viernes, 14 de septiembre de 2012

No somos novios

Comprendes, ¿verdad, Nicolás?
Nicolás no lo comprendía. Se sentía algo así como herido o lastimado profundamente. 
Miró al frente. Por aquella parte de la Plaza Mayor paseaban las chicas. Las amigas de su hermana, aún solteras, muchas chicas con las cuales él se divertía en los clubs y salas de fiestas.
- No te entiendo, Marta. ¿Quieres ser más clara? - se impacientó.
- Llevamos siete años saliendo juntos.
- Bueno, bueno...¿y qué?
- ¿Por qué lo hacemos?
- ¡Caray! - rezongó Nicolás -. Simplemente porque somos buenos amigos. Porque nos entendemos bien. ¿Te falté el respeto alguna vez? Di. ¿Te falté en algo?
- No, es cierto. Pero...tú terminaste la carrera. Dicen por el pueblo que te vas uno de estos días a ocupar tu puesto en el ministerio, en Madrid.
- No me iré hasta dentro de unos meses - refunfuñó Nicolás molestísimo -. Te escribiré desde allá.
- no.
- ¿No?
- No quiero que me escribas. Lo nuestro acaba hoy. Se hallaban en la terraza de una cafetería. Marta Pineda, estaba preciosa aquella tarde de sol, casi etérea. Al menos, Nicolás la veía así.
- No pretendo ofenderte, Nicolás - siguió diciendo Marta con su abrumadora humanidad -. Ni te digo que nuestra amistad acabó aquí. Siempre tendré un buen recuerdo tuyo. Pero sigo pensando que es hora de poner punto final a unas relaciones de este tipo.
- ¿No somos buenos amigos? Yo te cuento todo lo que hago. Tenías diecisiete años cuando empecé a contártelo. Eras, de todas las chicas del pueblo, la que más merecía mi confianza. Empezamos a escribirnos, y mientras estuve estudiando, lo hacía semanalmente. Más tarde, cuando venía de vacaciones...te acompañaba a todas partes.
- Ninguna de esas chicas que ves paseando por la Plaza Mayor piensan - dijo Marta ahogadamente - que te vas a casar conmigo. Yo tampoco. Ellas me dejaron el campo libre porque pensaron que a la hora de buscar mujer, buscarías a una de ellas, no a la hija del alguacil del pueblo.
- ¡Marta!
- ¿No es así?
- Jamás se me pasó por la mente casarme contigo.
- Por eso mismo te digo que se acabó. Podemos seguir nuestra amistad, pero...no saldremos solos nunca más. Ahora tengo que irme. Tengo que dar una clase de matemáticas.
- Marta...
- No, Nicolás. Es mejor así.
- ¿Así? ¿Cómo?
- Separarnos ahora. Sin preguntarnos nada más. Sin ofendernos. Sin menospreciarnos.
Nicolás quedó con la copa en la mano, más triste que furioso.
- Para ya con tus paseos, Nicolás - chilló Daniela enojada -. Hace más de una hora que estás dando vueltas como un león.
- ¿Qué piensas tú de todo lo que te conté?
- Lo que tengo que pensar y nada más. Tiene razón Marta. Te ha llegado la hora de formalizar. A ti te gusta el hogar. Lo lógico es que te cases y tengas hijos, ¿no?
- Si, eso sí. Pero...¿por qué Marta me echa de su lado en el momento que más la necesito?
- Hace siete años que vas con ella cuando estás en el pueblo. Has más de siete años que la escribes, y ella te contesta. Y ahora le participas de tu viaje a Madrid y te quedas tan campante.
- Bueno, bueno. ¿Y qué? ¿No es normal?
- Una pregunta, Nico.
- Hazla.
- ¿Amas a otra mujer?
Nicolás abrió sus negros ojos.
Tenía treinta años, la carrera de económicas terminada y un puesto de trabajo ganado a pulso. La idea de amar a otra mujer no le pasó por la mente.
Era alto y moreno, de ojos negros. Abiertos desmesuradamente en aquel preciso instante.
- Claro que no - refunfuñó. 
- ¿Supones que Marta puede estar toda la vida pendiente de lo que tú decidas?
- ¿Pendiente de qué?
- De ti. No es una chica pudiente. Su madre es bordadora, y su padre, alguacil. Ella estudió a base de esfuerzos. Quizá para equipararse un poco a ti.
- Sigo sin entender.
- Marta está enamorada de ti, Nico, ¿eres idiota?
- ¿Enamorada de mi? ¿Y por qué? Jamás en nuestras cartas mediaron frases amorosas. Ni una, puedo jurarlo. Jamás le dije que la amaba.
- ¿Y la amas?
- No lo sé - dijo sordamente -. Me duele que me haya dicho eso. Lo nuestro se acabó.
- Soy mujer - exclamó su hermana ., y actuaría igual si me encontrara en el lugar de Marta. Ahora, ¿quieres dejarme, Nico? Tengo muchas cosas que hacer.
- Estas triste, Marta.
Marta levantó los ojos de la revista que leía.
- ¿Y papá?
- Se ha ido a la cama. Yo voy a terminar esta labor.
- Dame que te ayude.
- No, no. vete a tu cuarto. Pero dime: ¿te ocurrió algo?
- Le he dicho a Nicolás...lo que te dije ayer...
- No sé si has hecho bien.
- Lo hice.
- Pero, Marta, tanto como le quieres.
- ¿Es que por cariño hacia él voy a estar soportando que me cuente todo lo que hace con otras chicas? Es...demasiado cruel, mamá.
- Tal vez a la hora de casarse te prefiera a ti.
- ¡Qué va a preferirme!
Sonó el teléfono en aquel instante.
- ¿Quién puede ser? - preguntó la madre -. Ponte tú. Si preguntan por tu padre, di que ya se acostó.
- Diga.
- Buenas noches, Marta.
¡Aquella voz!
- Buenas, Nicolás.
- Oye, Marta. He pensado bien en lo que me has dicho esta tarde. ¿Puedo preguntarte una cosa?
- Bueno.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué...qué?
- ¿Por qué lo hiciste?
Marta se mordió los labios. Era rubia, esbelta, tenía veintitrés años y resultaba de una sensatez indescriptible.
- ¿Me oyes, Marta?
- Sí.
- ¿Por qué?
- ¿No es lo mejor?
- ¿Para ti o para mí?
- Para los dos. Tú eres libre de elegir tu camino.
- ¿Y tú?
- ¿Yo?
- Sí. ¿Qué camino vas a elegir?
- No sé. Ya veremos.
- Yo era feliz saliendo contigo, contándotelo todo.
Marta abatió los párpados. Tenía unos ojos azules inmensos, de un azul oscuro y a la vez transparente.
- Di, Marta, ¿tú no eres feliz escuchándome?
- Es posible.
- Tiene que haber una razón.
- ¿Otra vez, Nico? Ya te dije...
- Tendrás que decírmelo mañana. A las doce, en la playa. ¿Te parece bien en nuestro rincón de siempre? 
No quería.
Pero... ¿podría evitarlo?
Ella era una chica valiente, y cuanto más sincera fuese, mejor. Era su lema.
- Está bien - decidió -. A las doce.

