Apuesto mancebo, rubio y sonrosado, Gambrinus era ayudante de un vidriero en la ciudad de Kortrik, en la antigua Flandes. Todas las jóvenes suspiraban al verle. Pero para él sólo existía Margarita, la hija de su patrono. Y como Gambrinus no era vidriero de casta y nunca llegaría a ser maestro, Margarita no podía aceptarle. Desesperado por el desprecio que le profesaba su amada, el muchacho decidió abandonar el taller para siempre. Era muy aficionado a la música y quiso consolarse con ella; se compró una viola y aprendió a tocarla. Pronto se destacó entre todos los músicos de la corte.
Había pasado un año desde su salida de Kortrik, cuando fue invitado por el alcalde de la ciudad para participar en los conciertos de las fiestas del verano. Con la intención de burlarse de un aprendiz de vidriero que pretendía ser músico, todos los habitantes de Kortrik asistieron al concierto. Margarita estaba allí, y esto bastó para que Gambrinus no tocara con acierto ni una sola nota. Desencantado y triste, Gambrinus compró una cuerda y se dirigió al bosque dispuesto a suicidarse.
- El orgullo de una mujer no es motivo de suicidio - dijo una voz-.
Gambrinus descubrió la figura de un anciano muy pequeño.
- No os conozco y me dais un consejo ¿Quién sois?
- Me llaman Ruud.
- ¿Y que deseáis de mí? - dijo Gambrinus mientras deshacía el nudo de la soga y descendía del árbol.
- Vengo del país de los seres pequeños, en las regiones subterráneas de la Tierra. Y deseo ayudaros.
- Extraña es vuestra amabilidad. ¿y a qué queréis ayudarme?
- A olvidar a la dama que os atormenta.
- ¡Algo querréis a cambio!
- Vuestra vida. Dentro de 70 años vendré a buscaros y os llevaré conmigo a los mundos subterráneos.
- ¡De acuerdo! Pero deseo que mi existencia en la Tierra sea feliz.
El anciano hizo un gesto con la mano derecha, y apareció ante Gambrinus una extensión enorme de tierra, con largas filas de varas de abedul sobre las que trepaba una planta con flores amarillas, muy aromáticas. Al fondo se distinguía un edificio enorme de piedra.
- ¿Qué es eso? - preguntó Gambrinus.
- Una plantación de lúpulo. Y aquella casa una fábrica de cerveza. La flor de esa planta curará tu amor. ¡Ven conmigo!
Ruud llevó a Gambrinus a la fábrica de cerveza. La flor de esa planta curará tu amor. ¡Ven conmigo!
Ruud llevó a Gambrinus a la fábrica, y entre cubas y hornillos encendidos, entre toneles y calderas llenos de un extraño líquido amarillo, le dijo:
- Con cebada y lúpulo fabricarás el vino flamenco, que se llamará cerveza. Después de moler la cebada la pondrás a fermentar en estas cubas y luego la pasarás a las calderas para mezclarla con el lúpulo. Después la dejarás envejecer en los toneles.
Tras decir esto, Ruud le dio a probar a Gambrinus el líquido maravilloso. Él dio un sorbo, pero hizo un gesto de desagrado.
- Bebe más - dijo Ruud.
Gambrinus bebió el jarro de un trago y pronto experimentó una agradable sensación de bienestar. Su mente, por primera vez desde que conoció a Margarita, estaba tranquila.
Al día siguiente, Gambrinus regresó a Kortrik y compró una gran extensión de terreno donde plantó lúpulo. Cerca de la plaza del pueblo mandó construir una inmensa fábrica. Como la que le había mostrado Ruud. La gente, al verle, lo tachaba de loco, pero él no hacía caso, muy ocupado en la elaboración del maravilloso líquido. Un domingo de verano colocó en la plaza de Kortrik dos grandes cubas, una con cerveza dorada y otra con cerveza negra. Y cuando la gente salió de la iglesia invitó a todos a beber.
Enseguida los habitantes de Kortrik empezaron a animarse, y comieron y bebieron, al principio con desconfianza, luego con alegría.
Corrió por toda la comarca la noticia de elixir maravilloso. Y la ciudad de Kortrik se hizo famosa. En todo el país se instalaron fábricas, con sus correspondientes cervecerías. Y el vino de cebada se extendió por los Países Bajos, Alemania y Escocia. El rey de los Países Bajos concedió a Gambrinus los títulos de duque de Brabante y conde de Flandes. Pero el que prefería éste era el de rey de la cerveza, que le habían otorgado los habitantes de Kortrik.
Gambrinus nunca volvió a pensar en Margarita. Vivió en paz hasta los 90 años. Entonces, un atardecer de invierno, se presentó ante él un anciano de estatura pequeña llamado Ruud. Gambrinus lo reconoció enseguida y, sin decir nada, abandonó su castillo y partió para siempre al país de los seres pequeños. Allí fue reduciendo su tamaño y continuó viviendo eternamente.
Cuentos flamencos.
lunes, 20 de agosto de 2012
El cuñado del demonio (Checoslovaquia)
Hace muchos años vivía en Checoslovaquia un muchacho llamado Pedro. Cuando su padre, un rico labrador, murió, su madrastra se quedó con su herencia y lo echó de casa.
- No quiero verte más. ¡Vete al demonio!
Pedro abandonó su casa y echó a andar. Al llegar a una granja llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - dijo el granjero-.
Volvió a intentarlo en dos granjas más granjas más, llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - le contestaban los granjeros.
Volvió a intentarlo en otra y un hombre vestido con un llamativo traje verde.
- ¡Buenos días nos dé Dios! - dijo Pedro en tono amable.
- ¿Qué te ocurre buen mozo? ¿Te agobia algo?
Pedro le contó que buscaba trabajo y que nadie se lo daba, al contrario, lo mandaban al diablo.
- ¡Seguro que él sería más amable conmigo que esos granjeros!
El hombre sonrió y le preguntó si le daría miedo encontrarse con el demonio.
- ¿Miedo? Después de conocer a mi madrastra ya nada me da miedo.
En ese instante el caballero de verde se volvió de un color oscuro y sus vestidos cambiaron a un rojo púrpura.
- Yo soy el demonio.
Pedro ni se inmutó. El diablo le propuso entrar a su servicio. Tendría que atizar tres enormes calderas en el infierno. Ambos llegaron a un acuerdo, y el muchacho se comprometió a trabajar para él durante siete años. Al cabo de este tiempo Pedro como había servido muy bien al demonio, le pidió su regalo y éste, antes de partir, le entregó una varita mágica.
Cuando desees dinero no tienes más que pedírselo. Pero no olvides que cuando subas a la Tierra la gente te tendrá miedo, pues has tomado el color tostado del infierno y tu pelo y tus uñas están muy largos.
Pedro no se inquietó, pero el diablo le dijo que el color de la piel no se le iría nunca. Podría decir a la gente que era el cuñado del diablo. El muchacho apareció en el mismo bosque donde ambos se habían encontrado. Allí se despidieron y el diablo se ofreció a ayudar a Pedro en lo que necesitara. El muchacho llegó al pueblo más próximo y se paseó por las calles. La gente, al verle, empezaba a gritar:
- ¡El demonio! ¡Ha llegado el demonio!
- ¡No os asustéis! ¡Yo sólo soy el cuñado del demonio! y diciendo esto, ayudado por su varita mágica, les entregaba puñados de dinero. Pedro hizo construir una gran casa y se instaló en el pueblo. Los habitantes del lugar, olvidando su aspecto infernal, iban a visitarle para pedirle dinero. Pedro y su varita mágica fueron pronto famosos por todo el país. Un día, un noble caballero que vivía en los alrededores, se presentó en su casa.
- ¡Buenos días, señor! He oído hablar de vuestros prodigiosos poderes para hacer dinero. Dicen que sois el cuñado del diablo, pero no ha llegado a mis oídos maldad alguna cometida por usted. Todo lo contrario.
- Sin duda - dijo Pedro - estáis interesado en mi dinero. Os daré la cantidad que deseéis, pero tendréis que entregarme a una de vuestras hijas. ¡Me casaré con ella!
El caballero contó a sus tres hijas el encuentro con el extraño muchacho, las dos mayores empezaron a gritar:
- Por dinero quieres entregar a una de tus hijas. Y menos a un hombre tan horrible como el que describes. ¡No! ¡Nunca nos casaremos con él! Pero la más pequeña, Linka, dijo a su padre que estaba dispuesta, al menos a conocer al hombre. Pedro fue presentado a la joven, y ésta, al verlo, casi se desmaya.
- No te preocupes - dijo el muchacho -. Mi aspecto no es muy agradable ahora, pero si tienes paciencia podré hacerte muy feliz.
La joven sonrió con dulzura y aceptó a su pretendiente. Pedro entregó al padre de Linka una gran cantidad de dinero y ambos fijaron la fecha de la boda. Entonces Pedro llamó a su amigo el diablo y le rogó que le ayudara a recuperar el blanquecino color de su piel.
Y así el muchacho, ayudado por el demonio, se presentó el día de la boda limpio, bien vestido y muy atractivo. Linka, su prometida, no dudó un instante y pronunció un rotundo "Sí". Sus dos hermanas mayores, muertas de envidia, espiaban la comitiva desde su alcoba. Entonces se les presentó Lucifer.
Vengo por vosotras para haceros mis esposas. Así, desde ahora, Pedro podrá decir con mucha razón que es el cuñado del demonio.
Antología de leyendas universales.
- No quiero verte más. ¡Vete al demonio!
Pedro abandonó su casa y echó a andar. Al llegar a una granja llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - dijo el granjero-.
Volvió a intentarlo en dos granjas más granjas más, llamó a la puerta y pidió trabajo.
- Con esa pinta de señorito ¿qué trabajo piensas hacer? Anda, largate y vete al diablo - le contestaban los granjeros.
Volvió a intentarlo en otra y un hombre vestido con un llamativo traje verde.
- ¡Buenos días nos dé Dios! - dijo Pedro en tono amable.
- ¿Qué te ocurre buen mozo? ¿Te agobia algo?
Pedro le contó que buscaba trabajo y que nadie se lo daba, al contrario, lo mandaban al diablo.
- ¡Seguro que él sería más amable conmigo que esos granjeros!
El hombre sonrió y le preguntó si le daría miedo encontrarse con el demonio.
- ¿Miedo? Después de conocer a mi madrastra ya nada me da miedo.
En ese instante el caballero de verde se volvió de un color oscuro y sus vestidos cambiaron a un rojo púrpura.
- Yo soy el demonio.
Pedro ni se inmutó. El diablo le propuso entrar a su servicio. Tendría que atizar tres enormes calderas en el infierno. Ambos llegaron a un acuerdo, y el muchacho se comprometió a trabajar para él durante siete años. Al cabo de este tiempo Pedro como había servido muy bien al demonio, le pidió su regalo y éste, antes de partir, le entregó una varita mágica.
Cuando desees dinero no tienes más que pedírselo. Pero no olvides que cuando subas a la Tierra la gente te tendrá miedo, pues has tomado el color tostado del infierno y tu pelo y tus uñas están muy largos.
Pedro no se inquietó, pero el diablo le dijo que el color de la piel no se le iría nunca. Podría decir a la gente que era el cuñado del diablo. El muchacho apareció en el mismo bosque donde ambos se habían encontrado. Allí se despidieron y el diablo se ofreció a ayudar a Pedro en lo que necesitara. El muchacho llegó al pueblo más próximo y se paseó por las calles. La gente, al verle, empezaba a gritar:
- ¡El demonio! ¡Ha llegado el demonio!
- ¡No os asustéis! ¡Yo sólo soy el cuñado del demonio! y diciendo esto, ayudado por su varita mágica, les entregaba puñados de dinero. Pedro hizo construir una gran casa y se instaló en el pueblo. Los habitantes del lugar, olvidando su aspecto infernal, iban a visitarle para pedirle dinero. Pedro y su varita mágica fueron pronto famosos por todo el país. Un día, un noble caballero que vivía en los alrededores, se presentó en su casa.
- ¡Buenos días, señor! He oído hablar de vuestros prodigiosos poderes para hacer dinero. Dicen que sois el cuñado del diablo, pero no ha llegado a mis oídos maldad alguna cometida por usted. Todo lo contrario.
- Sin duda - dijo Pedro - estáis interesado en mi dinero. Os daré la cantidad que deseéis, pero tendréis que entregarme a una de vuestras hijas. ¡Me casaré con ella!
El caballero contó a sus tres hijas el encuentro con el extraño muchacho, las dos mayores empezaron a gritar:
- Por dinero quieres entregar a una de tus hijas. Y menos a un hombre tan horrible como el que describes. ¡No! ¡Nunca nos casaremos con él! Pero la más pequeña, Linka, dijo a su padre que estaba dispuesta, al menos a conocer al hombre. Pedro fue presentado a la joven, y ésta, al verlo, casi se desmaya.
- No te preocupes - dijo el muchacho -. Mi aspecto no es muy agradable ahora, pero si tienes paciencia podré hacerte muy feliz.
La joven sonrió con dulzura y aceptó a su pretendiente. Pedro entregó al padre de Linka una gran cantidad de dinero y ambos fijaron la fecha de la boda. Entonces Pedro llamó a su amigo el diablo y le rogó que le ayudara a recuperar el blanquecino color de su piel.
Y así el muchacho, ayudado por el demonio, se presentó el día de la boda limpio, bien vestido y muy atractivo. Linka, su prometida, no dudó un instante y pronunció un rotundo "Sí". Sus dos hermanas mayores, muertas de envidia, espiaban la comitiva desde su alcoba. Entonces se les presentó Lucifer.
Vengo por vosotras para haceros mis esposas. Así, desde ahora, Pedro podrá decir con mucha razón que es el cuñado del demonio.
Antología de leyendas universales.
viernes, 17 de agosto de 2012
No eras como yo pensaba
Su comida, señor Aguirre.
- ¡Ah! - levantó los ojos del libro -. Ya voy. Le costaba mirarla a la cara. Cuando entró de huésped en aquella casa, ¿qué edad tenía? Trece años - Era delgaducha, escuálida.
- ¿Agua, señor Aguirre?
- Agua, sí. Gracias, Sofía.
Se oyó la voz suave al otro lado del tabique.
- Sofía, no te olvides de poner ensalada para el señor.
- Dile a tu madre que no se moleste por mí, Sofía.
La joven lo miró con sus enormes ojos. Eran azules. ¿Quién iba a decir siete años antes que aquellos ojos sin expresión se convertirían en los ojos más hermosos del mundo? ¿Y aquel cuerpo esmirriado, en una figura esbelta?
- ¿Más sopa, señor?
- No, gracias.
- ¿Toma el café aquí, señor?
- No, Sofía. Me voy al club. Me examino dentro de unos días.
- He puesto una vela a la Virgen, señor Aguirre.
¿No era un sacrilegio que una chica como Sofía pusiera una vela a la Virgen?
Terminó de comer. Sofía recogió el servicio. ¿No era una estupidez que él, opositor a notaría, huésped de aquellas personas desde hacía siete años, se enamorarse de una chica que se iba por las noches y no volvía hasta el amanecer?
