viernes, 29 de junio de 2012

Las dudas de Marcela

Marcela escucha.
- ¿Más, papá?
- Si hace sólo dos meses Juan Muntaner era tu más asiduo acompañante,   hija - intervino la madre -.
- Hace dos meses, y también seis, era mi pretendiente, el hombre que me amaba mucho y me buscaba por todas partes. Eso interesa a una chica, aunque sólo sea por vanidad. Pero ahora...
- ¿No sigue siendo el mismo?
- ¿Debe seguir?
- Marcela - intervino de nuevo la madre -, ¿qué clase de chica eres? Estás resultando desconcertante.
Rubia, esbelta, joven...¿Cuántos años? Apenas veinte. Moderna, desenvuelta, femenina...
- Juan era le chico que me gustaba, al que posiblemente llegaría a querer. Pero vosotros me decís que Juan es media parte de tu sociedad.
- ¿Y esto qué?
- ¿Cómo qué, papá? Es el hombre que vosotros me imponéis. ¿No es suficiente para que yo lo dude?
El padre intentó decir algo, pero Marcela señaló la joya que tenía por reloj y exclamó:
- Me esperan.
- Paulino Freire, seguro.
- ¿Y qué voy a hacer, papá? Desde que me has dicho que Juan debe ser mi marido, ya no me interesa.
- Eres absurda.
- ¿No has dicho siempre que no me impondrías un hombre si yo no lo deseaba?
- No lo hago con Juan.
- Pudiste haberte callado que era el hijo de tu socio, que el padre falleció la semana pasada en Barcelona y que yo debo casarme cuanto antes. Salió sin esperar respuesta. Es desconcertante.
- Calla, Pablo. Tenemos que pensar un poco.
- ¿Pensar qué? Es conveniente que un día, más tarde o temprano, se case con Juan que la quiere; y ella parecía amarlo hace sólo dos meses.
- Marcela detesta las imposiciones, y lo que antes le parecía a ella una aventura, ahora es un matrimonio impuesto.
- Eso es ridículo.
- Yo así lo estimo - apuntó Paula Villar con suavidad -, pero tu hija no piensa igual.
- La sociedad no piensa disolverse - gritó Pablo Villar, ¿lo has olvidado? Desde niños están destinados el uno al otro. Lo hemos pensado siempre así.
- Pero cometiste la tontería de decírselo a Marcela, cuando el destino, tal vez empujado por nosotros, llevaba las cosas por tan buen camino.
- ¿Es que el amor se evapora así?
- Ten presente que tiene sólo diecinueve años.
- Y Juan veinticinco.
- Por eso mismo.
- Está bien, está bien. De todos modos, tienen que casarse. Juan está loco por ella. Desde hace días, Juan llama sin cesar y Marcela nunca está.
Como su esposa guardaba silencio, añadió, furioso:
- Y lo peor es que está y se queda tan fresca.
- Juan te lo advirtió: "No se lo diga usted". Si hemos criado a nuestra hija bastante consentida, ahora quieres imponerle sensatez.
- Y si Marcela no baja de las nubes y sigue con ese mentecato de Paulino Freire...
- Entonces... tendremos tiempo de interponernos.

Le aburría Paulino. No sabía más que decir memeces. Pero, terca, seguía saliendo con él. Aquel día se hallaba en una sala de fiestas. Paulino saló a comprar cigarrillos.
Fue el momento en que Juan se aproximó.
Alto, elegante, joven, normal, sin demasiados modernismos, sin excesiva palabrería.
- Hola, Marcela.
- Ah - exclamó ella, indiferente -, estás aquí.
- Te miraba.
- Bueno.
- ¿Puedo sentarme?
- Perdóname. Estoy acompañada.
- Ya lo sé. ¿Bailamos?
- ¿Contigo?
- Hace poco tiempo, lo hacíamos a menudo.
Marcela torció el gesto.
- Chiquilla - susurró Juan -, eres especial. ¿Qué tienen que ver los negocios con nuestro cariño?
- Lo siento, Juan.
- ¿Qué sientes?
- No poder complacerte.
- Eres... - titubeó al tiempo que se incorporaba -. Te va a pesar. No voy a insistir. Me molesta tu falta de sentido común. ¿Has olvidado... las promesas que nos hicimos?
Marcela enrojeció.
Allá lejos avanzaba Paulino.
- Vete - pidió nerviosamente -. Vete.
Juan giró. Había en su mirada una firme resolución, pero Marecela no se percató de ello. Fue su padre, con amargura, quien se lo dijo.
- Juan se ha ido de viaje. Piensa recorrer el mundo en su pequeño yate. Lleva unos amigos invitados.
Dolió. Que él cediera la plaza tan pronto, hería.
Pero... ¿qué clase de mujer era? ¿es que lo que no quería para sí, no se lo pensaba dar a los demás?
- No me importa, papá.
- Ya lo veo.
Pero importaba. No sabía por qué, pero importaba.
Fue un invierno desconcertante. La aburrió Paulino y luego la casó Matías y más tarde la hastió Bernardo.
Pensó muchas veces en los besos y caricias de Juan. Jamás lo hizo con otro chico. Le parecía que cometía un pecado. Con Juan no, porque a Juan sin duda, cuando le besó y se dejó besar, le amaba.
Aquella misma tarde fue a casa de Mónica, donde estaba citada. Murmuró con desaliento.
- Te aseguro que estoy desorientada.
- ¿No logras enamorarte?
- No es posible. Te aseguro que lo intento, pero el que no tiene ese defecto, tiene aquel otro. Total...
- Tu estás enamorada de Juan...
- ¡No! - el grito asombró a Mónica.
- ¿No quieres estarlo o no lo estás en realidad?
- Ni quiero estarlo, ni lo estoy. Juan es el hombre que me imponen mis padres.
- Eres el espíritu de la contradicción. Cuando ignorabas que tus padres deseaban y necesitaban ese matrimonio, te considerabas novia de Juan. Después, cuando tu padre fue franco y te dijo qué había respecto a la sociedad, lo dejaste plantado como si apeestara.
- Es que no le amaba.
Mónica intentó convencerla pero en vano.
Esta vez lo leyó ella misma en la prensa local, y no puedo evitar un sobresalto.
El yate de Don Juan Muntaner había atracado en el puerto. Lo reproducían a él vestido de marino, dando la mano a una pasajera para bajar del yate. A la hora de comer, cuando regresó a casa después de darse un baño en la playa, oyó la voz de Juan en el salón, lo dudó un segundo, pero después entró y recostó su esbelta figura sobre el quicio.
- Pasa, pasa, Marcela - dijo la madre, complacida -. Mira quién ha llegado.
Juan se dio la vuelta.
Vestía pantalón beige muy claro, una camisa blanca y una chaqueta de punto haciéndole aún más juvenil y deportivo. Moreno, los ojos tan negros...Le dio coraje verlo tan fenomenal.
¡Qué gozada si pudiera verlo raquítico, enclenque, insignificante!
¿Desde cuándo era ella tan perversa?
- Hola, chico - saludó como si nada, con una desenvoltura que podía calificarse de indiferencia.
Juan avanzó hacia ella con la mano extendida. Ella tenía miedo de la mano de Juan. Cuando eran novios y se la apretaba, sentía muchas cosas...Temió sentirlas de nuevo, pero hizo un esfuerzo y puso los dedos en la palma de Juan. Nada. Cuando iba a estremecerse, Juan retiró la mano indiferente.
- Estás estupenda, Marcela - y riendo como si tal cosa -. ¿Cuándo te casas? ¿Qué tal Paulino?
¡Qué rabia le dio!
- No pienso casarme - dijo en voz alta -. Pero Paulino creo que está estupendamente.
- Mejor para ti, ¿verdad?
- ¡Bah!
- Te quedas a comer - saltó la madre, como si no le diera importancia a su hija -. ¿Eh, Juan?
- Imposible, Paula. No sabes cuánto lo siento - parecía ya ignorar a Marcela -. Tengo un compromiso con una chica sueca fenomenal.
"Ojalá se murieran la sueca y él", pensó Marcela.
Giró en redondo y se marchó sin despedirse.
Por la tarde, en una lujosa discoteca, ella estaba con sus amigos. Seis chicos y seis chicas.
No le gustaba ninguno de aquellos chicos, pero, por costumbre, coqueteaba con ellos. No siempre, porque se cansaba enseguida.
Mónica estaba también cuando vieron pasar a Juan. Ésta le tocó el brazo.
- Ji, ji - rió - ¿Te has fijado? Estaría citado con una sueca pero ahora viene con Elena Flórez.
¡Elena! era odiosa.
Lo fue ya en el pensionado cuando estudiaban. Siempre lo envidiaba todo. A ella, particularmente, no sabía por qué, no la soportaba. La criticaba siempre que podía. Después, cuando más tarde la presentaron en sociedad y pudo alternar con chicos, Elena intentaba quitárselos siempre que podía.
- ¿Qué dices ahora? Elena por medio, Juan conquistado. 
Odió a Juan, odió aún más a Elena, odió a Mónica...
Juan pasaba a su lado en aquel momento.
- Buenas tardes, chicas - saludó -.
Elena sólo movió los labios con desdén.
Pasaron hacia una mesa apartada.
Al rato, Marcela los vio bailar muy acarameladitos.
- Me voy.
- ¿En retirada? Sabes lo que pensará Juan, y más aún Elena.
- Que piensen lo que quieran.
Se fue a pesar de la opinión de Mónica. 
Nadie se fijó en la mirada de Juan siguiendo la fina silueta de Marcela.
Se metió sola en un cine. Cuando llegó a casa, eran exactamente las once y media. Se sentía deprimida y furiosa. Desconcertada, sí, mucho. ¿Qué pasaba? La película no era sentimental, sin embargo lloró como una tonta...
Tanto que una vecina de butaca, le tocó el brazo:
- ¿Se siente mal?
- Me siento peor - respondió.
Ella no era grosera, no obstante, de un tiempo a aquella parte lo era mucho.
Furiosa consigo misma, atravesó el jardín y en dos saltos estuvo en la puerta principal. Una doncella bajaba una persiana. Al verla se paró en redondo.
- Hay un invitado, señorita. 
La señora ya preguntó dos veces por usted.
Estaba ella ni más ni menos como para ser cortés con un invitado de sus padres.
- ¿Quién es? - preguntó de mala gana -. ¿Le conoces?
- Claro - sonrió la doncella - es el señorito Juan.
El corazón de Marcela dio un vuelco en el pecho. Casi se le apreció el tictac a través del fino modelo de seda natural que vestía.
Avanzó sin pronunciar palabra y se personó en el comedor cuando su padre miraba de nuevo el reloj.
- Buenas noches.
- Bonita hora de regresar, querida - exclamo su madre.
- Ya estaba dispuesto a salir a buscarte - comentó el padre.
- Hola, Marcela - dijo tan sólo Juan -.
- Hola.
Y su madre intervino de nuevo:
- Pasemos a la mesa. Sólo esperábamos por ti.
Fue una cena odiosa. No habló de nada. Tampoco nadie le hizo caso. Su padre hablaba con Juan de negocios y éste decía que pensaba viajar a Alemania con el fin de cambiar la maquinaria.
Otro viajecito, pensó Marcela, furiosa. ¿Con Elena? Seguro que se casaba con ella.
Ojalá fueran bien infelices.
- Pasemos al salón contiguo - dijo el padre, deteniendo los precipitados pensamientos de Marcela.
Casi inmediatamente tuvo a Juan a su lado.
Juan la agarró por un brazo.
- Hace una noche espléndida. Salgamos al jardín.
- ¿Ahora?
- Tus padres toman café. Tú sabes que yo no tomo nunca por la noche. Es´tan organizando un viaje a París. Tienen cosas que hablar.
- ¿Y tú...conmigo... de qué vas a hablar?
- No sé. De mi viaje a Alemania, por ejemplo.
Lo deseaba.
No que le hablase. Deseaba salir, sentir la brisa de la noche en la cara, escuchar la voz de Juan...¿estaba realmente enamorada de él?
- Bueno - dijo más sumisa, sin reto -, vamos, pues.
Y salieron al aire fresco y en calma del jardín.
Supongo que te casarás con Elena y te irás de luna de miel - dijo ella después de un embarazoso silencio-.
- No me caso con Elena.
Le miró inquisidora.
- ¿De...veras?
- Totalmente. Pero sí, me caso.
- ¡Ah!
- Con otra.
- Lo...supongo. Solo no te vas casar.
- Se lo voy a pedir esta noche por última vez. Verás, esta tarde estuve en una discoteca. Allí vi a mi chica. La que quise siempre. Yo estaba con otra.
Guardó silencio esperando.
Marcela apretó los labios. El corazón quería salírsele del pecho.
- De repente - siguió Juan con dejo cálido -, me di cuenta de que ella me amaba aún. Juan la agarró del brazo y la acercó a su costado.
- ¿Tú, qué dices, Marcela?
Ella se fue. No pudo verme con otra.
- Eso es...es...es...vanidad tuya.
- ¿Y te tiembla la voz para decirlo...?
- ¿Por qué te empeñas en negar la evidencia?
- Juan, yo...
- Nunca pensé que pudieras ser tan orgullosa.
No podía más.
Se apretó contra Juan y dijo quedamente:
- Sí, sí, sí, tienes razón, La tienes, sí, sí,...
Entonces Juan volvió a tomarla entre sus brazos y la besó largamente, como en los viejos tiempos.
Marcela ya no disimulaba, reía y lloraba al mismo tiempo, contenta de estar otra vez en los brazos de Juan, el único al que quería.
Desde el ventanal, Pablo y Paula sonreían felices.