No esperaba encontrar a Daniela en aquel momento.
- Marta.
- Buenos días, Daniela.
- Oye, Marta, aunque no charlamos mucho en el transcurso de estos años, yo siempre supe que estabas aquí y me gustaba verte, primero saliendo y entrando en el instituto y luego dando clases.
Marta no respondió. Sonrió tan sólo.
- ¿Sabes una cosa? Yo, en tu lugar, sería sincera.
Marta se estremeció. Pensaba serlo, pero no imaginó siquiera que Dani desease que lo fuera.
- Sincera...,¿en qué sentido?
- Nicolás estuvo ayer en casa. Se conoce que le dolió tu decisión. Él no lo sabe, pero me parece que está enamorado de ti.
- No lo creas, Dani.
- Estoy segura. Dile que le dejas así, porque tú estás enamorada de él y no quieres perder el tiempo.
Marta se encogió un poco.
- ¿Enamorada de él?
- ¿No lo estás?
- Pero...a ti...¿quién te lo dijo? - se estremeció.
- Ninguna mujer soporta a un hombre tantos años, si no le ama firmemente. No te olvides que también soy mujer. Con más experiencia que tú, te digo que le hables bien claro porque corres el peligro de poner punto y final a estas relaciones.

Bajó la cabeza. Dani le puso la mano en el hombro.
- Sé valiente. Marta, como lo fuiste para soportarlo tantos años.
- Nunca se casará conmigo. Él cree que yo tengo el deber de escuchar todas sus...confidencias.
- Deja de escucharlas y cambia de táctica.
- Es lo que estoy haciendo - cortó -. El se va. Y no habrá más cartas.
- ¿Estás llorando?
Marta sacudió la cabeza y salió huyendo.
Dani sonrió.
Conocía a su hermano. Nicolás era un sentimental. Sin duda, estaba enamorado de Marta.