Sacudió la cabeza furioso. Pero, aún así, la vio alejarse y no apartó los ojos de aquel cuerpo esbelto.
Oyó la voz del ferroviario murmurando:
- Ya le di la comida a tu madre, Sofía. Ahora puedes descansar. Yo recogeré la cocina. Además eso. Los padres, cómplices de las fechorías de su hija. Sólo tenía veinte años. Que la madre lo ignorara, aún pasaba. Estaba enferma. Pero el padre...
Los fines de semana los pasaba en su casa. Su madre, viuda de un notario, era una dama muy distinguida. Vivía con su hija Virginia, casada con un médico.
Él iba en tren todos los fines de semana.
Aquel día deseaba hablar con su cuñado. Por eso buscó a Diego en la consulta.
- ¡Ah! - exclamó al ver a Carlos -, pasa, cuñado. Ahora mismo dejaba esto. Iremos a tomar una copa al casino.
Carlos no se movió. Diego lo miró con fijeza.
- ¿De qué se trata? ¿Tienes algo que decirme?
- La pensión.
- ¿Qué pasa? ¿Te echan?
- Quisiera dejarla.
Diego se sentó en el brazo de una butaca.
- De eso me hablaste hace cosa de seis meses, pero sigues allí. Nunca me dijiste por qué. Dímelo ahora.
- Me da apuro.
- ¿Apuro de qué?
- Dejarlos. Durante estos años todo ha ido bien. La chica era una niña, estudiaba el bachiller elemental. Después lo dejó.
- ¿Y eso qué? ¿No te atienden?
- Claro , eso sí. Muy bien. Ni en un hotel estaría tan limpio y considerado. Pero...
- ¿Ha crecido la chica?
- Imagínate. Han transcurrido siete años. Cuando empecé, jamás pensé que transcurrieran tantos años estudiando y ahora la preparación de estas dichosas oposiciones. Son muy duras.
- ¿Es por eso? No le darás a tu madre el disgusto de dejarlo todo.
- No, no. De ninguna manera. Seguiré hasta conseguirlo. Tengo esperanzas de que este año...- se alzó de hombros -. Pero...
- Si no es por eso...¿por qué?
- Estoy enamorado de la chica.
- ¡Ah! Eso es más gordo. No te puede casar mientras no termines esas oposiciones.
- Tampoco se trata de eso. La chia hace una vida irregular. La madre, enferma, el padre rodando por las estaciones del ferrocarril. La muchacha sale a las once de la noche y no regresa hasta las tantas de la madrugada.
- ¡Huy, huy! Carlos, eso ya es más peligroso. ¿Nunca la has seguido? ¿No le has dicho que lo sabes?
- He descubierto ayer que el padre no lo ignora.
- ¡Caramba! ¡Valiente gente!
- Cuando llegué, la muchacha, es decir, Sofía, no era así. Tenía trece años, imáginate.
- ¿Y la amas desde entonces?
- Te estás burlando de mi. Claro que no. Empecé a fijarme en ella hace dos o tres meses. Entra en uno...Tiene unos ojos y una boca y un todo...
Diego Hurtado se levantó del brazo del sillón.
- Se te pasará enseguida. Cítala.
- ¿Cómo?
- Eso. Que la cites y vivas con ella una aventura, a espaldas de sus padres.
- Eso es una canallada.
- ¡Qué estupidez! ¿No dices que es de todos? ¿Qué más da tú u otro?
Carlos tenía treinta años. Le dolía en extremo vivir una aventura con la mujer que amaba para casarse con ella. Pero, claro, no había que pensar en eso. Casarse con una muchacha nocturna...Cómo se pondría su madre. Y además de él...Bueno, le repugnaba sólo pensar en ello.
- No es método - dijo -. Tendré que salir de esa casa. Veremos cómo lo digo. La madre está enferma. La chica no debe ser...muy cara, perdona la expresión vulgar. Me parece que pasan apuros.
- Vamos al casino y olvídate de eso. Un consejo: cuando tengas ocasión invítala a salir. Propónle un fin de semana fura. Se te pasará el amor. Te dará asco después. Suele ocurrir así.
- Lo intentaré...
La puerta estaba entreabierta y oía la voz tenue de la enferma. La de Sofía era casi imperceptible.
- Duermes poco, Sofía. ¿Por qué no descansas ahora?
- Tengo que planchar las camisas de Don Carlos.
- Es verdad. Pero déjalo para mañana. Don Carlos tiene muchas que ponerse.
Encima eso. La madre cuidaba de la hija.
¿Pero es que la madre no sabía que la hija lo pasaba bomba por las noches?
Seguro que no. El padre, en cambio, sí. ¿Cómplice el padre del deshonor de su bella hija? Por eso no podía mirarle a la cara.
Casi siempre llegaba a las ocho de la noche, daba las buenas tardes. Él contestaba entre dientes.
El contenido del libro de texto no entraba en su cerebro. La culpa de todo la tenía aquella conversación, de la madre y la hija.
- Come, mamá.
- Si no tengo apetito. Además estoy preocupada por ti. Toda la noche levantada...
Carlos cerró el libro con fiereza. ¿De modo que la madre también lo sabía?
No podía soportar aquello.
Al dejar el cuarto se encontró con Sofía.
- Buenas tardes, señor Aguirre.
¿Y si se decidiese? No. Nunca se atrevería. Además le daba asco.
- ¿Quiere que le prepare un café?
Hasta el cálido acento de su voz le ofendía.
Se puso el abrigo y el sombrero y salió sin responder. Se había vuelto muy descortés. Sobre todo de un tiempo a esta parte. Levantó la mano y limpió las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos. Se ido cuenta de lo mucho que la quería. Era domingo. No sabía qué hacer. Estaba tremendamente inquieto. No tenía otro remedio. Fue en los postres. Cuando ella le sirvió el café.
- ¿tienes plan para esta tarde? - preguntó.
Sofía que sostenía la bandeja, estuvo a punto de soltarla sin darse cuenta.
- Pues...
Él estaba acelerado.
La odiaba y la amaba al mismo tiempo.
- ¿Lo tienes o no lo tienes?
Resultaba grosero.
Sofía lo amaba mucho, de lo contrario, le mandaría a paseo en aquel mismo instante.
- Hasta las siete tengo que atender a mamá.
- ¿Sólo una hora? - preguntó él despechado -. Por que a las ocho vuelves para darle la cena.
- No. Hoy está papá y se la da él.
- Pero a las once regresas - dijo, con manifiesto desprecio -.
Sofía bajó los ojos.
Había rubor en sus mejillas. Temblor en su voz.
- Eso sí.
- A las siete y medite te espero abajo - le gritó pasando delante de ella -.
Sofía se agitó. Sintió el escozor de una lágrima. Era la primera vez que la invitaba, y de qué forma lo hacía. Como si la odiara. ¿Por qué?
- ¿Quién gritaba?
- Pues...
Su madre alargó la mano, prendió los dejos de su hija y se los oprimió con ansiedad.
- No sufras. Tienes que olvidar al señor Aguirre.
- Mamá.
- Lo he notado desde hace tiempo, Sofía, hijita, yo viviré poco tiempo. Después ya no tendrás que salir por las noches.
- ¡Mamá!
- Tu padre trabajará para ti. No pienses en cosas imposibles. Él es rico. Está de pensión en nuestra casa porque lo envió don Anselmo. Antes de casarme fui la criada de don Anselmo, ya sabes. Me conoce bien. Supo que atendería bien al señorito Carlos, ¿Comprendes, verdad?
- Mamá, yo...
- Tienes que hacer un esfuerzo y olvidarlo. Yo comprendo, ¿sabes? Tantos años...Peor hay cosas que no pueden ser. Te das cuenta, ¿no es cierto? Él aprobará un día y se irá. Yo bien quisiera lo mejor para ti, pero...
Si le dijera a su madre que la había citado para salir. No, no se lo diría. Sería un dolor que añadir, y su madre ya tenía tantos...
- A las siete y media voy a salir un rato, mamá. Papá ha pasado la noche trabajando y lo despertaré ahora para que se quede contigo.
- Si, sí, hijita. Distráete. Bien lo necesitas.
Regresó de nuevo a las nueve y media. ¡Dos horas esperando!
Era una crueldad haberla engañado. Sentía un profundo dolor. Le parecía que toda su inmensa dignidad se agolpaba en el pecho.
Pero... ¿qué podía decirle?
Eso pensó.
Regresó a casa y lo vio sentado tranquilamente en la salita mirándola con expresión irónica.
Cruzó el pasillo y fue a su cuarto a desvertirse. No se lo reprocharía. Su actitud sería la misma, pero totalmente silenciosa.
Poco después estaba en la cocina preparando la cena.
Cuando estuvo lista, fue a la salita.
- ¿Le sirvo la comida, señor Aguirre?
Odió su sonrisa sarcástica, era perverso. ¿Se mofaba de ella? ¿Sabía que lo amaba y abusaba de aquella ternura que sentía hacia él?
- Puedes hacerlo. Supongo que a las once te irás.
- Sí, señor - contestó con la mayor tranquilidad.
Era lo que le descomponía, por eso faltó a la cita. Porque la amaba demasiado para humillarla y a la vez admiraba su serenidad y su falsa dignidad. Sofía, ajena a sus pensamientos, le sirvió la comida. Después se evaporó. Fue a llorar a su cuarto.
Él no la vió salir, pero cuando se acostó en la cama apretó la boca contra la almohada. Los odiaba a todos. A los padres por consentirlo. A los hombres por aprovecharse de su belleza, a la noche por albergarla.
Oyó las campanadas del reloj. A las cinco percibió el llavín en la cerradura. Se presentaba a examen al día siguiente y odiaba el aula, los profesores, los compañeros y a sí mismo por pensar en ella. Por fin era notario.
No volvió a casa. Se corrió la gran juerga con los compañeros, que, como él, aprobaron la oposición.
- Vamos a un lugar divertido - le dijo uno -. ¿Qué te parece a una sala de fiestas?
Al día siguiente se despedía de doña Elena. Después de siete años, era hora. Volvería a su pueblo. Se casaría allí. Con una muchacha a quien no amaría como a Sofía, pero que le daría hijos y junto a la cual viviría una vida apacible y digna.
Cuando entró con su pandilla de amigos en la sala de fiestas, uno de ellos le dijo al oído.
- Vamos a dejar los abrigos en el guardarropa. Hay una chica allí impresionante.
- ¿No podemos sacarla a bailar?
El otro se las sabía todas.
- ¡Qué va! Esa es tabú. En una ocasión le ofrecí un abrigo de visón. Me propinó una bofetada que me dejó roja la cara por un mes.
- Vamos.
- ¿Estás seguro de que es tabú?
- Claro - gritó el otro -. Lo sabe todo el mundo. La han pretendido desde un marqués a un estudiante de económicas. Sale sola, pero su padre la espera en la esquina. Y menuda cara tiene el papá.
La vio enseguida. Quedó paralizado.
Ella le miró a su vez. No dijo ni una palabra, pero su expresión triste conmovió a Carlos hasta la fibra más sensible. Aquella muchacha era Sofía.
No dijo ni una palabra. Tampoco dejó el abrigo. Giró en redondo y cuando los amigos le llamaron, gritó como un histérico:
- No entro. Me quedo fuera a esperar a mi novia.
Sofía salió. Levantó el cuello del abrigo y se lanzó a la calle. Allá abajo esperaba el ferroviario.
- Sofía.
Ella se paró en seco.
Carlos se acercó tembloroso.
- He terminado, ¿sabes?
- Ya.
- Quiero casarme contigo. Yo pensé...que te ganabas la vida de otra manera.
Sofía se estremeció.
- No me voy sin ti, Sofía. Yo pensé...
- Ahora sé lo que pensabas - dijo ella bajísimo -. De mí, pensaste tú eso...
- Sí, sí y nunca me arrepentiré lo bastante. Perdóname. ¿Quieres, quieres casarte conmigo?
Sofía volvió a estremecerse, se olvidó de todo, y colgándose literalmente del cuello de Carlos, se besaron apasionadamente.
Poco después, caminaban muy juntos, cogidos del brazo.
- ¡Ah! - levantó los ojos del libro -. Ya voy. Le costaba mirarla a la cara. Cuando entró de huésped en aquella casa, ¿qué edad tenía? Trece años - Era delgaducha, escuálida.
- ¿Agua, señor Aguirre?
- Agua, sí. Gracias, Sofía.
Se oyó la voz suave al otro lado del tabique.
- Sofía, no te olvides de poner ensalada para el señor.
- Dile a tu madre que no se moleste por mí, Sofía.
La joven lo miró con sus enormes ojos. Eran azules. ¿Quién iba a decir siete años antes que aquellos ojos sin expresión se convertirían en los ojos más hermosos del mundo? ¿Y aquel cuerpo esmirriado, en una figura esbelta?
- ¿Más sopa, señor?
- No, gracias.
- ¿Toma el café aquí, señor?
- No, Sofía. Me voy al club. Me examino dentro de unos días.
- He puesto una vela a la Virgen, señor Aguirre.
¿No era un sacrilegio que una chica como Sofía pusiera una vela a la Virgen?
Terminó de comer. Sofía recogió el servicio. ¿No era una estupidez que él, opositor a notaría, huésped de aquellas personas desde hacía siete años, se enamorarse de una chica que se iba por las noches y no volvía hasta el amanecer?
Sacudió la cabeza furioso. Pero, aún así, la vio alejarse y no apartó los ojos de aquel cuerpo esbelto.
Oyó la voz del ferroviario murmurando:
- Ya le di la comida a tu madre, Sofía. Ahora puedes descansar. Yo recogeré la cocina. Además eso. Los padres, cómplices de las fechorías de su hija. Sólo tenía veinte años. Que la madre lo ignorara, aún pasaba. Estaba enferma. Pero el padre...
Los fines de semana los pasaba en su casa. Su madre, viuda de un notario, era una dama muy distinguida. Vivía con su hija Virginia, casada con un médico.
Él iba en tren todos los fines de semana.
Aquel día deseaba hablar con su cuñado. Por eso buscó a Diego en la consulta.
- ¡Ah! - exclamó al ver a Carlos -, pasa, cuñado. Ahora mismo dejaba esto. Iremos a tomar una copa al casino.
Carlos no se movió. Diego lo miró con fijeza.
- ¿De qué se trata? ¿Tienes algo que decirme?
- La pensión.
- ¿Qué pasa? ¿Te echan?
- Quisiera dejarla.
Diego se sentó en el brazo de una butaca.
- De eso me hablaste hace cosa de seis meses, pero sigues allí. Nunca me dijiste por qué. Dímelo ahora.
- Me da apuro.
- ¿Apuro de qué?
- Dejarlos. Durante estos años todo ha ido bien. La chica era una niña, estudiaba el bachiller elemental. Después lo dejó.
- ¿Y eso qué? ¿No te atienden?
- Claro , eso sí. Muy bien. Ni en un hotel estaría tan limpio y considerado. Pero...
- ¿Ha crecido la chica?
- Imagínate. Han transcurrido siete años. Cuando empecé, jamás pensé que transcurrieran tantos años estudiando y ahora la preparación de estas dichosas oposiciones. Son muy duras.
