Hacía aquel recorrido dos veces al día desde hace poco más de un año. Tenía un auto pequeño. Antes, cuando no lo tenía, vivía en un pueblo. Desde que pudo conseguir un vehículo prefería su casa de la ciudad. Un poco solitaria, un poco triste. Con Mimí por única compañera. Mimí era su muchacha. Se la dejó su madre al morir para que se ocupara de ella. Después, ella fue al colegio y Mimí se quedó en la casona. Más tarde, del colegio pasó a la facultad, y Mimí continuó allí. Posteriormente hizo oposiciones y las ganó. Regresó a la ciudad. Pero tenía que recorrer todos los días, varias veces, aquellos treinta kilómetros que separaban el pueblo de su ciudad natal. "Un día tendré dinero - pensaba - y podré montar una clínica en mi ciudad". Pero el dinero no llovía del cielo y los clientes del pueblo eran pobres. Detuvo sus pensamientos al tiempo de parar el auto. Eran las ocho de la noche. Apenas se veía ya. Ella nunca detenía el auto ante un hombre solo. Muchas veces encontraba en aquel recorrido mujeres con niños. Gentes conocidas que la llamaban "señora doctora".
- ¿Puede llevarme a la ciudad, señorita?
Era fino, alto, elegante. ¿Un ladrón de guante blanco? Había que exponerse. Llovía mucho.
- Bueno. Suba.
- cuanto se lo agradezco.
- Llueve a torrentes - volvió a decir él, sin que Beatriz dijera nada -. Es una lata encontrarse en la carretera un día así.
- En efecto.
- Me llamo Ignacio.
- Yo, Beatriz.
- Encantado.
- Igual digo.
Beatriz tenía los ojos grandes. No era una belleza, pero tenía clase. Un atractivo singular emanado de su persona. Vitalidad, fuerza, juventud.
- Estamos entrando en la ciudad. ¿Dónde le dejo?
- Ante cualquier cafetería. Tengo un deseo loco de tomar un café caliente. La invito.
- Gracias.
- ¿Acepta?
- No. Tengo prisa.
El auto avanzaba ya por la calle Mayor. Al final había una cafetería muy moderna. Se detuvo allí. Ignacio se volvió hacia ella. Con la luz podía verlo mejor. Muy interesante el desconcertante viajero mojado. Ojos verdes, pelo negro lacio, ropas de primera calidad, manos cuidadas. Él también la miró. Atractiva muchacha. Tenía no sé qué. Quizá fueran los ojos melados, que daban a sus semblante una irradiación de dulzura.
- Gracias...Beatriz.
- De nada.
- ¿Volvemos a vernos?
- No lo creo... Si se queda en la ciudad...tal vez.
- Sólo unos días. Vengo a visitar a una persona.
- Adiós.
- Hasta luego - dijo él gravemente.
Mimí le dijo al día siguiente por la noche:
- Estuvo aquí un señor.
- ¿Qué deseaba?
- No sé qué de una herencia. Temo por esta casa.
- ¿Qué le pasa a esta casa?
En ella vivieron mis padres, mis abuelos, mis tíos...Todos han muerto en ella.
- Pero nunca fue de tus abuelos ni de tus padres - dijo de mala gana -. Ya sabes eso.
Beatriz rió. Tenía una risa suave y cálida.
- No digas bobadas. Mimí. Mhemos vivido aquí siempre. He crecido en ese jardín. He llorado sobre los setos. He sentido frío en sus galerías, calor en los prados llenos de sol...
- Pero yo sigo diciendo que no fue de tus abuelos ni de tus padres.
- Ellos siempre vivieron aquí.
- Desde luego. Pero siempre perteneció al tío indiano. Vete a saber si el hijo de ese tío ha muerto y dejó la casa a los herederos.
- Eres una aguafiestas - refunfuñó Beatriz nerviosamente -. ¡Qué cosas se te ocurren algunas veces!
Es el señor que vino esta mañana hizo preguntas. Yo...pensé...qué debía advertirte.
- Advertirme...¿Quién?
- Yo. Yo, de lo que pienso. ¡Quién se acuerda del tío! Cierto que yo no puedo vender la casa, pero no creo que nadie evite que viva en ella.
- Tienes la mesa puesta - dijo Mimí sin responder. Le dije a ese señor que viniera esta noche. Que era la única hora en que podía encontrarte en casa.
- Está bien.
Comió con apetito. ¡Tanto trabajo! Además, en aquellos días fríos la gente enfermaba por docenas. A veces ni tenía tiempo de comer en la fonda del pueblo. Nunca se perdía "la película".
Por eso pasó a la sala de estar y se sentó ante el televisor. Entonces sí le agradaba fumar un cigarrillo. Mimí la interrumpió bruscamente.
- Está ahí.
- ¿Quién?
- Ese señor. Es un abogado de Madrid.
- ¡Ah! Que pase. Sí, si; aquí mismo.
Mimí desapareció. Oyó la voz del desconocido. ¿A quién le recordaba aquella voz?
- Señorita Beatriz - dijo Mimí desde la puerta, con un acento diferente, que cambiaba ante su visita -, este señor...
Era el hombre de la carretera, que viajaba sin maletín y sin gabán y estaba tan mojado y tenía los ojos verdosos más desconcertantes que ella viera jamás. Sin dejar de mirarlo, dijo a Mimí:
- Puedes dejarnos solos.
Ignacio parecía más alto. Al menos, ella lo consideró así. Correcto, bien vestido, con un maletín en la mano y el sombrero en la otra...
- ¡Qué casualidad! - dijo -.
No esperaba que fuese usted.
- Pase, y tome asiento.
- Me llamo Ignacio Aguirre. Soy abogado.
Parecía confuso, cortado, extraño.
- Usted ya me conoce a mí.
- Al menos sé a quien visito...Lo que ignoraba es que fuese usted médico.
- Tome asiento - ofreció de nuevo -, por favor...
Ignacio se sentó frente a ella. Beatriz quitó la voz al televisor.
- Si la interrumpo... Puedo volver mañana.
- En modo alguno. No acabo de comprender el motivo de su visita.
- Ha fallecido Eduardo Sagunto.
- Mi tío abuelo...
- Sí, creo que era su tío en segundo o cuarto grado. Ha dejado sus bienes a su hija María. Vive en Puerto Rico. Se me ordena vender este inmueble.
Tenía razón Mimí. Era muy...muy doloroso. No por lo que la casa representara en su valor material, sino por cuantos recuerdos espirituales guardaba para ella.
- Lo siento, Beatriz.
- No... No tiene importancia - y una cálida sonrisa se dibujó en sus labios bien perfilados -. Le parecerá tonto, pero...Yo me había hecho a la idea de que nunca se acordarían de esta casa, que les pertenece. Y después, sin que él dijera nada:
- Puede proceder a su venta cuando guste. Yo..., desgraciadamente para mí, no puedo comprarla.
- No voy a negarle cuánto lo siento. Sería usted la última persona a quien quisiera dañar... Me encontró usted en la carretera..., sólo, mojado, sin maletas. Podría haber supuesto que era un maleante.
- Le hubiese ayudado igual - dijo ella gentilísma -. Con aquella noche y aquella lluvia tan molesta...
- Mi coche se estropeó en medio de la carretera. Caminé mucho rato. Intenté parar muchos coches. Todos siguieron... No sabía a qué distancia me encontraba de la ciudad...
- Olvídese...
- No es posible. Es la primera vez que encuentro en mi camino una mujer desinteresada y generosa que ni siquiera preguntó por mi vida particular. No es fácil hallar personas así.
Hablaron mucho tiempo. De todo. Eran dos personas cultas y llenas de humanidad. Al despedirse de ella, él dijo amablemente:
- Trataré de vender la casa. La tendré al corriente. Es posible que no se venda con facilidad. Mientras tanto, puede usted seguir en ella.
- No. Guarda para mí inmensos recuerdos - dijo al despedirlo en la puerta -, pero tendré que dejarla. Una casa habitada es imposible de vender. Me iré esta misma semana.
- Le dolerá...
- Mucho - dijo-. Pero...es mi deber. Debo dar gracias a Dios que tanto tiempo me permitió ocuparla. Comprenda. No se trata de una ambición material. Nací aquí, crecí, corrí por esos bosques, lloré y fui feliz... ¿Entiende esto?
- Lo entiendo.
Nada tenía que hacer en la ciudad, pero no se iba. Con el pretexto de este o aquel documento la veía todos los días. A veces iba en su coche hasta el pueblo, y cuando ella cerraba la consulta la invitaba a comer en la única fonda del pueblo. Un día, dos semanas después, él dijo.
- Me gustaría tutearte...
Beatriz rió.
- Puedes hacerlo.
- Me duele dejar esto.
- Tu vida está allá.
- Sí, claro. Y la tuya aquí.
- ¿No has vendido?
- No sé cuándo lo haré.
- Por mí...,no.
- ¿Sabes? Tengo que irme mañana. Trabajo con mi padre. Es notario. Nunca preguntas nada de mi vida. Puedo estar casado, y estar dándote la lata a ti, que eres una mujer excepcional.
Lo miró directamente a los ojos.
- No concibo que un hombre como tú pueda ser mentiroso. Tampoco soy nadie para inmiscuirme en tu vida. De todos modos, si estás casado, tanto peor para ti, que estás engañando a tu mujer.
- Soy soltero. Nunca tuve deseo de casarme. Tengo treinta y dos años... es ahora cuando siento que sería feliz con una mujer que comparta mi vida.
Ella cambió el rumbo de la conversación. No quería meterse en problemas. Nunca pensó en casarse. Era médico. Le gustaba ser médico. Se despidieron aquel mismo día.
- Desalojaré la casa - dijo Beatriz con tristeza -. Me duele, con tú supones, pero es mi deber.
- Para ti es´ta el deber antes que todo.
- Debe ser así.
Le apretó la mano. Mucho. Como si no pudiera soltarla.
- Un día tendré que volver. No sé cuando...Te has metido dentro. No te nievo que si con la distancia puedo olvidarte, lo haré. Pero si no puedo...entonces volveré. Pasó un mes, dos...
Mimí la conocía. Por eso dijo aquella noche.