Hacía un calor sofocante.
Marta cruzó el sendero que conducía a la playa, atravesó las escaleras paralelas a la terraza del Náutico, y bajó con parsimonia a la playa...
En la terraza hubo unas risitas en un nutrido grupo de muchachas muy modernas.
- Ahora tendrás que dejar de salir con Nicolás - dijo una -. El ya ha terminado la carrera. No necesita mascota.
- Se irá a Madrid, y nosotras lo veremos allí - rió otra -, Mientras que la pobrecita se quedará aquí para siempre bajando y subiendo escaleras.
Hubo una risa general.
Entretanto, Marta seguía atravesando la playa. A lo lejos, en una esquina, junto a las rocas, estaba su rinconcito.
¿Cuántas veces se vio allí, en el transcurso de aquellos años, con Nicolás?
- Marta - gritó Nicolás - estoy aquí.
Llegó a su lado y descolgó la bolsa de baño.
- Buenos días, Nicolás.
- ¿Sabes que estoy irritadísimo?
- ¿Por qué?
Descolgó la toalla y la extendió sobre la arena.
- ¿No traes traje de baño? - preguntó Nicolás.
- No pienso bañarme. Tengo clase a la una. Me iré tan pronto como hayamos hablado.
Espero terminar enseguida - dijo gravemente.
Se dejó caer en la arena y puso junto a sí las bolsas de baño y las sandalias.
- Sólo una pregunta, Marta. ¿Por qué hemos de destruir nuestra buena amistad?
- Es hora, ¿no?
- ¿Hora de qué?
- De poner las cartas boca arriba - y con la deliciosa sinceridad que la caracterizaba, añadió -: puedo continuar. Para ti sería estupendo. Para mí cada día más difícil.
- Habrá una razón.
- Siempre hay una razón cuando ocurre una cosa así. La hay. Estoy enamorada de ti, pero soy normal, humana y sensata. Me descomponen unas relaciones sin meta alguna. No puedo amarrarte a una amistad toda la vida. Ni yo la quiero.
- ¡Marta! - exclamó asombradísimo -. ¿Es posible que me ames?
- Sí.
Nicolás sintió la sensación estremecedora de que algo le hormigueaba en el cuerpo. Se tiró sobre la arena y alzó la cabeza para mirar a Marta firmemente.
- ¿Es posible, Marta?
- Lo es. ¿Te envanece eso mucho?
- No lo digas así.
Marta se puso en pie.
- Ya sabes lo que querías saber. Ahora me marcho.
- Pero...¿desde cuándo, Marta?
- No sé. Quizá desde siempre. Dese que empezaste a sacarme a bailar en los bailes de la plaza. O desde que me constaste la primera confidencia.
Nicolás no era capaz de moverse de la arena. Tan asombrado estaba...
- Marta, no te marches.
- Tengo que irme. Adiós, Nicolás.
- Aguarda...
- No.
Nicolás no se movió. Pensó que debía reflexionar sobre aquello.

Estuvo todo el día cohibida y atormentada.
A las nueve de la noche terminaba su última clase. Dejó la casas del juez y salió a la calle.
Fue allí mismo, en el portal de la casa del juez, cuando sintió pasos tras ella.
Se volvió.
- ¡Nicolás! - exclamó - ¿Qué haces aquí?
Nicolás no dijo nada. Nada en absoluto. Se acercó a ella, la asió del brazo y la acercó a su costado.
- ¿Qué haces? - se sofocó Marta.
- No sé. Tengo ganas de hacerlo - dijo Nicolás con una voz muy distinta -. Unas ganas locas. De repente...Buenos, no necesito decirte lo que me está pasando - y muy bajo, metiendo la cabeza bajo la de ella -: ¿quieres casarte conmigo? Tengo un piso en Madrid. Pensaba vivir solo. Pero hoy me entró un deseo loco de vivir contigo allí.
Marta iba a desvanecerse.
Nicolás la arrinconó y la besó largamente en la boca.
Martá lanzó un gemido.
- Yo también estoy enamorado de ti. Enamorado como un loco. No lo sabía. Ahora ya lo sé, ya lo sé...
- Nicolás...
- Ya lo sé, y no sabes qué gusto me da saberlo. Debí de estar ciego. No éramos novios y yo...Yo te consideraba mi novia. Te juro que sí...
Marta apretó su mano y caminó junto a él guardando un silencio emotivo...

lunes, 10 de septiembre de 2012

La lámpara mágica (India)