- ¿Es por eso? No le darás a tu madre el disgusto de dejarlo todo.
- No, no. De ninguna manera. Seguiré hasta conseguirlo. Tengo esperanzas de que este año...- se alzó de hombros -. Pero...
- Si no es por eso...¿por qué?
- Estoy enamorado de la chica.
- ¡Ah! Eso es más gordo. No te puede casar mientras no termines esas oposiciones.
- Tampoco se trata de eso. La chia hace una vida irregular. La madre, enferma, el padre rodando por las estaciones del ferrocarril. La muchacha sale a las once de la noche y no regresa hasta las tantas de la madrugada.
- ¡Huy, huy! Carlos, eso ya es más peligroso. ¿Nunca la has seguido? ¿No le has dicho que lo sabes?
- He descubierto ayer que el padre no lo ignora.
- ¡Caramba! ¡Valiente gente!
- Cuando llegué, la muchacha, es decir, Sofía, no era así. Tenía trece años, imáginate.
- ¿Y la amas desde entonces?
- Te estás burlando de mi. Claro que no. Empecé a fijarme en ella hace dos o tres meses. Entra en uno...Tiene unos ojos y una boca y un todo...
Diego Hurtado se levantó del brazo del sillón.
- Se te pasará enseguida. Cítala.
- ¿Cómo?
- Eso. Que la cites y vivas con ella una aventura, a espaldas de sus padres.
- Eso es una canallada.
- ¡Qué estupidez! ¿No dices que es de todos? ¿Qué más da tú u otro?
Carlos tenía treinta años. Le dolía en extremo vivir una aventura con la mujer que amaba para casarse con ella. Pero, claro, no había que pensar en eso. Casarse con una muchacha nocturna...Cómo se pondría su madre. Y además de él...Bueno, le repugnaba sólo pensar en ello.
- No es método - dijo -. Tendré que salir de esa casa. Veremos cómo lo digo. La madre está enferma. La chica no debe ser...muy cara, perdona la expresión vulgar. Me parece que pasan apuros.
- Vamos al casino y olvídate de eso. Un consejo: cuando tengas ocasión invítala a salir. Propónle un fin de semana fura. Se te pasará el amor. Te dará asco después. Suele ocurrir así.
- Lo intentaré...
La puerta estaba entreabierta y oía la voz tenue de la enferma. La de Sofía era casi imperceptible.
- Duermes poco, Sofía. ¿Por qué no descansas ahora?
- Tengo que planchar las camisas de Don Carlos.
- Es verdad. Pero déjalo para mañana. Don Carlos tiene muchas que ponerse.
Encima eso. La madre cuidaba de la hija.
¿Pero es que la madre no sabía que la hija lo pasaba bomba por las noches?
Seguro que no. El padre, en cambio, sí. ¿Cómplice el padre del deshonor de su bella hija? Por eso no podía mirarle a la cara.
Casi siempre llegaba a las ocho de la noche, daba las buenas tardes. Él contestaba entre dientes.
El contenido del libro de texto no entraba en su cerebro. La culpa de todo la tenía aquella conversación, de la madre y la hija.
- Come, mamá.
- Si no tengo apetito. Además estoy preocupada por ti. Toda la noche levantada...
Carlos cerró el libro con fiereza. ¿De modo que la madre también lo sabía?
No podía soportar aquello.
Al dejar el cuarto se encontró con Sofía.
- Buenas tardes, señor Aguirre.
¿Y si se decidiese? No. Nunca se atrevería. Además le daba asco.
- ¿Quiere que le prepare un café?
Hasta el cálido acento de su voz le ofendía.
Se puso el abrigo y el sombrero y salió sin responder. Se había vuelto muy descortés. Sobre todo de un tiempo a esta parte. Levantó la mano y limpió las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos. Se ido cuenta de lo mucho que la quería. Era domingo. No sabía qué hacer. Estaba tremendamente inquieto. No tenía otro remedio. Fue en los postres. Cuando ella le sirvió el café.
- ¿tienes plan para esta tarde? - preguntó.
Sofía que sostenía la bandeja, estuvo a punto de soltarla sin darse cuenta.
- Pues...
Él estaba acelerado.
La odiaba y la amaba al mismo tiempo.
- ¿Lo tienes o no lo tienes?
Resultaba grosero.
Sofía lo amaba mucho, de lo contrario, le mandaría a paseo en aquel mismo instante.
- Hasta las siete tengo que atender a mamá.
- ¿Sólo una hora? - preguntó él despechado -. Por que a las ocho vuelves para darle la cena.
- No. Hoy está papá y se la da él.
- Pero a las once regresas - dijo, con manifiesto desprecio -.
Sofía bajó los ojos.
Había rubor en sus mejillas. Temblor en su voz.
- Eso sí.
- A las siete y medite te espero abajo - le gritó pasando delante de ella -.
Sofía se agitó. Sintió el escozor de una lágrima. Era la primera vez que la invitaba, y de qué forma lo hacía. Como si la odiara. ¿Por qué?
- ¿Quién gritaba?
- Pues...
Su madre alargó la mano, prendió los dejos de su hija y se los oprimió con ansiedad.
- No sufras. Tienes que olvidar al señor Aguirre.
- Mamá.
- Lo he notado desde hace tiempo, Sofía, hijita, yo viviré poco tiempo. Después ya no tendrás que salir por las noches.
- ¡Mamá!
- Tu padre trabajará para ti. No pienses en cosas imposibles. Él es rico. Está de pensión en nuestra casa porque lo envió don Anselmo. Antes de casarme fui la criada de don Anselmo, ya sabes. Me conoce bien. Supo que atendería bien al señorito Carlos, ¿Comprendes, verdad?
- Mamá, yo...
- Tienes que hacer un esfuerzo y olvidarlo. Yo comprendo, ¿sabes? Tantos años...Peor hay cosas que no pueden ser. Te das cuenta, ¿no es cierto? Él aprobará un día y se irá. Yo bien quisiera lo mejor para ti, pero...
Si le dijera a su madre que la había citado para salir. No, no se lo diría. Sería un dolor que añadir, y su madre ya tenía tantos...
- A las siete y media voy a salir un rato, mamá. Papá ha pasado la noche trabajando y lo despertaré ahora para que se quede contigo.
- Si, sí, hijita. Distráete. Bien lo necesitas.
Regresó de nuevo a las nueve y media. ¡Dos horas esperando!
Era una crueldad haberla engañado. Sentía un profundo dolor. Le parecía que toda su inmensa dignidad se agolpaba en el pecho.
Pero... ¿qué podía decirle?
Eso pensó.
Regresó a casa y lo vio sentado tranquilamente en la salita mirándola con expresión irónica.
Cruzó el pasillo y fue a su cuarto a desvertirse. No se lo reprocharía. Su actitud sería la misma, pero totalmente silenciosa.
Poco después estaba en la cocina preparando la cena.
Cuando estuvo lista, fue a la salita.
- ¿Le sirvo la comida, señor Aguirre?
Odió su sonrisa sarcástica, era perverso. ¿Se mofaba de ella? ¿Sabía que lo amaba y abusaba de aquella ternura que sentía hacia él?
- Puedes hacerlo. Supongo que a las once te irás.
- Sí, señor - contestó con la mayor tranquilidad.
Era lo que le descomponía, por eso faltó a la cita. Porque la amaba demasiado para humillarla y a la vez admiraba su serenidad y su falsa dignidad. Sofía, ajena a sus pensamientos, le sirvió la comida. Después se evaporó. Fue a llorar a su cuarto.
Él no la vió salir, pero cuando se acostó en la cama apretó la boca contra la almohada. Los odiaba a todos. A los padres por consentirlo. A los hombres por aprovecharse de su belleza, a la noche por albergarla.
Oyó las campanadas del reloj. A las cinco percibió el llavín en la cerradura. Se presentaba a examen al día siguiente y odiaba el aula, los profesores, los compañeros y a sí mismo por pensar en ella. Por fin era notario.
No volvió a casa. Se corrió la gran juerga con los compañeros, que, como él, aprobaron la oposición.
- Vamos a un lugar divertido - le dijo uno -. ¿Qué te parece a una sala de fiestas?
Al día siguiente se despedía de doña Elena. Después de siete años, era hora. Volvería a su pueblo. Se casaría allí. Con una muchacha a quien no amaría como a Sofía, pero que le daría hijos y junto a la cual viviría una vida apacible y digna.
Cuando entró con su pandilla de amigos en la sala de fiestas, uno de ellos le dijo al oído.
- Vamos a dejar los abrigos en el guardarropa. Hay una chica allí impresionante.
- ¿No podemos sacarla a bailar?
El otro se las sabía todas.
- ¡Qué va! Esa es tabú. En una ocasión le ofrecí un abrigo de visón. Me propinó una bofetada que me dejó roja la cara por un mes.
- Vamos.
- ¿Estás seguro de que es tabú?
- Claro - gritó el otro -. Lo sabe todo el mundo. La han pretendido desde un marqués a un estudiante de económicas. Sale sola, pero su padre la espera en la esquina. Y menuda cara tiene el papá.
La vio enseguida. Quedó paralizado.
Ella le miró a su vez. No dijo ni una palabra, pero su expresión triste conmovió a Carlos hasta la fibra más sensible. Aquella muchacha era Sofía.
No dijo ni una palabra. Tampoco dejó el abrigo. Giró en redondo y cuando los amigos le llamaron, gritó como un histérico:
- No entro. Me quedo fuera a esperar a mi novia.
Sofía salió. Levantó el cuello del abrigo y se lanzó a la calle. Allá abajo esperaba el ferroviario.
- Sofía.
Ella se paró en seco.
Carlos se acercó tembloroso.
- He terminado, ¿sabes?
- Ya.
- Quiero casarme contigo. Yo pensé...que te ganabas la vida de otra manera.
Sofía se estremeció.
- No me voy sin ti, Sofía. Yo pensé...
- Ahora sé lo que pensabas - dijo ella bajísimo -. De mí, pensaste tú eso...
- Sí, sí y nunca me arrepentiré lo bastante. Perdóname. ¿Quieres, quieres casarte conmigo?
Sofía volvió a estremecerse, se olvidó de todo, y colgándose literalmente del cuello de Carlos, se besaron apasionadamente.
Poco después, caminaban muy juntos, cogidos del brazo.
lunes, 13 de agosto de 2012
Los zapatos de hierro (Portugal)
Todos los personajes de esta historia carecen de nombre. Sólo se sabe que fueron reyes de Portugal hace mucho, mucho tiempo, y que tenían una hija.
La joven era de carácter apacible y abierto, y muy hermosa. Como estaba en edad casadera nunca faltaban pretendientes a su alrededor.
La vida en palacio discurría de modo agradable y sin preocupaciones. Sólo una cosa inquietaba a sus padres: la princesa compraba cada mes un número desorbitado de zapatos.
Al principio los reyes le proporcionaban tantos como necesitaba, pero con el tiempo el gasto llegó a tal extremo que las arcas reales amenazaban con agotarse.
Los reyes, desesperados, decidieron encargar a un famoso artesano varios pares de zapatos de hierro. Pero, en poco días, los siete pares de zapatos de hierro aparecieron gastados y rotos.
El monarca, apremiado por la corte, mandó pregonar un decreto: aquel que descubriera cómo la princesa podía gastar desde la medianoche hasta la mañana siguiente un par de zapatos de hierro tendría como recompensa si era hombre, la mano de la joven, si era mujer, un título nobiliario y una suma de dinero que le permitiera vivir con desahogo hasta el fin de sus días.
Un día se presentó en palacio una muchacha muy joven, casi una niña.
- Majestad, al llegar a Lisboa he leído el decreto real y vengo dispuesta a resolver el problema. Necesitaré tan sólo tres días - dijo la joven con firmeza-.
El monarca la observó detenidamente, con curiosidad, le parecía imposible que aquella niña pudiera averiguar qué hacía la princesa con los zapatos. Pero estaba cansado del asunto, y asintió, diciendo antes a la joven que si fracasaba en su intento sería ejecutada, pues así lo imponían las leyes.
Y llegó la primera noche. La princesa, antes de retirarse, quiso conocer al nuevo candidato, y se quedó sorprendida de que fuera una muchacha. Hablaron agradablemente durante un rato, y antes de dormir, la princesa ofreció a la muchacha una bebida caliente.
Enseguida la joven se quedó dormida, y no se despertó hasta muy entrada la mañana. Después del desayuno, la niña fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró con el rey.
- Buenos días jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca -.
- No, majestad. Todavía nada. Dentro de dos noches lo sabré.
- Bien. Recuerda que si fracasas morirás en la hoguera. Transcurrió el día sin acontecimiento alguno y, al llegar la noche, antes de dormir, la princesa ofreció de nuevo a la muchacha una bebida caliente. Y la niña bebió de neuvo y durmió apaciblemente hasta bien entrada la mañana.
Después del desayuno fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró de nuevo con el rey.
- Buenos días, jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca-.
- No, señor. Todavía nada. Mañana lo sabré.
Y el monarca volvió a recordar a la joven que si fracasaba moriría en la hoguera. Y, al llegar la noche, la princesa visitó a la joven en su alcoba, y por tercera vez le ofreció la bebida caliente. Pero esa noche la muchacha hizo que bebía, pero sólo humedeció sus labios. Y ambas se despidieron enseguida con amabilidad.
En cuanto cerró la puerta la princesa, la joven sacó de su atillo un pequeño frasco y bebió de golpe el líquido que contenía. En un instante su tamaño se redujo al de un pulgar, y así pudo colarse por el ojo de la cerradura para adentrarse en los aposentos de la princesa.
Era medianoche y ésta se había puesto los zapatos de hierro y se disponía a salir por una puerta falsa que se había abierto en la pared. Llegó a los jardines de palacio y se subió a un corcel negro que sujetaban dos hombres altos y hermosos. La niña se había colgado entre los encajes del vestido de la princesa, sin que ella pudiera descubrir su presencia. Enseguida llegaron a un castillo erguido sobre las rocas del océano. Al desmontar los jinetes se abrió una enorme puerta, dando paso a un salón inmenso donde se celebraba un gran baile. Seres gigantescos se entregaban a una danza desenfrenada, y la princesa se unió a ellos, moviendo su cuerpo al compás de una música infernal. De pronto apareció un hombre más grande que los demás, horrible y peludo. Se dirigió a la princesa, y cogiéndola de las manos con fuerza comenzó a girar sobre la pista. La niña se agarraba a las faldas de la hija del rey, y como había descubierto que aquel era el hijo de Satanás, se introdujo en el escote de la princesa y pinchó su piel con un alfiler diminuto. Al instante, por arte de magia, aparecieron las dos en los jardines del palacio real. La niña retomó su tamaño original y explicó al rey cómo su hija había sido hechizada por espíritus diabólicos, destrozando su calzado en una danza satánica que se repetía cada noche. Al hacerla desaparecer antes de que el baile terminara, había sido liberada de su maldición.
Cuentos portugueses.
La joven era de carácter apacible y abierto, y muy hermosa. Como estaba en edad casadera nunca faltaban pretendientes a su alrededor.
La vida en palacio discurría de modo agradable y sin preocupaciones. Sólo una cosa inquietaba a sus padres: la princesa compraba cada mes un número desorbitado de zapatos.