- Te has enamorado de él, Beatriz.
- Calla, calla.
- No vives desde que se fue.
- Te aseguro...
- Es un hombre que ni pintado para ti. Par ti no vale cualquiera. Esos que te admiran de lejos, esos que te escriben cartas que ni siquiera lees. Esos, no. Él, si. Don Ignacio es más que tú. Más fuerte, más valeroso, más...
- Calla, calla.
Sonó el timbre.
- ¿Quién puede ser a estas horas?
Mimí se dirigió a la puerta. Regresó enseguida.
- Es un telegrama.
- ¡Qué raro! O no - susurró ahogándose -; claro que no. Ha vendido la casa...
Abrió el papelito azul. Se sentó en el esquina del diván.
- ¿Qué dice? - casi gimió Mimí.
- Escucha... Escucha... temblaba la voz tan serena de la doctora .: "No consigo echarte fuera. ¿Puedo ir a buscarte? Contesta pronto. ¿Puedo?
- Beatriz.
Tenía un brillo raro en los ojos. Un brillo que nunca vio Mimí en ellos.
- Vente a telégrafos...Pon un telegrama. Sólo esto: "Ven". Don Tomás Aguirre reía. Y le decía a Beatriz:
- Ya eres mi nuera. Puedo hacerte un regalo, ¿verdad? - alargó unos papeles - Toma.
- ¿Qué...es?
Tenía allí a Ignacio. Pegado a ella, diciendo quedamente.
- Es la casa. Esa casa grande, un poco destartalada. La casa de tus sonrisas, de tus tristezas, de tus alegrías...
- ¡Ignacio!
- La compró mi padre para ti.
Don Tomás seguía riendo. Ignacio también sonreía. Ella lloraba. Otro médico titular llegaba al pueblo. Entre tanto, Beatriz se iba de allí con su marido.
viernes, 1 de junio de 2012
lunes, 28 de mayo de 2012
Las tres olas (País Vasco)
Hará unos cincuenta años, yo trabajaba de grumete en una lancha pesquera; el patrón era mi tío y tutor. El y su mujer me había criado desde niño, junto a su hija Iosune. Los dos teníamos la misma edad y nos llevábamos muy bien; vivíamos muy felices juntos. Cuando la lancha regresaba a puerto, Iosune estaba esperando. En casa me colmaba de atenciones; un buen fuego ardiendo en el hogar, la sorpresa de algún plato especial; al anochecer, sentada a los pies de la cama, recitaba dulces y amorosos poemas. Yo le regalaba el primer pescado de la invernada, y recogía para ella preciosas conchas y flores de agua que le entregaba con mi más tierno amor.
Una noche, mi amigo Bilinch (también grumete) y yo fuimos a aviar la lancha para la salida. Serían las doce y tardamos una hora larga en dejarlo todo preparado. Como todavía nos quedaba tiempo, decidimos dormir un poco. Al rato, un tirón brusco me despertó: era mi amigo que, con ojos enloquecidos, me decía:
- ¡Vamos, Tomás! ¡Despierta! ¿No las has visto? ¡Eran ellas! ¡Sí, ellas!
- ¿Ellas? ¿Quienes? ¡Qué te pasa Bilinch? - pregunté incorporándome asustado en la oscuridad.
- Ellas, Iosune y su madre, ¡Huye! ¡No vuelvas a verlas!
Sin comprender nada, intenté tranquilizar a mi compañero. Pero pronto tuvimos que zarpar para reunirnos con el resto de la tripulación, que nos esperaba en el muelle. Antes de atracar, Bilinch saltó a tierra y huyó, gritando despavorido:
- ¡No quiero! ¡No quiero salir a la mar!
En su escapada tropezó con un marinero y cayó al suelo. Entre varios hombres lo devolvieron a la barca. Con el griterío, el patrón había salido a cubierta y preguntaba qué ocurría.
- Nada, este imberbe dice que le marea el agua salada - respondió el contramaestre - riendo.
Entre las risas y burlas de la tripulación, le conté a mi tío lo ocurrido. El, preocupado, quiso hablar con Bilinch a solas.
- Vamos, chico, tranquilízate y cuéntame lo ocurrido. ¿Por qué no quieres embarcarte ahora?
- No puedo contarlo, patrón, pero le juro que no voy a salir. Hace unas horas, alguien me anunció que si lo hacía moriría de inmediato.
- ¿Y nosotros?
- También.
- Así que tú quieres huir y al resto de la tripulación que se la lleven los diablos. ¡Vamos, a cubierta!
- ¡Arrún mutilac! (remad, muchachos) - gritó furioso. Bilinch se arrodilló a sus pies, suplicándole que le dejara bajar a tierra.
- De eso nada, muchacho, correrás la misma suerte que nosotros. ¡Arraún mutilac!
Viendo que los marineros comenzaban a remar, Bilinch pidió que se detuvieran, iba a contar lo ocurrido: "Como siempre, esta noche fui con Tomás a preparar la lancha para la salida. Nos sobraba tiempo y decidimos echarnos a dormir un rato. Yo no lo conseguí y permanecí con los ojos fijos en la oscuridad de la noche. De repente, sucedió algo horrible: dos fantasmas vestidos de mujeres cayeron a bordo, como si se hubieran desprendido de las nubes. Me hice el dormido y permanecí acurrucado junto al tamborete.
Dando vueltas a nuestro alrededor, la vieja decía a la otra:
- Están dormidos y no despertarán hasta que yo diga que pueden hacerlo.
Poco a poco, la lancha comenzó a elevarse sobre las nubes, para luego descender con suavidad y detenerse sobre la copa de un inmenso olivo. Las mujeres se inclinaron sobre nosotros, murmuraron algo y desaparecieron. Alguna danza de lamias (brujas), dije para mí. Al escuchar de nuevo las voces de las mujeres volví a hacerme el dormido. La barca se puso en movimiento y en unos segundos llegamos al punto de partida: el muelle de Maspe. La vieja decía a su hija:
- Despídete de ellos para siempre.
- ¿Por qué para siempre?
- Dentro de unas horas la lancha se habrá hundido en las profundidades marinas, y con ella toda la tripulación.
- Pero si el mar está en calma, madre.
- ¡Y eso qué importa! Levantaré tres olas enormes: la primera de leche, la segunda de lágrimas y la tercera de sangre. De la última no habrá quien los libre.
- Y si no salieran a la mar, ¿se salvarían?
- Saldrán. Sólo hay un modo de salvación para ellos.
- ¿Cuál es, madre?
- Lanzar un arpón sobre la última ola, la de sangre. Esa ola seré yo; si muriera, ellos se salvarían y cambiarían mi destino para siempre.
Y en un instante desaparecieron las dos juntas.
- Son dos lamias, son dos lamias - murmuraban los marineros horrorizados.
- ¡Arraún mutilac! - ordenó el patrón.
A golpe de remo, la lancha se deslizaba por las aguas tranquilas, mientras el día clareaba en el horizonte.
De pronto, se levantó una ola inmensa, alta y blanca como la leche.
- ¡La ola de leche! - murmuraron todos por lo bajo. Todavía no nos habíamos repuesto del susto, cuando una segunda ola, más grande que la anterior, cristalina y transparente como las lágrimas, se elevó imponente sobre las aguas.
- ¡Tomás, prepara el arpón! - ordenó el patrón.
Vimos que la ola de sangre se había levantado amenazante. Temblando, alcé el brazo, y con todas mis fuerzas lancé el arpón hacia el seno de la ola de sangre. Un alarido estremecedor se escuchó a lo lejos, mientras la espuma rojiza de la ola cubriría la arena de la playa. Volvimos al muelle; una multitud se agolpaba esperándonos. Busqué entre las mujeres el rostro de Iosune. Mi tío y yo nos miramos: un vecino le había dicho que su esposa estaba en la cama, y parecía muy enferma.
Regresemos a casa. Mi tía yacía en su lecho con rostro demacrado. Al vernos llegar, con los ojos inyectados en sangre y un hilo de voz, nos dijo:
- Ya no tengo poderes para permanecer en la tierra. Vosotros había sido mi perdición. Ahora debo regresar al otro mundo, para vagar eternamente.
Esa misma noche, murió. Al día siguiente, Iosune huyó de la casa sin despedirse. Los años de tierna felicidad ya no volvieron para nosotros. Mi tío fue envejeciendo poco a poco, hasta que murió devorado por la tristeza y la amargura.
Leyendas vascas del siglo XIX, Jon Juaristi.
Leyendas vascas, Wentworth Webster. "Libros de los malos tiempos"
Una noche, mi amigo Bilinch (también grumete) y yo fuimos a aviar la lancha para la salida. Serían las doce y tardamos una hora larga en dejarlo todo preparado. Como todavía nos quedaba tiempo, decidimos dormir un poco. Al rato, un tirón brusco me despertó: era mi amigo que, con ojos enloquecidos, me decía:
- ¡Vamos, Tomás! ¡Despierta! ¿No las has visto? ¡Eran ellas! ¡Sí, ellas!
- ¿Ellas? ¿Quienes? ¡Qué te pasa Bilinch? - pregunté incorporándome asustado en la oscuridad.
- Ellas, Iosune y su madre, ¡Huye! ¡No vuelvas a verlas!
Sin comprender nada, intenté tranquilizar a mi compañero. Pero pronto tuvimos que zarpar para reunirnos con el resto de la tripulación, que nos esperaba en el muelle. Antes de atracar, Bilinch saltó a tierra y huyó, gritando despavorido:
- ¡No quiero! ¡No quiero salir a la mar!
En su escapada tropezó con un marinero y cayó al suelo. Entre varios hombres lo devolvieron a la barca. Con el griterío, el patrón había salido a cubierta y preguntaba qué ocurría.
- Nada, este imberbe dice que le marea el agua salada - respondió el contramaestre - riendo.
Entre las risas y burlas de la tripulación, le conté a mi tío lo ocurrido. El, preocupado, quiso hablar con Bilinch a solas.
- Vamos, chico, tranquilízate y cuéntame lo ocurrido. ¿Por qué no quieres embarcarte ahora?