En un tiempo pasado vivía una viuda pobre que tenía un hijo guapo y distinguido. Un día llegó a su casa un mercader que venía de un lejano país, asegurando que era el hermano mayor de su difunto marido. La mujer le hospedó en su casa una temporada. Una mañana dijo a la mujer:
- Tu hijo y yo vamos a buscar flores de oro. Prepara un hatillo con comida. La viuda así lo hizo y partieron muy de mañana.
Después de haber caminado durante muchas horas, el joven, agotado, propuso a su tío descansar un rato. Pero éste se negó y le obligó a continuar andando. Poco  después, el mancebo volvió a pedir descanso; pero el tío, por toda contestación, le propinó un golpe. Prosiguieron el camino y, al llegar a un montecillo, el hombre ordenó a su sobrino que juntara un montón de leña. Cuando lo hubo preparado, le obligó a que soplara con todas sus fuerzas para encenderla.
El chico obedeció, pero no consiguió encender ni una sola rama. Cansado, preguntó a su tío:
- ¿Cómo voy a encender una leña sin fuego?
- Sopla, o te daré una buena paliza - contestó éste.
El muchacho continuó soplando y por fin la leña se encendió. Cuando el fuego se consumió apareció bajo las cenizas una abertura en la tierra, cubierta por una plancha de hierro. Y el hombre ordenó al chico que la levantara. Este lo intentó con todas sus fuerzas, pero no consiguió nada. Después de recibir un nuevo golpe, consiguió levantar la pesada plancha. Y ante sus ojos apareció una maravillosa cueva subterránea, iluminada por una lámpara y llena de flores de oro. El hombre mandó a su sobrino descender a la cueva y coger la lámpara y un buen puñado de flores de oro. El chico obedeció, pero cuando quiso subir no pudo porque iba muy cargado. El tío, desde arriba, gritaba furioso:
- ¡Sube como puedas!
- ¡Cógeme al menos las flores de oro! ¡No puedo subir yo solo con todo!
Pero el hombre, enfadado, dio una patada en el suelo y la cueva se cerró.
El muchacho quedó encerrado en la cueva. Un día que meditaba sobre su mala suerte con la lámpara entre las manos, sin darse cuenta la rozó con un anillo que llevaba y apareció un pequeño genio ante él.
- Pide lo que quieras y lo tendrás - dijo el duende.
- ¡Quiero salir de esta cueva enseguida!
Y la cueva se abrió y el joven partió feliz junto a su madre, con la lámpara en las manos. En cuanto llegó a su casa, pidió de comer, pero la despensa estaba vacía. El muchacho se acordó de la lámpara y la rozó con su anillo, al instante aparecieron ante ellos todo tipo de manjares, y madre e hijo se hartaron de comer. Desde entonces ambos fueron felices, pues simplemente con rozar la lámpara con el anillo tenían todo lo que deseaban. El muchacho vio un día a la joven princesa salir de los baños. Como era muy hermosa se enamoró apasionadamente de ella y suplicó a su madre que fuera a hablar con el rajá para pedir su mano. Y así la madre pidió audiencia en palacio y rogó para su hijo la mano de la joven princesa. El rajá respondió que accedería si su hijo aportaba más dinero que el que había en las arcas reales. Cuando el muchacho supo las condiciones, pidió al genio el dinero y mandó llevarlo al palacio del rajá. Éste, sorprendido por tanta riqueza, pidió, además, que construyeran para su hija un magnífico palacio, según lo exigían la categoría y el rango de la bella princesa.
El joven frotó la lámpara con el anillo y el genio, en una sola noche, construyó el palacio. Finalmente se celebró un gran fiesta para celebrar la boda.
Pasó el tiempo. El rajá y su yerno acostumbraban a ir de caza. Una mañana en que ambos habían salido temprano hacia el bosque, se presentó en palacio un hombre que deseaba ver a la princesa, llevando en sus manos una lámpara vieja.
- Buenos días, princesa. Quisiera cambiar esta bonita lámpara por alguna vieja que tengáis arrinconada.
La princesa no conocía las maravillosas cualidades de la lámpara de su marido y se la entregó al hombre, que no era otra que el malvado tío de éste. En cuanto la tuvo en su poder la frotó con la mano y dijo:
- ¡Transporta este palacio, con todo lo que hay en él, a mi país!
El rajá, enfurecido al descubrir la desaparición de la princesa y el palacio, dio un plazo de trece días al joven para devolverle a su hija; si no lo lograba, moriría.
El último día del plazo, el joven, tumbado en una roca, pensaba en su mala suerte cuando al rozar la piedra con su anillo apareció un genio, y el chico dijo:
- He perdido a mi esposa y mi palacio. Si sabes dónde están, llévame allí.
El genio le condujo a las puertas del palacio, donde el joven tomó la forma de un perro, y entró en él. Allí descubrió a su mujer llorando y, después de consolarla, le preguntó por la lámpara.
- Tu tío la lleva siempre colgada del cuello y no deja que nadie la toque.
Después de pensar mucho en una solución, la princesa se comprometió a deshacerse del hombre. Y por la noche, puso veneno en el arroz de la cena. El tío se lo comió con avidez y murió al instante. Entonces, el joven le quitó la lámpara y la frotó con su anillo.
- ¡Transporta el palacio, a mi esposa y a mí al país del rajá ahora mismo!
El palacio y sus moradores volvieron al lugar primitivo. Y el rajá entregó la mitad de su reino a su yerno, y ambos gobernaron en paz hasta el fin de sus días.