lunes, 25 de junio de 2012

Salkindaria, el traidor (Navarra)

Hace ya cientos de años, cuando Navarra estaba habitada por recios montañeses, los extranjeros de las tierras llanas vinieron a hacernos la guerra.
En aquella época había menos pueblos que ahora, y todo el país era una inmensa selva; así es que los extranjeros ni encontraban donde guarecerse ni adelantaban un palmo de terreno. Intentó el enemigo salir de tan penosa situación y quiso a toda costa apoderarse de una pequeña aldea de la que le separaba un desfiladero estrecho y  profundo; pero atravesar aquella angostura era empresa difícil, y apoderarse del castillo que se alzaba en un extremo, dominando y protegiendo el valle, resultaba más que imposible. El dueño de aquella sombría fortaleza era Salkindaria un señor de ilustre abolengo, joven, apuesto y valiente; pero de ambición insaciable y mal avenido con los sencillos usos y leyes de estas tierras. A pesar de las escasas simpatías que despertaba en sus convecinos, los montañeses le reconocían como a su jefe. El guardaba las pesadas hachas y las enmohecidas armas que en los momentos de peligro distribuía entre ellos, para luego combatir juntos al enemigo.
Varias veces repitió éste sus furiosos ataques, y otras tantas tuvo que huir. Mas aconteció que un día cerca de las hogueras que los montañeses tenían en el monte, se presentaron en son de paz algunos soldados extranjeros, y su jefe manifestó deseos de hablar con el señor del castillo. Fue conducido éste a su presencia, y a las pocas horas volvieron ambos en cordial compañía.
Al poco, anunció a sus hombres el señor del castillo que iba a pasar al campo enemigo para tratar del bien de sus tierras. ¿Qué sucedió en aquella entrevista? Nadie lo sabe; pero después de dos días de ausencia, volvió el señor tan sombrío y preocupado como antes era alegre y bullicioso. Reunió a los principales montañeses y les manifestó que la guerra podía darse finalmente por terminada y que por consiguiente, desde entonces debían ellos volver a sus aldeas y caseríos para descansar de las fatigas.
Estas palabras fueron oídas por casi todos con inmensa alegría, recelosos, manifestaron que las promesas de los extranjeros ocultaban alguna infame trampa, porque de otro modo resultaba incomprensible que no hubieran abandonado ya el país. Las opiniones se dividieron; pero al final prevaleció el parecer de los más viejos, y todos declararon que no abandonarían las armas hasta que el último enemigo hubiera salido de sus tierras. El señor del castillo, con asombro de todos, manifestó el disgusto que le causaba la terquedad de sus hombres y declaró al retirarse que les exigía que al punto ellos entregaran las armas que les había confiado.
La reunión se disolvió en medio de una horrible confusión, y rápidamente circuló por la comarca la noticia de lo ocurrido.
Pasaron algunos días en medio de una aparente calma. Nadie había vuelto a ver al señor del castillo, pero en los caseríos se susurraba que tenía frecuentes entrevistas con los extranjeros. Y las viejas, siempre murmuradoras, añadían por lo bajo que éstos le habían enviado pesadas arcas, ricas joyas, armas preciosas y hermosísimos caballos como regalos. Una noche de horrible tempestad, un confuso clamor llegó hasta los guerreros navarros desde el fondo del valle; corrieron y vieron con espanto a sus mujeres y a sus hijos huyendo y sus caseríos incendiándose, el castillo ocupado por el enemigo, y a su señor capitaneándolo.
Entonces lo comprendieron todo; ¡El traidor los había vendido! Deslumbrado por las riquezas de los extranjeros y por las brillantes promesas que le habían hecho, el miserable les había franqueado su fortaleza.
En medio de la confusión y del estruendo alzóse un formidable grito de venganza; los navarros, desesperados, prendieron fuego a los bosques. Brilló todo el país y las llamas cortaron el paso.
Quiso éste retroceder, pero se encontró encerrado por todas partes en un inmenso círculo de fuego. Entonces, dominando a los bramidos del incendio y a los de la tempestad, resonó un trueno ensordecedor. Cayeron los montañeses sobre sus contrarios y los barrancos se llenaron de cadáveres.
Cuando cesó el incendio y del gran castillo sólo quedaban unos desmoronados paredones, todo quedó en la oscuridad y en el silencio. No se escucharon lamentos de dolor ni gritos de triunfo: los invasores habían muerto, y los montañeses, rendidos de fatiga, descansaban sobre los cuerpos de sus enemigos. Y cuando vino el sol a iluminar aquel terrible cuadro, se encontró entre las ruinas de la fortaleza el cadáver ennegrecido del traidor.

