Tal como Helen le había prometido y María deseaba, fueron recorriendo cuantos centros de diversión iban encontrando a su paso por Londres. Hubo un momento en el que María bostezo y tuvo sueño. Calculó que debían ser las doce, por ser esa la hora en la que se acostaba habitualmente en Oviedo. Hacía pocas horas que había llegado a la capital británica con la excusa de aprender el idioma, pero lo único que deseaba era olvidarse del tedio de las tardes en España, de su familia y de su novio.
- ¿No irás a dormirte ahora, eh María?
- No, no - dijo ella, abriendo mucho la boca.
- Pues, ¡ánimo! Tómate una copa y despéjate.
María pensó que con una copa terminaría por dormirse, por eso optó por ir al baño y lavarse un poco para despejarse. Cuando volvió ya era otra cosa. Estaban rodeadas de chicos. Entre ellos hubo uno que a María le gustó más que los demás y empezó a coquetear con él descaradamente. El aludido no se hizo de rogar. Así es que el llamado Prat, situado al lado de María, le cogió de la mano nada más sentarse a su lado, y no había transcurrido una hora cuando le pasaba la mano por el hombro y le besaba en la mejilla. María pensó por un momento en lo que hubieran dicho sus amigos españoles si pudieran verles, pero rápidamente desechó este pensamiento; estaba pasándolo muy bien. Cuando volviese a casa volvería a ser la misma de siempre y en paz.
María salió con Prat al día siguiente y muchos más. De vez en cuando, escribía a casa y a su novio, pero se guardaba muy bien de contar nada de lo ocurrido.
Una vez de regreso a Oviedo, en su piso de la calle Cervantes, Jorge acudió a verla tan pronto supo que había llegado. La verdad es que ella no sentía ningún deseo de verlo, pero ¿qué iba hacer si no? De momento, al menos, tenía que disimular, continuar comportándose como siempre, que nadie dudase de lo que ella había podido hacer en Londres. De nuevo continuaba su falsa vida. Su vermú en el club de tenis todas las mañanas, donde se reunía con Jorge y sus amigos. Las reuniones de la tarde y siempre igual. Al principio le costó amoldarse, pero era bastante adaptable y pronto olvidó su vida en la capital inglesa. Se casaría un día con Jorge y allí no había pasado nada. En realidad, no sabía qué prefería, si aquella rutina de su casa o el descontrol de Londres. Aquella tarde salió, como tantas otras, en dirección al San Remo. Solía ir a tomar el café de vez en cuando con su pandilla, entre los que se encontraba Jorge. Pidió un cortado. Llevaba en aquel momento la taza a los labios cuando lo que vio ante sus ojos la dejó desconcertada. ¿Cómo era posible que hubiera llegado Prat hasta allí? Ella sintió un sudor frío. Dijo que se encontraba mal y se marchaba. Pero ya era tarde. El ya la había visto y se disponía a saludarla.
- ¡María!, ¿cómo estás? ¡Qué alegría verte!
- Lo siento, caballero, no nos conocemos de nada.
- Pero ¡María!
- Me iba ya - dijo, dirigiéndose al grupo -, este caballero se ha confundido.
- Pero si te ha llamado por tu nombre - aclaró una de sus amigas viendo el desconcierto del recién llegado.
- Os lo habrá oído antes a una de vosotras.
Y, girando en redondo, dio media vuelta y salió. Jorge fue con ella.
Todos quedaron mudos por espacio de unos minutos. Trataron de echar tierra a aquel incidente tan engorroso, pero a Alfonso, un amigo de Jorge que también conocía a Prat, no le había caído en saco roto.
- ¿Es su novio? - preguntó éste a su amigo cuando los vio marchar con Jorge.
- Sí.
- ¿Hace mucho?
- Tres o cuatro años.
- Ya comprendo. ¿El es amigo tuyo?
- Si.
- ¿Dónde la conociste? - preguntó Alfonso -, ya comprenderás que te hemos creído a tí.
- La conocí en Londres. ¿No ha estado ella allí?
- Sí, claro, hace dos meses que ha venido.
- ¡Cuánta mentira hay por el mundo! ¡Qué pena siento!
- ¿Crees que debo advertir a Jorge?
- Tú sabrás el grado de amistad que te une a él. Yo prometo no volver a meter la pata jamás.
Prat le contó la relación que le había unido a María en Londres, y Alfonso comprendió que tenía que hablar con su amigo. Apreciaba a Jorge, y a él le hubiera gustado que, en un caso similar, le pusieran al corriente. Así pues, optó por decírselo. Jorge rió al oírle.
- ¿Y lo has creído?
- Conozco bien a Prat, nunca me diría una mentira de ese tipo.
- Bueno, está bien - dijo alterado -. Basta ya. Eso es una calumnia.
- Como quieras - dijo Alfonso viendo que perdía el tiempo.
- Además, los padres de María tienen mucho dinero. No pretenderás ahora que vaya a dejar escapar un gran partido como ella.
Alfonso lo miró más asustado aún.
- Siendo así...- repuso el joven al fin -, creo que ya está todo dicho.
- Menos mal que ya has comprendido - dijo Jorge -. Me casaré con ella de todas formas.
Pero Alfonso no comprendió. Sintió pena y asco a la vez. No supo a cuál de los dos compadecer más. Pero, aunque no adelantó nada, a él le quedó la conciencia tranquila. El resultado de aquel matrimonio se vería con el tiempo, aunque Alfonso estaba ya convencido de que sería un fracaso.
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