Wally lo sabía, como sabía casi todo lo relacionado con el profesor de historia. Ella ocupaba el aula de literatura y de un año para acá que fue destinada a aquel colegio público mixto, sabía, con esa intuición de mujer que casi nunca falla, que Leroy Brown la amaba...
Observaba sus miradas furtivas, sus invitaciones en la cafetería del colegio, sus salidas retardadas como si la estuviera esperando.
Wally Hyde estaba divorciada y su matrimonio sin hijos, afortunadamente sin ellos, duró un año escaso. Después cada cual se fue por su lado y, sin odios, se dijeron adiós. Sabía también que Leroy era soltero y contaba tres años más que ella, pero quizá le faltaba la experiencia que a ella le sobraba.
Liverpool era muy grande, pero quiso el destino, la casualidad o lo que fuera, que aparte del colegio un día se toparan a la entrada de la casa de apartamentos.
Es decir, que además vivían en el mismo edificio. "Si no se lo digo yo" pensaba Wally, "es posible que él jamás se atreva. Y yo no sé el tiempo que aguantaré callando".
Y aún continuaba razonando: "Llevo un año viéndome con Leroy y siempre me mira como si no quisiera mirarme, pero algo le fuerza a hacerlo, y yo no soporto que si un hombre tiene todo el derecho a declararse a una mujer, por qué la mujer no se le puede declarar al hombre, que a fin de cuentas tanto uno como otro son sólo seres humanos, mejores o peores, pero nunca dejarán de ser lo que son." Empezó, simplemente, por ir a pedirle azúcar.
Otro día era sal, o aceite, o lo que fuera, porque nunca dejaba de ser un pretexto para saber cómo funcionaba Leroy. Y Leroy era un tipo culto, sumiso, sensible al máximo. La miraba y con sus ojos marrones ya le decía a las claras lo que sentía. "Pero quizás", pensaba Wally, "ignora que estoy divorciada. Se lo tengo que decir y tal vez le desilusione,pero entre Leroy y yo, o hay algo de verdad o no dejaremos jamás de ser compañeros de profesión, lo cual lamentaría porque me atrae como jamás hombre alguno me ha atraído".
Con estos razonamientos, acertados o no, Wally siempre tenía algo que pedirle a Leroy. Vivían en el mismo rellano, casi puerta con puerta. Un día se lo dijo.
Fue a pedirle algodón que necesitaba y entre tanto Leroy lo buscaba, ella le miraba sin ambages, sin preámbulos, abierta y fijamente.
Era alto, fuerte, de cabellos castaños algo ondulados y ojos marrones. Pero se observaba en él una carga tremenda de timidez. Eso lo veía cualquiera y es que, además en el colegio donde ambos impartían clases, todo le mundo lo sabía, hasta los propios alumnos.
- Aquí tienes algodón, Wally. No le mandaba pasar y Wally se quedaba allí, recostada en el umbral. Era joven, veinticinco años escasos. Profesora de literatura, rubia, de enormes ojos color canela. Esbelta, delgada, uno sesenta y cinco de estatura y siempre vestida supermoderna.
A él le chiflaba, pero...
- Oye, Leroy, si me invitas a pasar te cuento algo.
- Pues pasa. ¡Oh, perdona! Es que yo tan despistado... Si seré necio. Pasa, pasa, Wally. También es casualidad que ocupemos apartamentos contiguos, ¿no te parece? - y su piel morena se coloreaba un poco como si le embargara la vergüenza -. Por favor, pasa. Yo cierro, no te preocupes - y muy aturdido -. ¿Es ese el algodón que necesitas?
Wally no necesitaba ninguno. Pero es que ella se había casado a los veinte años con un tipo insensible, estúpido, inculto...¡Cosas que ocurren! Al año estaba divorciada y aún tuvo agallas para terminar la carrera y encima hacer oposiciones y sacarlas. era su única salida. No quería dinero de su ex marido y él sí que lo tenía, pero antes morirse que vivir de un divorcio prematuro.