"Las mil y una noches"

viernes, 7 de septiembre de 2012

Papá no tenía razón

Me llamo Bárbara Silvela. Vivo en una ciudad pequeña. Pertenezco a la mejor sociedad de esta ciudad. Soy lo que se dice una niña bien. Pero esto, a mí, la verdad, me tiene muy sin cuidado.
No tengo madre. Falleció cuando yo había cumplido los ocho años. Hoy tengo diecisiete.
Me educaron en un colegio muy elegante, muy caro, muy para niñas como yo...Papá, a los cuatro años de haber muerto mamá, se casó con una viuda llamada Irene. Yo no tenía nada contra Irene. Parecía hacer feliz a papá, a mi me trataba con consideración; me respetaba como hija de su marido, pero nada más.
Irene tenía un hijo llamado Ricardo Salazar, cuatro años mayor que yo.
Ricardo estudiaba primero de arquitectura. Siempre nos llevamos bien. No lo consideraba un hermano pero sí un buen amigo. No he dicho nada del socio de papá.
Por que si escribo esto, la culpa la tiene ese socio de papá y su hijo. Es decir, Santiago Acuña. Un chico de veinticinco años que, según papá, me quiere mucho.

¿Os cuento cómo empezó todo?
Irene me dijo aquella mañana:
- Bárbara, tu padre te espera en el despacho.
¿Ya dije cómo era Ricardo?
Un empollón. Jamás tuvo un suspenso. Terminó el bachiller a los diecisiete años. A los dieciocho se fue a estudiar arquitectura. Fue cuando falló un poco, pero eso ya todos lo teníamos previsto. El ingreso en la escuela es duro y Ricardo no es un cerebro privilegiado.
Total, que a los veintiún años estudiaba el segundo, o por lo menos, entraba en él, pues cuando escribo esto estamos en pleno verano y Ricardo está aquí, en la ciudad, en casa de mi padre, estudiando muchas horas al día para enfrentarse al próximo curso. Me desvié de la cuestión. Estaba diciendo que Irene me advirtió que papá me esperaba en el despacho, y yo, mirándola asombrada, le pregunté:
- ¿Qué desea papá? ¿Es que se siente mal?
- No lo sé. Ha llamado por el teléfono interior y me pidió que te buscara y te enviara a su despacho.
- ¡Qué raro!
Me alcé de hombros y me dirigí al despacho de papá.
- ¿Adónde vas tan apurada? - me dijo.
Yo le miré. Me gustaba mirar a Ricardo. Era muy alto, delgado. Llevaba el pelo largo, sin exageración. Con esa pelusilla en la nuca que gusta tanto a las chicas. Lo peor es que usaba lentes que, lejos de restarle atractivo, se lo aumentaban. Siempre iba vestido de sport. No es que a mí me gustase Ricar, pero a su lado respiraba mejor, como si él tuviera un sedante para mis nervios.
- Me llamó papá a su despacho. ¿Qué crees que puede desear de mí?
- No tengo ni idea.
- ¿Qué vas a hacer ahora?
Pareces dispuesto a salir.
- Te estaba esperando por si quieres venir a la playa. Me gustaría ir con él. Las amigas andaban locas por una sonrisa de Ricardo.
¡Qué tontería! ¿verdad? A mí, Ricardo me sonreía todos los días y no me envanecía por ello. Pero es que mis amigas andaban locas por él, pero Ricardo no se ponía a tiro. Se pasaba el día estudiando y sólo salía un rato por la mañana y otro por la tarde. Era lo que más le censuraba. Su forma de devanarse los sesos estudiando.
- Iré después de  hablar con papá.
- Te espero en el jardín.
- De acuerdo.
- Voy a sacar el auto del garaje.
No he dicho aún que Ricardo era un hombre rico. Heredó de su padre, y su madre tuvo el acierto de no tocar su fortuna. Eso bueno tenía Irene, aunque yo no sintiera por ella una gran simpatía.
- Tengo que hablarte muy en serio - me dijo papá -. Se trata de tu porvenir.
Era una novedad. Papá preocupándose de mi porvenir. Por si las moscas, me puse en guardia.
- Tú dirás. ¿Qué tiene mi porvenir que no sea el de cualquier chica de mi edad?
- Mucho. Tú sabes que soy socio de Acuña.
- Claro.
- ¿Sabes que el hijo de mi socio está enamorado de tí? ¿Santiaguín Acuña enamorado de tí? 
No me faltaba más que eso. Era horrible, repulsivo, odioso. No estudiaba. Empezó diez carreras y dijo después que ninguna le iba. Vestía siempre a la última, exagerando la nota hasta el máximo.
- Ni pensarlo - grité alteradísima -. Ni pensarlo, papá. 
¡Qué serio se puso el autor de mis días!
- Siéntate. Tienes que casarte con él.
- ¿Y me dices tú eso? Si jamás pudo terminar una carrera porque es un burro con orejotas. ¿Me pides que me case con un tipo embustero, vago y fanfarrón?
- ¡Basta!
Caramba, la cosa parecía en serio.
- Bárbara - añadió papá al rato, cuando yo quedé medio desvanecida, sin fuerzas para seguir gritando -, a mi me conviene. No necesita tener ninguna carrera. Su padre tiene bastante dinero. He recibido la visita de ambos. Vinieron a pedir tu mano, y si no te casas con él retirará su capital del negocio de fundición y yo me quedaré en la ruina.
- Pues lo siento, papá, pero yo no me vendo a un tipo de tan escasas cualidades.
- ¡Bárbara!
- Lo dicho.
Y me dirigí a la puerta.
- ¡Bárbara!
No valía que me llamase.
Salí del despacho sin mirar atrás y atravesé el vestíbulo antes de que pudiera salir detrás de mí, salvé la distancia que me separaba del coupé azul claro de Ricardo y le grité con histerismo:
- Al fin del mundo, si quieres. Arranca de una vez.
- ¿Qué te pasa?
- Arranca, te digo. Ya te contaré.