- No puedo contarlo, patrón, pero le juro que no voy a salir. Hace unas horas, alguien me anunció que si lo hacía moriría de inmediato.
- ¿Y nosotros?
- También.
- Así que tú quieres huir y al resto de la tripulación que se la lleven los diablos. ¡Vamos, a cubierta!
- ¡Arrún mutilac! (remad, muchachos) - gritó furioso. Bilinch se arrodilló a sus pies, suplicándole que le dejara bajar a tierra.
- De eso nada, muchacho, correrás la misma suerte que nosotros. ¡Arraún mutilac!
Viendo que los marineros comenzaban a remar, Bilinch pidió que se detuvieran, iba a contar lo ocurrido: "Como siempre, esta noche fui con Tomás a preparar la lancha para la salida. Nos sobraba tiempo y decidimos echarnos a dormir un rato. Yo no lo conseguí y permanecí con los ojos fijos en la oscuridad de la noche. De repente, sucedió algo horrible: dos fantasmas vestidos de mujeres cayeron a bordo, como si se hubieran desprendido de las nubes. Me hice el dormido y permanecí acurrucado junto al tamborete.
Dando vueltas a nuestro alrededor, la vieja decía a la otra:
- Están dormidos y no despertarán hasta que yo diga que pueden hacerlo.
Poco a poco, la lancha comenzó a elevarse sobre las nubes, para luego descender con suavidad y detenerse sobre la copa de un inmenso olivo. Las mujeres se inclinaron sobre nosotros, murmuraron algo y desaparecieron. Alguna danza de lamias (brujas), dije para mí. Al escuchar de nuevo las voces de las mujeres volví a hacerme el dormido. La barca se puso en movimiento y en unos segundos llegamos al punto de partida: el muelle de Maspe. La vieja decía a su hija:
- Despídete de ellos para siempre.
- ¿Por qué para siempre?
- Dentro de unas horas la lancha se habrá hundido en las profundidades marinas, y con ella toda la tripulación.
- Pero si el mar está en calma, madre.
- ¡Y eso qué importa! Levantaré tres olas enormes: la primera de leche, la segunda de lágrimas y la tercera de sangre. De la última no habrá quien los libre.
- Y si no salieran a la mar, ¿se salvarían?
- Saldrán. Sólo hay un modo de salvación para ellos.
- ¿Cuál es, madre?
- Lanzar un arpón sobre la última ola, la de sangre. Esa ola seré yo; si muriera, ellos se salvarían y cambiarían mi destino para siempre.
Y en un instante desaparecieron las dos juntas.
- Son dos lamias, son dos lamias - murmuraban los marineros horrorizados.
- ¡Arraún mutilac! - ordenó el patrón.
A golpe de remo, la lancha se deslizaba por las aguas tranquilas, mientras el día clareaba en el horizonte.
De pronto, se levantó una ola inmensa, alta y blanca como la leche.
- ¡La ola de leche! - murmuraron todos por lo bajo. Todavía no nos habíamos repuesto del susto, cuando una segunda ola, más grande que la anterior, cristalina y transparente como las lágrimas, se elevó imponente sobre las aguas.
- ¡Tomás, prepara el arpón! - ordenó el patrón.
Vimos que la ola de sangre se había levantado amenazante. Temblando, alcé el brazo, y con todas mis fuerzas lancé el arpón hacia el seno de la ola de sangre. Un alarido estremecedor se escuchó a lo lejos, mientras la espuma rojiza de la ola cubriría la arena de la playa. Volvimos al muelle; una multitud se agolpaba esperándonos. Busqué entre las mujeres el rostro de Iosune. Mi tío y yo nos miramos: un vecino le había dicho que su esposa estaba en la cama, y parecía muy enferma.
Regresemos a casa. Mi tía yacía en su lecho con rostro demacrado. Al vernos llegar, con los ojos inyectados en sangre y un hilo de voz, nos dijo:
- Ya no tengo poderes para permanecer en la tierra. Vosotros había sido mi perdición. Ahora debo regresar al otro mundo, para vagar eternamente.
Esa misma noche, murió. Al día siguiente, Iosune huyó de la casa sin despedirse. Los años de tierna felicidad ya no volvieron para nosotros. Mi tío fue envejeciendo poco a poco, hasta que murió devorado por la tristeza y la amargura.
Leyendas vascas del siglo XIX, Jon Juaristi.
Leyendas vascas, Wentworth Webster. "Libros de los malos tiempos"
sábado, 26 de mayo de 2012
El vestido rojo
Mientras ella agonizaba, el vestido rojo de mi madre estaba colgado en el armario como una cuchillada en la hilera de viejos vestidos oscuros que había gastado durante su vida.
Me habían llamado de urgencia y yo supe, cuando la vi, que no le quedaba mucho tiempo. Cuando vi el vestido, dije:
- ¡Vaya madre, qué hermoso! Nunca te lo he visto puesto.
- Nunca lo usé - respondió en voz baja-. Siéntate, Millie, me gustaría corregir una o dos lecciones antes de irme...si puedo. Me senté junto a su cama y ella suspiró muy hondo. Entonces pensé que ella podría resistir.
- Ahora que estoy a punto de irme, puedo ver con claridad algunas cosas. ¡Oh, te he educado bien... pero te he educado mal!
-¿Qué quiere decir madre?
- Bueno, siempre pensé que una buena mujer nunca se da su lugar, que sólo existe para hacer todo por los demás. Aquí, allí, siempre atenta a los deseos de todo el mundo y asegurándose de estar detrás de los otros.
Tal vez algún día llegues a ellos pero, por supuesto, nunca lo logras. Así es como ha sido mi vida...Hacer cosas para tu padre, para los muchachos, para tus hermanas, para ti.
- Hiciste todo lo que una madre puede hacer.
- ¡Oh, Millie, Millie! No estuvo bien...ni para ti...ni para él. ¿No lo ves? Cometí el peor de los errores, no pedí nada...¡para mí!
En la otra habitación tu padre estaba muy molesto y con la mirada clavada en las paredes. Cuando el médico se lo dijo, lo tomó a mal...Vino junto a mi cama y empezó a quejarse por lo que iba a suceder.
- Tú no puedes morir. ¿Me oyes? ¿Qué será de mi? ¿Qué será de mi?
- Es verdad, será duro cuando me vaya. Él ni siquiera puede encontrar la sartén, tú lo sabes. Y ustedes, los niños...Yo tenía que correr por todos, y a todas partes. Era la primera en levantarse y la última en irse a dormir. Los siete días de la semana...Siempre elegía la tostada quemada, y el pedazo más pequeño del pastel. Ahora veo cómo tratan tus hermanos a sus esposas, y me siento mal porque fui yo quien les enseñó eso. Y ellos aprendieron. Aprendieron que una mujer no existe, excepto para dar. Cada céntimo que podía ahorrar era para comprar ropa y libros para ustedes, hasta cuando no era necesario. No puedo recordar una vez en que haya ido a la ciudad para comprar algo para mí misma. Excepto el año pasado cuando compré ese vestido rojo. Descubrí que tenía veinte euros que no había reservado para algo especial. Iba camino de hacer un pago extra de la lavadora, pero por alguna razón...volví a casa con esa caja grande. Entonces tu padre me echó un verdadero sermón.
- ¿Cuándo vas a usar una cosa como esa? ¿Para ir al teatro o algo así? Y tenía razón, supongo. Nunca me he puesto el vestido, excepto la vez que me lo probé en la tienda. ¡Oh, Millie! Siempre pensé que si no tomas nada para ti en este mundo, de alguna manera lo tendrás todo en el más allá. Ya no creo más en eso. Creo que el Señor quiere que tengamos algo aquí...y ahora. Y te lo digo, Millie, si por algún milagro llegara a abandonar esta cama, te encontrarías con una madre diferente, porque lo sería.
¡Ay, dejé pasar mi turno durante tanto tiempo que apenas sabría cómo aprovecharlo! Pero aprendería Millie, ¡aprendería!
Mientras ella agonizaba, el vestido rojo de mi madre estaba colgado en la hilera de viejos vestidos oscuros, como una cuchillada...
Las últimas palabras que me dijo fueron:
- Hazme el honor, Millie, de no seguir mis pasos. Prométeme eso.
Se lo prometí. Ella contuvo la respiración. Y entonces mi madre tomó turno con la muerte.
-¿Qué quiere decir madre?
- Bueno, siempre pensé que una buena mujer nunca se da su lugar, que sólo existe para hacer todo por los demás. Aquí, allí, siempre atenta a los deseos de todo el mundo y asegurándose de estar detrás de los otros.
Tal vez algún día llegues a ellos pero, por supuesto, nunca lo logras. Así es como ha sido mi vida...Hacer cosas para tu padre, para los muchachos, para tus hermanas, para ti.
- Hiciste todo lo que una madre puede hacer.
- ¡Oh, Millie, Millie! No estuvo bien...ni para ti...ni para él. ¿No lo ves? Cometí el peor de los errores, no pedí nada...¡para mí!
En la otra habitación tu padre estaba muy molesto y con la mirada clavada en las paredes. Cuando el médico se lo dijo, lo tomó a mal...Vino junto a mi cama y empezó a quejarse por lo que iba a suceder.
- Tú no puedes morir. ¿Me oyes? ¿Qué será de mi? ¿Qué será de mi?
- Es verdad, será duro cuando me vaya. Él ni siquiera puede encontrar la sartén, tú lo sabes. Y ustedes, los niños...Yo tenía que correr por todos, y a todas partes. Era la primera en levantarse y la última en irse a dormir. Los siete días de la semana...Siempre elegía la tostada quemada, y el pedazo más pequeño del pastel. Ahora veo cómo tratan tus hermanos a sus esposas, y me siento mal porque fui yo quien les enseñó eso. Y ellos aprendieron. Aprendieron que una mujer no existe, excepto para dar. Cada céntimo que podía ahorrar era para comprar ropa y libros para ustedes, hasta cuando no era necesario. No puedo recordar una vez en que haya ido a la ciudad para comprar algo para mí misma. Excepto el año pasado cuando compré ese vestido rojo. Descubrí que tenía veinte euros que no había reservado para algo especial. Iba camino de hacer un pago extra de la lavadora, pero por alguna razón...volví a casa con esa caja grande. Entonces tu padre me echó un verdadero sermón.
