy en diseñar y fabricar barcas de recreo, ahora, de repente, soy tutor de una criatura...Tú estás loco, Fred.
- Un minuto de clama y te explico el asunto, Lorne. Tú tendrás, como dices, veintitrés años, pero posees un temperamento maduro y un carácter firme. De modo que en pocas palabras te pongo al corriente del asunto. Tu padre y el padre de tu pupila fueron socios. Lo sabes perfectamente. Al quedar huérfana Zoya Lugall tu padre fue su tutor hasta ahora, que falleció él. Lógicamente, su patrimonio pasa a ambos y, además, a ti te queda la tutela de Zoya, a la que aún le flatan tres meses para ser mayor de edad y emancipase. Pero, entre tanto, yo tengo el deber de decirte que eres el tutor legal de Zoya. Ella desea volver a Cardiff, por tanto no tendrás más remedio de atravesar el canal de Bristol e ir a Weston a buscarla.
- ¿Y por qué no viene ella?
- Por qué está en un colegio. Allí la dejó tu padre y allí vive desde los cinco años, cuando perdió al suyo, y sí tú eres tan honesto como él, y creo que lo eres, lo mejor que puedes hacer es cumplir hasta el final el testamento de tu padre.
- ¿Y qué sé yo de crías, Fred?
- Como si tú fuera viejo. Tienes veintitrés años, Lorne, y te has pasado la vida diseñando barcas de recreo, y el negocio, hoy por hoy, es de los dos, porque lo habéis heredado de tu padre. Ya sé que es chocante la situación, pero...yo no puedo mejorarla ni cambiarla. Soy tu abogado y tu amigo y por eso mi padre me envió para decírtelo. Dice, y tiene razón, que se entienden mejor dos chicos jóvenes, que un viejo y un joven. Mañana te esperan en el pensionado y Zoya estará lista para salir.
Zoya Lugall se hallaba muy nerviosa. Así que cuando la celadora le pasó el aviso de que su tutor la estaba esperando, se puso más nerviosa aún, pero cargó con su maleta, su bolso y sujetó la mochila al hombro.
Adiós encierro, adiós amigas, adiós años de convivencia en el pensionado. La vida, a fin de cuentas, era estupenda. Ella tenía cerca de los dieciocho años y le encantaba viajar. Pensaba estudiar ingeniería naval para poder llevar el negocio que su padre, en sociedad, le había dejado con su actual tutor que suponía sería un viejo cascarrabias insoportable.
Ya la esperan - decía la celadora.
Ella se había despedido de sus profesoras y amigas el día anterior y como era muy temprano no veía a nadie por los pasillos.
Era una preciosidad de chica. Ojos verdes enormes, esbelta y, además, como ya salía y no necesitaba el uniforme para nada, vestía pantalones vaqueros ajustados y un polo rojo. Calzaba mocasines bajos y aun así era la esbeltez en persona.
Lorne al verla quedó boquiabierto.
- Hola - saludó -, ¿quién eres tú? ¿El chófer de míster Talboll, mi tutor?
Lorne no se atrevía a decir quien era, pero tenía que hacerlo y, además, ya había presentado su documentación en conserjería.
- Soy tu tutor.
Zoya se quedó plantada ante él.
- ¿tú? ¿De qué vas, tío? Mi tutor es un señor mayor, que fue amigo de mi padre.
- Te lo contaré de camino. Hemos de tomar el barco para atravesar el canal de Bristol y volver a Cardiff. Tengo mucho que hacer allí y no puedo perder el tiempo. Y pese a la emoción que le causaba ver a su pupila, la asió por un codo y se hacía cargo de su equipaje.
- Vamos... - decía -. No quiero tener que esperar el barco siguiente.