viernes, 22 de junio de 2012

No trates de aconsejarme

Tal como Helen le había prometido y María deseaba, fueron recorriendo cuantos centros de diversión iban encontrando a su paso por Londres. Hubo un momento en el que María bostezo y tuvo sueño. Calculó que debían ser las doce, por ser esa la hora en la que se acostaba habitualmente en Oviedo. Hacía pocas horas que había llegado a la capital británica con la excusa de aprender el idioma, pero lo único que deseaba era olvidarse del tedio de las tardes en España, de su familia y de su novio.
- ¿No irás a dormirte ahora, eh María?
- No, no - dijo ella, abriendo mucho la boca.
- Pues, ¡ánimo! Tómate una copa y despéjate.
María pensó que con una copa terminaría por dormirse, por eso optó por ir al baño y lavarse un poco para despejarse. Cuando volvió ya era otra cosa. Estaban rodeadas de chicos. Entre ellos hubo uno que a María le gustó más que los demás y empezó a coquetear con él descaradamente. El aludido no se hizo de rogar. Así es que el llamado Prat, situado al lado de María, le cogió de la mano nada más sentarse a su lado, y no había transcurrido una hora cuando le pasaba la mano por el hombro y le besaba en la mejilla. María pensó por un momento en lo que hubieran dicho sus amigos españoles si pudieran verles, pero rápidamente desechó este pensamiento; estaba pasándolo muy bien. Cuando volviese a casa volvería a ser la misma de siempre y en paz.
María salió con Prat al día siguiente y muchos más. De vez en cuando, escribía a casa y a su novio, pero se guardaba muy bien de contar nada de lo ocurrido.
Una vez de regreso a Oviedo, en su piso de la calle Cervantes, Jorge acudió a verla tan pronto supo que había llegado. La verdad es que ella no sentía ningún deseo de verlo, pero ¿qué iba hacer si no? De momento, al menos, tenía que disimular, continuar comportándose como siempre, que nadie dudase de lo que ella había podido hacer en Londres. De nuevo continuaba su falsa vida. Su vermú en el club de tenis todas las mañanas, donde se reunía con Jorge y sus amigos. Las reuniones de la tarde y siempre igual. Al principio le costó amoldarse, pero era bastante adaptable y pronto olvidó su vida en la capital inglesa. Se casaría un día con Jorge y allí no había pasado nada. En realidad, no sabía qué prefería, si aquella rutina de su casa o el descontrol de Londres. Aquella tarde salió, como tantas otras, en dirección al San Remo. Solía ir a tomar el café de vez en cuando con su pandilla, entre los que se encontraba Jorge. Pidió un cortado. Llevaba en aquel momento la taza a los labios cuando lo que vio ante sus ojos la dejó desconcertada. ¿Cómo era posible que hubiera llegado Prat hasta allí? Ella sintió un sudor frío. Dijo que se encontraba mal y se marchaba. Pero ya era tarde. El ya la había visto y se disponía a saludarla.
- ¡María!, ¿cómo estás? ¡Qué alegría verte!
- Lo siento, caballero, no nos conocemos de nada.
- Pero ¡María!
- Me iba ya - dijo, dirigiéndose al grupo -, este caballero se ha confundido.
- Pero si te ha llamado por tu nombre - aclaró una de sus amigas viendo el desconcierto del recién llegado.
- Os lo habrá oído antes a una de vosotras.
Y, girando en redondo, dio media vuelta y salió. Jorge fue con ella.
Todos quedaron mudos por espacio de unos minutos. Trataron de echar tierra a aquel incidente tan engorroso, pero a Alfonso, un amigo de Jorge que también conocía a Prat, no le había caído en saco roto.
- ¿Es su novio? - preguntó éste a su amigo cuando los vio marchar con Jorge.
- Sí.
- ¿Hace mucho?
- Tres o cuatro años.
- Ya comprendo. ¿El es amigo tuyo?
- Si.
- ¿Dónde la conociste? - preguntó Alfonso -, ya comprenderás que te hemos creído a tí.
- La conocí en Londres. ¿No ha estado ella allí?
- Sí, claro, hace dos meses que ha venido.
- ¡Cuánta mentira hay por el mundo! ¡Qué pena siento!
- ¿Crees que debo advertir a Jorge?
- Tú sabrás el grado de amistad que te une a él. Yo prometo no volver a meter la pata jamás.
Prat le contó la relación que le había unido a María en Londres, y Alfonso comprendió que tenía que hablar con su amigo. Apreciaba a Jorge, y a él le hubiera gustado que, en un caso similar, le pusieran al corriente. Así pues, optó por decírselo. Jorge rió al oírle.
- ¿Y lo has creído?
- Conozco bien a Prat, nunca me diría una mentira de ese tipo.
- Bueno, está bien - dijo alterado -. Basta ya. Eso es una calumnia.
- Como quieras - dijo Alfonso viendo que perdía el tiempo.
- Además, los padres de María tienen mucho dinero. No pretenderás ahora que vaya a dejar escapar un gran partido como ella.
Alfonso lo miró más asustado aún.
- Siendo así...- repuso el joven al fin -, creo que ya está todo dicho.
- Menos mal que ya has comprendido - dijo Jorge -. Me casaré con ella de todas formas.
Pero Alfonso no comprendió. Sintió pena y asco a la vez. No supo a cuál de los dos compadecer más. Pero, aunque no adelantó nada, a él le quedó la conciencia tranquila. El resultado de aquel matrimonio se vería con el tiempo, aunque Alfonso estaba ya convencido de que sería un fracaso.

lunes, 18 de junio de 2012

Las tres naranjas del amor (Asturias)

Hace mucho tiempo vivió un príncipe que decían que no reía nuca. La noticia había corrido por todo el reino y había llegado a oídos de una joven hechicera.
- A este príncipe yo le hará reír y llorar.
Y se vistió con un traje de cacharros enhebrados en cuerdas, se dejó caer el pelo sobre los hombros y, al son del pandero, se puso a bailar frente al príncipe.
La hechicera bailaba dando grandes saltos y, en uno de ellos, se rompió una cuerda que sostenía los cacharros y se quedó desnuda en medio de la calle. El príncipe empezó a reírse.
La mujer furiosa, le dijo:
- Permita Dios que no vuelva a reírse hasta que encuentre las tres naranjas del amor.
Desde aquel momento la tristeza fue ganando el corazón del príncipe. El tiempo fue pasando y, un día, harto ya de su vida sombría y aburrida, dijo para sí:
- Necesito alegrarme y reír. Estoy dispuesto a ir a buscar las tres naranjas del amor.
Caminó de pueblo en pueblo, hasta que una mañana se encontró con la hechicera.
Ella le preguntó:
- ¿A dónde vas?
- Voy a buscar las tres naranjas del amor.
- Están muy lejos de aquí, en una cueva. Camina hacia el norte y la encontrarás en medio de un peñascal.
El príncipe continuó su camino. Al llegar al peñascal se adentró en la gruta.
Llegó a una gran sala donde había una mesa de oro, sobre la que se encontraban tres cajas: cada una contenía una naranja del amor.
Después de caminar unas horas se sentó bajo un fresno y decidió abrir una de las cajas. La naranja guardada en su interior habló:
- ¡Agua, que si no muero!
Y como el príncipe no tenía agua, la naranja murió.
Emprendió de nuevo el camino y llegó a un mesón; allí pidió comida, una jarra de vino y una de agua. Abrió la segunda caja y la naranja dijo:
- ¡Agua, que si no muero!
Pero el príncipe, en lugar de arle la jarra de agua, cogió por error la de vino, echó el líquido en la caja y la segunda naranja también murió.
Emprendió de nuevo el camino y al atravesar un monte encontró un río. Allí abrió la tercera caja.
- ¡Agua, que si no muero!
- Bien sabe Dios que por falta de agua no morirás - dijo el príncipe al tiempo que echaba la caja al río.
Se formó en el agua un montón de espuma y de entre ella salió una hermosa joven.
El hijo del rey la llevó consigo, y en el primer pueblo que encontraron se casaron.
Al año siguiente de deambular por el mundo, la muchacha dio a luz a un niño, y la pareja decidió entonces volver a su reino, para dar la buena nueva al padre del príncipe. Al llegar, el marido dijo:
- Quédate aquí, junto a esta fuente, mientras yo voy a avisar a mi padre, el rey.
Junto a la fuente había una encina, y la joven se sentó a la sombra con su hijo. Al poco tiempo pasó por allí la joven hechicera. Se acercó a la fuente para beber y vio a la hermosa joven.
- ¿Qué hace usted aquí? le preguntó.
- Estoy esperando a mi madrido, el príncipe.
Observándola más detenidamente, miró al niño y más tranquila dijo:
- ¡Qué niño más hermoso tiene! ¡Déjemelo un rato!
La princesa le dejó al niño, aunque de mala gana.
La hechicera, alabó la larga melena de la joven y se ofreció a hacerle un moño. Y con fingida amabilidad se acercó a ella y le clavó9 un alfiler en la cabeza; en ese instante la princesa se convirtió en paloma.
Y la mujer, como tenía el poder de la transformación, tomó la forma de la princesa, puso al niño en su regazo y se sentó bajo la encina a esperar al príncipe; éste, al volver, la tomó por su joven esposa y la llevó a palacio.
Pasó el tiempo, el rey murió y la hechicera, junto a su marido, heredó el trono. Todas las mañanas, al paloma volaba sobre la huerta del palacio, se posaba a comer fruta y decía:
- Hortelano del rey, ¿qué hacen el rey y la reina?
- Comer y beber y estar en la sombra - contestaba él.
- Y el niño, ¿qué hace?
- Unas veces canta y otras llora.
- ¡Pobrecita su madre, que anda por el monte sola!
El hortelano contó al rey lo que sucedía cada mañana en la huerta. Y así decidieron coger al pájaro y dárselo al niño para que jugara.
Una tarde observó el infante que la paloma se rascaba la cabeza con la pata y descubrió que tenía un alfiler clavado. El niño se lo arrancó y la paloma recuperó la forma humana.
La hechicera fue quemada en la plaza pública.