- ¿Cuándo vas a usar una cosa como esa? ¿Para ir al teatro o algo así? Y tenía razón, supongo. Nunca me he puesto el vestido, excepto la vez que me lo probé en la tienda. ¡Oh, Millie! Siempre pensé que si no tomas nada para ti en este mundo, de alguna manera lo tendrás todo en el más allá. Ya no creo más en eso. Creo que el Señor quiere que tengamos algo aquí...y ahora. Y te lo digo, Millie, si por algún milagro llegara a abandonar esta cama, te encontrarías con una madre diferente, porque lo sería.
¡Ay, dejé pasar mi turno durante tanto tiempo que apenas sabría cómo aprovecharlo! Pero aprendería Millie, ¡aprendería!
Mientras ella agonizaba, el vestido rojo de mi madre estaba colgado en la hilera de viejos vestidos oscuros, como una cuchillada...
Las últimas palabras que me dijo fueron:
- Hazme el honor, Millie, de no seguir mis pasos. Prométeme eso.
Se lo prometí. Ella contuvo la respiración. Y entonces mi madre tomó turno con la muerte.
viernes, 25 de mayo de 2012
Demasiado tarde
Esto es una miseria, yo no puedo continuar aquí por más tiempo.
- ¿Por qué hablas así, Javier? Aquí somos felices. Aquí hemos nacido, nos hemos criado, hemos enterrado a nuestros padres...
- No se puede vivir de recuerdos, compréndelo. Hay que tener horizontes más amplios.
- Pero tú está bien en ese garaje, tienes buenas propinas.
- ¿Crees que pretendo vivir toda la vida de limosna?
- Vives de tu trabajo, y todo trabajo es honroso.
- Todos no; hay muchos que son inmorales.
- Pero el tuyo no lo es. Creo que deberías continuar aquí. Ya tenemos casa para vivir. Otros empiezan con menos.
- Otros. ¡Qué me importan los otros! Maldita comparación. Yo no tengo que ver con nadie, ¿te enteras? Soy distinto, y no me resigno con esta mediocridad.
- ¿Qué piensas hacer entonces?
- Me iré a la ciudad. Allí me abriré nuevo camino y cuando me haya situado, vendré a buscarte.
- Si te vas... no volverás; allí conocerás otras chicas más guapas y mejor vestidas que yo.
- ¿Cómo puedes pensar eso? Javier pasó el brazo por encima del hombro de su novia y la atrajo hacia él.
- ¿Me escribirás todos los días?
- Procuraré hacerlo; pero si alguna vez no lo hago, será por falta de tiempo. Yo continuaré queriéndote como ahora. Nada me separará de ti, te lo prometo.
- ¿Cuándo vendrás a verme?
- En Navidades, y te traeré un hermoso regalo.
- Para mí, lo importante eres tú.
- Voy a ganar mucho dinero, ya verás.
- No necesitamos tanto apra ti y para mí solos... Y cuando tengamos hijos, Dios nos seguirá ayudando.
- Con mujeres como tú no sé llega a ninguna parte; deberías ser más ambiciosa.
- Es que me da miedo, Javier. Así somos felices. Luego, quién sabe.
- ¿Es que no te gustaría llevar trajes bonitos, zapatos, bolsos y joyas como esas que vemos en las revistas, como las chicas que vienen a veranear?
- Pero, ¿tú me querrás más por ello?
- Hombre, yo...
- ¡Javier! - casi gritó -. ¿Es posible que mezcles nuestros profundos sentimientos con esa bagatelas?
- No, mujer. No es eso. pero me gustaría verte como a todas esas señoritingas que vienen por ahí. Me siento acomplejado cuando pasan ante nosotros con ese aire desafiante, como si no fuéramos seres como ellos.
- No deberías preocuparte por ello. Nosotros pertenecemos a otra clase distinta.
- ¿Tú también? Qué clase ni que niño muerto. Ahora ya no hay clases que valgan. Cada persona vale por sí misma, no por ser hijo de papá.
- Debería ser así, pero aún no ha llegado del todo esa época. Hay que reconocer, que los hijos de papá, como tú dices, continúan pintando mucho.
- Tonterías; pues yo me iré de aquí y cuando vuelva les demostraré a todos que no por el hecho de no tener un padre rico, como ellos, soy inferior.
- si no lo eres, Javier. Eres tú, que te empeñas en hacerlos a ellos superiores, que no es lo mismo. Es tu tremendo complejo lo que te obliga a pensar de esa manera.
- Es inútil, Pat; he decidido marcharme y me iré. Será mejor que no trates de retenerme si no quieres que termine aquí amargado, aborreciéndolo todo.
Y tal como se lo había propuesto, Javier se marchó a Barcelona a trabajar a una industria textil.
Patricia esperaba impaciente la llegada del cartero. Los primeros días recibía carta diariamente. Eran unas cartas largas, donde Javier le explicaba el proceso de su trabajo. Le decía también que allí las chicas eran todas las que iban a veranear al pueblo, y que allí no se notaba la diferencia entre pobres y ricos. ¡Pobre Javier! Se dejaba guiar por unas apariencias totalmente falsas en la mayoría de los casos. Al mes de haberse marchado, las cartas empezaron a venir cada dos días. Ya no eran tan largas ni tan expresivas. Decía, entre otras cosas, que estaba seguro de que ahora se podría dirigir sin complejos a cualquiera de aquella niñas bien que ambos conocían, que ya era tanto como todos ellos.
Patricia sintió rabia de la presunción de su novio. Le parecía que estaba obsesionado con todo aquello, y en sus cartas daba la sensación de que ya la encontraba poco para él, pero seguí tan enamorada como el primer día. A los dos meses, eran muchos los días que Patricia esperaba inútilmente la llegada del cartero. Después de largos días de espera llegó una carta para ella, pero ¡qué distinta de las del principio! ¡Cuánto había cambiado Javier en poco tiempo! El, siempre tan apasionado, se mostraba ahora frío. No fue a verla por Navidades, como había prometido. Se disculpó con que, debido al poco tiempo que llevaba trabajando, no le daban permiso. ¡Qué Navidades pasó Patricia! Las más amargas de su vida. Ya no le quedaban lágrimas de tanto llorar. Javier no había roto con ella, pero era peor, ya que le hacía mantener una esperanza falsa. Ella no estaba dispuesta a mantener aquella situación por más tiempo. Le escribió una carta pidiendo que hablase claro, que estaba preparada para todo. El contestó lo que Patricia esperaba hacía tiempo. Que lo sentía mucho, pero que no se encontraba seguro de sus sentimientos, que no quería hacerle daño...¡Qué ironía! Más daño que el que le había hecho ya...Había perdido lo mejor que tenía: la ilusión por vivir. Era su primer desengaño amoroso, pero ¡cómo dolía! Sólo quien pasara por ello podía imaginárselo. Junto a su dolor estaba la lástima de la gente del pueblo que, lejos de consolarla, aún le hacía padecer más. Eso la humillaba terriblemente. Tenía que buscar una solución a su problema. Acababa de encontrarla. Ante ella tenía un periódico con un anuncio. Se solicitaban empleadas para una fábrica de tejidos. Todos los datos que pedían podían ser muy bien los suyos. Probaría suerte. Lo único que sentía era que fuera precisamente en Barcelona. No sentía ningún deseo de tropezarse con Javier. Claro que, siendo una ciudad tan grande, sería difícil encontrarse. No estaba dispuesta a dejar escapar aquella oportunidad. No podía continuar en el pueblo. Su tía, que vivía con ella, puso el grito en el cielo al enterarse, pero Patricia consiguió convencerla de que tan pronto la admitieran la llevaría consigo. No cabía duda de que era valiente. Al principio sintió miedo. La ciudad era demasiado grande para una chica de pueblo como ella. ¡Cuánto lujo llevaban las chicas! Todas le parecían hermosas. Empezaba a comprender por qué Javier se había olvidado de ella. Se pasó dos horas andando. Cuando al fin dio con la fábrica ya habían cerrado. Esperaría a la tarde sin moverse de allí. De hacerlo se expondría a perderse de nuevo, necesitando quizá la tarde entera para volver, y volverían a cerrarla. El anuncio mandaba presentarse de nueve a una o de cuatro a siete. A las cuatro se encontraba medio desfallecida, agotada de cansancio y muerta de hambre, porque estaba sin comer. No sabía si la habían admitido porque les pareció que serviría o porque sintieron lástima de ella. Por fin respiró. Al día siguiente, a las nueve de la mañana, tendría que estar allí. Lo peor era que aún no tenía pensión. Necesitaba encontrarla cerca; si no, no podía resistirlo. El primer día paró en una fonda de mala muerte que le quedaba próxima pero, una vez que empezó a trabajar, otras compañeras la orientaron y la llevaron a una pensión económica y decente donde paraban otras dos que se encontraban allí sin familia. Lo de llevar a su tía le parecía difícil. Un piso allí no era una broma. Tendría que pasar mucho tiempo antes de poder buscarlo. Todo en la vida es duro al principio, y también lo fue para Patricia. Pero las fatigas le hicieron olvidar un poco sus problemas amorosos. Ahora ya recordaba a Javier como algo pasajero. Claro que si le volviese a ver, ¡quién sabe! Aquel día precisamente recibió carta de una amiga del pueblo, quien le decía que Javier había llegado y había preguntado por ella. También añadía que ahora ya no alternaba con ellas, sino que intentaba hacerlo con las chicas que veraneaban allí. Por lo visto, había conseguido lo que quería. A ella lo que le decían de Javier no le hacía mella. A la media hora de recibir la carta se encontraba haciendo planes con una compañera para salir. Habían ligado con unos chicos y estaban citadas con ellos. Patricia no sentía deseo de enamorarse de nuevo. Le gustaba divertirse, como a toda joven de su edad.