Al principio los reyes le proporcionaban tantos como necesitaba, pero con el tiempo el gasto llegó a tal extremo que las arcas reales amenazaban con agotarse.
Los reyes, desesperados, decidieron encargar a un famoso artesano varios pares de zapatos de hierro. Pero, en poco días, los siete pares de zapatos de hierro aparecieron gastados y rotos.
El monarca, apremiado por la corte, mandó pregonar un decreto: aquel que descubriera cómo la princesa podía gastar desde la medianoche hasta la mañana siguiente un par de zapatos de hierro tendría como recompensa si era hombre, la mano de la joven, si era mujer, un título nobiliario y una suma de dinero que le permitiera vivir con desahogo hasta el fin de sus días.
Un día se presentó en palacio una muchacha muy joven, casi una niña.
- Majestad, al llegar a Lisboa he leído el decreto real y vengo dispuesta a resolver el problema. Necesitaré tan sólo tres días - dijo la joven con firmeza-.
El monarca la observó detenidamente, con curiosidad, le parecía imposible que aquella niña pudiera averiguar qué hacía la princesa con los zapatos. Pero estaba cansado del asunto, y asintió, diciendo antes a la joven que si fracasaba en su intento sería ejecutada, pues así lo imponían las leyes.
Y llegó la primera noche. La princesa, antes de retirarse, quiso conocer al nuevo candidato, y se quedó sorprendida de que fuera una muchacha. Hablaron agradablemente durante un rato, y antes de dormir, la princesa ofreció a la muchacha una bebida caliente.
Enseguida la joven se quedó dormida, y no se despertó hasta muy entrada la mañana. Después del desayuno, la niña fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró con el rey.
- Buenos días jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca -.
- No, majestad. Todavía nada. Dentro de dos noches lo sabré.
- Bien. Recuerda que si fracasas morirás en la hoguera. Transcurrió el día sin acontecimiento alguno y, al llegar la noche, antes de dormir, la princesa ofreció de nuevo a la muchacha una bebida caliente. Y la niña bebió de neuvo y durmió apaciblemente hasta bien entrada la mañana.
Después del desayuno fue a pasear por los jardines de palacio y se encontró de nuevo con el rey.
- Buenos días, jovencita. ¿Has averiguado algo? - dijo el monarca-.
- No, señor. Todavía nada. Mañana lo sabré.
Y el monarca volvió a recordar a la joven que si fracasaba moriría en la hoguera. Y, al llegar la noche, la princesa visitó a la joven en su alcoba, y por tercera vez le ofreció la bebida caliente. Pero esa noche la muchacha hizo que bebía, pero sólo humedeció sus labios. Y ambas se despidieron enseguida con amabilidad.
En cuanto cerró la puerta la princesa, la joven sacó de su atillo un pequeño frasco y bebió de golpe el líquido que contenía. En un instante su tamaño se redujo al de un pulgar, y así pudo colarse por el ojo de la cerradura para adentrarse en los aposentos de la princesa.
Era medianoche y ésta se había puesto los zapatos de hierro y se disponía a salir por una puerta falsa que se había abierto en la pared. Llegó a los jardines de palacio y se subió a un corcel negro que sujetaban dos hombres altos y hermosos. La niña se había colgado entre los encajes del vestido de la princesa, sin que ella pudiera descubrir su presencia. Enseguida llegaron a un castillo erguido sobre las rocas del océano. Al desmontar los jinetes se abrió una enorme puerta, dando paso a un salón inmenso donde se celebraba un gran baile. Seres gigantescos se entregaban a una danza desenfrenada, y la princesa se unió a ellos, moviendo su cuerpo al compás de una música infernal. De pronto apareció un hombre más grande que los demás, horrible y peludo. Se dirigió a la princesa, y cogiéndola de las manos con fuerza comenzó a girar sobre la pista. La niña se agarraba a las faldas de la hija del rey, y como había descubierto que aquel era el hijo de Satanás, se introdujo en el escote de la princesa y pinchó su piel con un alfiler diminuto. Al instante, por arte de magia, aparecieron las dos en los jardines del palacio real. La niña retomó su tamaño original y explicó al rey cómo su hija había sido hechizada por espíritus diabólicos, destrozando su calzado en una danza satánica que se repetía cada noche. Al hacerla desaparecer antes de que el baile terminara, había sido liberada de su maldición.
Cuentos portugueses.
viernes, 10 de agosto de 2012
Te elijo a tí
Otra vez el timbre. Sonó muchas veces aquella tarde. Que si un recado de Doris. Que si un paquete de Susan. Siempre fastidiando. May, resignadamente, recogió la plancha y se dirigió hacia la puerta.
- ¡Oh! - exclamó sorprendido -, es usted, Mr. Braxton.
- Me citó Doris aquí.
- Pero no ha llegado aún. ¿Quiere pasar o la espera abajo?
John Braxton dudó un segundo.
Linda muchacha. Sin duda, la sirvienta, pensó:
- Pasaré - dijo -. ¿Le importa que espere? - y a continuación -: ¿hace mucho que está en esta casa?
- Siempre he estado - puntualizó -. Desde los diez años. Estudié en una academia aquí cerca...
"Muy pronto empezó a servir", pensó John algo molesto, pues le fastidiaban las injusticias sociales.
- Puede esperar en la salida - señaló May.
- Gracias.
- Puede tomar algo, si lo desea.
- No, no gracias. ¿Cree que Doris tardará mucho? - y de súbito -: Es la primera vez que vengo a este piso. ¿De qué me conoce usted?
Era lindísima, pese a la ropa vulgar que vestía (falda estrecha de basto paño y un suéter de algodón). Su pelo era rubio cenizo, brillante y sedoso, recogido tras la nuca con una goma negra.
- No lo sé, Mr. Braxton. Nunca se sabe cuándo llega. En cuanto a conocerle a usted, es fácil. Todos en Dretroit, conocen a los Braxton.
- Soy yo solo - rió John -. Mi padre falleció el mes pasado.
- Sí. Lo leí en los periódicos. Además se lo oí decir a Doris. Lo siento, señor. Tengo mucho que hacer. Si quiere un poco de hielo...
- No, gracias. Esperaré diez minutos. Si en ese tiempo no llega Doris, me iré. Sólo vengo a despedirme. Salgo para Chicago esta noche. No pude comunicarme con ella, por eso subí.
- ¿Se va por mucho tiempo?
- Dos semanas.
- ¡Ah! - dijo y salió.
John Braxton quedó impresionado. ¡Vaya con Doris y con Susan! ¡Cómo se rodean de chicas guapas!
Amaba a Doris. Al menos eso creía. Buscaba una mujer a su medida. Tenía mucho dinero y una terrible soledad. Últimamente tenía una idea obsesiva: casarse y formar un hogar.
Escuchó los pasos de Doris que acababa de entrar. "¡Linda chica!", pensó.
- Qué fastidio de día - oyó la voz de Doris. Y después -: ¿A qué fin ese delantal de flores? ¿No tienes otro más en consonancia con tu condición?
- Perdona...
La voz de la criada (qué raro que se tutearan) tenía un deje amargo.
- Te lo he dicho muchas veces. ¿Has planchado mis vestido? Tengo una fiesta esta noche. ¿Me oyes? Estás ahí parada como un pasamarote.
- Es que...
- No me digas nada. No me des una disculpa. ¿Has planchado el de Susan? Si viene y no lo tienes preparado, se pondrá furiosa. Ella no es tan indulgente contigo como yo. Después de lo que hicimos por ti...¿me oyes bien?
- Es que...
Quería decirle que en la salita tenía una visita.
Pero Doris, alzando la voz, gritó:
- Si dentro de cinco minutos no tengo el vestido listo, esta noche duerme en la escalera.
John Braxton frunció el ceño. Siempre pensó que Doris no tenía genio. ¡Era tan modosita! ¡Tan mimosa!
Claro que una mujer sin carácter...
En cuanto a la doncellita, quizá fuese holgazana.
Cabía en lo posible. Pero los modales de Doris, su manera de tratar a la muchacha no encajaban con su modo de pensar.
- ¿Qué esperas ahí? - oyó la voz de Doris nada discreta -. Eres una estúpida. Encima de que te recogimos...No lo hicimos por ti. Fue por tío Jim. Tu padre era de otra manera, pero era hermano del nuestro. Tú no merecías nuestra generosidad.
La voz de la muchacha tenía un matiz suave y tenue.
- Tiene una visita en el salón.
- ¿Qué? - y la voz de Doris casi pareció silbante, con gran disgusto del hombre que la esperaba.
Súbitamente se dirigió a la puerta, y por eso oyó la voz de Doris, queda, pero airada, exclamando:
- ¡Eres una mala persona! Una...
- Se trata de Mr. Braxton - susurró la muchachita.
- ¡Estúpida!
Entró muy nerviosa, susurrando con acento muy distinto al empleado de su prima:
- John, cariño. Si hubiese sabido que me estabas esperando...- se acercó melosa -. Cariño mío...
John la besó en el pelo.
Iba a su casa a participarle su viaje y también a comunicarle su deseo de casarse al regreso. Pero sólo dijo:
- Es que me voy de viaje.
- May debió de llamarme a la tienda. Estuve cerrando yo. Podía haberlo hecho cualquiera de las dependientas. Ya sabes, yo soy la jefa de sección.
- Sí, claro, pero no tuve tiempo de avisar.
- May pudo hacerlo.
- Tu...- titubeó - tu prima...
Doris se agitó un poco. Estaba extrañamente alterada.
- Es tan desaprensiva...Se olvida de todo. No sé si lo hace adrede o por olvido. Estamos peleando con ella desde que falleció mi tío, pero no hay manera de hacerla entrar en razón.
- ¿Ella...no trabaja?
- Claro. En casa y mal. Hemos de tener mucha paciencia.
- ¿Es...prima hermana? No sabía...Bueno, claro. Ya sabes que yo nunca me ocupo de cosas así...
- Es natural.
- ¿Os...- inquirió con suma cautela - os hace...de sirvienta?
- Sí, claro - consultó el reloj -. Bueno, cariño, tengo que irme. Tomo el avión de las nueve quince. Tengo el tiempo justo para ir al aeropuerto.
- ¿Cuándo volverás? - se colgó de su brazo coqueta y melosa.
- No lo sé. Dentro de dos o tres semanas...Ya sabes cómo son los negocios.
La besó de nuevo fugazmente y se dirigió a la puerta seguido de Doris.
- Te voy a echar de menos - y como al descuido ya en el umbral -: tu prima es una cría ¿cuántos años tiene?
- Dieciocho, pero como si tuviera diez.
A él le pareció una chica estupenda.
- Adiós, cariño - susurró él en voz baja.
Volvió a besarla y salió.
Se quedó junto a la puerta mientras se ponía el abrigo y los guantes. Así pudo oír la trifulca que se armó.
- Eres una malvada. ¿No sabes que es casi mi novio?
- Te lo intenté decir - apuntó May suavemente. Pero tú entraste dándome gritos.
- Eres una majadera. He estado a punto de estropearlo todo. ¿No sabes que tengo una fiesta esta noche? Peter me espera, y si John no se declara de una maldita vez, no tengo más remedio que echarle el gancho a Peter.
- Pero...¿no estás enamorada de John? - oyó éste con estupor.
- Bueno, el amor...¿qué es el amor? - oyó gruñir a Doris -. Ya tengo veintisiete años, querida. Justo es que cace al que más pronto se ponga a tiro. Estoy harta de ser dependienta. ¿tienes el vestido listo?
- No pude hacerlo, Doris - oyó John la voz temerosa de May -. Me encargáis demasiadas cosas. Susan me mandó lavarle la ropa interior que tiene en el armario. Tú...coserte los bajos del vestido...
¡¡Paff!!
John se quedó asombrado.
¿Una bofetada de Doris a su prima?
¡Qué sorprendente! Parecía tan modosita.
- Para que aprendas. Hace ocho años que te estoy enseñando y no progresarás jamás.
John se escapó escaleras abajo.
El llanto de May le impresionaba profundamente, tanto como sus ojos color violeta, en cuyas pupilas, allá en el fondo, había como una sombra de melancolía.
Un auto chirrió cerca al frenar casi de golpe.
- May...
Se quedó de piedra, con la cesta de la compra apretada en los dedos.
- ¿No me conoces? ¿Quién no conocía en Detroit a John Braxton?
- Sube, May - suplicó -. Voy en dirección a tu casa. Ya estaba de vuelta.
¿Como es que Doris se lamentaba todos los días de su ausencia? Parecía ser que Peter no se dejaba conquistar y que daba la esperanza del millonario.
- ¿No subes?
Cubría su esbelto cuerpo con una raída gabardina. Calzaba botas altas de goma. La cesta de la compra no era precisamente muy elegante.
- Pero es que... puedo ir a pie, Mr. Braxton.
- Es un placer.
Se encogió en el asiento.
- Doris no sabe que usted ha llegado.
- Háblame de tú - dijo él riendo con una sonrisa fascinadora -. ¿Qué haces, además de trabajar en casa y recibir bofetadas?
Enrojeció.
El auto corría en dirección contraria a la que ella llevaba.
- Tengo que volver a casa y hacer la comida.
- ¿No puedes comer conmigo?
- Le aseguro...
- Lo escuché todo el otro día. Oí también cómo te abofeteaba... ¿Toleras siempre la crueldad de tus primas?
- May...te llamas así, ¿verdad? Bien, pues te invito a comer.
- ¡Oh, no!
- ¿Temes que ellas lo sepan? No debes pasarte la vida como criada de tus primas.
- Soy menor, señor, y ellas son mis tutoras.
- Cásate.
- No puedo, ni tengo... novio.
John se dedicó a observarla durante el poco tiempo que estuvieron juntos. Cuando se despidió de ella, le dijo:
- Como tus dos primas son dependientas y tiene horario fijo nunca sabrán que sales conmigo. Vendré a buscarte a las cuatro en punto y te traeré a las siete. ¿Qué te parece?
- No puedo - casi gimió May, roja como la grana -. Tengo que trabajar.
- Lo sé. Por eso traeré a tu casa a una de mis muchachas de servicio para que te haga lo que tú tendrías que hacer en el tiempo que estás conmigo.
- Salir...no, no.
- Sí.
Fue aquel día, y al otro y al otro, y muchos más.
Doris comentaba por la noche con su hermana:
- Creo que John ha regresado. Al menos estuvo con su novia...
- ¿Novia?
May les servía, temblando de pies a cabeza.
- Sí, sí. No me mires así, Susan. Tiene novia. El muy cerdo...Una novia que nunca retratan los periódicos. Pero estuvo con ella todos estos días jugando al golf. Les han visto a los dos en el club.
- ¿Cómo es ella?
- ¿Y qué sé yo? Joven, por supuesto. ¡Qué gustos!
- ¿y te vas a dejar desbancar así?
- Le voy a llamar ahora mismo. Tienes razón. El me quería. Desde el día que vino a casa, no volví a verle nuevamente.
- ¿Por qué piensas que habrá sido?
- ¡Bah! Le parecería demasiado pobre mi casa.
- ¿Es rica la novia que dices que tiene?