Archivo de tradiciones populares. Cuentos asturianos escogidos de la tradición oral.

viernes, 15 de junio de 2012

Ya tengo edad

Espero que lo comprendáis ahora que ya lo sabéis. Los padres la miraban espantados. No comprendían nada. ¿Cómo se le podía ocurrir a Fergie pensar en el matrimonio cuando acababa de ingresar en la facultad de medicina? Estaba loca.
- René gana un sueldo mientras hace la especialidad. Yo empiezo ahora, pero casada con él, terminaré antes.
Ingrid Barry casi se subía por las paredes. Georges mordía el habano que fumaba como si fuera el mismo René quien estuviera entre sus dientes.
- Mira, cuando termines será el momento de hablar, pero, ahora te faltan dos meses para la mayoría de edad y no daremos nuestro consentimiento para tamaño disparate.
Fergie se plantaba delante de ellos con decisión y valentía.
Era rubia, espigada y muy crecida para su edad.
- Vamos a puntualizar y matizar las cosas. ¿A qué edad os casasteis vosotros?
- No son preguntas para hacer a los padres.
- Según se mire. Si os oponéis a mi felicidad, seguro que tengo derecho a saberlo.
- ¡Fergie!
- Papá, lo siento pero las cosas son así. Pero mi vida es antes que vosotros, y yo estoy enamorada de René Lauter.
- ¿Y sabes quién es ese René Lauter?
- Por supuesto. Un médico recién salido de la facultad, que está haciendo la especialidad en el mismo hospital donde yo inicio mis prácticas. Pero os advierto que le conozco desde hace un año.
- Pues dichosas monjas, porque le han criado y educado muy bien. Es más humano que vosotros.
- Fergie...
- Lo siento, papá. Vosotros sois tan ricos que todo Detroit os conoce como fabricantes de los automóviles más sofisticados, pero a mí me gusta la medicina, y René es el único hombre al que quiero y que me hará feliz.
- Jamás hasta que no tengas la mayoría de edad.
- Me faltan unos meses y si no es por las buenas, será por las malas, pero ya os digo que yo no vivo en vuestro mundo. Yo no mido al ser humano por su nacimiento, sino por su valía. Y René es digno de todo mi amor, ¿qué no os parece bien? lo lamento, pero nadie me hará cambiar de parecer ni de sentimientos. El que René se haya criado en un hospicio me tiene totalmente sin cuidado. Y se fue dejando a sus padres tensos.
Dejó su clase y se fue sola en moto al hospital. Tenía prácticas y sabía, además, que se toparía con René.
- ¿Lo has dicho? - preguntó René al verla, deteniéndola en una esquina para besarla cálidamente en la boca.
- Sí.
- ¿Y bien?
- No quieren pero yo tengo muy poco en cuenta su parecer. Cuando sea mayor de edad nos casamos. Mis padres son demasiado ricos, y, además, a mi padre se lo dio todo el hecho el suyo ¿qué sucede con eso? que ignoran lo que es la lucha por la supervivencia.
- Yo te aconsejo que seas más considerada con ellos.
- ¿Y cómo son ellos conmigo, René?
- Padres. Y tú no sabes lo que es no tenerlos nunca para que te den un consejo.
- Es que no sé qué será mejor - decía Fergie contestataria y terca -. Tener padres poderosos que intentan gobernar tu vida o carecer de ellos. Yo no acabo de entender esas situaciones, René. El nivel social de mis padres es muy alto y son conocidos en Detroit ¿y qué? porque si teniendo tanto no saben hacer feliz a su hija, que se queden con su dinero y sus prejuicios.
- ¿Quieres que vaya yo a vistarlos?
- ¿Qué dices? No te recibirían, has nacido y crecido en un hospicio. Has salido adelante por tu talento, has llegado a ser médico gracias a tu tesón ¿acaso crees que eso lo van a medir a tu favor? en modo alguno. Porque ellos crecieron dentro de sus prejuicios, de una clase social especial, y jamás admitirían que la única hija que tienen se case con un médico desconocido.
- Fergie, yo te pido...
- ¿Prudencia?
- Consideración...No sabes lo que es crecer sin padres. Fergie le besó en los labios y asiendo la bata blanca se fue a toda prisa.
- Me tengo que incorporar a mi equipo. Te veré después. René quedó algo desarbolado. La directora del hospicio le recibió esa misma noche. Adoraba a René y es que desde niño fue obediente, estudioso y respetuoso al máximo. René era para ella el hijo que nunca tuvo por su estado de monja. Pero que nadie le negara el derecho lógico de adorar a la persona que tantas satisfacciones le había dado.
- Siéntate, René. Veo en tu semblante depresión y en tus ojos tristeza. ¿qué te ocurre?
- Estoy enamorado de la hija de los Barry.
La directora del hospicio dio un salto.
- ¿Qué me dices?
- Los dos estamos dispuestos a casarnos, aunque los padres se niegan a dar su consentimiento. Ella no tiene aún la mayoría de edad, pero tan pronto la tenga nos casaremos y viviremos en mi cuarto alquilado, nos mantendremos con lo que yo gane y Ferige terminará siendo médico como yo.
- Pero tú estás dolido por lo que te niegan.
- Es porque soy hospiciano.
- ¿Si?
- Sí, sí.- Y eso me desquicia, pero como es verdad...
- Ponte cómodo, te voy a contar una vieja historia que sé por casualidad. Ahora fuma si quieres, relájate que estás muy nervioso. Después, si quieres hacer uso de ella lo haces. Yo te autorizo.
Y habló mucho rato hasta que los ojos azules de René se iban iluminando.
- ¿Entendido, René?
- Sí, pienso que sí.
- Pues obra en consecuencia, que la vida no se hizo para los cobardes ni los pusilámines...
- ¿Cuándo cree usted que debo ir, madre Mildred?
- Cuando gustes y no aguantes más. Pero sé cauteloso, elegante y delicado siempre.
- Sí, se lo prometo.
- Y vuelve cuando gustes, hijo. Ya sabes que ésta es tu casa y aquí tienes tu rincón. Pero René deseaba otro más amoroso, más sentimental, más...pasional...y con Fergie por esposa.
Fergie oyó el timbre de su mansión y después, un sirviente que abría y un nombre que se pronunciaba en el salón. Quedó tensa y salió de su precioso cuarto dejando el libro de texto sobre el tablero de su mesa de estudio. Se asomó a la barandilla del vestíbulo superior y como la puerta corredera de colores estaba abierta pudo escucharlo todo.
Era tal su asombro que no sabía qué hacer. Si quedarse o correr a ayudar a René.
Pero oyendo tantas cosas que ignoraba, se quedó aferrada a aquella barandilla y esperó la reacción de su padre.
- Verá usted, mister Barry. Vengo a pedir la mano de su hija Fergie. Nos amamos. Yo vivo en un cuarto con salón, cocina y aseo y frecuento la facultad, donde hago la tesina y a la vez el hospital donde presto mis servicios y gano un sueldo. No demasiado grande, pero sí lo suficiente para mantenernos Fergie y yo. Me atreví a visitarle porque le quiero decir dos cosas. Amo a su hija y deseo casarme con ella. Nos arreglaremos sin su ayuda.
- ¿Y cómo te atreves? Porque, según tengo entendido, procedes de un hospicio, ni siquiera conoces a tus padres y no creo tanto en los sentimientos que te conduzcan a una muchacha que ha vivido siempre en la opulencia.
- Señor, yo pienso que la opulencia es un aparato social en el cual se apoyan los débiles. Pero los fuertes, como usted, por ejemplo, se apoyan en el trabajo y en la perseverancia sin pensar en los orígenes.
- ¿Qué dices?
- Míster Barry, su abuelo...procedía de un hospicio.
- ¿Cómo te atreves?
- Eso es lo que me empujó a visitarle. Si usted prefiera olvidar esa circunstancia, otras personas no la olvidan...y por esa razón yo estoy aquí. Lo he sabido por casualidad y me gustaría que volviera la vista atrás y recordara, si es que puede, cómo se abrió camino en la industria su abuelo. Lo siento, señor, pero yo defiendo mi amor por Fergie y vengo a saber si debo esperar a la mayoría de edad de mi novia, su hija, o usted mirando el pasado...se olvida un poco del presente para darnos a Fergie y a mí la libertad de amarnos tal cual somos.
Fergie echó a correr escaleras abajo. ¿De modo que su abuelo procedía de un hospicio y sus padres tan tiesos ellos, con tantos prejuicios despreciaban al hombre que amaba?
Llegó al salón cuando los dos padres se erguían y miraban a René, más que como un ser humano, como a un fantasma del pasado que resucitaba en el abuelo muerto.
Se pegó a René y dijo:
- Papá, eso no lo sabía.
Su padre tenía el rostro crispado, pero en el fondo...quizás se apreciaba en él un atisbo de humanidad.
La madre temblaba pegada a su marido, ¿sabía? claro, claro que sabía. Se le notaba en la expresión espantada.
- René - dijo Fergie -, ¿quién te lo ha dicho?
- ¿Y qué más da? El caso es que yo soy como el abuelo resucitado que de un taller de bicicletas consiguió todas las concesiones de automóviles de Detroit...¿por qué se nos priva de amarnos?
- Mamá, papá...
- Esta bien - estalló el padre que sin duda conocía muy bien sus orígenes -. Está bien. Ya diré lo que proceda en su momento. Ahora mismo no voy a añadir nada.
- Papá, yo voy a salir con René a tomar algo.
- Sal si gustas, y perdonad que me sienta tan turbado. Después de que René y Fergie se fueron, abrazó a su mujer.
- Es verdad y tú lo sabes.
- Sí, sí.
- ¿Qué hacemos? Ha tenido que ser valeroso, como el difunto abuelo para presentarse en nuestra casa y decirnos aquello que tan callado teníamos...No fue un chantaje, no. Fue...una realidad que hemos vivido y que tenemos oculta como un pecado. Tenemos que ser más humildes, Ingrid, y olvidar resquemores, complejos y aceptar ese matrimonio. Y si tenemos que ayudarles, les ayudamos.
Pero no. Fue la condición tajante, categórica que puso René Lauter. Y lo dijo, además dos días antes de casarse con la estudiante a la cual pensaba ayudar a acabar la carrera con sus emolumentos de médico y en su apartamento chiquito.
- No quiero nada. Y no es desprecio. Es que pretendo que Fergie y yo nos la arreglemos solos. Sin embargo, te prometo que si te necesito te buscaré y te pediré ayuda.
- Pero soy multimillonario y no tengo más que una hija.
- De acuerdo, George - decía René amable pero tajante -, si un día mis hijos lo necesitan, vendrán a tu lado. Y yo mismo los traeré. No es orgullo. Es que pretendo emular al difunto abuelo que te dio a ti el poder y el dinero. Y se iba ya con la mujer que sin edad, era su esposa. Había cumplido dieciocho años y al entrar ambos en aquel cuarto pequeñito con salón alcoba, cocina y baño, lo consideraban casi como un palacio.
- Tus padres - decía René apretándola contra sí llevándola delicadamente a su alcoba - dijeron que no tenías edad. Pero yo sé que eres una mujer. Una mujer como yo un hombre.
- ¿Quién te contó lo de mi abuelo?
- ¿Y qué importa?
- Dejaste a mis padres apabullados.
- No lo creas.
- Serás médico - le decía al amanecer -. Médico como yo, y después nos complacerá visitar a tus padres por placer, por goce, por afecto. Pero dinero, ni un céntimo.
- Y la herencia, ¿para quién puede quedar?
- Para los nietos, los hijos que tengamos los dos.
Fue así, ni más ni menos, y en su día George e Ingrid Barry se sintieron orgullosos de su yerno, de su hija y de los tres nietos que nacieron de aquel entrañable y emotivo matrimonio...