Conoció a Mario en la misma empresa. Era un técnico de la fábrica. Un chico alto, moreno, simpático y abierto. Empezaron a salir juntos como amigos solamente. ella se encontraba a gusto con él y no se detenía a pensar más. Poco a poco, y casi sin darse cuenta, fue enamorándose. Sin embargo, Mario nunca le hablaba de amor. Ella estaba segura de que él sentía por ella la misma atracción, y no aceraba a explicarse por qué se hacía tanto de rogar. Se había citado con él a las siete. Se puso un modelo de tarde minifaldero, camisero de manga larga, zapatos y bolso de charol blanco. Eran las siete y cuarto de la tarde, y él aún no había llegado al lugar de la cita, cosa que sorprendía a Patricia, dado que siempre era puntual. Empezó a impacientarse. No sabía si era sólo porque ya estaba queriéndole demasiado o porque sentía la humillación del plantón. Ya estaba dispuesta a marcharse, cuando... No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Ante ella tenía al mismísimo Javier.
- ¡Hola! - saludó acercándose a ella, a la vez que le tendía la mano.
- Pero, pero...tú, ¿qué haces aquí?
- Contesta tú primero a mi saludo y luego te explicaré.
- Tú y yo no tenemos nada que explicarnos. Que yo sepa, ya nos lo hemos dicho todo. Estaba reaccionando vulgarmente, pero es que estaba irritadísima. Su indignación no tenía límites.
- ¿Es que ya no te interesa verme? - preguntó cínicamente.
- En absoluto - respondió.
Y la verdad es que en aquel momento estaba segura de cuanto decía. Nunca pensó que la presencia de Javier pudiera hacerle tan poca mella. El la miró de arriba abajo.
- Has cambiado mucho - le dijo. La verdad es que estás más hermosa que nunca.
- Sin embargo, tú - contestó irónica - estás igual que siempre. Continúas conservando tu aire de pueblo.
No pudo decir otra cosa que peor le pudiera haber sentado, pero él se mordió la lengua. Patricia le estaba gustando mucho, y Javier no estaba dispuesto a dejarla escapar.
- Creo que será mejor para los dos terminar esta discusión. Vámonos de aquí cuanto antes.
- Lamento decirte que contigo no iré a ninguna parte. No era a ti a quien esperaba.
¿Qué había hecho Javier para que así ocurriese?
- Entonces lo más que te permito es que me acompañes a casa, si lo deseas.
- Patricia, escúchame. Te ruego...
- Pierdes el tiempo. Es demasiado tarde para suplicar perdón. Quizá un poco antes..., pero ahora ya no. Me he enamorado de otro.
- No puede ser cierto. Tienes que estar confundida. No has podido dejar de quererme.
- No seas cretino. Es cierto que te quise, pero ahora ya no. Tú mismo has matado ese cariño. Te he perdonado el daño que me has hecho, pero nunca te perdonaría que trataras de interponerte entre Mario y yo.
- Yo te quiero. Pat, sé que te hice daño, pero estoy dispuesto a repararlo con creces.
- No te esfuerces, Javier, lo siento. Y ahora dime, ¿cómo has hecho para retener a Mario y venir tú en su lugar?
- Le he engañado.
- ¿Cómo te has atrevido? ¿Qué le has dicho?
- No sabía que tú le quisiera. En el fondo estaba convencido de que tus sentimientos hacia mí no habían cambiado.
- Sin embargo, te has equivocado.
- Sí, ya lo veo.
- ¿Cómo has podido dar conmigo?
- cuando estuve en el pueblo me enteré del sitio en que trabajabas. Tengo un amigo en esa empresa.
- ¿Y bien?
- Fue él quien me informó de que tú salias con Mario. Añadió que estaba muy enamorado de ti.
- ¿Qué pasó después?
- Ya hablé con tu...lo que sea. Dije que eras mi novia, que habíamos reñido últimamente y que si salías con él era para darme celos.
- El te creyó, claro.
- ¿Tú que crees?
- Y fue él mismo quien te ayudó a localizarme, cediéndote a ti la cita que él tenía conmigo.
- ¿Cómo lo adivinaste?
Patricia miró a su antiguo novio de manera despectiva. Siempre había temido un encuentro con él, pero ahora que le había visto ya podía estar segura de sus sentimientos. Lo único que ahora la preocupaba era lo que Mario pudiera pensar. Cuando Javier lo vio claro, ya sólo le quedó reconocer que ella tenía razón cuando trataba de retenerle en el pueblo. Es posible que si así fuera ya se hubieran casado y hasta podían tener familia. Había conocido muchas chicas en Barcelona. Lo pasaba bien con ellas, los primeros días, pero terminaba cansado de su superficialidad. Con Patricia - fuera para él o no -, tenía que reconocer que no podía compararse ninguna de todas cuantas había conocido. Pero él no había sabido conservarla.
No pudo dormir en toda la noche. No quería tomar la iniciativa, pero de alguna forma tenía que romper el malentendido con Mario. Al día siguiente era domingo. Se pasó toda la mañana pendiente del teléfono. Al fin sonó. Ella misma se puso al aparato. Reconoció su voz enseguida. Su corazón latía fuertemente. No sabía que fuese tanto el amor que sentía por él.
- Yo...,soy yo. Contestó titubeando cuando al otro lado del hilo preguntaron por la señorita Patricia.
- ¿Te ocurre algo?
- No...,no, nada. Es que...
- ¿No esperabas mi llamada?
- Sí, si la esperaba.
Estaba nerviosísima. No lo había estado tanto ni el día que se presentó para solicitar la plaza.
- Pasaré a recogerte a las siete en punto.
- Está bien. Te espero.
Estuvo una hora justa delante del espejo. Nunca se había arreglado con tanta ilusión a pesar de haber conocido a otras personas interesantes. Estaba guapísima. También a Mario se lo pareció.
- Estas preciosa - le dijo nada más verla.
Ella se ruburizó.
La asió con delicadeza por el brazo y se mezclaron entre la multitud.
- Te debo una explicación y quiero que me oigas.
- También yo a ti.
- No es necesario que me digas nada. Lo sé todo.
- ¿Cómo?
- Tengo un amigo que conocía a..., ¿cómo se llama?
- Javier.
- Eso. El ya me había puesto al corriente de lo ocurrido entre tú y el Javier de marras. Pero, aunque no di ninguna importancia, sí la di al hecho de que él tratar de reanudar sus relaciones contigo. Quería dejarte libre de elegir a quién tú quisieras.
- ¿Y ahora?
- Ahora ya sé a quién has elegido, estoy completamente convencido.
- ¿Estas seguro? - preguntó coqueta.
- Completamente.
- Pues ahora déjame que yo te cuente...
- No, por favor. No perdamos el tiempo en explicaciones vanas, no es necesario. He tenido tiempo de conocerte bastante y saber qué es lo que piensas de todo esto.
- ¡Qué bueno eres, Mario!
- No demasiado, Pat. Lo que ocurre es que...
- ¿Qué? - preguntó anhelante.
- Que te quiero, mi amor, que te quiero mucho...
- ¡Oh, Mario!, cuánto has tardado en decírmelo. Hacía tiempo que lo deseaba.
- Creí que no sería necesario.
- Te equivocas. Y no sólo ha sido necesario una vez, sino que ahora tendrás que repetírmelo hasta que me canse de oírte. Ha transcurrido mucho tiempo y...
- ¿Qué ocurrirá cuando te canses?
- Nunca me cansaré de oírte, cariño.
La atrajo hacia él y, mientras la besaba largamente en la boca, le repetía como en un susurro...
-Te quiero, te quiero...
- Así, Mario... así quiero que sea siempre.
Conoció a Mario en la misma empresa. Era un técnico de la fábrica. Un chico alto, moreno, simpático y abierto. Empezaron a salir juntos como amigos solamente. ella se encontraba a gusto con él y no se detenía a pensar más. Poco a poco, y casi sin darse cuenta, fue enamorándose. Sin embargo, Mario nunca le hablaba de amor. Ella estaba segura de que él sentía por ella la misma atracción, y no aceraba a explicarse por qué se hacía tanto de rogar. Se había citado con él a las siete. Se puso un modelo de tarde minifaldero, camisero de manga larga, zapatos y bolso de charol blanco. Eran las siete y cuarto de la tarde, y él aún no había llegado al lugar de la cita, cosa que sorprendía a Patricia, dado que siempre era puntual. Empezó a impacientarse. No sabía si era sólo porque ya estaba queriéndole demasiado o porque sentía la humillación del plantón. Ya estaba dispuesta a marcharse, cuando... No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Ante ella tenía al mismísimo Javier.
- ¡Hola! - saludó acercándose a ella, a la vez que le tendía la mano.
- Pero, pero...tú, ¿qué haces aquí?
- Contesta tú primero a mi saludo y luego te explicaré.
- Tú y yo no tenemos nada que explicarnos. Que yo sepa, ya nos lo hemos dicho todo. Estaba reaccionando vulgarmente, pero es que estaba irritadísima. Su indignación no tenía límites.
- ¿Es que ya no te interesa verme? - preguntó cínicamente.
- En absoluto - respondió.
Y la verdad es que en aquel momento estaba segura de cuanto decía. Nunca pensó que la presencia de Javier pudiera hacerle tan poca mella. El la miró de arriba abajo.
- Has cambiado mucho - le dijo. La verdad es que estás más hermosa que nunca.
- Sin embargo, tú - contestó irónica - estás igual que siempre. Continúas conservando tu aire de pueblo.
No pudo decir otra cosa que peor le pudiera haber sentado, pero él se mordió la lengua. Patricia le estaba gustando mucho, y Javier no estaba dispuesto a dejarla escapar.
- Creo que será mejor para los dos terminar esta discusión. Vámonos de aquí cuanto antes.
- Lamento decirte que contigo no iré a ninguna parte. No era a ti a quien esperaba.
¿Qué había hecho Javier para que así ocurriese?
- Entonces lo más que te permito es que me acompañes a casa, si lo deseas.
- Patricia, escúchame. Te ruego...
- Pierdes el tiempo. Es demasiado tarde para suplicar perdón. Quizá un poco antes..., pero ahora ya no. Me he enamorado de otro.
- No puede ser cierto. Tienes que estar confundida. No has podido dejar de quererme.
