Atardece en Bali. El sol se va ocultando tras la montaña. La noche llega amablemente, trae frescura a la isla. A esta hora, en la aldea balinesa cada día tiene lugar la misma escena: se encienden las lámparas y las mujeres preparan el arroz de la noche.
Los vecinos se sientan juntos, charlan de la cosecha o permanecen en silencio. En algún lugar de la isla siempre suena la bella música metálica del gamelan.
Un anciano cuenta una nueva historia a los niños:
"Una vez existió en Bali un joven llamado Rajapala. Vivía solo, cerca del bosque, adonde acudía a cazar a diario. Era feliz con su vida, pero añoraba la compañía de una mujer y de unos hijos. Una mañana se adentró en el bosque. Caminó durante todo el día, pero no encontró ni un solo animal que cazar. Al atardecer agotado por el calor, decidió volver a su cabaña. y ocurrió entonces que se encontró de pronto frente a una pequeña laguna con flores y plantas acuáticas. Pensó que el lugar era muy agradable para descansar y se tumbó bajo un árbol; enseguida se quedó profundamente dormido.
Unas risas le despertaron. En la orilla de enfrente alguien cantaba y reía. Rajapala se ocultó detrás de un árbol y observó: siete muchachas deliciosamente bellas nadaban desnudas en el agua. Sus figuras eran etéreas, medio transparentes, parecía que flotaban en el aire. Rajapala se quedó maravillado. Sin dudarlo un instante, el joven fue a la otra orilla y oculto entre las ramas de los árboles, siguió mirando.
En el suelo, junto a una palmera, estaban las túnicas de las adolescentes. Rajapala cogió la más vistosa y volvió a esconderse. Las jóvenes no tardaron en salir del agua y fueron a coger sus ropas. Una a una se fueron vistiendo y salieron volando hacia el cielo. Una de ellas, la más joven, no encontró su túnica. Levantó la mirada y se encontró con Rajapala.
- Buenas tarde, señor. Estoy buscando mi túnica; sin ella no puedo volver al cielo.
- Yo la he cogido, porque no deseo que vuelvas al cielo. Quiero que te quedes aquí conmigo, en la tierra. Te convertiré en mi esposa.
- Te haré rico y viviré contigo. Pero si un día me ocultas algo volveré al cielo,- le respondió.
Rajapala se convirtió en uno de los hombres más ricos de los alrededores. Había abandonado la caza y tenía grandes extensiones de arrozales. Y además, aunque su mujer cocinaba todas las noches arroz, las existencias que había en el granero no se agotaban nunca; al revés, se multiplicaban. Y había todavía otra cosa que extrañaba Rajapala: cuando ella cocinaba, cerraba la puerta y le prohibía la entrada en la cocina. Además, nunca la veía pelar el arroz, como hacían otras mujeres del pueblo. Un día le dijo a su esposa:
- Rajapala, voy al río a lavar los platos. No entres en la cocina, por favor.
Pero en cuanto su esposa salió, Rajapala abrió la puerta y entro en la cocina. En el fuego había una cazuela tapada. Miró dentro, y en medio del agua que cocía sólo vio un pequeño grano de arroz, pelado.
- ¿Y esto se convierte luego en un enorme bol de arroz? ¿Cómo lo hace? - se preguntó a sí mismo.
Poco después llegó su mujer, dejó los platos a secar al sol y entró en la casa. Cuando, una vez en la cocina, levantó la tapa de la cazuela para ver cómo iba el arroz, comprobó que el grano estaba tan duro como lo había dejado.
- ¡Qué extraño! -pensó-, debería estar casi hecho.
Salió de la cocina y volvió al jardín a recoger los platos. Poco después entró a ver el arroz y comprobó que estaba igual de duro que antes.
- ¡Por todos los dioses! -gritó-. Mi esposo ha entrado en la cocina a pesar de mis recomendaciones. ¡Pobre de mí! Mi vida fácil ha terminado aquí - se lamentó el espíritu celeste -. De ahora en adelante tendré que trabajar como todas las mujeres para obedecer a los dioses.
Desde aquel día tuvo que pelar el arroz como las demás mujeres. Sus manos, hasta entonces delicadas y suaves, se volvieron ásperas de tanto trabajar en la cocina. Además, las existencia de arroz disminuían considerablemente cada día. Ella se sentía muy cansada, y el empeño de su marido la había herido en lo más profundo de su corazón.
Un día en que el espíritu celeste había entrado en el granero para coger un poco de arroz, encontró en un rincón su túnica, la túnica que Rajapala le había quitado cuando se conocieron en el río, pero que nunca le había devuelto. Cuando volvió a la casa, cayó enferma y recordó los maravillosos días que había pasado en el cielo con sus amigas, también espíritus celestes.
- Sería muy feliz si pudiera volver al cielo de nuevo hoy mismo - dijo para sí.
Y decidió volver al lugar donde podía llevar una vida fácil; ahora era posible, pues había encontrado su túnica. Habló con Rajapala, su esposo, para despedirse.
- Un día te dije que no me engañaras, pero lo has hecho. No te fías de mi y quisiste saber cómo conseguía cocer el arroz cada noche. Por ello ha llegado el momento de volver a los cielos. Cuando quieras verme, en las noches de luna llena mírala y me encontrarás allí.
Con lágrimas en los ojos, Rajapala se despidió de su amada esposa para siempre. Ella dio un salto y salió volando hacia las nubes, alto, muy alto, hasta que desapareció de la vista. Por la curiosidad de Rajapala, los hombres de Bali nunca preparan el arroz en las casas.
"Folk Tales from Bali" Editorial Penerbit Kjamatan. Jakarta.
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