lunes, 11 de junio de 2012

El muchacho que engañó a la muerte (Noruega)

Hace muchos años ocurrió una historia en un pequeño pueblo noruego llamado Lom. Allí se encontraba el mejor maestro cervecero de toda la región. En la temporada de Navidad, contrató a un joven como aprendiz y, al término del contrato, el maestro cervecero, además de su salario, le entregó un barril de su mejor cerveza.
El joven, con el barril al hombro quiso recorrer el mundo. Pero, al poco tiempo, comprendió que el peso del líquido entorpecía su viaje. Y decidió detenerse e invitar al primero que pasara por su camino.
Al poco rato apareció un hombre que llevaba medio cuerpo cubierto de pieles y el otro medio desnudo:
- Hola - dijo el chico.
Voy buscando a alguien que quiera beber conmigo para que mi barril de cerveza no sea tan pesado.
- Ese alguien puedo ser yo si lo deseas. Vengo caminando desde muy lejos y me muero de sed.
- Bien, pero antes debes decirme quién eres.
- Yo soy el Tiempo y vengo de las nubes - dijo el desconocido.
- Entonces no beberás conmigo. Tú no eres justo con la gente. A unos matas de frío, mientras otros se asan de calor. Yo sólo quiero compartir mi cerveza con gente buena.
Y el Tiempo, sin decir nada, continuó su camino.
Pronto apareció otro hombre por la vereda, su aspecto era muy desastrado.
- Hola - dijo el muchacho -. Voy buscando a alguien que quiera beber conmigo para que mi barril de cerveza no sea tan pesado.
- Ese alguien puedo ser yo, tengo muchas ganas de cogerme una buena cogorza - dijo el desconocido-.
- Pero antes debes decirme quién eres.
- Vengo de los Infiernos, en la Tierra me llaman Satanás.
- Entonces lárgate enseguida. Tú sólo traes sufrimiento a los hombres y yo sólo quiero compartir mi cerveza con gente buena.
Poco después, al atardecer apareció una vieja harapienta y descarnada.
- Hola - dijo el muchacho -. Voy buscando a alguien que quiera beber conmigo para que mi barril de cerveza no sea tan pesado.
- Pues ese alguien puedo ser yo. Hoy he trabajado mucho y estoy sedienta y agotada.
- Bien. Pero antes debes decirme quién eres.
- Seguro que no soy una desconocida para ti. Soy la Muerte.
- Tú sí beberás de mi cerveza, porque a todos los tratas por igual, a pobres y a ricos. Y el muchacho y la Muerte bebieron juntos hasta que llegó la noche.
- Jamás he bebido una cerveza tan rica como ésta. En agradecimiento, voy a concederte alguno de mis poderes. En primer lugar, la cerveza que contiene este barril no se acabará nunca. Además este líquido será un elixir maravilloso que curará a todo enfermo que lo beba. Pero deberás tener algo en cuenta, cuando entres en la alcoba del enfermo y me encuentres sentada a los pies de su cama, puedes administrarle este delicioso elixir y la persona se curará. Sin embargo, cuando me veas sentada junto a la cabecera, no lo hagas, porque será señal de que le enfermo no tiene ya cura.
Pronto se hicieron famosas por todo el país sus curas maravillosas. El recordaba siempre las recomendaciones de la Muerte, y si la encontraba sentada a la cabecera de la cama decía:
- Este enfermo no tiene cura. Pronto morirá sin ningún remedio.
Un día, fue llamado a una humilde cabaña, donde agonizaba una pobre mujer rodeada de cinco niños pequeños. Pero el joven vio a la Muerte sentada a su cabecera.
- No hay esperanza  para esta mujer. Morirá sin remedio.
Pero, al decir esto, el muchacho sintió una inmensa tristeza, al ver a los niños que lloraban con amargura junto a la cama de su madre. Y entonces, viendo que la Muerte estaba dormitando, tuvo una idea feliz: pidió a los vecinos que allí se congregaban que dieran la vuelta a la cama. De este modo, la Muerte quedó sentada a los pies de la cama de la enferma y la pobre mujer, bebiendo un trago de cerveza, quedó curada.



viernes, 8 de junio de 2012

Semblanzas

Lorne Talboll miraba a su abogado con expresión casi enloquecida.
- Y dices que yo, a mis veintitrés años y ocupado como estoy en diseñar y fabricar barcas de recreo, ahora, de repente, soy tutor de una criatura...Tú estás loco, Fred.
- Un minuto de clama y te explico el asunto, Lorne. Tú tendrás, como dices, veintitrés años, pero posees un temperamento maduro y un carácter firme. De modo que en pocas palabras te pongo al corriente del asunto. Tu padre y el padre de tu pupila fueron socios. Lo sabes perfectamente. Al quedar huérfana Zoya Lugall tu padre fue su tutor hasta ahora, que falleció él. Lógicamente, su patrimonio pasa a ambos y, además, a ti te queda la tutela de Zoya, a la que aún le flatan tres meses para ser mayor de edad y emancipase. Pero, entre tanto, yo tengo el deber de decirte que eres el tutor legal de Zoya. Ella desea volver a Cardiff, por tanto no tendrás más remedio de atravesar el canal de Bristol e ir a Weston a buscarla.
- ¿Y por qué no viene ella? 
- Por qué está en un colegio. Allí la dejó tu padre y allí vive desde los cinco años, cuando perdió al suyo, y sí tú eres tan honesto como él, y creo que lo eres, lo mejor que puedes hacer es cumplir hasta el final el testamento de tu padre.
- ¿Y qué sé yo de crías, Fred?
- Como si tú fuera viejo. Tienes veintitrés años, Lorne, y te has pasado la vida diseñando barcas de recreo, y el negocio, hoy por hoy, es de los dos, porque lo habéis heredado de tu padre. Ya sé que es chocante la situación, pero...yo no puedo mejorarla ni cambiarla. Soy tu abogado y tu amigo y por eso mi padre me envió para decírtelo. Dice, y tiene razón, que se entienden mejor dos chicos jóvenes, que un viejo y un joven. Mañana te esperan en el pensionado y Zoya estará lista para salir.