De repente me sentí a gusto junto a Ricardo. No sé qué tiene Ricardo. Una personalidad callada, pero a veces, sin hablar, parece que grita diciendo que está allí.
Deslizó la mano del volante y oprimió la mía con suavidad.
- Tranquila - me dijo con esa voz suya tan poderosa y tan suave a la vez -. Respira hondo, mira al frente y después cuéntame lo que te ocurre si te hace bien.
- Me quieren casar.
¡Cosa rara! Ricardo se quedó tan pancho. ¿Lo sabía? Se lo pregunté a gritos:
- ¿Es que lo sabes?
- ¿Qué te quieren casar con el socio de tu padre? Claro. Me lo dijo mamá.
- ¿y qué dices tú?
- Que no lo harás.
- ¿No? ¿y en qué basas esa opinión?
- En que tienes énfasis.
- ¿En qué?
- Fuerza en tu corazón, fuerza en tu voz, fuerza en tu alma, fuerza en tu dignidad...
- ¿y de qué me sirve?
- Empléala para eso.
Soltó mis dedos; yo, cosa extraña, me quedé como vacía. Aquel contacto de los dedos de Ricardo me hacía bien. ¿Estaría enamorada de Ricardo?
- Olvida ese asunto - me dijo Ricardo cuando llegábamos al Tenis Club -. No se lo digas a nadie.
- ¿Y si me encuentro con Santiaguito?
- Si a mí me llamaseis Ricardito, os mataba a todas.
La pandilla vino corriendo a nuestro encuentro y yo, la verdad, me olvidé de Santiaguito.

Papá me estaba esperando, con cara de juez.
También estaba Irene, que, en aquel instante, es la verdad, me parecía una madre dispuesta a defender la felicidad de su hija. ¡Si sería tonta! Creo que sentí unos enormes deseos de llorar. Cuando entré, Irene vino a mi lado.
- Querida, tranquilízate, tu padre puede rectificar.
- Nada de eso - gritaba como un energúmeno -. Nada de eso. Toda mi fortuna depende de que ella se case con Santiago Acuña. ¿Sabes lo que supone la ruina? Pues así me quedaré yo.
- Y para evitarlo me vas a vender a mí - grité.
- Tú te callas. Harás lo que yo te diga.
- No tienes derecho - saltó Irene.
¡La adoré en aquel instante!
Papá la miró furioso.
- Cállate, Irene. Esto es cosa de mi hija y yo.
No quise saber más.
Eché a correr gritando como una loca. Y no paré hasta llegar al cuarto de Ricardo. Le encontré estudiando. Estaba en mangas de camisa, con el pantalón arremangado y descalzo. Al verme entrar se turbó y empezó a buscar los zapatos y a bajarse los pantalones.
- Perdona, Bárbara - decía todo alterado -. No sabía que ibas a entrar así...Hace tanto calor.
- Pero si estás saladísimo - dije yo, olvidándome un poco del asunto de papá-.  Pareces un bravo pescador, Ricardo. ¿Sabes qué dicen mis amigas? Que estás como un tren y todas quieren ligar contigo.
Creo que se puso coloradísimo. Tan aturdido, buscando la chaqueta, que no encontró, y terminó por quedarse inmóvil, mirándome inquisidoramente.
- ¿Sabes a lo que vengo?
- No - dijo todo desconcertado.
- A pedirte un favor.
- ¿Qué puedo hacer por ti?
- Escaparte conmigo.
- ¡Estás loca!
- Papá insiste en casarme, y yo creo que estoy enamorada de ti.
- ¡Bárbara!
- He dicho una necedad.
Ricardo se pasó los dedos por la frente, nerviosamente.
- No se puede jugar con estas cosas - dijo sentencioso, muchísimo más aturdido que antes.
- Si no me caso con Santiaguito - dije empezando también a sentirme turbadísima ., papá asegura que se queda en la ruina, pero a pesar de ello no pienso venderme.
- Hablaré con tu padre.
Pasó delante de mí como una exhalación.
Lo sentí hombre. Ya no era el crío que me ayudaba a buscar nidos por el jardín. Ni el amigo del alma que me llevaba por las noches a las fiestas de los amigos. Me pareció madura y firme en sus convicciones. ¡Le admiré más y me dio vergüenza haberle dicho que casi estaba enamorada de él! Nunca me gustó escuchar, pero aquel día, no sé por qué, seguí a Ricardo y me quedé como clavada detrás de la puerta.
- No vengas tú en defensa de Bárbara. No tengo más remedio que casarla con Santiago Acuña. Ellos me lo exigen así. De lo contrario retirarán su capital.
- Tienes mi capital para compensar el de ellos.
- ¿El tuyo? ¿Crees que lo voy a aceptar?
- Esteban - decía Irene -, no tienes más remedio. Además, es hora de que lo sepas, Ricardo está enamorado de tu hija.
- ¿Cómo?
- Sí - dijo Ricardo con una voz que me estremeció de pies a cabeza -. No pienso casarme con ella hasta que no termine la carrera, pero te pido permiso para considerarla mi novia.
Sé que eché a correr y no paré hasta llegar a la alcoba de Ricardo. Allí estuve hasta que él entró.
- ¿No estabas escuchando? - preguntó riendo.
- Pero me asusté - dije yo como una tonta.
Ricardo avanzó hacia mí. ¡Estaba tan emocionada!
- Bárbara - dijo, agarrándome una mano -, yo lo sabía, ¿entiendes?
- Saber...¿qué?
- Que estabas enamorada de mí.
- Oh.
- ¿Tú no lo sabías?
- Yo... - ¿no iba a echarme a llorar como una tonta?
Irene entró en aquel instante y papá detrás.
Yo no sabía dónde meterme. ¡Me daba una vergüenza!
- Bárbara - dijo papá con una voz temblona que nunca aprecié en él - Ricardo acaba de pedirme tu mano. Se la he concedido. ¿Hice bien o mal?
Yo no podía contestar.
Entonces vino Irene hacia mí. Me eché en sus brazos como una criatura desvalida. ¡Lloré apoyada mi cabeza en su pecho sin decir palabra!