El servicio de té que sostenía May cayó al suelo.
Susan se levantó de un salto y cruzó el rostro de su prima por dos veces.
- Para que aprendas. Y ahora me quitaré el vestido y por la noche quiero verlo como nuevo. ¡Estúpida...!
- Mosquita muera, inútil - apostrofó Doris -. ¿Qué te importa a ti lo que hablamos? Todo por haberla recogido, Susan. ¿Que te parece si la abandonamos?
- No tendríamos una criada mejor, pese a su torpeza. ¿Qué esperas? - May las miraba de modo raro -. ¿Quieres irte de una maldita vez? Trae un cubo y una bayeta. Tienes que fregar el suelo. May desapareció.
Doris fue a hablar por teléfono.
- Cerdo - le dijo luego a su hermana -. ¿Sabes qué me ha dicho? Que se casaba la semana próxima. Así. Con una muchacha encantadora.
- Tendré que pescar a Peter.
- Yo ando, medio, medio con Sam.
May lloraba apretada en sus brazos.
- No me atrevo.
- ¿Eres tonta? ¿No te han echado ellas? Algún día tendrás que dejarlas.
- Pero así...Suponte que... Me da mucho miedo.
- Estando conmigo - la apretaba en sus brazos, acariciándole el pelo, besándola delicadamente en los labios -. Tonta...Verás cómo todo se arregla.
- ¿Qué hora es?
- Las ocho.
- Oh, oh... - tiraba de él -. Llévame a casa. Seguro que una de ellas ya regresó.
- Dile que estás casada. Que soy tu marido, que...
May casi lloraba. Tenía un terror tal, reflejado en el rostro, que John la atrajo hacia sí y le acarició las sienes con ternura.
- Nos hemos casado hoy, May, a las cuatro de la tarde en punto. Nadie sabe nada, excepto tú y yo. Llevamos aquí cuatro horas - susurró atrayéndola de nuevo hacia sí -. Las más hermosas de mi vida, amor mío.
- Oh...qué dirán. Hoy...hoy - temblaba huyendo de sus brazos -, Hoy me pegarán mucho.
John se puso rígido.
- ¿Pegarte? Verás lo hacemos. Ya verás. Escucha... ¿Qué haces? Ponte la ropa que yo te regalé.
- Pero ellas.
- ¿Tanto les temes?
- Tú no sabes...
- Me voy a percatar ahora. Vamos cámbiate de ropa. Jamás te pondrás de nuevo esos andrajos.
- John...amor mío.
- ¿Sabes lo que supone ser la señora Braxton? Todas las casas de moda, joyerías, perfumerías y peleterías a tus pies, May. Y yo...como un reyezuelo vanidoso, dueño tuyo. ¿Entiendes lo que te digo?
Lo sabía, pero...¿cómo decirles a sus primas que nunca más sería su cenicienta, que estaba casada con el hombre que ellas deseaban, que era feliz a su lado.
- Escucha...Ponte muy bonita. Yo te ayudaré. Así...Ahora obedece, amor mío. Se oyó el llavín en la cerradura. Doris lanzó una exclamación de cólera.
- Ahí la tenemos. ¿Sabes qué haré Doris? Le daré la paliza mayor de su vida.
Salió al pasillo. No se fijó en la linda figurina elegantísima que avanzaba por el pasillo. Sólo se fijó en John.
- John, cariño, al fin te veo de nuevo - gritó Doris corriendo hacia él. Susan miraba, pero no a John, sino a May.
- Pero...¿qué haces tú vestida así? Mira, Doris...
May temblaba.
Doris dejó de mirar a John para fijar los ojos en su prima. fue hacia ella y la cogió de un brazo.
- ¿Quién te ha dado esta ropa?
- Es que May se ha casado hoy. Ha interrumpido su luna de miel para venir a saludaros - dijo John.
-¿Qué?
John ya estaba junto a May. Esta se pegó a su costado. Las dos hermanas parecían estatuas.
- ¿Casada May? ¿Con quién, John?
- Conmigo - dijo feliz.
- Eres una...
John la retuvo contra sí.
- Lo siento, Susan. Sólo hemos venido a deciros eso. Nos marchamos de viaje esta misma noche.
- ¡Dios santo! - exclamaron a dúo.
- Tendréis que buscar otra criada - dijo John riendo -. Esta es la señora de mi casa - y después con ternura -: Vamos May, amor mío...
- ¡Oh! - exclamó sorprendido -, es usted, Mr. Braxton.
- Me citó Doris aquí.
- Pero no ha llegado aún. ¿Quiere pasar o la espera abajo?
John Braxton dudó un segundo.
Linda muchacha. Sin duda, la sirvienta, pensó:
- Pasaré - dijo -. ¿Le importa que espere? - y a continuación -: ¿hace mucho que está en esta casa?
- Siempre he estado - puntualizó -. Desde los diez años. Estudié en una academia aquí cerca...
"Muy pronto empezó a servir", pensó John algo molesto, pues le fastidiaban las injusticias sociales.
- Puede esperar en la salida - señaló May.
- Gracias.
- Puede tomar algo, si lo desea.
- No, no gracias. ¿Cree que Doris tardará mucho? - y de súbito -: Es la primera vez que vengo a este piso. ¿De qué me conoce usted?
Era lindísima, pese a la ropa vulgar que vestía (falda estrecha de basto paño y un suéter de algodón). Su pelo era rubio cenizo, brillante y sedoso, recogido tras la nuca con una goma negra.
- No lo sé, Mr. Braxton. Nunca se sabe cuándo llega. En cuanto a conocerle a usted, es fácil. Todos en Dretroit, conocen a los Braxton.
- Soy yo solo - rió John -. Mi padre falleció el mes pasado.
- Sí. Lo leí en los periódicos. Además se lo oí decir a Doris. Lo siento, señor. Tengo mucho que hacer. Si quiere un poco de hielo...
- No, gracias. Esperaré diez minutos. Si en ese tiempo no llega Doris, me iré. Sólo vengo a despedirme. Salgo para Chicago esta noche. No pude comunicarme con ella, por eso subí.
- ¿Se va por mucho tiempo?
- Dos semanas.
- ¡Ah! - dijo y salió.
John Braxton quedó impresionado. ¡Vaya con Doris y con Susan! ¡Cómo se rodean de chicas guapas!
Amaba a Doris. Al menos eso creía. Buscaba una mujer a su medida. Tenía mucho dinero y una terrible soledad. Últimamente tenía una idea obsesiva: casarse y formar un hogar.
Escuchó los pasos de Doris que acababa de entrar. "¡Linda chica!", pensó.
- Qué fastidio de día - oyó la voz de Doris. Y después -: ¿A qué fin ese delantal de flores? ¿No tienes otro más en consonancia con tu condición?
- Perdona...
La voz de la criada (qué raro que se tutearan) tenía un deje amargo.
- Te lo he dicho muchas veces. ¿Has planchado mis vestido? Tengo una fiesta esta noche. ¿Me oyes? Estás ahí parada como un pasamarote.
- Es que...
- No me digas nada. No me des una disculpa. ¿Has planchado el de Susan? Si viene y no lo tienes preparado, se pondrá furiosa. Ella no es tan indulgente contigo como yo. Después de lo que hicimos por ti...¿me oyes bien?
- Es que...
Quería decirle que en la salita tenía una visita.
Pero Doris, alzando la voz, gritó:
- Si dentro de cinco minutos no tengo el vestido listo, esta noche duerme en la escalera.
John Braxton frunció el ceño. Siempre pensó que Doris no tenía genio. ¡Era tan modosita! ¡Tan mimosa!
Claro que una mujer sin carácter...
En cuanto a la doncellita, quizá fuese holgazana.
Cabía en lo posible. Pero los modales de Doris, su manera de tratar a la muchacha no encajaban con su modo de pensar.
- ¿Qué esperas ahí? - oyó la voz de Doris nada discreta -. Eres una estúpida. Encima de que te recogimos...No lo hicimos por ti. Fue por tío Jim. Tu padre era de otra manera, pero era hermano del nuestro. Tú no merecías nuestra generosidad.
La voz de la muchacha tenía un matiz suave y tenue.
- Tiene una visita en el salón.
- ¿Qué? - y la voz de Doris casi pareció silbante, con gran disgusto del hombre que la esperaba.
Súbitamente se dirigió a la puerta, y por eso oyó la voz de Doris, queda, pero airada, exclamando:
- ¡Eres una mala persona! Una...
- Se trata de Mr. Braxton - susurró la muchachita.
- ¡Estúpida!
Entró muy nerviosa, susurrando con acento muy distinto al empleado de su prima:
- John, cariño. Si hubiese sabido que me estabas esperando...- se acercó melosa -. Cariño mío...
John la besó en el pelo.
Iba a su casa a participarle su viaje y también a comunicarle su deseo de casarse al regreso. Pero sólo dijo:
- Es que me voy de viaje.
- May debió de llamarme a la tienda. Estuve cerrando yo. Podía haberlo hecho cualquiera de las dependientas. Ya sabes, yo soy la jefa de sección.
- Sí, claro, pero no tuve tiempo de avisar.
- May pudo hacerlo.
- Tu...- titubeó - tu prima...
Doris se agitó un poco. Estaba extrañamente alterada.
- Es tan desaprensiva...Se olvida de todo. No sé si lo hace adrede o por olvido. Estamos peleando con ella desde que falleció mi tío, pero no hay manera de hacerla entrar en razón.
- ¿Ella...no trabaja?
- Claro. En casa y mal. Hemos de tener mucha paciencia.
- ¿Es...prima hermana? No sabía...Bueno, claro. Ya sabes que yo nunca me ocupo de cosas así...
- Es natural.
- ¿Os...- inquirió con suma cautela - os hace...de sirvienta?
- Sí, claro - consultó el reloj -. Bueno, cariño, tengo que irme. Tomo el avión de las nueve quince. Tengo el tiempo justo para ir al aeropuerto.
- ¿Cuándo volverás? - se colgó de su brazo coqueta y melosa.
- No lo sé. Dentro de dos o tres semanas...Ya sabes cómo son los negocios.
La besó de nuevo fugazmente y se dirigió a la puerta seguido de Doris.
- Te voy a echar de menos - y como al descuido ya en el umbral -: tu prima es una cría ¿cuántos años tiene?
- Dieciocho, pero como si tuviera diez.
A él le pareció una chica estupenda.
- Adiós, cariño - susurró él en voz baja.
Volvió a besarla y salió.
Se quedó junto a la puerta mientras se ponía el abrigo y los guantes. Así pudo oír la trifulca que se armó.
- Eres una malvada. ¿No sabes que es casi mi novio?
- Te lo intenté decir - apuntó May suavemente. Pero tú entraste dándome gritos.
- Eres una majadera. He estado a punto de estropearlo todo. ¿No sabes que tengo una fiesta esta noche? Peter me espera, y si John no se declara de una maldita vez, no tengo más remedio que echarle el gancho a Peter.
- Pero...¿no estás enamorada de John? - oyó éste con estupor.
- Bueno, el amor...¿qué es el amor? - oyó gruñir a Doris -. Ya tengo veintisiete años, querida. Justo es que cace al que más pronto se ponga a tiro. Estoy harta de ser dependienta. ¿tienes el vestido listo?
- No pude hacerlo, Doris - oyó John la voz temerosa de May -. Me encargáis demasiadas cosas. Susan me mandó lavarle la ropa interior que tiene en el armario. Tú...coserte los bajos del vestido...
¡¡Paff!!
John se quedó asombrado.
¿Una bofetada de Doris a su prima?
¡Qué sorprendente! Parecía tan modosita.
- Para que aprendas. Hace ocho años que te estoy enseñando y no progresarás jamás.
John se escapó escaleras abajo.
El llanto de May le impresionaba profundamente, tanto como sus ojos color violeta, en cuyas pupilas, allá en el fondo, había como una sombra de melancolía.
Un auto chirrió cerca al frenar casi de golpe.
- May...
Se quedó de piedra, con la cesta de la compra apretada en los dedos.
- ¿No me conoces? ¿Quién no conocía en Detroit a John Braxton?
- Sube, May - suplicó -. Voy en dirección a tu casa. Ya estaba de vuelta.
¿Como es que Doris se lamentaba todos los días de su ausencia? Parecía ser que Peter no se dejaba conquistar y que daba la esperanza del millonario.
- ¿No subes?
Cubría su esbelto cuerpo con una raída gabardina. Calzaba botas altas de goma. La cesta de la compra no era precisamente muy elegante.
- Pero es que... puedo ir a pie, Mr. Braxton.
- Es un placer.
Se encogió en el asiento.
- Doris no sabe que usted ha llegado.
- Háblame de tú - dijo él riendo con una sonrisa fascinadora -. ¿Qué haces, además de trabajar en casa y recibir bofetadas?
Enrojeció.
El auto corría en dirección contraria a la que ella llevaba.
- Tengo que volver a casa y hacer la comida.
- ¿No puedes comer conmigo?
- Le aseguro...
- Lo escuché todo el otro día. Oí también cómo te abofeteaba... ¿Toleras siempre la crueldad de tus primas?
- May...te llamas así, ¿verdad? Bien, pues te invito a comer.
- ¡Oh, no!
- ¿Temes que ellas lo sepan? No debes pasarte la vida como criada de tus primas.
- Soy menor, señor, y ellas son mis tutoras.
- Cásate.
- No puedo, ni tengo... novio.
John se dedicó a observarla durante el poco tiempo que estuvieron juntos. Cuando se despidió de ella, le dijo:
- Como tus dos primas son dependientas y tiene horario fijo nunca sabrán que sales conmigo. Vendré a buscarte a las cuatro en punto y te traeré a las siete. ¿Qué te parece?
- No puedo - casi gimió May, roja como la grana -. Tengo que trabajar.
- Lo sé. Por eso traeré a tu casa a una de mis muchachas de servicio para que te haga lo que tú tendrías que hacer en el tiempo que estás conmigo.
- Salir...no, no.
- Sí.
Fue aquel día, y al otro y al otro, y muchos más.
Doris comentaba por la noche con su hermana:
- Creo que John ha regresado. Al menos estuvo con su novia...
- ¿Novia?
May les servía, temblando de pies a cabeza.
- Sí, sí. No me mires así, Susan. Tiene novia. El muy cerdo...Una novia que nunca retratan los periódicos. Pero estuvo con ella todos estos días jugando al golf. Les han visto a los dos en el club.
- ¿Cómo es ella?
- ¿Y qué sé yo? Joven, por supuesto. ¡Qué gustos!
- ¿y te vas a dejar desbancar así?
- Le voy a llamar ahora mismo. Tienes razón. El me quería. Desde el día que vino a casa, no volví a verle nuevamente.
- ¿Por qué piensas que habrá sido?
- ¡Bah! Le parecería demasiado pobre mi casa.
- ¿Es rica la novia que dices que tiene?
El servicio de té que sostenía May cayó al suelo.
Susan se levantó de un salto y cruzó el rostro de su prima por dos veces.
- Para que aprendas. Y ahora me quitaré el vestido y por la noche quiero verlo como nuevo. ¡Estúpida...!