- Toma asiento, Wally. Ponte cómoda. Es eso. ¿Quieres tomar algo? No tengo mucho porque soy descuidado para todo, pero -aturdido como momentos antes- algo sí. Un brandy, un whisky...
- Nada, Leroy. Gracias.
Pero tomaba asiento en un cómodo sofá porque, a decir verdad, el apartamento de Leroy era más cómodo y confortable que el suyo.
- Si te queda tú de pie - decía Wally serenamente -, tendré que levantarme yo.
- Oh, no - y caía sentado enfrente de ella -. Claro que no, Wally. Es que soy asi, ¿sabes? Algo corto...
- Pues tengo entendido que hiciste una carrera de historia brillante.
- Sí, eso sí - y volvía a ruborizarse -. Por supuesto. Es para lo que viví.
- ¿Y antes...?
- ¿Cuándo?
- Antes de ser catedrático de historia...
- Pues nada.
- ¿Nada de nada?
- Mi madre.
¡Ah, vaya! Ahora, Wally lo comprendía. ¿El complejo de Edipo? No, no tenía Leroy pinta de eso, pero una madre autoritaria puede destruir la personalidad verdadera de un hijo y tergiversarla.
- Yo soy divorciada - dijo para animar a Leroy.
Y notó el impacto.
Y también oyó su voz entrecortada asombradísima:
- ¿Divorciada tan joven?
- Tengo veinticinco años y me casé jovencísima. Al año estaba divorciada. No quise nada de mi marido. Era zafio, inculto, cargado de dinero. No me dio la gana de sacar de él una sola libra esterlina - hacía un gesto desdeñoso -. No entiendo como algunas mujeres se casan para luego pedir dinerales a sus maridos. Yo no. Me casé enamorada, o eso creí.
- Y te diste cuenta de que no lo estabas...
- Cuando lo entendí pedí el divorcio y con la promesa de no exigir dinero, mi marido me lo concedió civilizadamente, aunque dudo de que sea civilizado.
- Yo...soy soltero.
- Ah.
- Y nunca tuve novia.
- Pero aventuras...
- Pocas. Algunas esporádicas. Sin trascendencia...
- ¿No te has enamorado nunca?
- Pues...
- ¿Sí o no?
- No, no. Bueno...¿para qué hablar de eso?
- ¿No podemos siendo amigos, compañeros y vecinos?
- Sí, si. Pero hay cosas...
- Leroy, te diré que yo detesto las vacilaciones y que me gusta ir directa al objetivo... Ya sé que tú lo evitas.
- ¿Sabes?
- ¿No debo saber?
- Sí, si, pero es que un hombre como yo, de mi edad... se siente acomplejado ante una mujer como tú.
- Pero yo te gusto,, ¿no es así, Leroy?
La veía levantarse, pasear por el salón, sudar, sofocarse, ponerse rojo y después pálido.
- Yo me marcho, Leroy, pero piensa en eso. Si te molesta que sea divorciada...
Se iba, pero de súbito Leroy sacó fuerzas de alguna parte. La así por el codo y la acercó a su costado.
La miró fijamente extraviado.
- Eso no me importa nada. Yo no soy un estúpido machista... me gustaría decirte, me gustaría... Pero no sé si puedo, ni soy capaz... Me gustas mucho.
Y de repente, la besaba en plena boca. Fuerte, fuerte, como si en ello le fura la propia vida.
Wally se separó de él y le miró a los ojos.
- Leroy...
- No, quieres casarte, ¿verdad? Si te has casado una vez y te fue mal, seguro que huyes del matrimonio como de la peste.
- Pero no huyo de una relación.
- ¿Una relación?
- Contigo, Leroy.
Y de repente, la puerta que iba a abrir, la dejó tal cual. Amanecía. Era fin de semana y no había clases. El algodón que Wally iba a pedirle permanecía en el suelo olvidado, como las ropas de los dos.
- Yo quiero casarme - decía él delirante, sofocado, pegándola a su cuerpo -. Forma una familia, tener hijos y toda esa ternura que impone el matrimonio.
