Notó que la seguían. Tal vez no era así, y sólo lo suponía. Por eso, con una habilidad torpe de quien no conoce su oficio, giró hacia una bocacalle oscura. El hombre que la seguía llegó a su lado. Oyó su voz. Ronca, pastosa, algo profunda.
- Hace frío, ¿verdad'
- Sí.
- ¿Adónde vas?
- No sé. Por ahí.
Cruzaban ante un farol callejero. Pudo verle el rostro. Cuadrado de mentón, afilada la nariz, boca sensual, sonrisa tenue.
- Me llamo Pablo Casal -dijo -. Si quieres venir conmigo...
Tenía que ir. Pero...¿podría? Pensó en su hermano Tomás, en su abuela Dalila. En su casa vacía, en todas las necesidades sin cubrir...
Súbitamente apretó el paso.
- Si no quieres... - dijo -. No pareces experta en esta profesión. ¿O lo eres? ¿Soy tan ingenuo que no puedo catalogarte bien?
Se detuvo. De nuevo un farol iluminando su rostro de niña.
- ¿Tienes familia? Es peligroso andar por ahí a estas horas. ¿Sabes qué hora es?
- No tengo reloj.
- ¿Qué tienes?
- ¿Tener?
- Eso te pregunto. Te pregunto si tienes algo aún, si no lo has perdido todo.
No quería.
Es más, no podía. Pensó de nuevo con intensidad en Tomás, postrado en el lecho sin su calmante.
- ¿Qué más da?
Pablo la agarró del brazo.
- Me parece que tienes hambre y frío. ¿Quieres entrar aquí? Hay una cafetería abierta.
- Anda - insistió él observando su vacilación -. ¿Cómo te llamas?
- Marta.
Había poca gente. Marta tuvo la impresión de que los focos la quemaban. ¿y si saliera corriendo? No iba a poder quedarse con aquel hombre. Era inútil.
"Mañana fregaré el doble - pensó -, pero esta noche...no puedo. No voy a saber. Él va a pensar que soy tonta. Y es que lo soy. Se dará cuenta de que es la primera vez y me moriré de vergüenza".
Era bonita. De una delicadeza casi quebradiza. ¿Qué hacía en la calle a las tantas de la madrugada? ¿Y por qué tenía aquellos ojos tan brillantes?
Tenía que comer. Se moría de hambre.
Después, cuando hubo saciado su apetito, se dio cuenta de que él no había dejado de contemplarla.
- Te llevaré a mi piso - dijo Pablo con naturalidad.
- ¡Oh, no!
- ¿Por qué?
Tenía que huir de él. No podía soportar sus preguntas, ni ir a su casa, ni quedarse allí a su lado. Se apartó y echó a correr. Quiso seguirla, pero se le escapó.
Tenía allí mismo su coche. Subió a él y lo puso en marcha. Los focos la fueron iluminando hasta que ella, jadeante, se apoyó en el portal de una casa. Pablo detuvo el auto. Pudo ver, sin ser visto, cómo la joven Marta (¿se llamaba así?) se perdía en el angosto portal de aquella casa pobre.
Al día siguiente se dirigió a la pobre casa en el barrio más pobre de la villa. Frenó el auto cuando salía una vecina.
- Oiga, un momento, por favor.
- Usted dirá, señorito.
- Busco a una muchacha llamada Marta. ¿Sabe usted si vive aquí?
- Claro. En el tercer piso.
- Gracias.
Pisó fuerte y subió. ¿A qué fin la duda o el retroceso? Él era así. Todo le inquietaba y todo le conmovía. Quizá la culpa la tuviera su profesión de médico.
Una mujer anciana le abrió y se le quedó mirando.
- Soy médico. Creo que me han llamado aquí.
- No. Ojalá pudiéramos pagarlo. Pero no podemos. Viene el del seguro una vez por semana...El seguro de caridad - añadió bajo -. Pero si quiere pasar...Vivo con mis dos nietos. Tomás y Marta. Marta ha salido al trabajo. Trabaja demasiado, pero...gana poco. Friega suelos.
En la alcoba sólo había un colchón en el suelo. La miseria era tal que se detuvo impresionado.
- Ahí está Tomás - dijo señalando la figura enclenque tendida en el colchón -. Lo hemos vendido todo para curar a Tomás, pero no mejora.
Pablo se inclinó. El chico no movió un ojo. Estaba como dormido. Muy delgado, casi esquéletico.