- No seas cretino. Es cierto que te quise, pero ahora ya no. Tú mismo has matado ese cariño. Te he perdonado el daño que me has hecho, pero nunca te perdonaría que trataras de interponerte entre Mario y yo.
- Yo te quiero. Pat, sé que te hice daño, pero estoy dispuesto a repararlo con creces.
- No te esfuerces, Javier, lo siento. Y ahora dime, ¿cómo has hecho para retener a Mario y venir tú en su lugar?
- Le he engañado.
- ¿Cómo te has atrevido? ¿Qué le has dicho?
- No sabía que tú le quisiera. En el fondo estaba convencido de que tus sentimientos hacia mí no habían cambiado.
- Sin embargo, te has equivocado.
- Sí, ya lo veo.
- ¿Cómo has podido dar conmigo?
- cuando estuve en el pueblo me enteré del sitio en que trabajabas. Tengo un amigo en esa empresa.
- ¿Y bien?
- Fue él quien me informó de que tú salias con Mario. Añadió que estaba muy enamorado de ti.
- ¿Qué pasó después?
- Ya hablé con tu...lo que sea. Dije que eras mi novia, que habíamos reñido últimamente y que si salías con él era para darme celos.
- El te creyó, claro.
- ¿Tú que crees?
- Y fue él mismo quien te ayudó a localizarme, cediéndote a ti la cita que él tenía conmigo.
- ¿Cómo lo adivinaste?
Patricia miró a su antiguo novio de manera despectiva. Siempre había temido un encuentro con él, pero ahora que le había visto ya podía estar segura de sus sentimientos. Lo único que ahora la preocupaba era lo que Mario pudiera pensar. Cuando Javier lo vio claro, ya sólo le quedó reconocer que ella tenía razón cuando trataba de retenerle en el pueblo. Es posible que si así fuera ya se hubieran casado y hasta podían tener familia. Había conocido muchas chicas en Barcelona. Lo pasaba bien con ellas, los primeros días, pero terminaba cansado de su superficialidad. Con Patricia - fuera para él o no -, tenía que reconocer que no podía compararse ninguna de todas cuantas había conocido. Pero él no había sabido conservarla.
No pudo dormir en toda la noche. No quería tomar la iniciativa, pero de alguna forma tenía que romper el malentendido con Mario. Al día siguiente era domingo. Se pasó toda la mañana pendiente del teléfono. Al fin sonó. Ella misma se puso al aparato. Reconoció su voz enseguida. Su corazón latía fuertemente. No sabía que fuese tanto el amor que sentía por él.
- Yo...,soy yo. Contestó titubeando cuando al otro lado del hilo preguntaron por la señorita Patricia.
- ¿Te ocurre algo?
- No...,no, nada. Es que...
- ¿No esperabas mi llamada?
- Sí, si la esperaba.
Estaba nerviosísima. No lo había estado tanto ni el día que se presentó para solicitar la plaza.
- Pasaré a recogerte a las siete en punto.
- Está bien. Te espero.
Estuvo una hora justa delante del espejo. Nunca se había arreglado con tanta ilusión a pesar de haber conocido a otras personas interesantes. Estaba guapísima. También a Mario se lo pareció.
- Estas preciosa - le dijo nada más verla.
Ella se ruburizó.
La asió con delicadeza por el brazo y se mezclaron entre la multitud.
- Te debo una explicación y quiero que me oigas.
- También yo a ti.
- No es necesario que me digas nada. Lo sé todo.
- ¿Cómo?
- Tengo un amigo que conocía a..., ¿cómo se llama?
- Javier.
- Eso. El ya me había puesto al corriente de lo ocurrido entre tú y el Javier de marras. Pero, aunque no di ninguna importancia, sí la di al hecho de que él tratar de reanudar sus relaciones contigo. Quería dejarte libre de elegir a quién tú quisieras.
- ¿Y ahora?
- Ahora ya sé a quién has elegido, estoy completamente convencido.
- ¿Estas seguro? - preguntó coqueta.
- Completamente.
- Pues ahora déjame que yo te cuente...
- No, por favor. No perdamos el tiempo en explicaciones vanas, no es necesario. He tenido tiempo de conocerte bastante y saber qué es lo que piensas de todo esto.
- ¡Qué bueno eres, Mario!
- No demasiado, Pat. Lo que ocurre es que...
- ¿Qué? - preguntó anhelante.
- Que te quiero, mi amor, que te quiero mucho...
- ¡Oh, Mario!, cuánto has tardado en decírmelo. Hacía tiempo que lo deseaba.
- Creí que no sería necesario.
- Te equivocas. Y no sólo ha sido necesario una vez, sino que ahora tendrás que repetírmelo hasta que me canse de oírte. Ha transcurrido mucho tiempo y...
- ¿Qué ocurrirá cuando te canses?
- Nunca me cansaré de oírte, cariño.
La atrajo hacia él y, mientras la besaba largamente en la boca, le repetía como en un susurro...
-Te quiero, te quiero...
- Así, Mario... así quiero que sea siempre.
lunes, 21 de mayo de 2012
La bruja de Queen (Irlanda)
William Butler Yeats (1865-1939), eminente poeta irlandés e investigador de temas célticos, recorrió las tierras de su país recopilando cuentos tradicionales. En su obra "Fairy an Folk Tales of Ireland" incluye el extraño cuento que presentamos a continuación.
Una vez, hace ya más de cien años, un sacerdote católico fue despertado a media noche para atender a un moribundo en un lugar alejado a su parroquia. Sin tardanza, el hombre emprendió el camino. Llegó a casa del enfermo y, después de administrarle los últimos sacramentos, le vio partir al otro mundo en paz. El buen padre tomó el camino de vuelta a lomos de su caballo. Viajaba muy despacio.
Aunque todavía estaba oscuro, ya se podían distinguir los primeros sonidos del alba, que el hombre escuchaba ensimismado. Cuando el paisaje se dibujó con claridad, el sacerdote bajó del caballo y soltó las riendas. A paso muy lento, sacó su brevario del bolsillo y comenzó a recitar lentamente las oraciones de la mañana.
No había llegado muy lejos cuando observó que el caballo no le seguía. Miró hacia atrás y lo encontró con la mirada fija en un campo donde pastaban tres vacas. Sin darle importancia, cogió al caballo por la brida y continuó su camino. Sin embargo, al llegar a una encrucijada, el animal relinchó y se detuvo de golpe, negándose a continuar. El sacerdote lo observó con detenimiento: sudaba profusamente y temblaba de la cabeza a las patas. Comprendió que tenía miedo y, recordando lo que había oído en el pueblo que se debía hacer en estos casos, sacó su pañuelo y le vendó los ojos. Luego montó sobre el animal y, golpeándolo suavemente con la fusta, consiguió que el caballo avanzara lentamente.
Y así continuaron un buen rato, hasta que, a la izquierda del camino, el sacerdote vio algo que le heló la sangre: el cuerpo de un hombre, pero sólo de la cadera a los pies, corriendo a través de los campos. Sin poder moverse, vio que la aparición se dirigía hacia él. Pronto el fantasma llegó a la carretera y el hombre pudo observarle de cerca: llevaba unos pantalones de cuero amarillo, ceñidos a la rodilla por una cinta de color verde; no tenía calcetines ni tampoco zapatos, y sus piernas estaban cubiertas de espeso y rojo pelo, manchado de sangre y barro.
El sacerdote estaba perplejo pero, haciendo acopio de sus nervios templados y su sangre fría, decidió permanecer allí. Quería hacer hablar al espectro.
- Hola amigo. ¿Adónde te diriges tan temprano?
La respuesta fue una especie de feo bufido. El sacerdote continuó preguntando:
- Una hermosa mañana para que paseen por aquí los fantasmas.
- ¡Ummm!
- No estás muy hablador esta mañana - continuaba insistiendo el hombre.
- ¡Ummm!
El silencio del extraño visitante terminó por exasperar al hombre que, furioso, gritó:
- ¡En nombre de todo los sagrado! ¡Te ordeno que respondas! ¿Quién eres tú y adónde vas?
Pero no obtuvo más respuesta que un nuevo "Ummm".
- Quizá - dijo el cura -, un latigazo a tiempo podría volverte más comunicativo.
Y diciendo esto, golpeó a la aparición con el látigo.
El fantasma dio un grito salvaje y sobrenatural y cayó al suelo. En un segundo, el espectro desapareció; en su lugar el sacerdote encontró, en un mar de leche, el cuerpo de Sarah Kennedy, una vieja del pueblo famosa por sus prácticas de brujería.
- ¡Sarah! Nunca has hecho caso de mis buenos consejos. Y hoy, maldita mujer, te he sorprendido en una de tus tremendas fechorías.
- ¡Oh, padre, padre! ¡Haga algo para salvarme! El infierno no se ha abierto para mí. Una legión de demonios me rodea en este momento. Quieren robar mi alma.
Pero el sacerdote ya no podía hacer nada por aquella mujer, que entre contusiones y alaridos expiró en pocos segundos. Los restos de Sarah Kennedy fueron trasladados a su cabaña, no muy lejos de la parroquia. La mujer nunca había tenido relación con sus vecinos. Vivía en compañía de su única hija. Todos sabían de sus extrañas prácticas, que nada tenían que ver con la religión católica. No tuvo cristiana sepultura, y sus restos, junto a todas sus pertenencias, fueron quemados en la plaza. Su hija huyó y nunca más volvió a aparecer por el lugar.
"Cuentos celtas" - "Fairy and Folk Tales of Ireland" , W. B. Yeats
Una vez, hace ya más de cien años, un sacerdote católico fue despertado a media noche para atender a un moribundo en un lugar alejado a su parroquia. Sin tardanza, el hombre emprendió el camino. Llegó a casa del enfermo y, después de administrarle los últimos sacramentos, le vio partir al otro mundo en paz. El buen padre tomó el camino de vuelta a lomos de su caballo. Viajaba muy despacio.
Aunque todavía estaba oscuro, ya se podían distinguir los primeros sonidos del alba, que el hombre escuchaba ensimismado. Cuando el paisaje se dibujó con claridad, el sacerdote bajó del caballo y soltó las riendas. A paso muy lento, sacó su brevario del bolsillo y comenzó a recitar lentamente las oraciones de la mañana.
