viernes, 4 de mayo de 2012

Todos me querían mal

Era el sexto día que lo veía. ¿Qué quería de ella? ¿lo mismo que los demás? Se metió en la boca del metro y apresuró el paso. El hombre que la perseguía desde hacía una semana se situó al lado de Beatriz y ella le dijo:
- ¿Desea usted algo?
El joven se replegó. Beatriz quedó tensa, confusa. Pero él no la rozaba como todos, sino que, con gran respeto, la protegía de la avalancha que pretendía subir al tren.
- Me llamo Mark Hobson.
Ella no respondió. Se mordió los labios. Tenía veintidós años y hacía dos que luchaba en Londres por perfeccionar el idioma. De intérprete en un hotel ganaba lo suficiente para hacer su pequeña fortuna.
- ¿No me dices tu nombre?
- ¿Para qué? - contestó en perfecto inglés.
- Me dedico a negocios de exportación. Soy soltero y no tengo mucha familia...
Pero a Beatriz no le interesaba nada de lo que él le contaba. Era rubio, tenía los ojos claros y alguna peca en la nariz que, lejos de restarle masculinidad, se la aumentaba. Ella conocía bien a los hombres, por lo mucho que luchaba con ellos todos los días. Por eso le trataba con indiferencia, a pesar de lo cual él la acompañó hasta la puerta del hotel donde trabajaba.
Molly era la matrona de la pensión. Tenía confianza con ella. Allí la llevó una española cuando llegó a Londres.
- He conocido a un hombre.
- ¿Otro?
- Sí.
- Ten cuidado.
- No me invitó a comer - dijo Beatriz -. Me preguntó si me esperaba a la salida. Pero no estaba.
- Tu eres una buena chica. No has venido a Londres a vivir aventuras, sino a perfeccionar el idioma y a ganarte la vida. Eso es importante y a mi modo de ver lo único que debe importarte.
Al día siguiente, cuando salía para ir a trabajar, Mark la estaba esperando.
- ¡Hola! - saludó como si la conociera de todos los días.
Beatriz se puso en guardia.
- ¿Has desayunado? - preguntó él como si no se diera por enterado del mutismo femenino.
- Nunca salgo sin desayunar.
- Si quisieras tomar un café conmigo... Vivo aquí cerca, ¿sabes? - rió feliz con aquella mueca de niño grande -. Todos los días salgo a esta hora a tomar un café.
El mismo silencio.
- ¿Me has dicho tu nombre?
- No.
Como él hizo intención de seguir caminando a su lado. Beatriz se detuvo.
- Quédese, por favor. Yo voy a tomar el metro ahora.
Lo dejó plantado. Mark hizo un gesto de impotencia y estuvo de pie en la acera hasta que la vio desaparecer por la boca del subterráneo.
Todos los días lo encontraba a la salida o a la entrada del trabajo. Hasta que una tarde, al salir del hotel, se encontró de repente diciendo:
- ¡Hola! Me llamo Beatriz Guzmán.
Él pareció entusiarmarse.
- ¿Española?
- Sí.
- Mis abuelos lo eran. Yo me apellido Hobson Pérez.
Aquello la animó un poco. Ambos se perdieron en el subterráneo. Le agradó la forma en que él la defendía de los codazos de los demás. También le gustó el modo en que le buscó un rincón.
- Mañana es domingo - dijo Mark -. ¿Qué vas hacer?
- Aunque te suene raro me gusta dar un paseo por los alrededores.
A él le brillaron los ojos.
- A mí también. ¿Quieres que vayamos juntos?
Y así comenzó una bonita relación. Mark la esperaba todos los días, a la salida y a la entrada del trabajo. Fueron al cine, comieron juntos durante un mes seguido y nunca le pidió él ni el más mínimo beso ni una cita íntima. Le cogía de la mano, sí, pero de una forma tierna. Hasta que una noche...
- ¿Qué te parece si fuésemos a mi apartamento a tomar una copa?
- ¿Tú también?
- ¿Qué pasa?
- Eres como todos. Pensé que eras diferente. No, no voy a tu apartamento.
- Beatriz - se asombró Mark - tu me confundes. ¿No va a ser nuestro futuro hogar?
Beatriz se estremeció.
- ¿Nuestro qué?
- Supongo que nos casaremos enseguida, ¿no?
Beatriz no comprendía.
- Vamos - susurró él -. No vamos si no quieres, pero te aseguro que pronto irás de mi brazo, si me dices que sí. Mark le apretó contra sí y en su oído le dijo:
- He tenido hoy carta de tus padres dándome el consentimiento para nuestra boda. ¿Qué te parece?
Beatriz no lo podía creer. Estaba sin habla. Se apretó contra él y caminó a su lado sin decir nada. Mark la oprimía contra él como si llevara un extraordinario tesoro.

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