Por el aspecto pensó en una leucemia.
- Está con fiebre todo el día. Sólo duerme cuando Marta le inyecta morfina.
- ¿Tiene teléfono?
- No.
- Pues vaya a alguna parte y llame a esta dirección. Dígales de mi parte que envíen una ambulancia. Me llamo Pablo Casal.
En la ambulancia, la anciana se lo iba contando todo.
- Me quedé muy joven con ellos. Ellos eran muy niños. Diez años Marta y siete Tomás. Los crié como pude. Marta va a coser por las tardes. Por las mañanas friega unas oficinas...Marta trabaja mucho.
- ¿No...sale por las noches?
La anciana movió los hombros.
- Ayer tan sólo. Volvió llorando. No sé adónde fue.
- Tranquilícese. Todo se arreglará.
- ¿Cree que...curará Tomás?
- No - dijo con suavidad -. Eso no. Desde el principio estuvo condenado a morir. El médico lo vio y...se dio cuenta. Por eso no le prestó atención. Ahora cálmese. Le llevaremos al hospital del cual soy director. Verá que no le faltará de nada.
- Le dejo un papelito a Marta advirtiéndola. Seguro que llorará.
- ¿Llora con frecuencia?
- Es tan sensible. Ella quisiera hacer muchas cosas para ganar dinero, pero...es tan joven.
- ¿No tiene novio?
- No. No tiene tiempo para pensar en eso.
Llegó jadeante.
Una enfermera la detuvo.
- ¿Qué busca? ¿Desea algo?
- Mi hermano Tomás está aquí.
- ¿Cómo se llama usted?
- Marta Ortiz.
- Ah, sí, pase. La espera el director.
Se abrió la puerta y apareció Pablo.
- ¡Oh! - gimió Marta dando un paso atrás.
- Hola, Marta - dijo él riendo. Te seguí anoche. Y esta mañana he ido a tu casa. Soy director de este hospital y he traído a tu hermano. Desgraciadamente no vivirá, pero...al menos estará tranquilo aquí.
- ¡Oh!
- Llora un poco, Marta, me parece que necesitas hacerlo - le puso una mano en el hombro -. Quédate aquí. Descansa ahora.
La despidió allí. La anciana ya se había ido. Tomás había descansado al fin.
- Iré a verte alguna vez - susurró Pablo quedamente.
Marta respiró hondo.
- Ahora - dijo bajísimo, enrojeciendo - ya no...tendré que salir. Para mí y para la abuela...gano lo suficiente...Salí aquella noche, pero...pero...
- Lo sé.
- Es que no sé cómo...cómo...decirle...Ha sido usted tan bueno.
- Vete, anda.
Al día siguiente la esperaba a la salida del taller.
- Usted...
- Sí.
- ¿Por qué?
- No sé. Tengo necesidad de verte. Debe ser que te compadezco o quizá que te admiro. Volvió al otro día y al otro. Después estuvo muchos sin ir. Uno de aquellos días, su abuela le dijo:
- Ha venido un chico a decir que el doctor Casal estaba un poco indispuesto.
Se estremeció de los pies a la cabeza.
- ¿En el hospital?
- No, en su casa.
- Pase - dijo la voz de Pablo desde alguna parte -. La puerta está abierta.
Entró en una estancia rectangular. Al fondo un diván, y sobre él la pálida figura de Pablo.
- Marta - susurró -. Eres tú.
- Está usted...solo.
- Oh, sí - rió él débilmente -. Ha sido un vulgar resfriado. Mañana podré volver al hospital.
Marta llegó junto a él. Se arrodilló en el suelo, con una mano sobre el brazo de él.
- No tiene a nadie.
- Trátame de tú - y atrayéndola hacia sí -:Quiero casarme contigo para tener a alguien ¿quieres?
- ¿Querer? - y Marta empezó a llorar -. ¿Querer? ¿Cómo me dices eso?
Pabló busco sus labios. Sabían a lágrimas.
- Nos casaremos enseguida, ¿quieres? Tu abuela vendrá a vivir con nosotros, y tus manos no volverán a ponerse rojas...y podré besarte mucho, y sentir una ternura sincera junto a mí. La besaba. Marta, dócilmente, se oprimía contra él.
- Te voy a querer mucho - dijo -. Mucho...mucho...
viernes, 20 de julio de 2012
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