lunes, 4 de junio de 2012

El marido celoso (Hungría)

Tiempo ha, vivía un mercader rico y poderoso, además de celoso; su mujer, muy bella, no podía salir de casa nunca. Un día fue con otro mercader a recoger una carga a las orillas del Danubio. Cuando regresaban a casa, pararon en una posada para descansar un poco y comenzaron a hablar, medio en serio medio en broma.
- ¿Tiene tu mujer algún amante que la visite en su casa? - dijo el otro.
- Mi mujer no tiene ningún amante - respondió el mercader enfadado.
- ¡Vamos! ¿Qué me darías por convertirme un día de estos en su amante?
- Si lo haces, te daré mi propiedad, y también mi mercancía, con barco y todo.
- ¿Cómo sabrá que he conseguido ser su amante?
- Si eres capaz de decirme dónde está su marca de nacimiento y de coger su anillo de oro, lo sabré. Pero mi esposa es capaz de azotarte sólo si insinúas algo semejante. Dejé una doncella con ella para asegurarme de que no va a salir de casa.
- ¡Ganaré la apuesta, pese a todo tu empeño!
- ¡Inténtalo!
Y el otro se fue. Empresa difícil en la que se había metido, sólo por bromear. Acercarse a la mujer era más que imposible, pero quería salir airoso del asunto.
En el camino se encontró una vieja comadre famosa en la región por los buenos y acertados consejos que daba a todo el que se acercara. Decían que tenía poderes mágicos. Nadie recordaba haberla visto de joven.
- Anciana, dime, ¿qué puedo hacer para obtener el anillo de la mujer del rico mercader? He hecho una apuesta y quiero salir con éxito de este espinoso asunto.
- ¿Qué me darás si hago que lo consigas?
- Te daré cien florines.
- Manda que te construyan un gran baúl que tenga una ventanita, y métete dentro. Dispón un cerrojo por dentro. Yo te llevaré a ella.
La mujer mandó llevar el baúl, con el hombre dentro, hasta los muros de la casa del mercader. Llamó a la puerta y dijo a la señora:
- Le ruego que me guarde en su casa este baúl lleno de ropa para que nadie me lo robe. Volveré mañana.
- ¡Póngalo en el vestíbulo!
Luego, la señora llamó a la doncella y le ordenó que lo llevara a su habitación.
Por la noche, la señora tomó un baño y dejó su anillo sobre la mesa. A través de la ventanita, el hombre descubrió una peca bajo su pecho derecho. La señora se fue a dormir dejando el anillo encima de la mesa, poco después apagó la vela.
Entonces el hombre salió del baúl, cogió el anillo y volvió a encerrarse en el interior del baúl. Por la mañana, regresó la anciana y se llevó la carga con ella.
Al día siguiente, el hombre fue a visitar, eufórico, al rico mercader.
- ¡Qué! ¿Te has acostado con mi mujer? dijo éste.
- ¡Así es!
- ¿Cuál es su marca de nacimiento?
- Tiene una peca debajo del seno derecho. Y aquí tienes el anillo de oro.
- Está bien, toma mi barco y todo lo que hay en él. Vete a mi casa y te entregaré también mi propiedad.
Cuando el marido volvió a casa, no dijo nada a su esposa. Y sin enfado ni alegría la cogió de la mano, la llevó al río y la metió en una barca a la deriva.
- Que el Danubio te lleve por haberme traicionado.
A continuación entregó al otro su propiedad. Y como ya no tenía nada que ofrecer, trabajó acarreando agua para los demás.
Durante un año entero estuvo la esposa flotando en aguas del Danubio. El año pasó pronto. Un día, un anciano la cogió y la arrastró hasta la orilla. Allí, la sacó de la barca y se la llevó a su casa. La mujer pasó con él tres años. Se dedicó a hilar y ganó algún dinero.
Pasado este tiempo, se compró ricos trajes de hombre y se vistió con ellos. Luego se cortó el cabello y partió en busca de su marido. En el camino, pasó la noche cerca de una ciudad y se quedó a dormir debajo de un tilo. Entonces tuvo un sueño: soñó que el emperador de aquella ciudad era ciego. El tilo bajo el que ella descansaba tenía un agujero, y en el agujero había agua. Si el emperador untaba sus ojos con el líquido maravilloso, volvería a ver de nuevo.
Por la mañana se levantó, buscó en el árbol y encontró el agujero. Llenó un pequeño frasco con el agua de tilo, se lo metió con cuidado en el bolsillo y se dirigió a una posada de la ciudad.
- ¿Qué noticias hay? - preguntó con energia.
- Nuestro emperador está ciego y dará todo su reino a aquel que pueda devolverle la vista otra vez.
- ¡Yo lo haré!
Y todos fueron a comunicárselo al emperador.
- Dicen que me devolverás la vista. Si es así, te entregaré a mi hija como esposa.
- Todavía no necesito esposa. Si te devuelvo la vista, entrégame tu imperio.
Y la mujer devolvió la vista al gobernante y se convirtió en emperatriz.
Un día apareció en el castillo un rico mercader que traía una carga para la emperatriz. Ella, enseguida, descubrió al que fuera amigo de su marido.
- ¿Cómo te hiciste rico?
- Por una apuesta.
- ¿En qué consistía la apuesta que hiciste?
- En que me acostaría con la mujer de un amigo.
- ¿Y lo cumpliste?
- Sí.
- Dime entonces, ¿cuál es su marca de nacimiento?
- Bajo el seno derecho tiene una peca.
Entonces le mostró su pecho.
- ¿Te acostaste conmigo?
- No - dijo él.
- Entonces, ¿a qué vienen tantas falacias? Prendedle y cortadle en pedazos.


Cuentos gitanos, Francis Hindes Groome

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