Zoya Lugall se hallaba muy nerviosa. Así que cuando la celadora le pasó el aviso de que su tutor la estaba esperando, se puso más nerviosa aún, pero cargó con su maleta, su bolso y sujetó la mochila al hombro.
Adiós encierro, adiós amigas, adiós años de convivencia en el pensionado. La vida, a fin de cuentas, era estupenda. Ella tenía cerca de los dieciocho años y le encantaba viajar. Pensaba estudiar ingeniería naval para poder llevar el negocio que su padre, en sociedad, le había dejado con su actual tutor que suponía sería un viejo cascarrabias insoportable. 
Ya la esperan - decía la celadora.
Ella se había despedido de sus profesoras y amigas el día anterior y como era muy temprano no veía a nadie por los pasillos.
Era una preciosidad de chica. Ojos verdes enormes, esbelta y, además, como ya salía y no necesitaba el uniforme para nada, vestía pantalones vaqueros ajustados y un polo rojo. Calzaba mocasines bajos y aun así era la esbeltez en persona.
Lorne al verla quedó boquiabierto.
- Hola - saludó -, ¿quién eres tú? ¿El chófer de míster Talboll, mi tutor?
Lorne no se atrevía a decir quien era, pero tenía que hacerlo y, además, ya había presentado su documentación en conserjería.
- Soy tu tutor.
Zoya se quedó plantada ante él.
- ¿tú? ¿De qué vas, tío? Mi tutor es un señor mayor, que fue amigo de mi padre.
- Te lo contaré de camino. Hemos de tomar el barco para atravesar el canal de Bristol y volver a Cardiff. Tengo mucho que hacer allí y no puedo perder el tiempo. Y pese a la emoción que le causaba ver a su pupila, la asió por un codo y se hacía cargo de su equipaje.
- Vamos... - decía -. No quiero tener que esperar el barco siguiente.


Zoya se pasó el corto viaje en cubierta tocando la guitarra y mirando fijamente a su tutor. Tenía gracia. Una inmensa gracia que su tutor fuese joven, apuesto y asombrosamente interesante. Parecía mayor, pero él le había dicho que tenía veintitrés años, que había terminado la carrera de ingeniero naval y que atendía el negocio con toda honestidad. A ella el negocio le importaba un rábano. Lo que deseaba era estudiar, pero aquel verano pensaba viajar a sus anchas, nada más cumplir la mayoría de edad y perdiera su joven tutor toda la autoridad sobre ella.
Le veía pensativo, recostado en cubierta, moreno, de pelo negro y ojos rabiosamente azules. Tostado de piel, alto y musculoso. El príncipe azul... ¡Ji! Y, además, era su tutor y socio. ¿No causaba eso un poco de risa?
Desembarcaron al anochecer y se fueron en un deportivo propiedad de Lorne a una preciosa mansión no lejos de los astilleros.
- Tú dirás dónde quieres vivir, si aquí o en un hotel...
- ¿No tengo casa propia?
- Esta es tuya por la mitad. Nuestros padres además de socios y amigos, vivían juntos...
- Pues me quedo en tu casa, cuya mitad dices que es mía, si a ti no te importa.
- Eso es cosa tuya.
Zoya pensó que pese a sus casi dieciocho años y a los veintitrés de su "tutor", ella era más lanzada que él, y que Lorne incluso se ruborizaba.


La vida en común y pese al servicio, no era muy llevadera, porque Zoya andaba todo el día por los astilleros y Lorne sudaba la gota gorda, ya que le gustaba una barbaridad. Zoya tan pronto se vestía de lujo como andaba en pantalones cortos y descalza saltando de un lugar a otro. Y en casa, Lorne procuraba no mirarla y hasta no coincidir con ella, pues cada día se sentía más turbado y más nervioso por la belleza física y moral de su pupila.
Eran dos adultos sin edad, pero adultos al máximo. Zoya no dijo jamás que le gustaría viajar y cuando cumplió la mayoría de edad y Lorne ya sufría pensando que se iría de casa, ella el sorprendió con una noticia.
- Voy a estudiar ingeniería naval. En primaria siempre tuvo notas brillantes y me gusta esto del diseño de barcas de recreo. Además me encanta vivir contigo. Lorne quedó tan ruborizado como el primer día que la vio y se quedó callado asintiendo.
Aquel año la relación entre ambos fue especial, peculiar. A veces muy amistosa, otras lejana. Ninguno sabía quién escapaba del otro. Pero Zoya ingresó en la escuela y se pasaba las horas libres estudiando o tocando la guitarra. Un día vino acompañada de un joven y Lorne se sulfuró por primera vez.
- O sea, a tu edad y con acompañantes masculinos...
Zoya se le quedó mirando desconcertada.
- Tengo la edad para decidir lo que me dé la gana. Ya no eres mi tutor, aunque sigas siendo mi socio.
- Pero...
- ¿Celos?
- ¿Celos, yo?
- ¿Y qué es eso tan airado que leo en tus desconcertantes ojos azules?
- Zoya - se aplanó - es que...
- No me lo digas... Ya me lo dirás cuando proceda.
- ¿Y cuándo va a proceder?
- No lo sé. Pero si sé que ese chico que me acompañaba sólo me ha traído en su auto, pero nada más. Absolutamente nada más.


Cinco años de penuria, de ansiedad, de represiones, de ser el lazarillo de Zoya. Se había empeñado en ser ingeniero naval e iba camino de conseguirlo y lo consiguió al cabo de los seis años. Ya tenía veinticuatro y era más madura que una adulta de cuarenta.
Lorne tenía veintinueve años y cada día sufría un poco más, pero no se atrevía a causar la risa de Zoya, tan sarcástica siempre, diciéndole que la amaba, que estaba loco por ella y que llevaba seis años sufriendo.
Zoya, por su parte, se dio cuenta, al fina de la carrera que terminó con brillantez, que lo de viajar se le había pasado y que convivir con un tipo tan guapo y tímido le causaba excitación.
"Si él no me lo dice ahora que vamos a trabajar juntos en el negocio que es de los dos, tendré que decirlo yo", pensaba cada día, pero nunca encontraba el momento. Y aquel llegó inesperadamente. Fue en la noche. Sonó el teléfono y Zoya levantó el auricular. Era la voz de una mujer que parecía joven por el arpegio de su inflexión.
- ¿Está Lorne Talboll?
- ¿De parte de quién?
- De Mildred.
Zoya tuvo ganas de morder el auricular, pero se contuvo y dijo:
- Es para ti. Una tal Mildred.
- Ah sí, dame.
Y de mala gana Zoya le entregó el auricular.
Apreció que la voz de Lorne se convertía en suave y cálida y cuando colgó observó que había quedado citado con ella para aquella noche. Pues no... La cosa iba a salirle mal a Mildred.
Antes de que Lorne dijera que iba a salir, ella, melosamente, como una gatita, siseó:
- No sabes lo que daría por comer hoy fuera, contigo, y después ir a bailar y si te apetece dar un paseo en auto a la luz de la luna.
- Pero...
- Tengo esa ilusión. ¿Qué dices tú?
- Pues...
- ¿Me visto?
Y Lorne no se atrevió a decirle que ya tenía un compromiso porque, realmente, lo único que a él le interesaba era su ex pupila y socia. Entre tanto, ella corría a vestirse, Lorne llamó por teléfono a Mildred y se disculpó. Mildred se enojó muchísimo, pero eso a Lorne le tenía sin cuidado porque iba a salir con el amor que estuvo ocultando por consideración, miedo y timidez durante seis años...


Zoya estaba preciosa con su traje de noche negro que la hacía mayor. Su cara de niña pícara, su aspecto gatuno y sensual y su belleza. Porque era bella y exótica a rabiar. Se fueron juntos en el auto de Lorne y aquel iba como un flan tembloroso y emocionado. Comieron y después se fueron bailar muy apretados.
De madrugada salían hacia su residencia, pero de repente Zoya dijo con su voz cálida que enervaba a Lorne.
- Y si pasamos la noche en un hotel...
- ¿Qué dices?
- No sé, pero estoy diciendo lo que estás oyendo.
- Zoya...
- ¿Qué sucede? No me digas que esa chica que te ha llamado hoy es tu amor...
- Oh no, pero...
Zoya, sin perder la tranquilidad extrajo del bolso un documento.
- ¿Tienes otro igual, Lorne?
- Es... - se atragantaba Lorne - una licencia de matrimonio.
- Pues sí.
- Pero tú...
- ¿Y tú?
- Yo...yo... - y sin terminar, titubeante, introducía la mano en el bolsillo interior de la americana y extraía otro documento parecido -. Es que pensaba...es que sentía... es que...
- Que lo sabemos los dos, Lorne. ¿Por qué no eres despierto y sincero de una vez? Tú por tu lado, y yo por el mío, hemos adquirido dos licencias. Pues a casarnos.
Lorne detuvo el auto y la miró fijamente parpadeando.
- ¿Tú me amas?
- ¿Es que eres tonto? Mi ilusión era viajar y, en cambio, me quedé seis años estudiando para ser igual que tú, estar contigo y supervisarlo todo juntos. ¿Cómo es el amor, Lorne?
- ¿No...lo has vivido nunca?
- Jamás.
- Pues vamos a casarnos y  después verás...
Y Lorne pedía su timidez, su cautela, su freno.
En el hotel, ya casados, decía Zoya sabiendo ya cómo era el amor y qué sentía al vivirlo:
- Y haber perdido seis años, Lorne...No lo concibo en mí.
- Pero nos estamos resarciendo, y lo que nos falta ¡Lo que nos falta!