No había llegado muy lejos cuando observó que el caballo no le seguía. Miró hacia atrás y lo encontró con la mirada fija en un campo donde pastaban tres vacas. Sin darle importancia, cogió al caballo por la brida y continuó su camino. Sin embargo, al llegar a una encrucijada, el animal relinchó y se detuvo de golpe, negándose a continuar. El sacerdote lo observó con detenimiento: sudaba profusamente y temblaba de la cabeza a las patas. Comprendió que tenía miedo y, recordando lo que había oído en el pueblo que se debía hacer en estos casos, sacó su pañuelo y le vendó los ojos. Luego montó sobre el animal y, golpeándolo suavemente con la fusta, consiguió que el caballo avanzara lentamente.
Y así continuaron un buen rato, hasta que, a la izquierda del camino, el sacerdote vio algo que le heló la sangre: el cuerpo de un hombre, pero sólo de la cadera a los pies, corriendo a través de los campos. Sin poder moverse, vio que la aparición se dirigía hacia él. Pronto el fantasma llegó a la carretera y el hombre pudo observarle de cerca: llevaba unos pantalones de cuero amarillo, ceñidos a la rodilla por una cinta de color verde; no tenía calcetines ni tampoco zapatos, y sus piernas estaban cubiertas de espeso y rojo pelo, manchado de sangre y barro.
El sacerdote estaba perplejo pero, haciendo acopio de sus nervios templados y su sangre fría, decidió permanecer allí. Quería hacer hablar al espectro.
- Hola amigo. ¿Adónde te diriges tan temprano?
La respuesta fue una especie de feo bufido. El sacerdote continuó preguntando:
- Una hermosa mañana para que paseen por aquí los fantasmas.
- ¡Ummm!
- No estás muy hablador esta mañana - continuaba insistiendo el hombre.
- ¡Ummm!
El silencio del extraño visitante terminó por exasperar al hombre que, furioso, gritó:
- ¡En nombre de todo los sagrado! ¡Te ordeno que respondas! ¿Quién eres tú y adónde vas?
Pero no obtuvo más respuesta que un nuevo "Ummm".
- Quizá - dijo el cura -, un latigazo a tiempo podría volverte más comunicativo.
Y diciendo esto, golpeó a la aparición con el látigo.
El fantasma dio un grito salvaje y sobrenatural y cayó al suelo. En un segundo, el espectro desapareció; en su lugar el sacerdote encontró, en un mar de leche, el cuerpo de Sarah Kennedy, una vieja del pueblo famosa por sus prácticas de brujería.
- ¡Sarah! Nunca has hecho caso de mis buenos consejos. Y hoy, maldita mujer, te he sorprendido en una de tus tremendas fechorías.
- ¡Oh, padre, padre! ¡Haga algo para salvarme! El infierno no se ha abierto para mí. Una legión de demonios me rodea en este momento. Quieren robar mi alma.
Pero el sacerdote ya no podía hacer nada por aquella mujer, que entre contusiones y alaridos expiró en pocos segundos. Los restos de Sarah Kennedy fueron trasladados a su cabaña, no muy lejos de la parroquia. La mujer nunca había tenido relación con sus vecinos. Vivía en compañía de su única hija. Todos sabían de sus extrañas prácticas, que nada tenían que ver con la religión católica. No tuvo cristiana sepultura, y sus restos, junto a todas sus pertenencias, fueron quemados en la plaza. Su hija huyó y nunca más volvió a aparecer por el lugar.
"Cuentos celtas" - "Fairy and Folk Tales of Ireland" , W. B. Yeats
viernes, 18 de mayo de 2012
Hay algo más
Resultaba extraño que, siendo tan distintos, pudieran ser amigos, y lo eran de verdad. Sin embargo, William había vivido siempre en Boston. Erich no. El hacía sólo tres años que había llegado a la ciudad para estudiar biología. William estudiaba económicas, por hacer algo. Era hijo de familia acomodada, que había amasado montones de dinero en cuatro días, y él pensaba trabajar en los negocios de su padre. Erich, por el contrario, no tenía dinero. Procedía de una familia de abolengo, pero se habían quedado arruinados. Necesitaba trabajar para costear sus estudios.
Erich había conocido a Evelyn al año siguiente de llegar. Ella era hija de familia media, con muchos hijos; no nadaba en la abundancia.
- ¿Quieres decirme quién es esa chica con la que sostienen conversaciones tan largas? - preguntó William.
- Una compañera.
- ¿Estás seguro que no hay más que amistad entre vosotros?
- ¡Hombre! ¿Cómo no voy a estarlo?
- No sé, es que ella te mira de una forma...
- Me hace gracia, William, ¿crees que tengo tiempo para pensar en algo que no sea estudiar o trabajar?
- Tú si, pero ella...
- Te equivocas amigo. La situación de ella es muy similar a la mía. A ninguno de los dos nos sobra tiempo para pensar en tonterías.
- ¿Es que te parece una tontería que os quisierais?
La pregunta le dejó un tanto desconcertado.
- Hombre, no. Claro que no. Aquel condenado de William parecía estar haciéndole un lavado de cerebro.
- Bien, Erich, siendo así a ti no te importará presentarme a tu amiga.
- ¿Para qué?
- Es que a mí me gusta esa chica, ¿comprendes? Hace tiempo que deseaba decírtelo, pero temí que hubiera algo entre nosotros.
Quedó perplejo. Aquello sí que no lo esperaba él. Tenía que vencer aquella lucha interior que tenía consigo mismo. En efecto, debía reconocer que William era mucho mejor partido que él para cualquier chica.
Pero, ¿es que a Evelyn también le interesaba el dinero? Estaba seguro de que no era para ella un fin principal, pero eso no podía decirlo él. Se debatía en estos pensamientos cuando la vio avanzar. Traía la cara cansada.
- Hola, Erich - saludó cuando había llegado a su altura.
- Hola - contestó, levantándose del asiento y ofreciéndole una silla.
- No voy a poder continuar así por más tiempo.
- ¿Te ocurre algo?
- Cansancio, Erich, eso tan sólo.
- ¿De qué, Evelyn?
- Ahí esta, que no lo sé. Es posible que ea sólo físico, pero no sabes de qué forma repercute en mi moral. Es muy díficil para mí continuar estudiando en la forma que lo hago. Decimos que el dinero no sirve para nada, pero estoy empezando a creer que significa mucho. Si no fuera por el maldito metal en mi casa todo marcharía de otra forma.
Oírla decir aquello fue como si a Erich le clavaran un puñal. Todos sus ideales se venían abajo. A fin de cuentas, ella tampoco era como la había imaginado. Pensó que había llegado el momento indicado de hablarle de su amigo. Después de todo, ella no conocía sus sentimientos, porque ni él mismo los hubiese conocido si no hubiese sido porque William le había abierto los ojos. Fue entonces cuando comprendió que lo que él sentía por ella no era sólo un sentimiento amistoso, que había algo más que la mutua comprensión de dos amigos del alma. Pero él, ante todo, deseaba que ella fuera feliz, aun a costa de sacrificar su vida. Había transcurrido una semana. Evelyn se hallaba con William en uno de los pasillos de la Facultad.
- Evelyn - le decía -, necesito que me digas...
- Sí, William, lo sé, pero suéltame. No me gusta que piensen lo que no es. Tú sabes que no puede ser. Lo siento, William, lo siento de veras. En el fondo, eres un buen chico, pero a mí no me dices nada.
- Estás enamorada de Erich, ¿no es eso?
- Sí, fue por eso por lo que acepté salir contigo, para hacerle reaccionar a él.
- Erich no podrá casarse contigo. No tiene ni un duro, necesita trabaja para costear su carrera. Con él nunca tendrás nada. Conmigo tendrías todo lo que una mujer anhela. Si al menos se hubiera callado...Pero, con todo lo que acababa de decir a Evelyn sólo le producía pena, pena y asco de pensar que hubiera seres tan materialistas.
- ¿Es que no sales con William? - le preguntó Erich viéndola sola en la parada del autobús.
- No.
- ¿Por qué, Evelyn?
- Y me lo preguntas tú... Tú que has tenido tiempo de conocer a tu amigo y saber cómo piensa.
- No es mala persona.
- Pero sí un imbécil. Cree que el dinero lo hace todo en la vida, que ante él no hay mujer que se rinda. No sé cómo has podido pensar que nuestra amistad podía terminar en algo.
- Lo dudé al principio, pero luego, cuando vi que continuabas saliendo...
- Pues ya no nos verás más. No podía disimular la alegría que sintió. En ese momento llegaba el autobús. Él la cogió por el brazo para protegerla de los empujones de los demás viajeros. Evelyn estaba muy aturdida. Aquella proximidad le inquietaba. Sentía un cosquilleo en la sangre y unos enormes deseos de sentirse en sus brazos.
- Evelyn, yo deseaba decirte algo.
- ¿Y a qué esperas, Erich?
- ¿Por qué no lo adivinas?
- Esta bien, pides mi ayuda, ¿no es eso?
- Eso es.
- Pues entonces ya está.
No esperó a que lo dijera, la rodeo con sus brazos y la besó. Ella se dejó. Y así fue cómo él supo que había adivinado bien. Estaba visto que hay algo más importante que el dinero: la felicidad de dos seres que se aman.
lunes, 14 de mayo de 2012
Un espíritu celeste (Bali)
Atardece en Bali. El sol se va ocultando tras la montaña. La noche llega amablemente, trae frescura a la isla. A esta hora, en la aldea balinesa cada día tiene lugar la misma escena: se encienden las lámparas y las mujeres preparan el arroz de la noche.
Los vecinos se sientan juntos, charlan de la cosecha o permanecen en silencio. En algún lugar de la isla siempre suena la bella música metálica del gamelan.
Un anciano cuenta una nueva historia a los niños:
"Una vez existió en Bali un joven llamado Rajapala. Vivía solo, cerca del bosque, adonde acudía a cazar a diario. Era feliz con su vida, pero añoraba la compañía de una mujer y de unos hijos. Una mañana se adentró en el bosque. Caminó durante todo el día, pero no encontró ni un solo animal que cazar. Al atardecer agotado por el calor, decidió volver a su cabaña. y ocurrió entonces que se encontró de pronto frente a una pequeña laguna con flores y plantas acuáticas. Pensó que el lugar era muy agradable para descansar y se tumbó bajo un árbol; enseguida se quedó profundamente dormido.