Zoya se pasó el corto viaje en cubierta tocando la guitarra y mirando fijamente a su tutor. Tenía gracia. Una inmensa gracia que su tutor fuese joven, apuesto y asombrosamente interesante. Parecía mayor, pero él le había dicho que tenía veintitrés años, que había terminado la carrera de ingeniero naval y que atendía el negocio con toda honestidad. A ella el negocio le importaba un rábano. Lo que deseaba era estudiar, pero aquel verano pensaba viajar a sus anchas, nada más cumplir la mayoría de edad y perdiera su joven tutor toda la autoridad sobre ella.
Le veía pensativo, recostado en cubierta, moreno, de pelo negro y ojos rabiosamente azules. Tostado de piel, alto y musculoso. El príncipe azul... ¡Ji! Y, además, era su tutor y socio. ¿No causaba eso un poco de risa?
Desembarcaron al anochecer y se fueron en un deportivo propiedad de Lorne a una preciosa mansión no lejos de los astilleros.
- Tú dirás dónde quieres vivir, si aquí o en un hotel...
- ¿No tengo casa propia?
- Esta es tuya por la mitad. Nuestros padres además de socios y amigos, vivían juntos...
- Pues me quedo en tu casa, cuya mitad dices que es mía, si a ti no te importa.
- Eso es cosa tuya.
Zoya pensó que pese a sus casi dieciocho años y a los veintitrés de su "tutor", ella era más lanzada que él, y que Lorne incluso se ruborizaba.
La vida en común y pese al servicio, no era muy llevadera, porque Zoya andaba todo el día por los astilleros y Lorne sudaba la gota gorda, ya que le gustaba una barbaridad. Zoya tan pronto se vestía de lujo como andaba en pantalones cortos y descalza saltando de un lugar a otro. Y en casa, Lorne procuraba no mirarla y hasta no coincidir con ella, pues cada día se sentía más turbado y más nervioso por la belleza física y moral de su pupila.
Eran dos adultos sin edad, pero adultos al máximo. Zoya no dijo jamás que le gustaría viajar y cuando cumplió la mayoría de edad y Lorne ya sufría pensando que se iría de casa, ella el sorprendió con una noticia.
- Voy a estudiar ingeniería naval. En primaria siempre tuvo notas brillantes y me gusta esto del diseño de barcas de recreo. Además me encanta vivir contigo. Lorne quedó tan ruborizado como el primer día que la vio y se quedó callado asintiendo.
Aquel año la relación entre ambos fue especial, peculiar. A veces muy amistosa, otras lejana. Ninguno sabía quién escapaba del otro. Pero Zoya ingresó en la escuela y se pasaba las horas libres estudiando o tocando la guitarra. Un día vino acompañada de un joven y Lorne se sulfuró por primera vez.
- O sea, a tu edad y con acompañantes masculinos...
Zoya se le quedó mirando desconcertada.
- Tengo la edad para decidir lo que me dé la gana. Ya no eres mi tutor, aunque sigas siendo mi socio.
- Pero...
- ¿Celos?
- ¿Celos, yo?
- ¿Y qué es eso tan airado que leo en tus desconcertantes ojos azules?
- Zoya - se aplanó - es que...
- No me lo digas... Ya me lo dirás cuando proceda.
- ¿Y cuándo va a proceder?
- No lo sé. Pero si sé que ese chico que me acompañaba sólo me ha traído en su auto, pero nada más. Absolutamente nada más.
Cinco años de penuria, de ansiedad, de represiones, de ser el lazarillo de Zoya. Se había empeñado en ser ingeniero naval e iba camino de conseguirlo y lo consiguió al cabo de los seis años. Ya tenía veinticuatro y era más madura que una adulta de cuarenta.
Lorne tenía veintinueve años y cada día sufría un poco más, pero no se atrevía a causar la risa de Zoya, tan sarcástica siempre, diciéndole que la amaba, que estaba loco por ella y que llevaba seis años sufriendo.