- Mosquita muera, inútil - apostrofó Doris -. ¿Qué te importa a ti lo que hablamos? Todo por haberla recogido, Susan. ¿Que te parece si la abandonamos?
- No tendríamos una criada mejor, pese a su torpeza. ¿Qué esperas? - May las miraba de modo raro -. ¿Quieres irte de una maldita vez? Trae un cubo y una bayeta. Tienes que fregar el suelo. May desapareció.
Doris fue a hablar por teléfono.
- Cerdo - le dijo luego a su hermana -. ¿Sabes qué me ha dicho? Que se casaba la semana próxima. Así. Con una muchacha encantadora.
- Tendré que pescar a Peter.
- Yo ando, medio, medio con Sam.
May lloraba apretada en sus brazos.
- No me atrevo.
- ¿Eres tonta? ¿No te han echado ellas? Algún día tendrás que dejarlas.
- Pero así...Suponte que... Me da mucho miedo.
- Estando conmigo - la apretaba en sus brazos, acariciándole el pelo, besándola delicadamente en los labios -. Tonta...Verás cómo todo se arregla.
- ¿Qué hora es?
- Las ocho.
- Oh, oh... - tiraba de él -. Llévame a casa. Seguro que una de ellas ya regresó.
- Dile que estás casada. Que soy tu marido, que...
May casi lloraba. Tenía un terror tal, reflejado en el rostro, que John la atrajo hacia sí y le acarició las sienes con ternura.
- Nos hemos casado hoy, May, a las cuatro de la tarde en punto. Nadie sabe nada, excepto tú y yo. Llevamos aquí cuatro horas - susurró atrayéndola de nuevo hacia sí -. Las más hermosas de mi vida, amor mío.
- Oh...qué dirán. Hoy...hoy - temblaba huyendo de sus brazos -, Hoy me pegarán mucho.
John se puso rígido.
- ¿Pegarte? Verás lo hacemos. Ya verás. Escucha... ¿Qué haces? Ponte la ropa que yo te regalé.
- Pero ellas.
- ¿Tanto les temes?
- Tú no sabes...
- Me voy a percatar ahora. Vamos cámbiate de ropa. Jamás te pondrás de nuevo esos andrajos.
- John...amor mío.
- ¿Sabes lo que supone ser la señora Braxton? Todas las casas de moda, joyerías, perfumerías y peleterías a tus pies, May. Y yo...como un reyezuelo vanidoso, dueño tuyo. ¿Entiendes lo que te digo?
Lo sabía, pero...¿cómo decirles a sus primas que nunca más sería su cenicienta, que estaba casada con el hombre que ellas deseaban, que era feliz a su lado.
- Escucha...Ponte muy bonita. Yo te ayudaré. Así...Ahora obedece, amor mío. Se oyó el llavín en la cerradura. Doris lanzó una exclamación de cólera.
- Ahí la tenemos. ¿Sabes qué haré Doris? Le daré la paliza mayor de su vida.
Salió al pasillo. No se fijó en la linda figurina elegantísima que avanzaba por el pasillo. Sólo se fijó en John.
- John, cariño, al fin te veo de nuevo - gritó Doris corriendo hacia él. Susan miraba, pero no a John, sino a May.
- Pero...¿qué haces tú vestida así? Mira, Doris...
May temblaba.
Doris dejó de mirar a John para fijar los ojos en su prima. fue hacia ella y la cogió de un brazo.
- ¿Quién te ha dado esta ropa?
- Es que May se ha casado hoy. Ha interrumpido su luna de miel para venir a saludaros - dijo John.
-¿Qué?
John ya estaba junto a May. Esta se pegó a su costado. Las dos hermanas parecían estatuas.
- ¿Casada May? ¿Con quién, John?
- Conmigo - dijo feliz.
- Eres una...
John la retuvo contra sí.
- Lo siento, Susan. Sólo hemos venido a deciros eso. Nos marchamos de viaje esta misma noche.
- ¡Dios santo! - exclamaron a dúo.
- Tendréis que buscar otra criada - dijo John riendo -. Esta es la señora de mi casa - y después con ternura -: Vamos May, amor mío...
lunes, 6 de agosto de 2012
La leyenda del Rey Ciro (Persia)
En la antigua región oriental de Media vivía un rey valiente y poderoso, Astiajes, que tenía una hija llamada Mandane. Durante tres noches seguidas soñó el rey que del vientre de su hija nacía una vid que se extendía por Asia.
El monarca no supo descifrar el sueño y reunió a todos los adivinos del reino para escuchar sus interpretaciones. Todos coincidieron: la princesa Mandane tendría un hijo que llegaría a ser rey y le arrebataría el reino a su abuelo.Cuando Madane tuvo edad casadera, su padre la envió a Persia, para que contrajera matrimonio con Cambises, hombre sin linaje y de poca importancia social, pues pensaba que así no se cumpliría el sueño. Pronto supo que su hija estaba embarazada; ordenó entonces que la trajeran a palacio. Llego la hora del parto y la princesa trajo al mundo un niño muy hermoso. Astiajes tuvo miedo, y ordenó a Harpago, noble de su confianza, que cogiera al niño y lo llevara a las afueras de la ciudad para matarle. Harpago llegó al bosque, pero no se atrevió a darle muerte a la criatura y entregó el niño a un pastor al llegar la noche. El pastor dejó el infante sobre unas hojas de helecho y regresó a su cabaña. Allí encontró el pastor a su mujer llorando con desesperación: acababa de dar a luz a su hijo que había nacido muerto. El pastor contó a su mujer lo sucedido en el bosque, y ambos convinieron en cambiar a los niños y abandonar en el bosque a la criatura muerta, envuelta en los pañales reales.
El nieto del rey crecía feliz junto a sus padres adoptivos, que le había puesto de nombre Ciro, pues la mujer del pastor se llamaba Cira. Un día, el muchacho, que ya contaba con diez años, jugaba con sus amigos a elegir un rey, al que tendrían que obedecer los demás. Por unanimidad todos eligieron a Ciro y le juraron obediencia. Sólo uno se resistió. Entonces el falso rey ordenó que lo azotaran. El muchacho apaleado por sus compañeros de juego, fue corriendo a contárselo a su padre.
- Ciro, el hijo del pastor, me ha azotado, porque jugando fue elegido rey y yo no hice voto de obediencia.
El padre del muchacho, furioso, pidió audiencia ante el rey Astiajes y le contó lo ocurrido. Astiajes quiso conocer a Ciro y ordenó que lo llevaran a su presencia. Llegó el muchacho y el rey reprochó su actuación.
- Mi señor, mis compañeros me eligieron rey y juraron obedecerme. Uno se resistió y tuve que castigarle, pues desobedecer al rey es una falta grave.
Astiajes, viendo el parecido de Ciro con su hija Mandane y la desenvoltura del muchacho, sospechó que aquel era su nieto, al que había mandado matar cuando nació. Para asegurarse, ordenó que llevaran al pastor rápidamente a su presencia.
Este no quiso decir la verdad al rey, asegurando que Ciro era su hijo realmente. Pero cuando comenzaron a torturarle, el pastor comenzó a gritar y juró que diría toda la verdad.
Finalmente Astiajes vio confirmada su sospecha pero, creyendo que al ser Ciro elegido rey de los muchachos ya se habían cumplido los vaticinios de los adivinos podía quedarse tranquilo y dejó libre al pastor y acogió al niño, al que pensó educar como a un verdadero príncipe. Sin embargo pensando que Harpago había desobedecido sus órdenes, le dio un castigo terrible: hizo matar a uno de sus hijos y ordenó a los cocineros que lo prepararan como manjar. Aquel día invitó a Harpago a la mesa, prometiéndole un exquisito banquete. Harpago probó el plato y el monarca le preguntó si sabia bien.
- Sí, señor, es delicioso.
- Pues es tu hijo menor al que te has comido - dijo el rey con crueldad -.
Harpago cayó desvanecido ante el horror que le produjo la venganza real. Cuando volvió en su, su único pensamiento era vengarse del rey. Así, escribió a Ciro, a quien su abuelo había enviado a Persia para aprender el arte militar. En la carta le contaba la verdad, y le explicaba que si vivía era gracias a él, porque su abuelo, al nacer, había ordenado que lo mataran. Le hablaba también de la terrible muerte de su hijo menor a manos de su cruel abuelo. Y terminaba invitándole a tomar las armas contra el asesino Astiajes.
Ciro recibió el mensaje, reunió un ejército poderoso y se dirigió a Media. Los soldados que vigilaban el palacio de Astiajes vieron, desde las atalayas, que se acercaba un gran ejército y avisaron a su rey. Este llamó a Harpago y le ordenó que convocara a su ejército para luchar contra el enemigo. Harpago aceptó el mando pero, cuando llegó junto a las tropas de Ciro, en lugar de enfrentarse, se unió a ellas. Astiajes, al conocer la noticia, montó en cólera, reunió un nuevo ejército y se puso al frente para combatir a Harpago y a Ciro. Tras una dura batalla, Astiajes logró la victoria, y su nieto y su ministro emprendieron huida con el ejército, temiendo la crueldad del monarca. Pero cuando los vencidos corrían despavoridos salieron todas las mujeres al campo de batalla, gritando y tachándoles de cobardes. Entonces Ciro y Harpago se sintieron avergonzados y volvieron a empuñar las armas, enfrentándose con bravura a las tropas de Astiajes, que al final fue derrotado.
Ciro quedó vencedor, pero no quiso matar a su abuelo, simplemente lo desterró. Desde entonces fue rey, y gobernó con Harpago como primer ministro hasta el final de sus días.
Antología de leyendas universales.
El monarca no supo descifrar el sueño y reunió a todos los adivinos del reino para escuchar sus interpretaciones. Todos coincidieron: la princesa Mandane tendría un hijo que llegaría a ser rey y le arrebataría el reino a su abuelo.Cuando Madane tuvo edad casadera, su padre la envió a Persia, para que contrajera matrimonio con Cambises, hombre sin linaje y de poca importancia social, pues pensaba que así no se cumpliría el sueño. Pronto supo que su hija estaba embarazada; ordenó entonces que la trajeran a palacio. Llego la hora del parto y la princesa trajo al mundo un niño muy hermoso. Astiajes tuvo miedo, y ordenó a Harpago, noble de su confianza, que cogiera al niño y lo llevara a las afueras de la ciudad para matarle. Harpago llegó al bosque, pero no se atrevió a darle muerte a la criatura y entregó el niño a un pastor al llegar la noche. El pastor dejó el infante sobre unas hojas de helecho y regresó a su cabaña. Allí encontró el pastor a su mujer llorando con desesperación: acababa de dar a luz a su hijo que había nacido muerto. El pastor contó a su mujer lo sucedido en el bosque, y ambos convinieron en cambiar a los niños y abandonar en el bosque a la criatura muerta, envuelta en los pañales reales.
El nieto del rey crecía feliz junto a sus padres adoptivos, que le había puesto de nombre Ciro, pues la mujer del pastor se llamaba Cira. Un día, el muchacho, que ya contaba con diez años, jugaba con sus amigos a elegir un rey, al que tendrían que obedecer los demás. Por unanimidad todos eligieron a Ciro y le juraron obediencia. Sólo uno se resistió. Entonces el falso rey ordenó que lo azotaran. El muchacho apaleado por sus compañeros de juego, fue corriendo a contárselo a su padre.
- Ciro, el hijo del pastor, me ha azotado, porque jugando fue elegido rey y yo no hice voto de obediencia.
El padre del muchacho, furioso, pidió audiencia ante el rey Astiajes y le contó lo ocurrido. Astiajes quiso conocer a Ciro y ordenó que lo llevaran a su presencia. Llegó el muchacho y el rey reprochó su actuación.
- Mi señor, mis compañeros me eligieron rey y juraron obedecerme. Uno se resistió y tuve que castigarle, pues desobedecer al rey es una falta grave.
Astiajes, viendo el parecido de Ciro con su hija Mandane y la desenvoltura del muchacho, sospechó que aquel era su nieto, al que había mandado matar cuando nació. Para asegurarse, ordenó que llevaran al pastor rápidamente a su presencia.
Este no quiso decir la verdad al rey, asegurando que Ciro era su hijo realmente. Pero cuando comenzaron a torturarle, el pastor comenzó a gritar y juró que diría toda la verdad.
Finalmente Astiajes vio confirmada su sospecha pero, creyendo que al ser Ciro elegido rey de los muchachos ya se habían cumplido los vaticinios de los adivinos podía quedarse tranquilo y dejó libre al pastor y acogió al niño, al que pensó educar como a un verdadero príncipe. Sin embargo pensando que Harpago había desobedecido sus órdenes, le dio un castigo terrible: hizo matar a uno de sus hijos y ordenó a los cocineros que lo prepararan como manjar. Aquel día invitó a Harpago a la mesa, prometiéndole un exquisito banquete. Harpago probó el plato y el monarca le preguntó si sabia bien.
- Sí, señor, es delicioso.
- Pues es tu hijo menor al que te has comido - dijo el rey con crueldad -.
Harpago cayó desvanecido ante el horror que le produjo la venganza real. Cuando volvió en su, su único pensamiento era vengarse del rey. Así, escribió a Ciro, a quien su abuelo había enviado a Persia para aprender el arte militar. En la carta le contaba la verdad, y le explicaba que si vivía era gracias a él, porque su abuelo, al nacer, había ordenado que lo mataran. Le hablaba también de la terrible muerte de su hijo menor a manos de su cruel abuelo. Y terminaba invitándole a tomar las armas contra el asesino Astiajes.
Ciro recibió el mensaje, reunió un ejército poderoso y se dirigió a Media. Los soldados que vigilaban el palacio de Astiajes vieron, desde las atalayas, que se acercaba un gran ejército y avisaron a su rey. Este llamó a Harpago y le ordenó que convocara a su ejército para luchar contra el enemigo. Harpago aceptó el mando pero, cuando llegó junto a las tropas de Ciro, en lugar de enfrentarse, se unió a ellas. Astiajes, al conocer la noticia, montó en cólera, reunió un nuevo ejército y se puso al frente para combatir a Harpago y a Ciro. Tras una dura batalla, Astiajes logró la victoria, y su nieto y su ministro emprendieron huida con el ejército, temiendo la crueldad del monarca. Pero cuando los vencidos corrían despavoridos salieron todas las mujeres al campo de batalla, gritando y tachándoles de cobardes. Entonces Ciro y Harpago se sintieron avergonzados y volvieron a empuñar las armas, enfrentándose con bravura a las tropas de Astiajes, que al final fue derrotado.
Ciro quedó vencedor, pero no quiso matar a su abuelo, simplemente lo desterró. Desde entonces fue rey, y gobernó con Harpago como primer ministro hasta el final de sus días.
Antología de leyendas universales.
viernes, 3 de agosto de 2012
Las viejas raíces
Acabo de llamarle, May. Espero que venga enseguida.
- ¿Hablaste con él? - y sin esperar respuesta, añadió:
- Por favor, cierra la puerta.
Bea cerró y se acercó al lecho. Inclinose sobre él y templó con cariño el rostro infantil de Baby.
- Puede que no sea tan grave como tú supones - murmuró mientras se sentaba junto a la cama -. Los médicos de pueblo a veces fallan.
- Ojalá sea así.