La timidez de Leroy

Wally lo sabía, como sabía casi todo lo relacionado con el profesor de historia. Ella ocupaba el aula de literatura y de un año para acá que fue destinada a aquel colegio público mixto, sabía, con esa intuición de mujer que casi nunca falla, que Leroy Brown la amaba...
Observaba sus miradas furtivas, sus invitaciones en la cafetería del colegio, sus salidas retardadas como si la estuviera esperando.
Wally Hyde estaba divorciada y su matrimonio sin hijos, afortunadamente sin ellos, duró un año escaso. Después cada cual se fue por su lado y, sin odios, se dijeron adiós. Sabía también que Leroy era soltero y contaba tres años más que ella, pero quizá le faltaba la experiencia que a ella le sobraba.
Liverpool era muy grande, pero quiso el destino, la casualidad o lo que fuera, que aparte del colegio un día se toparan a la entrada de la casa de apartamentos.
Es decir, que además vivían en el mismo edificio. "Si no se lo digo yo" pensaba Wally, "es posible que él jamás se atreva. Y yo no sé  el tiempo que aguantaré callando".
Y aún continuaba razonando: "Llevo un año viéndome con Leroy y siempre me mira como si no quisiera mirarme, pero algo le fuerza a hacerlo, y yo no soporto que si un hombre tiene todo el derecho a declararse a una mujer, por qué la mujer no se le puede declarar al hombre, que a fin de cuentas tanto uno como otro son sólo seres humanos, mejores o peores, pero nunca dejarán de ser lo que son." Empezó, simplemente, por ir a pedirle azúcar.
Otro día era sal, o aceite, o lo que fuera, porque nunca dejaba de ser un pretexto para saber cómo funcionaba Leroy. Y Leroy era un tipo culto, sumiso, sensible al máximo. La miraba y con sus ojos marrones ya le decía a las claras lo que sentía. "Pero quizás", pensaba Wally, "ignora que estoy divorciada. Se lo tengo que decir y tal vez le desilusione,pero entre Leroy y yo, o hay algo de verdad o no dejaremos jamás de ser compañeros de profesión, lo cual lamentaría porque me atrae como jamás hombre alguno me ha atraído".
Con estos razonamientos, acertados o no, Wally siempre tenía algo que pedirle a Leroy. Vivían en el mismo rellano, casi puerta con puerta. Un día se lo dijo.
Fue a pedirle algodón que necesitaba y entre tanto Leroy lo buscaba, ella le miraba sin ambages, sin preámbulos, abierta y fijamente.
Era alto, fuerte, de cabellos castaños algo ondulados y ojos marrones. Pero se observaba en él una carga tremenda de timidez. Eso lo veía cualquiera y es que, además en el colegio donde ambos impartían clases, todo le mundo lo sabía, hasta los propios alumnos.
- Aquí tienes algodón, Wally. No le mandaba pasar y Wally se quedaba allí, recostada en el umbral. Era joven, veinticinco años escasos. Profesora de literatura, rubia, de enormes ojos color canela. Esbelta, delgada, uno sesenta y cinco de estatura y siempre vestida supermoderna.
A él le chiflaba, pero...
- Oye, Leroy, si me invitas a pasar te cuento algo.
- Pues pasa. ¡Oh, perdona! Es que yo tan despistado... Si seré necio. Pasa, pasa, Wally. También es casualidad que ocupemos apartamentos contiguos, ¿no te parece? - y su piel morena se coloreaba un poco como si le embargara la vergüenza -. Por favor, pasa. Yo cierro, no te preocupes - y muy aturdido -. ¿Es ese el algodón que necesitas?
Wally no necesitaba ninguno. Pero es que ella se había casado a los veinte años con un tipo insensible, estúpido, inculto...¡Cosas que ocurren! Al año estaba divorciada y aún tuvo agallas para terminar la carrera y encima hacer oposiciones y sacarlas. era su única salida. No quería dinero de su ex marido y él sí que lo tenía, pero antes morirse que vivir de un divorcio prematuro.
- Toma asiento, Wally. Ponte cómoda. Es eso. ¿Quieres tomar algo? No tengo mucho porque soy descuidado para todo, pero -aturdido como momentos antes- algo sí. Un brandy, un whisky...
- Nada, Leroy. Gracias.
Pero tomaba asiento en un cómodo sofá porque, a decir verdad, el apartamento de Leroy era más cómodo y confortable que el suyo.
- Si te queda tú de pie - decía Wally serenamente -, tendré que levantarme yo.
- Oh, no - y caía sentado enfrente de ella -. Claro que no, Wally. Es que soy asi, ¿sabes? Algo corto...
- Pues tengo entendido que hiciste una carrera de historia brillante.
- Sí, eso sí - y volvía a ruborizarse -. Por supuesto. Es para lo que viví.
- ¿Y antes...?
- ¿Cuándo?
- Antes de ser catedrático de historia...
- Pues nada.
- ¿Nada de nada?
- Mi madre.
¡Ah, vaya! Ahora, Wally lo comprendía. ¿El complejo de Edipo? No, no tenía Leroy pinta de eso, pero una madre autoritaria puede destruir la personalidad verdadera de un hijo y tergiversarla.
- Yo soy divorciada - dijo para animar a Leroy.
Y notó el impacto.
Y también oyó su voz entrecortada asombradísima:
- ¿Divorciada tan joven?
- Tengo veinticinco años y me casé jovencísima. Al año estaba divorciada. No quise nada de mi marido. Era zafio, inculto, cargado de dinero. No me dio la gana de sacar de él una sola libra esterlina - hacía un gesto desdeñoso -. No entiendo como algunas mujeres se casan para luego pedir dinerales a sus maridos. Yo no. Me casé enamorada, o eso creí.
- Y te diste cuenta de que no lo estabas...
- Cuando lo entendí pedí el divorcio y con la promesa de no exigir dinero, mi marido me lo concedió civilizadamente, aunque dudo de que sea civilizado.
- Yo...soy soltero.
- Ah.
- Y nunca tuve novia.
- Pero aventuras...
- Pocas. Algunas esporádicas. Sin trascendencia...
- ¿No te has enamorado nunca?
- Pues...
- ¿Sí o no?
- No, no. Bueno...¿para qué hablar de eso?
- ¿No podemos siendo amigos, compañeros y vecinos?
- Sí, si. Pero hay cosas...
- Leroy, te diré que yo detesto las vacilaciones y que me gusta ir directa al objetivo... Ya sé que tú lo evitas.
- ¿Sabes?
- ¿No debo saber?
- Sí, si, pero es que un hombre como yo, de mi edad... se siente acomplejado ante una mujer como tú.
- Pero yo te gusto,, ¿no es así, Leroy?
La veía levantarse, pasear por el salón, sudar, sofocarse, ponerse rojo y después pálido.
- Yo me marcho, Leroy, pero piensa en eso. Si te molesta que sea divorciada...
Se iba, pero de súbito Leroy sacó fuerzas de alguna parte. La así por el codo y la acercó a su costado.
La miró fijamente extraviado.
- Eso no me importa nada. Yo no soy un estúpido machista... me gustaría decirte, me gustaría... Pero no sé si puedo, ni soy capaz... Me gustas mucho.
Y de repente, la besaba en plena boca. Fuerte, fuerte, como si en ello le fura la propia vida.
Wally se separó de él y le miró a los ojos.
- Leroy...
- No, quieres casarte, ¿verdad? Si te has casado una vez y te fue mal, seguro que huyes del matrimonio como de la peste.
- Pero no huyo de una relación.
- ¿Una relación?
- Contigo, Leroy.
Y de repente, la puerta que iba a abrir, la dejó tal cual. Amanecía. Era fin de semana y no había clases. El algodón que Wally iba a pedirle permanecía en el suelo olvidado, como las ropas de los dos.
- Yo quiero casarme - decía él delirante, sofocado, pegándola a su cuerpo -. Forma una familia, tener hijos y toda esa ternura que impone el matrimonio.
- ¿Te enseñó eso tu madre?
- Ella ha muerto y yo me vi desarbolado...Sólo al conocerte...
- Me amaste.
- Sí...Como un loco, pero no me atrevía a decírtelo.
Y la besaba reverencioso, con una sensibilidad que Wally ya creía conocer, pero que justificaba más al tratarle, al ser suya, al ser Leroy suyo a su vez.
- No me caso aún, Leroy. Te amo. Creo que te amo mucho. Y además por muchas cosas. Tu timidez coartada, tu sensibilidad, tu emotividad, tu excitación y todo el complemento sexual que ello implica. Te amo, sí, y te lo digo sin rubor, que rubores he sentido ya cuando de nada servía sentirlos. Cuando estemos seguros de haber consolidado una relación.
- ¿Y si falla?
- Pues falla igual casados que solteros y yo no quiero que falle.
- ¿Fallará en ti?
- No, Leroy, pienso que no. Te vengo observando hace tiempo y esta noche he vivido contigo la experiencia más hermosa de mi vida. Un día cuando estemos seguros los dos...nos casaremos. Pero, de momento, vivamos así...
- Yo te adoro. Y te adoraré en silencio y soñé noches enteras en tenerte como te tengo ahora. Me gustaría que fuéramos uno del otro en su totalidad.
NO, Wally no se exponía. Una cosa era amar y desear y otra compartirlo todo, y no se atrevía a tanto después de su primer fracaso. ¡Qué sabía Leroy de tales fracasos! Eran como espinas clavadas que nunca se arrancan o que si se arrancan dejan huella.
Empezó una vida en común a lo silencioso.
En el colegio mixto apenas se miraban. Nadie diría...y todo el mundo sabía, que bien dice el refrán que el dinero y el amor no se pueden ocultar. Pero sólo en el apartamento de uno de ellos se realizaban como pareja.
Fue una época preciosa.
Y Leroy decía cada día:
- ¿Mañana?
- No, Leroy.
- ¿No te basta con que vivamos juntos?
- Necesito más. Mucho más. Un día tras otro, más de un año ocultando sus amores que sonaban en el instituto mixto a voces. Pero ellos no tenían interés alguno en que se supiera, aunque se sabía...
Fue a fin de curso.
O se iban juntos o por separado, y Leroy no quería irse solo.
- ¿Por qué eres tan tímido aparentemente, siendo en la intimidad tan audaz y completo?
- No lo sé. Tal vez mi madre, que me acaparaba para ella sola...hsta que falleció no pude vivir mi vida, pero después viví a mi manera, aunque no supiera hacer desaparecer la timidez.
- Pero no eres tímido más que en apariencia.
- Contigo que te atreviste a abandonarme, a desterrarla, a...Pero ahora te digo - y la apretaba contra sí, delirante - que tocan las vacaciones, me gustaría dejar Liverpool e irme a España contigo. A Marbella, a la Costa del Sol, que no conozco y dicen que es una maravilla.
- Pues iremos juntos.
- ¿Sin casarnos, Wally?
- Es decir, que tú te quieres casar...
- Es lo que más anhelo.
- Al regrso de ese viaje a España, ¿te parece?
- ¿Y me queda otro remedio?
- No.
Y reía.
Al regreso de aquel viaje maravilloso, donde vivieron momentos deliciosos, ella dijo al fin:
- Ahora, sí.
- ¿Ya?
- Pues hoy mismo.
- Hoy mismo, si.
Y se casaron...Cuando empezó el curso ya eran marido y mujer y jamás se arrepintieron...
Un día, Leroy le dijo a su mujer:
- Me gustaría tener un hijo, o dos, o media docena.
- El primero - le dijo ella - ya está en camino.
Leroy parecía enloquecer de ilusión, de entusiasmo.
- ¿De verdad, de verdad?
- Mira el análisis...
Y nació aquel hijo, después otro y hasta el tercero...