- ¿Te enseñó eso tu madre?
- Ella ha muerto y yo me vi desarbolado...Sólo al conocerte...
- Me amaste.
- Sí...Como un loco, pero no me atrevía a decírtelo.
Y la besaba reverencioso, con una sensibilidad que Wally ya creía conocer, pero que justificaba más al tratarle, al ser suya, al ser Leroy suyo a su vez.
- No me caso aún, Leroy. Te amo. Creo que te amo mucho. Y además por muchas cosas. Tu timidez coartada, tu sensibilidad, tu emotividad, tu excitación y todo el complemento sexual que ello implica. Te amo, sí, y te lo digo sin rubor, que rubores he sentido ya cuando de nada servía sentirlos. Cuando estemos seguros de haber consolidado una relación.
- ¿Y si falla?
- Pues falla igual casados que solteros y yo no quiero que falle.
- ¿Fallará en ti?
- No, Leroy, pienso que no. Te vengo observando hace tiempo y esta noche he vivido contigo la experiencia más hermosa de mi vida. Un día cuando estemos seguros los dos...nos casaremos. Pero, de momento, vivamos así...
- Yo te adoro. Y te adoraré en silencio y soñé noches enteras en tenerte como te tengo ahora. Me gustaría que fuéramos uno del otro en su totalidad.
NO, Wally no se exponía. Una cosa era amar y desear y otra compartirlo todo, y no se atrevía a tanto después de su primer fracaso. ¡Qué sabía Leroy de tales fracasos! Eran como espinas clavadas que nunca se arrancan o que si se arrancan dejan huella.
Empezó una vida en común a lo silencioso.
En el colegio mixto apenas se miraban. Nadie diría...y todo el mundo sabía, que bien dice el refrán que el dinero y el amor no se pueden ocultar. Pero sólo en el apartamento de uno de ellos se realizaban como pareja.
Fue una época preciosa.
Y Leroy decía cada día:
- ¿Mañana?
- No, Leroy.
- ¿No te basta con que vivamos juntos?
- Necesito más. Mucho más. Un día tras otro, más de un año ocultando sus amores que sonaban en el instituto mixto a voces. Pero ellos no tenían interés alguno en que se supiera, aunque se sabía...
Fue a fin de curso.
O se iban juntos o por separado, y Leroy no quería irse solo.
- ¿Por qué eres tan tímido aparentemente, siendo en la intimidad tan audaz y completo?
- No lo sé. Tal vez mi madre, que me acaparaba para ella sola...hsta que falleció no pude vivir mi vida, pero después viví a mi manera, aunque no supiera hacer desaparecer la timidez.
- Pero no eres tímido más que en apariencia.
- Contigo que te atreviste a abandonarme, a desterrarla, a...Pero ahora te digo - y la apretaba contra sí, delirante - que tocan las vacaciones, me gustaría dejar Liverpool e irme a España contigo. A Marbella, a la Costa del Sol, que no conozco y dicen que es una maravilla.
- Pues iremos juntos.
- ¿Sin casarnos, Wally?
- Es decir, que tú te quieres casar...
- Es lo que más anhelo.
- Al regrso de ese viaje a España, ¿te parece?
- ¿Y me queda otro remedio?
- No.
Y reía.
Al regreso de aquel viaje maravilloso, donde vivieron momentos deliciosos, ella dijo al fin:
- Ahora, sí.
- ¿Ya?
- Pues hoy mismo.
- Hoy mismo, si.
Y se casaron...Cuando empezó el curso ya eran marido y mujer y jamás se arrepintieron...
Un día, Leroy le dijo a su mujer:
- Me gustaría tener un hijo, o dos, o media docena.
- El primero - le dijo ella - ya está en camino.
Leroy parecía enloquecer de ilusión, de entusiasmo.
- ¿De verdad, de verdad?
- Mira el análisis...
Y nació aquel hijo, después otro y hasta el tercero...
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