- Deja de pasear, May. Siéntate. Aún no me has contado nada de tu vida. ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
May se sentó. Morena, delicada. No más de veintiséis años. Ojos azules, contrastando con su pelo negro y el color mate de su piel. Esbelta y muy femenina.
- Unos cinco años - apuntó May -. desde el día que me casé.
Bea intentó sacar los cigarrillos del bolsillo. Sonrió.
- Iba a fumar. Me olvidaba de Baby.
- No lo hagas.
- Duerme ahora. ¿Por qué no salimos a la antesala?
- Es mejor que te acuestes, Bea - su voz tenía un matiz ahogado -. No quisiera causarte problemas. Tú vives tu vida. Tranquila y distinta a la mía.
Bea emitió una risita.
También morena, pero no tan bella como su hermana. Los ojos azules, aunque no tan grandes como los de May. Tendría treinta años y hacía más de doce que trabajaba en Madrid en una casa aseguradora.
- Cuando falleción Daniel no pude ir al entierro, May. Mi trabajo...,ya sabes.
- Sí, me hago cargo.
Se casó a los diecinueve años. Su esposo falleció enseguida, antes de que naciera Baby. Desde entonces su vida fue una lucha. Pero eso no tenía por qué saberlo Bea jamás.
- Según lo que me diga mi amigo - dijo Bea -, mañana llevaremos a la niña a un especialista. Llegaste tan de improviso...Cuando supe que acababas de llegar..., me asombré. Tú, que nunca saliste del pueblo...
- Los médicos de allí no lo ven claro. Y tuve que venir. Sólo por ella lo hice. La casa está como cuando falleció mamá.
- Sí. Igual que cuando tú te casaste y te fuiste...Tía Lucía siempre dijo que no debías casarte. Que tú tenías un novio formal que estaba estudiando.
May se sobresaltó.
- Aquello pasó a la historia.
- Me lo imagino. Pero lo gracioso es que yo jamás supe que tuvieras un amigo.
- No era amigo. Era mi novio.
- ¿No le amabas?
May se levantó y fue hacia la cama.
- Déjala - pidió Bea -. Duerme tranquilamente. Luego vendrá Pedro. ¿Ya te hablé de Pedro?
- No - dijo May, a quien no le interesaba aquel amigo de su hermana más que como médico -. Me dijiste sólo que tenías un amigo, medio novio, que era médico, bien relacionado en Madrid, y con una clínica muy buena. Me pareció creer - miró a su hija sin parpadear - que pretendías cazarlo.
- Bueno, la frase es algo dura, ¿no? Y fea. Sí, deseo casarme, pero sólo lo haré con un hombre que me convenga. Pedro es interesante para cualquier mujer.
En aquel instante sonó el timbre.
- Ahí está - murmuró Bea poniéndose rápidamente en pie -.
- Perdona un segundo. Iré a abrirle la puerta.
May miró a su hija. El recién llegado decía:
- ¿Qué pasa, Bea? Cuando llegué a casa me encontré tu recado...soy médico de niños - oyó la voz que la inquietó -. No creo que tú tengas hijos.
- Hijos, no - oyó la risa un poco exagerada de Bea -. Tengo una sobrina.
- Ajajá...Veamos lo que le ocurre.
- Vive en un pueblo del norte, y su madre, mi hermana, la trajo esta noche. Los médicos del pueblo no se explican su enfermedad.
- Esperemos que yo tenga más suerte.
May apretó los dedos contra la cabecera de la cama.
Sintió en su espalda los ojos de...Pedro Torre Villar...
- Buenas noches.
Se volvió. No podía quedarse de espaldas al recién llegado.
- May...Aquí está el médico.
Se miraron con asombro, estupor...¿pesar?
- Es mi hermana May - dijo Bea, ajena a lo que estaba ocurriendo allí, en el lenguaje de aquellos mudos ojos que se cruzaban de modo extraño -. May, mi amigo y médico Pedro Torre.
- Encantada - susurró con una vocecilla sensible que evocaba otros tiempos -. Mi hija...
Se diría que Pedro se había quedado mudo de repente, o que algo en sus cuerdas vocales le impedía hablar. Se inclinó sobre la enfermita y abrió el maletín.
Estuvo mucho rato auscultándola. En la alcoba sólo se oía a la niña débilmente.
Al fin se incorporó y guardó el instrumental.
- ¿Qué le encuentras, Pedro? - preguntó Bea, ansiosa.
May sentía como un frío en las venas.
¿Cerrar los ojos y pensar en ocho años antes?
No podía en aquel instante.
- Habrá que hacer varios análisis - dijo. Y después, sin mirarla, pero dirigiéndose a ella -: ¿Le hicieron alguno señora?
- No - tras un titubeo -. No les di tiempo. Me asusté y la traje a Madrid, rápidamente.
- ¿Cuánto tiempo lleva así?
- Quince días. Empezó todo con una gripe...Después le quedó un persistente catarro, luego le descubrí unas décimas...Y esa...debilidad.
- Ya.
- ¿Qué piensas, Pedro?
- No lo sé, Bea. Tendré que llamar a un analista.
Se dirigió a la puerta.
Ella hubiese querido correr hacia él, agarrarlo del brazo, pedirle que nunca se olvidara de aquello, pero que por Dios...curara a su hija. Se quedó tensa. Rígida junto a la cama, mientras Bea se iba hacia la puerta con...Pedro Torre Villar.
Este, en el umbral, mirándola de modo extraño, dijo:
- Volveré mañana. A las nueve vendrá el analista...estaré aquí a las tres con los análisis.
- Gracias...gracias.
- Buenas noches.
Le vio marcharse.
Alto, fuerte...con la diferencia de su expresión triste y las hebras de plata en los aladares.
No te preocupes ¿eh? Lo recibes tú. Ahora ya le conoces. Tengo que irme al trabajo. No te mortifiques. Verás cómo cura a Baby.
- ¿Está...casado?
- ¿Pedro? - rió Bea a su pesar -. Claro que no. No es fácil de cazar. Además me da la sensación de que no siente gran debilidad por las mujeres. Es algo raro. A mí me lo presentaron hace un año en un baile. Nos hicimos buenos amigos.
- Estás enamorada de él.
Bea se puso a reír.
- Pero May...¿siendo siendo romántica? A mi edad, el amor es sólo un sentimiento práctico. Tengo treinta años y unos locos deseos de dejar de trabajar. Y anhelo, como es lógico, casarme bien. Pedro es un excelente partido - consultó el reloj -. Las cuatro. Qué raro que se retrase. Bueno, ya me dirás por la noche qué ha pasado. Estás en tu casa. En realidad - aquí una risa sarcástica -, sigue perteneciendo aún a las dos. Mamá nos la dejó así.
Claro que tu te casaste y te olvidaste de la casa materna. Pero siempre estás a tiempo. ¡Oh! - exclamó aturdida -, qué tarde se me hace.
Sintió el timbre. Instintivamente miró el reloj. Eran las cuatro y cuarto.
Cuando entró, Pedro la miró superficialmente. Como si sus ojos resbalaran por ella sin rozarla apenas.
- Pase...
La voz de May tenía un tono apagado. Cerró él mismo la puerta y avanzó hasta la alcoba. La niña dormía plácidamente.
Un silencio extraño, como si en el ambiente flotara algo parecido a una agonía.
- ¿Por qué? - fue la pregunta inesperada.
May, que se hallaba tras él, juntó las manos sobre el pecho.
- Di - se volvió casi con violencia -. ¿Por qué?
- No sé...no sé...qué dices.
- Lo sabes.
Era cortante y amarga, la voz del hombre.
- La niña...
- La niña no tiene más que una simple infección mal curada. No me refiero a ella - dejó el maletín sobre la cama y giró en redondo, indicándole el camino de la salita -. No quisiera despertar a Baby - añadió en el umbral -. Pero no me marcho de aquí..., sin saber por qué...por qué me hiciste aquéllo.
May no sabía qué decir. Pedro Torre la asió del brazo y la sacó de la salita. Después, sin ira, más bien con pesar, cerró la puerta y se volvió hacia ella.
- Yo te quería. Dos años de espera no eran tantos años. Nunca pensé volver a verte...Y ahora te encuentro. Más hermosa que nunca, con una hija...
- Me casé...
- Eso...lo supe. No me digas que le amabas. O entonces tendré que pensar que jamás me quisiste.
- Te fuiste...
- ¿Podría terminar aquí mi carrera?
- Claro que si.
Se sentó. Pedro quedó como un juez ante ella.
- Yo no era rico, May. No ignoras con cuántos sacrificios hube de terminarla.
Tenías dieciséis años cuando te conocí. Y diecinueve cuando me tuve que ir a ganar aquella beca que me supuso tanto trabajo. Tú me ayudabas. Fuiste a despedirme al tren...Me juraste esperar...
- Oh...,calla...calla.
- Quizá para ti mi amor fu un pasatiempo. Para mí era...toda mi vida.
También para ella, pero...
- Di. Al menos que yo tenga el consuelo de saber que no fuiste una...
- No lo digas.
- ¿Acaso crees que no me lo repito todavía? Conseguiste que jamás pueda volver a creer en los sentimientos de una mujer. Todo ese desencanto y desilusión es obra tuya.
May bajó la cabeza. Sus manos se apretaban una contra otra con desesperación.
De súbito la voz de Pedro sonó ronca y tenue.
- Me gustaría saber dónde...dejaste a tu marido.
- Murió.
Pedro se derrumbó en la butaca mirando al frente como un poste.
- Mamá, mamá, creí que te habías ido.
- Estoy aquí...cerca...con el doctor...Estás bien, ¿sabes? Te pondremos unso antibióticos y mañana o pasado regresaremos a casa... -inclinada sobre el lecho, acariciaba el rostro de la niña -. Me siento muy contenta ¿sabes? No tienes nada grave.
- ¿Es así, doctor? - preguntó la niña.
Ella, que no lo creía detrás, se puso de pie.
Quedó tensa junto a él.
Mil recuerdos, mil amarguras, y después...
Juntó los labios con desesperación.
- Es cierto,Baby. Podrás volver a correr muy pronto. ¿Cuántos años tienes?
- Casi siete.
Hubo como una sacudida en Pedro Torre.
La miró con fijeza.
Un silencio tenso, extraño.
Cargado de recuerdos y de vivencias.
- Duerme - dijo él -. Duerme un poco, Baby.
- Sí...sí...
Ven un momento, May. Tengo que hablarte.
Al verse de nuevo en la salita, se sentó en la butaca y mirándola fijamente le dijo:
- De modo que ni siquiera esperaste un año. Te casaste en cuento yo me fui. Tú...que me jurabas...
- Por favor.
_ Quién era tu marido? Di...¿Me engañabas ya con él? Di...- gritó.
- No, no te engañé nunca. Y de súbito, como contenida en un dique, las palabras le salían a borbotones de sus labios crispados -: Tenías demasiada ilusión por tu carrera. Yo...no podía truncártela. A los dos meses de marcharte, supe...supe...
- ¡May!
- Lo supe, sí. - Llevóse las manos al rostro -. No podía soportar aquella vergüenza. Ni pedirte que vinieras...No podía. Entonces...
Pedro se inclinó sobre ella como bebiendo sus palabras.
- Sigue. Por favor...no te detengas.
- Tú conocías a Daniel. Era...el hombre ya mayor que nos cuidaba aquellas pocas tierras que teníamos en el pueblo. Un día vino. Mamá había muerto, y Daniel...me encontró llorando. Tuve...tuve que decírselo.
- ¿Decirle?
- Lo que me pasaba.
- Dios...sigue. Por favor no te quedes así.
- Daniel me dijo que estaba muy enfermo. Que tenía los días contados. Y se ofreció a casarse conmigo.
Lo hizo. Falleció a los seis meses de la boda, antes de que naciera Baby.
Los dos seguían inmóviles y crispados.
- Quieres hacerme creer...
- No, no pretendo nada. Nada me interesa, excepto mi hija.
- Y yo...
- Tú no creerás jamás...jamás - miró al frente con desesperación -. ¡Qué importa eso ahora!
- No tuviste nada que ver.
- ¡Cállate! No quiero hablar de eso.
- Dilo.
- No. Nunca tuve nada que ver...nada...que ver...
Y con gran agitación y desconsuelo se puso en pie y corrió hacia la alcoba de la niña.
Pedro Torre, como si llevara sobre sí miles de años, tomó el maletín y se dirigió a la calle.
Sonó el timbre.
Abrió Bea rápidamente.
- Pedro, ¡qué gusto verte!
- Tu hermana..
- Oh, ¿no lo sabes? Ayer noche metió a la niña en un taxi y se fueron al pueblo. Yo no sé qué le pasaba. Te aseguro que no lo sé. Estaba como loca.
Pedro se dio la vuelta.
- ¿Te vas ya?
- Sí, sí...tengo mucho que hacer.
- Toma una copa conmigo, hombre.
- Lo siento, Bea. Tengo previsto un viaje hoy mismo...
Por la niña no te preocupes...Está bien.
- Pedro...te veo raro.
- Sí...,puede ser...Adiós, Bea.
Cuatro días después, María, la muchacha, dijo: - Un señor muy elegante desea verte.
- Tengo mucho que hacer. Si es un nuevo huésped, dile que ya lo tenemos todos cubierto.
- No dijo que quisiera habitación, May.
- Está bien. ¿Dónde anda la niña?
- Corriendo por el jardín.
Se alisó el cabello y se dirigió a la salita.
- Tú...
Pedro avanzó un paso mirando el entorno.
- ¿Vives desde entonces cuidando una casa de huéspedes? Pudiste decírmelo cuando falleció tu marido.
Ya estaba junto a ella. Era otro Pedro. Aquél a quien despidió en la estación de ferrocarril una noche de invierno.
- Vengo... vengo a casarme contigo. A llevarme a la niña y a ti...
- Has reflexionado.
Pedro la amaba como un loco.
Jamás dejó de pensar en ella. Por eso, cuando su mano se posó suavemente en el hombro femenino, y la deslizó hasta el brazo, ella presintiéndolo se estremeció, y balbuciendo:
- Pedro...si no crees.
- Creo. Ahora me doy cuenta...Debí dármela...entonces. No era posible que tú...me olvidaras.
La apretó contra sí, le levantó la barbilla con el dedo y buscó avaricioso en la hondura de sus ojos.
- Pensar que he sufrido tanto y no sabía que tú estabas sufriendo infinitamente más que yo...
Todo quedaba atrás. La vieja raíz tenía una nueva savia, como si saltara de la tierra y lo enredara todo.
- Son tus besos de siempre - susurró él, estrujándola hasta dejarla casi sin aliento -. May levantó una mano y la tibia palma quedó como temblando en la mejilla masculina.
- Nunca me besó nadie después...Nucna.
Desde lejos llegaba la voz de Baby:
- Mamá, mamá...
- Vamos a verla - dijo Pedro.
- Vamos...
May se sentó. Morena, delicada. No más de veintiséis años. Ojos azules, contrastando con su pelo negro y el color mate de su piel. Esbelta y muy femenina.
- Unos cinco años - apuntó May -. desde el día que me casé.
Bea intentó sacar los cigarrillos del bolsillo. Sonrió.