Unas risas le despertaron. En la orilla de enfrente alguien cantaba y reía. Rajapala se ocultó detrás de un árbol y observó: siete muchachas deliciosamente bellas nadaban desnudas en el agua. Sus figuras eran etéreas, medio transparentes, parecía que flotaban en el aire. Rajapala se quedó maravillado. Sin dudarlo un instante, el joven fue a la otra orilla y oculto entre las ramas de los árboles, siguió mirando.
En el suelo, junto a una palmera, estaban las túnicas de las adolescentes. Rajapala cogió la más vistosa y volvió a esconderse. Las jóvenes no tardaron en salir del agua y fueron a coger sus ropas. Una a una se fueron vistiendo y salieron volando hacia el cielo. Una de ellas, la más joven, no encontró su túnica. Levantó la mirada y se encontró con Rajapala.
- Buenas tarde, señor. Estoy buscando mi túnica; sin ella no puedo volver al cielo.
- Yo la he cogido, porque no deseo que vuelvas al cielo. Quiero que te quedes aquí conmigo, en la tierra. Te convertiré en mi esposa.
- Te haré rico y viviré contigo. Pero si un día me ocultas algo volveré al cielo,- le respondió.
Rajapala se convirtió en uno de los hombres más ricos de los alrededores. Había abandonado la caza y tenía grandes extensiones de arrozales. Y además, aunque su mujer cocinaba todas las noches arroz, las existencias que había en el granero no se agotaban nunca; al revés, se multiplicaban. Y había todavía otra cosa que extrañaba Rajapala: cuando ella cocinaba, cerraba la puerta y le prohibía la entrada en la cocina. Además, nunca la veía pelar el arroz, como hacían otras mujeres del pueblo. Un día le dijo a su esposa:
- Rajapala, voy al río a lavar los platos. No entres en la cocina, por favor.
Pero en cuanto su esposa salió, Rajapala abrió la puerta y entro en la cocina. En el fuego había una cazuela tapada. Miró dentro, y en medio del agua que cocía sólo vio un pequeño grano de arroz, pelado.
- ¿Y esto se convierte luego en un enorme bol de arroz? ¿Cómo lo hace? - se preguntó a sí mismo.
Poco después llegó su mujer, dejó los platos a secar al sol y entró en la casa. Cuando, una vez en la cocina, levantó la tapa de la cazuela para ver cómo iba el arroz, comprobó que el grano estaba tan duro como lo había dejado.
- ¡Qué extraño! -pensó-, debería estar casi hecho.
Salió de la cocina y volvió al jardín a recoger los platos. Poco después entró a ver el arroz y comprobó que estaba igual de duro que antes.
- ¡Por todos los dioses! -gritó-. Mi esposo ha entrado en la cocina a pesar de mis recomendaciones. ¡Pobre de mí! Mi vida fácil ha terminado aquí - se lamentó el espíritu celeste -. De ahora en adelante tendré que trabajar como todas las mujeres para obedecer a los dioses.
Desde aquel día tuvo que pelar el arroz como las demás mujeres. Sus manos, hasta entonces delicadas y suaves, se volvieron ásperas de tanto trabajar en la cocina. Además, las existencia de arroz disminuían considerablemente cada día. Ella se sentía muy cansada, y el empeño de su marido la había herido en lo más profundo de su corazón.
Un día en que el espíritu celeste había entrado en el granero para coger un poco de arroz, encontró en un rincón su túnica, la túnica que Rajapala le había quitado cuando se conocieron en el río, pero que nunca le había devuelto. Cuando volvió a la casa, cayó enferma y recordó los maravillosos días que había pasado en el cielo con sus amigas, también espíritus celestes.
- Sería muy feliz si pudiera volver al cielo de nuevo hoy mismo - dijo para sí.
Y decidió volver al lugar donde podía llevar una vida fácil; ahora era posible, pues había encontrado su túnica. Habló con Rajapala, su esposo, para despedirse.
- Un día te dije que no me engañaras, pero lo has hecho. No te fías de mi y quisiste saber cómo conseguía cocer el arroz cada noche. Por ello ha llegado el momento de volver a los cielos. Cuando quieras verme, en las noches de luna llena mírala y me encontrarás allí.
Con lágrimas en los ojos, Rajapala se despidió de su amada esposa para siempre. Ella dio un salto y salió volando hacia las nubes, alto, muy alto, hasta que desapareció de la vista. Por la curiosidad de Rajapala, los hombres de Bali nunca preparan el arroz en las casas.
"Folk Tales from Bali" Editorial Penerbit Kjamatan. Jakarta.
Los vecinos se sientan juntos, charlan de la cosecha o permanecen en silencio. En algún lugar de la isla siempre suena la bella música metálica del gamelan.
Un anciano cuenta una nueva historia a los niños:
"Una vez existió en Bali un joven llamado Rajapala. Vivía solo, cerca del bosque, adonde acudía a cazar a diario. Era feliz con su vida, pero añoraba la compañía de una mujer y de unos hijos. Una mañana se adentró en el bosque. Caminó durante todo el día, pero no encontró ni un solo animal que cazar. Al atardecer agotado por el calor, decidió volver a su cabaña. y ocurrió entonces que se encontró de pronto frente a una pequeña laguna con flores y plantas acuáticas. Pensó que el lugar era muy agradable para descansar y se tumbó bajo un árbol; enseguida se quedó profundamente dormido.
Unas risas le despertaron. En la orilla de enfrente alguien cantaba y reía. Rajapala se ocultó detrás de un árbol y observó: siete muchachas deliciosamente bellas nadaban desnudas en el agua. Sus figuras eran etéreas, medio transparentes, parecía que flotaban en el aire. Rajapala se quedó maravillado. Sin dudarlo un instante, el joven fue a la otra orilla y oculto entre las ramas de los árboles, siguió mirando.
En el suelo, junto a una palmera, estaban las túnicas de las adolescentes. Rajapala cogió la más vistosa y volvió a esconderse. Las jóvenes no tardaron en salir del agua y fueron a coger sus ropas. Una a una se fueron vistiendo y salieron volando hacia el cielo. Una de ellas, la más joven, no encontró su túnica. Levantó la mirada y se encontró con Rajapala.
- Buenas tarde, señor. Estoy buscando mi túnica; sin ella no puedo volver al cielo.
- Yo la he cogido, porque no deseo que vuelvas al cielo. Quiero que te quedes aquí conmigo, en la tierra. Te convertiré en mi esposa.
- Te haré rico y viviré contigo. Pero si un día me ocultas algo volveré al cielo,- le respondió.
Rajapala se convirtió en uno de los hombres más ricos de los alrededores. Había abandonado la caza y tenía grandes extensiones de arrozales. Y además, aunque su mujer cocinaba todas las noches arroz, las existencias que había en el granero no se agotaban nunca; al revés, se multiplicaban. Y había todavía otra cosa que extrañaba Rajapala: cuando ella cocinaba, cerraba la puerta y le prohibía la entrada en la cocina. Además, nunca la veía pelar el arroz, como hacían otras mujeres del pueblo. Un día le dijo a su esposa:
- Rajapala, voy al río a lavar los platos. No entres en la cocina, por favor.
Pero en cuanto su esposa salió, Rajapala abrió la puerta y entro en la cocina. En el fuego había una cazuela tapada. Miró dentro, y en medio del agua que cocía sólo vio un pequeño grano de arroz, pelado.
- ¿Y esto se convierte luego en un enorme bol de arroz? ¿Cómo lo hace? - se preguntó a sí mismo.
Poco después llegó su mujer, dejó los platos a secar al sol y entró en la casa. Cuando, una vez en la cocina, levantó la tapa de la cazuela para ver cómo iba el arroz, comprobó que el grano estaba tan duro como lo había dejado.
- ¡Qué extraño! -pensó-, debería estar casi hecho.
Salió de la cocina y volvió al jardín a recoger los platos. Poco después entró a ver el arroz y comprobó que estaba igual de duro que antes.
- ¡Por todos los dioses! -gritó-. Mi esposo ha entrado en la cocina a pesar de mis recomendaciones. ¡Pobre de mí! Mi vida fácil ha terminado aquí - se lamentó el espíritu celeste -. De ahora en adelante tendré que trabajar como todas las mujeres para obedecer a los dioses.
Desde aquel día tuvo que pelar el arroz como las demás mujeres. Sus manos, hasta entonces delicadas y suaves, se volvieron ásperas de tanto trabajar en la cocina. Además, las existencia de arroz disminuían considerablemente cada día. Ella se sentía muy cansada, y el empeño de su marido la había herido en lo más profundo de su corazón.
Un día en que el espíritu celeste había entrado en el granero para coger un poco de arroz, encontró en un rincón su túnica, la túnica que Rajapala le había quitado cuando se conocieron en el río, pero que nunca le había devuelto. Cuando volvió a la casa, cayó enferma y recordó los maravillosos días que había pasado en el cielo con sus amigas, también espíritus celestes.
- Sería muy feliz si pudiera volver al cielo de nuevo hoy mismo - dijo para sí.
Y decidió volver al lugar donde podía llevar una vida fácil; ahora era posible, pues había encontrado su túnica. Habló con Rajapala, su esposo, para despedirse.
- Un día te dije que no me engañaras, pero lo has hecho. No te fías de mi y quisiste saber cómo conseguía cocer el arroz cada noche. Por ello ha llegado el momento de volver a los cielos. Cuando quieras verme, en las noches de luna llena mírala y me encontrarás allí.
Con lágrimas en los ojos, Rajapala se despidió de su amada esposa para siempre. Ella dio un salto y salió volando hacia las nubes, alto, muy alto, hasta que desapareció de la vista. Por la curiosidad de Rajapala, los hombres de Bali nunca preparan el arroz en las casas.
"Folk Tales from Bali" Editorial Penerbit Kjamatan. Jakarta.
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