Ha transcurrido mucho tiempo. Los Acuña, en efecto, retiraron su capital. Ricardo, prestó el suyo, y la fundición, lejos de arruinarse, subió más.
Me carteaba con Ricardo todos los días. Ni un dejaba. ¡Estaba tan loca por él!
Nunca suspendía ninguna materia porque yo, la verdad, le tenía una vela puesta a la Virgen de Begoña. Cada vez que regresaba a pasar las vacaciones, nos divertíamos como enanos.
¡Nos queríamos con locura!
Ricardo me decía a veces:
- Niña, que nos ven.
Y es que yo, por quererlo tanto, era una empalagosa. Pero él no se quedaba atrás ¿eh? Lo pasábamos los dos bárbaro. Nos casamos cuando Ricardo terminó la carrera, y como él deseaba conocer Irlanda, nos fuimos en viaje de novios.
- ¡Ay, de tan feliz como soy me da miedo morirme! Pero...¿por qué voy a morirme? Ricardo dice que tengo que vivir eternamente.

lunes, 3 de septiembre de 2012

La historia del laúd (China)

En el siglo II antes de J.C., vivía en la corte de Tsin un célebre letrado llamado Yu Choei, aunque sus amigos le llamaban Po-yu. Una vez, fue enviado como embajador a la corte de Tsou, ciudad en la que había nacido. Además de cumplir sus deberes con la corte, aprovechó la ocasión para visitar las tumbas de sus antepasados y saludar a todos sus parientes y amigos. Al despedirse, el rey Tsou le regaló un precioso laúd y puso a su disposición un velero, para evitar el regreso por tierra, siempre penoso y mucho más largo. Po-Yu embarcó rodeado de amigos y altos dignatarios de la corte de Tsou, que habían ido a despedirle. A los pocos días de travesía llegaron a la desembocadura del río Han-Yang. Era mediados de otoño y la luna brillaba sobre la montaña. La embarcación, anclada al pie de una de ellas, estaba en la sombra. Po-Yu se instaló en cubierta, mandó a unos de los criados colocar el laúd sobre la mesa y quemar un poco de incienso. Luego cogió el instrumento, lo afinó y comenzó a tocar. De repente, una de las cuerdas se rompió. Po-Yu sabía que eso quería decir que había alguien escuchando en las cercanías. Dio orden de que los marineros desembarcaran y recorrieran los alrededores. De pronto se escuchó una voz que venía de tierra:
- Soy un leñador que vuelvo al trabajo. Pero al escuchar esa música tan maravillosa me he detenido.
A Po-Yu no le disgustó la respuesta y preguntó al desconocido si sabía cuál era la bonita canción que había comenzado a tocar.
- Sí - respondió -, era el lamento de Confucio a la muerte de su querido discípulo Yen-Wei.
El leñador subió a cubierta. Po-Yu se había propuesto averiguar hasta dónde llegaba la sabiduría del joven leñador y le preguntó si conocía la historia del laúd. El leñador fue invitado a tomar asiento y comenzó a hablar: 
"Fo-Hsi, el príncipe legendario que descubrió el fuego, vio una vez caer sobre las ramas de un plátano chispas de cinco planetas; otra día vio varias aves fenix columpiándose en sus ramas; entonces comprendió que la madera del plátano contenía la esencia del universo y, por tanto, era la madera ideal para fabricar un instrumento musical. Mandó talar uno de aquellos árboles y partirlo en tres: el trozo del cielo, el trozo de la tierra y el trozo del hombre. El primero dio un sonido excesivamente claro y ligero; el segundo resultaba demasiado grave. Sólo el del centro, el de la tierra, armonizaba todos los matices, y por eso fue elegido. Se le tuvo sumergido en la corriente del río setenta y dos días y luego se puso a secar a la sombra. El príncipe Fo-Hsi esperó a que llegara