Zoya, por su parte, se dio cuenta, al fina de la carrera que terminó con brillantez, que lo de viajar se le había pasado y que convivir con un tipo tan guapo y tímido le causaba excitación.
"Si él no me lo dice ahora que vamos a trabajar juntos en el negocio que es de los dos, tendré que decirlo yo", pensaba cada día, pero nunca encontraba el momento. Y aquel llegó inesperadamente. Fue en la noche. Sonó el teléfono y Zoya levantó el auricular. Era la voz de una mujer que parecía joven por el arpegio de su inflexión.
- ¿Está Lorne Talboll?
- ¿De parte de quién?
- De Mildred.
Zoya tuvo ganas de morder el auricular, pero se contuvo y dijo:
- Es para ti. Una tal Mildred.
- Ah sí, dame.
Y de mala gana Zoya le entregó el auricular.
Apreció que la voz de Lorne se convertía en suave y cálida y cuando colgó observó que había quedado citado con ella para aquella noche. Pues no... La cosa iba a salirle mal a Mildred.
Antes de que Lorne dijera que iba a salir, ella, melosamente, como una gatita, siseó:
- No sabes lo que daría por comer hoy fuera, contigo, y después ir a bailar y si te apetece dar un paseo en auto a la luz de la luna.
- Pero...
- Tengo esa ilusión. ¿Qué dices tú?
- Pues...
- ¿Me visto?
Y Lorne no se atrevió a decirle que ya tenía un compromiso porque, realmente, lo único que a él le interesaba era su ex pupila y socia. Entre tanto, ella corría a vestirse, Lorne llamó por teléfono a Mildred y se disculpó. Mildred se enojó muchísimo, pero eso a Lorne le tenía sin cuidado porque iba a salir con el amor que estuvo ocultando por consideración, miedo y timidez durante seis años...
Zoya estaba preciosa con su traje de noche negro que la hacía mayor. Su cara de niña pícara, su aspecto gatuno y sensual y su belleza. Porque era bella y exótica a rabiar. Se fueron juntos en el auto de Lorne y aquel iba como un flan tembloroso y emocionado. Comieron y después se fueron bailar muy apretados.
De madrugada salían hacia su residencia, pero de repente Zoya dijo con su voz cálida que enervaba a Lorne.
- Y si pasamos la noche en un hotel...
- ¿Qué dices?
- No sé, pero estoy diciendo lo que estás oyendo.
- Zoya...
- ¿Qué sucede? No me digas que esa chica que te ha llamado hoy es tu amor...
- Oh no, pero...
Zoya, sin perder la tranquilidad extrajo del bolso un documento.
- ¿Tienes otro igual, Lorne?
- Es... - se atragantaba Lorne - una licencia de matrimonio.
- Pues sí.
- Pero tú...
- ¿Y tú?
- Yo...yo... - y sin terminar, titubeante, introducía la mano en el bolsillo interior de la americana y extraía otro documento parecido -. Es que pensaba...es que sentía... es que...
- Que lo sabemos los dos, Lorne. ¿Por qué no eres despierto y sincero de una vez? Tú por tu lado, y yo por el mío, hemos adquirido dos licencias. Pues a casarnos.
Lorne detuvo el auto y la miró fijamente parpadeando.
- ¿Tú me amas?
- ¿Es que eres tonto? Mi ilusión era viajar y, en cambio, me quedé seis años estudiando para ser igual que tú, estar contigo y supervisarlo todo juntos. ¿Cómo es el amor, Lorne?
- ¿No...lo has vivido nunca?
- Jamás.
- Pues vamos a casarnos y después verás...
Y Lorne pedía su timidez, su cautela, su freno.
En el hotel, ya casados, decía Zoya sabiendo ya cómo era el amor y qué sentía al vivirlo:
- Y haber perdido seis años, Lorne...No lo concibo en mí.
- Pero nos estamos resarciendo, y lo que nos falta ¡Lo que nos falta!
viernes, 8 de junio de 2012
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