lunes, 4 de junio de 2012

El marido celoso (Hungría)

Tiempo ha, vivía un mercader rico y poderoso, además de celoso; su mujer, muy bella, no podía salir de casa nunca. Un día fue con otro mercader a recoger una carga a las orillas del Danubio. Cuando regresaban a casa, pararon en una posada para descansar un poco y comenzaron a hablar, medio en serio medio en broma.
- ¿Tiene tu mujer algún amante que la visite en su casa? - dijo el otro.
- Mi mujer no tiene ningún amante - respondió el mercader enfadado.
- ¡Vamos! ¿Qué me darías por convertirme un día de estos en su amante?
- Si lo haces, te daré mi propiedad, y también mi mercancía, con barco y todo.
- ¿Cómo sabrá que he conseguido ser su amante?
- Si eres capaz de decirme dónde está su marca de nacimiento y de coger su anillo de oro, lo sabré. Pero mi esposa es capaz de azotarte sólo si insinúas algo semejante. Dejé una doncella con ella para asegurarme de que no va a salir de casa.
- ¡Ganaré la apuesta, pese a todo tu empeño!
- ¡Inténtalo!
Y el otro se fue. Empresa difícil en la que se había metido, sólo por bromear. Acercarse a la mujer era más que imposible, pero quería salir airoso del asunto.
En el camino se encontró una vieja comadre famosa en la región por los buenos y acertados consejos que daba a todo el que se acercara. Decían que tenía poderes mágicos. Nadie recordaba haberla visto de joven.
- Anciana, dime, ¿qué puedo hacer para obtener el anillo de la mujer del rico mercader? He hecho una apuesta y quiero salir con éxito de este espinoso asunto.
- ¿Qué me darás si hago que lo consigas?
- Te daré cien florines.
- Manda que te construyan un gran baúl que tenga una ventanita, y métete dentro. Dispón un cerrojo por dentro. Yo te llevaré a ella.
La mujer mandó llevar el baúl, con el hombre dentro, hasta los muros de la casa del mercader. Llamó a la puerta y dijo a la señora:
- Le ruego que me guarde en su casa este baúl lleno de ropa para que nadie me lo robe. Volveré mañana.
- ¡Póngalo en el vestíbulo!
Luego, la señora llamó a la doncella y le ordenó que lo llevara a su habitación.
Por la noche, la señora tomó un baño y dejó su anillo sobre la mesa. A través de la ventanita, el hombre descubrió una peca bajo su pecho derecho. La señora se fue a dormir dejando el anillo encima de la mesa, poco después apagó la vela.
Entonces el hombre salió del baúl, cogió el anillo y volvió a encerrarse en el interior del baúl. Por la mañana, regresó la anciana y se llevó la carga con ella.
Al día siguiente, el hombre fue a visitar, eufórico, al rico mercader.
- ¡Qué! ¿Te has acostado con mi mujer? dijo éste.
- ¡Así es!
- ¿Cuál es su marca de nacimiento?
- Tiene una peca debajo del seno derecho. Y aquí tienes el anillo de oro.
- Está bien, toma mi barco y todo lo que hay en él. Vete a mi casa y te entregaré también mi propiedad.
Cuando el marido volvió a casa, no dijo nada a su esposa. Y sin enfado ni alegría la cogió de la mano, la llevó al río y la metió en una barca a la deriva.
- Que el Danubio te lleve por haberme traicionado.
A continuación entregó al otro su propiedad. Y como ya no tenía nada que ofrecer, trabajó acarreando agua para los demás.
Durante un año entero estuvo la esposa flotando en aguas del Danubio. El año pasó pronto. Un día, un anciano la cogió y la arrastró hasta la orilla. Allí, la sacó de la barca y se la llevó a su casa. La mujer pasó con él tres años. Se dedicó a hilar y ganó algún dinero.
Pasado este tiempo, se compró ricos trajes de hombre y se vistió con ellos. Luego se cortó el cabello y partió en busca de su marido. En el camino, pasó la noche cerca de una ciudad y se quedó a dormir debajo de un tilo. Entonces tuvo un sueño: soñó que el emperador de aquella ciudad era ciego. El tilo bajo el que ella descansaba tenía un agujero, y en el agujero había agua. Si el emperador untaba sus ojos con el líquido maravilloso, volvería a ver de nuevo.
Por la mañana se levantó, buscó en el árbol y encontró el agujero. Llenó un pequeño frasco con el agua de tilo, se lo metió con cuidado en el bolsillo y se dirigió a una posada de la ciudad.
- ¿Qué noticias hay? - preguntó con energia.
- Nuestro emperador está ciego y dará todo su reino a aquel que pueda devolverle la vista otra vez.
- ¡Yo lo haré!
Y todos fueron a comunicárselo al emperador.
- Dicen que me devolverás la vista. Si es así, te entregaré a mi hija como esposa.
- Todavía no necesito esposa. Si te devuelvo la vista, entrégame tu imperio.
Y la mujer devolvió la vista al gobernante y se convirtió en emperatriz.
Un día apareció en el castillo un rico mercader que traía una carga para la emperatriz. Ella, enseguida, descubrió al que fuera amigo de su marido.
- ¿Cómo te hiciste rico?
- Por una apuesta.
- ¿En qué consistía la apuesta que hiciste?
- En que me acostaría con la mujer de un amigo.
- ¿Y lo cumpliste?
- Sí.
- Dime entonces, ¿cuál es su marca de nacimiento?
- Bajo el seno derecho tiene una peca.
Entonces le mostró su pecho.
- ¿Te acostaste conmigo?
- No - dijo él.
- Entonces, ¿a qué vienen tantas falacias? Prendedle y cortadle en pedazos.


Cuentos gitanos, Francis Hindes Groome

El tesoro escondido (Gran Bretaña)

 Un campesino muy pobre soñó durante tres noches seguidas que debajo de una roca, cerca de su casa, estaba enterrado un tesoro. En aquel sue...