- Iba a fumar. Me olvidaba de Baby.
- No lo hagas.
- Duerme ahora. ¿Por qué no salimos a la antesala?
- Es mejor que te acuestes, Bea - su voz tenía un matiz ahogado -. No quisiera causarte problemas. Tú vives tu vida. Tranquila y distinta a la mía.
Bea emitió una risita.
También morena, pero no tan bella como su hermana. Los ojos azules, aunque no tan grandes como los de May. Tendría treinta años y hacía más de doce que trabajaba en Madrid en una casa aseguradora.
- Cuando falleción Daniel no pude ir al entierro, May. Mi trabajo...,ya sabes.
- Sí, me hago cargo.
Se casó a los diecinueve años. Su esposo falleció enseguida, antes de que naciera Baby. Desde entonces su vida fue una lucha. Pero eso no tenía por qué saberlo Bea jamás.
- Según lo que me diga mi amigo - dijo Bea -, mañana llevaremos a la niña a un especialista. Llegaste tan de improviso...Cuando supe que acababas de llegar..., me asombré. Tú, que nunca saliste del pueblo...
- Los médicos de allí no lo ven claro. Y tuve que venir. Sólo por ella lo hice. La casa está como cuando falleció mamá.
- Sí. Igual que cuando tú te casaste y te fuiste...Tía Lucía siempre dijo que no debías casarte. Que tú tenías un novio formal que estaba estudiando.
May se sobresaltó.
- Aquello pasó a la historia.
- Me lo imagino. Pero lo gracioso es que yo jamás supe que tuvieras un amigo.
- No era amigo. Era mi novio.
- ¿No le amabas?
May se levantó y fue hacia la cama.
- Déjala - pidió Bea -. Duerme tranquilamente. Luego vendrá Pedro. ¿Ya te hablé de Pedro?
- No - dijo May, a quien no le interesaba aquel amigo de su hermana más que como médico -. Me dijiste sólo que tenías un amigo, medio novio, que era médico, bien relacionado en Madrid, y con una clínica muy buena. Me pareció creer - miró a su hija sin parpadear - que pretendías cazarlo.
- Bueno, la frase es algo dura, ¿no? Y fea. Sí, deseo casarme, pero sólo lo haré con un hombre que me convenga. Pedro es interesante para cualquier mujer.
En aquel instante sonó el timbre.
- Ahí está - murmuró Bea poniéndose rápidamente en pie -.
- Perdona un segundo. Iré a abrirle la puerta.
May miró a su hija. El recién llegado decía:
- ¿Qué pasa, Bea? Cuando llegué a casa me encontré tu recado...soy médico de niños - oyó la voz que la inquietó -. No creo que tú tengas hijos.
- Hijos, no - oyó la risa un poco exagerada de Bea -. Tengo una sobrina.
- Ajajá...Veamos lo que le ocurre.
- Vive en un pueblo del norte, y su madre, mi hermana, la trajo esta noche. Los médicos del pueblo no se explican su enfermedad.
- Esperemos que yo tenga más suerte.
May apretó los dedos contra la cabecera de la cama.
Sintió en su espalda los ojos de...Pedro Torre Villar...
- Buenas noches.
Se volvió. No podía quedarse de espaldas al recién llegado.
- May...Aquí está el médico.
Se miraron con asombro, estupor...¿pesar?
- Es mi hermana May - dijo Bea, ajena a lo que estaba ocurriendo allí, en el lenguaje de aquellos mudos ojos que se cruzaban de modo extraño -. May, mi amigo y médico Pedro Torre.
- Encantada - susurró con una vocecilla sensible que evocaba otros tiempos -. Mi hija...
Se diría que Pedro se había quedado mudo de repente, o que algo en sus cuerdas vocales le impedía hablar. Se inclinó sobre la enfermita y abrió el maletín.
Estuvo mucho rato auscultándola. En la alcoba sólo se oía a la niña débilmente.
Al fin se incorporó y guardó el instrumental.
- ¿Qué le encuentras, Pedro? - preguntó Bea, ansiosa.
May sentía como un frío en las venas.
¿Cerrar los ojos y pensar en ocho años antes?
No podía en aquel instante.
- Habrá que hacer varios análisis - dijo. Y después, sin mirarla, pero dirigiéndose a ella -: ¿Le hicieron alguno señora?
- No - tras un titubeo -. No les di tiempo. Me asusté y la traje a Madrid, rápidamente.
- ¿Cuánto tiempo lleva así?
- Quince días. Empezó todo con una gripe...Después le quedó un persistente catarro, luego le descubrí unas décimas...Y esa...debilidad.
- Ya.
- ¿Qué piensas, Pedro?
- No lo sé, Bea. Tendré que llamar a un analista.
Se dirigió a la puerta.
Ella hubiese querido correr hacia él, agarrarlo del brazo, pedirle que nunca se olvidara de aquello, pero que por Dios...curara a su hija. Se quedó tensa. Rígida junto a la cama, mientras Bea se iba hacia la puerta con...Pedro Torre Villar.
Este, en el umbral, mirándola de modo extraño, dijo:
- Volveré mañana. A las nueve vendrá el analista...estaré aquí a las tres con los análisis.
- Gracias...gracias.
- Buenas noches.
Le vio marcharse.
Alto, fuerte...con la diferencia de su expresión triste y las hebras de plata en los aladares.
No te preocupes ¿eh? Lo recibes tú. Ahora ya le conoces. Tengo que irme al trabajo. No te mortifiques. Verás cómo cura a Baby.
- ¿Está...casado?
- ¿Pedro? - rió Bea a su pesar -. Claro que no. No es fácil de cazar. Además me da la sensación de que no siente gran debilidad por las mujeres. Es algo raro. A mí me lo presentaron hace un año en un baile. Nos hicimos buenos amigos.
- Estás enamorada de él.
Bea se puso a reír.
- Pero May...¿siendo siendo romántica? A mi edad, el amor es sólo un sentimiento práctico. Tengo treinta años y unos locos deseos de dejar de trabajar. Y anhelo, como es lógico, casarme bien. Pedro es un excelente partido - consultó el reloj -. Las cuatro. Qué raro que se retrase. Bueno, ya me dirás por la noche qué ha pasado. Estás en tu casa. En realidad - aquí una risa sarcástica -, sigue perteneciendo aún a las dos. Mamá nos la dejó así.
Claro que tu te casaste y te olvidaste de la casa materna. Pero siempre estás a tiempo. ¡Oh! - exclamó aturdida -, qué tarde se me hace.
Sintió el timbre. Instintivamente miró el reloj. Eran las cuatro y cuarto.
Cuando entró, Pedro la miró superficialmente. Como si sus ojos resbalaran por ella sin rozarla apenas.
- Pase...
La voz de May tenía un tono apagado. Cerró él mismo la puerta y avanzó hasta la alcoba. La niña dormía plácidamente.
Un silencio extraño, como si en el ambiente flotara algo parecido a una agonía.
- ¿Por qué? - fue la pregunta inesperada.
May, que se hallaba tras él, juntó las manos sobre el pecho.
- Di - se volvió casi con violencia -. ¿Por qué?
- No sé...no sé...qué dices.
- Lo sabes.
Era cortante y amarga, la voz del hombre.
- La niña...
- La niña no tiene más que una simple infección mal curada. No me refiero a ella - dejó el maletín sobre la cama y giró en redondo, indicándole el camino de la salita -. No quisiera despertar a Baby - añadió en el umbral -. Pero no me marcho de aquí..., sin saber por qué...por qué me hiciste aquéllo.
May no sabía qué decir. Pedro Torre la asió del brazo y la sacó de la salita. Después, sin ira, más bien con pesar, cerró la puerta y se volvió hacia ella.
- Yo te quería. Dos años de espera no eran tantos años. Nunca pensé volver a verte...Y ahora te encuentro. Más hermosa que nunca, con una hija...
- Me casé...
- Eso...lo supe. No me digas que le amabas. O entonces tendré que pensar que jamás me quisiste.
- Te fuiste...
- ¿Podría terminar aquí mi carrera?
- Claro que si.
Se sentó. Pedro quedó como un juez ante ella.
- Yo no era rico, May. No ignoras con cuántos sacrificios hube de terminarla.
Tenías dieciséis años cuando te conocí. Y diecinueve cuando me tuve que ir a ganar aquella beca que me supuso tanto trabajo. Tú me ayudabas. Fuiste a despedirme al tren...Me juraste esperar...
- Oh...,calla...calla.
- Quizá para ti mi amor fu un pasatiempo. Para mí era...toda mi vida.
También para ella, pero...
- Di. Al menos que yo tenga el consuelo de saber que no fuiste una...
- No lo digas.
- ¿Acaso crees que no me lo repito todavía? Conseguiste que jamás pueda volver a creer en los sentimientos de una mujer. Todo ese desencanto y desilusión es obra tuya.
May bajó la cabeza. Sus manos se apretaban una contra otra con desesperación.
De súbito la voz de Pedro sonó ronca y tenue.
- Me gustaría saber dónde...dejaste a tu marido.
- Murió.
Pedro se derrumbó en la butaca mirando al frente como un poste.
- Mamá, mamá, creí que te habías ido.
- Estoy aquí...cerca...con el doctor...Estás bien, ¿sabes? Te pondremos unso antibióticos y mañana o pasado regresaremos a casa... -inclinada sobre el lecho, acariciaba el rostro de la niña -. Me siento muy contenta ¿sabes? No tienes nada grave.
- ¿Es así, doctor? - preguntó la niña.
Ella, que no lo creía detrás, se puso de pie.
Quedó tensa junto a él.
Mil recuerdos, mil amarguras, y después...
Juntó los labios con desesperación.
- Es cierto,Baby. Podrás volver a correr muy pronto. ¿Cuántos años tienes?
- Casi siete.
Hubo como una sacudida en Pedro Torre.
La miró con fijeza.
Un silencio tenso, extraño.
Cargado de recuerdos y de vivencias.
- Duerme - dijo él -. Duerme un poco, Baby.
- Sí...sí...
Ven un momento, May. Tengo que hablarte.
Al verse de nuevo en la salita, se sentó en la butaca y mirándola fijamente le dijo:
- De modo que ni siquiera esperaste un año. Te casaste en cuento yo me fui. Tú...que me jurabas...
- Por favor.
_ Quién era tu marido? Di...¿Me engañabas ya con él? Di...- gritó.
- No, no te engañé nunca. Y de súbito, como contenida en un dique, las palabras le salían a borbotones de sus labios crispados -: Tenías demasiada ilusión por tu carrera. Yo...no podía truncártela. A los dos meses de marcharte, supe...supe...
- ¡May!
- Lo supe, sí. - Llevóse las manos al rostro -. No podía soportar aquella vergüenza. Ni pedirte que vinieras...No podía. Entonces...
Pedro se inclinó sobre ella como bebiendo sus palabras.
- Sigue. Por favor...no te detengas.
- Tú conocías a Daniel. Era...el hombre ya mayor que nos cuidaba aquellas pocas tierras que teníamos en el pueblo. Un día vino. Mamá había muerto, y Daniel...me encontró llorando. Tuve...tuve que decírselo.
- ¿Decirle?
- Lo que me pasaba.
- Dios...sigue. Por favor no te quedes así.
- Daniel me dijo que estaba muy enfermo. Que tenía los días contados. Y se ofreció a casarse conmigo.
Lo hizo. Falleció a los seis meses de la boda, antes de que naciera Baby.
Los dos seguían inmóviles y crispados.
- Quieres hacerme creer...
- No, no pretendo nada. Nada me interesa, excepto mi hija.
- Y yo...
- Tú no creerás jamás...jamás - miró al frente con desesperación -. ¡Qué importa eso ahora!
- No tuviste nada que ver.
- ¡Cállate! No quiero hablar de eso.
- Dilo.
- No. Nunca tuve nada que ver...nada...que ver...
Y con gran agitación y desconsuelo se puso en pie y corrió hacia la alcoba de la niña.
Pedro Torre, como si llevara sobre sí miles de años, tomó el maletín y se dirigió a la calle.
Sonó el timbre.
Abrió Bea rápidamente.
- Pedro, ¡qué gusto verte!
- Tu hermana..
- Oh, ¿no lo sabes? Ayer noche metió a la niña en un taxi y se fueron al pueblo. Yo no sé qué le pasaba. Te aseguro que no lo sé. Estaba como loca.
Pedro se dio la vuelta.
- ¿Te vas ya?
- Sí, sí...tengo mucho que hacer.
- Toma una copa conmigo, hombre.
- Lo siento, Bea. Tengo previsto un viaje hoy mismo...
Por la niña no te preocupes...Está bien.
- Pedro...te veo raro.
- Sí...,puede ser...Adiós, Bea.
Cuatro días después, María, la muchacha, dijo: - Un señor muy elegante desea verte.
- Tengo mucho que hacer. Si es un nuevo huésped, dile que ya lo tenemos todos cubierto.
- No dijo que quisiera habitación, May.
- Está bien. ¿Dónde anda la niña?
- Corriendo por el jardín.
Se alisó el cabello y se dirigió a la salita.
- Tú...
Pedro avanzó un paso mirando el entorno.
- ¿Vives desde entonces cuidando una casa de huéspedes? Pudiste decírmelo cuando falleció tu marido.
Ya estaba junto a ella. Era otro Pedro. Aquél a quien despidió en la estación de ferrocarril una noche de invierno.
- Vengo... vengo a casarme contigo. A llevarme a la niña y a ti...
- Has reflexionado.
Pedro la amaba como un loco.
Jamás dejó de pensar en ella. Por eso, cuando su mano se posó suavemente en el hombro femenino, y la deslizó hasta el brazo, ella presintiéndolo se estremeció, y balbuciendo:
- Pedro...si no crees.
- Creo. Ahora me doy cuenta...Debí dármela...entonces. No era posible que tú...me olvidaras.
La apretó contra sí, le levantó la barbilla con el dedo y buscó avaricioso en la hondura de sus ojos.
- Pensar que he sufrido tanto y no sabía que tú estabas sufriendo infinitamente más que yo...
Todo quedaba atrás. La vieja raíz tenía una nueva savia, como si saltara de la tierra y lo enredara todo.
- Son tus besos de siempre - susurró él, estrujándola hasta dejarla casi sin aliento -. May levantó una mano y la tibia palma quedó como temblando en la mejilla masculina.
- Nunca me besó nadie después...Nucna.
Desde lejos llegaba la voz de Baby:
- Mamá, mamá...
- Vamos a verla - dijo Pedro.
- Vamos...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
El tesoro escondido (Gran Bretaña)
Un campesino muy pobre soñó durante tres noches seguidas que debajo de una roca, cerca de su casa, estaba enterrado un tesoro. En aquel sue...
-
La ayuda a un familiar de su jefe, llegado de la India, dio un fatal giro a su vida. Al final se produjo la tragedia. Hortensia Rodríguez...
-
El chirrido de los columpios. Constante,rítmico, casi musical. Los juegos infantiles del barrio en el que vivimos están enfrente de nuestr...
-
En un tiempo pasado vivía una viuda pobre que tenía un hijo guapo y distinguido. Un día llegó a su casa un mercader que venía de un lejano p...