un día de buen augurio, entonces encargó al artífice más hábil de la región que convirtiera aquel trozo de madera en un laúd. El instrumento medía de largo tres pies, seis pulgadas y un décimo, correspondientes a los 361 grados de la circunferencia celeste. Medía ocho pulgadas de ancho, en un extremo, y cuatro en el otro, en recuerdo de las cuatro estaciones y de las ocho fiestas del año, respectivamente. Su grosor era de dos pulgadas, para simbolizar la dualidad de la Luna y el Sol. Sus doce teclas simbolizaban las doce lunas del año, y una tecla aislada representaba la luna que se interpolariza en los calendarios. Sus cinco cuerdas eran los cinco elementos del universo: agua, fuego, madera, metal y tierra, y correspondían a las cinco notas principales de la escala: kung, chan, kiao, tcheu, yo.
Con este laúd de cinco cuerdas - prosiguió el leñador - el emperador Soven conseguía mantener en paz a su pueblo. Cuando el príncipe Wen, su sucesor; fue hecho prisionero por sus enemigos, su propio hijo añadió una cuerda más para que cantara su tristeza: "la cuerda de Wen".
Y continuaba el leñador: "Hay cinco cosas nefastas para la música del laúd: el gran frío, el viento fuerte, la lluvia intensa, el trueno y la nieve. Hay siete condiciones en que está prohibido tocarlo: en caso de duelo, de agitación en la corte, de complicaciones en los negocios, de impureza en el cuerpo, de desorden en el vestido y en aquellos casos en que no se dispone de incienso o no hay un conocedor de la música para escucharla. Cuando las teclas del laúd se pulsan con suavidad, el sonido es tan dulce que los tigres se olvidan de rugir. Su música es la más perfecta y permite expresar hasta las más imperceptibles inclinaciones del corazón, y los pensamientos más escondidos.
Po-Yu, asombrado y entusiasmado, felicitó a su huésped. Durante muchas horas siguieron hablando. Cuando llegó el momento de levar el ancla, Po-Yu volvería a la desembocadura del río a reunirse con su amigo. Antes de desembarcar, Tseu-Tsi tuvo que aceptar como regalo dos lingotes de oro que le ofrecía su amigo.
Los meses fueron pasando lentamente, y llegó el otoño. Po-Yu pidió permiso al rey para ausentarse y volvió a la desembocadura del río para reunirse con su amigo. Mientras esperaba, Po-Yu sacó el laúd y se puso a tocar.
Apenas habían sonado los primeros compases, cuando notó en la segunda cuerda un sonido agudo y triste.
Enseguida pensó que le había ocurrido algo a su muy querido amigo.
Corrió en busca, y en un cruce de caminos vio acercarse un anciano apoyado en un bastón de leñador. Po-Yu le preguntó entonces si conocía a Tseu-Tsi, un joven leñador.
- Mi hijo acaba de morir. Hace un año un gran señor de la corte de Tsou le ofreció como regalo dos lingotes de oro. Con ellos, Tseu-Tsi se había comprado libros y había estudiado y leído tanto que, al fin, no pudo resistir el gran esfuerzo de aquel trabajo, que se añadía al de leñador, y murió.
Po-Yu se fue, cabizbajo, a la tumba de su amigo y dejó unas ofrendas sobre una mesita de piedra y dijo:
- Mi laúd muere contigo, no deseo volver a tocarlo.
Después de decir esto, cogió el laúd entre sus manos y lo golpeó fuertemente contra la mesita de ofrendas. Y el laúd voló, hecho mil pedazos por el aire.

Cuentos Chinos. Miraguano Ediciones. Madrid. 1987.

El tesoro escondido (Gran Bretaña)

 Un campesino muy pobre soñó durante tres noches seguidas que debajo de una roca, cerca de su casa, estaba enterrado un tesoro. En aquel sue...